Part 2
»Por último, mi hija Camila, la menor de las tres, es la menos favorecida en dotes morales. No es esto decir que sea mala. ¡Oh! no, no la juzgues por la apariencia. Como era la más pequeña, la hemos mimado más de la cuenta y nos ha salido mal educada. Parece una loca, parece más bien casquivana y superficial; pero yo sé que hay en ella un gran fondo de rectitud. No puedes figurarte la pena que siento cuando oigo decir que Camila acabará en un manicomio. ¡Qué injusticia! Los que tal dicen no la conocen como la conozco yo. Esas prontitudes suyas, esas extravagancias, esas sinceridades tan chocantes y á veces de tan mal gusto, no son más que chiquilladas que se le irán curando con la edad. Tres meses há que se nos casó. Creo que este matrimonio ha sido algo prematuro; pero se puso la niña en tales términos, que una mañana me espeluznó Pilar contándome que la había sorprendido preparando una toma de fósforos disueltos en agua... Ya sentará la cabeza. Si es forzoso que también descubra y señale en Camila una puntada de neurosis, no encuentro otra más merecedora de tal nombre que querer á ese bruto...
Al llegar aquí, la facundia de aquel gran hablador, engolosinada por la sangre de uno de sus yernos, á quien acababa de morder, la emprendió con los tres á un tiempo, dejándoles al fin bastante magullados. Hizo luego de mí, sin venir á cuento, elogios que me avergonzaron. Yo era, según él, un hombre como se ven pocos en el mundo, por las dotes físicas y por las morales. De todo este panegírico saqué otra vez en limpio, leyendo en la intención y en el desconsuelo de mi tío, que éste habría deseado que sus tres hijas fuesen una sola, y que esta hija única suya hubiera sido mi mujer.
Fenómeno singular, que recomiendo á los médicos para que se acuerden de él cuando les caiga un caso de neurosis: lo mismo fué acabar mi tío aquel prolijo cuento, historia ó pliego de aleluyas de la calamidad que te aflige, ¡oh perínclita raza de los Buenos de Guzmán! me sentí aliviadísimo de la parte que me correspondía por fuero de familia, y este alivio fué creciendo en términos que un rato después me encontraba completamente bien. El ataque había pasado como nube arrastrada por el viento.
IV
Ratos muy buenos pasaba yo en casa de mi tío, donde nunca faltaba animación. Eloísa vivía con sus padres; Camila en un tercero de la misma casa, pero todo el santo día lo pasaba en el principal; María Juana, que habitaba en el barrio de Salamanca, hacía largas visitas á la casa de Recoletos. Viéndolas allí á todas horas alrededor de su madre, charla que charla, unas veces riendo, otras disputando sobre cualquier tema de actualidad, se habría podido creer que eran solteras, si la presencia de los respectivos consortes no lo desmintiese.
Pocas mujeres he visto más arrogantes que María Juana. Era una belleza estatuaria, diosa falsificada, clasicismo vestido, si los mármoles admitieran el corsé de ballenas y las telas modernas. Desde que la conocí, inspiróme más admiración que estima, pues algo va de escultura á persona. Su airecillo presuntuoso no fué nunca de mi agrado. Por aquellos días no había empezado á engordar todavía, y así su engreimiento no tenía la encarnación monumental que ha tomado después. Su marido me fué más simpático. Parecióme un hombre de gran rectitud, veraz, sencillo, con cierta tosquedad no bien tapada por el barniz que le daba su riqueza; callado, prudente, modesto en todo, y muy principalmente en la estatura, pues era uno de los hombres más pequeños que yo había visto. Cuando paseaba con su mujer, por cada dos pasos que ella daba, él tenía que dar tres. Después supe que no era ambicioso; que no aspiraba á ser padre de la patria, ni á fatigar á los órganos de la publicidad con la repetición de su nombre; lo que me sorprendió, pues es de hombres chicos el apetecer cosas altas. Gustaba de la vida obscura, arreglada y cómoda, y sus ideas, poco brillantes, giraban dentro del círculo estrecho del ya anticuado criterio progresista; pero siendo el tal una de las personas que con más sinceridad deploraban los males del país, no tenía la petulancia de creerse llamado, como otros campeones del vulgo, á remediarlos por sí mismo. Contáronme que su origen era humilde. Su padre, que había hecho mucho dinero con los transportes en la primera guerra civil, usaba siempre en Madrid el pintoresco traje de Astorga.
Muerto su padre, Cristóbal Medina heredó con sus dos hermanos una pingüe fortuna. Casó con mi prima dos años antes de mi venida á Madrid, y hasta entonces no habían tenido sucesión, ni después la han tenido tampoco. Viviendo en plácida armonía, en su casa todo era orden y método. Gastaban mucho menos de lo que tenían, y no se señalaban por su generosidad. Así llegó la malicia á tacharles de sordidez y del prurito de alambicar, apurar y retorcer demasiadamente los números. No sé si era ésta ú otra la causa de que tuvieran algunos enemigos, gente quizás desgobernada y maldiciente que persigue con sátiras de mal gusto á los que no tiran el dinero por la ventana. Una señora muy conocida que fué compañera de colegio de mi prima y después, por ciertas cuestiones, ha trocado su cariño en odio implacable, le puso un apodo que por suerte no ha prevalecido sino en el círculo de los envidiosos. Recordando que al padre de Cristóbal se le conocía hace cuarenta años por _el ordinario de Astorga_, dió aquella mala lengua en llamar á María Juana _la ordinaria de Medina_.
En cuanto al mérito intelectual de ésta, bastaba tratarla un poco para descubrir en ella ideas muy juiciosas; por ejemplo: dar más valor á las satisfacciones de una conducta honrada que á los vanos éxitos de la vida oficial; preferir los moderados goces de una fortuna bien distribuída á los regocijos escandalosos con que algunas casas ocultan sus trampas y su ruina. De sus conversaciones se desprendía un tufillo puritano, una filosófica reprobación de las farsas sociales, guerra sorda á los que suponen más de lo que son y gastan más de lo que tienen. Pagaba su tributo á la sátira corriente, que se ha hecho amanerada de tanto pasar y repasar por labios españoles, quiero decir, que daba curso á esas resobadas frases que parecen un fenómeno atmosférico, porque las hallamos diluídas en el aire de nuestro aliento y en las ondas sonoras que nos rodean: «¡Oh! si aquí se trabajara; si no hubiera tanto vago, tanto noble arruinado que vive del juego, tanto abogadillo cesante ó ambicioso que vive de las intrigas políticas...» Debo añadir que María Juana había adquirido, no sé si en libros ó en algún periódico, ciertas menudencias de saber político, religioso y literario, que eran la admiración mayor de todas las admiraciones que su marido tenía por ella. El amor de Medina principiaba en ternura y acababa en veneración, motivada sin duda por la superioridad de ella en todos los terrenos. Tenía este matrimonio muchas y buenas relaciones. ¿Cómo no tenerlas si eran ricos, cuando hasta los más necesitados y humildes se codean aquí con los poderosos, con tal que sepan envolver su miseria en el paño negro de una levita?
V
Mi prima Eloísa era tan guapa como su hermana mayor, y mucho, pero mucho más linda. María Juana era una belleza marmórea; mas Eloísa parecióme obra maestra de la carne mortal, pues en su perfección física creí ver impresos los signos más hermosos del alma humana: sentimiento, piedad, querer y soñar. Desde que la ví me gustó mucho, y la tuve por mujer sin par, lo que todos soñamos y no poseemos nunca, el bien que encontramos tarde y cuando ya no podemos cogerlo, en una vuelta inesperada del camino. Cuando ví aquella fruta sabrosa, otro la tenía ya en la mano y le había hincado el diente.
Al poco tiempo de tratarla mis simpatías se avivaron, y me confirmé en la idea de que sus hechizos personales eran simplemente el engaste de mil galas inestimables del orden espiritual. Figuréme hallar en su cara no sé qué expresión de dolor tranquilo, ó bien cierto desconsuelo por verse condenada á la existencia terrestre. Parecía estar diciendo con los ojos: «¡Qué lástima que yo sea mortal!» Al menos así me lo hacía ver mi exaltada admiración. Pronto creí notar en ella un gusto exquisito, un discernimiento admirable para juzgar casi todas las cosas, sin pedantería ni sabiduría, tan natural y peregrinamente como cantan los pájaros, no entendiendo de música. Igual admiración me produjo el sentido práctico que á mi parecer mostraba en las cuestiones y disputas con su mamá y hermanas. Quizás estaba yo alucinado al creer que Eloísa tenía siempre razón.
La diligencia con que sabía atender al aseo, al arreglo y á la apropiada colocación de todas las cosas, me cautivaba más. A medida que iba yo teniendo más confianza con ella, mostrábame nuevas notas de su carácter, en consonancia con las armonías del mío. En su ropero y en una hermosa cómoda antigua tenía colecciones bonitísimas de encajes, de abanicos, de estampas y algunas alhajas de mérito artístico. Al enseñarme aquellos tesoros con tanto amor guardados, solía dejar entrever desconsuelo de que no fueran mejores y de no tener objetos sobresalientes por la riqueza del material y el primor de la obra. El «si yo fuera rica», esa expresión, esa queja universal que sale de los labios de toda persona de nuestros días (y de estos alientos se forma la atmósfera moral que respiramos), brotaba de los suyos con entonación tan patética, que me causaba pena. Por otras conversaciones que tuvimos hube de atribuirle notable aptitud para apreciar el valor de las acciones humanas, teniendo, por tanto, andada la mitad del camino de la virtud. Todo esto pensaba yo en mi entusiasmo caballeresco y silencioso por aquella perla de las primas. Habríame parecido un ideal humanado, criatura superior á las realidades terrestres, si éstas no estuvieran por aquellos meses inscriptas y como estampadas en su contextura mortal. Cuando aquella divinidad me fué conocida, se hallaba en estado interesante. No sé decir si me parecía que ganaba ó perdía en ello su carácter ideal. Creo que á ratos la rebajaba á mis ojos, y á ratos la enaltecía, aquella prueba evidente de la reproducción de sus gracias en otro sér.
Una mañana, á los cuatro meses de vivir yo en Madrid, mi criado, al despertarme, díjome que aquella noche la señorita Eloísa había dado á luz un robusto niño con toda felicidad. Grande alegría en la casa. Yo también me alegré mucho. Sentía hacia la que ya era mamá un cariño leal y respetuoso, verdadero cariño de familia, sin mezcla de maldad alguna.
El marido de mi prima Eloísa era noble, quiero decir, aristócrata. Pertenecía á una de esas familias históricas que con los dispendios de tres generaciones han concluído en punta. Pepe Carrillo (Carrillo de Albornoz) había venido haciendo monos á mi primita desde que ella estaba en el colegio y él en la Universidad. Si se amaron ó no formalmente, no lo sabía yo entonces. Sólo me consta que fueron novios más ó menos entusiasmados como unos ocho años, y que cumplieron todo el programa de cartitas, soserías y de telegrafía pavisosa en teatros y paseos. Carrillo era pobre por sí; pero tenía en perspectiva la herencia de su tía materna, Angelita Caballero, marquesa de Cícero, que era muy anciana y estaba ciega y medio baldada. Esta condición de presunto heredero de un título y de un capital le hizo interesante á los ojos de mis tíos. Casó con Eloísa cuando ésta había cumplido veinticuatro años. Cuando le conocí, estaba el infeliz atenido á un triste sueldo en el ministerio de Estado; pero la esperanza de la herencia le daba alientos para conllevar su vida obscura.
Tenía buena estampa, fisonomía agradable, maneras distinguidísimas; pero una salud tan delicada y una naturaleza tan quebradiza, que la mitad del año estaba enfermo. Respecto á su saber intelectual y moral, debo decir que mis primeras impresiones le fueron muy favorables. Carrillo era un joven estudioso, discreto, y que anhelaba sin duda honrar la clase á que pertenecía. Quería contarse entre esa docena de personas tituladas que, no satisfechas con saber leer y escribir, aspiran á reconstituir la nobleza como una fuerza social y á rehacer esta importante rueda para engranarla en la mecánica política de la Nación. Carrillo, en sus horas de soledad doliente, leía á Erskine May y á Macaulay, deseando saciar en tan ricas fuentes su sed del conocimiento de un sistema admirable, que entre nosotros es pura comedia. Su conversación me declaraba un juicio claro, con pocas ideas propias, pero con aprovechada asimilación de las ajenas.
Pronto hube de observar contraste chocante entre aquel marido de una de mis primas y el marido de la otra, Cristóbal Medina. Este mostraba simpatías hacia instituciones contrarias en absoluto á la humildad de su origen, y dejaba entrever exagerados respetos hacia las clases históricas y castizamente conservadoras, mientras que Carrillo, aristócrata de sangre, no ocultaba su querencia á los sistemas cuyo verbo es la sanción popular. Su mujer le daba alas para esto, poniendo el sello simpático de la aprobación femenina á un orden de ideas que, aun fundadas más bien en lecturas recientes que en añeja convicción, siempre son generosas. Alguien afirmaba que aquel liberalismo del buen Carrillo era un fenómeno de pobreza y señal de lo mucho que tardaba en morirse la marquesa de Cícero, siendo muy probable que todo cambiaría cuando hubiera cuartos que conservar. En aquellos días yo no había podido juzgar aún por mí mismo de asunto tan importante.
VI
Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en la misma moneda. A veces parecía una chiquilla sin pizca de juicio, á veces una mala mujer. Serían tal vez inocentes sus desfachateces, pero no lo parecían, y el parecer dicen que en achaque de moral no es menos importante que la moral misma. Era una escandalosa, una mal educada, llena de mimos y resabios. No debo ocultar que á veces me hacía reir, no sólo porque tenía gracia, sino porque todo lo que sentía lo expresaba con la sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor del espíritu, era para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del otro pudor, venían á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos. No podré pintar el asombro que me causó verla correr por los pasillos de su casa con el más ligero vestido que es posible imaginar. Un día se llegó á mí en paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo hablando de su marido en los términos más irrespetuosos. A veces, después de correr tras las criadas y hacer mil travesuras, impropias de una mujer casada, se ponía á tocar el piano y á cantar canciones francesas y españolas, algunas tan picantes, que, la verdad, yo hacía como que no las entendía. A lo mejor, cuando parecía sosegada, se oía un gran estrépito. Estaba en la cocina jugando con las criadas. Su mamá la reñía sin enfadarse, consintiéndole todo, y aseguraba que era aquello pura inocencia y desconocimiento absoluto del mal. Otras veces dábale por ponerse triste y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á su marido, á sus padres mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que no la queríamos, de que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose al verla así, mandaba preparar abundante ración de tila. Eran los nervios, los pícaros nervios.
Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como las beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia oirla.
Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena, esbeltísima, vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de que jamás un médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan notable como aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia y tostada, indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes, profundamente negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando visitamos un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le faltaba muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias que nunca están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel carácter, que era la negación de todo lo que constituye el encanto de la mujer. La discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del ánimo, el culto de las formas, éranle extraños. Considerábala como la mayor calamidad de una familia, y al hombre condenado á cargar semejante cruz, teníale por el más infeliz de los seres nacidos.
El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería, llamado Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de Augusto Miquis, médico de fama. Al tal le consideré, desde que le ví, destituído de todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino era feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso, pendenciero, brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo, dudando mucho de que fuese un mérito, era su constitución, no menos vigorosa que la de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos los caprichos de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer planchas gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo que yo tenía de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila, llevábame á dar á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen como adorno de la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y gandules de circo sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar razonablemente la inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño humano, que á menudo va por sendas tan contrarias á las de la razón! Contáronme que mis tíos se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo:
--Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón?
Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba:
--Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere.
Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían tenido alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba yo. A su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y modales chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente; otras le decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba, gritando:
--Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!...
Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco decentes á mi ver.
El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de estar muy atrasado en su carrera.
--Pero usted --le preguntaba yo--, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios?
Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el sable y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del ejército. Francamente, me daba tanto asco, que le volví la espalda sin decirle nada. No le creía merecedor ni aun de la impugnación de sus estupideces. María Juana, que estaba allí, díjome aparte con mal contenida ira:
--Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas.
II
Indispensables noticias de mi fortuna, con algunas particularidades acerca de la familia de mi tío y de las cuatro paredes de Eloísa.
I
Voy á hacer la declaración exacta de la fortuna que yo poseía cuando me establecí en Madrid. Este es un dato importante por todos conceptos y que debo exponer con la mayor claridad, aunque no sea sino para desmentir las absurdas consejas que corrían como dogma evangélico acerca de mi capital, y según las cuales (obra de la excitada fantasía de tanto hambriento), yo era puesto en la misma categoría rentística de los Larios de Málaga, López de Barcelona, Misas de Jerez, Céspedes, Murgas y Urquijos de Madrid.
Vais á ver lo que yo tenía.
Al desaparecer del mundo comercial la casa que giraba con mi firma, celebré un convenio con los _Hijos de Nefas_, que se hicieron cargo de todos mis negocios mercantiles, para unirlos á los de su casa, quedando además encargados de liquidar los asuntos pendientes. Según mi cuenta, la liquidación arrojaría unos cuarenta mil duros á mi favor, que los referidos _Hijos de Nefas_ se reservarían, puesto que yo entraba á formar parte de la casa como socio comanditario.
Las viñas arrendadas podían capitalizarse en otros cuarenta mil duros. Lo que obtuve de las vendidas, de las existencias cedidas á diferentes casas y de créditos realizados, subía á más de cien mil, que iría recibiendo en Madrid, según convenio, en plazos trimestrales y en letras sobre Londres. Pensaba emplear este dinero, conforme lo fuera cobrando, en valores públicos ó en inmuebles urbanos.
Producto de ventas anteriores y de la legítima de mi madre, tenía yo en Londres diez y siete mil libras, parte situadas en casa de Mildred Goyeneche, parte empleadas en renta inglesa del 3 por 100. Estos setenta y cinco mil duros, unidos á lo anterior, hacen ya doscientos cincuenta y cinco mil. Debo añadir un pico que tenía en París en poder de Mitjans, y que le ordené empleara en renta francesa del 4 ½ por 100, con el cual pico mi cuenta anda muy cerca ya de los seis millones de reales.
Aún había más. En Obligaciones de Banco y Tesoro, 3 por 100 Consolidado, _Ferros_, Obligaciones sobre Aduanas, Resguardos al portador de la Caja de Depósitos, tenía más de ochenta mil duros efectivos. Toda esta diversidad de papeles la había comprado mi padre, y yo la conservaba, esperando que se realizase la feliz unificación que me había anunciado mi tío, y con la cual cesaría el mareo que me producía tal balumba de títulos y la desigualdad laberíntica de sus valores.