Lo prohibido (tomo 1 de 2)

Part 8

Chapter 83,932 wordsPublic domain

--¿Y le harás un regalo como de millonario? ¿Me dejas escoger lo que yo quiera en casa de _Capdeville_?

--Sí: puedes empezar.

--Bien, bien... ¡Currí... Currí!

El perro pequeño entró, obedeciendo á las voces de su ama. Puso las patas en su falda, luego en la cintura, por fin en aquel seno hermosísimo. Ella le daba besos, le agasajaba, dejábase lamer por él.

--Ven acá, tesoro de tu madre, rico, alegría de la casa.

--Yo no puedo ver esto --decía Eloísa con enfado, levantándose para retirarse--. Me voy.

--No, no, hermanita; no te vayas... Lárgate, Currí, Currí... Largo, y no parezcas más por aquí.

--No, no me beses --chillaba Eloísa, apartando su cara--; no pongas sobre mí esa boca con que has estado hociqueando al perro. Tonta, loca, ¡cuándo sentarás la cabeza!... José María está estupefacto de verte hacer tonterías.

--José María no se enfada, ¿verdad? Y ahora que caigo en ello, ¿por qué no me convidas esta noche al teatro?

--Otra más fresca...

--¿Pues por qué no? Después que hemos echado la casa por la ventana para obsequiarle... El día de hoy nos arruina para todo el mes. Sí, dile que sí. José María, esta noche...

--Te mandaré un palco para el teatro que quieras. Elige tú.

--Constantino --gritó Camila, cantando la marcha real--, esta noche vamos al teatro. Mira, tú, mi maridillo irá por el palco. Dame á mí los cuartitos.

Yo decía para mí: «No tiene decoro, ni vergüenza, ni delicadeza tampoco. Es completa. Si me obligaran á vivir con un tipo así, al tercer día me enterraban.»

Eloísa estaba disgustada y deseaba marcharse. Yo también. Busqué á Raimundo para salir con él; pero mi primo se había dormido profundamente sobre el sofá de guttapercha del comedor. Camila le cubrió con la capa para que no se enfriase.

--Ve pronto por el palco --decía la señora de Miquis á su marido-- que es noche de moda, y si tardas no habrá localidades. Vamos... menea esas zancas. ¿A qué aguardas?

El manchego no se hizo de rogar. Pronto le sentimos bajar la escalera, saltando los escalones de cuatro en cuatro.

--Iré luego á casa de mamá --dijo Camila, poniendo á su hermana el sombrero y el abrigo--. Adiós, _comparito_.

Le dí la mano, y ella me la apretó mucho.

VIII

En que se aclaran cosas expuestas en el anterior.

Cuando bajábamos, Eloísa me dijo:

--¿Vas á venir á acompañarme?

En el tono con que esto fué dicho, conocí su deseo de que no la acompañara. Yo tampoco tenía intención de hacerlo. Aquel recelo de no aparecer juntos en público al mismo tiempo nos acometía á entrambos, revelando, no sólo la conformidad, sino también la poca rectitud de nuestros pensamientos. Ella entró en su coche y fué á la calle del Olmo; yo me bajé á pie á la Castellana para dar una vuelta. Volví á casa al anochecer, y á poco sentí llegar el carruaje de mi prima. Obedeciendo á instintivo movimiento y á una curiosidad tonta, salí á mi puerta. Tuve el pueril antojo de atisbar por el ventanillo para verla subir sin que ella me viese. Siéndome fácil hablar con ella á todas horas, ¿qué significaba aquel acecho? Nada más que el ansia del misterio, la necesidad de poner en mi pasión la sal del incidente. Aquel mirar furtivo por la rejilla de cobre era ya un paso interesante y que rompía los términos rutinarios de la vida formal para ponernos en la esfera de las travesuras, más sabrosas cuanto más anormales... La ví subir. Noté que al pasar por mi puerta la miró como deseando que estuviese abierta, ó que el azar le proporcionase un pretexto para colarse dentro. El lacayo subía tras ella con un montón de paquetes de compras.

Nos vimos aquella noche en su casa. Hablé con todo el mundo menos con ella. Ambos temíamos dar á conocer nuestra conciencia, no turbada aún más que por pensamientos. Presagiábamos las peligrosas resultas de ellos; mas no se nos ocurría extirparlos, sino simplemente evitar que nos salieran á la cara. Con Carrillo, que había cogido un pasmo, hablé de todas las clases de constipaciones posibles; describí el proceso patológico de los míos y de los de mi padre, y mi tía Pilar vino en buena hora á dar nuevos horizontes á mi erudición con preciosos datos catarrales referentes á otras personas de la familia. Hicimos luego una ensalada inglesa. Hablé de los _whigs_ y los _torys_, de la reforma electoral de 1834, del _Habeas corpus_, de la Liga de Manchester y del _bill_ de cereales. Sir Roberto Peel quedó hecho trizas de tanto como le manoseamos Carrillo y yo, y no salieron mejor librados lord Chatam, Cobden, Russell, Palmerston y los modernos Disraeli y Gladstone. Nos volvíamos ingleses sin saberlo, y esto precisamente cuando mi sangre andaluza, la savia paterna, obscurecía y anonadaba en mí lo que yo había recibido del sér británico de mi madre.

Cuando me retiré, despedíme de todos menos de Eloísa, que al verme en pie se marchó al cuarto de su hijo. Y me la llevaba conmigo á mi casa, _in mente_; la robaba como hacía mi tío Serafín con las baratijas de su gusto, y me la guardaba en mi corazón, como en un bolsillo, reducida á impalpable esencia, cuando no la subía al entrecejo para darle allí vida febril, haciéndola compañera de mis soledades. Las noches de insomnio, las madrugadas de inquieto sueño, los días tristes alambicaban mi querencia poniéndome en estado de hacer tonterías de mozalbete si se hubiera presentado ocasión de ello. No las hice, porque Dios no quiso. Pero estaba dispuesto á todo, hasta á volverme romántico y _wertheriano_, á pesar de que los tiempos son tan poco propicios para que un hombre se ponga en semejante estado.

Una tarde del mes de Marzo nos encontramos casualmente en la calle. Ambos nos turbamos. Nos veíamos diariamente en la casa sin experimentar turbación, y en la calle, solos, al darnos las manos, parecía que temblábamos por tal encuentro y que habríamos deseado evitarlo. Iba yo hacia el Banco de España, ella á casa de una amiga. Nos separamos. Sin darnos cuenta de ello, por medio de una sencilla pregunta semejante á esas que se hacen por decir algo y de una respuesta más sencilla aún, nos dimos cita para aquella tarde en la casa de la calle del Olmo. Vinieron los sucesos impensada y tontamente, con ese canon fatal que equipara en el orden de la realidad las cosas más triviales á las más graves y de más peligrosa transcendencia. Las cuatro serían cuando entré en la casa. No había nadie de la familia más que Eloísa. No tuve que llamar. La puerta estaba abierta, y un operario arreglaba la entrada del gas. Sentí martilleo en las habitaciones interiores, y al pasar junto á una puerta, oí la conversación de unas mujeres que, sentadas en el suelo, estaban cosiendo alfombras. Parecióme que yo me introducía invisible, como el gas, pasando por escondidos, angostos y callados tubos.

Avancé. Bien sabía yo á dónde iba. Tan seguro estaba de encontrarla como de la luz del día. Después de atravesar dos salones, ví á Eloísa de espaldas. Estaba repasando una colección de estampas puesta en voluminosa carpeta. Acerquéme á ella de puntillas; mas aún no estaba á dos pasos de su hermosa figura, cuando sin volverse dijo esto:

--Sí, ya te siento; no creas que me asustas...

IX

Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y la leyenda de las cuentas de vidrio.

I

A la semana siguiente, instalóse mi prima en su nueva casa. Un día antes de mudarse, estuvo en la mía por la tarde, en ocasión que yo me encontraba solo. Hablamos atropellada y nerviosamente de las dificultades que nos cercaban; ella temía el escándalo, parecía muy cuidadosa de su reputación y aun dispuesta á sacrificar el amor que me tenía por el decoro de la familia. Manifestaba también escrúpulos religiosos y de conciencia, que yo acallé como pude con los argumentos socorridos que nunca faltan para casos tales. En ninguna de las conversaciones de aquellos días nombrábamos jamás á Carrillo. Unicamente hizo Eloísa alguna tímida referencia á la equivocación lamentable de su casamiento. Fué, más que una ceguera de ella, terquedad de su mamá y tontería de su papá... No tenía ella, no, toda la culpa de su falta. ¡Pícaro mundo! ¿Por qué no vine yo antes á Madrid? Y ya que no vine antes, cuando hubiera sido ocasión de casarnos, ¿por qué vine después, cuando ya el conocerme la había de hacer tan desgraciada? En resumidas cuentas, yo tenía toda la culpa... Pero ya, ¿qué remedio...? La atracción que á entrambos nos había unido era más fuerte que todas las demás cosas del alma. Imposible luchar contra ella... ¡Pero el escándalo, la pérdida de la reputación, el murmullo de la gente, su hijo... el pobre _barbián_, que cuando creciera oiría decir que su mamita no había sido buena, como deben serlo todas las mamás!... Las delicias de amar por vez primera y única eran acibaradas por aquella zozobra punzante, por aquel miedo al _qué dirán_, por el presentimiento de catástrofes y desventuras que es la sombra fatídica que se hace á sí misma la vida ilegal.

Y otra cosa... ¿Cómo, dónde y cuándo nos veríamos?... Porque pensar que podría transcurrir una semana sin vernos á solas, era pensar en la eternidad de la desdicha humana. Sobre esto hablamos largamente y con cierto ahogo, sin que yo pueda precisar ahora cuáles conceptos salieron de su boca, cuáles de la mía, cuáles de entrambas á la vez y como en un solo aliento. «Nos veríamos en su casa...» «No, no: en la mía...» «No, no: en otra...» «¿Dónde?...» «Pues nos daríamos cita en tal ó cual parte...» «Yo arreglaría una casita muy cuca...»

La felicidad que me embargaba y que juntamente significaba amor, idealismo y satisfacción del amor propio, era demasiado grande para que yo pudiera encerrarla en el secreto de mi alma. No quería yo el escándalo; mi moral era aún bastante remilgada para enseñarme lo que debemos al decoro; la publicidad érame antipática; pero, con todo, mi ventura me ahogaba hinchándome el pecho, sin duda por la parte que la vanidad tenía en ella. Erame forzoso mostrar á alguien mis bien ganados laureles; yo buscaba tal vez, sin darme cuenta de ello, un aplauso á la secreta aventura. Con nadie podía tener una confianza delicada como con Severiano Rodríguez, amigo mío muy querido de toda la vida. Conocía su discreción. Él me guardaría mi secreto como yo le guardaba los suyos. También Severiano estaba enredado con una señora casada; sólo que esto era tan público en Madrid como la Bula. Contéle, pues, todo, y no se sorprendió. Se lo temía el muy pillo. Díjome, con aquél su estilo figurativo y genuinamente andaluz, que era inútil quisiera yo hacer el _niño del mérito_, guardando una reserva que era lo mismo que poner persianas al viento; que no intentara trastear al público, que es animal de mucho _quinqué_, y, por fin, que los tiempos de notoriedad que corremos hacen imposible el tapujito, lo que viene á ser una ventaja de nuestra edad sobre las precedentes.

Razón tenía mi amigo. Dos meses después, advertí que mi secreto había dejado de serlo para muchas personas, aunque las conveniencias seguían guardándose con la mayor escrupulosidad. El amor por una parte, con la dulzura de sus goces prohibidos; la vanidad victoriosa por otra, mantenían mi espíritu en estado de tensión incesante. Yo no cabía en mí de gozo. Me sentía ya capaz, no sólo de locuras románticas, sino aun de las mayores violencias, si alguien osara disputarme aquel bien que consideraba eternamente mío. Eloísa me esclavizaba con fuerza irresistible. Su tenaz cariño era pagado liberalmente por mí con exaltada pasión, con estimación, hasta con respeto, con todo lo que el corazón humano puede dar de sí en su variada florescencia afectiva. Y en cierto modo me recreaba en ella como si fuera algo, no sólo perteneciente á mí, sino hechura de mi propia pasión. Porque sí: Eloísa era más hermosa desde que estaba en relaciones conmigo; como mujer valía más, mucho más que antes. Su elegancia superaba á los encomios que hacía de ella la lisonja. Desde que se instaló en su nueva y primorosa vivienda, parecía que había subido de golpe al último grado de esa nobleza del vestir, que no tiene nombre en castellano. Todas las seducciones se reunían en ella. Y yo... ¡para que vean ustedes cómo me puse!... la miraba como miraría el artista su obra maestra. No es esto, no, lo que quiero decir: mirábala como una planta que yo había regado con mi aliento, abrigado con mi calor y fertilizado con mi dinero, criándola para goce mío y recreo de la vista de los demás.

Francamente, en mi cerebro había algo anormal, un tornillo roto, como gráficamente decía mi tío al descubrir las variadas chifladuras de la familia. Yo no estaba en mí en aquella época; yo andaba desquiciado, ido, con movimientos irregulares y violentos, como una máquina á la cual se le ha caído una pieza importante. De tal modo estaba alterado mi equilibrio, que á cada momento lo daba á conocer. Si no hacía cosas ridículas, era porque conservaba muy vivo el respeto exterior de mí mismo; pero decía majaderías, como las que antes, en boca de otros, me habían hecho reir mucho.

Con la familia me hallaba algo cohibido. Temía que el tío se enfadase, que mi tía Pilar me echase los tiempos por la situación poco decorosa en que yo había puesto á su hija. Pero ninguno se dió por entendido. O no lo sabían, ó lo disimulaban. Raimundo y María Juana tampoco chistaban. Sólo Camila se permitió algunas reticencias, de que no hice caso. Toda la familia me trataba de la misma manera, con el mismo afecto y cortesía, y yo, agradecido á esta condescendencia natural ó estudiada, les correspondía redoblando con respecto á ellos mi generosidad. Era ésta en mí como una corruptela para comprar su tolerancia, ó subvención otorgada á su silencio. No cesaba, pues, de hacer regalitos á mi tía, algunos de consideración; daba cigarros y dinero á Raimundo; compré un piano á Camila, pues el que tenía estaba ya asmático, y á todos les obsequiaba un día y otro con palcos ó butacas en los principales teatros.

Pero mis arranques más costosos eran para Eloísa, á quien constantemente daba sorpresas, añadiendo á sus colecciones objetos diversos, ya un cuadrito de buena firma, ya un caprichoso mueble, antigüedad de mérito ó primorosa alhaja de moda. Grande era mi gozo cuando observaba el suyo al recibir el presente. A veces me reñía, ponía morros por aquel afán mío de gastar el dinero tan sin substancia. Nunca me pedía nada; pero muy á menudo la observé como atontada pensando en algún objeto recientemente exhibido en las tiendas de lujo. Tenía momentos de entusiasmo suponiéndose poseedora de él, ratos de tristeza considerándose incapaz de poseerlo. Precisaba calmar esta exaltación con la única medicina eficaz, la compra del pícaro objeto. Este era bien un jarrón japonés de la fábrica imperial, con la pátina antigua, ó un par de tibores de _Sachsuma_. Era á veces el motivo de sus ansias una delicada pieza de Wedgwood ó una credencia de ébano y marfil. A esto añadí, por Mayo, una berlina de Binder y un piano media-cola de Erard; pero ningún capítulo subía tanto como el de alhajas, pues por el collar de perlas, la _rivière_ de brillantes, una pulsera de _ojos de gato_, una rosa suelta y varias chucherías, me dejé en casa de Marabini quince mil duritos.

II

Llegó el verano. La familia de mi tío tenía casa tomada en San Juan de Luz. Eloísa fué con su marido á Biarritz, de donde pasarían á París á consulta de médicos. En París me planté yo, para esperarles, y no tuve tiempo de impacientarme, pues mi prima acudió puntual á la cita. El pobre Pepe estaba delicadísimo y no podía invertir su tiempo más que en dejarse ver y examinar de las eminencias médicas, en someterse á tratamientos fastidiosos y en pasear algún rato, absteniéndose de salir de noche y de todo regalo en las comidas. Vivían en el Hotel de la calle de _Scribe_. Yo estaba, como siempre, en el de _Helder_. Fácil nos era á mi prima y á mí vernos y citarnos en la ilimitada libertad parisiense y aun hacer algunas excursiones cortas á las inmediaciones. En los cuatro días que Carrillo estuvo sin más compañía que la de un camarero, en los baños de Enghien, disfrutamos los pecadores de una independencia que hasta entonces no habíamos conocido. Eloísa iba á mi hotel. Estábamos como en nuestra casa, libres, solos, haciendo lo que se nos antojaba, almorzando en la mesilla de mi gabinete, ella sin peinarse, á medio vestir; yo vestido también con el mayor abandono; ambos irreflexivos, indolentes, gozando de la vida como los seres más autónomos y más enamorados de la creación. En nuestros coloquios, amenizados por constante reir, nos comparábamos con las dichosas parejas del barrio latino, el estudiante y la griseta, el pintor y su modelo, viviendo al día con dos ó tres francos y una ración inmensa de amor sin cuidados. Nosotros éramos mucho más felices porque teníamos dinero y podríamos paladear mejor tanta dicha. Para gozar á nuestras anchas de la libertad parisiense, tomábamos el tren en San Lázaro y nos íbamos á San Germán, almorzábamos en la Terraza, paseábamos por el bosque, corríamos, nos acostábamos sobre la hierba... ¡Qué horas tan dulces! Como quien se contempla en un espejo, nos recreábamos en las muchas parejas que veíamos semejantes á nosotros. Componíanse de algún extranjero, ávido de echar una cana al aire, y de alguna _bulevardista_, por lo general de buen parecer y modales un tanto desenvueltos. En otras parejas se advertía una confianza, una intimidad que no son propias de las relaciones de un día. Eran amantes, como nosotros, que hacían una escapatoria como la nuestra, para burlar con delirante satisfacción la insoportable vigilancia de las leyes divinas y humanas. Veíamos hombres de semblante inquieto y fatigado; mujeres guapas, guapísimas, vestidas con una elegancia que cautivaba á Eloísa. Esta se fijaba en la manera de vestir de aquella gente, y en la originalidad de sus atavíos. Eran como anuncio vivo de los modistos, que por tal procedimiento hacían público reclamo de las novedades de la estación próxima.

Por la noche nos metíamos en los teatros y cafés cantantes más depravados. Era preciso verlo todo, sin perjuicio de ir por la mañana á las misas aristocráticas de la Magdalena y de la _Capilla Expiatoria_... El resto del día lo empleábamos en las tiendas. Eloísa quería surtirse con tiempo de muchas cosas que en Madrid habían de costarle el doble. Compraba, pues, por economía. Los grandes almacenes y los establecimientos más de moda recibían nuestra visita. También solía llevarme á casa de los célebres anticuarios de la calle Real, y á los depósitos de artículos de China, Persia, Japón y Siam. Lo japonés abundaba poco en Madrid todavía, mientras que en París estaba al alcance de todas las fortunas. ¿Cómo no apresurarse á llevar un surtido de telas, vasos, estantillos, dos ó tres biombos, lacas, y hasta las ínfimas baratijas de papel y cartón que declaran el maravilloso sentimiento artístico de aquella gente asiática, sólo igualada por la clásica Grecia? Al propio tiempo la señora de Carrillo no podía, ya que felizmente estaba en la capital de la moda, dejar de equiparse para el próximo invierno. Su amor propio pedíale no ser de las últimas en la introducción de las novedades, mejor dicho, la incitaba á ser la primera. En casa de Worth se encontró á la de San Salomó; á donde quiera que iba tropezaba con la siempre inquieta y bulliciosa marquesa, y esto mismo estimulaba en mi prima los deseos de superarla. Cada una quería hacer pinitos sobre la otra, anticipándose á llevar á Madrid lo mejor, lo más bonito y nuevo... Pronto perdí la cuenta de las cajas que mi primita expidió para Irún en los últimos días de Septiembre.

Pero á falta de este dato, otros más exactos me permitían apreciar numéricamente los entusiasmos de Eloísa. En la primavera anterior había ordenado yo á mi banquero de París que me vendiera los títulos de 4½ por 100 que tenía en su poder, cuyo valor ascendía próximamente á unos ciento setenta y cinco mil francos. Era mi intención traer á España aquel dinero para emplearlo con otras sumas en inmuebles urbanos ó en los títulos creados por Camacho. Cuando fuí á París, Mitjans había hecho la venta y tenía en su caja, á disposición mía, el líquido de la realización. Díjele que lo retuviese en su casa, que yo tomaría para mis gastos lo que necesitara, y el resto me lo daría en letras sobre Madrid á la conclusión de la temporada. Tales sangrías dí á aquel depósito, que cuando fuí á liquidar, sólo me restaban siete mil francos, que Mitjans me dió en una carta-orden. Y no paró aquí mi desgracia, pues el día de la marcha sobrevinieron no sé qué olvidadas cuentas de mi prima Eloísa, y tuve que ir á última hora, echando los bofes, á casa de Mitjans á pedirle un préstamo de cuatro mil francos para poder volver á España.

Este acontecimiento causóme sobresalto. Era la primera vez en mi vida que me sorprendía en flagrante delito contra las augustas leyes de la Aritmética. Hasta entonces mi mente no había sufrido una distracción tan profunda y sostenida. En las ocasiones de mayor ceguera había percibido siempre la salvadora claridad de los números; que de algo ¡vive Dios! habían de valerme los quince años pasados en el saludable ejercicio mental de un escritorio. ¿Y unos cuantos meses de loco desatino podían destruir los efectos de mi educación económica? No, seguramente no. Mi espíritu, habituado á la contabilidad, resurgía valiente, sacudía la modorra, trataba de romper la nube de la ofuscación que lo envolvía con efectos semejantes á los de un narcótico. Ví la clara imagen de la diosa Cantidad, alta, severa, con una luz en la mano que al modo de faro me alumbraba para que no naufragase.

Fuí educado en los negocios y respiré en mi niñez el aire espeso, sombrío de la práctica Inglaterra, que con el humo que introduce en nuestros pulmones parece que nos infiltra en el cuerpo la costumbre de la exactitud en todas las cosas. Mi juventud desarrollóse también en la gimnasia de la cantidad, así como la de otros crece en los placeres frívolos. Yo tenía, pues, en mí una virtualidad redentora, el _tanto_, el verbo inglés, dócil á las órdenes de mi razón; el número, sí, no menos grande y fecundo que la idea, como energía anímica. Al verificarse en mí aquel despertamiento, halléme en terreno firme y dije con resolución: «No, niña mía, esto no puede seguir así.»

III

En Madrid traté de poner orden en mis asuntos. A fines de Octubre, pasóme el Banco el extracto de mi cuenta corriente y ví que apenas me quedaban unas dos mil pesetas. Había gastado ya toda mi renta del año, cuando en los precedentes apenas había llegado á la mitad, y con la otra mitad aumentaba mi capital. En aquellos días recibí de Jerez varias letras y algún papel de Londres.

Eran el tercer plazo anual de mis arrendamientos y un residuo de la venta de existencias. Había pensado yo destinar este dinero á consolidación de capital; pero no pudo ser porque tuve que enviarlo á mi cuenta corriente del Banco para los gastos del último trimestre de 82. Una breve operación me dió á conocer que mi fortuna había disminuído aquel año en muy cerca de noventa mil duros. ¡Cosa singular! Yo tenía, durante las embriagueces de aquel año, vagas nociones de esta cifra negativa; pero no me causó temor hasta que la ví salir de la punta de la pluma en infalibles guarismos. Me parecía mentira que tal suma hubiera sido espolvoreada por mí en diversas tiendas de París y Madrid; y no obstante, bien cierto era. Lo hice sin darme cuenta de ello, ciego y alucinado, olvidando esa admirable función del espíritu que llamamos sumar, y atento sólo á los aguijonazos de la voluptuosidad y del amor propio.