Part 4
«Protesto para siempre contra la falsa interpretacion que se dé á mis trabajos, si se consideran como obras de polémica los diversos ensayos que he publicado, ó que pudiera publicar en lo sucesivo, sobre la historia de las religiones. Soy el primero en reconocer que tomados como obras de polémica, esos ensayos serian muy pobres, pues la polémica exige una estratégia á la que soy completamente extraño, porque es preciso saber elegir el lado débil de sus adversarios, no tocar jamás las cuestiones inciertas, y abstenerse de toda concesion, es decir, renunciar á lo que constituye la esencia misma del espíritu científico. Ese no es mi método: la cuestion fundamental sobre la que debe girar la discusion religiosa, es decir, la cuestion de la revelacion y de lo natural, yo no la toco nunca; no porque esta cuestion no se haya resuelto por mí con entera certeza, sino porque la discusion de ella no es científica, ó mejor dicho, porque la ciencia independiente la supone resuelta con anterioridad. Á no dudarlo, si yo me propusiese entablar una polémica sobre un punto cualquiera, incurriria en un defecto capital al trasladar al terreno de los problemas delicados y oscuros una cuestion que se puede discutir con más claridad en los términos vulgares que para ello emplean por lo general los amantes de la controversia y los apologistas. Aun cuando conozca cuantas son las ventajas que al decir esto concedo á mis enemigos, me complazco en darlas si con ello consigo convencer á los teólogos que mis escritos tienen un carácter muy distinto de los suyos, y que no se debe ver en ellos sino puras investigaciones de erudicion, atacables como tales, y en las que se trata de aplicar á la religion judía y á la religion cristiana los principios de crítica que se siguen en los demás ramos de la historia y de la filología. En cuanto á la discusion de las cuestiones puramente teológicas, no tomaré en ella parte alguna, siguiendo en esto el ejemplo de los Sres. Burnouf, Creuzer, Guigniaut y otros tantos historiadores críticos de las religiones de la antigüedad, que no se han creido obligados á encargarse de la refutacion ó apología de los cultos de que se ocupaban. La historia de la humanidad es para mí un vasto conjunto donde todo es esencialmente desigual y diverso, pero donde todo es del mismo órden: sale de las mismas causas y obedece á las mismas leyes. Estas son las que yo busco sin más objeto que descubrir cuando menos la aproximacion de la verdad. Nada me hará dejar mi papel oscuro, aunque útil para la ciencia, por el de controversista, cargo fácil de desempeñar, porque asegura al escritor el apoyo de las personas que creen deber oponer la guerra á la guerra. En esta polémica, cuya necesidad no trataré de negar, pero que no está ni en mis gustos ni en mis principios, basta Voltaire. No se puede ser á la vez buen controversista y buen historiador; Voltaire, tan débil como erudito, Voltaire, que nos parece tan poco iniciado en la escuela de la antigüedad á nosotros que observamos un método mejor, Voltaire alcanzaria siempre la victoria sobre adversarios que se juzgaran tan fuertes como él. Seria necesaria una nueva edicion de las obras de aquel grande hombre para satisfacer la necesidad del momento y contestar á los ataques de la teología de la manera conveniente á la que se trata de discutir. Pero hagamos una cosa mejor, nosotros que somos tan amantes de lo verdadero como de satisfacer la curiosidad, dejemos estos debates á los que se complacen en ellos; trabajemos para ese pequeño número que marcha por la gran senda del espíritu humano. Ya sé que la popularidad se inclina en favor de los escritores que en vez de seguir la forma más elevada de la verdad, se consagran á luchar contra las opiniones de su tiempo, pero en justa compensacion, aquellos quedan oscurecidos cuando la opinion que combatieron deja de existir. Los que han refutado la mágia y la astrología en los siglos XVI y XVII, han prestado un servicio inmenso á la razon; y sin embargo, sus escritos son desconocidos hoy; su victoria misma es causa de que se les haya olvidado.»
Yo me atendré invariablemente á esta regla de conducta, la única conforme con la dignidad del sabio. Yo sé que las investigaciones de la historia religiosa se ponen en contacto con ciertas cuestiones que parecen exigir una solucion; las personas poco familiarizadas con la libre especulacion no comprenden la calma y lentitud del pensamiento; los hombres prácticos se impacientan contra la ciencia que no satisface pronto sus deseos. No nos dejemos dominar por esa inútil impaciencia; guardémonos bien de fundar nada; permanezcamos en nuestras iglesias respectivas aprovechándonos de su culto secular y de su tradicion de virtud, tomando parte en sus buenas obras y disfrutando de la poesía de su pasado. No rechacemos sino su intolerancia, mas sin dejar de perdonarla, porque es, como el egoismo, una necesidad de la naturaleza humana. Suponer que se pueden fundar en lo sucesivo nuevas familias religiosas ó que la proporcion de las que existen hoy cambie mucho, es ir contra las apariencias: el catolicismo se verá bien pronto minado por grandes cismas; los tiempos de Avignon, de los antipapas, de los clementes y de los urbanos van á volver; la Iglesia católica podrá reconstruir su siglo XIV, mas á pesar de sus divisiones, siempre será la Iglesia católica. Es probable que dentro de cien años no haya variado sensiblemente la relacion entre el número de protestantes, de católicos y de judíos, pero se habrá verificado un gran cambio, sensible á la vista de todos; cada una de esas familias religiosas tendrá dos clases de fieles, los unos creyentes absolutos como en la Edad media, los otros que prescindirán de la letra para no fijarse sino en el espíritu. Este segundo grupo, se irá aumentando poco á poco, y atendido á que el espíritu enlaza tanto como la letra divide, los espiritualistas de cada comunion irán reuniéndose insensiblemente sin intentarlo siquiera. El fanatismo se perderá en una tolerancia general; el dogma llegará á ser un arca misteriosa que convendrá no abrir jamás si bien esto no seria necesario estando aquella vacía. Yo temo que solo una religion resistirá á este movimiento dogmático; me refiero al islamismo. Entre algunos musulmanes y hombres eminentes de Constantinopla, se conserva la escuela antigua, y en Persia sobre todo, se encuentran gérmenes de un espíritu conciliador, pero si estos se ven ahogados por el fanatismo de los Ulemas, el islamismo perecerá, y para creerlo así, tenemos dos razones evidentes; la primera es que la civilizacion moderna no desea que los antiguos cultos mueran del todo; la segunda es que no tolerará que entorpezcan su marcha las antiguas instituciones religiosas. Á estas no les queda más recurso sino ceder ó morir.
En cuanto á la religion pura, que pretende precisamente no ser una secta ni una iglesia aparte, ¿por qué se ha de colocar en una posicion que puede ofrecerle muchos inconvenientes y ninguna ventaja? ¿Por qué ha de enarbolar bandera contra bandera, sabiendo que la salvacion es posible á todos y por todas partes, y que depende del grado de virtud de cada uno? No es extraño que el protestantismo provocara una encarnizada guerra en el siglo XVI: el protestantismo partia de una fé muy absoluta, y lejos de debilitar el dogmatismo, la reforma señaló un renacimiento del espíritu cristiano, el más rígido que pudiera conocerse. El movimiento del siglo XIX, por el contrario, parte de un sentimiento que es la inversa del dogmatismo, y conducirá, no á formar sectas ó iglesias separadas, sino á dulcificar aquellas. Las divisiones aumentan el fanatismo de la ortodoxia provocando reacciones: los Luteros y los Calvinos produjeron los Caraffa; los Ghislieri dieron ejemplo á los Loyolas y á Felipe II. Si nuestra iglesia nos rechaza, no hagamos recriminaciones; sepamos apreciar la dulzura de las costumbres modernas que ha hecho impotentes esos ódios; consolémonos al pensar en esa iglesia invisible que encierra los santos excomulgados, las más hermosas almas de cada siglo. Los desterrados de una iglesia, son siempre los elegidos porque se anticipan á los tiempos; el hereje de hoy es el ortodoxo del porvenir. ¿Y qué es por otra parte la excomunion de los hombres? El Padre celestial no excomulga más que á los corazones duros y mezquinos: si el sacerdote rehusa admitirnos en su cementerio, prohibamos á nuestras familias reclamar; Dios es quien juzga; la tierra es una buena madre que no establece diferencias; el cadáver del hombre honrado que se entierra en un rincon no bendecido, lleva la bendicion consigo.
Á no dudarlo hay situaciones en que es difícil la aplicacion de estos principios: hay personas adictas en cierto modo á la fé absoluta, y al decir esto, quiero hablar de los hombres sujetos á las órdenes sagradas ó revestidos de un órden sacerdotal, pero aun en este caso, un alma noble y hermosa puede salir de apuro. Si un digno cura de aldea llega á comprender, merced á sus estudios solitarios ó á la pureza de su vida, las imposibilidades del dogmatismo literal ¿por qué ha de contristar á los que ha consolado hasta entonces, explicando á las gentes sencillas cambios que estas no pueden comprender? ¡No quiera Dios que así suceda! No hay dos hombres en el mundo que tengan precisamente los mismos deberes que cumplir. El buen obispo Colenso dió una prueba de honradez, sin ejemplo en la iglesia, al escribir sus dudas tan pronto como le ocurrieron; pero el humilde sacerdote católico que se halla en un país donde predomina un espíritu apocado y tímido, debe callarse. ¡Oh, cuántas tumbas discretas de las que se encuentran al rededor de las iglesias de un pueblo, ocultan poéticos secretos y angelicales silencios!
La teoría no es la práctica: lo ideal debe ser siempre lo ideal; debe temer contaminarse al contacto de la realidad. No se hacen grandes cosas sino teniendo ideas estrictamente fijas, pues la capacidad humana es una cosa limitada; el hombre que no tuviese ninguna preocupacion seria impotente. Disfrutemos de la libertad de los hijos de Dios, pero no seamos cómplices de la disminucion de virtud que amenazaria á nuestras sociedades si el cristianismo llegara á debilitarse. ¿Qué seriamos sin esto? ¿Quién reemplazaria á esas grandes escuelas tales como la de San Sulpicio; á ese ministerio de abnegacion de las Hijas de la Caridad? ¿Cómo no temer la ceguedad del corazon y los males que invadirian el mundo? Nuestra disidencia con las personas que creen en las religiones positivas, no es, despues de todo, sino puramente científica; por el corazon, estamos con ellas; solo tenemos un enemigo que tambien es el suyo, y al decir esto, me refiero al materialismo vulgar, á la bajeza del hombre interesado.
Así pues, ¡paz en el nombre de Dios! Que vivan el uno al lado del otro los diversos órdenes de la humanidad, no falseando su propio genio para hacerse concesiones recíprocas, que los debilitarian, sino apoyándose mútuamente. Nada debe reinar aquí bajo exclusivamente; ninguna fuerza debe hallarse en estado de suprimir las demás. La armonía de la humanidad resulta de la libre emision de las notas más discordantes; que la ortodoxia consiga matar á la ciencia, y ya sabemos lo que sucederá; el mundo musulman y la España mueren por haber contribuido harto concienzudamente á la realizacion de este hecho. Si el mundo se dejara gobernar por el racionalismo, sin consideracion á las necesidades religiosas del alma, ahí está la experiencia de la Revolucion francesa para decirnos cuáles serian las consecuencias de semejante falta. El instinto del arte llevado al último extremo, pero sin honradez, convirtió á la Italia del renacimiento en un lugar peligroso. El fastidio, la vanidad y el atraso, son el castigo de ciertos países protestantes donde, bajo el pretexto del buen sentido y del espíritu cristiano, se ha suprimido el arte y reducido la ciencia de una manera mezquina. Lucrecia y Santa Teresa, Aristófanes y Sócrates, Voltaire y Francisco de Asís, Rafael y Vicente de Paul, tienen igualmente su razon de ser, y la humanidad seria defectuosa si faltara uno solo de los elementos que la componen.
LOS APÓSTOLES.
CAPÍTULO I.
Formacion de las creencias relativas á la resurreccion de Jesús. -- Las apariciones de Jerusalem.
[Marginal: Año 33]
Aunque Jesús hablaba continuamente de resurreccion y nueva vida, no habia dicho nunca claramente que resucitaria en su carne[62]. Durante las primeras horas que siguieron á su muerte, sus discípulos no sabian á qué atenerse fijamente sobre este punto, pero segun la opinion que ingénuamente emitieron, suponian que todo estaba acabado. Lloran y entierran á su amigo, si no como á un muerto vulgar, al menos como á una persona cuya pérdida es irreparable[63]; están tristes y abatidos; pierden la esperanza que tenian de que su maestro redimiese á Israel, y diríase en fin, que se desvanecia la más querida ilusion de aquellos hombres.
Pero el entusiasmo y el amor no conocen las situaciones sin salida: se burlan de la impostura, y antes que renunciar á la esperanza, violentan la realidad. Algunas palabras que se recordaba habia dicho el maestro, sobre todo, aquellas por las cuales predijo su futuro advenimiento, podian interpretarse en el sentido de que saldria de la tumba,[64] y semejante creencia era por otra parte tan natural, que la fé de los discípulos hubiera bastado para confirmarla en todas sus partes. Segun la opinion general, Enoc y Elías no habian muerto, y ya se empezaba á creer que los patriarcas y los hombres de primer órden de la antigua ley, no habian muerto tampoco realmente, y que sus cuerpos se hallaban en sus sepulcros, en Hebron, vivos y animados.[65] Debia suceder con Jesús lo que con todos los hombres que han cautivado la atencion de sus semejantes; acostumbrado el mundo á suponerles virtudes sobrehumanas, no puede admitir que se hallen sujetos á la ley injusta é inícua de la muerte comun. En el momento de expirar Mahoma, Omar salió de la tienda sable en mano y declaró que cortaria la cabeza al que se atreviese á decir que el profeta ya no existia.[66] La muerte es una cosa tan absurda cuando hiere al hombre de genio ó de gran corazon, que el pueblo no cree en la posibilidad de semejante error de la naturaleza. Los héroes no mueren: ¿no es acaso la verdadera existencia la memoria que se conserva en el corazon de los que nos aman? Aquel adorado maestro habia llenado de alegría y de esperanza durante algunos años al pequeño mundo que se agrupaba á su alrededor. ¿Habria de dejársele pudrir en su tumba? No; habia vivido demasiado en el recuerdo de sus oyentes, para que no se afirmase despues de su muerte que vivia aún[67].
El dia que siguió al enterramiento de Jesús (sábado, 15 de nisan) todos se entregaron á estas reflexiones, y nadie trabajó porque era dia de sábado, pero jamás el descanso pudo ser tan fecundo, pues el pensamiento cristiano no tuvo que ocuparse aquel dia sino del maestro depositado en la tumba. Las mujeres, sobre todo, le prodigaban mentalmente sus más tiernas caricias, sin poder olvidar por un instante al dulce amigo que reposaba sobre su mirra, despues de haber sido muerto por los malos. ¡Ah! ¡sin duda los ángeles que le rodeaban, se cubrian la faz con su sudario! Bien decia él que iba á morir, que su muerte seria la salvacion del pecador, y que resucitaria en el reino de su Padre. Sí, él resucitará. ¡Dios no puede permitir que su hijo sea presa de los infiernos; no consentirá que su hijo vea la corrupcion![68] ¿Qué importa que le cubra la losa de la tumba? Él la levantará; él subirá á la diestra de Dios Padre de donde ha bajado; le volveremos á ver, oiremos su voz deliciosa y su palabra divina, y en vano le habrán dado muerte.
La creencia en la inmortalidad del alma, que por la influencia de la filosofía griega ha llegado á ser un dogma del cristianismo, permite consolarse fácilmente ante la idea de la muerte, puesto que con la destruccion del cuerpo, en esta hipótesis, queda el alma en libertad y no está ya sujeta por los lazos sin los cuales puede existir. Pero esta teoría, que considera al hombre como un compuesto de dos sustancias, no era muy clara para los judíos. El reinado de Dios y el del espíritu, consistia para ellos en una completa transformacion del mundo y en el aniquilamiento de la muerte.[69] Reconocer que la muerte podia vencer á Jesús, al que venia á suprimir su imperio, era el colmo del absurdo: solo la idea de que el maestro pudiera sufrir, habia indignado á sus discípulos[70], los cuales no pudieron luego elegir entre la desesperacion ó una afirmacion heróica. Á un hombre penetrante le hubiera sido dable anunciar desde el sábado que Jesús resucitaria, y en efecto, la pequeña sociedad cristiana hizo aquel dia el verdadero milagro; al resucitar á Jesús en su corazon, por el amor intenso que le profesaban, resolvió que Jesús no muriera: el amor en aquellas almas apasionadas fué en verdad más fuerte que la muerte,[71] y como la cualidad de la pasion es ser comunicativa, encendiendo cual una antorcha un sentimiento que se le asemeja, y se propaga luego indefinidamente, Jesús ha resucitado ya bajo cierto punto de vista. Que un hecho material é insignificante nos permita creer que su cuerpo no está aquí abajo, y se funda para la eternidad el dogma de la resurreccion.
Esto fué precisamente lo que sucedió, en circunstancias, que aunque en parte oscuras, á causa de la incoherencia de las tradiciones, se pueden apreciar con un grado suficiente de probabilidad[72].
El domingo por la mañana muy temprano, las mujeres galileas, que el viernes por la noche habian embalsamado apresuradamente el cuerpo, se dirigieron al sepulcro donde se habia depositado aquel provisionalmente. Entre aquellas mujeres, iban María Magdalena, María Cleofas, Salomé, Juana, mujer de Kouza, y otras varias[73], siendo probable que llegasen cada una por su lado, pues es difícil poner en duda la tradicion de los tres Evangelios sinópticos, segun la cual llegaron al sepulcro varias mujeres[74], aunque es cierto, por otra parte, que en los dos relatos más auténticos[75] que tenemos de la resurreccion, María Magdalena desempeña por sí sola un papel importante en aquel momento solemne. Á ella pues, debemos seguir paso á paso, porque aquel dia, y durante una hora, cargó con todo el peso de la conciencia cristiana: su testimonio decidió la fé del porvenir.
Recordemos que el sepulcro donde se habia encerrado el cuerpo de Jesús, se acababa de abrir en la roca, y estaba situado en un jardin cerca del lugar de la ejecucion[76] por cuya circunstancia se eligió con preferencia este sitio en vista de que era sábado[77] y no se queria infringir la ley que mandaba no trabajar en este dia. El primer Evangelio, no obstante, añade una circunstancia, y es que el sepulcro pertenecia á José de Arimatea, pero en general las circunstancias anecdóticas que nos da el primer Evangelio para el fondo comun de la tradicion, no tienen valor alguno, sobre todo al tratarse de los últimos dias de la vida de Jesús[78]. El mismo Evangelio nos dice tambien que se puso una guardia en el sepulcro[79], pero atendiendo al silencio que guardan los demás, este dato no tiene visos de probabilidad.--Recordemos tambien que las tumbas funerarias, eran una especie de habitaciones bajas, abiertas en una roca inclinada, cortada verticalmente, y que la puerta, por lo general, se formaba con una piedra muy grande y pesada que encajaba en un hueco[80]. Estos recintos no se cerraban con llave ni cerradura; el peso de la piedra era la única garantía de seguridad contra los ladrones ó profanadores de las tumbas, y por esto se hacia de modo que fuera necesaria una máquina para mover la piedra ó los esfuerzos reunidos de varios hombres.--Todas las tradiciones están conformes en que la piedra se habia colocado en el orificio del sepulcro el viernes por la noche.
Ahora bien; cuando llegó María Magdalena el domingo por la mañana, la piedra no se encontraba en su sitio; hallábase el sepulcro abierto y el cuerpo ya no estaba allí. María Magdalena aún no tenia una idea muy clara acerca de la resurreccion; lo que llenaba su alma era un tierno sentimiento y el deseo de hacer las honras fúnebres á su divino amigo, y así es que sus primeras impresiones fueron la sorpresa y el dolor. La desaparicion de aquel cuerpo querido, le arrebataba su último consuelo y alegría; ¡ya no le tocaria más con sus manos!... ¿Y qué habria sido de él?... La idea de una profanacion cruzó por su mente, pero al mismo tiempo, concibió una vaga esperanza. Sin perder momento, corre á una casa donde se hallaban reunidos Pedro y Juan[81] y les dice: «Se han llevado el cuerpo del maestro y no sabemos dónde le han puesto.»
Los dos discípulos se levantan apresuradamente y echan á correr: Juan, el más jóven, llega primero y se inclina para mirar en el interior del sepulcro; María tenia razon: el sepulcro estaba vacío, y los lienzos que sirvieron para amortajar el cuerpo, se hallaban diseminados por el suelo. Poco despues llega Pedro, entra con su compañero, examina los lienzos, manchados sin duda de sangre, y observan que el sudario que rodeara la cabeza de Jesús está tirado en un rincon[82]. Pedro y Juan se retiran á su casa muy agitados; si no pronuncian aún la palabra decisiva «ha resucitado,» bien puede decirse que deducian esta consecuencia y que estaba ya fundado el dogma generador del cristianismo.
Cuando Pedro y Juan hubieron salido del jardin, María permaneció sola al borde del sepulcro llorando amargamente. Un solo pensamiento la preocupaba: ¿dónde habrian puesto el cuerpo? Su corazon de mujer solo anhelaba tener una vez más en sus brazos el cadáver querido. De pronto oye un ligero rumor á su espalda: un hombre está de pié delante de ella: María cree que es el jardinero y exclama: «¡Oh!, si eres tú quien se le ha llevado, dime dónde le has puesto para ir á buscarle.» Por toda respuesta oye que pronuncian su nombre «¡María!» Era la misma voz que tantas veces la conmoviera: era el acento de Jesús. «¡Oh mi maestro!» exclama ella tratando de tocarle; pero por un movimiento instintivo se inclina como para besarle los piés[83]. Entonces la vision se aparta con ligereza y dice: «¡No me toques!» Poco á poco desaparece la sombra[84], pero el milagro de amor se ha consumado ya. Lo que Céfas no habia podido hacer, lo ha hecho María: ha sabido sacar del sepulcro vacío la vida y la dulce y penetrante palabra de Jesús. Ya no se trata de deducir consecuencias ni de hacer conjeturas: María ha visto y ha oido: la resurreccion tiene su primer testigo ocular.