Los Apóstoles

Part 17

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En efecto, despues de ciento cincuenta años el judaismo extendido por el Oriente y Egipto, habia tomado su vuelo hácia el Occidente. Cirene, Chipre, el Asia Menor, ciertas poblaciones de Macedonia y de Grecia, y la Italia tenian juderías importantes[836]. Los judíos daban el primer ejemplo de este género de patriotismo que los Partos, los Armenios, y hasta cierto punto los Griegos modernos debian mostrar más tarde; patriotismo extremadamente enérgico porque no se refiere á un determinado suelo; patriotismo de comerciantes extendidos por todas partes, reconociéndose por todo como hermanos; patriotismo que no conduce á formar estados compactos, pero sí pequeñas comunidades autónomas en el seno de los demás Estados. Estos judíos dispersos unidos estrechamente entre sí, constituyen en las poblaciones, congregaciones casi independientes, teniendo sus magistrados y consejos. En ciertas poblaciones tenian su _etnarca_ ó _alabarca_, revestido de derechos casi soberanos. Habitaban barrios separados y fuera de la jurisdiccion ordinaria, muy despreciados de todo el mundo, pero donde reinaba la felicidad. Eran más pobres que ricos, pues no habia llegado aún la época de las grandes fortunas judías que empezaron en España bajo los Visigodos[837]. El acaparamiento de los negocios por los judíos fué el efecto de la incapacidad administrativa de los bárbaros, de la repugnancia que inspiró á la Iglesia la ciencia del dinero y de sus ideas superficiales sobre el préstamo á interés. En el imperio romano nada hay semejante, pues cuando el judío no poseia riquezas, era muy pobre, ya que no era aficionado á la agricultura. En todo caso sabia sufrir muy bien la pobreza, pero lo que sabia más aún era aunar la preocupacion religiosa más exaltada con la más rara habilidad comercial. Las excentricidades teológicas no excluyen en manera alguna el buen sentido en los negocios. En Inglaterra, en América, en Rusia, los sectarios más entusiastas (_irvingianos_, santos de los últimos dias, _raskolniks_) son buenos comerciantes.

La propiedad de la vida judía piadosamente practicada ha sido siempre la de producir mucha alegría y cordialidad. En aquel pequeño mundo todos se amaban; se amaba hasta el mismo pasado; las ceremonias religiosas iban adquiriendo poco á poco nueva vida. Habia alguna analogía con las distintas comunidades que existen todavía en las grandes ciudades turcas, como por ejemplo la griega, armenia, y judía, de Esmirna, reducidas cofradías donde se conoce todo el mundo, donde todos viven juntos y conspiran juntos. En estas pequeñas repúblicas, las cuestiones religiosas dominan siempre á las cuestiones políticas, ó más bien aquellas suplen y completan á estas. Una herejía es en ellas un asunto de Estado; un cisma tiene siempre por orígen una cuestion de personas. Los romanos, salvo raras excepciones, no penetraban jamás en aquellos círculos reservados. Las sinagogas promulgaban decretos, daban honores[838], y hacian las veces de verdaderas municipalidades. Era grande la influencia de estas corporaciones: en Alejandría llegó á ser de primer órden, y dominó todo el recinto interior de la ciudad[839]. En Roma eran numerosos los judíos[840], y constituian un apoyo que nadie desdeñaba. Ciceron presenta como un acto de valor haber intentado resistirse á los mismos judíos[841]. César les favoreció y les encontró fieles[842]; Tiberio para contenerles tomó las más enérgicas medidas[843]; Calígula, cuyo reinado fué para ellos nefasto en Oriente, les concedió permiso para asociarse, en Roma[844]. Claudio que les favorecia en Judea, se vió obligado á echarles de la ciudad[845]. Encontrábaseles por todas partes[846] y podia decirse de ellos como de los griegos, que vencidos, habian impuesto sus leyes á los vencedores[847].

Las disposiciones de las poblaciones indígenas hácia estos extranjeros eran muy diversas. Por una parte el sentimiento de repulsion y antipatía que producian los judíos por su espíritu de aislamiento constante, por su carácter rencoroso, y por sus hábitos insociables, se manifestaban de una manera decisiva donde eran más numerosos y estaban más organizados[848]. Cuando libres, eran realmente séres privilegiados porque gozaban de ciertos beneficios de la sociedad, sin sufrir sus gravámenes[849]. Algunos charlatanes explotaban el sentimiento de curiosidad que inspiraba su culto, y bajo el pretexto de explicar sus secretos cometian toda clase de pillerías[850]. Algunos folletos violentos y satíricos, como el de Apion, de los cuales los escritores profanos han dado frecuentemente reseñas[851], circulaban sirviendo de alimento para excitar la cólera del público pagano. Los judíos parecen haber sido en general séres mezquinos, que de todo se quejaban. Veíase en ellos á una sociedad secreta, mal intencionada para el resto de los hombres, cuyos miembros se vendian á cualquier precio en detrimento de los otros[852]. Sus costumbres, su aversion á ciertos alimentos, su dejadez, su falta de distincion, el mal olor que exhalaban[853], sus escrúpulos religiosos, sus minuciosidades en la observancia del sábado, se consideraban como ridiculeces[854]. Una vez introducido en la sociedad, el judío por una consecuencia natural, no tenia cuidado alguno en parecer fino. Por eso se les encontraba por todas partes con sus trajes sucios, aire tosco, andar fatigado, cara pálida, ojos enfermizos[855], y cierta expresion de beatitud, formando sus mujeres grupo á parte, con sus hijas, sus paquetes de mercancías y sus canastos que constituian todo su mobiliario[856]. En las poblaciones ejercian los tráficos más despreciables: mendigos,[857] ropavejeros, ó vendedores de fósforos[858]. Despreciábase injustamente su ley y su historia. Tan pronto se les creia supersticiosos[859], y crueles[860]; como ateos, ó contentadores de los dioses[861]. Su aversion hácia las imágenes era una prueba de su impiedad. La circuncision sobre todo ofrecia asunto para las interminables burlas que se les dirigian[862].

Pero estos juicios superficiales no eran los de todos; los judíos tenian tantos amigos como detractores; su formalidad, sus buenas costumbres, la sencillez de su culto gustaban á mucha gente. Veíase en ellos algo de superior. Organizábase una vasta propaganda monoteista y mosaica[863]; y una especie de torbellino poderoso se iba formando al rededor de aquel pequeño pueblo. El pobre judío de Trastévere[864], que salia por la mañana con sus mercancías, entraba con frecuencia por la noche enriquecido con las limosnas procedentes de manos piadosas[865]. Sobre todo las mujeres iban en grupos á buscar á estos misioneros[866]. Juvenal[867] califica de vicio la inclinacion de las damas de aquella época hácia la religion judía y las critica por esto. Las que se habian convertido aseguraban que eran completamente felices[868] pero el antiguo espíritu helénico y romano resistia enérgicamente; el desprecio y el ódio hácia los judíos se revela en todos los hombres ilustrados tales como Ciceron, Horacio, Séneca, Juvenal, Tácito, Quintiliano y Suetonio[869]. Por el contrario, aquella enorme masa de poblaciones mezcladas que el imperio habia sometido, á las cuales era extraño el espíritu romano y la sabiduría helénica, corrian en tropel hácia una sociedad en que encontraban ejemplos interesantes de concordia, de caridad, de socorros mútuos[870], de simpatía, de aficion al trabajo[871] y de altiva pobreza. La mendicidad, que fué más tarde enteramente cristiana, era entonces completamente judía. El mendigo de profesion, _formado por su madre_, se presentaba á la imaginacion de los poetas de aquel tiempo como un judío[872].

La exencion de ciertas cargas civiles y en particular de la milicia hacia en cierto modo envidiable la suerte de los judíos[873]. El Estado entonces pedia muchos sacrificios y daba pocas alegrías morales; todo estaba frio y desanimado y la vida tan triste en el seno del paganismo, adquiria todo su encanto en la tibia atmósfera de la sinagoga y de la iglesia. Allí, sin embargo, no se encontraba libertad puesto que los correligionarios se espiaban sin cesar los unos á los otros; pero aunque la vida interior de estas pequeñas comunidades fuese muy agitada, se gozaba infinitamente: nadie las abandonaba y no habia apóstatas. El pobre estaba contento en ellas; miraba sin envidia la riqueza y con la tranquilidad de una buena conciencia[874]. El sentimiento verdaderamente democrático de la locura mundana, de la vanidad de las riquezas y de las grandezas profanas, expresábase allí claramente. Se ha comprendido poco el mundo pagano y se le ha juzgado con demasiada severidad; la civilizacion romana se ha presentado como foco de todas las inmoralidades y de vicios odiosos[875], de la misma manera que un obrero de nuestros tiempos, imbuido en las doctrinas socialistas, se representa á los _aristócratas_ bajo los más negros colores. Pero allí habia animacion, alegría é interés, como sucede hoy dia en las más pobres sinagogas de Polonia y de Galitzia. La falta de elegancia y delicadeza en las costumbres se compensaba por un agradable espíritu de familia y de honradez patriarcal. En la sociedad elevada, por el contrario, el egoismo y el aislamiento de las almas habian dado su último fruto.

La parábola de Zacarías[876] se realizaba: el mundo iba á cogerse de los vestidos de los judíos para decirles: «Llevadnos á Jerusalem.» No habia poblacion grande donde no se celebrara el sábado, el ayuno y las demás ceremonias del judaismo[877]. Josefo[878] se atreve á invitar á los que duden á que consideren el estado de su patria y hasta su propia casa, y vean si no se encuentra en ellas la confirmacion de lo que dice. La presencia en Roma y cerca del emperador de varios miembros de la familia de los Herodes, los cuales practicaban su culto delante de todo el mundo[879], contribuia mucho á esta publicidad. El sábado, se imponia como una necesidad á las clases menesterosas en los barrios donde habia judíos. Su obstinada resistencia en no abrir las tiendas en semejante dia obligaba á los vecinos á modificar sus costumbres, y á esto se debe sin duda que en Salónica se observe el sábado aún en la actualidad, tanto más cuanto que la poblacion judía es allí demasiado numerosa y rica para dejar de imponer la ley y regular el dia del descanso cerrando sus despachos.

Así como el judío, á quien con frecuencia acompañaba, el sirio era un instrumento activo de la conquista del Occidente por el Oriente[880]; se le confundia con frecuencia, y Ciceron creia haber encontrado el retrato comun á entrambos, llamándoles _naciones nacidas para la esclavitud_[881]. Esto era lo que les aseguraba el porvenir, ya que el porvenir era entonces de los esclavos. El carácter del sirio se distinguia principalmente por su volubilidad, su ligereza, y el despejo superficial de su espíritu. La naturaleza siria es como una imágen fugitiva en las nubes del cielo; por momentos suele trazar ciertas líneas con gracia, pero estas líneas, no llegan á formar jamás un dibujo completo. En la sombra, á la pálida luz de una lámpara, la mujer siria, cubierta con sus velos, con sus miradas vagas y languidez infinita, produce alguna ilusion; pero al analizar esta belleza todo se evapora, todo es ficticio.

Lo único que la raza siria tiene de agradable, es el niño de cinco ó seis años; en la raza griega, por el contrario, el niño es inferior al jóven adulto, y éste inferior al anciano[882]. La inteligencia siria halaga por su prontitud y ligereza; pero le falta fijeza, solidez; es como ese _vino de oro_ del Líbano, que causa un transporte agradable pero del cual nos cansamos pronto. Los verdaderos dones de Dios deben tener algo á la vez de delicados y de fuertes, de embriagadores y de durables. La Grecia es hoy más apreciada que nunca y lo será cada dia más y más.

Muchos emigrados sirios á quienes el deseo de hacer fortuna llevaba al Occidente estaban más ó menos unidos al judaismo, y los que no, permanecian fieles al culto de su ciudad[883], es decir, al recuerdo de algun templo dedicado á un _Júpiter_ local[884], que era generalmente su Dios supremo, á quien daban algun título particular[885]. Esto era en el fondo una especie de monoteismo que los sirios encubrian con el culto de sus extraños dioses.

Comparados con las personalidades divinas completamente distintas entre sí que ofrecia el politeismo griego y romano, los dioses de que se trata, en su mayor parte sinónimos del Sol, eran casi hermanos del Dios único[886]. Semejantes á ciertas melopeas enervantes, los cultos sirios podian parecer menos áridos, más expresivos que el culto griego, y las mujeres de Siria la observaban con cierta exaltacion y voluptuosidad. Estas mujeres fueron en todo tiempo séres extraños que fluctuaban entre el demonio y Dios, entre la santa y poseida; la santa de virtudes severas, de heróicos sacrificios y de firme resolucion, pertenece á otras razas y otros climas; la santa de imaginacion ardiente, de arrebatos absolutos y de súbitos amores, es la santa de Siria. La poseida de nuestra edad media es la esclava de Satanás por su humillacion ó sus pecados; la poseida de Siria es la loca por idealismo, la mujer que se siente herida en sus sentimientos, que se venga con frenesí ó se encierra en el mutismo[887] que no espera para curarse más que una palabra dulce ó una dulce mirada. Trasportadas al mundo occidental, estas Sirias adquirian influencia, algunas veces por malas artes de mujer, y otras por cierta superioridad moral y una verdadera disposicion. Esto se vió ciento cincuenta años despues, cuando los personajes más importantes de Roma se casaron con Sirias, las cuales tomaron un gran ascendiente en los asuntos públicos. La mujer musulmana de nuestros dias, especie de comadre chillona, estúpidamente fanática, que no existiendo sino para el mal, es incapaz de virtud alguna, no debe hacernos olvidar á las Julia Domna, á las Julia Mæsa, Julia Mamæa y Julia Soemia, que introdujeron en Roma, en punto á religion, una tolerancia y unas tendencias místicas desconocidas hasta entonces. Lo más notable es, que la dinastía siria se mostró favorable al cristianismo, y que Mameo, y más tarde el emperador Felipe el Árabe[888], se consideraron como cristianos. En los siglos III y IV, el cristianismo fué por excelencia la religion de Siria; despues de Palestina, Siria fué la que tuvo más parte en la fundacion de aquel.

En Roma sobre todo, y durante el primer siglo, fué donde el sirio comenzó á desplegar su infatigable actividad: dedicado á los más humildes oficios, tales como lacayo, mozo de cuerda, cochero etc., el _Syrus_[889] entraba por todas partes, introduciendo consigo la lengua y las costumbres de su país[890]. No tenia la altivez ni los conocimientos filosóficos de los Europeos, y mucho menos su vigor, pues débil de cuerpo, pálido, atacado con frecuencia por la fiebre, sin observar método en las horas de comer y dormir, como hacen nuestras robustas razas, alimentándose solo de cebollas y otros vegetales, y dedicando muy pocas horas al sueño, el Sirio moria jóven y estaba generalmente enfermo[891]. Sus cualidades dominantes eran la humildad, la dulzura, la afabilidad, poca solidez de espíritu y no muy buen sentido, excepto cuando se trataba de sus negocios; pero en cambio era muy ardiente, aunque algo afeminado. Como el Sirio no ha tomado nunca parte en la vida política, tiene una aptitud especial para todos los asuntos religiosos, y bien puede decirse que ese pobre Maronita, afeminado, humilde y andrajoso, ha llevado á cabo la más grande de las revoluciones. Su antecesor, el _Syrus_ de Roma, fué el que mostró más celo para llevar la buena nueva á los afligidos; todos los años iban á Grecia, á Italia y á la Galia, colonias enteras de estos Sirios impulsados por su aficion natural á los pequeños negocios[892], y era fácil reconocerles en los buques por sus numerosas familias, que siempre les seguian, siendo de notar en aquellas, sus hermosos niños, sus jóvenes madres, de aspecto infantil, siempre risueñas y sumisas al lado de sus esposos[893]. Las cabezas que se destacan en estos tranquilos cuadros de familia, son poco acentuadas, no pueden compararse con las de Arquímedes, de Platon, ó de Fidias; pero en cambio, el mercader Sirio al llegar á Roma, es un hombre bueno y misericordioso, caritativo con sus compatriotas y amante de los pobres; habla con los esclavos y les indica un asilo donde estos infelices, reducidos por la dureza de los Romanos al más desconsolador aislamiento, puedan encontrar alivio y consuelo. Las razas griegas y latinas, razas de señores, que han nacido para lo grande, no saben sacar partido de tan humilde posicion[894]; el esclavo de estas razas pasaba su vida en la insubordinacion y el deseo de hacer mal; el esclavo ideal de la antigüedad tiene todos los defectos imaginables; es goloso, embustero, malo y enemigo natural de su dueño,[895] y con esto, probaba en cierto modo su nobleza, protestando contra una ley opuesta á la naturaleza. El buen Sirio no protestaba; aceptaba su ignominia, y á fin de sacar el mejor partido posible, captábase la buena voluntad de su amo, se atrevia á hablarle y procuraba complacer á su señora. Este gran agente de la democracia iba así deshaciendo malla por malla la red de la civilizacion antigua; las viejas sociedades, fundadas sobre el desprecio, sobre la desigualdad de las razas, sobre el valor militar, estaban perdidas para siempre. La debilidad y la humillacion, van á ser una ventaja para el perfeccionamiento de la virtud[896]; la nobleza romana y la sabiduría griega, lucharán aún tres siglos; á Tácito le parecerá bien deportar á millares de esos infelices; _si interissent, vile damnum_[897]! y la aristocracia romana se irritará, llevando á mal tengan sus dioses y sus instituciones. Está sin embargo escrito de antemano quién ha de alcanzar la victoria; será el Sirio, el pobre hombre que ama á sus semejantes, que comparte con ellos lo que tiene y que se asocia con ellos; la aristocracia romana tiene que perecer por su impiedad.

Para explicarnos la revolucion que va á realizarse, es necesario darnos cuenta del estado político, social, moral, intelectual y religioso del país donde el proselitismo judío habia abierto surcos que debia cubrir la predicacion cristiana. Espero que este estudio demostrará evidentemente que la conversion del mundo á las ideas judías y cristianas, era inevitable, y que no es de extrañar más que una cosa: que esa conversion se haya verificado con tanta lentitud y tan tarde.

CAPÍTULO XVII.

Estado del mundo hácia mediados del primer siglo.

[Marginal: Año 45]

El estado político del mundo era de los más tristes: toda la autoridad se hallaba concentrada en Roma y en las legiones, y allí tenian lugar las escenas más vergonzosas y degradantes que puedan imaginarse. La aristocracia romana que habia conquistado el mundo y que al fin se quedó sola al frente de los negocios públicos bajo los Césares, se entregaba á una saturnal de crímenes, la más desenfrenada que pueda recordar el género humano. César y Augusto comprendieron perfectamente al establecer el principado las necesidades de su época; el mundo era tan mezquino bajo el punto de vista político, que no era posible ningun otro gobierno, y desde que Roma habia conquistado provincias sin número, la antigua constitucion fundada sobre el privilegio de familias patricias, especie de _tories_ obstinados y malévolos, no podia subsistir[898]. Pero Augusto habia faltado á todos los deberes del verdadero político, confiando el porvenir á la casualidad. Sin reglas fijas de adopcion, sin ley electoral, sin límites constitucionales, el cesarismo era como un peso colosal en el puente de un navío sin lastre. Hacíanse inevitables las más terribles sacudidas: tres veces en un siglo, bajo Calígula, Neron y Domiciano, recayó en manos de hombres execrables y extravagantes el más grande poder que haya existido jamás, y de ahí la série de horrores que casi excedieron á los cometidos por los mónstruos de las dinastías mongolas.

Entre esos fatales soberanos, se vé uno reducido casi á dispensar un Tiberio, que no fué completamente malo sino hácia el fin de su vida, y á un Claudio, que solo fué extravagante y se dejó guiar de malos consejos: Roma llegó á ser una escuela de corrupcion y crueldad, mas es preciso añadir que el mal venia sobre todo de Oriente, de esos cortesanos de baja estofa, de esos hombres infames que el Egipto y la Siria enviaban á Roma[899], donde aprovechándose de la opresion que ejercian los verdaderos romanos, creíanse todos poderosos al lado de los bribones que gobernaban. Las más extravagantes ignominias del imperio, tales como la apoteosis del emperador y su divinizacion cuando aún vivia, procedian del Oriente y sobre todo de Egipto, que era entonces uno de los países más corrompidos del Universo[900].

En efecto el verdadero espíritu romano dominaba aún: la nobleza romana estaba muy lejos de extinguirse; el orgullo y la virtud se conservaban todavía en algunas familias que subieron al poder con Nerva, contribuyendo al esplendor del siglo del que Tácito ha sido tan elocuente intérprete. No se debia desesperar de una época en que iban á producirse hombres tan rectos como Quintiliano, Plinio el Jóven, y Tácito; el desbordamiento de la superficie no alcanzó al gran fondo de honradez de la buena sociedad romana; algunas familias ofrecian aún ejemplos de abnegacion, de órden de concordia y sólida virtud, y aún se encontraban admirables esposas y hermanas[901]. ¿Puede darse caso más sublime que el de aquella jóven y casta Octavia, hija de Claudia, esposa de Neron, que conservándose pura al través de todas infamias, fué muerta á los veinte y dos años sin haber experimentado jamás un momento de alegría? Las mujeres calificadas en las inscripciones de _castissimæ_, _univiræ_ no son raras[902]: muchas esposas acompañaron á sus maridos al destierro[903]; otras compartieron su noble muerte[904]; conservábase la antigua sencillez romana; era esmerada la educacion de los hijos, y las más nobles mujeres trabajaban en toda clase de labores[905]. Los cuidados del tocador eran casi desconocidos en algunas familias[906].

Los excelentes hombres de Estado, que por decirlo así, salieron de la tierra en tiempo de Trajano, no se improvisaron, habian servido en los reinados anteriores, solo que tuvieron poca influencia para ponerse en pugna con los favoritos del emperador. Tambien bajo Neron ocuparon los más elevados cargos hombres de gran valía, pero con aquellos malos emperadores no era dable cambiar la marcha general de los negocios ni los principios del Estado. El imperio no obstante lejos de haber entrado en el período de la decadencia, ostentábase en toda la fuerza de la más robusta juventud; la decadencia no debia venir hasta doscientos años más tarde, y ¡cosa extraña! con soberanos mucho mejores. Bajo el punto de vista político, la situacion era análoga á la de Francia, que careciendo desde la Revolucion de una regla constantemente seguida en la sucesion de los poderes, puede atravesar críticos períodos sin que su organizacion interior y su fuerza nacional se resientan demasiado. Bajo el punto de vista moral, se puede comparar el tiempo de que hablamos con el siglo XVIII, época que se creeria del todo corrompida si se la juzgase por las memorias, la literatura manuscrita y las colecciones de anécdotas, y en que sin embargo ciertas familias son tan austeras en sus costumbres[907].