Part 13
Aunque tal visita me disgustaba, corrí al aposento de Carrillo, y al alejarme del tumulto de los salones, sentí como un secreto miedo supersticioso. Fuerte olor de láudano denunciaba la pasada batalla entre la química y el dolor. Era el olor de la pólvora. Celedonio y el médico, dos combatientes valerosos, estaban de pie junto al lecho. Ví en éste el rostro amarillo de Pepe, que me recordaba el San Francisco de Alonso Cano, macerado, febril y exangüe. Su nariz era como el filo de un cuchillo. Sus ojos tenían un cerco morado, y las pupilas atónitas un no sé qué de espiritual, de soñador, avidez de martirios y apetitos de inmortalidad. Fija en las almohadas, aquella cabeza de santo no tenía vida más que en los ojos y en las arqueadas cejas. La boca, inmóvil y entreabierta, parecía endurecida por el pasado suplicio. Su corta barba de un color sienoso, y el cabello negro, partido con natural elegancia en gruesas guedejas, daban al total de la cabeza el aspecto de antigua escultura en madera con la pátina del tiempo. En mitad de la pieza, el baño despedía un vapor tibio que me sofocaba, como si el dolor que se había disuelto en el agua se exhalara en ondas y viniera á mugir en mis oídos y á acariciarme la piel. En un ángulo, sobre el velador decorado con la vista del Parlamento inglés, estaba la encendida lámpara de bronce, en figura de candilón, despidiendo, al través de la bomba esmerilada, claridad blanda y lechosa. El médico, con el sombrero puesto ya, se estaba envolviendo el cuello en un tapabocas, pronunciando las fórmulas de despedida.
--Ya no hago falta por esta noche. Mañana veremos. No hay cuidado.
Y llegándose á Pepe, le dirigió frases de cariño.
--Mucha quietud, que eso no es nada. Dentro de unos días, volverá usted á su vida habitual.
Fuí con él hasta la habitación próxima, y al despedirle, me dió á entender con un mohín de su expresiva cara que si por el momento no había peligro, la enfermedad marchaba á pasos de gigante.
VII
Fuíme entonces derecho á Pepe, que me recibió con sus ojos fijos en la puerta por donde yo debía entrar. Como no se le veía más que la cabeza, hízome ésta el efecto de la de San Juan Bautista, la cabeza cortada que el arte religioso presenta siempre servida en bandeja como un manjar. Luego que me miró bien, sacó de entre las sábanas su mano, que era toda huesos, y en la cual la imaginación, á poco que lo intentara, podía ver una de las llagas del Seráfico, y buscó la mía. Cuando estrechó mi carne con aquel alicate de hueso, me corrió por el cuerpo un hielo mortal.
--¿Qué tal vamos? --le dije inclinándome para verle mejor.
--Caro te vendes, hijo. Se muere uno aquí sin que los amigos vengan á echarle un vistazo.
--No quería molestarte. Y ¿cómo estás ahora?
--He pasado un rato muy malo --replicó sacando difícilmente las palabras del pecho--. Pero después del baño me encuentro muy bien. Eloísa se ha asustado mucho. Estos trances no son para ella... ¿Quién ha venido?
Dile cuenta de todas las personas que había en la casa.
--Que no parezca que estoy enfermo --añadió con brío--; que se diviertan como si no ocurriera nada de particular. Y verdaderamente no estoy tan mal. Todo ha sido un cólico nefrítico, el paso de las arenillas desde los riñones á la vejiga. Dolores espantosos; pero, en fin, nada más... Todavía...
Miróme con cierta intención compasiva, ¡extraña compasión! y haciendo un gran esfuerzo por emitir con toda claridad la voz, dijo:
--Todavía te has de morir tú primero que yo... Lo veo, lo conozco, no sé por qué... Me dijo mi mujer que estabas muy malo, que habías tenido vómitos de sangre.
--¿Sí?... ¿te lo dijo?
Creí prudente no negarlo. Eloísa tenía la costumbre, cuando le veía muy malo, de contarle imaginarias enfermedades de otros. Le consolaba como se consuela á los niños.
--Y que todos los días tenías fiebre.
--Es verdad --afirmé--. No estoy bueno, ni mucho menos.
--Cuídate... cuídate. Sentiría mucho que en lo mejor de la edad...
--Sí, sí: estoy decidido á cuidarme.
--Yo estaré en pie la semana que entra --añadió, galvanizándose con su espiritual fuerza--, y volveré á mis quehaceres de siempre. Tengo un gran proyecto. Pienso construir un edificio para albergue de huérfanos pobres: gran pensamiento, magnífico plan. Habrá hospital, clínica, consulta, talleres, escuelas, gimnasio. Se necesitan seis millones de reales. Cuento con tu cooperación, si no te perdemos antes. Eloísa se encargará de organizar con sus amigas funciones en los principales teatros. Yo solicitaré el auxilio del Gobierno y de la Familia Real. Tú harás lo que puedas entre tus amigos...
No sé hasta dónde habría llegado este coloquio, si felizmente no entrara mi prima.
--¡Eh... basta de conversación! --dijo, poniendo su mano derecha en mi hombro y la izquierda sobre la frente ardorosa de Carrillo--. Lo primero que ha ordenado el médico es el reposo, y... punto en boca.
--Sí, hija: ya me callo, ya no diré una palabra más. Estábamos hablando de mi hospital de San Rafael. Llevará el nombre de mi hijo.
--Más vale que te duermas ahora. No pienses, no te acalores. Ya haremos un hospital, y dos si es necesario... José María y yo te ayudaremos... ¿Verdad? Los tres vamos á ocuparnos mucho de eso desde mañana. Vaya, basta de conversación. José María, aquí estás ya de más.
En la habitación que precedía á la alcoba, volví á ver á Eloísa, que me habló así:
--¡Qué malos augurios ha hecho el médico! ¡Pobre Pepe!... La convalecencia de este ataque será cruel. ¡Qué días me esperan! ¿Vendrás mañana á acompañarme?
--¡Qué pregunta!
--¿Y no has visto al pequeño? Pasa --me dijo cariñosamente, empujándome hacia una puerta--. El pobrecito se despertó con los gritos de su padre; pero debe de haberse dormido otra vez... Pasa... Vengo al instante. ¡Cuánto deseo que se marche esa gente!
El pequeño dormía. Preguntóme el aya por el señor, y le dije lo que me pareció. De buena gana me habría quedado allí un buen rato, sin hacer otra cosa que contemplar el envidiable sueño de aquel ángel. Pero Eloísa entró á ver á su hijo, y sacóme del éxtasis en que yo estaba, dejando volar mi pensamiento á las alturas de contemplaciones muy espirituales. La mano de mi prima se posó sobre mi hombro, y oí estas blandas palabras:
--Ve al salón. ¡Qué gente, qué pesadez! Extrañarán que no estés allí. El pobre Pepe está aletargado. Creo que pasará bien el resto de la noche.
Salimos juntos, y en el pasillo nos separamos. Echóme una mirada de tristeza, diciéndome con severidad dulce:
--Ya sé que ha habido mucho secreteo con Pilar. No puedo descuidarme un momento.
--¿Pero eres tan tonta que...?
Celos tan inoportunos me causaban hastío.
--Ni afirmo ni niego nada. No hago más que hacer constar un hecho-- replicó, apretándome ligeramente el brazo con sus dedos.
En la reunión tuve que sostener conversaciones que me aburrían, contestar á preguntas que me incomodaban y resistir una lluvia de frases de doble sentido. Poco á poco se fueron aclarando los salones. La de San Salomó salió de las últimas, llevándose, como de costumbre, al general, que vivía cerca de su casa.
--¿Usted se queda aquí? --me dijo--. Velará usted. Cada cual á su puesto de honor.
A última hora fuí á enterarme del estado del enfermo. Eloísa me salió al encuentro en el pasillo. Se había quitado su vestido de sociedad y puéstose la bata de raso blanco. Como se apareció con una luz, creí ver á _lady_ Macbeth cuando el paso aquél de las manos manchadas. Llevándose el dedo á la boca, dióme á entender que Carrillo dormía, y en palabras muy quedas me dijo:
--Está tranquilo. Mas por lo que pueda suceder, me quedaré en el sofá de su cuarto. Voy al despacho á buscar una novela, porque de fijo no podré dormir.
Contesté que yo velaría; pero se opuso tenazmente, alegando lo quebrantado de mi salud, mis pocas fuerzas...
--Necesitas descansar --me dijo con el mayor cariño--. Duerme ocho horas si puedes... Aquí no haces falta. Celedonio y yo nos entenderemos. Esta noche, caballero, se va usted á su casita.
Empujóme suavemente hacia la antesala, después de susurrarme esto:
--¿Vendrás mañana? Mira, que no faltes. Ven á almorzar. ¿Te espero? No me hagas rabiar. Si á las diez no estás aquí, te mando siete recados. Esta soledad es horrible. Esta noche, si duermo, voy á soñar veinte mil disparates.
Ella misma me lió el pañuelo á la garganta y alzóme el cuello del gabán:
--Abrígate bien, por Dios... Haz el favor de no constiparte ahora. ¿Hay ruidito de oídos? Voy á soñar que es verdad lo que te dijo Pepe, que arrojas sangre por la boca y tienes fiebre...
Cariñosa y amante me despidió, y yo salí pensativo.
XII
Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de amor.
I
Carrillo mejoró en los días sucesivos. Aquella vida desplomada se sostenía con un esfuerzo prestado por el espíritu para engañarse á sí misma y á los demás. Salió de la terrible crisis por tregua de la muerte, y desde que pudo sentarse puso atención ardiente en las ocupaciones que tanto le entretenían. Admiraba yo aquel tesón, aquella esclavitud del deber, que en el heroísmo rayaba, y la indiferencia con que, pasada la fuerza del mal, miraba Carrillo sus insufribles martirios. No tenía aprensión ni afán de medicinarse. Figurábaseme ver en él, á veces, uno de esos hombres de temple superior y escogido que se desligan de todo lo que pertenece á la carne y sus miserias, para vivir sólo con interior vida, toda energía y llamas. A los ocho días atendía á sus múltiples tareas benéficas, sin salir de su alcoba, con la puntualidad de costumbre, y Eloísa estaba tranquila en lo concerniente á la enfermedad de su marido, si bien por otros motivos parecía haber perdido completamente todo sosiego. Una mañana me la encontré en su gabinete muy afanosa, con un lapicero en la mano, haciendo números y fijando alternativamente los ojos en el papel y en el techo, que era un cielo azul con sus indispensables ninfas en paños menores.
--¿Estás contando las estrellas? --le pregunté, sospechando lo que en realidad contaba.
--No: es que estoy calculando... --replicó algo turbada--. Me vuelvo loca, y esta pícara cuenta no sale. No te lo quería decir por no disgustarte; pero me pasan cosas graves.
Yo me senté, abrumado por el pensamiento de los desastres aritméticos que Eloísa me iba á revelar. Ella se sentó tan cerca de mí, que la mitad de su no muy ligera persona gravitaba sobre la otra mitad de la mía.
--¿A ver ese papel? --dije, tomándole la mano en que lo mostraba.
Pero no entendí nada. Era un mosáico de sumas y restas, del cual no se podía sacar nada en claro.
--¿Y quién entiende este _maremagnum_? --indiqué con desabrimiento.
El dulce peso, como suele decirse, cargó más sobre mí, y la preciosa boca empezó á chorrear notas terroríficas, mejor diré, conceptos erizados de cantidades. La oí asustado. Expresábase con timidez, tendiendo á menguar las cifras, comiéndose algunos ceros, señalando el remedio antes de mostrar la herida, y respondiendo de antemano á las exclamaciones severas con que yo la interrumpía. La estimulé á presentar el problema tal como era, en toda su desnudez abrumadora, porque desfigurarlo era impedir su solución.
--Claridad, completa claridad es lo que quiero --le dije--. Muéstrame hasta el fondo del cántaro vacío.
Animada con esto, fué más explícita, y desarrolló á mis ojos el panorama completo de su situación económica, el cual era para poner miedo en el ánimo más esforzado.
Los gastos enormes de los jueves, los de su guardarropa, las frecuentes compras de cuadros, porcelanas, tapices y baratijas de arte, y, por otro lado, los dispendios inagotables de Carrillo en sus obras humanitarias, llevaban la casa velozmente á una completa ruina. El dinero que habían tomado sobre la hipoteca de la Encomienda se les había ido en pago de varias facturas de Eguía, y en abonar los brutales intereses de la cantidad que Eloísa había tomado antes á un tal Torquemada, que prestaba á las señoras ricas. Después había necesitado tomar más dinero, más, más. Las rentas, apenas cobradas, se diluían en el mar inmenso de aquel presupuesto de príncipes... No me lo quiso decir antes, porque la idea de serme gravosa la aterraba. No me quería por mi riqueza: me quería por amor, y no le gustaba recibir dinero de mis manos. Había pensado salir adelante, hacer economías, ir trampeando; pero la situación se agravaba repentinamente. Tenía que pagar algunas cuentas considerables... luego la enfermedad de Pepe... Cerró la oración con oportunas lágrimas, y dejóse caer más sobre mí. Yo estaba sofocadísimo.
Poco después le manifesté mi opinión de un modo bastante enérgico. A sus caricias, á sus ruegos de que no la abandonase en aquel trance, contesté con retahila de números despiadados. Erame forzoso ser cruel para evitar mayores males. Yo la sacaría del pantano; pero estableciendo un nuevo plan y presupuesto rigurosísimo, de modo que no se repitiera el conflicto.
Aún había tiempo de salvar parte del capital de la casa y de asegurar el porvenir de Rafael. Lo más urgente era reducir los gastos. A esto me contestó que por ella no habría inconveniente. Estaba decidida á vestirse de hábito de la Soledad, como una cursi, si yo lo creía necesario. ¿Pero cómo privar á Carrillo de lo único que alegraba sus últimos días, de aquel inocente consuelo de su vida próxima á concluir? ¿Cómo cercenarle los fondos para la _Sociedad de niños_ y otras empresas humanitarias, que eran, para la casa, verdaderas calamidades?
--No enredes las cosas --le dije--: tus gastos son los que te hunden, no los de él. Yo haré un presupuesto en que pueda subsistir el entretenimiento de tu marido... Después, oye bien, se venderán todos los cuadros de buenas firmas, aunque sea por menos dinero del que han costado. No será difícil encontrar compradores.
Eloísa hizo signos afirmativos con la cabeza. Volviendo la vista, ví sobre la chimenea un rollo de papeles. Eran los planos de la gran reforma para convertir el patio en salón, con techo de cristales, escocia de Mélida... Lo agarré con mano colérica y lo hice veinte mil pedazos.
--Mira qué pronto se ha hecho la obra --exclamé--: te he regalado cinco mil duros.
Ella se echó á reir, y no hablamos más del asunto, porque entró Raimundo. Fuimos á almorzar, y en la mesa, Eloísa parecía más tranquila. Raimundo, hablando del completo hundimiento de la casa de Tellería, hubo de contar cosas muy chuscas, de las cuales se rió mucho su hermana, aunque á mí me hacían poca gracia. Según dijo mi primo, en los últimos años la familia se mantenía con lo que Gustavo sacaba de las queridas ricas: ¡abominación! Leopoldito, marqués de Casa-Bojío, estaba también en las últimas, porque las fortunas cubanas habían bajado á cero. León Roch había suspendido la pensión que pasaba á Milagros. Esta y el pobre marqués vivían separados y en la mayor miseria; cada cual dando sablazos y explotando al pobre que cogían debajo. Don Agustín de Sudre había dado en la flor de ir á contarle al Rey mismo sus miserias, logrando algunas veces pingües limosnas. Pero la regia munificencia se había agotado ya, y... «la semana pasada --concluyó Raimundo-- fué el pobre señor á Palacio con el cuento de siempre. El Rey sacó cinco duros, y poniéndoselos en la mano, le volvió la espalda. ¡Y luego se espantan de que haya antidinásticos!»
Todo aquel día tuve un humor de mil diablos. En el Teatro Real, oyendo no recuerdo qué ópera, ni por un momento dejé de pensar en las cuentas de Eloísa. Retiréme á casa antes de que terminara la función, y me acosté buscando en el sueño lenitivo á la pesadumbre que me abrumaba. Pero no podía dormir. Entróme fiebre, me zumbaban horriblemente los oídos, y me tostaba en mi lecho como en una parrilla. La apreciación de los números despertaba en mí con fiera energía, proporcionada al largo tiempo de eclipse que había sufrido. En mí renacía de súbito el hijo de mi madre, el inglés, que llevaba en su cerebro, desde la cuna, gérmenes de la cantidad, y los había cultivado más tarde en la práctica del comercio. Mi padre huía de mí, como en el teatro echa á correr el diablo cuando se presenta el ángel. Y las benditas cifras, ahogadas temporalmente por la pasión, se sublevaban, vencían y se posesionaban de mí con un bullicio, con un jaleo que me tenían como loco. Salté de la cama á la madrugada, y vistiéndome á prisa, corrí hacia un mueble _secreter_ que en mi alcoba tengo, y en el cual suelo escribir cartas. Cogí un papel, empecé á desgastar la fiebre que me devoraba, sumando y dividiendo. Sí: Eloísa, con haber dicho tanto, no me había dicho la verdad. Hice el cálculo aproximado de los gastos de la casa en el invierno último: comidas, coches, criados, extraordinarios. No resultaba que la casa hubiese consumido el tercio de su capital. Había consumido más... ¡tal vez la mitad!... Y para apuntalar este edificio que venía á tierra, ¿qué era preciso hacer?... ¡Ah! guarismos y más guarismos. La mañana me sorprendió en aquel trabajo calenturiento, semejante á la faena espantosa de las almas de los negociantes que vienen á penar á sus desiertos escritorios, y se vuelven á sus tumbas cuando suena el canto del gallo. Así me volví yo á mi cama.
II
Continué por muchos días sintiendo en mí al inglés. Y no se circunscribía esta fecunda energía materna á la esfera de la economía doméstica, sino que penetraba impávida en el terreno moral, y allí me rebullía y alborotaba ordenándome afrontar un cambio de vida, un rompimiento que resolviera de una vez para siempre todos los problemas del corazón y de la aritmética. Mas tan tímida era esta energía en lo moral, que no pudo acallar el tumulto de mi sensual egoísmo. ¡Eloísa perteneciente á otro! ¡otras manos amasando aquella pasta suave y amorosa! ¡otro paladar gustándola, y otra boca comiéndosela...! No, esto no sería, aunque lo pidiese y ordenara con su prosáica voz el enflaquecido bolsillo. Y de apoyar esta negativa se encargaba mi perturbada razón con sofismas tomados de aquel falso idealismo que Raimundo ponía en ridículo con tanta saña. La caballería, ó si se quiere, la caballerosidad, me vedaba aquel rompimiento. No era delicado ni decente que yo abandonase, por una mísera cuestión de dinero, á la que me había dado á mí su vida y su honor. El _todo por la dama_ se metía en mi alma por la puerta falsa de la sensualidad, y una vez dentro, hacía un estrépito de mil demonios, echando unas retahilas calderonianas y volviéndome más loco de lo que estaba. ¡Abandonarla, cuando tal vez la causa de su ruina era agradarme; cuando su lujo no era quizás otra cosa que el afán de hacerme más envidiable á los demás, y de dorar y engalanar el trono en que me había puesto! No, ¡_todo por la dama_! Ante sus lágrimas, ante la ley que me tenía, superior y anterior á todas las contingencias, ¿qué significaba un _puñado de monedas_?
Verdad que el puñado, después de emborronar mucho papel, resultaba ser una friolerita así como sesenta mil duros, más bien más que menos. Era un trago demasiado fuerte para que pasase por el estrecho gaznate de la caballería; pero al fin pasó. Hice que la traidora me llevase á casa todos los datos del desastre, todos los papeles, apuntes y cuentas, y al fin logré poner orden en aquel caos de empréstitos para pagar intereses, de intereses acumulados al capital, de cuentas pendientes y facturas no abonadas. Era absolutamente indispensable quitar de en medio la voraz langosta de prestamistas, que en poco tiempo habrían devorado todo. Con esto el puñado engrosaba más. ¡Dios misericordioso! Me salían ochenta mil duros casi en cifra redonda. ¡Oh, con cuánto horror se me representaron entonces las superfluidades que no podía menos de asociar á la leyenda aquélla de las cuentas de vidrio! Con el poder de mi mente pulverizaba yo todo el personal de los jueves famosos: los vestidos renovados tan á menudo; aquel M. Petit, farsante, ladrón que se embolsaba cada semana tres ó cuatro mil reales para gastos de comedor; aquel cocinero jefe, á quien se daban veinte mil reales al mes para el gasto de la plaza; los tres pinches, los cuatro lacayos... ¡ladrones, asesinos, secuestradores! ¿A qué cuento venían el portero de estrados, la doncella extranjera, la berlina de doble suspensión y otros mil y mil despilfarros, ya del personal, ya del material de la casa?... Tarde era ya; mas era tiempo. Degüello general y adelante.
Una vez decretado el degüello, quedéme más tranquilo. El pellizco dado á mi fortuna era un pellizco de padre y muy señor mío; pero aún me dejaba rico. Todo iría bien si Eloísa entraba con pie resuelto por la senda de las economías. Eso sí, yo estaba decidido á hacerla entrar de grado ó por fuerza. Para esto me sentía con ánimos. Por encima de todo, del amor mismo y de la vanidad, había de estar en lo sucesivo el arreglo.
Perplejo estuve durante dos días sin saber qué vendería para salir del paso. ¿Me desprendería del Amortizable, de las acciones del Banco de España ó de las _Cubas_? Mi tío me decía que no me deshiciera del Amortizable, cuya alza veía segura. Si continuaba en el Ministerio nuestro amigo y paisano el señor Camacho, veríamos dicho papel á 65. Las acciones del Banco, después del aumento de capital, andaban alrededor de 270. Mi padre las había comprado á 479. Aun contando con el dicho aumento, la venta me traía pérdida. Por fin, después de pensarlo mucho, resolví sacrificar las acciones y las _Cubas_. Este papel, según mi tío, iba en camino de valer muy poco, y con el reciente pánico de la Bolsa de Barcelona, se había iniciado en él un descenso que sería mayor cada día. Vendí, pues, con pérdida, pues no podía ser de otra manera. Por aquellos días se estrecharon mis relaciones con Gonzalo Torres, amigo de mi tío y vecino de toda la familia. Vivía en el tercero de mi casa, en el cuarto inmediato al de Camila. Era jugador afortunadísimo, y á menudo me proponía que me asociara á sus operaciones. Hícelo algunas veces, y siempre con tal éxito, que no me faltaban ganas de tomar más á pechos aquel negocio, y lo habría hecho seguramente si el amor no me tuviera preso y como secuestrado, incapaz para todo lo que fuese extraño á sus ardientes goces.
El agente de quien Torres y mi tío eran clientes, después que realizó mi operación de venta de títulos, propúsome la compra de una casa. Torres también me lo había indicado, pues las condiciones en que se vendía la finca eran realmente buenas. Procedía de un embargo de bienes y vendíase judicialmente, con tasación demasiado baja. Hice mis cuentas y no me pareció mal negocio. Deseaba afincarme, colocando en sólido una parte de mi capital. Dí órdenes de vender más Amortizable, y el producto lo dividí en dos partes. Una, ¡ay dolor agudísimo, no inferior á los del cólico nefrítico!, era el destinado á poner á flote la concha de Venus, que estaba á punto de naufragar. Con la otra parte compré la casa, que estaba en la calle de Zurbano y era nueva y bonita. Me daría una renta de 4 por 100, menos que el papel seguramente; pero si he de decir verdad, la renta del Estado empezaba á inquietarme por la inseguridad de las cosas políticas, el malestar de Cuba y la anunciada operación de crédito del Banco de España, el cual, habiendo tomado sobre sus hombros la inmensa carga de la colocación de los nuevos valores, comprometía quizás un poco su porvenir.