Lo prohibido (tomo 1 de 2)

Part 16

Chapter 164,061 wordsPublic domain

Volví antes que ella al lado de Carrillo. Encontrémele acometido de espantosos dolores, doblándose por la cintura como si quisiera partirse en dos, profiriendo ayes profundos, roncos y guturales, que causaban horror. Parecía haber perdido el juicio. Sus gritos eran la exclamación de la animalidad herida y en peligro, sin ideas, sin nada de lo que distingue al hombre de la fiera. Eloísa se puso á su lado, pero él no reparó en ella; en mí sí, pues habiéndole rodeado el cuello con mi brazo para sostenerle en la postura que me parecía menos penosa, se aferró con ambas manos á mi cuerpo y me tuvo sujeto largo rato. Agarrábase á mí como si al asegurarse bien, clavándome las uñas, se sintiese aliviado. Ultimamente reclinó la cabeza sobre mi pecho, dando un suspiro muy hondo. Mi prima se aterró creyendo que se moría; pero tranquilizónos el médico asegurando que la sedación comenzaba y que las arenillas habían pasado ya. El tal doctor no era una notabilidad de la ciencia, á mi modo de ver, aunque muy zalamero en su trato, razón por la cual muchas familias de viso le preferían á otros. Si la misión del facultativo es entretener á los enfermos y alegrar su espíritu con ingeniosas palabras y aun con metáforas, Zayas no tiene quien le eche el pie adelante. Por lo demás, ni él curaba á nadie, ni Cristo que lo fundó. Eloísa propuso aquella misma noche convocar junta de médicos para el día siguiente, y el de cabecera citó tres ó cuatro nombres de los más ilustres. Después de haber recetado un calmante, arrepintióse y recetó otro, y por fin le vimos decidido á darle bromuro potásico.

--Debe de haber en esto una complicación grave --le dije, razonando con el sentido común--. ¿Habrá derrame cerebral?

--Quizás --replicó lleno de dudas--. Lo indudable es la completa atonía del aparato vesical y tal vez paralización de los centros nerviosos. Me temo mucho que haya bolsas arteriales, cuya rotura sería el desenlace funesto. Al principio se quejaba de frío en la espalda, y las fricciones le pusieron peor. El pulso acusa una circulación sumamente irregular.

Nada concreto nos decía aquel sabio, que había estado tres años estudiando al paciente y aún no le conocía. Entre Celedonio y yo, con ayuda de Villalonga, acostamos á Pepe en su cama, vestido para no molestarle. No parecía sufrir dolores agudos; pero su cerebro estaba profundísimamente trastornado. Hablaba sin cesar con torpe lengua, entrecortando las frases con risas que nos causaban espanto. Sentóse mi prima por un lado del lecho, y yo por otro. Zayas le contemplaba desde enfrente sin decir nada. Miraba Pepe á su mujer con estúpidos ojos: no la reconocía; tomábala por una persona extraña; se volvía á mí, y confundiéndome con Celedonio, decía:

--Tú, Celedonio, y José María sois las únicas personas que me quieren y me cuidan en esta casa.

Eloísa y yo nos mirábamos con azarosa inquietud, sin pronunciar palabra.

--¿Se ha ido José María? --preguntaba después el infeliz.

--Aquí estoy, ¿no me ves?...

--¡Ah! sí: como estás vestido de sacerdote, no te había conocido... ¿De cuándo acá...?

De este modo llegó media noche. El delirio disminuía. El marido de mi prima parecía entrar lentamente en un período comático. Calló al fin, y su respiración anunciaba sosiego, quizás un sueño reparador. Por fin el médico, asegurando que no había peligro inmediato, se despidió hasta la mañana siguiente. Villalonga se fué también. El marqués de Cícero, que estaba en el despacho leyendo periódicos delante del busto de Shakespeare, díjome que no tenía sueño; que se quedaría hasta las tres ó las cuatro, si me quedaba yo, y poco después Eloísa invitaba á él y á su señora hermana á tomar un emparedado, un poco de Burdeos y una taza de té. En el comedor les ví á eso de la una cenando silenciosos. Yo no tomé nada.

III

A pesar de las seguridades que dió el bueno de Zayas, yo no las tenía todas conmigo. Temía, más que la renovación del ataque de nefritis, un brusco estallido de las complicaciones vasculares y encefálicas. Aunque Eloísa me instó á que me acostase, no quise hacerlo. Ella también estaba inquieta. Acordamos velar ambos, cargando juntos aquella espantosa cruz, como nos lo ordenaba la fatalidad de los hechos. El marqués y su hermana se fueron al despacho, donde se entretenían, ella rezando el rosario y él leyendo. Sería la una y media cuando Eloísa y yo volvimos á ponernos en triste centinela, cada cual á un lado del lecho del enfermo. Así estuvimos largo rato oyendo sólo el rumorcillo del reloj de la chimenea, que arrojaba los desmenuzados espacios de tiempo como la clepsidra chorrea las arenas que caen para siempre. Observábamos el cadencioso, reposado aliento de Pepe, y al menor sonido que se pareciese á la emisión de una sílaba, nos entraba sobresalto y azoramiento. Creíamos que nos iba á decir algo aterrador con la solemnidad que es propia de labios moribundos. De improviso abrió el infeliz los ojos; miró á su mujer, cual si no estuviera seguro de quién era; volvióse después hacia mí, y en tono tranquilo que revelaba completa posesión de sus facultades intelectuales, me dijo estas palabras:

--Haz el favor de mandar que venga un cura. Quiero confesarme.

Dijímosle que su estado no era para tanto, y él insistió en que sí lo era con tal energía, que no quisimos contrariarle.

--Esta noche me moriré --exclamó con una serenidad que nos dejó pasmados--. Esta noche se acabará esta vida que he deseado fuese útil, sin poderlo conseguir. Y no creáis que estoy afligido. Me muero resignado. ¿Qué soy yo en el mundo? Nada. Soy un cero que padece y nada más. La mayor parte de los que vivimos, ceros somos, y mientras más pronto se nos borre, mejor.

Le respondimos á _duo_ las primeras simplezas que se nos ocurrieron.

--¡Qué cosas tienes! No digas tonterías. Si estás bien...

--Que se te quite eso de la cabeza.

Y siempre más atento á mí que á los demás, ¡preferencia increíble!, repitió su demanda:

--José María, tú que eres tan amable, tan complaciente, tráeme un cura. Mira que esto va de veras, y tengo en mi conciencia cosas que quisiera dejar aquí. Si no me confieso, sobre tu conciencia va; y si me condeno, carga con la responsabilidad... Soy cristiano, deseo cumplir. José María, Eloísa, sed amables, traerme un confesor.

Estas palabras tenían una solemnidad que en vano queríamos quitarle, atribuyéndolas á delirio de enfermo. En las miradas de Eloísa conocí que ésta las interpretaba como desvarío de un cerebro alterado. A su vez, ella debió de conocer en las mías que yo entendía aquellos conceptos de otro modo, y pronto cambió la expresión de su rostro. La ví queriendo disimular alguna lágrima que se le saltaba de los ojos; y el marido, notando esta emoción, le dijo:

--Ni tú, pobrecita, ni Celedonio, servís para estos lances. Más vale que os retiréis.

Insistió luego en que le trajésemos al confesor; dijímosle que al día siguiente, y él contestó con cierto énfasis:

--No, no: ahora mismo. Mañana ya no habrá tiempo.

Serían las dos cuando enviamos el recado á la parroquia de San Lorenzo.

El cura tardó una hora en venir, y en este tiempo Carrillo siguió en el mismo estado, más bien con apariencias de mejoría. Hablaba alternativamente con su mujer, con Celedonio y conmigo, mostrándonos á los tres un cariño fraternal que, por la parte que me tocaba, no he podido explicarme nunca. La confesión fué larga. Mientras se verificaba, Eloísa y yo convinimos en que la ceremonia del Viático se celebraría al día siguiente con gran pompa, con asistencia de toda la familia y de los parientes y amigos de la casa. Acordamos en breve discusión algunos detalles. Se haría un bonito altar y se traería la mayor cantidad posible de hachas y plantas de salón. Tanto ella como yo queríamos que este acto piadoso tuviera muchísimo lucimiento. Ocurriónos también impetrar la bendición papal, y yo indiqué que por mediación de mi tío y del general Chapa, que eran amigos del Nuncio, se podía conseguir, costara lo que costase.

Cuando salió el cura de la alcoba, le acompañé al comedor, donde estaba dispuesto un chocolate, que no quiso aceptar. Tenía que decir misa á las ocho. Fumamos un cigarrillo, y él, fijando en mí sus ojuelos sagaces (era viejo y muy curtido en aquellos lances), pronunció estas palabras que me parecieron impertinentes:

--Ese buen señor es un mártir.

--¡Un mártir, sí! --repetí yo como si dijera _amén_.

Aún me parecía poco, y lo remaché:

--¡Es un santo!

Entonces el clérigo, echándome una rociada de humo, y mirándome como si me atravesara de parte á parte con sus ojos, exclamó:

--¡Dichosos los que no temen la muerte, porque están puros!

Iba yo á soltar una sentencia análoga; pero creí más correcto no decir nada, y le devolví su humo mezclado con el mío. Después de una pausa, los ojuelos volvieron á flecharme. Creí sorprender no sé qué tremenda ironía en aquel intruso forrado de negro, cuando me dijo:

--¿Es usted hermano de la señora?

De buena gana le habría respondido: «¿Y á tí que te importa, tontín, que yo sea hermano de la señora, ó lo que se me antoje ser de la señora?» Pero este terrible disparate no salió de mis labios.

--No, señor --le respondí, tragándome el humo--. Soy... de la familia.

Pronunció luego el dichoso clérigo algunas palabras consoladoras, de las de rúbrica, y se despidió. Le acompañé hasta la puerta. Ya tenía yo muchas ganas de perderle de vista.

Carrillo me mandó llamar. Estaba impaciente por tenerme á su lado, y tal vez quería decirme algo importante. En el gabinete que precedía á la alcoba ví á Eloísa sentada en una butaca, inclinada la cabeza y el rostro entre las manos. Lloraba en silencio. Creí de pronto que durante el tiempo que yo estuve con el cura, mi prima y su marido habían cambiado algunas palabras; pero después supe por ella que no. La solemnidad y gravedad de las circunstancias, la compasión, el temor religioso, la importancia del acto que su marido acababa de realizar, habíanla impresionado enormemente. No se atrevía á franquear la puerta de la alcoba. Sentía pavor, respeto, vergüenza, no sabía qué.

Entré, y acercándome al lecho, advertí que el enfermo estaba sereno; sólo que tenía la voz tomada, y alrededor de los ojos un cerco obscuro, muy obscuro.

--Si vieras qué tranquilo estoy ahora --me dijo con cariño--. Tú no lo creerás, porque eres irreligioso. Tampoco creerás que tal como estoy no me cambiaría por tí.

Le contesté, después de mucho vacilar y confundirme, que, en efecto, la vida humana era una broma pesada, y que cuanto más pronto se libre uno de ella, mejor. Él dijo que una hora de conciencia pura vale más que mil años de salud y de ventura, con lo que me mostré conforme, aunque sobre ello parecíame que había mucho que hablar. Le insté á que descansara, dejando las reflexiones morales para el día siguiente; pero él no quiso, y siguió hablándome del estado felicísimo en que se encontraba.

--Créeme, José María --me dijo dos ó tres veces--, te tengo lástima como se la tengo á todos los que viven sin fe. Enmiéndate, corrígete. No des importancia á lo que no la tiene.

Y mirando al techo, exclamó después con expresión de indescriptible júbilo:

--¡Qué gusto poder decir ahora: _no he hecho mal á nadie_!

No le respondí. Pero los pensamientos me congestionaban el cerebro. Ocurriéronme tantas cosas, que habría necesitado una resma de papel si intentara escribirlas. Si por instantes admiraba aquella conformidad hermosa, á veces me ocurría que Carrillo faltaba á la verdad al sostener que nunca hizo mal á nadie, pues se lo había causado á sí mismo en grado máximo; jamás tuvo la estimación de su propio sér, fundamento de la vida social; había sido un suicida civil, y no se redimía, no, echándoselas de místico á última hora. Protestaba yo de aquel estado de perfección en que se suponía, y me venían al pensamiento ideas crueles, despiadadas, absurdas quizás, en las cuales algo había de envidia, algo de venganza; pero que entonces me parecían fundadas en el criterio de la eterna justicia. «No --decía yo para mí, inquieto y trastornado--, no te hagas el santo. No lo eres, porque no has combatido, porque no es virtud la falta absoluta de energía, tanto para el mal como para el bien. No nos hables de gozar la bienaventuranza eterna. Sí: para tí estaba el Cielo. Si quieres salvarte, dí que me has aborrecido y que me perdonas... Matándome, nos habríamos condenado juntos. Pero no has tenido ni siquiera la intención de ello, y me estrechas la mano y me llamas amigo... ¡Ah! miserable cero: no me llevarás contigo al Limbo, que va á ser tu morada... ¿Qué casta de hombre eres? ¿Son así los ángeles? Pues reniego de ellos...»

Estos y otros desatinos me bullían en la mente. Para acabar de marearme, Carrillo me dijo:

--Procura conducirte de modo que cuando te mueras, estés tranquilo como yo ahora.

No pude vencerme y se me escapó una sonrisa. Quise recogerla; pero las sonrisas, como las palabras, no se pueden recoger. Él la tomó por expresión de lástima, y afirmó que se sentía muy bien, mejor que yo, y, sobre todo, mucho más tranquilo. No le respondí sino con el pensamiento, diciéndole: «Esa tranquilidad desabrida para nada la quiero. ¡Morirse sin haber querido ó sin haber odiado á alguien! ¡Morir sin despedirse de una pasión, sin tener alguien á quien perdonar, algo de que arrepentirse! ¡Sosa, incolora y tristísima muerte!»

Después pareció que escuchaba. Ponía su atención en los sollozos de Eloísa.

Esa pobre --murmuró con afabilidad que me causaba pena-- está pasando sin necesidad una mala noche. Dile que se acueste. Acompáñala, consuélala; no la dejes que se entregue al dolor.

Salí para cumplir este encargo. Pero ella no me hizo caso, y continuaba en el mismo sitio. Al poco rato, Carrillo empezó á mostrar gran inquietud. Me alarmé. Entre Celedonio y yo le incorporamos en el lecho. Quiso hablar y no pudo; llevóse una mano á los ojos... Gemidos roncos salían de su garganta. Acudió su mujer, afanada, secando sus lágrimas. Entonces, de la boca del desdichado ví salir alguna sangre; después más, más. Ni él hacía esfuerzos para lanzarla fuera, ni parecía experimentar dolor. No la arrojaba él; ella se salía serenamente como el agua que afluye hilo á hilo del manantial. ¡Momento de consternación en las tres personas que presenciábamos aquel fin de una vida! Fué tan rápida y tan grande la descomposición del rostro de Pepe, que Eloísa se impresionó mucho. La ví aterrada, próxima á perder el conocimiento.

--Vete --le dije--, vete de aquí.

Pero su propio terror la clavaba en aquel triste lugar. Entró Micaela y le ordené que se llevara á su señora. La doncella le rodeó la cintura con su brazo, y la que muy pronto iba á ser viuda salió, tapándose los ojos. El marqués de Cícero, que había entrado de puntillas, huyó despavorido, con las manos en la cabeza.

Cuando Celedonio y yo nos quedamos solos con el moribundo, éste me echó los brazos, uno al cuello, otro por delante del pecho, y apretóme tan fuertemente que me sentí mal. Me hacía daño. ¿Qué fuerza era aquélla que le entraba en el instante último, al extinguirse la vida?... Pasó por mi mente una idea, como pasan las estrellas volantes por el cielo. «¡Ah! --pensé--, aquí está al fin ese odio que te rehabilita á mis ojos. La última contracción del organismo que se desploma es para expresarme que eres, que debes ser mi enemigo...» Luego oprimió su rostro contra mí, y de su boca salió un bramido fuerte, profundo, que parecía tener filo como una espada... Creí sentir un dardo que me atravesaba el pecho. Con aquel gemido se acabó su desdichada vida... Le miré la cara, y en sus ojos vidriosos ví cuajada y congelada la misma expresión de amistad leal que me había mostrado siempre... No, ¡pobre cordero! no me odiaba... Costóme trabajo desasirme del abrazo de aquel inocente que quería sin duda llevarme consigo al Limbo.

IV

¡Qué noche! Cuando todo concluyó, salí de la alcoba, deseando quitarme pronto la ropa, que estaba manchada de sangre. En el pasillo me ví á la claridad del día, que entraba ya por las ventanas del patio, y sentí un horror de mí mismo que no puedo explicar ahora. Parecía un asesino, un carnicero, qué sé yo... Salióme al encuentro Micaela, la doncella de Rafael, que me tuvo miedo y echó á correr dando gritos. La llamé; preguntéle por su ama. Díjome que estaba en el cuarto del niño. En tanto Celedonio, los ojos llenos de lágrimas, me hacía señas para que volviese al gabinete, y me dijo entre sollozos que me sacaría ropa de su amo para que me mudase. La idea de ponerme sus vestidos me causaba un sentimiento muy extraño: no sé qué era; mas hallábame tan horrible con la mía, que acepté. Púseme á toda prisa una camisa, un chaleco de abrigo y una bata corta del muerto. Pero deseando vestirme con mi ropa, mandé á Evaristo á casa para que me la trajera.

Dejando á Celedonio con los restos aún no fríos de su amo, fuí en busca de Eloísa, cuya situación de ánimo me alarmaba. No la encontré en el cuarto del niño, que dormía profundamente, sino en el suyo, acometida de un fuerte trastorno nervioso, manifestando, ya sentimiento, ya terror. Al verme con el traje de su marido se puso tan mal, que creí que se desvanecía. Fijábansele los síntomas espasmódicos en la garganta, como de costumbre, y con sus manos hacía un dogal para oprimírsela.

--La pluma, la pluma --murmuraba con cierto desvarío--. ¡No la puedo pasar!

Le rogué que se acostara; pero negábase á ello. Micaela y yo quisimos acostarla á la fuerza; pero nos hizo resistencia. Estaba convulsa, fría y húmeda la piel; los ojos muy abiertos.

--No vayas tú á ponerte mala también --dije con la mayor naturalidad del mundo--. Recógete y descansa. No has de poder remediar nada dándote malos ratos.

Tuve que hacer uso de mi autoridad, de aquella autoridad efectiva aunque usurpada; hube de ordenarle imperiosamente que se acostara para que se decidiera á hacerlo. Noté en su obediencia como un reconocimiento tácito de la autoridad que yo ejercía. Micaela empezó á quitarle la ropa; la ayudé, porque mi prima, después del traqueteo nervioso, hallábase como exánime y sin movimiento. La metimos en la cama y la arropamos. ¡Ay! sentíame tan fatigado, que caí en un sillón é incliné mi cabeza sobre el lecho. Allí me hubiera quedado toda la mañana, si no tuviera deberes que cumplir fuera de aquella habitación. En tal postura, y hallándome postrado y como aturdido, sentí la voz de la viuda que me llamaba. Alcé la cabeza. Sus palabras y sus miradas eran tan afectuosas como siempre. Sin nombrar al muerto, suplicóme que atendiese á las obligaciones que traía el suceso, pues ella no tenía fuerzas para nada. Díjele que no se ocupara más que de su descanso, y le prometí que todo se haría de un modo conveniente. Vivo agradecimiento se pintaba en su rostro, y además la confianza absoluta que en mí tenía. Le arreglé la ropa de la cama, le dí á beber agua de azahar, le entorné las maderas, corrí las cortinas para atenuar la luz del día, y poniendo á Micaela de centinela de vista para que me avisase si la señora se sentía muy molestada por la pluma en la garganta, salí, no sin promesa de volver pronto, pues ésta fué condición precisa para que Eloísa se tranquilizara...

--Por Dios, no tardes: tengo miedo --díjome al despedirme, con ahogada voz--, mucho miedo, y la pluma no pasa...

Trajéronme mi ropa y me vestí con ella. ¡Ay! qué peso se me quitó de encima cuando solté la de Carrillo, que además me venía algo estrecha. A eso de las ocho llegaron mi tío, Medina, María Juana, y más tarde el marqués de Cícero. Atento á todo, daba yo las disposiciones propias del caso, y recibía á los parientes y amigos que se iban presentando. En lo concerniente al servicio fúnebre, allá se entendían Celedonio y los empleados de la Funeraria, pues yo me sentí como atemorizado de intervenir en ello. Recogí las llaves de la mesa de despacho y del mueble donde el pobre Pepe tenía sus papeles, y las guardé hasta que pudiera entregarlas á Eloísa, que al fin parecía vencida del cansancio y dormía con los dedos clavados en el cuello.

Camila recaló por allí á eso de las diez, acompañada de Constantino; mas como tenía que dar de mamar á su nene, lo llevó consigo, y el lúgubre silencio de la casa se vió turbado por el clarinete de Alejandrito. Almorzamos mi tío, Raimundo y yo de mala gana, y luego nos encerramos los tres en el despacho para redactar la papeleta fúnebre y poner los sobres. Sentado donde Pepe se sentaba, no sé qué sentía yo al ver en torno mío aquellas prendas suyas, ¡amargas prendas! en las cuales parecía que estaba adherido y como suspenso su espíritu. Allí ví estados de recaudación de fondos filantrópicos, circulares solicitando auxilios de corporaciones y particulares, cuentas de suministro de víveres y otros documentos que acreditaban la caritativa actividad de aquel desventurado. Cuidamos mucho de que en la redacción de la papeleta no se nos olvidara ningún título, detalle ni fórmula de las que la etiqueta mortuoria ha hecho indispensables. «El excelentísimo señor don José Carrillo de Albornoz y Caballero, Maestrante de Sevilla, Caballero de la Orden de Montesa, etcétera, etc... Su desconsolada viuda, la excelentísima... etc., etc.» No se nos quedó nada en el tintero; y en las direcciones que pusimos á los sobres, ninguna de nuestras amistades pudo escaparse.

La señora, por razón de su estado, no podía dar órdenes, y los criados se dirigían á cada instante á mí, como si yo fuera el amo, como si lo hubiera sido siempre, y me consultaban sobre todas las dudas que ocurrían. Y aquella autoridad mía era uno de esos absurdos que, por haber venido lentamente en la serie de los sucesos, ya no lo parecía. Ved, pues, cómo lo más contrario á la razón y al orden de la sociedad, llega á ser natural y corriente cuando, de un hecho en otro, la excepción va subiendo, subiendo, hasta usurpar el trono de la regla. Y cosas que vistas de pronto nos sorprenden, cuando llegamos á ellas por lenta gradación nos parecen naturales.

Rogóme Eloísa que no saliese de la casa hasta que no se verificara el entierro. Así tenía que ser, pues si yo no estaba en todo, las cosas salían mal. El marqués de Cícero, que se ofrecía constantemente á ayudarme, no servía más que de estorbo, y mi tío tenía ocupaciones indispensables aquel día. Sólo Constantino y Raimundo prestaban algún servicio, aunque sólo fuera el de hacerme compañía. La viuda no recibía á nadie, ni á sus más íntimas amigas. Acompañábanla su madre y hermanas, y sin llorar, consagraban alguna palabra tierna y compasiva al pobre difunto.

Por fin ví concluído todo aquel tétrico ceremonial, y respiré cual si me hubiera quitado de encima del corazón un peso horrible. No quise ir al entierro, y Eloísa aplaudió con un movimiento de cabeza esta resolución mía. Cuando se extinguió en las piedras de la calle el ruido del último coche, mis trastornados sentidos querían volver á la apreciación clara de las cosas. Pero la imagen del infeliz hombre que había despedido su último aliento sobre mi pecho, clavándomelo como un puñal, no se me apartaba del pensamiento. ¿Cómo explicarme sus sentimientos respecto á mí? ¿Qué noción moral era la suya, cuál su idea del honor y del derecho? Ni aun viendo en él lo que en lenguaje recto se llama _un santo_, podía yo entenderle. ¡Misterio insondable del alma humana! Ante él no hay que hacer otra cosa que cruzarse de brazos y contemplar la confusión como se contempla el mar. Querer hallar el sentido de ciertas cosas es como pretender que ese mismo mar, desmintiendo la ley de su eterna inquietud, nos muestre una superficie enteramente plana.

¿Por qué me tenía cariño aquel hombre? Si era un santo, yo me resistía á venerarle; si era un pobre hombre, algo había dentro de mí que no me permitía el desprecio. ¿Le despreciaba yo en el ardor de mi compasión, ó le admiraba entre los hielos de mi desdén? Toda mi vida, ¡ay!, estará delante de mí, como pensativa esfinge, la imagen de Carrillo, sin que me sea dado descifrarla. Antes será medido el espacio infinito, que encerrada en una fórmula la debilidad humana.