Los Apóstoles

Part 5

Chapter 53,813 wordsPublic domain

Loca de amor, embriagada de alegría, entra María en la ciudad y dice á los primeros discípulos que encuentra[85] «Le he visto; me ha hablado.» Su agitacion extremada[86], sus frases entrecortadas y sin hilacion, hicieron creer á algunos que estaba loca[87]. Pedro y Juan por su parte, cuentan lo que han visto; otros discípulos van al sepulcro y ven lo mismo[88], y bien pronto todo aquel grupo conviene en que Jesús ha resucitado. Aún quedaban muchas dudas, pero la seguridad de María, Pedro y Juan, se comunicó á los demás, y más tarde se llamó á esto _la vision de San Pedro_[89]. Pablo, particularmente, no habla de la vision de María y hace recaer en Pedro el honor de la primera aparicion, pero esto no es exacto, puesto que aquel solo vió el sepulcro vacío, el lienzo y el sudario. Solo María amó lo bastante para vencer las leyes de la naturaleza y resucitar el fantasma del maestro. En esta especie de crísis maravillosas, ver despues de los otros, no es nada: todo el mérito está en ser el primero, porque los otros modelan despues la vision segun lo que se les ha dicho. Es condicion de las organizaciones privilegiadas, concebir la imágen con precision é inmediatamente, por una especie de intuicion del dibujo. La gloria de la resurreccion pertenece pues á María Magdalena: despues de Jesús, María es quien ha hecho más por la fundacion del cristianismo; la sombra creada por los delicados sentidos de Magdalena se cierne aún sobre el mundo; reina y patrona de los idealistas, Magdalena ha sabido mejor que nadie realizar su sueño, é imponer á todos la santa vision de su alma apasionada. Su firme resolucion al decir: «¡ha resucitado!» ha sido la base de la fé de la humanidad. ¡Lejos de aquí razonamientos impotentes! No apliquemos un frio análisis á esa obra maestra del idealismo y del amor. Si la sabiduría renuncia á consolar á esa pobre raza humana, dejad á la locura que lo intente. ¿Dónde está el sabio que ha dado al mundo tanta alegría como la poseida María Magdalena?

Sin embargo, las demás mujeres que habian ido al sepulcro, circularon diversos rumores[90]: ellas no habian visto á Jesús[91], pero hablaban de una figura blanca que divisaron en el sepulcro y que les dijo: «Ya no está aquí: volved á Galilea, á donde os precederá[92].» Acaso fueran los lienzos blancos la causa de esta alucinacion; puede ser tambien que no vieran nada y que no hablasen de su vision sino cuando María Magdalena hubo referido la suya. En efecto[93] segun uno de los textos más auténticos, guardaron silencio por algun tiempo, silencio que se atribuyó despues al terror. Como quiera que sea, estos relatos iban aumentándose á cada momento y sufrian extrañas transformaciones: se dijo que la figura blanca era el ángel de Dios; que su vestido era deslumbrador como la nieve y que su semblante resplandecia como un relámpago; otros hablaban de dos ángeles, uno de los cuales apareció á la cabeza del sepulcro y otro á los piés[94], y por último llegada la noche, muchas personas creian ya acaso que las mujeres habian visto bajar un ángel del cielo, levantar la piedra, y á Jesús lanzarse fuera con estrépito[95]. Ellas mismas variaban sin duda sus declaraciones[96]; sometidas á la influencia de la imaginacion de los otros, como sucede siempre á las gentes del pueblo, prestábanse á todos los embellecimientos imaginables y contribuian á crear la naciente leyenda. Aquel dia, en que reinó la mayor agitacion, puede decirse que fué decisivo, pues la pequeña sociedad comenzó á dispersarse. Algunos se habian marchado ya á Galilea, y otros se ocultaron por temor:[97] la deplorable escena del viernes, el espectáculo desgarrador que todos presenciaron al ver morir á aquel de quien tanto esperaban, sin que su Padre fuera á salvarle, bastó para hacer vacilar la fé de muchos. Las noticias dadas por las mujeres y por Pedro, fueron oidas con una incredulidad mal disimulada;[98] circulaban rumores á cual más diversos; las mujeres iban de un punto á otro refiriendo cuentos extraños, y comenzaban á experimentarse diversos sentimientos. Los unos lloraban aún el triste acontecimiento de la víspera; mostrábanse otros triunfantes; todos estaban dispuestos á escuchar los relatos más extraordinarios; y sin embargo, la desconfianza que inspiraba la exaltacion de María Magdalena,[99] la poca autoridad que tenian los asertos de las mujeres y la incoherencia de sus noticias, inspiraban grandes dudas. Esperábanse nuevas visiones que no podian menos de presentarse; el estado en que se hallaba la secta era completamente favorable á la propagacion de los rumores extraños; si toda la pequeña iglesia hubiese estado reunida, habria sido imposible la creacion legendaria, pues los que sabian el secreto de la desaparicion del cuerpo, hubieran protestado probablemente contra el error, si bien la situacion de los ánimos era lo más á propósito para admitir toda clase de noticias por inverosímiles que fuesen.

Las almas en que se produce el éxtasis ó el sentimiento de las apariencias, tienen el don de contagiar á las demás. La historia de todas las grandes crísis religiosas, prueba que esta especie de visiones se comunican:[100] en una reunion de personas que abundan en las mismas creencias, basta que un individuo de la sociedad afirme ver ú oir alguna cosa sobrenatural, para que los demás lo oigan y vean tambien. Cuando entre los protestantes perseguidos circulaba el rumor de que se habia oido á los ángeles cantar salmos en las ruinas de un templo acabado de destruir, todos iban y oian el mismo salmo;[101] en casos de este género, los más exaltados son los que hacen la ley y regulan el grado de la atmósfera comun. La exaltacion de los unos se comunica á los otros; nadie quiere quedarse atrás, ni creer que es menos favorecido que sus compañeros, y los que no ven nada acaban por creer, ó que son menos inteligentes ó que no se dan cuenta de sus sensaciones, pero de todos modos se guardan muy bien de confesarlo, pues turbarian la fiesta, y contristarian á los demás, poniéndose en mal lugar. Cuando se produce una aparicion en semejantes reuniones, es por lo tanto regular que todos la vean ó acepten, y aquí debemos recordar cuál era el grado de instruccion de los discípulos de Jesús. Ellos creian en los fantasmas;[102] imaginábanse estar rodeados de milagros, y no participan en nada de la ciencia positiva de la época, de esa ciencia que solo existia entonces entre algunos pocos hombres, hijos del país donde habia penetrado la cultura griega. La Palestina era en este concepto uno de los países más atrasados, pero aún lo era más la Galilea, y los discípulos de Jesús podian considerarse como los más ignorantes de todos y á su misma sencillez debieron ser los elegidos. En semejante sociedad, era extraordinariamente fácil propagar la creencia en los hechos maravillosos; una vez emitida la opinion de que habia resucitado Jesús, debieron producirse numerosas visiones, y se produjeron en efecto.

El mismo dia del Domingo, á una hora bastante avanzada de la mañana, y cuando ya habian circulado los relatos de las mujeres, dos discípulos uno de los cuales se llamaba Cleofas, emprendieron un corto viaje á una aldea llamada Emmaus,[103] situada á poca distancia de Jerusalem.[104] Por el camino, hablaban de los últimos acontecimientos, poseidos de tristeza cuando se les apareció un desconocido preguntándoles la causa de su afliccion. «¿Has estado tan poco en Jerusalem, le dijeron, que ignoras lo que acaba de suceder? ¿No has oido hablar de Jesús de Nazaret, que fué un hombre profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y el pueblo? ¿Ignoras por ventura de qué modo los sacerdotes y los grandes le han hecho condenar y crucificar? Nosotros esperábamos que él redimiria á Israel, y ahora ya hace tres dias que todo está acabado. Algunas de nuestras mujeres nos han hecho concebir esta mañana extrañas dudas, pues han ido al sepulcro antes de amanecer y no han encontrado el cuerpo, si bien afirman haber visto ángeles que les han dicho que vivia. Algunos de los nuestros fueron tambien luego al sepulcro y hallaron ser así como las mujeres habian dicho, mas no le vieron á él». El desconocido era un hombre piadoso, que versado en las Escrituras citaba á Moisés y á los profetas, y aquellos tres hombres comenzaron á departir amistosamente. Al aproximarse á Emmaus, y como quiera que el desconocido se mostrase dispuesto á continuar su marcha, suplicáronle los discípulos que se quedara á cenar con ellos. Declinaba el dia y los recuerdos de Cleofas y su compañero iban siendo más dolorosos, porque aquella hora de la noche era la que les inspiraba más melancolía. ¡Cuántas veces habian visto en tales momentos al maestro querido descansar de las tareas del dia y conversar agradablemente con ellos, hablándoles del fruto de la viña que tomaria con ellos en el reino de su Padre! El ademan que hacia al cortar el pan y ofrecérselo, segun la costumbre del jefe de la casa entre los judíos, estaba profundamente grabado en su memoria; poseidos de una dulce tristeza, olvidaban al extranjero y no veian más que á Jesús ofreciéndoles el pan que tenia en la mano. Preocupados con estos recuerdos, no se aperciben que su compañero, que sin duda estaba de prisa, se habia marchado, y cuando hubieron vuelto en sí de sus reflexiones se dijeron: «¿No has experimentado alguna cosa extraña? ¿No recuerdas que nuestro corazon parecia abrasarse cuando nos hablaba ese desconocido?»--«Y las profecías que citaba, prueban bien que el Mesías debe padecer para entrar en su gloria. ¿No le has reconocido tambien al partir el pan?»--«Sí, nuestros ojos estaban cerrados, y se han abierto ahora que acaba de desaparecer.» Los dos discípulos se convencieron de que habian visto á Jesús y volvieron presurosos á Jerusalem.

El grupo principal de los discípulos se hallaba precisamente reunido en aquel momento al rededor de Pedro,[105] y era ya muy entrada la noche. Cada uno comunicaba sus impresiones y lo que habia oido decir, siendo la creencia general que Jesús habia resucitado. Al entrar los dos discípulos, se les habló de lo que se llamaba _la vision de Pedro_,[106] y ellos por su parte contaron lo que les sucediera en el camino, y como acababan de reconocer al maestro al cortar el pan. Entonces la imaginacion de todos se sobrescitó vivamente: las puertas estaban cerradas porque se temia á los judíos, y como las ciudades Orientales están mudas cual la tumba despues de la puesta del sol, el silencio era cada vez más profundo en el interior y todos los más leves rumores que se producian por casualidad, inducian á creer que iba á realizarse la esperanza de todos. La ilusion crea por lo general su objeto.[107] Durante un momento de silencio, pasó sin duda entre los concurrentes un soplo de la brisa, pero en instantes como aquel, una corriente de aire, una ventana que rechina, un murmullo fortuito, bastan para fijar la creencia de los pueblos por espacio de varios siglos. Al mismo tiempo de soplar la brisa, creyéronse oir ciertos sonidos, y algunos dijeron que acababan de percibir entre aquellos la palabra _schalom_ «felicidad ó paz», que era la frase que por lo general empleaba Jesús para indicar su presencia. No cabia duda; Jesús estaba presente entre la asamblea, aquella era su voz querida, todos la reconocian[108] con tanta más razon cuanto que el maestro les habia dicho que siempre que se reunieran en su nombre se hallaria entre ellos. Quedó pues sentado que el Domingo por la noche, se habia aparecido Jesús á sus discípulos; algunos aseguraban haber observado en sus manos y piés la señal de los clavos, y en su costado la herida de la lanza. Segun una tradicion muy conocida, aquella noche misma fué cuando sus discípulos percibieron el soplo del Espíritu Santo,[109] idea que fué generalmente admitida.

Tales fueron los incidentes de aquel dia en que se fijó la suerte de la humanidad: la opinion de que Jesús habia resucitado, quedó fundada irrevocablemente, y la secta que se habia tratado de extinguir dando muerte al maestro, dejó entonces asegurado un porvenir inmenso.

Sin embargo, aún quedaban algunas dudas:[110] el apóstol Tomás, que no asistió á la reunion que tuvo lugar el domingo por la noche, confesó que envidiaba la suerte de los que habian visto la señal de la lanzada y de los clavos, y aunque se dice que ocho dias despues quedó satisfecho,[111] conservó un ligero á la par que dulce resentimiento. Por una consideracion instintiva de exquisita precision, comprendíase que el ideal no debe tocarse con las manos ni se le debe sujetar tampoco á la experiencia. _Noli me tangere_, es la palabra de los grandes amores. El tacto no es necesario para la fé; la vista, órgano más puro y noble que la mano, la vista que no mancha nada ni se mancha tampoco, llegó á ser bien pronto un testigo supérfluo; luego dominó á todos un sentimiento particular; toda vacilacion pareció una falta de lealtad y de amor, se tuvo vergüenza de quedarse atrás, y ninguno, en fin, deseó ya ver. La frase «¡felices los que no han visto y creen!»[112] se puso en boga; comprendióse que era más generoso creer sin pruebas, y los verdaderos amigos de corazon no sentian no haber tenido visiones,[113] así como más tarde San Luis rehusaba ser testigo de un milagro eucarístico, para no rebajar el mérito de la fé. En efecto, desde entonces se produjo á porfía una especie de emulacion que rayaba en delirio: el mérito consistia en creer sin haber visto; la fé á toda costa, la fé gratuita, la fé que llegaba hasta la locura, se exaltó como el primero de los dones del alma. El _credo quia absurdum_ está fundado; la ley de los dogmas cristianos será una extraña progresion que no se detendrá ante ningun obstáculo; una especie de sentimiento caballeresco, impedirá que se mire hácia atrás; los dogmas más queridos de la piedad, aquellos á los cuales se enlazará más estrechamente, serán los más repugnantes á la razon á causa de esa idea sublime de que el valor moral de la fé aumenta en proporcion de la dificultad de creer, y de que no se prueba el amor, admitiendo lo que es claro y evidente.

Así pues, los primeros dias fueron como un período de fiebre intensa durante el cual los fieles, embriagados de alegría, se comunicaban entre sí sus sueños dejándose dominar por las más exaltadas ideas. Multiplicábanse las visiones que se producian regularmente durante las reuniones de la noche:[114] cuando las puertas estaban cerradas, y se hallaban todos poseidos de su idea fija, el primero que creia oir la dulce palabra _schalom_ «Salud ó paz,» daba la señal, y entonces todos escuchaban y oian bien pronto la misma cosa; y era de ver la alegría de aquellas almas sencillas, que sabian que su maestro se hallaba entre ellos. Cada uno saboreaba aquel dulce pensamiento, creyéndose favorecido en particular con algun coloquio; producíanse tambien otras visiones distintas recordando la de los viajeros de Emmaus, y á la hora de la cena, se veia á Jesús aparecer, coger el pan, cortarle y bendecirle, y ofrecerle despues al que favorecia con su vision[115]. En pocos dias reunióse una coleccion de relatos, muy distintos en los detalles, pero inspirados todos por un mismo espíritu de amor y fé absoluta; es un grave error creer que la leyenda necesite mucho tiempo para formarse; la leyenda se produce á veces en un solo dia. El domingo por la noche (16 de nisan, 5 de Abril), teníase por una realidad la resurreccion de Jesús: ocho dias despues la vida que se le suponia despues de la tumba, se consideraba como un hecho evidente.

CAPÍTULO II.

Salida de los discípulos de Jerusalem. -- Segunda vida galilea de Jesús.

[Marginal: Año 33]

El más ardiente deseo de los que han perdido una persona querida, es ver de nuevo los sitios donde vivieron con ella: este sentimiento sin duda fué el que indujo á los discípulos algunos dias despues de la Pascua á volver á Galilea. Desde el momento en que tuvo lugar el arresto de Jesús, é inmediatamente despues de su muerte, es de presumir que muchos se encaminaran á las provincias del Norte, mas al verificarse la resurreccion circuló el rumor de que se le volveria á ver en Galilea. Algunas de las mujeres que fueron al sepulcro, volvieron diciendo que el ángel las dijo que Jesús las precederia en Galilea;[116] otras manifestaron que era el maestro quien habia mandado que fuesen allí,[117] y no faltó quien creyese recordar que dijo lo mismo en vida.[118] De todos modos, es lo cierto que al cabo de algunos dias, acaso despues de terminar completamente las fiestas de Pascua, los discípulos creyeron recibir la órden de volver á su patria, y volvieron en efecto.[119] Quizá comenzaban á disminuir las visiones en Jerusalem; é iba predominando una especie de nostalgia; las cortas apariciones de Jesús, no eran ya suficientes para compensar el inmenso vacío que dejara su ausencia, y todos pensaban melancólicamente en aquel lago y hermosas montañas, donde disfrutaron del reino de Dios.[120] Las mujeres, sobre todo, querian volver á toda costa al país donde habian sido tan felices, y aquí es preciso observar que la órden de marcha procedia especialmente de ellas.[121] Aquella ciudad odiosa les pesaba; ansiaban ver de nuevo la tierra donde disfrutaban de continuo de la presencia de aquel á quien amaban, y estaban muy seguras de encontrarle allí aún.

La mayor parte de los discípulos marcharon pues llenos de alegría y esperanza, quizás acompañados de la caravana que conducia á los pelegrinos de la fiesta de Pascua. No solo esperaban encontrar en Galilea las visiones, sino ver de continuo al mismo Jesús como sucedia antes de su muerte. La duda llenaba sus almas: ¿iria acaso el maestro á restablecer el reino de Israel, á fundar definitivamente el reino de Dios, y segun se decia, á «revelar su justicia?»[122] Todo era posible: representábanseles ya los risueños paisajes donde disfrutaban de su compañía; creian muchos que les habia dado una cita en una montaña,[123] probablemente la misma en que fijaban sus más dulces recuerdos, y á no dudarlo nunca hicieron los discípulos un viaje más alegre, pues todos eran sueños de felicidad en vísperas de realizarse. ¡Iban á ver á Jesús!

Y le vieron en efecto: apenas entregados á sus pacíficas quimeras, creyéronse en pleno período Evangélico. Era llegado entonces el mes de abril: la tierra estaba sembrada de esos anémonas rojos, que son probablemente esos «lises de los campos,» de los cuales gustábale á Jesús sacar sus comparaciones. Á cada paso se encontraban sus parábolas, como enlazadas con los mil accidentes del camino; aquí el árbol, allí la flor, la semilla de donde sacó su parábola; más lejos, la colina donde pronunció sus conmovedores discursos, y allá, en fin, la barca donde enseñó. Aquello era como un hermoso sueño, era la realizacion de una esperanza perdida; el encanto parecia renacer; el dulce «reino de Dios» seguia su curso. Aquel aire trasparente, aquellas mañanas pasadas en la orilla del rio ó en la montaña, aquellas noches en el lago, guardando las redes, eran otras tantas visiones. Veíanle en todos los sitios donde habian estado con él; sin duda no era aquella alegría completa; acaso el lago les pareciese á veces solitario, pero el verdadero amor se contenta con poca cosa; ¡si tuviéramos el privilegio de ver todos los años á las personas queridas que hemos perdido, con el tiempo suficiente para decirles tan solo dos palabras, puede decirse que no existiria la muerte!

Tal era el estado del alma de aquella tropa de fieles durante el corto período en que el cristianismo pareció volver por un momento á su cuna, á fin de despedirse luego para siempre. Los principales discípulos, Pedro, Tomás, Natanael, y los hijos de Zebedeo, se volvieron á encontrar en las orillas del lago donde vivieron en adelante juntos,[124] trabajando en su antiguo oficio de pescadores en Betsaida y en Capharnahum. Sin duda estaban con ellos las mujeres galileas, que eran las que principalmente habian contribuido á esta vuelta, á fin de satisfacer una necesidad de su corazon. Aquel fué su último acto en la fundacion del cristianismo. Á partir de este momento, ya no se las vé aparecer; fieles á su amor no quisieron abandonar el país donde fueran en otro tiempo tan felices.[125] Bien pronto se las olvidó, y como el cristianismo galileo no tuvo posteridad, perdióse su recuerdo completamente en ciertas partes de la tradicion; aquellas pecadoras convertidas, aquellas verdaderas fundadoras del cristianismo, María Magdalena, María Cleofas, Juana y Susana, pasaron al estado de santas retiradas. San Pablo no las conoce.[126] La fé que ellas habian creado fué causa de que quedasen oscurecidas, y no se les hizo justicia hasta la edad media; una de ellas, María Magdalena, ocupaba entonces un lugar principal en el cielo cristiano.

Parece que las visiones á orillas del lago, habian sido harto frecuentes: ¿Cómo era posible que sobre aquellas ondas donde habian tocado á Dios, no volviesen á ver los discípulos á su divino amigo? Bastaban las más sencillas circunstancias para que se les presentase. Una vez habian remado toda la noche sin coger un solo pescado, mas de repente se llenan las redes; aquello fué un milagro. Parecióles que alguno les habia dicho desde la orilla: «Echad vuestras redes á la derecha.» Pedro y Juan se miraron, y como este último dijera: «Es el Señor», el primero, que estaba desnudo, cubrióse apresuradamente con su túnica y se lanzó al agua para ir á buscar al invisible consejero.[127] Otras veces, Jesús tomaba parte en las colaciones de sus discípulos: cierto dia, en que acababan de pescar, sorprendióles encontrar la lumbre encendida y cerca de ella un pescado y un pedazo de pan; aquello fué para los discípulos un dulce recuerdo, porque era este alimento el que Jesús tenia la costumbre de ofrecerles. Despues de comer, quedaron persuadidos que Jesús se habia sentado entre ellos para ofrecerles aquel manjar que consideraban ya eucarístico y sagrado.[128]

Juan y Pedro eran los que sobre todo se veian favorecidos por el amado fantasma: cierto dia, Pedro, quizás soñando, (¡pero qué digo! ¿No era entonces acaso su vida un sueño perpétuo?), creyó oir á Jesús preguntarle: «¿Me amas?» La pregunta se repitió tres veces, y Pedro poseido á la vez de un sentimiento de ternura y tristeza, se imaginó que respondia: «¡Oh! sí Señor, tú sabes que te amo»; y cada vez decia la aparicion: «Apacienta á mis ovejas».[129] Otra vez, Pedro confió á Juan un sueño extraño: habia soñado que se paseaba con el maestro, seguido á corta distancia por Juan, y que Jesús, hablándole en términos muy embozados, con los cuales parecia anunciarle la prision ó una muerte violenta, le repitió varias veces: «Sígueme.» Entonces Pedro, señalando con el dedo á Juan que le seguia, repuso: «Señor ¿y ese?--Si yo quiero que se quede aquí hasta que tú vuelvas, replicó Jesús, ¿qué te importa á tí? Sígueme.» Despues del suplicio de Pedro, Juan recordó aquel sueño, viendo en él una prediccion de la muerte de su amigo: refiriólo á sus discípulos, y estos creyeron ver en ello la seguridad de que su maestro no moriria hasta el advenimiento final de Jesús.[130]