Part 10
El tiempo de los Seleúcidas habia sido una época terrible de desenfreno femenino. Jamás se habian visto tantos dramas domésticos, tantas envenenadoras y adúlteras. Los sabios de entonces debieron considerar á la mujer como un azote de la humanidad, como un principio de bajeza y de vergüenza, como un genio malévolo cuyo oficio era únicamente combatir todas las nobles aspiraciones del otro sexo[400]. Empero el cristianismo lo cambió todo; pues en la edad que para nosotros es todavía la juventud, y que en la vida de la mujer de Oriente es tan triste, tan fatalmente entregada á las sugestiones del mal, sin más que rodear su cabeza con un chal negro[401], podia la viuda convertirse en una persona respetable, dignamente ocupada, una diaconesa, que igualaba á los hombres más estimados. El cristianismo elevó, é hizo santa[402] la posicion tan espinosa de la viuda sin hijos, pues esta vino á ser casi igual á la de la vírgen. Fué la _calogría_ ó «bella anciana»[403], venerada, útil, tratada como madre. Esa clase de mujeres que iban y venian incesantemente[404], eran admirables misioneras para el nuevo culto, y los protestantes se equivocan, queriendo apreciar estos hechos con nuestro espíritu moderno de individualidad. Cuando se trata de historia cristiana, ha de reconocerse que el socialismo y el cenobitismo fueron primitivos.
El obispo y el sacerdote, tales como el tiempo los ha hecho, no existian todavía; pero, el ministerio pastoral, esa íntima familiaridad de las almas, independiente de los lazos de la sangre, estaba ya fundado. Ese ha sido siempre el don especial de Jesús, y como una herencia legada por él. Jesús repitió frecuentemente que él era para cada uno más que su padre, más que su madre, y que era preciso para seguirle, separarse de los séres más queridos. Por encima de la familia colocaba el cristianismo una cosa, creaba la fraternidad y el consorcio espirituales. El matrimonio antiguo, que entregaba la esposa al esposo, sin contrapeso alguno, era una verdadera esclavitud. La libertad de la mujer data del dia en que la Iglesia le dió un confidente, un guia en Jesús, quien la dirige y la consuela, quien la escucha siempre y á veces la invita á la resistencia. La mujer necesita ser gobernada, y no es dichosa sino cuando está gobernada; pero, es preciso que ame á quien la gobierna. Hé aquí lo que las sociedades antiguas, el judaismo, y el islamismo, nunca han podido conseguir. La mujer no ha tenido hasta ahora una conciencia religiosa, una individualidad moral, una opinion suya propia, sino profesando el cristianismo. Gracias á los obispos y á la vida monástica, una Radegunda sabrá encontrar los medios de sustraerse de los brazos de un esposo bárbaro. Siendo lo más importante la vida del alma, es justo y racional que el sacerdote que sabe hacer vibrar las cuerdas divinas, el consejero secreto que tiene la llave de las conciencias, sea más que el padre, más que el esposo.
En cierto modo, el cristianismo fué una reaccion contra la constitucion demasiado mezquina de la familia en la raza ariana. No solamente las viejas sociedades arianas no admitian casi más que al hombre casado, sino que comprendian el matrimonio en el sentido más estricto. Era una cosa análoga á la familia inglesa, un círculo estrecho, cerrado, sofocante, un egoismo entre varios, que desecaba tanto el alma, como el egoismo de uno solo. El cristianismo, con su divina nocion de la libertad del reino de Dios, corrigió esas exageraciones, y en primer lugar se guardó bien de hacer pesar sobre todos los deberes de la generalidad de los hombres. Comprendió que la familia no es el marco absoluto de la vida, ó por lo menos el marco en que han de encerrarse todos, que el deber de reproducir la especie humana, no habrá de imponerse á todos, que ha de haber personas exentas de esos deberes, bien que sean sagrados, pero no convenientes para todos. La excepcion que hizo la sociedad griega en favor de las _héteras_, á la manera de Aspasia; que la sociedad italiana admitió para la _cortigiana_, á la manera de Imperia, para satisfacer las necesidades de la sociedad culta; hízola el cristianismo para el sacerdote, la religiosa y la diaconesa, proponiéndose el bien general, admitiendo diversos estados en la sociedad; pues hay almas que encuentran más dulzura y satisfaccion en amarse entre quinientos, que entre cinco ó seis, y para las cuales la familia, en sus condiciones ordinarias, seria insuficiente, fria y fastidiosa. ¿Por qué pues aplicar á todos las exigencias de nuestras empañadas y medianas sociedades? La familia temporal no satisface completamente al hombre; necesita hermanos y hermanas fuera de los lazos carnales.
Con su gerarquía de los diferentes empleos sociales[405], la Iglesia primitiva pareció conciliar por el pronto estas exigencias opuestas. Nunca podremos comprender cuán felices fueron los que se sujetaron á aquellas reglas santas, que sostenian la libertad sin restringirla, haciendo posibles á la vez las dulzuras de la vida en comunidad y las de la vida privada. Era lo contrario de la mezcolanza de nuestras sociedades artificiales y destituidas de amor, en las que el alma sensible se encuentra á veces tan cruelmente aislada. La atmósfera era cálida y suave en aquellos pequeños asilos que se llamaban iglesias. Vivíase en comunidad, animados de la misma fé y de las mismas esperanzas; pero claro es tambien que semejantes condiciones no eran aplicables á una gran sociedad. Cuando países enteros se hicieron cristianos, convirtióse la regla de las primeras iglesias en una utopia, refugiándose en los monasterios. La vida monástica no es en este sentido sino la continuacion de las iglesias primitivas[406]. El convento es la consecuencia necesaria del espíritu cristiano, y no hay cristianismo perfecto sin convento, puesto que solo allí puede realizarse el ideal evangélico.
Habrá de concederse seguramente una gran participacion al judaismo en estas magnas creaciones; pues cada una de las comunidades judías, dispersas en las costas del Mediterráneo, era ya una especie de Iglesia con su caja de socorros mútuos. La limosna recomendada siempre por los hombres caritativos y virtuosos y por los sabios,[407] se habia convertido en precepto y se levantaba un templo en las sinagogas[408] y era considerada como el primer deber del prosélito[409]. En todos tiempos el judaismo se distinguió por el cuidado de sus pobres y por el sentimiento de caridad fraternal que inspira.
Es una suprema injusticia oponer el cristianismo al judaismo, puesto que todo lo que está dentro del cristianismo primitivo ha sido como complemento del judaismo. Examinando el mundo romano, es cuando se notan los milagros de caridad y de asociacion libre operados por la Iglesia. Jamás sociedad humana que solo haya reconocido por base la razon, ha producido efectos tan admirables. La ley filosófica de toda sociedad profana, en lo antiguo, ha sido la libertad y perfecta igualdad, pero jamás la fraternidad. La caridad, bajo el aspecto del derecho, nada tiene obligatorio; no mira á los individuos, encuentra en ellos ciertos inconvenientes y se deshace de los mismos. Toda tentativa para aplicar los fondos públicos al bienestar de los proletarios, parece el comunismo. Cuando un hombre muere de hambre, cuando clases enteras languidecen en la miseria, la política declara que es inevitable; que no puede existir estado civil ni político sin la libertad y que consecuencia de la libertad es que aquel que nada tiene y que nada puede ganar, muera de hambre: esto es lógico y nadie puede atentar contra los abusos de la lógica. Los deseos de las clases numerosas acaban siempre por sofocarlos, y demuestran que las aspiraciones sociales y religiosas tienen tambien derecho á una legítima satisfaccion, ya que las instituciones puramente políticas y civiles no son suficientes.
La gloria del pueblo judío, es haber proclamado este principio con toda energía, saliendo de la postracion en que se hallaban los Estados antiguos. La ley judía es social y no política; los profetas, los autores del Apocalipsis son promovedores de las revoluciones sociales, no motores de revoluciones políticas. En la primera mitad del primer siglo, colocados en presencia de la civilizacion profana, veremos que los judíos no tienen más que una idea, esto es, la de rehusar los beneficios del derecho romano, de este derecho filosófico, ateo, igual para todos y proclamado por la excelencia de su ley teocrática, que forma una sociedad religiosa y moral. La ley constituye la felicidad; hé aquí la idea de todos los pensadores judíos tales como Philon y Josefo. Las leyes de los otros pueblos procuran que se cumpla la justicia; poco les importa que los hombres sean buenos y felices: la ley judía desciende á los últimos detalles de la educacion moral. El cristianismo no es más que el desarrollo de esta misma idea. Cada iglesia es un monasterio y todos tienen derecho sobre todos, no pudiendo haber pobres ni malos ya que todos velan los unos por los otros. El cristianismo primitivo puede definirse diciendo que es una grande asociacion de pobres, un esfuerzo heróico contra el egoismo fundado sobre la idea de que cada uno solo tiene derecho sobre lo que necesita y que lo supérfluo pertenece á los que no tienen. Se vé sin dificultad, que entre semejante espíritu y el espíritu romano, se establecerá una lucha á muerte y que el cristianismo, por su lado, no llegará á reinar, á dominar el mundo más que á condicion de modificar profundamente sus tendencias naturales y su programa original. Sin embargo, los deseos que representa durarán eternamente. La vida comun, desde la segunda mitad de la edad media, ha servido para los abusos de una Iglesia intolerante, y habiéndose transformado con frecuencia el monasterio en un castillo feudal donde existia la guardia de una milicia perjudicial y fanática, el espíritu moderno se ha demostrado demasiado severo al aspecto del cenobitismo. Nosotros hemos olvidado que en la vida comun es donde encuentra el alma humana el más grato placer. Aquel cántico que dice «¡oh qué bueno y agradable es á los hermanos vivir juntos!»[410] ha dejado de ser el nuestro; mas cuando el individualismo moderno haya dado sus últimos frutos, cuando la humanidad entristecida y pisoteada sea impotente, renacerán las grandes instituciones y las estrechas disciplinas; cuando nuestra mezquina sociedad, digo mal, nuestro mundo de pigmeos haya sido dispersado á latigazos por los individuos heróicos é idealistas de la humanidad, entonces recobrará todo su valor la vida comun. Una multitud de grandes cosas, tales como la ciencia, se reorganizarán bajo la forma monástica, recobrada en una herencia de sangre: la importancia que nuestro siglo atribuye á la familia disminuirá; el egoismo, ley esencial de la sociedad civil, no ahogará á las grandes almas: todas desde puntos opuestos se unirán contra la vulgaridad: se encontrará el verdadero sentido á las palabras de Jesús y á las ideas de la edad media acerca de la pobreza; se comprenderá, en fin, que poseer cualquier cosa, ha podido considerarse como una inferioridad, ya que los fundadores de la vida mística, han disputado varios siglos para saber si Jesús poseia, al menos, «las cosas que se consumen por el uso». Estas sutilezas franciscanas volverán á ser grandes problemas sociales. La espléndida idea trazada por el autor de las _Actas_, será inscrita, como una revelacion profética, á la entrada del paraiso de la humanidad: «¡La multitud de los fieles solo poseia un corazon y un alma y ninguno de ellos miraba lo que poseia como propiedad suya ya que de ello gozaban todos en comun. No habia pobres entre ellos; los que tenian campos y casas las vendian y llevaban el precio á los piés de los apóstoles y despues se distribuian segun las necesidades de cada uno, y cada dia comian el pan en medio de la mayor tranquilidad y sencillez de corazon[411]!»
No adelantemos el tiempo: hemos llegado, poco más ó menos, al año 36. Tiberio en Capri no apercibia al enemigo del imperio. En dos ó tres años la nueva secta habia hecho sorprendentes progresos. Contaba ya muchos miles de fieles[412]. Era fácil preveer que sus conquistas se efectuarian sobre todo entre los helenistas y prosélitos. El grupo galileo que habia oido al Maestro, guardando su primacia, era incomprensible y podia fácilmente preveerse que la victoria pertenecia á los últimos. Á la hora en que estamos, ningun pagano, es decir, ningun hombre sin lazo anterior con el judaismo, habia entrado en la Iglesia, pero desempeñaban en ella papeles importantes varios prosélitos[413]. El círculo de los discípulos se habia tambien alargado y no era ya un simple colegio de Palestinos, sino que habia varios hijos de Chipre, Antioquía y Cirene[414] y en general de casi todos los puntos de las costas orientales del Mediterráneo, donde se habian establecido colonias judías. El Egipto solo faltaba á esta primitiva Iglesia, y es probable le falte mucho tiempo. Los judíos de este país estaban en lucha con la Judea. Vivian de su vida propia, superior bajo todos conceptos á la de Palestina, y les afectaba débilmente el impulso de los movimientos religiosos de Jerusalem.
CAPÍTULO VIII.
Primera persecucion. -- Muerte de Estéban. -- Destruccion de la primera Iglesia de Jerusalem.
[Marginal: Año 36]
Era inevitable que las predicaciones de la nueva secta, aunque se verificaran con toda reserva, despertasen los ódios que se habia conquistado su fundador, y acabaron por amenazarle con la muerte. Reinaba todavía la familia de Hanan que habia hecho matar á Jesús. José Kaiapha ocupó, hasta el 36, el soberano pontificado, cuyo poder efectivo abandonó á su abuelo Hanan y á sus parientes Juan y Alejandro[415]. Estos hombres altivos y sin piedad, veian con impaciencia un cuerpo de personas buenas y santas ganar, sin título oficial, el favor de la multitud[416]. Una ó dos veces, Pedro, Juan y los principales miembros del colegio apostólico, fueron puestos en la cárcel y condenados á ser azotados. Este era el castigo que se imponia á los herejes[417], para el cual no era necesaria autorizacion de los romanos. Estas brutalidades no hacian más que excitar el ardor de los apóstoles, saliendo de aquellos lugares llenos de gloria por haber sido juzgados y sufrido una afrenta por aquel al cual amaban y defendian[418]. ¡Eterna puerilidad de las represiones penales aplicadas á las cosas del alma! Eran tenidos por hombres de órden, sabios y prudentes, y sin embargo, los alborotadores del 36, creyeron acabar á latigazos con el cristianismo.
Estas violencias provenian principalmente de los saduceos[419], es decir, del alto clero, que rodeaba el templo y sacaba de ello inmensos beneficios[420]. Los fariseos no desplegaron tanta animosidad contra la secta como la habian desplegado contra Jesús. Los nuevos creyentes eran gentes piadosas, rígidas, de un género de vida análogo al de los mismos fariseos.
La rabia que estos últimos sintieron contra el fundador, provenia de la superioridad de Jesús, superioridad que éste no tenia cuidado de disimular. Sus finas atenciones, su espíritu, su talento, su aversion contra los falsos devotos, habian alimentado ódios crueles. Por el contrario, los apóstoles estaban limpios de corazon y jamás emplearon la ironía. Los fariseos les fueron favorables por momentos, y hubo muchos que hasta se hicieron cristianos[421]. Los terribles anatemas de Jesús contra el fariseismo no estaban escritos todavía, y la tradicion de las palabras del Maestro no era ni general ni uniforme[422].
Estos primeros cristianos eran entonces tan inofensivos que muchas personas de la aristocracia judía, sin formar precisamente parte de la secta, estaban bien dispuestos en su favor. Nicodemo y José de Arimatea, que habian conocido á Jesús, permanecieron unidos á la iglesia con lazos fraternales. El doctor judío más célebre de aquel tiempo, Rabino Gamaliel el Viejo, nieto de Hillel, hombre de ideas avanzadas y tolerantes, dícese que en el sanhedrin opinó en favor de la libertad de los predicadores evangélicos[423]. El mismo autor de las _Actas_, presenta un raciocinio que deberia ser la regla de conducta de todos los gobiernos, siempre que se encuentran en presencia de novedades en el órden intelectual ó moral. «Si esta obra es frívola, dejadla, que ya caerá por sí sola; si es seria ¿cómo os atreveis á oponeros á la obra de Dios? En todo caso no podreis detenerla». Gamaliel no fué escuchado. Los espíritus libres colocados en medio de fanatismos opuestos son siempre rechazados.
[Marginal: Año 37]
El diácono Estéban[424] con su predicacion, que obtuvo inmenso éxito, dió lugar á un hecho terrible. La multitud se agrupaba á su alrededor y sus contrarios entablaban vivas discusiones. Sobre todo los helenistas y los prosélitos acostumbrados á la sinagoga llamada de los _Libertini_[425], gentes de Alejandría, Cilicia y Éfeso, se animaban con estas disputas. Estéban sostenia con pasion que Jesús era el Mesías, que los sacerdotes habian cometido un crímen condenándole á muerte, que los judíos eran rebeldes, hijos de rebeldes y personas que negaban la evidencia. Las autoridades resolvieron perder á este audaz predicador: fueron apostados testigos para coger en su discurso alguna palabra contra Moisés y naturalmente encontraron lo que buscaban. Estéban fué arrestado y se le llevó á presencia del sanhedrin. La palabra de que se le acusó era casi la misma que condenó á Jesús[426]. Se le acusó de decir que Jesús de Nazaret destruiria el templo y cambiaria las tradiciones que se atribuian á Moisés. Es efectivamente posible que Estéban usara semejante lenguaje, por más que un cristiano de esta época no hubiese tenido idea de hablar directamente contra la ley, ya que todos la observan todavía; pero en cuanto á las tradiciones podia muy bien combatirlas, como lo habia hecho el mismo Jesús, ya que estas tradiciones se referian con entusiasmo á Moisés por los ortodoxos y se las atribuia igual valor que á la ley escrita[427].
Estéban se defendió exponiendo la tésis cristiana con gran lujo de citas de la Ley y salmos de los profetas, y terminó echando en cara á los miembros del Sanhedrin el homicidio de Jesús. «Cabezas duras, corazones insensibles, les dijo, ¿resistireis todavía el Espíritu Santo, como lo hicieron vuestros padres? ¿Á cuál de los profetas no han perseguido vuestros antecesores? Han castigado á los que anunciaron la venida del Justo, que vosotros habeis librado y del cual habeis sido despues los verdugos. ¡Esta ley que vosotros habeis recibido de la boca de los ángeles,[428] y no la habeis guardado!...» Al oir estas palabras interrumpiéronle con un grito de rabia, y Estéban exaltándose más, entró en uno de esos accesos de entusiasmo que llamaban la inspiracion del Espíritu Santo. Sus ojos se fijaron en el cielo; vió la gloria de Dios y á Jesús al lado de su Padre y exclamó: «¡Yo veo el cielo abierto y al Hijo del hombre á la derecha de Dios!» Todos los asistentes taparon sus oidos y se lanzaron sobre él rechinando los dientes: atáronle, condujéronle lejos de la poblacion y empezó el martirio. Los testigos que segun la ley[429] debian arrojarle las primeras piedras, arrancáronle los vestidos y los pusieron á los piés de un jóven fanático llamado Saulo ó Pablo, el cual consideró con una especie de secreta alegría los méritos que adquiria contribuyendo á la muerte de un blasfemador[430].
En todo esto se observaron las prescripciones del Deuteronomio, c. XIII; pero mirado bajo el aspecto civil, esta tumultuoria ejecucion llevada á cabo sin el concurso de los romanos, no era regular[431]. Para Jesús, hemos visto que era necesaria la aprobacion del procurador. Tal vez tambien se obtuvo esta rectificacion para Estéban y la sentencia no tuvo lugar tan pronto como dice el autor de las _Actas_, ó quizás la autoridad romana se habia relajado en Judea. Pilatos habia sido ó iba á ser suspendido en sus funciones. La causa de su desgracia fué casualmente la firmeza que habia mostrado en su administracion[432]. El fanatismo judío le habia hecho insoportable la vida: tal vez habia rehusado á esos frenéticos las violencias que le pedian, y la familia de Hanan habia llegado á no tener necesidad de permiso para pronunciar sentencias de muerte. Lucio Vitelio, el padre de aquel que fué emperador, era entonces legado imperial de Siria. Procuraba ganar la gracia de las poblaciones, é hizo devolver á los judíos los vestidos pontificales que desde Herodes el Grande, estaban guardados en la torre Antonia[433]. Lejos de apoyar á Pilatos en sus actos de rigor, atendió á las quejas de los indígenas y mandó á Pilatos á Roma para contestar á las acusaciones de sus administrados (principio del año 36.) La queja principal era que el procurador no se prestaba de buena gana á sus deseos de intolerancia[434]. Vitelio le reemplazó provisionalmente con su amigo Marcelo, que tuvo sin duda más cuidado de no descontentar á los judíos y por consiguiente no se opuso á concederles muertes religiosas. La muerte de Tiberio (16 marzo del año 37) comunicó nuevo valor á Vitelio para proseguir esta política. Los dos primeros años del reinado de Calígula solo sirvieron para disminuir el poder de la autoridad romana en Siria. La política de este príncipe, antes de perder su razon, fué devolver á los pueblos de Oriente su autonomía y sus jefes indígenas. Por esto estableció los reinados de Antíoco, Comagena, Herodes Agrippa, de Soheym, de Cotys, y de Polemon II, permitiendo que se engrandeciese el de Hareth[435]. Cuando Pilatos llegó á Roma, acababa de empezar el nuevo reinado. Es probable que Calígula le dejara burlado, puesto que confió el gobierno de Jerusalem á un nuevo funcionario llamado Marulo, el cual parece que no excitó por parte de los judíos las violentas recriminaciones que pusieron en apuros al pobre Pilatos y le colmaron de disgustos[436].
En todo caso, lo que importa hacer notar, en la época en que estamos, es que los perseguidores del cristianismo, no eran los romanos, sino los judíos ortodoxos. Los romanos, en medio de su fanatismo, conservaban un principio de tolerancia y de razon. Si se puede censurar algo á la autoridad imperial, es haber sido demasiado débil y no haber limitado las consecuencias civiles de una ley sanguinaria, ordenando la pena de muerte por delitos religiosos. Sin embargo, la dominacion romana no era todavía un poder completo como lo fué más tarde; era solo una especie de protectorado ó de soberanía. Llevóse la condescendencia de no poner el busto del emperador en las monedas acuñadas bajo el poder de los procuradores á fin de no chocar con las ideas judías[437]. Roma, al menos en Oriente, no intentaba todavía imponer sus leyes, sus dioses y sus costumbres, á los pueblos vencidos, sino que les dejaba con sus prácticas locales prescindiendo del derecho romano. Su media independencia probaba su inferioridad. El poder imperial de Oriente en aquella época, se asemejaba bastante á la autoridad turca; y el estado de las poblaciones indígenas al de los _raias_. La idea de los derechos y garantías iguales para todos, no existia. Cada grupo provincial tenia su jurisdiccion como la tienen hoy las diversas iglesias cristianas y los judíos en el imperio otomano. Hace pocos años que en Turquía los patriarcas de diversas comunidades de _raias_, por poco que se entendieran con la Puerta, eran soberanos delante de sus subordinados y podian pronunciar contra ellos las más crueles penas.