Los Apóstoles

Part 3

Chapter 33,423 wordsPublic domain

En nuestro libro tercero es donde tendremos que tratar en detalle la cuestion de fondo enlazada con estos curiosos incidentes; solo hemos querido dar aquí algunos ejemplos de la manera con que el autor de las _Actas_ entiende la historia, de su sistema de conciliacion y de sus ideas preconcebidas. ¿Deduciremos de aquí en conclusion que los primeros capítulos de las _Actas_ carecen de autoridad, como lo piensan algunos críticos célebres y que la ficcion llega hasta crear toda clase de personajes, tales como el eunuco y el centurion Cornelio, y hasta el diácono Estéban y la piadosa Tabitha? Yo no lo creo de ningun modo. Es probable que el autor de las _Actas_ no haya inventando personajes[59] pero es un abogado hábil que escribe para probar y que trata de sacar partido de los hechos de que oyó hablar para demostrar sus tésis favoritas, que son la legitimidad de la vocacion de los gentiles y la institucion divina de la gerarquía. Al hacer uso de semejante documento se debe tener mucha precaucion, pero rechazarlo en absoluto es tan poco razonable, como fiarse de él ciegamente. Hay algunos párrafos, sin embargo, aun en esta primera parte, cuyo valor es conocido de todos, y que constituyen memorias auténticas extractadas por el último redactor. El capítulo XII, en particular, es muy bueno y procede al parecer de Juan Márcos.

Se comprenderá pues en qué apuro nos veriamos si no tuviéramos para formar esta historia más documentos que un libro tan legendario. Felizmente poseemos otros, que se refieren, es verdad, directamente al período que será el objeto de nuestro libro tercero, pero que arrojan ya sobre este mucha luz. Nos referimos á las Epístolas de Pablo: la Epístola de los Galatas sobre todo es un verdadero tesoro, la base de toda la cronología de aquella edad, la llave que lo abre todo, el testimonio, en fin, que debe bastar á los más escépticos para creer en la realidad de las cosas que pudieran ponerse en duda. Á los lectores que me juzguen demasiado atrevido ó demasiado crédulo, yo les ruego que vuelvan á leer los dos primeros capítulos de este libro singular, pues son seguramente las dos páginas más importantes para el estudio del cristianismo naciente. Las Epístolas de San Pablo tienen en efecto una ventaja sin igual en esta historia, y esta es su autenticidad absoluta. La crítica más grave no ha puesto jamás en duda la autenticidad de la epístola á los Galatas, de las dos á los Corintios y de la dirigida á los Romanos. Las razones que se han tenido para atacar las dos epístolas á los Tesalonicenses y la epístola á los Filipenses, no tienen valor alguno. Al principio de nuestro libro tercero tendremos que discutir las objeciones más especiosas, aunque poco decisivas, que se han elevado contra la epístola á los Colosenses y la carta á Filemon; el problema particular que ofrece la epístola á los Efesios, y las fuertes pruebas en fin que inducen á desechar las dos epístolas á Timoteo y la dirigida á Tito. La autenticidad de las epístolas de que haremos uso en este volúmen es indudable, ó cuando menos las inducciones que sacaremos de las otras son independientes de la cuestion de saber si se han dictado ó no por San Pablo.

No es necesario sujetarnos aquí á las reglas de la crítica que hemos observado para la composicion de esta obra, pues ya lo hicimos en la introduccion de la _Vida de Jesús_. Los doce primeros capítulos de las _Actas_, son en efecto un documento análogo á los Evangelios sinópticos, con el cual es preciso proceder del mismo modo, porque esta clase de documentos medio históricos y medio legendarios no pueden tomarse ni como historia ni como leyenda, atendido que todo es falso en el detalle y no pueden inducirse preciosas verdades. Traducir pura y simplemente estas narraciones, no es hacer historia, puesto que con frecuencia se encuentran textos más autorizados que contradicen lo que se refiere en aquellas, y por consiguiente, aun dado el caso de que no tuviéramos más que un solo texto, hay motivos para creer que si hubiese otros resultaria la contradiccion. En la Vida de Jesús, la narracion de Lucas difiere á cada paso de las de los otros dos Evangelios sinópticos y la del cuarto: ¿no es por lo tanto probable que si tuviéramos para las _Actas_ un término de comparacion análogo, encontrariamos en dicha obra notables diferencias ó faltas en una infinidad de puntos sobre los cuales no tenemos ahora más testimonio que el suyo? En nuestro libro tercero, observaremos otras reglas, pues allí vamos á entrar en plena historia positiva y tendremos entre manos noticias originales á veces autobiográficas. Cuando San Pablo nos dé él mismo el relato de un episodio de su vida, que no tenia interés en presentar tal ó cual dia, claro es que nos bastará copiar sus palabras una á una, segun el método de Tillemont; pero cuando se trate de un narrador preocupado por un sistema, que escribe para hacer prevalecer ciertas ideas con ese estilo infantil de contornos vagos y suaves y marcado colorido, propio tan solo de la leyenda, el deber del crítico no es sujetarse al texto, sino tratar de descubrir lo que puede haber en este de verdad sin creerse jamás seguro de haberla encontrado. Prohibir á la crítica semejantes interpretaciones seria tan poco razonable como mandar al astrónomo que no se ocupase sino del aspecto del cielo: ¿no consiste acaso la astronomía en conseguir que el paralaje formado por la posicion del observador, llegue á crear una situacion real y verdadera por otra aparente y engañosa?

¿Y quién pretenderia que se deben copiar á la letra documentos donde se encuentran imposibilidades? Los doce primeros capítulos de las _Actas_ son un tejido de milagros; y una regla absoluta de la crítica, es no citar en las relaciones históricas hechos milagrosos. Esta no es la consecuencia de un sistema metafísico; es sencillamente una observacion. Todos los hechos que se suponen milagrosos y que pueden estudiarse de cerca, se convierten en ilusion ó en impostura: si se hubiera probado un solo milagro, no se podrian desechar en masa todos los de las historias antiguas, porque despues de todo, admitiendo que un gran número de estos fueran falsos, se podria creer que algunos son verdaderos. Pero no es así: todos los milagros discutibles se desvanecen, y en este caso, ¿no estaremos autorizados para deducir de aquí que los milagros que ocurrieron hace muchos siglos, y sobre los cuales no hay medio de provocar un debate contradictorio, no son reales y verdaderos? En otros términos; no hay milagro sino cuando se cree en él; lo que constituye lo sobrenatural es la fé. El catolicismo que pretende que no se ha extinguido aún en su seno la fuerza milagrosa, está sujeto él mismo á la influencia de esta ley: los milagros que pretende hacer no se ven en los sitios donde debieran ocurrir, y si se tiene un medio tan sencillo de probarlos ¿por qué no se hace uso de él á la luz del dia? ¡Un milagro en París, ante sabios competentes pondria fin á todas las dudas! Pero ¡ay! ¡esto no sucede nunca! Jamás se ha verificado un milagro ante el público á quien convendria convertir, es decir, ante los incrédulos. La condicion del milagro es la credulidad del testigo. No ha ocurrido ningun milagro ante aquellos que podrian discutirlo y criticarlo, y de esto no hay una excepcion. Ciceron lo dijo muy bien con su buen criterio y acostumbrada sutileza: «¿Desde cuándo ha desaparecido esa fuerza secreta? ¿Será acaso desde que los hombres han llegado á ser menos crédulos?»[60]

«Pero, se dice, si es imposible probar que haya ocurrido nunca un hecho sobrenatural, tambien lo es probar que no haya ocurrido; luego el sabio positivista que niega lo sobrenatural procede, tan gratuitamente como el creyente que admite.» Esto no es exacto: el que afirma una proposicion es quien debe probarla; el que la escucha no tiene que hacer más que esperar la prueba, y ceder si esta es buena. Si hubieran ido á exigir á Buffon que asignara un lugar en su _Historia natural_ á las sirenas y á los centauros, Buffon habria respondido: «Mostradme uno de esos séres y los admitiré; hasta entonces no existirán para mí.--Pero probadme que no existen.--Probadme á mí lo contrario.» En la ciencia, corresponde dar la prueba á los que alegan un hecho. ¿Por qué no se cree en los ángeles y en los demonios, siendo así que innumerables textos históricos suponen su existencia? Porque la existencia de un ángel ó de un demonio, no se ha probado jamás.

Para sostener la realidad del milagro, se apela á fenómenos que se pretende no pueden ocurrir segun el curso de las leyes de la naturaleza. «La creacion del hombre, dicen, no ha podido llevarse á cabo sino por una intervencion directa de la Divinidad; ¿por qué no habia de producirse esa intervencion en los otros momentos decisivos del desarrollo del universo?» No insistiré sobre la extraña filosofía y la mezquina idea de la divinidad que razona de tal modo, pues la historia debe tener su método, independiente de toda filosofía, y sin entrar para nada en el terreno de la teodicea: fácil es demostrar cuán defectuosa es semejante argumentacion. Equivale á decir que todo lo que no sucede en el estado actual del mundo, que todo aquello que no podemos explicar en el estado actual de la ciencia, es milagroso. De este modo tendremos que el sol es un milagro, porque la ciencia está muy lejos de haber explicado el sol; la concepcion de cada hombre es un milagro, porque la fisiología se calla sobre este punto; la conciencia es un milagro, porque es un misterio absoluto, y todo animal, en fin, es un milagro, porque el orígen de la vida es un problema sobre el cual apenas tenemos dato alguno. Si se responde que toda vida, que toda alma, es en efecto de un órden superior á la naturaleza, esto equivale á un juego de palabras. Aun cuando lo admitamos así, preciso es explicarnos la palabra milagro. ¿Qué es un milagro que ocurre todos los dias y á todas horas? El milagro no es lo inexplicable; es una derogacion formal, en nombre de una voluntad particular, á leyes conocidas. Lo que nosotros negamos es el milagro por excepcion, son las intervenciones particulares, como la de un relojero que hubiese hecho un reloj, muy hermoso en verdad, pero al que tendria que tocar de vez en cuando para suplir la insuficiencia de las ruedas. Que Dios esté en todas las cosas de una manera permanente, sobre todo en lo que vive, es precisamente nuestra teoría; nosotros solo decimos que nunca se ha probado ninguna intervencion particular de una fuerza sobrenatural, y negaremos la realidad de lo sobrenatural hasta que un hecho venga á probarnos lo contrario. Buscar este hecho antes de la creacion del hombre, alejarse de la historia, remontándose á épocas en que toda comprobacion es imposible para no tener que citar milagros históricos, es lo mismo que refugiarse detrás de la nube, es probar una cosa oscura con otra más oscura aún, es establecer una ley conocida, en virtud de un hecho que no conocemos. Se citan milagros que tuvieron lugar antes de que existiese ningun testigo para presenciarlos, y no se habla de uno solo que pueda probarse con buenos testimonios.

No cabe duda que en épocas remotas han ocurrido en el universo fenómenos que no se han vuelto á presentar, al menos en la misma escala, en la actualidad; pero esos fenómenos tuvieron su razon de ser cuando se manifestaron. En las formaciones geológicas, por ejemplo, se encuentra un gran número de minerales y piedras preciosas que segun parece no se producen hoy en la naturaleza; y sin embargo, los Sres. Mitscherlich, Ebelmen, de Sénarmont y Daubrée, han compuesto artificialmente la mayor parte de esos minerales y piedras preciosas. Si es dudoso que se consiga jamás producir artificialmente la vida, esto consiste en que la reproduccion de las circunstancias en que aquella comenzó no está al alcance de los medios humanos. ¿Cómo clasificar un planeta que ha desaparecido hace miles de años? ¿Cómo verificar un experimento para el cual se necesitan siglos enteros? Hé aquí lo que se olvida cuando se llama milagros á los fenómenos que han ocurrido en otro tiempo y que no se verifican ya hoy. La formacion de la humanidad es seguramente la cosa más absurda y más extraña del mundo si se la supone súbita é instantánea, pero entra en las analogías generales (sin dejar de ser misteriosa), si se vé en ella el resultado de un progreso lento y continuado durante períodos incalculables. No deben aplicarse á la vida del embrion, las leyes de la vida de la edad madura; pues el embrion desarrolla unos tras otros todos sus órganos, y el hombre adulto por el contrario no los crea porque ya no está en la edad de crearlos; así como el lenguaje no se inventa porque ya no se puede inventar. ¿Pero á qué seguir á unos adversarios que se salen de la cuestion? Nosotros pedimos un milagro histórico probado, y se nos contesta que este debió ocurrir antes de la historia. Ciertamente que si hubiera que probar que son necesarias las creencias sobrenaturales para ciertos estados del alma, bastaria, para hacerlo, el hecho de que espíritus dotados en todas las demás cosas de cierta penetracion, han fundado el edificio de su fé en un argumento tan desesperado.

Hay otros, que abandonando el milagro del órden físico, se parapetan en el milagro del órden moral, sin el cual pretenden que no pueden explicarse estos acontecimientos. No cabe duda que la formacion del cristianismo es el hecho más grande de la historia religiosa del mundo, mas no por esto es un milagro. El budismo y el babismo han tenido mártires tan numerosos, tan exaltados, tan resignados, como los tuvo el cristianismo. Los milagros de la fundacion del islamismo son de una naturaleza muy distinta, y confieso que no me conmueven, pero es preciso observar, sin embargo, que al hablar los doctores musulmanes del establecimiento de aquel, de su difusion como por un rastro de fuego, de sus rápidas conquistas y de la fuerza que le da en todas partes un reinado tan absoluto, hacen los mismos razonamientos que los apologistas cristianos sobre el establecimiento del cristianismo. Concedamos si se quiere que la fundacion de este sea un hecho único: tambien lo es en absoluto el helenismo, si se entiende por esta palabra el ideal de la perfeccion en la literatura, en el arte, en la filosofía, ideal que la Grecia ha realizado. El arte griego sobrepuja á todos los demás artes, así como el cristianismo sobresale sobre todas las demás religiones, y el Acropolis de Atenas, coleccion de obras maestras, al lado de las cuales todas las demás no son sino una imitacion más ó menos perfecta, es acaso el que mejor puede someterse á la comparacion. En otras palabras: el helenismo es un prodigio de belleza, así como el cristianismo es un prodigio de santidad.

Espero que un intervalo de dos años y medio trascurridos desde la publicacion de la _vida de Jesús_, inducirá á ciertos lectores á ocuparse de estos problemas con más calma.

La controversia religiosa es siempre de mala ley sin quererlo y sin saberlo: no se trata de discutirla con independencia, de buscar con ansiedad; se trata de defender una doctrina establecida, de probar que el disidente es un ignorante ó un hombre de mala fé. Calumnias, contrasentidos, ideas y textos falsos, razonamientos triunfantes sobre cosas que el adversario no ha dicho, gritos de victoria por errores que no se han cometido; nada de esto es ilegal para aquel que cree tener en sus manos los intereses de la verdad absoluta. Preciso era que yo hubiese conocido poco la historia para no esperar semejante cosa, pero tengo suficiente sangre fria para no disgustarme por esto y una aficion bastante decidida á las cosas de la fé, para que me sea dable apreciar debidamente lo que hay á veces de sensible en el sentimiento que pueda inspirar á mis detractores. Con mucha frecuencia, al ver tanta ingenuidad, tan piadosa firmeza; al comprender cuanta cólera rebosa en esas hermosas y buenas almas, he dicho como Juan Huss, al ver una anciana que sudaba para llevar un madero á su leñera: _¡O sancta simplicitas!_ Segun la hermosa frase de la Escritura, «Dios no está en la tormenta.» ¡Ah! sin duda; si todas estas tribulaciones ayudasen á descubrir la verdad, podria uno consolarse al menos; pero no es así; la verdad no se ha hecho para el hombre apasionado; se reserva para los espíritus que buscan con imparcialidad, sin una opinion persistente, sin un sentimiento de ódio, con una libertad absoluta y sin una segunda intencion. Estos problemas no son sino una de las innumerables cuestiones que se suscitan en el mundo y que los curiosos examinan: no se ofende á nadie enunciando una opinion teórica; los que profesan una fé y la guardan como un tesoro, tienen un medio muy sencillo de defenderla, y este consiste en no hacer aprecio de las obras escritas en un sentido que difiere de sus opiniones. Lo mejor que pueden hacer los tímidos es no leerlas.

Hay personas prácticas, que tratándose de una obra científica, preguntan qué objeto político se ha propuesto el autor, y quieren que una obra de poesía encierre una leccion de moral. Esas personas no admiten que escriba más que para una propaganda: la idea del arte y de la ciencia, que no aspira sino á encontrar la verdad y á realizar lo bello, prescindiendo de todo asunto político, es para ellas una cosa extraña, y por lo tanto, entre nosotros y esas personas, no puede haber conformidad. «Esas gentes, como decia un filósofo griego, toman con la mano izquierda lo que les damos con la derecha.» Ya he recibido una porcion de cartas, dictadas por un sentimiento de honradez, cuyo contenido puede resumirse en estas palabras: «¿Qué habeis querido? ¿Qué objeto os habeis propuesto?» ¡Dios mio! el mismo que uno se propone al escribir cualquiera historia. Si yo dispusiera de varias vidas, emplearia una en escribir una historia de Alejandro, otra en escribir una historia de Atenas, y una tercera en escribir, ya una historia de la Revolucion francesa, ya una historia de la órden de San Francisco. ¿Y qué objeto me propondria yo al escribir esas obras? Uno solo: hallar la verdad y darle vida; trabajar para que los grandes acontecimientos del pasado sean conocidos con la mayor exactitud posible y expuestos de una manera digna. Lejos de mí la idea de combatir la fé que cada uno profesa: estas obras deben componerse con una indiferencia suprema; como si se escribiese para un planeta desierto. Toda concesion á los escrúpulos de un órden inferior, constituyen una falta al culto del arte y de la verdad. ¿Quién no vé que la ausencia del proselitismo es la cualidad y el defecto de las obras compuestas bajo semejante espíritu?

El primer principio de la escuela crítica en efecto, es que cada uno admita en materia de fé lo que necesita admitir, y establezca sus creencias segun su propia opinion. ¿Cómo nos atreveriamos nosotros á intervenir en lo que depende de circunstancias contra las cuales nadie puede hacer nada? Si alguno se adhiere á nuestros principios será porque tiene suficiente talento y educacion para hacerlo, y á fé que todos nuestros esfuerzos no podrian dar ni la una ni el otro al que no posea esas cualidades. La filosofía difiere de la fé, en que esta obra por sí misma, independientemente del conocimiento que se tiene de los dogmas. Nosotros por el contrario creemos, que una verdad no tiene valor sino cuando uno la descubre por sí mismo; cuando se vé todo el órden de ideas que con ella se enlaza: nosotros no nos creemos obligados á no emitir las opiniones que no estén de acuerdo con la creencia de una porcion de nuestros semejantes; nosotros no nos sacrificamos á las exigencias de las diversas ortodoxias, y lejos en fin de atacarlas ó provocarlas, procedemos como si no existiesen. En cuanto á mí, el dia que comprendiese que se habia hecho el menor esfuerzo para inducir á cualquiera á que participase de mis ideas, tendria un gran sentimiento; y me pareceria, ó que mi espíritu se hallaba turbado al escribir este libro, ó que pesaba sobre mí alguna cosa que me impedia regocijarme ante la alegre contemplacion del universo.

¿Quién no vé por otra parte, que si mi objeto fuese hacer la guerra á los cultos establecidos, deberia proceder de otro modo, limitándome únicamente á demostrar las imposibilidades y las contradicciones de los textos y de los dogmas que se tienen por sagrados? Esta penosa tarea se ha hecho mil veces y se ha hecho muy bien. En 1856[61] escribia ya lo que sigue: