Part 18
[9] Aquel juicio que solemos juntar con las sensaciones sin advertirlo, nos hace caer en muchísimos errores. Los quales distribuiré para mayor claridad en tres clases; es á saber, en los que pertenecen á lo moral, á lo físico, y al trato civil, y me valdré de algunos exemplos por hacer mas comprehensible tan importante asunto. Los errores pertenecientes á lo moral son los que principalmente han de evitarse, porque de lo contrario pueden seguirse graves daños; los he manifestado en la Filosofía Moral, por lo que propondré solo los mas principales, como que de ellos nacen otros muchos, cuyo descubrimiento pertenece á la Lógica. Atendiendo, pues, al uso que los hombres comunmente hacen de los sentidos y de la razon, puede decirse con verdad, que son mas sensibles que racionales; esto es, se gobiernan mas de ordinario por las apariencias de los sentidos, que por el fundamento de la razon. Esto nace de que aquellas cosas que se perciben por los sentidos hacen mucha impresion, y suelen los hombres inclinarse á ellas; de modo, que no piensan sino en las cosas sensibles. De esto procede, que tienen por bienes verdaderos á los que no son sino aparentes y tal vez falsos; y siendo objetos de los sentidos, los buscan y aman. Si los hombres reflectaran un poco sobre lo que les sucede en la eleccion de estos falsos bienes, no cayeran tan facilmente en los engaños que los precipitan.
[10] Para entender esto con mayor facilidad se ha de presuponer, que todos los hombres tienen natural, é innata inclinacion, ó apetito de su felicidad, y de su bien. La voluntad llevada de este apetito solo ama á lo bueno; es decir, solo ama las cosas que mira como buenas, y como que pueden contribuir á su felicidad. Pero como es potencia ciega y libre, no se determina á amar las cosas particulares, si no la ilustre antes el entendimiento. Es preciso, pues, que el entendimiento presente una cosa como buena, para que la ame y apetezca la voluntad. Nuestros errores nacen de que el entendimiento, no bien informado de las cosas, las mira como buenas, siendo realmente malas. Muchas veces tiene el entendimiento por buenas á las cosas malas por ignorancia y falta de advertencia, por cuyo motivo será bien trabajar en apartar la ignorancia que fomenta muchos errores; pero las mas veces el entendimiento tiene por buenas á las cosas malas, por gobernarse por las apariencias de los sentidos. Para entender esto se ha de presuponer tambien, que la verdadera felicidad y el verdadero bien del hombre es Dios; y teniendo apetito de su bien y de su felicidad, tiene tambien apetito de poseer á Dios. Quando Adan estaba en el Paraíso antes del pecado, tenia conocimiento claro de esta felicidad, y de este bien; de suerte, que con él descansaba, y tenia toda suerte de contento y alegria. Entonces todos los apetitos obedecían á la razon, y esta al soberano orden que habia establecido el Criador entre las criaturas racionales.
[11] Despues del pecado empezaron á dominar la ignorancia, la malicia, y la concupiscencia. De suerte, que aunque el hombre lavado con el agua del sacrosanto Bautismo reciba la gracia, y se le borre la mancha del pecado original, queda no obstante la pena de aquel pecado, y está poseído de la concupiscencia. Por esta se allega el hombre á los objetos mundanos y sensibles, y se aparta de Dios, porque el conocimiento de su verdadera felicidad por el pecado le tiene obscurecido, y el de las cosas sensibles muy vivo, y vehemente; de aquí es, que va tras de estas, y se aleja de aquella. Con la nocion que tiene el hombre de su felicidad, suele tambien juntar la de la excelencia, de la grandeza, y demas cosas que pueden causarle contento. Si estas prerrogativas las buscara el hombre en Dios; esto es, pensase solo conseguirlas gozando de Dios, pensaba bien, porque no puede tener verdadera grandeza, excelencia, y contento de otra manera; pero al contrario, dexando á Dios, busca la grandeza, y contento en las cosas sensibles y mundanas. Reparen y mediten los hombres, que por mucha grandeza, excelencia, y contento que logren en esta vida, nunca quedará saciado el apetito de su felicidad; y la experiencia nos lo hace ver cada dia en los ricos, y poderosos, que nunca estan contentos, ni satisfechos, porque aquella felicidad, sosiego y contento, que pueden llenar el natural apetito del hombre, solo puede hallarlos en Dios, que es su verdadero bien, y su verdadera felicidad. Lo que sucede en esto es, que la voluntad apetece este bien verdadero, y esta felicidad, inclinándose naturalmente ácia el bien; pero engañado el entendimiento, y llevado de la concupiscencia, le ofrece otros bienes solo aparentes, y á veces falsos, que tal vez la apartan de aquel mismo bien verdadero.
[12] Para mas clara inteligencia de estas cosas conviene saber, que los objetos que se presentan á los sentidos, solo causan en el alma aquellas impresiones, que son necesarias para la conservacion del cuerpo; de modo, que el dolor advierte al alma el daño que el cuerpo padece, y el placer muestra su buena constitucion. Por esto solemos tener por _males_ los dolores y por _bienes_ los gustos y _deleytes_. Aquí se ha de advertir, que por _dolor_ se entiende qualquiera molestia, que indica al alma no hallarse sano el cuerpo, con lo que no solo se comprehende aquel sentimiento que propiamente llamamos _dolor_, sino tambien la congoja, opresion, desmayo, y otras semejantes molestias, que muestran y significan algun desorden en la fábrica del cuerpo humano. Tambien se ha de saber, que aquella sensacion, que llamamos _gusto_ y _deleyte_ sensibles, se sigue solo en el alma quando las impresiones de las cosas se hacen de un modo cierto y determinado; así vemos que los manjares ocasionan gusto en el sano, y desabrimiento en el enfermo, porque las impresiones se hacen de un modo en la salud, y de otro en la enfermedad. Siendo esto así, ¿cómo ha de tener el hombre por _bien_ verdadero á una cosa que las mas veces le causa daño? ¿Que en lugar de ocasionar el gusto, causa desabrimiento? ¿Que lejos de conservarle, muchas veces le destruye? ¿Que en lugar de producir un contento durable y sólido, solo ocasiona un gusto transitorio y aparente? ¿Que en vez de apartar los males que pueden hacerle infelíz, los atrae, los lleva, y casi siempre los acompaña?
[13] Considérense los luxuriosos, y se hallarán llenos de perturbacion, su ánimo inquieto, la salud perdida, la hacienda gastada, siempre rodeados de penas, sobresaltos, y temores por solo un deleyte pasagero y engañoso. Póngase la consideracion en los que tanto celebran los banquetes, las bebidas y los regalos, y se verán perder la salud del cuerpo con lo mismo que la pretenden conservar. Véanse en fin todos aquellos que van de gusto en gusto, de placer en placer, y nada mas buscan que embelesar sus sentidos, y hallarán como nunca queda satisfecho su deseo, porque apenas logran una diversion, quando los fastidia y van á buscar otra, y así pasan su vida sin hallar complemento á sus apetitos. Todos estos son muy sensibles y poco racionales, pues si consultaran la razon, hallarian que los sentidos no les ofrecen verdaderos _bienes_, antes por el contrario los acarrean muchos _males_.
[14] Entenderáse esto mejor, considerando que la felicidad de los hombres puede considerarse en dos maneras. En el primer modo es el mismo Dios, y por eso no puede lograrse en esta miserable carrera del mundo. La otra felicidad es la que pueden los hombres conseguir en esta vida, y puede llamarse imperfecta y secundaria. Los Filósofos antiguos excitaron muchas dudas sobre el constitutivo de la felicidad del hombre en este mundo, y omitiéndolas ahora por no conducir á nuestro asunto, ha de sentarse como cosa cierta, que ni aun en este mundo puede ser felíz el que se aparta de Dios, y por eso tengo por cierta la doctrina de los Estoicos Christianos, que ponen la felicidad de los hombres en el exercicio de las virtudes christianas. De este modo se comprehende, que será felíz en algun modo en este mundo el que hiciere las cosas conformes al orden que Dios ha establecido, y con mira á sus santas leyes, y con la observancia de los divinos preceptos. Así podrá qualquiera usar de las _cosas sensibles_, con tal que el uso de ellas sea conformándose con las leyes divinas, y humanas; no porque aquellas cosas sean el bien á que únicamente deben aspirar los hombres, sino porque conducen á mantener la vida, la fama, y otros bienes, que logra el hombre en esta mortal carrera ácia la eternidad. Por eso los objetos sensibles solo son bienes relativos á la felicidad humana, porque pueden hacer al hombre felíz en este mundo, con tal que use de ellos segun la razon, y segun el fin á que se dirigen.
[15] Pero son muy pocos los que consideran estas cosas, y son muchos los que llevados de la concupiscencia, y engañados por la ignorancia, juntan á las cosas sensibles la nocion de su felicidad, y con el apetito que tienen de esta, se dirigen ácia aquellas. Los pobres apetecen las riquezas y demas aparatos magníficos que ven en los ricos, y es porque se engañan juntando la nocion de las riquezas con la de su felicidad. Todos apetecen naturalmente la vida y la salud; y pareciéndole al que está enfermizo que el sano es felíz, apetece la felicidad de este, y alguna vez se engaña, porque aun con la salud está lleno de otras miserias, que tal vez son de mayor peso que la enfermedad. Todos apetecen el contento, y aborrecen el dolor, y la molestia: de aquí se sigue, que el pobre quando ve á los ricos y poderosos andar en coche, comer regaladamente y no trabajar, le parece que en aquello consiste toda la felicidad, y la apetece con gran ansia, y la suspira; pero si supiera debaxo de tanta pompa, y de tanto número de criados y grandeza, qué ánimo se esconde tan inquieto y lleno de molestias, le tendria, no por felíz, sino por el mas miserable del mundo[a]. S. JUAN CHRISÓSTOMO[b] hace una hermosa comparacion, contrapesando las felicidades de los pobres con las de los ricos; y tengo por cierto, que si aquellos que tienen lo preciso para sostener la vida y cubrirse de las injurias del tiempo, saben hacer uso de la razon, no solo no embidiarán á los ricos y poderosos, sino que les tendrán lástima. Por eso llama VIRGILIO[c] felices á los Labradores, si estos saben conocer los bienes que poseen. Y yo llamo afortunados á aquellos que viven en la soledad apartados de estos engañosos aparatos de los sentidos[d]; y mucho mas felices á los que viviendo en la soledad, ponen su dicha en el exercicio de la virtud y contemplacion de las cosas divinas. Los que así viven gustosos, es cierto que logran un contento y satisfaccion de ánimo infinitamente mas estimable que los tesoros de Midas, y los triunfos de Cesar.
[Nota a: _Fortuna magna, magna domino est servitus._ Publ. Mim. _sent. 229._]
[Nota b: S. Chrysostom. _homil. 55. sup. Matth. tom. 7._]
[Nota c: _O fortunatos nimium, sua si bona norint, Agricolas, quibus ipsa, procul discordibus armis, Fundit humo facilem victum justissima tellus._
Virgil. _Georgic. lib. 2. vers. 477._]
[Nota d: _Beatus ille, qui procul negotiis, Ut prisca gens mortalium, Paterna rura bobus exercet suis, Solutus omni foenore._
Horat. _Epod. lib. ode 2._]
[16] Síguese de todo lo dicho, que los sentidos solo ofrecen falsos bienes, ó aparentes, y por consiguiente que es necedad ir los hombres dotados de razon buscando continuamente los engañosos atractivos de la concupiscencia. Síguese tambien, que solo ha de fiarse el hombre de lo que le ofrecen los sentidos para la conservacion de su cuerpo, y el uso de los objetos sensibles ha de ser conforme á la razon y á las leyes divinas y humanas. Por esto será convenientísimo no juzgar prontamente de lo que los sentidos presentan, porque en esto se expondrán los hombres á infinitos engaños. Será bien suspender el juicio, ó dudar en semejantes representaciones, para exâminar con la razon fortalecida de una buena moral el uso, que nos conviene hacer de los bienes que nos ofrecen.
[17] En las cosas físicas es grande el imperio de los sentidos, y en la misma proporcion lo es tambien el número de errores que ocasionan. Cree el comun de los hombres, que las qualidades sensibles, como el frio, calor, humedad, sequedad, color, y otras semejantes, estan solo en los objetos, y se engañan porque parte estan en ellos, y parte en el sentido. Este error viene á los hombres desde la niñez, y por eso es tan difícil de desarraigar. Quando somos niños y nos acercamos á la lumbre, sentimos _calor_. En aquella edad no suspendemos jamas el juicio, antes por el contrario, juzgamos de las cosas como nos parecen y no como son, porque entonces somos sensibles, y no racionales; esto es, solo exercitamos la potencia de sentir, y no la de razonar. Así que no distinguimos el calor radical; esto es, la raiz del calor que se halla en el objeto sensible de la percepcion, del que está en nosotros, y ambas cosas son necesarias para el calor. Lo mismo ha de entenderse de las demas qualidades propuestas.
[18] Otro error ocasionan los sentidos muy general en las cosas pertenecientes á la Física. Suelen los nombres colocar baxo una misma especie las cosas que tienen entre sí semejanza, ó sea en el color, ó en el gusto, y por esto se gobiernan para atribuirlas unas mismas qualidades. De esta forma han errado los Botánicos, que atribuyen unas mismas virtudes á las plantas que se parecen, ó á las que tienen semejanza en el sabor y otras afecciones sensibles, sin contar con la relacion precisa que han de tener con el cuerpo humano, y la _idiosincrasia_, que acompaña á cada una de ellas. Tambien se engañan los Médicos en la semejanza de los símptomas, ó accidentes que acompañan á las enfermedades. Quéjase una muger de un dolor que la aflige con gran molestia en la boca del estómago, y al mismo tiempo vomita cóleras verdes. Llega el Médico, que solo se gobierna por la semejanza exterior de las cosas, y luego juzga que es dolor cólico, y aplicándole los remedios específicos de esta enfermedad, no solo no la cura, sino que la empeora. Si hace uso de la razon, y no se fía de las primeras apariencias de los sentidos, juzgará que el dolor y el vómito nacen de afecto histérico, y con pocos remedios facilmente le dará la salud. Son infinitos los males internos, que por defuera se presentan á nuestros sentidos con señales semejantes, y es menester un juicio atinado para distinguirlos, notando atentamente los efectos y signos necesarios, que inseparablemente van con cada una de las dolencias; pero no hay que esperar que los conozcan los Médicos vulgares, que solo se gobiernan por los sentidos, y no consultan la razon.
[19] De la misma suerte se engañaría el que en el _parhelio_, esto es, quando aparecen á la vista tres Soles, como sucede algunas veces, y los he visto yo, creyese que en la realidad eran tres los Soles, aunque los ojos los manifiestan enteramente semejantes. Otro modo de errar por los sentidos es negar todo lo que no se ve con los ojos. El humo, aunque el fuego esté oculto, le manifiesta. Las golondrinas con su venida en la Primavera y retirada en Otoño muestran una causa oculta á nuestros sentidos, que las mueve á estas mutaciones. La materia eterea, esto es, sutilísima, é imperceptible por nuestros ojos, esparcida por todo el Universo y causa de los principales fenómenos de él, se descubre por efectos necesarios y signos inseparables de su presencia y eficacia, como lo he declarado en varios escritos mios. Los Gentiles á esta materia eterea la dieron atributos de divinidad; pero así en esto, como en otras muchas cosas erraron torpemente por faltarles la Religion verdadera. Los vapores y exhalaciones de los cuerpos no los vemos; y son ciertos, porque nos constan por sus admirables efectos, que observamos con otros sentidos, y alcanzamos con la razon[a]. Lo que hemos dicho, explicando los signos y las demonstraciones, junto con lo que aquí acabamos de proponer acerca de los engaños de los sentidos, puede hacer mas cautos á los Físicos, Anatómicos, Botánicos, Naturalistas, para no llenar de tantas falsedades, y vanas observaciones sus escritos, y no dar por _inventos_ las cosas, que, ó no exîsten, ó no son nuevas.
[Nota a: Debe encargarse á todos la atenta letura del Boyle en su tratado: _De mirabili vi effluviorum_.]
[20] Pero en ninguna cosa se engañan mas los hombres, haciendo mal uso de los sentidos, que en el trato civil; y todos los errores que en él se cometen, solo nacen de que se fían demasiadamente de las apariencias sensibles. Casi todos siguen las cosas que se imprimen mas en la mente; y como las cosas sensibles hagan esto porque tocan á los hombres mas vivamente, por eso facilmente dexan llevarse de sus impresiones. Pero el hombre sabio, enterado de los engaños que ocasionan las imágenes de los sentidos, percibe como los demas los objetos que se le presentan, y juzga, no segun las apariencias, sino segun la razon. Si yo pudiera imprimir esta máxîma en el comun de los hombres, sé ciertamente que serían mas racionales, y menos sensibles. Para conocer esto, haré ver algunos errores freqüentes en el comercio civil, y este conocimiento podrá servir para evitar muchos otros, siendo imposible proponerlos todos.
[21] Es freqüentísimo juzgar los hombres de las cosas por las apariencias que se presentan á los sentidos, sin exâminar la realidad de las mismas cosas, y por eso es tambien freqüentísimo engañarse. _Bello rostro tiene Ariston_, dice uno, _la cara es de hombre de bien: ¡qué agasajo tiene! es cierto que tiene policía, y habla con modo, y trata con cortesía á toda el mundo. ¡O! es Ariston muy buen hombre_. Este juicio de que Ariston es hombre de bien porque tiene buen rostro, porque habla con modo, &c. suele ser falsísimo, y muchas veces con estas circunstancias se halla un ladron insigne. La razon dicta, que para afirmar seguramente que Ariston es hombre bueno, sepamos que es virtuoso, porque, como hemos dicho, no puede serlo de otra forma. Pues si todas aquellas apariencias externas se compadecen tanto con la virtud como con el vicio, ¿por qué ha de gobernarse el hombre por ellas para afirmarlo? Del mismo modo yerran los que juzgan lo contrario. _Cleóbulo_, dice otro, _va con hábitos largos, el cuello torcido, sombrero grande, con gran compostura, y despues se ha averiguado que era hipócrita, y por tal le han castigado. No hay que creer, pues, á estos que andan con semejante trage, y figura._ Este último juicio es erradísimo, ya porque de un exemplar, que se ha presentado á los sentidos, no se ha de juzgar de todos, como hemos visto, hablando de las inducciones: ya tambien, porque si Cleóbulo con aquel hábito exterior de virtud era hipócrita, no lo son otros; antes debe ser regular acompañar á la verdadera virtud aquella modesta compostura.
[22] Por otro camino yerran tambien muchísimos. Oyen á un Predicador, que habla con frases compuestas y adornadas: sus voces son exquisitas, sus cláusulas tienen cadencia, su ayre en el decir es primoroso, sus movimientos muy prontos, y sin otro exámen dicen: _¡O! este es un Predicador sin segundo._ Este juicio es de los mas comunes, y mas errados que oigo en el trato civil. Con todas aquellas prendas no tiene el Predicador otra habilidad, que la de embelesar á necios, porque todas no hacen mas que hinchar la fantasía, y halagar los sentidos con bellas apariencias. Tan acertado es aquel juicio, como el que hiciera un hombre si viese á una mona con manillas, perlas, afeytes, y otros adornos externos, y la tuviera por hermosa. La regla fixa[a] que qualquiera hombre cuerdo ha de tener para distinguir estas vanas apariencias de la realidad de las cosas, es considerar la solidez de las máxîmas que el Predicador propone, y ver si en ellas resplandece lo verdadero y lo bueno, y si hay orden, y conexîon entre las pruebas del asunto, y si estas son eficaces para hacer que el auditorio convencido, se mueva á amar lo bueno que se propone, y seguir la verdad que se persuade; pero en oyendo á un Predicador que empieza con antitesis freqüentes, con vanos preámbulos, con frases muy estudiadas, y con cadencias poéticas, será bien desconfiar un poco, porque es cosa comunísima que semejantes artificios anden juntos, no con verdades sólidas, sino con fruslerías y puerilidades. En efecto estas artes son para encantar los sentidos con la armonía de aquella música con que el Orador canta mejor que predica, y no hemos de dexarnos llevar de sombras, sino de realidades.
[Nota a: _Nos autem, qui rerum magis quam verborum amatores, utilia potius quam plausibilia sectamur, non id quaerimus, ut in nobis inania saeculorum, ornamenta, sed ut salubria rerum emolumenta laudentur._ Salvian. _de Judic. & Provid. Dei in Prooemio, pág. 28. Bibl. Vet. PP. tom. 8._]
[23] Cada vez que veo esto entre los Christianos, me lastimo de la falta de Lógica de muchos oyentes, porque si estos supieran despreciar como merecen tales adornos, tal vez no los usarian los Predicadores. Y es cierto que no los necesitan los que predican la palabra de Dios, porque esta por sí es eficacísima, y propuesta con claridad y dulzura, halla facil acogida en el corazon humano, donde están estampadas las señales de la luz del rostro del Señor. Las máxîmas del Evangelio de Jesu-Christo llevan consigo tanta claridad y resplandor, que no necesitan para ser estimadas de vanos adornos, y mucho menos de las superfluidades con que á veces las vemos vestidas; y es cosa comunísima que los que predican valiéndose de semejantes artificios hagan muy poco fruto, porque los hombres son muy sensibles, y escuchan con mayor gusto los atractivos de los sentidos, que el peso de la razon; y si debaxo de aquellos aparatos hay algunas verdades sólidas, no las considera el entendimiento, porque le ofusca la aparente dulzura de los sentidos[a].
[Nota a: _Ne à me quaeras pueriles declamationes, sententiarum flosculos, verborum lenocinia, & per fines capitulorum singulorum acuta quaedam, breviterque conclusa quae plausus, & clamores excitant audientium._ Sanct. Hieron. _ad Nepotian. Epist. 52. p. 256. t. 1. edic. de Verona de 1734._]