Part 11
He dado á conocer algunas de las principales figuras de aquellos dichosos jueves. Aún faltan bastantes. Entre éstas no merece preterición una que, como sombra errante, iba de aquí para allí, atendiendo á todos, diciendo á cada cual una palabra agradable, jovial con éste, con aquél grave, tocando las distintas cuerdas de la conversación según el diferente ritmo de cada uno. Era un hombre enfermo, consumido, lastimoso; era Carrillo, el dueño de la casa, tan atento á sus deberes y tan esclavo de las reglas de la etiqueta, que se le veía luchando angustiado con su debilidad para estar en todo y cumplir correctamente hasta la hora del desfile. Y tan rápida era su decadencia, que cada jueves parecía estar peor que el jueves precedente. Daba lástima verle. Un sudor se le iba y otro se le venía. Sin voz ni aun fuerzas para tenerse de pie, quería obsequiar á Fúcar con un dicho de negocios, á otro con una frase política, á éste con una indicación literaria, á aquél con un tema de _sport_. Sus propias aficiones no se le quedaban en el tintero, y le veíamos sacar del pecho con fatiga jirones de aliento para explicar los triunfos de la _Sociedad de niños_.
Cuando ya era tarde y se le veía ¡pobrecito! haciendo los imposibles por sostenerse en su terreno, Eloísa se iba hacia él, cariñosa, y le hacía mimos de mamá, incitándole al descanso.
--Retírate, Pepe, no te fatigues. Estás haciéndote el valiente, y no puedes, hijo mío, no puedes. El calor te hace daño, la conversación te marea. Te conozco que tienes dolor de cabeza y que lo disimulas. ¿Por qué eres así? A mí no me engañas: tú padeces y callas. Retírate. José María y yo iremos después á hacerte compañía si estás desvelado.
Pepe no obedecía. Aun se enojaba un poco, no queriendo que su mujer ni nadie dudasen de las fuerzas que no tenía. Era como los ciegos que se empeñan en ver y se amoscan cuando alguien sospecha que ven poco. Era como los sordos que no confiesan nunca que oyen mal y equivocan todas las palabras. Contra las advertencias de Eloísa, quería estar en su puesto hasta el fin, ser obsequioso con todos, y oponerse enérgicamente á que alguno se aburriera. Siempre estaba dispuesto á hacer la partida de _whist_ ó tresillo, ó bien á aguantar el chorretazo de ciencias sociales con que se desahogaba un sabio impertinente de quien todo el mundo huía como de la peste.
Una noche Fúcar me tocó en ambos brazos, y acorralándome, como de costumbre, contra la pared, me dijo:
--Hola, _Traviatito_: escúcheme usted un momento. ¿Sabe usted que el pobre Pepe está muy malo? Ese hombre no llega al verano... Pero voy á otra cosa. Temo mucho que el _crac_ de esta casa venga más pronto de lo que creíamos... Lo he sabido hoy por una casualidad. Han tomado dinero, no sé bien la cifra, hipotecando la _Encomienda_, esa hermosa finca del Barco de Avila. No podía ser de otra manera. Esta gente no ha podido apartarse de la corriente general, y gasta el doble ó el triple de lo que tiene. Es el eterno _quiero y no puedo_, el lema de Madrid, que no sé cómo no lo graban en el escudo, para explicar la postura del oso, sí, del pobre oso que _quiere_ comerse los madroños, y por más que se estira, no _puede_, ¿qué ha de poder?... Porque verá usted. Estas _juergas_ de los jueves cuestan mucho dinero. Ojo al oso, niño, que, al paso que vamos, la _débâcle_ no tardará.
Sentí escalofríos al oir esto. Yo lo sospechaba, mejor dicho, lo sabía; pero en el atontamiento estúpido en que me tenían el amor y la vanidad, no paraba mientes en ello. La idea de que Eloísa hablase más ó menos afablemente con el general Chapa (otro tipo de quien hablaré pronto), absorbía por entero mi atención. Mucho extrañaba que la pícara no me hubiese dicho nada del préstamo con hipoteca de la _Encomienda_. Era preciso hablar de esto... Pero sigamos con los jueves.
III
Al siguiente nos sorprendió Eloísa con otra novedad (pues cada uno de estos interesantes días traía su sorpresa): un proyecto hermoso, una colosal reforma que iba á emprender en su palacio para ensancharlo y mejorarlo. Por los planos que enseñaba á todos los amigos, se veía que la obra era tan sencilla como grandiosa. Vais á verla. Consistía en poner al patio una cubierta de cristales, haciendo de él un salón espléndido, algo como la famosa estufa de Fernán-Núñez. La imitación de las grandes casas y el afán de rivalizar con ellas, era la demencia de mi prima... Sigamos con la reforma. Cubierto de cristales el patio, lo llenaría de plantas soberbias, latanias, rododendros, azaleas, araucarias, helechos arborescentes; cubriría las paredes con tapices, y para remate y coronamiento de tan bella obra, había discurrido llamar en su auxilio á uno de nuestros artistas más ingeniosos y originales. Sí: Arturo Mélida le pintaría la escocia, una escocia monumental, una obra no vista, lo más elegante, lo más inspirado que se podría imaginar. Eloísa daba cuenta de ella como si la estuviera viendo. El día anterior había convidado á comer al célebre arquitecto, pintor, escultor y dibujante, el cual le había explicado su idea. Sería una procesión de figuras helénicas representando todos los ideales del mundo antiguo y los prodigios del moderno: la Filosofía peripatética y el Teléfono de Edison, las Matemáticas de Euclides y la Educación física de Spencer, el Osiris egipcio y la Vacuna de Jenner, la Geografía de Herodoto y el Cosmos de Humboldt, el barco de Jasón y el acorazado de Zamuda, los Vedas y el Darwinismo, Euterpe y Wagner...
Eloísa daba cuenta de la obra, cual si la estuviese viendo, aunque equivocaba las citas, por no ser muy fuerte su erudición. Se me figuró que echaba chispas como un cuerpo electrizado. Le tomé el pulso, y... pueden creerme, tenía calentura. La pluma misteriosa se le atravesaba en la garganta, haciéndole tragar mucha saliva. En toda la noche no habló de otra cosa. Hubiera deseado hacer la reforma en un día, y que el gran artista se la pintara en unas cuantas horas por arte mágico.
--Será una maravilla --dijo Manolito Peña--. Veremos aquí las _Mil y pico de noches_.
Este Manolito Peña era de los constantes. Al principio llevaba á su mujer; pero después iba solo. Bien sabéis que es muy listo, charlatán, y que con su palabra fácil se ha hecho un puesto en la política, porque sabe hablar de todo, y saca unas figurillas y unas monadas retóricas, que entusiasman á las señoras de la tribuna de _idem_. Él y Gustavo Tellería eran los dos oradores de la reunión, los que hablaban más alto, cediéndose el turno de los párrafos estrepitosos y afectados. Gustavo, militante en el partido católico, no estaba tan adelantado en su carrera política como Peña; pero, al fin, harto de desgañitarse platónicamente, empezaba á mirar la consecuencia como una virtud que no da de comer. Ya con un pie metido en el partido conservador, estaba resuelto á meter los dos cuando Cánovas volviese al poder. Había reñido con la marquesa de San Salomó, cada vez más intransigente y más encastillada en la integridad de su ideal católico-monárquico; pero se trataban como amigos. Manuel Peña tenía ideas políticas más radicales que las que profesara en su propio partido, y no las ocultaba en su conversación. Esto no impedía que la de San Salomó tuviera con él preferencias que hacían poner el paño en el púlpito al _Saca-mantecas_.
El general Chapa era muy joven. ¡Dos entorchados antes de los cuarenta años! Para desvanecer la confusión que esto pudiera ocasionar, me apresuro á decir que era general en el campo y corte de don Carlos; entre los españoles, caballero particular, capitán de ejército en 1870, prófugo después, y afortunadísimo en la guerra civil. Gozaba fama de muy valiente y arrojado. Era simpático, bella persona, guapo, caballeresco, alegre, instruído, de mucho mundo, mucha labia y de muy buena sombra en amores. Hablaba pestes de los curas, y sostenía que por culpa de ellos no había triunfado la causa. Sus proezas militares no eran tan famosas como las mujeriles. Se le señaló durante algún tiempo como amante de la duquesa de Gravelinas; pero él, procediendo con delicadeza, nos lo negaba hasta á los más íntimos. De otras conquistas no hacía misterio. Yo le quería mucho; solíamos pasear, ir al teatro y almorzar juntos. Por unos días me molestaron ciertas aproximaciones que noté: tuve celos; él los desvaneció con lealtad; nos explicamos, é hicimos el trato de respetarnos mutuamente nuestros dominios, pues á su vez él tenía de mí la infundada queja de que yo obsequiaba demasiado á la marquesita de Casa-Bojío.
El gracioso de la reunión era mi primo Raimundo, que no faltaba ningún jueves. Su hermana subvencionaba su puntualidad, atendiendo á veces á sus gastos menudos. No todas las noches estaba de humor para divertir á la gente; y cuando la aprensión del reblandecimiento dominaba en su espíritu, no había medio de sacarle una palabra. Mas, por lo general, la vanidad y el gusto de verse aplaudido podían en él más que todo. Sus teorías ingeniosas amenizaban las comidas; la atención sonriente de su escogido público le inspiraba, y aguzaba el ingenio para que las paradojas salieran cada vez más sutiles y enrevesadas. En medio de aquel fárrago de ideas sacadas de quicio, brillaba comunmente un rayo de perspicacia que, penetrando en lo más obscuro del cuerpo social, lo esclarecía con luz muy parecida á la de la verdad. Su inteligencia despedía una claridad fosforescente, que fantaseaba las cosas, sí; pero con ella se veía siempre algo, á veces mucho.
Dábale por las vindicaciones. Gustaba de ir contra la corriente general, defendiendo lo que todo el mundo atacaba, redimiendo el sentido común de la cautividad filosófica y retórica. Hacía el panegírico de Nerón, de los Borgias y de Mesalina; levantaba á Felipe II y á Enrique VIII de Inglaterra; sostenía que don Opas fué una buena persona, y hasta para Caín tenía una frase de indulgencia. Una noche hizo la defensa de lo más calumniado, de lo más escarnecido y vilipendiado en los siglos que llevamos de civilización: el dinero. ¡María Santísima, las pestes que se habían dicho del dinero desde los principios, desde el balbucir de la literatura y de la historia! Sólo con lo que los poetas han escrito en escarnio del más precioso de los metales, habría para llenar una biblioteca. Es que los poetas tenían al dinero una ojeriza especial de raza. ¡Ah! sí: al contrario de ciertos perros, que enseñan los dientes al mendigo harapiento, los poetas ladran siempre á los ricos. ¡Llamar vil al oro!... El orador pasó revista á las comedias en que se pone de vuelta y media á los que tienen cuartos, ensalzando á los pobres.
--Porque, fijarse bien --decía--: en la conciencia general se asocian las ideas de pobreza y honradez. Vamos á ver: si yo hiciera una comedia en que probara, y lo probaría, que los que tienen dinero, sea por herencia, sea por ganancia, están en situación de ser más honrados que el pobre, me la patearían, ¿no es cierto? ¡Buena pita me esperaba! Por eso no la quiero escribir...
Después ponía la cuestión en un terreno en que la manejaba á su antojo con la destreza de un jugador malabar. Atención: la causa de nuestro decaimiento nacional era el falso idealismo y el desprecio de las cosas terrenas. El misticismo nos mató en la fuente de la vida, que es el estómago. Desde que el comer se consideró función despreciable, la mala alimentación trajo la degeneración de la raza. El estómago es la base de la pirámide en cuya cúspide está el pensamiento. Sobre base liviana no puede elevarse un edificio sólido. Desde el siglo XIII viene haciéndose entre nosotros una propaganda cargantísima contra el comer. La caballería andante primero y el misticismo después han sido la religión del ayuno, el desprecio de los intereses materiales. Ya tenéis aquí un principio de muerte; ya tenéis atrofiado uno de los principales nervios del poder de una nación: la propiedad. No dicen _la propiedad es un robo_, como los socialistas modernos; pero les falta poco para decir que es pecado. La caballería funda la gloria en no tener camisa, y el misticismo dice al hombre: «La mayor riqueza es ser pobre... Desnúdate y yo te vestiré de luz.» En fin, estupideces, y por añadidura, guerra sin cuartel al agua. Lo que entonces se llamaba el _Demonio_, es lo que nosotros llamamos _jabón_. Todos los desprecios acumulados sobre la propiedad, sobre el buen comer y la cómoda satisfacción de las necesidades de la vida, vienen á reunirse sobre la infeliz moneda, á quien se mira como el origen de todos los males. Los que durante una vida de trabajo se han hecho ricos, concluyen por arrepentirse, y dedican su dinero á fundaciones pías. El orgullo está en vivir á la cuarta pregunta, y en pedir limosna. Jamás se ofrecen como ejemplo ni el ingenio ni el trabajo, sino la miseria, el desaseo y la sarna. No hay un santo en los altares que no haya ido allí por haber cambiado el oro por las chinches.
--Por Dios, Raimundo, ¡qué figuras tan naturalistas!
(Risas, escándalo, movimiento de asco en el selecto auditorio.)
--Sí, es la verdad. No hallo otra manera de decirlo. Durante siglos, los sobresalientes de una raza noble han estado educándola en la suciedad, en la pobreza, en el ayuno. Y claro, ¿cómo ha de haber agricultura, cómo ha de haber industria en un país así? En una palabra, comparemos la raza que ha tenido por maestros á Dominguito de Guzmán y á Teresita de Avila, con la que ha seguido á los dos Bacones, Rogerio y el Verulamo... Sí, señoras, los dos Bacones... ¿Ustedes no saben quiénes son estos caballeros? Lo explicaré otra noche. En cambio, conocen la vida de San Pedro Regalado y de otros tales que están en el Cielo por predicar que no debíamos comer más que tronchos de berza y algún pedazo de suela mojada en vinagre. Así estamos; así hemos venido á ser una raza de médula blanda, sin iniciativa, sin originalidad, sin energía moral, ni intelectual, ni física; una raza ingobernable... Claro, con la tan ponderada sobriedad hemos llegado á no poder tenernos de pie. Nuestro imperio era grande: lo hemos ido perdiendo, y nosotros tan frescos. Despreciando el dinero, llamándolo vil, tomando el pelo á los ricos y arrojando sobre ellos tantas ignominias en verso y prosa, hemos dejado perder nuestras colonias. Viviendo en un mundo de fantasmas, perversa hechura de la caballería y la falsa santidad, hemos visto la extinción de nuestra industria. Por fin, al despertar en pleno siglo XIX, después de haber dormido la mona mística, nos encontramos con que los demás se nos han puesto por delante. Ellos viven bien, nosotros mal. Viendo lo que ellos son, hemos caído en la cuenta de que el dinero es bueno, de que la propiedad es buena, de que el lavarse no es malo, de que el comer es excelente, y de que las materialidades de la vida son excelentísimas. Queremos seguir tras ellos, queremos comer también; pero ¡quiá!... ¡si no tenemos dientes, si hemos perdido la fuerza digestiva!... Cinco siglos de sobriedad han despoblado nuestras encías y atrofiado nuestro estómago. Tanto empeño tenemos en mascar y digerir como los demás, que al fin y al cabo... como esto no exige largo aprendizaje, logramos vencer las dificultades. Nos nace la dentadura, se nos arregla el estómago; pero resulta que no tenemos qué llevar á la boca, porque no trabajamos. Este hábito es algo más difícil de adquirir. Tanto nos dijeron «no te cuides de las cosas terrenas», que llegamos á creerlo, y la ociosidad dió á nuestras manos una torpeza que ya no podemos vencer. Claro, sin el estímulo del oro, ¿qué aliciente tiene el trabajo? Echen maldiciones al dinero, santifiquen la mendicidad y verán lo que sale. Una raza mal alimentada, no me canso de repetirlo, mal alimentada, que sólo digiere vegetales... y ahora voy á probar que la causa de todos nuestros males está en el cocido...
Nuevo movimiento de horror festivo en el auditorio.
--Pero, Raimundo, ¡qué cosas saca usted!
--¡Naturalismo!
--Sí: se ha hecho tan naturalista, que á veces hay que coger con tenazas lo que dice.
Y otra noche, el infatigable divagador tomaba otro tema y lo esclarecía con aquella lumbre de su cerebro tan parecida á una llama de alcohol, vagorosa, azulada, juguetona, y concluía porque se levantara contra él protesta unánime de risas y escándalo. «¡Naturalismo! Por Dios, ¡qué naturalista, qué pornográfico se ha vuelto!» Estos socorridos anatemas sirven para todo.
IV
Mi tío Rafael iba todos los jueves; pero no estaba á sus anchas, porque haciendo gala de conversacionista, la competencia del general Morla, que hablaba más que él y era oído con más atención, le abrumaba. Cuando aquellas dos aptitudes se ponían frente á frente, era gracioso ver cómo se disputaban la palabra, cómo discretamente corregía el uno las narraciones del otro. Cada cual se jactaba de saber más que su contrario y de poder añadir un detalle estupendo á su relación. Mi tío Serafín fué, al principio, algunas veces. A menudo se le encontraba dormido en el gabinete de Eloísa. Se aburría, y no teniendo allí el amparo de su _carrik_, no podía hacer de las suyas. Como había adquirido el hábito de levantarse temprano para ir al relevo de la guardia, el buen señor no podía prolongar sus veladas. Retirábase casi siempre á cosa de las once, á su casa de la calle de Capellanes, vivienda misteriosa y desconocida donde jamás había entrado ninguno de la familia, porque él no recibía á nadie ni se dejaba sorprender en su intimidad doméstica.
Puntual en las comidas era don Alejandro Sánchez Botín, persona antipática, entrometida y de una vanidad pedantesca. Decíase de él que no iba allí más que á comer, y que tenía distribuídos los días de la semana entre siete casas acreditadas por la habilidad de sus cocineros. De este gastrónomo se contaban mil historias ridículas. Llevaba en los faldones del frac bolsillos de hule para almacenar allí dulces, jamón, fiambre y otras golosinas. Decían que jamás almorzaba; que al levantarse se tomaba un gran tazón de agua de malvas, preparándose así para el gran hartazgo de la noche. A nadie he visto comer con más estudio, ni poner en la comida una atención más respetuosa. Para él, la mesa era verdadera _Misa_, el holocausto del estómago. Llegaba en esto hasta la mayor grosería, y cuando no ponían _menú_ escrito, preguntaba á los criados qué había con objeto de reservarse para lo más de su gusto. Muchas veces que le tuve á mi lado, me anticipé á su curiosidad, diciéndole con afectada importancia:
--Hoy estamos de enhorabuena. Tenemos el famoso _poulard à la Régence_ y las _bouchées à la Montglass_.
Era un vicioso, al decir de la gente; mujeriego de la peor especie, de un paladar sensorio tan estragado como lleno de caprichos. Vivía separado de su mujer y tenía muchos cuartos. Tres veces había desempeñado en Cuba pingües destinos, y cada vez que volvía con media isla entre las uñas, repetía la sagrada fórmula: «España derramará hasta la última gota de su sangre en defensa, _etcétera_...»
Me repugnaba aquel hombre, y más aún desde que Eloísa me dijo que le hacía el amor con hipócrita misterio y groseras ofertas de dádivas. Por no escandalizar no le puse en la calle cuando tal supe. No se me ocultaba el desprecio y el asco que mi prima sentía hacia un sujeto tan abominable por todos conceptos, y que se hacía además ridículo con sus pretensiones de guapeza. Era un viejo verde, que después de comer aparecía abotagado, pletórico; y sus ojos vidriosos, grandes, muy parecidos á los de los besugos, y tan miopes que los corregía con cristales de número muy alto, decían que allí no había más que apetitos, usurpando el lugar del alma. Lo mismo Eloísa que yo resolvimos echarle, eliminándole con maña de las reuniones; pero él no entendía de indirectas, y se pegaba á la casa como una ostra.
Mi tía Pilar no iba nunca los jueves por la noche á casa de su hija. Su indolencia crecía diariamente con su torpeza muscular; aborrecía las ceremonias, y no se encontraba bien sino en su casa, después de haberse zarandeado dos ó tres horas en coche. En su comedor pasaba las veladas, dormitando, cuando no iban á hacerle compañía las amigas vecinas: bien la de Torres, que vivía en el tercero; bien la de Bringas, que habitaba en la inmediata calle de Olózaga.
María Juana tampoco iba á las comidas ni á las tertulias de su hermana. No armonizaban aquellas dos cuerdas de son y ritmo tan diferentes. A Medina sí le ví algunas noches, no en la comida, sino en la recepción. Jugaba al tresillo con mi tío, ó charlaba con Sánchez Botín de cosas de política, de asuntos de Ultramar y del poco dinero que iba quedando en la famosa Perla de las Antillas. Generalmente se le hacía poco caso, y su modestia y cortedad de genio eran tales, que más parecía agradecerlo que sentirlo. Hablando conmigo una noche en confianza, en un rincón donde nadie nos oía, la cabeza muy alzada para que las palabras franquearan mejor el gran espacio entre su pequeñez y mi buena estatura, los dos pulgares escondidos bajo las solapas del frac, y tocando el piano sobre el pecho con los ocho dedos restantes, el buen _ordinario de Medina_ me dijo que no tenía palabras para hacerme comprender lo que le cargaban aquellas reuniones; que iba á ellas simplemente por hacer el gusto á María Juana, quien le mandaba asistir para que le contara todo lo que viese. Sí: al volver á casa, tenía que repetir cuanto había oído y hacer descripción circunstanciada de personas y cosas, y si se le olvidaba algo ó lo confundía, su mujer se impacientaba. Erale odiosísima aquella vida de lisonja y mentira; aborrecía las comedias sociales, y adoraba lo positivo, el bienestar seguro y sin zozobra. Siendo su sistema gastar siempre menos de lo que se tiene, le daba rabia la ceguera estúpida de los que hacen todo lo contrario. Nunca le gustó á él _darse pisto_, ni aparecer como sabio ó como elegante sin serlo, y se encontraba mal entre personas que están sin cesar representando lo que no son y haciendo un papel que no les corresponde. Por todas estas razones pensaba decir á su mujer que si quería saber lo que allí pasaba, fuera ella en persona, pues él se daba de baja, y no volvería á poner sus pies en los salones de Eloísa. Aquel hombre juicioso y modesto dejó de favorecernos desde el segundo ó tercer jueves.
La pobre Camila no concurría á las fiestas de su hermana por varias razones. Importantísima era la de no tener vestidos, es decir, tenía uno; pero no era cosa de presentarse todos los jueves con los mismos trapitos de cristianar. Otra razón de peso era que, cumplidos los vaticinios que indecorosamente nos hiciera el día de la célebre comida, allá por Octubre había dado á luz un muchachón, del cual fuí padrino, y que tenía todas las trazas de ser tan bruto como su padre. Este fué dos ó tres noches á casa de Carrillo; pero se encontraba tan fuera de su centro, se parecía tan poco aquel recinto al grosero café donde él solía concurrir, que le faltó tiempo para desertar. Era un tagarote que no sabía dónde ponerse, ni hallaba con quién hablar, ni él hacía más que ir de un lado para otro, aburrido y desconcertado. Sólo en el marqués de Cícero hallaba de vez en cuando un punto de apoyo, por ser ambos manchegos, cazadores, y tener más ancho el círculo de los perdigones que el de las ideas.
--¿Y tu mujer? --le preguntaba yo todas las noches.
--Bien --me respondía--. Sigue empeñada en no poner ama. Lo cría ella misma.
Yo sabía que estaban bastante mal de metálico. Aunque era medio loca, Camila me inspiraba algún interés y lástima, y habiendo notado en su casa ciertas privaciones, supe valerme de medios delicados para socorrer sus faltas y para que mi buen ahijado no estrenase la vida en medio del desamparo y la desnudez.