Part 20
Empero, las asociaciones de igual género tropezaban con mayores obstáculos en Roma[1031] sin que por eso disminuyera su prestigio entre las clases desheredadas. Los principios de la política romana respecto á las cofradías se promulgaron por la vez primera bajo la república (186 años antes de J.-C.), con motivo de las bacanales. Por aficion natural, eran muy propensos los Romanos á las asociaciones[1032], particularmente á las religiosas[1033]; pero estas congregaciones, en cierto modo permanentes, disgustaban á los patricios[1034], conservadores de los poderes públicos, quienes á impulso de la mezquina y árida idea que de la vida concibieran, no admitian como grupos sociales más que la familia y el Estado. Tomáronse las precauciones más minuciosas para conseguir su intento: necesidad de autorizacion prévia, limitacion del número de asistentes, prohibicion de que tuvieran un _magister sacrorum_ permanente y de que constituyeran mediante suscripciones un fondo comun[1035]. La misma solicitud se manifestó repetidas veces en la historia del imperio, y el arsenal de las leyes contenia textos para todas las represiones[1036]. Empero dependia de la autoridad el hacer ó no aplicacion de ellas. En cuanto á los cultos proscritos, reaparecian frecuentemente muy pocos años despues de su proscripcion[1037]. Por otra parte, la emigracion extranjera, sobre todo la de los Sirios, renovaba incesantemente el fondo con que se alimentaban las creencias que en vano trataban de extirpar.
Admírase uno de ver hasta qué grado preocupaba á los hombres más pensadores un tema tan secundario en apariencia. Una de las preferentes atenciones de César y de Augusto fué la de impedir la formacion de nuevos _colegios_ y destruir los que ya estaban establecidos[1038]. Un decreto expedido, segun parece, bajo el reinado de Augusto trató de definir fijamente los límites del derecho de reunion y de asociacion. Esos límites eran muy reducidos; pues los _colegios_ habian de ser únicamente funerarios. No les era permitido reunirse sino una vez al mes, y no podian ocuparse más que en dar sepultura á los miembros difuntos, no debiendo salirse bajo ningun pretexto del círculo de sus atribuciones[1039]. Sobrepuja á toda ponderacion el encarnizamiento del imperio, pues á consecuencia de su idea exagerada respecto al Estado, pretendia aislar al individuo, destruir todo lazo moral entre los hombres, y combatir un deseo legítimo de los pobres, el de apiñarse unos contra otros en un asilo reducido para tener así más calor. Ciertamente que en la antigua Grecia era muy tiránica la ciudad; pero proporcionaba tantos placeres en cambio de su despotismo, de tal modo deslumbraba con sus luces y con su gloria, que nadie pensaba en quejarse. Morian contentos por ella, y sufrian sin rebelarse sus más injustos caprichos. En cuanto al Imperio romano, era demasiado vasto para considerarlo como patria. Ofrecia á todos grandes ventajas materiales; pero no proporcionaba cosa alguna que mereciera afecto; así que la inaguantable tristeza compañera de semejante existencia parecia peor que la muerte.
Por eso, y á pesar de todos los esfuerzos que hicieron los hombres políticos, tomaron tan inmenso desarrollo las cofradías. Sucedió exactamente una cosa análoga á lo que á nuestras cofradías de la edad media, con su Santo patron y sus comidas en gremio. Cuidábanse las grandes familias de su nombre, de la patria y de la tradicion; pero los humildes, la gente de pocos recursos no tenian más cuidado que el del _Collegium_, por el cual se afanaban. Todos los textos nos representan esos _collegia_ ó _cœtus_ como formados de esclavos[1040], veteranos[1041], y gente pobre _tenuiores_[1042]. Reinaba la igualdad entre los hombres libres, los libertos y las personas serviles[1043], siendo numerosas las mujeres[1044]. Á riesgo de mil vejaciones, y á pesar de las severas penas que á veces se imponian, aspiraban muchos á ser miembros de uno de esas _collegia_, donde vivian unidos por lazos de agradable confraternidad, se disfrutaba de los socorros mútuos y se contraian afectos que se conservaban despues de la muerte[1045]. El sitio de reunion, ó _schola collegii_, tenia comunmente un _tetrástilo_ (pórtico de cuatro fachadas)[1046] donde se publicaba en carteles el reglamento del colegio, al lado del dios protector, y un _triclinium_ para los banquetes de la corporacion reunida. Estos eran, en efecto, vivamente deseados; celebrábanse en las fiestas patronales y en los aniversarios de ciertos cofrades que habian hecho fundaciones[1047]. Cada cual llevaba allí su regalo; y uno de los cofrades, por turno, suministraba los accesorios de la comida; á saber, los manteles, la vajilla para la mesa, el pan, el vino, las sardinas y el agua caliente[1048]. El esclavo que acababa de libertarse habia de obsequiar á sus camaradas con una ánfora de buen vino[1049]. Una dulce alegría animaba el festin; y era cosa expresamente convenida que no habia de tratarse de asunto alguno relativo al colegio; para que nada pudiera turbar el cuarto de hora de regocijo y de descanso que aquellas pobres gentes se proporcionaban[1050]. Todo acto de turbulencia ó toda palabra desagradable eran castigados con una multa[1051].
Si hubiera uno de atenerse á las apariencias, creeria que aquellos colegios no eran más que asociaciones de entierro mútuo[1052]. Empero, eso solo hubiera bastado para darle un carácter moral. En la época romana, como en nuestro tiempo y en todas las épocas en que la religion se halla sin fuerzas, la piedad de las tumbas era casi la única que el pueblo conservaba. Complacíanse en pensar que no serian arrojados á los fosos comunes[1053], que el colegio haria el gasto de los funerales, y que los cofrades que hubieran ido á pié hasta la pira, recibirian un pequeño honorario[1054] de veinte céntimos[1055]. Los esclavos, especialmente, necesitaban creer que si su amo hiciera arrojar su cuerpo al foso comun, no faltarian allí algunos amigos para hacerles «funerales imaginarios[1056].» El hombre pobre echaba todos los meses dos cuartos en el cepillo á ese uso destinado, para proporcionarse despues de su muerte una urnita en un _columbarium_, con una lápida de mármol en que estuviera grabado su nombre. Como la sepultura entre los romanos, estaba íntimamente ligada con los _sacra gentilicia_ ó ritos de familia, tenia suma importancia, contrayendo las personas que se enterraban juntas una especie de fraternidad íntima y de parentesco[1057].
Hé aquí por qué, durante largo tiempo, se presentó el cristianismo en Roma como una especie de _collegium_ fúnebre y por qué los primeros santuarios cristianos fueron las tumbas de los mártires[1058]. Si no hubiera sido más que eso el cristianismo, no hubiese provocado tantos rigores; pero era tambien otra cosa; tenia un fondo ó caja de comunidad[1059]; jactábase de constituir una poblacion completa; y se creia asegurado de que habia de dominar en el porvenir. Cuando se entra un sábado por la noche en el recinto de una iglesia griega en Turquía, en la de Santa Photini, en Esmirna, por ejemplo, le extraña á uno el poderío de esas religiones de comité, en el seno de una sociedad perseguidora ó malévola. Ese hacinamiento irregular de construcciones (iglesia, presbiterio, escuelas, cárcel,) esos fieles que van y vienen en medio de su poblacion cerrada, esas tumbas nuevamente abiertas en las cuales arde una lámpara, ese olor cadavérico, esa atmósfera húmeda, ese murmullo de oraciones, esas invocaciones para pedir limosna, todo ello forma un conjunto lánguido, que á veces á un extranjero podrá parecerle insulso, pero que debe ser muy grato y suave para el afiliado.
Las sociedades, que estaban ya provistas de una autorizacion especial, gozaban en Roma de todos los derechos de personas civiles[1060]; pero no se concedia esa autorizacion sino con infinitas condiciones, desde el momento en que las sociedades tenian una caja ó fondo de comunidad, ó se trataba de otra cosa que de hacerse enterrar[1061]. El pretexto de la religion ó de cumplir votos en comunidad, estaba previsto y formalmente señalado entre las circunstancias que daban á una reunion el carácter de delito[1062]; y este no era otro que el de lesa majestad, al menos para el individuo que habia provocado la reunion[1063]. Claudio llegó hasta mandar cerrar las tabernas en que se reunian los cofrades, así como tambien las hosterías donde la gente pobre encontraba por poco precio agua caliente y carne del puchero[1064]. Trajano y los mejores emperadores romanos vieron con desconfianza todas las asociaciones[1065]. La extrema humildad de las personas era una cualidad esencial para que se les concediera el derecho de reunion; y aun así no se les otorgaba sino con muchas condiciones[1066]. Los legistas que constituyeron el derecho romano, tan eminentes como jurisconsultos, mostraron hasta dónde llegaba su ignorancia de la naturaleza humana persiguiendo de todos modos, hasta con la amenaza de muerte, y restringiendo con toda clase de precauciones odiosas ó pueriles, una eterna necesidad del alma[1067]. Á semejanza de los autores de nuestro «Código civil,» miraban la vida con mortal frialdad, como si esta consistiese solo en divertirse por órden superior, en comer su pedazo de pan y en disfrutar del placer segun la clase y rango. El castigo de las sociedades que se abandonan á este sistema falso y limitado, es primeramente el fastidio, y despues el triunfo violento de los partidos religiosos. El hombre no consentirá jamás en respirar ese aire glacial; necesita el hogar tranquilo, la cofradía donde los buenos mueren y viven juntos; nuestras grandes sociedades abstractas no son bastantes para satisfacer todos los instintos de sociabilidad que hay en el hombre; dejadle que ocupe su corazon con alguna cosa, que busque su consuelo donde pueda encontrarle, que busque los hermanos que necesite, que dé cabida en su alma á los más tiernos vínculos. La fria mano del Estado no debe intervenir en ese reino del alma que es el reino de la libertad; la vida y la alegría no renacerán en el mundo hasta que haya desaparecido nuestra desconfianza hácia los _collegia_, esa triste herencia del derecho romano. Formar una asociacion fuera del Estado, sin destruir á éste, es la cuestion capital del porvenir; la ley futura sobre las asociaciones decidirá si la sociedad moderna ha de sufrir ó no la suerte de la antigua. Un ejemplo debe bastar: el Imperio romano habia enlazado su destino con la ley sobre los _cœtus illiciti_ y los _illicita collegia_; los cristianos y los bárbaros, terminando con esto la obra de la conciencia humana, destruyeron la ley, y el Imperio se hundió con ella.
El mundo griego y romano, mundo laico, mundo profano, que no sabia lo que es un sacerdote, que no tenia ni ley divina, ni libro revelado, tocaba aquí con problemas que no le era posible resolver. Añadamos á esto que si hubiese tenido sacerdotes, una teología severa, una religion vigorosamente organizada, no habria creado el Estado laico, ni inaugurado tampoco la idea de una sociedad racional, de una sociedad fundada sobre las simples necesidades de la humanidad y sobre las relaciones naturales de los individuos. La inferioridad religiosa de los griegos y de los romanos era la consecuencia de su superioridad política é intelectual; la superioridad religiosa del pueblo judío, por el contrario, ha sido la causa de su inferioridad política y filosófica; el judaismo y el cristianismo primitivo contenian la negacion ó más bien la tutela del Estado civil, y así como el islamismo, establecieron la sociedad sobre la religion. Cuando se toman las cosas humanas por este lado, se fundan grandes proselitismos universales, se tienen Apóstoles que corren de un extremo á otro del mundo para convertirlo; pero no se fundan instituciones políticas, una independencia nacional, una dinastía, un código, un pueblo.
CAPÍTULO XIX.
Porvenir de las misiones.
[Marginal: Año 45]
Tal era el mundo que los misioneros cristianos se encargaron de convertir; y bien podemos ver que semejante empresa no fué una locura, ni tampoco el llevarla á cabo un milagro. El mundo carecia moralmente de muchos cosas que la nueva religion le podia facilitar de una manera admirable; las costumbres se dulcificaban; queríase un culto más puro; y las nociones sobre los derechos del hombre y las ideas acerca de los amejoramientos sociales iban ganando terreno por todas partes. La credulidad, por otro lado, era extremada, el número de personas instruidas muy escaso, y si ante semejante sociedad se hubiesen presentado ardientes apóstoles, judíos, es decir, monoteistas, discípulos de Jesús, penetrados de la más dulce predicacion moral que jamás pudiera oirse, no hay para que dudar que se les hubiera escuchado. Los sueños é ilusiones que contiene su enseñanza, no serán un obstáculo para que obtengan buen éxito; el número de los que no creen en lo sobrenatural y en el milagro es muy corto; si son humildes y pobres tanto mejor, porque la humanidad en el punto que se halla, no puede salvarse sino por un esfuerzo del pueblo. Las antiguas religiones paganas no son reformables; el Estado romano es lo que será siempre el Estado; es decir, una cosa rígida, seca, y dura; en ese mundo que parece por falta de amor, el porvenir es de aquel que toque la fibra sensible de la piedad popular. El liberalismo griego y la antigua gravedad romana son impotentes para conseguirlo.
La fundacion del cristianismo es bajo este punto de vista la obra más grande que han hecho jamás los hombres del pueblo, y muy pronto quizás, los hombres y mujeres de la alta nobleza romana, se afiliarán á la Iglesia. Desde fines del primer siglo, Flavio Clemente y Flavia Domitila nos muestran casi al cristianismo penetrando en el palacio de los Césares[1068]. Á partir de los primeros Antoninos, cuéntanse personas ricas en la comunidad, y á fines del segundo siglo algunos de los personajes más considerables del Imperio[1069], si bien en general todos ó casi todos eran humildes[1070]. En las iglesias más antiguas, así como en Galilea al rededor de Jesús no habia nobles ni poderosos: ahora bien en esas grandes creaciones, la primera hora es la decisiva; la gloria de las religiones pertenece por completo á sus fundadores, pues aquellas, en efecto, se reducen á una cuestion de fé; creer es una cosa vulgar; la obra maestra es saber inspirar la fé.
Cuando uno trata de figurarse aquellos maravillosos orígenes, se le representan por lo regular las cosas segun el modelo de nuestra época, lo cual induce á graves errores. El hombre del pueblo, en el primer siglo de nuestra era, sobre todo en los países griegos y orientales, no se asemejaba en nada de lo que es hoy; la educacion no levantaba entonces en las clases una barrera tan inespugnable como ahora, y aquellas razas del Mediterráneo, si se exceptúan las poblaciones de Lacio, las cuales habian desaparecido ó perdido toda su importancia desde que el imperio romano habia llegado á ser la cosa de los pueblos vencidos al conquistar el mundo, aquellas razas, digo, eran menos sólidas que las nuestras, pero más vivas, más espirituales, más idealistas. El pesado materialismo, esa cosa triste y apagada, efecto de nuestros climas y legado fatal de la edad media, que da á nuestros pobres un aspecto tan desconsolador, no era el defecto de los de aquella época. Sin embargo, aun cuando fuesen muy ignorantes y crédulos, no lo eran más que los ricos poderosos, y no hay que representarse el establecimiento del cristianismo como análogo á lo que seria entre nosotros un movimiento que, partiendo de las clases populares, acabara (cosa imposible á nuestros ojos,) por obtener el asentimiento de los hombres instruidos. Los fundadores del cristianismo pertenecian al pueblo en el sentido de que iban mal vestidos, vivian sencillamente y hablaban mal, ó más bien solo se proponian expresar sus ideas con vivacidad; mas en punto á inteligencia no eran inferiores sino á un corto número de hombres que aún quedaban de la gran sociedad de César y de Augusto. Comparados con los principales filósofos que enlazaban el siglo de Augusto con el de los Antoninos, los primeros cristianos podian considerarse como espíritus pobres, mas comparados con la masa de los súbditos del Imperio eran ilustrados. Tratábaseles á veces de pensadores libres; el grito del populacho contra ellos era «¡Muerte á los Ateos!»[1071] y esto no es de extrañar si se atiende á que el mundo hacia espantosos progresos en punto á supersticion. Las dos primeras capitales del cristianismo de los gentiles, Antioquía y Éfeso, eran las dos ciudades del Imperio más dadas á las creencias sobrenaturales, los siglos segundo y tercero llevaron hasta la demencia el espíritu de lo maravilloso y de la credulidad.
El cristianismo nació fuera del mundo oficial, mas no era precisamente inferior á él: solo en apariencia y segun las preocupaciones mundanas, eran los discípulos de Jesús unas pobres gentes. El hombre mundano ama lo que es orgulloso y fuerte; habla con dureza al humilde; entiende que el honor consiste en no dejarse insultar, y desprecia en fin al que se reconoce débil, que lo sufre todo, que cede su túnica y presenta el rostro para recibir un bofeton. Aquí está el error, pues el débil á quien desprecia es superior por lo general; la virtud reside en los que obedecen (sirvientes, obreros, soldados, etc.,) más bien que en los que mandan y gozan; y esto está casi en el órden, puesto que mandar y disfrutar, lejos de contribuir á la virtud, ofrece una dificultad para ser virtuoso.
Jesús comprendió maravillosamente que en el seno del pueblo se halla la resignacion y abnegacion que salva al mundo. Hé ahí porque proclamó felices á los pobres, juzgando que á ellos les era más fácil que á los otros ser buenos; los cristianos primitivos fueron por esencia pobres; «pobres» se les llamó[1072] y aun cuando el cristiano fuese rico en los siglos segundo y tercero, en punto á espíritu se le podia considerar como un _tenuior_[1073] y se salvó gracias á la ley sobre los _collegia tenuiorum_. No eran ciertamente todos los cristianos esclavos y gentes de baja condicion, mas el equivalente social de un cristiano era un esclavo, y lo mismo se decia de aquel que de este, reconociéndose en ambos las mismas virtudes de bondad, humildad, resignacion y dulzura. Todos los autores paganos opinan unánimemente de este modo; todos sin excepcion reconocen en el cristiano los rasgos del carácter servil, la indiferencia hácia las grandes cuestiones y ese aire triste y contrito, esa aversion hácia los juegos, los teatros, los gimnasios y los baños[1074], característica en ellos.
En una palabra, los paganos eran el mundo, no los cristianos: estos constituian un pequeño grupo separado, aborrecido del mundo, que ellos por su parte encontraban malo[1075] procurando «conservarse inmaculados del mundo»[1076]. El ideal del cristianismo será lo contrario del ideal mundano[1077]; al perfecto cristiano le gustarán las objeciones; tendrá las virtudes del pobre, del hombre sencillo, de aquel que no trata de hacerse valer, mas no carecerá tampoco de los defectos de sus virtudes, pues considerará vanas y frívolas muchas cosas que no lo son, declarándose enemigo de la belleza. Un sistema en que la Venus de Milo no aparece sino como un ídolo, es un sistema falso ó al menos parcial, pues la belleza vale casi tanto como lo bueno y lo verdadero. Con semejantes ideas, es en todo caso inevitable una decadencia en el arte, pues el cristiano no querrá ni edificar, ni esculpir, ni dibujar; será demasiado idealista, y le importará poco saber, porque la curiosidad le parece una cosa vana. Confundiendo la gran voluptuosidad del alma, que es uno de los modos de tocar lo infinito, con el placer vulgar, no querrá disfrutar porque es demasiado virtuoso.
Desde ahora se presenta otra ley que debe dominar en esta historia; el establecimiento del cristianismo corresponde á la supresion de la vida política en el mundo del Mediterráneo; el cristianismo nace y se extiende en una época en que ya no hay patria; si alguna cosa falta á los fundadores de la Iglesia, es el patriotismo. No son cosmopolitas porque todo planeta es para ellos un lugar de destierro; son idealistas en el sentido más absoluto. La patria es un compuesto del cuerpo y del alma; esta última, constituye los recuerdos, las costumbres, las leyendas, las desgracias, las esperanzas y los sentimientos comunes; el cuerpo, es el suelo, la raza, el idioma, las montañas, los rios, los productos característicos, y en tal caso, nadie prescindió tanto de todo esto como los verdaderos cristianos. Ellos no tomaron cariño á la Judea, y al cabo de algunos años olvidaron la Galilea completamente; la gloria de Grecia y de Roma solo les inspiró indiferencia; los países en que el cristianismo se estableció desde luego, es decir, la Siria, Chipre y el Asia Menor, no se acordaron ya de la época en que fueron libres; en Grecia y Roma dominaba aún el sentimiento nacional, pero en esta última el patriotismo residia en el ejército y en algunas familias, mientras que en la primera el cristianismo no fructifica sino en Corinto, ciudad que desde su destruccion por Mummio y su reconstruccion por César, era un conjunto de gente de todas clases. Los verdaderos países griegos, entonces como hoy, muy poseidos por el recuerdo de su pasado, se prestaron muy poco á la nueva predicacion y fueron siempre medianamente cristianos. Por el contrario, aquellos países mudos, alegres, voluptuosos, tales como el Asia y la Siria, países de placer, de costumbres libres y de abandono, acostumbrados á recibir de extraños la vida y el gobierno, no tenian nada á que renunciar tratándose de orgullo y tradiciones. Las más antiguas metrópolis del cristianismo, como Antioquía, Éfeso, Tesalónica, Corinto y Roma, fueron ciudades comunes, si así puede decirse, ciudades semejantes á la moderna Alejandría, donde afluian todas las razas, y donde la union entre el hombre y el suelo, que es lo que constituye la nacionalidad, era absolutamente nula.
La importancia que se da á las cuestiones sociales está en sentido inverso á las preocupaciones políticas: el socialismo adquiere la superioridad, cuando el patriotismo se debilita; el cristianismo fué la explosion de las ideas sociales y religiosas, que debia esperarse desde el momento en que Augusto puso fin á las luchas políticas. Culto universal, como el islamismo, el cristianismo será en el fondo el enemigo de las nacionalidades, y serán necesarios muchos siglos y muchos cismas para que lleguen á formarse iglesias nacionales con una religion que fuese desde luego la negacion de toda patria terrestre, que naciere en una época en que no hubiera en el mundo ni ciudad ni ciudadanos. Es indudable que las antiguas y severas repúblicas de Italia y de Grecia como un veneno mortal habian rechazado estas iglesias para el Estado.
Y esta es una de las causas que contribuyen á la grandeza del culto nuevo: la humanidad es cosa diversa, cambiante, agitada por deseos contradictorios; grande es la patria y santos son los héroes de Maraton, de las Termópilas, de Valmy y de Fleurus; pero la patria no está aquí abajo, porque uno es hombre é hijo de Dios antes que francés ó aleman.