Part 17
A estas meditaciones me entregaba la tarde del entierro, encerrado en el despacho, sin otra compañía que la del busto de Shakespeare. El gran dramático me miraba con sus ojos de bronce, y yo no podía apartar los míos de aquella calva hermosa, cuya severa redondez semeja el molde de un mundo; de aquella frente que habla; de aquella boca que piensa; de aquella barba y nariz tan firmes que parece estar en ellas la emisión de la voluntad. Me daban ganas de rezarle, como los devotos rezan delante de un Cristo, y de interesarle en las confusiones que me agitaban, rogándole que pusiera alguna claridad en mi alma.
Al anochecer, cuando aún no habían vuelto del entierro los que fueron á él, me dirigí al cuarto de la viuda, á quien acompañaban su madre y hermanas. En los susurros de su conversación queda, me pareció entender que hablaban de modas de luto. Eloísa tenía, en su regazo, dormido, al niño de Camila, y con ésta jugaba Rafael. Pero más tarde, cuando mi tío Raimundo y el marqués de Cícero volvieron del cementerio, ostentando este último una aflicción decorativa, que tenía tanta propiedad como el león disecado con que se retrataba, me alejé del gabinete para no oir las fórmulas de duelo que se cruzaban allí, como los tiroteos alambicados de un certamen retórico, cuyo tema fuera la muerte del pajarillo de Lesbia. Cuando iba hacia el despacho, sentí tras de mí unos pasitos que siempre me alegraban, y una vocecita que me llamaba por mi nombre. Era el chiquillo de Eloísa que corría tras de mí. Le cogí en brazos, y sentándome, le coloqué sobre mis rodillas. Él se puso al instante á caballo sobre mi muslo, y me echó los brazos al cuello. Su inocencia no había permanecido extraña á la tristeza que en la casa reinaba, y en sus mejillas frescas, en su frente coronada de rizos negros advertí una seriedad precoz, fenómeno pasajero sin duda, pero que anunciaba la formación del hombre y los rudimentos de la reflexión humana. Después de hacerme varias preguntas, á que no pude contestarle por lo muy conmovido que estaba, me cogió con sus manos la cara. Era de éstos que quieren que se les hable mirándoles frente á frente, y que se incomodan cuando no se les presta una atención absoluta. Para satisfacer su egoísmo, tiran de las barbas como si fueran las riendas de un caballo, para que les pongáis la cara bien recta delante de la suya. Lo que me tenía que comunicar era esto:
--Dice _Quela_ que ahora... tú... no te vas más á tu casa... que te quedas aquí.
Varié la conversación, dándole muchos besos; pero él, aferrado á su tema, ni me dejaba evadir, ni consentía que yo moviese la cara.
--Dice _Quela_ que tú... vas á ser mi _papa_...
Este inocente lenguaje me lastimaba. No pude contestar categóricamente á las cosas más graves que yo había oído en mi vida. Porque sí: jamás de labios humanos brotaron, para venir sobre mí, como espada cortante, palabras que entrañaran problemas como el que formulaban aquellos labios de rosa.
Dejéle en poder de su criada, que vino á buscarle, y me retiré. La casa, como vulgarmente se dice, se me desplomaba encima. Sin despedirme de nadie me marché á la mía.
XIV
Hielo.
I
Sentía imperiosa necesidad de estar solo. La tristeza reclamaba todo mi sér, y tenía que dárselo, aislándome. Conocí que venía sobre mí un ataque de aquel mal de familia que de tiempo en tiempo reclamaba su tributo en la forma de pasión de ánimo y de huraña soledad. Y lo que había visto y sentido en tales días era más que suficiente motivo para que el maldito achaque constitutivo se acordara de mí. En la soledad de aquella noche y de todo el día siguiente tuve un compañero, Carrillo, cuya imagen no me dejó dormir. El ruido de oídos, que me martirizaba, era su voz, y mi sombra, al pasearme por la habitación, su persona. Le sentía á mi lado y tras de mí, sin que me inspirara el temor que llevan consigo los aparecidos. Es más: me hacía compañía, y creo que sin tal obsesión habría estado más melancólico. Mi afán mayor, mi idea fija era querer penetrar, ya que antes no pude hacerlo, las propiedades íntimas de aquel carácter, y descifrar la increíble amistad que me mostró siempre, mayormente en sus últimos instantes. ¡Era para volverme estúpido! Cuando dicho afecto me parecía un sentimiento elevadísimo y sublime, comprendido dentro de la santidad, mi juicio daba un vuelco y venía á considerarlo como lo más deplorable de la miseria humana. Yo me secaba los sesos pensando en esto, traspasado de lástima por él, á veces sintiendo menosprecio, á ratos admiración.
Los días se sucedían lentos y tristes, sin que yo quebrantara mi clausura. No recibía á nadie, y si mis íntimos amigos ó mi tío ó Raimundo iban á acompañarme, hacía lo posible por que me dejasen solo lo más pronto posible. Pasados tres días, Carrillo se borraba, poco á poco, de mi pensamiento; le veía bajo tierra confundiéndose con ésta y disolviéndose en el reino de la materia, como su memoria en el reino del olvido. Lo que en primer término ocupaba ya mi espíritu era la casa de Eloísa, todo lo material de ella. Los muebles, las paredes cargadas de objetos de lujo, el ambiente, el color, la luz que entraba por las ventanas del patio, componían un conjunto que me era horriblemente antipático y aborrecible. La idea de ser habitante de tal casa y de mandar en ella, me producía el mismo terror angustioso que en otros ataques la idea de sentir un tren viniendo sobre mí. No: yo no quería ir allá; yo no iría allá por nada del mundo. El recuerdo sólo de las afectadas pompas de aquellos jueves poníame en gran turbación, acompañada de un trastorno físico que me aceleraba el pulso y me revolvía el estómago... Pero lo que me confundía más y me llenaba de estupor, era notar en mí una mudanza extraordinaria en los sentimientos que fueron la base de mi vida toda en los últimos años. A veces creía que era ficción de mi cerebro, y para cerciorarme de ello, ahondaba, ahondaba en mí. Mientras más iba á lo profundo, mayor certidumbre adquiría de aquel increíble cambio. Sí, sí: la muerte de Pepe había sido como uno de esos giros de teatro que destruyen todo encanto y trastornan la magia de la escena. Lo que en vida de él me enorgullecía, ahora me hastiaba; lo que en vida de él era plenitud del amor propio, era ya recelos, suspicacia con vagos asomos de vergüenza. Si robarle fué mi vanidad y mi placer, heredarle era mi martirio. La idea de ser otro Carrillo me envenenaba la sangre. La desilusión, agrandándose y abriéndose como una caverna, hizo en mi alma un vacío espantoso. No era posible engañarme sobre esto.
Pero aún dudaba yo de la realidad del fenómeno, y decía: «Falta comprobarlo. No me fiaré de los lúgubres espejismos de mi tristeza. Vendrán días alegres, y la mujer que fué mi dicha, seguirá siéndolo hasta el fin de mi vida.»
Dos semanas estuve encerrado. Eloísa me mandaba recados todos los días. Yo exageraba mi enfermedad, fundando en ella mil pretextos para no salir de casa. Por fin, una mañana la viuda de Carrillo fué á verme. Era la primera vez que salía después de la desgracia. Venía vestida con todo el rigor del luto y de la moda, más hermosa que nunca. Al verla, no sé lo que pasó en mí. Sentí un frío mortal, un miedo como el que inspiran los animales dañinos. Sus afectuosas caricias me dejaron yerto. Observé entonces la autenticidad del fenómeno de mi desilusión, pues mi alma, ante ella, estaba llena de una indiferencia que la anonadaba. La miré y la volví á mirar; hablamos, y me asombraba de que sus encantos me hicieran menos efecto que otras veces, aunque no me parecieran vulgares. Era un doble hastío, un empacho moral y físico lo que se había metido en mí; arte del demonio sin duda, pues yo no lo podía explicar. «Será la enfermedad --me decía para consolarme--. Esto pasará.» Cierto que yo venía sintiendo cansancio; pero ella me interesaba al corazón. ¿Cómo ya no me hiere adentro? ¿De qué modo la quería yo? ¿Qué casta de locura era la mía?... Nada, nada: esto tiene que pasar.
Seguimos hablando, ella muy cariñosa, yo muy frío. Nuestra conversación, que al principio versó sobre temas de salud, recayó en cuestiones de arreglo doméstico. Sin saber cómo, fué á parar al funeral de su marido. Ella quería que fuese de lo más espléndido, con muchos cantores, orquesta y un túmulo que llegase hasta el techo. Yo me opuse resueltamente á esta dispendiosa estupidez. Sin saber cómo me irrité, corrióme un calofrío por la espalda, subióme calor á la cabeza, y, palabra tras palabra, me salió de la boca una sarta de recriminaciones por su afán de gastar lo que no tenía.
--Te has empeñado en arruinarte, y lo conseguirás. No cuentes conmigo. Ahógate tú sola y déjame á mí. Si crees que voy á tolerarte y á mimarte, te equivocas... No puedo más...
Ella se quedó lívida oyéndome. Jamás la había tratado yo con tanta dureza. En vez de contestarme con otras palabras igualmente duras, pidióme perdón; le faltó la voz; empezó á llorar. Sus lágrimas espontáneas hicieron efecto en mí. Reconocí que había estado ridículamente brutal. Pero no me excusé, pues en mi interior había una ira secreta que me aconsejaba no ceder. Eloísa me miraba con sus ojos llenos de lágrimas, y en tono de víctima me dijo:
--¿Yo qué he hecho para que me trates así?
Empecé á pasearme por la habitación. Sentía un vivísimo, inexplicable anhelo de contradecirla, y de sostener que era blanco lo que ella decía que era negro.
--Es que estoy notando en tí una cosa rara --prosiguió--. ¿Tienes alguna queja de mí? ¿En qué te he ofendido? Porque desde que entré apenas me has mirado, y tienes un ceño que da miedo... Hoy esperaba encontrarte más cariñoso que nunca, y estás hecho una fiera. Eres un ingrato. ¡Así me pagas lo mucho que te he querido, los disparates que he hecho por tí y el haber arrojado á la calle mi honor por tí, por tí...! Algo te pasa, confiésalo, y no me mates con medias palabras. ¿Me habrá calumniado alguien...?
Con un gesto expresivo le dí á entender que no había calumnia. Secó ella sus lágrimas, y en tono más sereno me dijo:
--Estas noches he soñado que ya no me querías. Figúrate si habré estado triste.
Comprendí que mi conducta era poco noble, y me dulcifiqué. Hice esfuerzos por aparecer más contento de lo que estaba, y le rogué que no hiciera caso de palabras dictadas por mi tristeza, por el mal de familia. Insistí, no obstante, en que el funeral fuera modesto, y ella convino razonablemente en que así había de ser. No quiso dejarme hasta que no le prometí ir todos los días á su casa, desde el siguiente, para arreglar las cuentas, ordenar papeles y ver los recursos ciertos con que contaba. Cuando se fué, halléme más sereno, la veía con ojos de amistad y cariño; pero no encontraba ya en mí el interés profundo que antes me inspiraba. ¿Qué me había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Acaso las raíces de aquel amor no eran hondas? Sin duda no, y él mismo se me arrancaba sin remover lo íntimo de mi sér. Era pasión de sentidos, pasión de vanidad, pasión de fantasía la que me había tenido cautivo por espacio de dos años largos; y alimentada por la ilegalidad, se debilitaba desde que la ilegalidad desaparecía. ¿Es tan perversa la naturaleza humana que no desea sino lo que le niegan y desdeña lo que le permiten poseer? Después de dar mil vueltas á estos raciocinios, me consolaba otra vez atribuyendo mi desvarío á los pícaros nervios y á la diátesis de familia... Volverían, pues, mis afectos á ser lo que fueron, cuando se restableciese mi equilibrio.
II
Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente. Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para penetrar hasta donde estaba lo importante, tuve que desmontar una capa enorme de apuntes y notas sobre la _Sociedad de niños_ y otros asuntos que no venían al caso. Todo lo que había sobre la administración de la casa era incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos de su antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á poco fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que era ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como, por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos pertenecientes á la _Sociedad de niños_, y era forzoso restituirlos.
Sin rodeos pinté á mi prima la situación.
--Estás arruinada --dije--. Si no se acude pronto á salvar lo poco que aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como alguien no se la dé por caridad.
Ella me oyó atónita. Su poca práctica en el manejo de la hacienda propia disculpaba el error en que estaba. Después de meditar mucho, díjome entre suspiros:
--Viviremos con la mayor economía, con pobreza si es preciso. Dispón tú lo que quieras.
Empecé á desarrollar mi plan. Se suprimirían todos los coches; se despedirían casi todos los criados que quedaban; se procuraría alquilar la casa, lo cual era difícil como no la tomase alguna Embajada. Se venderían los cuadros de primera, los de segunda, y todas las porcelanas y objetos de arte, las joyas, los encajes ricos, aunque fuera por el tercio de su valor, ó por lo que quisieran dar; y como fin de fiesta, la familia se sometería á un presupuesto de sesenta ó setenta mil reales todo lo más.
--¡Almoneda total! --exclamó la viuda con su mirar hosco clavado en el suelo.
No necesito decir que una parte de este presupuesto recaería sobre mí, pues la testamentaría, tal como estaba, no podía contar con nada en un período de tres ó cuatro años, necesario para desempeñar las rentas. Y seguí trabajando, para desenredar por completo la madeja económica. ¡Cuántas noches pasé en aquel triste despacho! Me causaba hastío y pesadumbre el verme allí. Iba notando no sé qué extraña semejanza entre mi sér y el de Carrillo; y cuando vagaba de noche por los vacíos salones, para ir al cuarto de Eloísa, donde estaban de tertulia Camila y María Juana, parecíame que mis pasos eran los del pobre Pepe, y que los criados, al verme pasar, recibían la misma impresión que si yo fuera su difunto amo.
Para remachar la bancarrota, el médico nos presentó una cuenta horrorosa. No había curado al enfermo, ni había hecho más que ensayar en él diferentes sistemas terapéuticos, sin que ninguno diese resultado; pero pretendía cobrar quince mil duros por su asistencia de un año. ¡Escándalo mayor...! Yo estaba volado. Le escribí en nombre de Eloísa negándome á pagarle. Él se encabritó y amenazó con los Tribunales. Por fin, después de pensarlo mucho y de consultar el caso con personas prácticas, llegamos á una transacción. Se le darían ocho mil duros y en paz. Esta cantidad, y otras que fueron necesarias para que la casa pudiera hacer su transformación, pues hasta el economizar cuesta dinero, tuve que abonarlas yo. Pero lo hice en calidad de adelanto sin interés, para reintegrarme conforme entrara en orden la testamentaría.
Y Eloísa me decía con efusión:
--En tus manos me pongo. Sálvame y salva á mi hijo de la ruina.
¿Cómo resistirme á este deseo, cuando ella había sacrificado su honor á mi orgullo? Y su honor valía bastante más que mis auxilios administrativos y pecuniarios. Al mismo tiempo, yo quería tanto al pequeño, que por él solo habría hecho tal sacrificio aunque no estuviese de por medio su madre.
Obligáronme, pues, mis quehaceres en la casa á una intimidad que verdaderamente no me era ya grata. Cada día surgían cuestiones y rozamientos... Mi prima y yo estábamos siempre de acuerdo en principio; pero en la práctica discrepábamos lastimosamente. Entonces ví más clara que nunca una de las notas fundamentales del carácter de Eloísa, y era que cuando se le proponía algo, contestaba con dulzura conformándose; pero después hacía lo que le daba la gana. Sus palabras eran siempre dóciles, y sus acciones tercas. Sin oponer nunca resistencia directa, ni dar la cara en su sistemática autonomía, llevaba adelante el cumplimiento de su voluntad con acción lenta, sorda, astuta, resbaladiza. Esto se vió en aquel caso importantísimo de las economías. Cuando se trataba de ellas verbalmente, todo era conformidad, palabras suaves y zalameras. «¡Oh! sí, es preciso... Estoy á tus órdenes... Me haré un vestido de hábito para todo el año...» Pero en la práctica, todo esto era un mito, y las economías se quedaban en _veremos_... Siempre había aplazamientos; surgían dificultades inesperadas... Ni la casa se desocupaba para alquilarla, ni se reducía el gasto doméstico á la mínima expresión. No parecía comprador para los cuadros. Al fin se vendieron los zafiros; pero con el producto de ellos, Eloísa adquiría perlas. Lo supe por una casualidad, y cambiamos palabras duras. Ella me dió la razón... ¡siempre lo mismo! pero las perlas, compradas se quedaron... «El mes que entra dejo la casa y se hará la almoneda. Seré obediente... soy tu esclava.» Tantas veces había oído esto, que ya no lo creía.
Ya no se invitaba á nadie á comer; pero poco á poco iba naciendo un poquito de tertulia de confianza en el gabinete de Eloísa, á la cual concurrían Peña, Fúcar y Carlos Chapa. Entre tanto, los aflojados lazos se apretaron, trayéndome la triste evidencia de que mi frialdad no era obra de los malditos nervios, sino que tenía su origen en regiones más profundas de mi sér. Se manifestaba principalmente en la falta de estimación, y en que mis entusiasmos eran breves, siempre seguidos de aburrimiento y de amargores indefinidos. Por algún tiempo llegué á creer que este fenómeno mío se repetiría en ella; pero no fué así. La viudita me mostraba el cariño de siempre; hasta se me figuró advertir en aquel cariño pretensiones de depuración, de hacerse más fino, más ideal, por lo mismo que se acercaba la ocasión de legitimarlo. Esto me daba pena. Diferentes veces había hecho ella referencia á nuestro casamiento, dándolo por cosa corriente. No se hablaba de él en términos concretos, como no se habla de lo que es seguro é inevitable. Yo ¡ay de mí! pasaba sobre este asunto como sobre ascuas, y cuando Eloísa aludía al tal matrimonio, hacíame el tonto: no comprendía una palabra. Me entusiasmaba poco aquella idea; mejor dicho, no me entusiasmaba nada; quiero decirlo más claro, me repugnaba, porque bien podían mis apetitos y mi vanidad inducirme á conquistar lo prohibido; pero ser yo la prohibición... ¡jamás!
XV
Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas que pasaron después.
I
Durante una semana estuve distraído por pesares que no vacilo en llamar domésticos. El niño de Camila, mi vecina, se puso tan malito, que daba dolor verle y oirle. Cubriósele el cuerpo de pústulas. Todo él se hizo llaga lastimosa. Martirio tan grande habría abatido la naturaleza de un hombre, cuanto más la de una tierna criatura que no podía valerse. Admiré entonces la perseverancia del cariño materno de Camila, y además una cualidad que yo no sospechaba existiese en ella, el valor; esa energía inflexible en el cumplimiento de las acciones pequeñas y obscuras, que sumadas dan una resultante de que no sería capaz tal vez cualquiera de los héroes públicos que yacen debajo de un epitafio. El mundo me había dado á mí muchas sorpresas; pero ninguna como aquélla. Francamente, no creí que una mujer que me pareció tan imperfecta y llena de feos resabios, desplegase tales dotes. Siete noches seguidas pasó la infeliz sin acostarse, con el pequeñuelo sobre su regazo, amamantándole, arrullándole, curándole las ulceraciones de su epidermis con un esmero y una paciencia que sólo las madres de buen temple saben tener. Constantino y yo veíamos con pena tanta abnegación, temiendo que enfermara; pero su potente organismo triunfaba de todo. Eloísa y su madre la instaban á que buscara un ama para que el chico no la extenuase, pues en sus postrimerías Alejandrito era voraz y no se hartaba nunca. Pero Camila esquivaba disputar sobre este punto, y no quería que le hablaran de nodrizas. Estaba decidida á salvarle ó á sucumbir con él. Ella era así: ó todo ó nada. Tenía el capricho de ser heroína. Quería saltar de mujer sin seso á mujer grande. «O sacarle adelante ó morirme con él», repetía; pero Dios no quiso que ninguno de los términos de este dilema se cumpliese, y al sexto día Alejandrito fué atacado de horribles convulsiones, que le repitieron á menudo, hasta que el séptimo, una más fuerte que las demás se lo llevó. Aquel día funesto, Camila me pareció más madre que nunca. La flexibilidad pasmosa de su carácter y su desenvoltura quedaban obscurecidas bajo aquel tesón grave. No creí, no, que entre tal hojarasca existiese joya tan hermosa. A ratos se le conocía el genio por la rapidez febril con que tomaba las resoluciones y por la inconstancia de sus juicios. Sólo el sentimiento era en ella duradero y profundo. Añadiré una circunstancia que me llegaba al alma, y era que consultaba conmigo toda dificultad que ocurriese aun en cosas de que yo no entendía una palabra. Por corresponder á esta noble confianza, daba yo mi parecer al tirón, sin detenerme á considerar lo que saldría de juicios tan atropellados. «José María, ¿te parece que haga calentar esta ropa antes de ponérsela?... José María, ¿te parece que le dé dos cucharadas de jarabe en vez de una?... José María, ¿me hará daño café puro para no dormir? ¿me irritará?...» A todo contestaba yo lo primero que se me ocurría, después de mirar á Constantino en una especie de deliberación muda. Rara vez aventuraba Miquis opinión concreta, y cuando la emitía, de seguro era un gran disparate. Yo era el oráculo de la casa en todo.
Por fin, el nene dejó de padecer. Bien hizo Dios en llevársele, abreviando su martirio. Se fué de la vida, sin conocer de ella más que el apetito y el dolor. Fué un glotón y un mártir. Se quedó yerto en el regazo de su madre, y nos costó trabajo apartar de los brazos y de la vista de ella aquel lastimoso cuerpecito, que parecía picoteado por avecillas de rapiña. Con sus besos quería Camila infundirle vida nueva, dándole la que á ella le sobraba. La separamos al fin, llevándola á que descansara. La Camila normal reapareció al cabo; la muchacha sin juicio que en otro tiempo había querido tomar fósforos porque la privaban de su novio. Hubo convulsiones, llanto, risa nerviosa; habló de matarse; deliró cantando; nos dijo que la habíamos robado á su niño... Por último, se calmó: cesaron las extravagancias, y la loca, que también había sabido cumplir sus deberes, se encastillaba al fin en la conformidad cristiana; invocaba á Dios, y llorando hilo á hilo, sin espasmos ni alboroto, tenía el valor de la resignación, más meritorio que el del combate.
Mientras la mujer de Augusto Miquis y María Juana amortajaban al niño, yo dije á Constantino:
--Quiero hacerle un entierro de primera. Corre de mi cuenta, y no tenéis que ocuparos de nada.