Part 19
Así pues desde la muerte de Augusto hasta el advenimiento de Trajano, nos encontramos con un período de abatimiento momentáneo para el espíritu humano; el mundo antiguo estaba muy lejos de haber dicho su última palabra de despedida, pero las pruebas crueles por que atravesaba privábanle de voz y corazon. Luego vienen dias mejores, y libre el espíritu del régimen desconsolador de los Césares, adquiere nueva vida: Epicteto, Plutarco, Dion Crisóstomo, Quintiliano, Tácito, Plinio el Jóven, Juvenal, Rufo de Éfeso, Areteo, Galeno, Ptolomeo, Hipsicles, Theon y Luciano, reprodujeron los más hermosos dias de la Grecia; no de esa Grecia inimitable que solo ha existido una vez para desesperacion y encanto de los que aman lo bello, sino de otra, que confundiendo sus dones con los del espíritu romano, producirá frutos nuevos llenos de originalidad.
Por lo general se tenia muy mal gusto; los grandes escritores griegos escaseaban, y los latinos que conocemos, á excepcion del satírico Persio, son medianos y sin genio, pues la declamacion lo echaba todo á perder. El principio por el cual juzgaba el público las obras del entendimiento era poco más ó menos el mismo que en nuestra época; buscábanse tan solo los golpes de efecto; la palabra no era ya la expresion sencilla del pensamiento, ni consistia la elegancia de la frase en su perfecta proporcion con la idea que se queria expresar; cultivábase la palabra por sí misma, y el objeto de un autor al escribir era demostrar su talento. Apreciábase la excelencia de un recitado ó lectura pública por el número de palabras aplaudidas, y olvidábase completamente el gran principio segun el cual, en puntos de arte todo debe servir para el adorno, siendo malo lo que se busca para él expresamente. En resúmen, puede decirse que era aquella una época literaria, si se atiende á que todos hablaban de elocuencia ó de buen estilo, aunque en el fondo todos escribian mal; no habia un solo orador, pues los buenos oradores y escritores, son gentes que no hacen un oficio de lo uno ni de lo otro. En el teatro, absorbia la atencion el primer actor; suprimíanse muchas piezas para no recitar sino los trozos de gran efecto que eran las _cantica_; el espíritu de la literatura era un «diletantismo» que dominaba hasta á los mismos emperadores, una necia vanidad que excitaba á todos á probar que tenian talento, y de ahí las insustanciales é interminables «Teseidas,» los dramas compuestos para ser leidos en sociedad y toda esa vana ostentacion poética que no puede compararse sino con las epopeyas y las tragedias clásicas de hace sesenta años.
Los mismos estoicos no pudieron evitar el contagio, ó al menos no supieron, antes de Epicteto y Marco Aurelio, hallar bellas formas para revestir sus doctrinas. Las tragedias de Séneca son monumentos verdaderamente extraños donde se expresan los más elevados sentimientos con el tono de un charlatanismo literario por demás fatigoso, indicio á la vez de un progreso moral y de una irremediable decadencia en el buen gusto. Lo mismo podemos decir de Lucano: la tension de alma, efecto natural de una situacion eminentemente trágica, se expresaba por un género pomposo en que el único objeto era brillar por hermosas sentencias, y sucedia en esto algo semejante á lo que pasó cuando la revolucion; es decir, que la crísis más fuerte no daba lugar sino á una literatura llena de formas retóricas y golpes de efecto para la declamacion. Mas es preciso no detenerse en esto: los pensamientos nuevos se expresan á veces con muchas pretensiones; el estilo de Séneca es sóbrio, sencillo y puro comparado con el de San Agustin, pero nosotros perdonamos á éste su estilo á veces detestable, y sus conceptos insípidos, por sus buenos sentimientos.
De todos modos, aquella educacion noble y distinguida por muchos conceptos, no llegaba hasta el pueblo, lo cual podia haber sido en cierto modo inconveniente si el pueblo hubiera contado con un alimento religioso análogo al que recibe en la Iglesia la clase más despreciable de nuestra sociedad. Pero en todos los puntos del imperio cuidábanse por lo general muy poco de la religion, pues Roma creyó oportuno por ciertas razones dejar en pié los antiguos cultos, no modificándolos sino en lo que tenian de inhumano[969] ó injurioso para los demás[970], y extendiendo sobre todos una especie de barniz oficial que les hacia asemejarse unos á otros, formando un solo conjunto. Desgraciadamente, los cultos antiguos, de orígen muy diverso, participaban de un carácter comun que consistia en serles imposible establecer la enseñanza teológica, introduciendo una moral aplicada, una predicacion edificante, un ministerio pastoral verdaderamente beneficioso para el pueblo. El templo pagano no era de ningun modo lo que fueron en sus buenos tiempos la Sinagoga y la Iglesia; es decir, la casa comun, la escuela, el hospicio, el retiro donde el pobre va á buscar un refugio[971]; era una cosa fria que de nada servia y donde no se aprendia nada. Quizá era el culto romano el menos malo aún de los que se observaban, pues considerábase la pureza del corazon y del cuerpo como una parte de la religion[972]. Por su gravedad, su decencia y su austeridad, era este culto, prescindiendo de algunas farsas que solo se ven en nuestro Carnaval, superior á las extrañas y ridículas ceremonias que introducian secretamente algunas personas dominadas por manías orientales. El empeño que tenian los patricios romanos en distinguir «la religion,» es decir, su propio culto, de la supersticion, es decir, de los cultos extranjeros[973], nos parece sin embargo bastante pueril. Todos los cultos paganos eran esencialmente supersticiosos: el campesino que en nuestros dias echa una moneda en la caja de una capilla milagrosa, que invoca á tal ó cual santo para que cuide de sus bueyes ó de sus caballos, ó que bebe de cierta agua para determinadas enfermedades, es en esto pagano; casi todas nuestras supersticiones son restos de una religion anterior al cristianismo, que este no ha podido desarraigar completamente; y si se quisiera buscar en nuestros dias la imágen del paganismo, fácil seria encontrarla en algun pueblecillo perdido ó en las más lejanas campiñas.
No teniendo por guardianes más que una tradicion popular y vacilante, y sacristanes interesados, los cultos paganos no pueden menos de degenerar en adulacion[974]. Augusto, aunque con mucha reserva, aceptó que se le adorase en vida en las provincias[975]; Tiberio, permitió que se juzgara á su vista en el ignoble concurso de las ciudades de Asia, que se disputaban el honor de elevarle un templo[976]; las extravagantes impiedades de Calígula no produjeron ninguna reaccion, y fuera del judaismo, no se encontró un solo sacerdote que resistiera á semejantes locuras. Salidos en su mayor parte de un culto primitivo de las fuerzas naturales, diez veces transformados por toda clase de mezcolanzas y por la imaginacion de los pueblos, los cultos paganos se limitaban por su pasado, y no se podia sacar de ellos lo que no tuvieron nunca, es decir, el deismo y la edificacion. Los Padres de la Iglesia nos hacen sonreir cuando ponen de relieve las maldades de Saturno como padre de familia, y de Júpiter como marido, pues ciertamente era mucho más ridículo aún considerar á este último, es decir, á la atmósfera, como un dios moral que ordena, recompensa y castiga. En un mundo que aspiraba á poseer un catecismo, ¿qué podia hacerse con un culto como el de Venus, nacido de una necesidad social, en las primeras navegaciones fenicias en el Mediterráneo, pero que fué luego con el tiempo un ultraje contra lo que se consideraba la esencia de la religion?
Por todas partes, en efecto, manifestábase enérgicamente la necesidad de una religion monoteista, dando por base á la moral prescripciones divinas, y así viene una época en que las religiones naturalistas reducidas á puras niñadas, á prácticas de hechiceras, no pueden satisfacer á sociedades en que la humanidad quiere una religion moral filosófica. El budismo y el zoroastrismo, satisfacieron esta necesidad en la India y en la Persia; con el orfismo y los misterios, se trató de obtener el mismo resultado en el mundo griego, sin conseguirlo de una manera durable, y en la época de que hablamos, enunciábase el problema para el conjunto del mundo con una especie de unanimidad solemne y de imperiosa grandeza.
Cierto es que la Grecia hacia una excepcion en este punto: el helenismo se usaba mucho menos que las demás religiones del Imperio, pero Plutarco lo observaba en su pequeña villa de Beocia, donde vivió tranquilo, feliz y contento como un niño, con su conciencia religiosa satisfecha, y sin dar nunca la menor señal de inquietud, de pena ó de malestar. Pero solo el espíritu era capaz de una calma tan infantil: siempre satisfecha de sí misma, orgullosa de su pasado y de aquella brillante mitología de la que poseia todos los santos lugares, Grecia no participaba de los tormentos interiores que trabajaban al resto del mundo, y entregada á sí misma, no llamó al cristianismo, quiso prescindir de él y pensó hacer alguna cosa mejor[977]. Esto era debido á su eterna juventud, á su patriotismo, á esa alegría que ha caracterizado siempre al verdadero heleno, y la cual es causa de que aún hoy sea el griego extraño á las amargas tribulaciones que nos minan. El helenismo, pues, se halló así en disposicion de crear un renacimiento que no hubiera podido intentar siquiera ningun otro de los cultos del imperio. En los siglos II, III y IV de nuestra era, se continuará el helenismo en religion organizada, por una especie de fusion entre la mitología y la filosofía griegas, y con sus filósofos taumaturgos, sus antiguos sabios convertidos en profetas, y sus leyendas de Pitágoras y de Apolonio, hará al cristianismo una competencia, que no por ser impotente fué el obstáculo menos peligroso que la religion de Jesús encontró en su camino.
Sin embargo, esto no se intentó aún en tiempo de los Césares, pues los primeros filósofos que ensayaron una especie de alianza entre la filosofía y el paganismo, Eufrates de Tiro, Apolonio de Tiana y Plutarco, son del fin del siglo. No conocemos bien á Eufrates de Tiro: la leyenda ha disfrazado de tal modo la trama de la biografía verdadera de Apolonio, que no se sabe si contarle entre los sabios, entre los fundadores religiosos, ó entre los charlatanes; en cuanto á Plutarco, menos que un pensador, ó un innovador, es un espíritu moderado que quiere poner de acuerdo á todo el mundo, haciendo que la filosofía sea tímida y la religion medio razonable; no hay nada en él de Porfirio ni de Juliano; los ensayos de exégesis alegórica de los estoicos[978] son muy pobres; los misterios como los de Baco, con los cuales se enseñaba la inmortalidad del alma bajo graciosos símbolos[979], se limitan á ciertos países y no han extendido su influencia. La incredulidad en la religion oficial era general en la clase ilustrada[980]; los hombres políticos que más afectaban sostener el culto del Estado se burlaban de él con muy buenas palabras[981], proclamando abiertamente la inmoral idea de que las fábulas religiosas no son buenas sino para el pueblo y deben ser conservadas por él[982]; precaucion inútil porque la fé de aquel era ya muy vacilante[983].
Cierto es que á partir del advenimiento de Tiberio, se nota una sensible reaccion religiosa, pues parece que el mundo se espanta de la incredulidad de los tiempos de César y de Augusto; condena la desgraciada tentativa de Juliano, y todas las supersticiones se rehabilitan por razon de Estado[984]. Valerio Máximo da el primer caso de un escritor de baja esfera convirtiéndose en auxiliar de los teólogos, en una pluma venal ó manchada que se pone al servicio de la religion: pero los cultos extranjeros son los que más se aprovechan de este cambio; la reaccion formal en favor del culto griego ó romano no se producirá sino en el siglo segundo. Ahora las clases á quienes domina la inquietud religiosa se vuelven hácia los cultos que vienen de Oriente[985]; Isis y Serapis se ven más favorecidos que nunca[986]; los impostores de toda especie, taumaturgos y mágicos se aprovechan de esta necesidad, y como sucede comunmente en las épocas y en los países, en que la religion del Estado es débil, pululan por todas partes[987]. Recuérdense los tipos reales ó ficticios de Apolonio de Tiana, de Alejandro de Abonutico, de Peregrino, de Simon de Gitton[988]. Estos mismos errores y estas quimeras eran como una oracion de la tierra, como los ensayos infructuosos de un mundo que trata de mejorarse y no consigue á veces en sus esfuerzos convulsivos sino producir monstruosas creaciones que se legan luego al olvido.
En una palabra, la mitad del siglo primero es una de las peores épocas de la Historia antigua; la sociedad griega y romana se muestra en un período de decadencia en lo que precede y muy atrasada para el porvenir; pero la grandeza misma de la crísis indicaba alguna forma extraña y secreta. La vida parecia haber perdido sus móviles, los suicidios se multiplicaban[989]; jamás habia ofrecido el mundo una lucha semejante entre el bien y el mal; era este un despotismo temible que ponia al mundo entre las manos de hombres atroces y locos; era la corrupcion de las costumbres que resultaba de haber introducido en Roma los vicios de Oriente; era en fin la ausencia de una religion buena y de una formal instruccion pública. El bien era, por una parte, la filosofía combatiendo á pecho descubierto contra los tiranos, desafiando á los mónstruos, y proscrita tres ó cuatro veces en medio siglo (bajo Neron, Vespasiano y Domiciano)[990]; y por otra, los esfuerzos de la virtud popular, las legítimas aspiraciones á un estado religioso mejor, aquella tendencia hácia las cofradías y los cultos monoteistas, aquella rehabilitacion en fin del pobre, que se produjeron principalmente bajo el amparo del judaismo y del cristianismo. Estas dos grandes protestas estaban muy lejos de ponerse de acuerdo, pues el partido filosófico y el cristiano no se conocian, é ignoraban de tal modo sus comunes esfuerzos que al llegar al poder el partido filosófico, por el advenimiento de Nerva, perjudicó al cristianismo lejos de favorecerle. Á decir verdad, el objeto de los cristianos era mucho más radical: los estoicos, dueños del Imperio, le reformaron, presidiendo los cien años más hermosos de la Historia de la humanidad; mientras que los cristianos, dueños del Imperio á partir de Constantino, acabaron de arruinarle. El heroismo de los unos no debe hacer olvidar el de los otros: el cristianismo tan injusto con las virtudes paganas, se consagró á rebajar á los que habian combatido los mismos enemigos que él. En la resistencia que opuso la filosofía en el primer siglo, hubo tanta grandeza como en la del cristianismo; pero ¡qué desigual fué la recompensa por una parte y otra! El mártir que derribó con el pié los ídolos tiene su leyenda: ¿por qué Annacus Cornutus, que declaró ante Neron que los libros de éste no podrian nunca competir con los de Crisipo[991]; por qué Elvidio Prisco que dijo cara á cara á Vespasiano: «á tí te toca matarme y á mí morir[992]»; por qué Demetrio el Cínico que contestó á Neron irritado: «me amenazais con la muerte, pero la naturaleza os amenaza[993]»; por qué todos esos no tienen su imágen entre los héroes populares á quienes todos aman y saludan? ¿Dispone acaso la humanidad de tantas fuerzas contra el vicio y la abyeccion que sea permitido á cada escuela de virtud rechazar el auxilio de las otras, sosteniendo que ella sola tiene el derecho de ser valerosa y resignada?
CAPÍTULO XVIII.
Legislacion religiosa de aquel tiempo.
[Marginal: Año 45]
En el primer siglo, aunque se mostraba hostil el Imperio á las innovaciones religiosas que provenian de Oriente, no las combatia todavía de un modo constante. Sosteníase débilmente el principio de la religion de Estado; y bajo la república se proscribieron repetidas veces los ritos extranjeros, particularmente los de Sabazius, Isis y Serapis[994]; pero todo fué inútil, porque el pueblo se sentia atraido hácia aquellos cultos por una inclinacion irresistible[995]. Cuando en el año de Roma 535, se decretó la demolicion del templo de Isis y de Serapis, no se encontró ni un solo obrero que quisiera poner manos á la obra, y vióse precisado el cónsul á romper á hachazos la puerta[996]; claro está que no bastaba ya para el pueblo el culto latino; y supónese, no sin razon, que si César restableció los cultos de Isis y de Serapis, fué para halagar los instintos populares[997].
Con la profunda y liberal instruccion que le caracterizaba, aquel grande hombre se mostró favorable á una completa libertad de conciencia[998]. Augusto fué más apegado á la religion nacional[999]. Era tal su antipatía por los cultos orientales[1000], que prohibió hasta la propagacion de las ceremonias egipcias en Italia[1001]; pero quiso que cada culto, y particularmente el judío, fuera dueño de sí mismo interiormente[1002]. Eximió á los judíos de todo lo que hubiera podido herir su conciencia, especialmente de toda accion civil el dia del sábado, que ellos celebran[1003]. Algunas personas de su séquito mostraban menos tolerancia, y de buena gana le hubieran convertido en un perseguidor religioso para servir al culto latino[1004]; empero, parece que no hubo de ceder á aquellos consejos funestos; y aún pretende Josefo, á quien se sospecha exagerado en este punto, que hizo donacion de vasos sagrados al templo de Jerusalem[1005].
Tiberio fué el primero que sentó con fijeza el principio de la religion de Estado, y tomó sérias precauciones contra la propaganda judía y oriental[1006]. Ha de tenerse presente que el emperador era «gran pontífice», y que protegiendo el viejo culto romano, parecia cumplir un deber de su incumbencia. Calígula revocó los edictos de Tiberio[1007]; pero su locura no le permitia ser consecuente en sus obras. Claudio parece haber imitado la política de Augusto. Fortificó en Roma el culto latino, mostróse preocupado de los progresos que hacian las religiones extranjeras[1008], fué riguroso con los judíos[1009], y persiguió con encarnizamiento á las cofradías[1010]; usando, por lo contrario, la benevolencia con los indígenas en Judea[1011]. El favor de que gozaron en Roma los Agrippa bajo estos dos últimos reinados aseguraba á sus correligionarios poderosa proteccion, salvo el caso en que la policía de Roma reclamara medidas de seguridad.
En cuanto á Neron, ocupóse poco en religion[1012]. Sus actos odiosos con los cristianos, fueron actos de ferocidad, y no disposiciones legislativas[1013]; pues los ejemplos de persecucion que se citan en la sociedad romana de aquel tiempo, emanan más bien de la autoridad de la familia que de la autoridad pública[1014]; y aun así no se observaban semejantes ejemplos sino en las casas nobles de Roma, que conservaban las antiguas tradiciones[1015]. Las provincias gozaban de plena libertad para practicar su culto, con la única condicion de no ultrajar á los de los otros países[1016]. Los provinciales[1017] disfrutaban del mismo derecho en Roma, con tal que no dieran escándalo. Las dos únicas religiones que combatió el Imperio en el primer siglo, el druidismo y el judaismo, eran como fortalezas donde se defendian nacionalidades. Todo el mundo estaba convencido de que la profesion del judaismo implicaba el desprecio de las leyes civiles y la indiferencia por la prosperidad del Estado[1018]; pues en tanto que el judaismo se circunscribia á no ser más que una simple religion individual, no se le perseguia[1019]. Los rigores contra el culto de Serapis procedieron tal vez del carácter monoteista que presentaba[1020], y que hacia le confundieran ya con el culto judío y con el cristiano[1021].
Ninguna ley terminante[1022] prohibia pues, en tiempo de los apóstoles, la profesion de las religiones monoteistas; y si estas fueron siempre vigiladas hasta el advenimiento de los emperadores sirios, únicamente desde Trajano se vió al imperio perseguirlas sistemáticamente como intolerantes, é implicando la negacion del Estado. En suma, la única cosa á la cual haya declarado la guerra el imperio romano, en materia de religion, es la teocracia. Su principio era el del Estado laico; no admitiendo que una religion pudiera tener en grado alguno consecuencias civiles ó políticas; y sobre todo no consintiendo en el Estado ninguna asociacion con independencia del mismo Estado. Este último punto es muy esencial; porque ha de considerarse, verdaderamente, como la raíz de todas las persecuciones.
La ley relativa á las cofradías, mucho más que la intolerancia religiosa, fué la causa fatal de las violencias que deshonraron los reinados de los mejores soberanos.
En materia de asociacion, igualmente que en todas las cosas buenas y delicadas, tuvieron los países griegos la prioridad sobre los Romanos. Las _eranas_ ó _thiasas_ griegas de Atenas, de Rodas y de las islas del Archipiélago fueron hermosas sociedades de socorros mútuos, de crédito, de seguros en casos de incendio, de piedad y de placeres honestos[1023]. Cada erana grababa sobre columnas sus decisiones, tenia sus archivos y su caja comun, que se llenaba con donativos voluntarios y con las cuotas de los sócios. Juntábanse los eranistas ó thiasitas para celebrar ciertas festividades, y reuníanse en banquetes, donde reinaba la mayor cordialidad[1024]. El sócio que se viera apurado de dinero, tenia la facultad de sacarlo de la caja, á título de empréstito en calidad de reintegro. Las mujeres formaban parte de aquellas eranas, y tenian su presidenta especial (_proeranistia_). Las juntas que celebraban eran absolutamente secretas; un reglamento severo mantenia en ellas el órden, y se efectuaban, segun parece, en jardines cerrados, rodeados de pórticos ó de pequeñas construcciones, en cuyo centro se ostentaba el altar de los sacrificios[1025]. Por último, cada congregacion tenia un cuerpo de dignatarios, nombrados por sorteo que se hacia anualmente (_clerotas_)[1026], á usanza de las antiguas democracias griegas, de donde el «clero» cristiano[1027] ha tomado tal vez su nombre. El presidente era el único elegido. Estos funcionarios oficiales sometian á un exámen al nuevo electo, debiendo certificar que era «santo, piadoso y bueno»[1028]. Hubo en aquellas pequeñas cofradías, durante los dos ó tres siglos que precedieron á nuestra era, un movimiento casi tan variado como el que produjo en la edad media tantas órdenes religiosas. Contáronse en la isla de Rodas solamente, hasta diez y nueve[1029]; llevando muchas de ellas los nombres de sus fundadores y reformadores. Alguna de aquellas _thiasas_, particularmente las de Baco[1030], profesaban elevadas doctrinas, y trataban de consolar á los hombres bien intencionados. Si todavía subsistia en el mundo griego un resto de amor, de piedad y de moral religiosa, era debido á la libertad de tales cultos privados. Estos competian con la religion oficial, cuyo abandono hacíase de dia en dia más notable.