Los Apóstoles

Part 21

Chapter 213,877 wordsPublic domain

El reino de Dios, sueño eterno que no se arrancará del corazon del hombre, es la protesta contra lo que el patriotismo tiene de exclusivo; el pensamiento de una organizacion de la humanidad para su dicha más grande y su amejoramiento moral, es cristiano y legítimo; el Estado no sabe ni puede saber más que una cosa: organizar el egoismo, y esto no es indiferente, porque el egoismo es el más poderoso y el más perceptible de los móviles de la humanidad. Pero esto no basta: los gobiernos que suponen que el hombre solo tiene instintos de egoismo, se equivocan de medio á medio, porque la abnegacion es tan natural como el egoismo para los hijos de las grandes razas; la organizacion de la abnegacion es la religion, y no se espere pues prescindir de esta última ni de sus asociaciones, porque el progreso de las sociedades modernas, hará que esta necesidad sea cada vez más imperiosa.

Hé ahí de qué modo esos relatos de extraños sucesos pueden encerrar para nosotros una gran enseñanza, pero es preciso no detenerse en ciertos rasgos que por la diferencia de épocas puedan parecer extravagantes. Cuando se trata de creencias populares hay siempre una inmensa desproporcion entre la grandeza del objeto ideal que prosigue la fé y la pequeñez de las circunstancias materiales que inducen á creer. De ahí la particularidad que en la historia religiosa, los detalles extraños y los actos que se asemejan á la locura, puedan mezclarse con lo que hay de más sublime. El fraile que inventó la santa ampolla ha sido uno de los fundadores del reino de Francia: ¿quién no querria borrar de la vida de Jesús el episodio de los demoniacos de Gergesia? Ningun hombre de sangre fria ha hecho nunca lo que hicieron Francisco de Asís, Juana de Arco, Pedro el Ermitaño, é Ignacio de Loyola; nada es más relativo que la palabra locura aplicada al pasado del espíritu de la humanidad; y si se siguieran las ideas extendidas en nuestros dias, no hay profeta, ni apóstol, ni santo, que no se hubiese visto encerrado. La conciencia humana es poco estable en las épocas en que la reflexion no ha avanzado mucho y cuando es tal el estado del alma, se llega insensiblemente del bien al mal y del mal al bien, dando lugar á que lo bello se convierta, en feo ó vice-versa. No hay justicia posible para lo pasado si no se admite este principio. Un mismo soplo divino penetra en toda la historia y forma una union admirable; pero la variedad de combinaciones que pueden producir las facultades humanas es infinita. Los apóstoles difieren menos de nosotros que los fundadores del budismo, los cuales, sin embargo, se aproximaban más á nosotros por el idioma, y probablemente por la raza. Nuestro siglo ha visto movimientos religiosos tan extraordinarios como los de otras épocas, movimientos que han provocado tanto entusiasmo como los anteriores, que cuentan ya relativamente, mayor número de mártires, y cuyo porvenir es aún incierto.

No hablo de los Mormones, secta por ciertos conceptos tan estúpida y abyecta, que se le resiste á uno creer en ella formalmente, por más que sea instructivo ver en pleno siglo XIX á millares de hombres de nuestra raza vivir creyendo en los milagros y en las maravillas en que tienen una fé ciega y que segun dicen han visto y tocado. Ya contamos con toda una literatura para demostrar el acuerdo que existe entre el mormonismo y la ciencia, pero lo más admirable es, que esta religion, fundada en necedades é imposturas, ha sabido llevar á cabo prodigios de paciencia y abnegacion, y dentro de quinientos años, habrá doctores que probarán su divinidad por las maravillas de su establecimiento. El babismo en Persia, ha sido un fenómeno notable por otro estilo[1078]: un hombre pacífico y sin pretension alguna, una especie de Spinoza, modesto y piadoso, se ha visto casi á pesar suyo, elevado al rango de taumaturgo, de encarnacion divina, llegando á ser el jefe de una secta numerosa, ardiente y fanática, que estuvo á punto de producir una revolucion semejante á la de Islam. Millares de mártires recibieron por él la muerte con la mayor alegría; el dia de la matanza de los _babis_ en Teheran, no tiene acaso igual en la historia del mundo, pues segun dice un narrador, testigo ocular,[1079] «vióse en dicho dia en las calles y bazares de Teheran, un espectáculo que la poblacion no olvidará acaso nunca. Aún hoy dia, cuando se habla de aquella catástrofe, puede comprenderse cuánta fué la admiracion mezclada de horror que experimentó la multitud, y que los años no han disminuido. Vióse avanzar entre los verdugos una porcion de niños y mujeres con las carnes del cuerpo desgarradas y llevando sujetas alrededor de éste mechas encendidas cuya llama les abrasaba la piel; las víctimas, que iban atadas con cuerdas, recibian continuos latigazos, mas á pesar de esto, niños y mujeres avanzaban entonando un versículo que decia: «En verdad venimos de Dios y volvemos á él» y elevábanse sus voces sonoras en medio del silencio de la multitud. Cuando uno de los condenados caia al suelo hacíanle levantar á fuerza de golpes, y entonces, por agotadas que estuviesen las fuerzas de la víctima á causa de la pérdida de sangre que corria de sus heridas, poníase á bailar gritando con creciente entusiasmo: «En verdad que somos de Dios y volvemos á él.» Algunos niños caian muertos sobre el camino, y los verdugos cogian sus cuerpos y los arrojaban á los piés de los padres y de sus hermanos, que pisaban orgullosamente aquellos cadáveres sin lanzarles siquiera una mirada. Al llegar al lugar de la ejecucion se propuso á las víctimas que abjurasen: á un verdugo se le ocurrió decir á un padre que si no cedia iba á cortar el cuello á sus dos hijos sobre su mismo pecho; los dos muchachos, de los cuales el mayor tendria catorce años, enrojecidos con su propia sangre, y calcinadas las carnes, escuchaban friamente el diálogo: el padre contestó tendiéndose en el suelo que estaba dispuesto, y entonces el mayor de sus hijos, reclamando con instancia su derecho de primogenitura, pidió que le degollase antes á él[1080]. Por último se acabó todo: las sombras de la noche cubrieron una masa informe de carne humana; las cabezas estaban atadas á los postes del cadalso y los perros de los arrabales se dirigian en bandadas hácia aquel punto.»

Esto ocurria en 1852: la secta de Mazdak, en tiempo de Cosroes Nouschirvan, se ahogó en un baño de sangre semejante; la abnegacion absoluta es para las almas sencillas el más exquisito de los goces y una especie de necesidad; en la ejecucion de los Babis, algunas personas que eran de la secta, corrian á denunciarse á sí mismas deseosas de obtener la muerte y el martirio. ¡Es tan dulce para el hombre sufrir por alguna cosa, que muchas veces la indiferencia del mártir basta para hacer creer! Un discípulo que fué compañero de suplicio de Bab, hallándose suspendido al lado da éste en las murallas de Tabriz, esperando la muerte, no decia más que estas palabras: «¿Estais contento de mí, maestro?»

Las personas que suponen milagroso ó quimérico lo que en la historia excede á los cálculos de un buen sentido vulgar, no podrán seguramente explicarse tales hechos. La condicion fundamental de la crítica, es saber comprender los estados diversos del espíritu humano; la fé absoluta es para nosotros una cosa completamente extraña; y fuera de las ciencias positivas, de una seguridad en cierto modo material, toda opinion no es á nuestros ojos más que una probabilidad que implica una parte de verdad y una parte de error; esta última puede ser tan pequeña como se quiera, pero no se reduce nunca á cero cuando se trata de cosas morales sobre una cuestion de arte, lenguaje, forma literaria ó personas. Esta, sin embargo, no es la manera de ver de los espíritus pobres y obstinados, tal como los Orientales; los ojos de esas gentes no son como los nuestros; son una especie de ojos de esmalte como los de los personajes que figuran en los mosaicos con su mirada fija y que no saben ver sino una sola cosa á la vez, cosa que al fin les preocupa, se apodera de ellos, é impidiéndoles que sean dueños de creer ó de no creer, no les permite reflexionar. Cuando se profesa una opinion de este modo, se deja uno matar por ella: el mártir es en religion lo que el hombre de partido en política: no ha habido muchos mártires inteligentes; los confesores del tiempo de Diocleciano debian ser, despues de la paz de la Iglesia, personajes impertinentes é imperiosos, pues nunca es uno tolerante cuando cree que siempre tiene razon y que los otros no la tienen nunca.

Los grandes entusiasmos religiosos, que son la consecuencia de fijarse demasiado en las cosas, se convierten así en enigmas para un siglo como el nuestro, en que el rigor de las convicciones se ha debilitado mucho. Entre nosotros, el hombre sincero modifica sin cesar sus opiniones; en primer lugar, porque el mundo cambia, y en segundo porque el apreciador cambia tambien. Nosotros creemos varias cosas á la vez; amamos la justicia y la verdad y por ellas expondriamos nuestra vida, pero no admitimos que lo justo y lo verdadero sean solo del dominio de una secta ó de un partido. Somos buenos franceses, mas reconocemos que los alemanes y los ingleses son superiores por muchos conceptos, lo cual no se hace en las épocas y en los países en que cada cual es de su comunion, de su raza, de su escuela política. Hé aquí por qué todas las grandes creaciones religiosas se han producido en sociedades cuyo espíritu general era más ó menos análogo al del Oriente. Hasta aquí, en efecto, la fé absoluta es la única que ha conseguido imponerse á las demás. Una buena criada de Lyon, llamada Blandine, que se hizo matar por su fé, hace mil setecientos años, y un brutal jefe de banda, llamado Clovis, que creyó conveniente, hace catorce siglos, convertirse al catolicismo, son los que nos imponen aún la ley.

¿Quién no se ha detenido al recorrer nuestras antiguas ciudades, ahora modernas, al pié de los gigantescos monumentos de la fé de las edades antiguas? Todo se ha renovado ya en ellos; no queda un solo vestigio de las costumbres de otros tiempos; solo permanece en pié la catedral, un poco mutilada acaso por la mano del hombre, pero profundamente arraigada en el suelo; _¡Mole sua stat!_ Su masa es su derecho. Ha resistido al diluvio que todo lo destruyó á su alrededor; ni uno solo de los hombres de otra época que fuera á visitar los sitios donde vivió, podria encontrar su casa; solo el cuervo que hizo su nido en las alturas del edificio sagrado no ha visto destruir su morada, ¡Extraña prescripcion! Aquellos honrados mártires, aquellos rudos convertidos, aquellos piratas que construyeron iglesias, nos dominan todavía. Somos cristianos porque ellos quisieron serlo; así como en política solo las fundaciones bárbaras son duraderas, en religion las afirmaciones espontáneas, y si me atrevo á decirlo, fanáticas, son contagiosas. Y esto consiste en que las religiones son obras enteramente populares; su éxito no depende sino de las pruebas más ó menos buenas que producen de su divinidad; su éxito está en proporcion de lo que dicen al corazon del pueblo.

¿Se sigue acaso de aquí que la religion esté destinada á disminuir poco á poco y á desaparecer como los errores populares sobre la mágia, la brujería y los espíritus? Seguramente no: la religion no es un error popular; es una gran verdad de instinto entrevista y expresada por el pueblo. Todos los símbolos que sirven para dar una forma al sentimiento religioso son incompletos, y su destino es ser rechazados unos despues de otros; pero nada es más falso que el sueño ó la ilusion de varias personas, que tratando de concebir la humanidad perfecta, la conciben sin religion. Debe decirse lo inverso. La China, que es una humanidad inferior, no tiene apenas religion: supongamos por el contrario un planeta habitado por una humanidad cuya fuerza intelectual, moral y física, sea doble que la de la humanidad terrestre, y tendremos que la primera seria cuando menos dos veces más religiosa que la nuestra; y digo _cuando menos_, porque es probable que el aumento de facultades religiosas tuviese lugar en una progresion más rápida que el aumento de la capacidad intelectual, y no se haria segun la simple proporcion directa. Supongamos una humanidad diez veces más fuerte que la nuestra; esa seria infinitamente más religiosa, y aún es probable, que en semejante grado de sublimidad, desprendido de toda preocupacion material y de todo egoismo, dotado de un tacto perfecto y de un gusto divinamente delicado, viendo la bajeza y el vacío de todo lo que no es lo verdadero, lo bueno ó lo bello, el hombre seria únicamente religioso, y estaria continuamente sumido en una perpétua adoracion, pasando de éxtasis en éxtasis, naciendo, viviendo y muriendo en un torrente de voluptuosidad. El egoismo, en efecto, que da la medida de la inferioridad de los séres, decrece segun se aleja de lo animal; un ser perfecto no seria ya egoista, sino religioso; el progreso pues tendrá por efecto engrandecer la religion, y no destruirla ó disminuirla.

Pero tiempo es ya de volver á los tres misioneros, Pablo, Bernabé y Juan Márcos, que hemos dejado en el momento que salian de Antioquía por la puerta que conduce á Seleucia. En mi tercer libro trataré de seguir las huellas de esos mensajeros de buenas nuevas por tierra y por mar, lo mismo en la calma que en la tormenta, así en los buenos como en los malos dias. Ya me urge referir la historia de esa epopeya sin igual, recorrer esos caminos infinitos del Asia y de Europa, á lo largo de los cuales sembraron el grano del Evangelio, y tengo en fin deseos de surcar esas ondas que ellos atravesaran tantas veces en situaciones diversas. La gran odisea cristiana va á comenzar; ya la barca apostólica ha desplegado sus velas, y sopla la brisa que no aspira sino á llevar en sus alas las palabras de Jesús.

FIN DE LOS APÓSTOLES.

NOTAS

[1] El autor de las _Actas_ no da directamente á San Pablo el título de Apóstol, que solo aplica en general á los miembros del colegio central de Jerusalem.

[2] Homilias seudo-clementinas, XVII, 13-19.

[3] Justino, _Apol. I_, 39. En las _Actas_ predomina tambien la idea de que Pedro fué el Apóstol de los gentiles. Véase sobre todo el Cap. X y compárese I Petri, I, 1.

[4] I Cor., III, 6, 10; IV, 14, 15; IX, 1, 2; II Cor., XI, 2, etc.

[5] Carta de Dionisio de Corinto, en Eusebio, _Hist. eccl._, II, 25.

[6] Los lectores franceses que deseen obtener más ámplios detalles sobre la discusion y comparacion de las cuatro narraciones, pueden consultar los siguientes escritos: Strauss, _Vie de Jésus_, 3.ª sec., cap. IV y V (traduccion Littré); _Nouvelle Vie de Jésus_, l. I, § 46 y siguientes; l. II, § 97 y siguientes (Traduccion Nefftzer y Dollfus).

[7] La Iglesia la admite desde luego como evidente. Véase el cánon de Muratori (_Antiq. Ital._, III, 854), colacionado por Wieseler y restituido por Laurent (_Neutestamentliche Studien_, Gotha, 1866), lin. 33 y siguientes.

[8] Luc., I, 1-4, _Act._, I, 1.

[9] Véase sobre todo _Act._, XVI, 12.

[10] Sabido es que entre los escritores del Nuevo Testamento es muy pobre la manera de expresarse, si bien cada uno tiene su pequeño diccionario, y esto nos proporciona una regla precisa para determinar quién es el autor de los escritos, aun de los más cortos.

[11] El empleo de esta palabra, _Act._, XIV, 4, 14, es muy indirecto.

[12] Compárese por ejemplo, _Act._, XVII, 14-16; XVIII, 5, á I Tes., III, 1-2.

[13] I Cor., XV, 32; II Cor., I, 8; XI, 23 y siguientes. Rom., XV, 19; XVI, 3 y siguientes.

[14] _Act._, XVI, 6; XVIII, 22-23, comparando la epístola á los Galatas.

[15] Por ejemplo, la estancia en Cesarea queda en la oscuridad.

[16] Mabillon, _Museum Italicum_, I, 1.ª pars, pág 109.

[17] Col., IV, 14.

[18] Véase más arriba, pág. XIV.

[19] Casi todas las inscripciones son latinas, así como en Neapolis (Cavala) el puerto de Filipos. Véase Heuzey, _Mission de Macédoine_, pág. 11 y sig. Los notables conocimientos náuticos del autor de las _Actas_ (véase sobre todo cap. XXVII-XXVIII) dan lugar á creer que era de Neapolis.

[20] Por ejemplo, _Act._, X, 28.

[21] _Act._, V, 36-37.

[22] Los hebraismos de su estilo pueden ser resultado de una lectura asídua de las traducciones griegas del Antiguo Testamento, y sobre todo de la lectura de los escritos compuestos por sus correligionarios de Palestina, que copia con frecuencia textualmente. Sus citas del Antiguo Testamento se han hecho sin ningun conocimiento del texto original (por ejemplo, cap. XV, pág. 16 y sig.).

[23] _Act._, XVII, 22 y sig.

[24] Luc., I, 26; IV, 31; XXIV, 13. Compárese más abajo, página 73, nota.

[25] Luc., I, 31, comparado con Mateo, I, 21. El nombre de _Juana_ que solo Lucas conoce, es sospechoso, pues no parece probable que _Juan_ tuviese entonces correspondencia femenina. Sin embargo, véase Talm. de Bab., _Sota_, 22 _a_.

[26] _Act._, II, 47; IV, 33; V, 13, 26.

[27] _Act._, IX, 22, 23; XII, 3, 11; XIII, 45, 50 y otros muchos pasajes. Lo mismo sucede con el cuarto Evangelio porque tambien fué redactado fuera de Siria.

[28] Luc., X, 33 y sig.; XVII, 16; _Act._, VIII, 5 y sig. y lo mismo en el cuarto Evangelio: Juan, IV, 5 y sig. Comp. Mat., X, 5-6.

[29] _Act._, XXVIII, 30.

[30] Véase _Vida de Jesús_, pág. XVII.

[31] Luc., XXIV, 50. Marc., XVI, 19, viene á decir lo mismo.

[32] _Act._, I, 3, 9.

[33] Véase sobre todo Luc., I, 1, la expresion τῶν πεπληροφορημένων ἐν ἡμῖν πραγμάτων.

[34] Cap. X, XXII, XXVI.

[35] El centurion Cornelio y el procónsul Sergio Paulo.

[36] _Act._, XIII, 7 y sig.; XVIII, 12 y sig.; XIX, 35 y sig.; XXIV, 7, 17; XXV, 9, 16, 25; XXVII, 2; XXVIII, 17-18.

[37] _Ibid._, XVI, 37 y sig.; XXII, 26 y sig.

[38] Semejantes precauciones no eran raras: el Apocalipsis y la epístola de Pedro designan á Roma con palabras embozadas.

[39] Luc., I, 4.

[40] _Act._, I, 22.

[41] Véase la _Vida de Jesús_, pág. XXXIX y sig.

[42] Esto se nota principalmente en la historia del Centurion Cornelio.

[43] _Act._, II, 47; IV, 33; V, 13, 26. Cf. Luc., XXIV, 19-20.

[44] _Act._, II, 44-45; IV, 34 y sig.; V, 1 y sig.

[45] I Cor., XII-XIV. Comp. Marc., XVI, 17, y _Act._, II, 4, 13; X, 46; XI 15; XIX, 6.

[46] Compárese _Act._, III, 2 y sig. á XIV, 8 y sig.; IX, 36 y sig. á XX, 9 y sig.; V, 1 y sig. á XIII, 9 y sig.; V, 15-16 á XIX, 12; XII, 7 y sig. á XVI, 26 y sig.; X, 44 á XIX, 6.

[47] En un discurso que el autor pone en boca de Gamaliel, allá por el año 36, se trata de Teudas cuya empresa se declara fijamente que fué anterior á la de Judas el Gaulonita (_Act._, V, 36-37). Ahora bien, la rebelion de Teudas es del año 44 (Jos., _Ant._, XX, V, 1), y en todo caso muy posterior á la del Gaulonita (Jos., _Ant._, XVIII, I, 1; B. J., II, VIII, 1).

[48] Las personas que no puedan leer sobre este punto los escritos alemanes de Baur, Schneckenburger, de Wette, Schwegler y Zeller, donde se conducen á una solucion definitiva las cuestiones críticas relativas á las _Actas_, pueden consultar con fruto los _Études historiques et critiques sur les origines du christianisme_, por A. Stap (París, Lacroix, 1864), p. 116 y sig.; Michel Nicolas, _Études critiques sur la Bible. Nouveau Testament_ (París, Lévy, 1864), p. 223 y sig.; Reuss, _Histoire de la théologie chrétienne au siècle apostolique_, l. VI, ch. V; diversos trabajos de los señores Kayser, Scherer, Reuss en la _Revue de théologie_ de Strasburgo, 1.ª serie, t. II y III; 2.ª serie, t. II y III.

[49] Para el matiz de οὐ προσανεθέμην σαρκὶ καὶ αἵματι, compárese Mat., XVI, 17.

[50] Él mismo lo declara así bajo juramento: léase sobre todo los Cap. I y II de la epístola de los Galatas.

[51] Act., XII, 1.

[52] Jos., _Ant._, XIX, VIII, 2; _B. J._, II, XII, 6.

[53] La cita de Amos (XV, 16-17), hecha por Jacobo conforme á la version griega, y que está en desacuerdo con el hebreo, demuestra claramente que este discurso es una ficcion del autor.

[54] Demostraremos luego que este es el verdadero sentido: en todo caso la duda sobre la cuestion de saber si Tito se circuncidó ó no, importa poco para nuestro razonamiento.

[55] Comp. _Act._, XV, 1; Gal., I, 7; II, 12.

[56] I Cor., VIII, 4, 9; X, 25-29.

[57] _Act._, XXI, 20 y sig.

[58] Los ebionitas sobre todo. Véanse las Homilias seudo-clementinas; Ireneo, _Adv. hær._, I, XXVI, 2; Epifanio, _Adv. hær._, hær. XXX; San Gerónimo, _In Matth._, XII, init.

[59] Á mi parecer, sin embargo, Ananías y Safira son personajes imaginarios.

[60] _De divinatione_, II, 57.

[61] Prefacio de los _Études d’histoire religieuse_.

[62] Marc., XVI, 11; Luc., XVIII, 34; XXIV, 11; Juan, XX, 9, 24 y sig. La opinion contraria expresada en Mat., XII, 40; XVI, 4, 21; XVII, 9, 23; XX, 19; XXVI, 32; Marc., VIII, 31; IX, 9-10, 31; X, 34; Luc., IX, 22; XI, 29-30; XVIII, 31 y sig.; XXIV, 6-8; Justino, _Dial. cum Tryph._, 106, proviene de que á partir de cierta época, se tiene gran empeño en demostrar que Jesús anunció su resurreccion. Por lo demás, los sinópticos reconocen que si Jesús habló, los Apóstoles no comprendieron nada. (Marc., IX, 10, 32; Luc., XVIII, 34; compárese Luc., XXIV, 8, y Juan, II, 21-22.)

[63] Marc., XVI, 10; Luc., XXIV, 17, 21.

[64] Pasajes precitados, sobre todo Luc., XVII, 24-25; XVIII, 31-34.

[65] Talmud de Babilonia, _Baba Bathra_, 58 _a_, y el extracto árabe que da el abate Bargés en el _Bulletin de l’Œuvre des pélerinages en terre sainte_, febrero 1863.

[66] Ibn-Hischam, _Sirat errasoul_, edic. Wüstenfeld, pág. 1012 y sig.

[67] Luc., XXIV, 23; _Act._, XXV, 19; Jos., _Ant._, XVIII, III, 3.

[68] Salmo XVI, 10. El sentido del original es un poco diferente pero así es como las versiones recibidas traducen el pasaje.

[69] I Tes., IV, 12 y sig.; I Cor., XV entero; Apoc., XX-XXII.

[70] Mat., XVI, 21 y sig.; Marc., VIII, 31 y sig.

[71] Josefo, _Ant._, XVIII, III, 3.

[72] Leer con cuidado los cuatro relatos de los Evangelios y el pasaje I Cor., XV, 4-8.

[73] Mat., XXVIII, 1; Marc., XVI, 1; Luc., XXIV, 1; Juan, XX, 1.

[74] Juan, XX, 2, parece suponer que María no estaba siempre sola.

[75] Juan, XX, 1 sig., y Marc., XVI, 9 y sig. Es preciso notar que el Evangelio de Márcos tiene, en nuestros textos impresos del Nuevo Testamento, dos finales: Marc., XVI, 1-8; Marc., XVI, 9-20, sin hablar de otros dos, uno de los cuales ha sido conservado por el manuscrito L de París y el margen de la version filoxeniana (_Nov. Test._ edic. Griesbach-Schultz, I, pág. 291, nota), el otro por San Gerónimo, _Adv. Pelag._, l. II (t. IV, 2.ª parte, col. 520, edic. Martianay). El final XVI, 9 y sig. falta en el manuscrito B del Vaticano, en el _Codex Sinaiticus_ y en los más importantes manuscritos griegos, pero es de una remota antigüedad y concuerda con el cuarto Evangelio de una manera admirable.

[76] Mat., XXVII, 60; Marc., XV, 46; Luc., XXIII, 53.

[77] Juan, XIX, 41-42.

[78] Véase _Vida de Jesús_, p. XXXVIII.

[79] El Evangelio de los hebreos contenia acaso algun dato análogo (en San Gerónimo, _De viris illustribus_, 2).

[80] M. de Vogüé, _Les Églises de la terre sainte_, pág. 125-126. El verbo ἀποκυλίω (Mat., XXVIII, 2; Marc., XVI, 3, 4; Luc., XXIV, 2) prueba suficientemente que tal era la disposicion del sepulcro de Jesús.