Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* Se ha respetado la ortografía del original impreso. No se han puesto tildes a las mayúsculas salvo para deshacer ambigüedades.
* Se convierten determinados entrecomillados en rayas de diálogo y se espacian las restantes rayas según las convenciones tipográficas más recientes.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
* En el título del capítulo III y en el Índice, «tío Raimundo» se cambia a «primo Raimundo», tal como hacen ediciones posteriores para manterner la coherencia en el relato.
* Se añade, en el texto y en el Índice, un título al capítulo VIII, que aparece sin él, tomado de ediciones posteriores.
LO PROHIBIDO
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
B. PÉREZ GALDÓS NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
LO PROHIBIDO
Tomo primero.
13.000
[Ilustración]
=MADRID= PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA (Sucesores de Hernando) Arenal, 11 1906
EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. C. de San Francisco, 4.
LO PROHIBIDO
I
Refiero mi aparición en Madrid, y hablo largamente de mi tío Rafael y de mis primas María Juana, Eloísa y Camila.
I
En Septiembre del 80, pocos meses después del fallecimiento de mi padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolos á otra casa extractora de Jerez tan acreditada como la mía; realicé los créditos que pude, arrendé los predios, traspasé las bodegas y sus existencias, y me fuí á vivir á Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo me resistí á ello por no perder mi independencia. Por fin supe hallar un término de conciliación, combinando mi cómoda libertad con el hospitalario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto próximo á su vivienda, me puse en la situación más propia para estar solo cuando quisiese ó gozar del calor de la familia cuando lo hubiese menester. Vivía el buen señor, quiero decir, vivíamos en el barrio que se ha construído donde antes estuvo el Pósito. El cuarto de mi tío era un principal de diez y ocho mil reales, hermoso y alegre, si bien no muy holgado para tanta familia. Yo tomé el bajo, poco menos grande que el principal, pero sobradamente espacioso para mí solo, y lo decoré con lujo y puse en él todas las comodidades á que estaba acostumbrado. Mi fortuna, gracias á Dios, me lo permitía con exceso.
Mis primeras impresiones fueron de grata sorpresa en lo referente al aspecto de Madrid, donde yo no había estado desde los tiempos de González Brabo. Causábanme asombro la hermosura y amplitud de las nuevas barriadas, los expeditivos medios de comunicación, la evidente mejora en el cariz de los edificios, de las calles y aun de las personas; los bonitísimos jardines plantados en las antes polvorosas plazuelas, las gallardas construcciones de los ricos, las variadas y aparatosas tiendas, no inferiores, por lo que desde la calle se ve, á las de París ó Londres, y, por fin, los muchos y elegantes teatros para todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras cosas que observé después en sociedad, hiciéronme comprender los bruscos adelantos que nuestra capital había realizado desde el 68, adelantos más parecidos á saltos caprichosos que al andar progresivo y firme de los que saben á dónde van; mas no eran por eso menos reales. En una palabra, me daba en la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienestar y aun de riqueza y trabajo.
Mi tío es un agente de negocios muy conocido en Madrid. En otros tiempos desempeñó cargos de importancia en la Administración: fué primero cónsul; después agregado de embajada; más tarde el matrimonio le obligó á fijarse en la corte; sirvió algún tiempo en Hacienda, protegido y alentado por Bravo Murillo, y al fin las necesidades de su familia le estimularon á trocar la mezquina seguridad de un sueldo por las aventuras y esperanzas del trabajo libre. Tenía moderada ambición, rectitud, actividad, inteligencia, muchas relaciones; dedicóse á agenciar asuntos diversos, y al poco tiempo de andar en estos trotes se felicitaba de ello y de haber dado carpetazo á los expedientes. De ellos vivía, no obstante, despertando los que dormían en los archivos, impulsando á los que se estacionaban en las mesas, enderezando como podía el camino de algunos que iban algo descarriados. Favorecíanle sus amistades con gente de éste y el otro partido, y la vara alta que tenía en todas las dependencias del Estado. No había puerta cerrada para él. Podría creerse que los porteros de los ministerios le debían el destino, pues le saludaban con cierto afecto filial y le franqueaban las entradas considerándole como de casa. Oí contar que en ciertas épocas había ganado mucho dinero poniendo su mano activa en afamados expedientes de minas y ferrocarriles; pero que en otras su tímida honradez le había sido desfavorable. Cuando me establecí en Madrid, su posición debía de ser, por las apariencias, holgada sin sobrantes. No carecía de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad era poco lisonjero para un hombre que, después de trabajar tanto, se acercaba al término de la vida y apenas tenía tiempo ya de ganar el terreno perdido.
Era entonces un señor menos viejo de lo que parecía, vestido siempre como los jóvenes elegantes, pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba toda la cara, siendo esto como un alarde de fidelidad á la generación anterior, de la que procedía. Su finura y jovialidad, sostenidas en el fiel de balanza, jamás caían del lado de la familiaridad impertinente ni del de la petulancia. En la conversación estaba su principal mérito y también su defecto, pues sabiendo lo que valía hablando, dejábase vencer del prurito de dar pormenores y de diluir fatigosamente sus relatos. Alguna vez los tomaba tan desde el principio y adornábalos con tan pueriles minuciosidades, que era preciso suplicarle por Dios que fuese breve. Cuando refería un incidente de caza (ejercicio por el cual tenía gran pasión), pasaba tanto tiempo desde el exordio hasta el momento de salir el tiro, que al oyente se le iba el santo al cielo distrayéndose del asunto, y en sonando el _pum_, llevábase un mediano susto. No sé si apuntar como defecto físico su irritación crónica del aparato lacrimal, que á veces, principalmente en invierno, le ponía los ojos tan húmedos y encendidos como si estuviera llorando á moco y baba. No he conocido hombre que tuviera mayor ni más rico surtido de pañuelos de hilo. Por esto y su costumbre de ostentar á cada instante el blanco lienzo en la mano derecha ó en ambas manos, un amigo mío, andaluz, zumbón y buena persona, de quien hablaré después, llamaba á mi tío _la Verónica_.
Mostrábame afecto sincero, y en los primeros días de mi residencia en Madrid no se apartaba de mí, para asesorarme en todo lo relativo á mi instalación y ayudarme en mil cosas. Cuando hablábamos de la familia y sacaba yo á relucir recuerdos de mi infancia ó anécdotas de mi padre, entrábale al buen tío como una desazón nerviosa, un entusiasmo febril por las grandes personalidades que ilustraron el apellido de Bueno de Guzmán, y sacando el pañuelo me refería historias que no tenían término. Conceptuábame como el último representante masculino de una raza fecunda en caracteres, y me acariciaba y mimaba como á un chiquillo, á pesar de mis treinta y seis años. ¡Pobre tío! En estas demostraciones afectuosas que aumentaban considerablemente el manantial de sus ojos, descubría yo una pena secreta y agudísima, espina clavada en el corazón de aquel excelente hombre. No sé cómo pude hacer este descubrimiento; pero tenía certidumbre de la disimulada herida cual si la hubiera visto con mis ojos y tocado con mis dedos. Era un desconsuelo profundo, abrumador, el sentimiento de no verme casado con una de sus tres hijas; contrariedad irremediable, porque sus tres hijas ¡ay, dolor! estaban ya casadas.
II
En la primera ocasión que se presentó, mi tío habló de sus tres yernos con muy poco miramiento. El uno era egoísta, el otro pobre y vanidoso, el tercero una mala persona. De confidencia en confidencia llegó hasta las más íntimas y delicadas, acusando á su esposa de precipitación en el casorio de las hijas. De esto colegí que mi tía Pilar, señora indolentísima y de cortos alcances, por quedarse libre y descansar del enfadoso papel de mamá casamentera, había entregado sus niñas al primer hombre que se presentó, llovido en paseos y teatros. También pudo ser que ellas se sobrepusieran á la disciplina paterna, apegándose al primer novio que les deparó la ilusión juvenil.
No habían pasado quince días de mi instalación cuando me puse malo. Desde niño padecía yo ciertos achaquillos de hipocondría, desórdenes nerviosos, que con los años habían perdido algo de su intensidad. Consistían en la ausencia completa del apetito y del sueño, en una perturbación inexplicable que más parecía moral que física, y cuyo principal síntoma era el terror angustioso, como cuando nos hallamos en presencia de inevitable y cercano peligro. Con intervalos de descanso melancólico, mi espíritu experimentaba aquel acceso de miedo inmenso que la razón no podía atenuar, ni la realidad visible combatir; miedo semejante al que sentiría el que, cayéndose sobre la vía férrea y no pudiendo levantarse, viera que el pesado tren se acercaba, le iba á pasar por encima... Cuando me ponía así, la vista de personas extrañas me excitaba más. Dábanme ganas de pegar á alguien ó de injuriar por lo menos á los que me visitaban, y padecía mucho conteniéndome. Por esta razón no quería recibir á nadie, y mi criado, que ya conoce bien este flaco mío y otros, no dejaba que llegase á mi presencia ni una mosca. Difícil era en Madrid extremar la consigna. Ni valían estos rigores con mi tío, el cual, atropellando la guardia, se colaba de rondón en mi gabinete. Y era que creía de buena fe llevarme en sus largos discursos la mejor medicina de mi mal; jactábase de conocerlo á fondo, y en vez de hablarme de cosas que engañosamente llevaran mi espíritu á esfera distinta de mi padecer, estimaba más eficaz encararlo con éste, hacerle meter la cabeza en él valientemente, como se corrige á los caballos espantadizos, acercándoles á los mismos objetos de que huyen. Díjome primero en su festivo exordio, que aquello era el mal del siglo, el cual, forzando la actividad cerebral, creaba una diátesis neuropática constitutiva en toda la humanidad. Esto se lo había dicho Augusto Miquis la noche antes. Por eso lo sabía y lo repetía como papagayo, sin entender una jota de medicina. En lo que principalmente hacía hincapié mi tío Rafael, era en dar á mi dolencia la importancia histórica de un mal de familia, que se perpetuaba y transmitía en ella como en otras el herpetismo ó la tisis hereditaria.
--Todos padecemos en mayor ó menor grado --me dijo amplificando mucho la relación que voy á extractar--, los efectos de una imperfeccioncilla nerviosa, cuyo origen se pierde en la crónica obscura de los primeros Buenos de Guzmán de que tengo noticia. En nuestra familia ha habido individuos dotados de cualidades eminentes, hombres de gran talento y virtudes; pero todos han tenido una flaqueza: llámala, si quieres, chifladura; bien pasión invencible que les ha descarrilado la vida, bien manía más ó menos rara que no afectaba á la conducta. A unos les ha tocado el daño en el cerebro, á otros en el corazón. En algunos se ha visto que tenían una organización admirable, pero que les faltaba, como se suele decir, la catalina. Por esto, abundando tanto en nuestra familia las altas prendas de entendimiento y de carácter, ha habido en ella tantos hombres desgraciados. No han faltado en la raza tragedias lastimosas, ni enfermedades crónicas graves, ni los manicomios han carecido en sus listas del apellido que llevamos. En cuanto á las mujeres, las ha habido ilustrísimas por la virtud, algunas heróicas; pero también las hemos tenido de temperamentos tan exaltados, que más vale no hablar de ellas.
Parecíame algo fantástico lo que me contaba aquel hablador sempiterno, que, por lucir el ingenio, era capaz de alimentar su facundia con materiales de invención.
--Usted hubiera sido un gran novelador --le dije; y él, acercándose más á mí, prosiguió de este modo:
--Recorre la historia de la familia en los individuos más cercanos, y verás cómo hay en ella una singularidad constitutiva que viene reproduciéndose de generación en generación, debilitándose al fin, pero sin extinguirse nunca. ¡Ah! nosotros los Buenos de Guzmán somos muy _célebres_. Si contara lo que sé de todos, no acabaría en tres meses. Sólo diré que mi abuelo, bisabuelo tuyo, era un hombre que á lo mejor se envolvía en una sábana y andaba de noche por las calles de Ronda haciendo de fantasma para asustar al pueblo.
»Tu abuelo, hermano de mi padre, se hizo construir un panteón magnífico para él solo, quiero decir, que ninguna otra persona de la familia se había de enterrar en él. Pero en el testamento dispuso que le fueran poniendo al lado los cuerpos de todos los niños pobres que se murieran en Ronda. Y así se hizo. En treinta años fueron sepultados allí más de doscientos cadáveres de ángeles. El tal tenía pasión por los niños ajenos. Acusábasele de haber aumentado considerablemente la raza humana, pues fué el primer galanteador de su tiempo.
»Tu tío Paco, hermano también de mi padre, no tuvo otra manía que criar gallinas y encuadernar. Coleccionaba papeletas de entierro y hacía libros con ellas.
»Tu papaíto, hijo de el del panteón, merece capítulo aparte. Fué el hombre más guapo de Andalucía. A él has salido tú, y llevas su retrato en la cara. Fué también el primer enamorado de su tiempo, y jamás puso defecto á ninguna mujer, porque le gustaban todas, y en todas encontraba algún _incitativo melindre_, que dijo el otro. Cuando se casó con la inglesa, tu madre, creímos que se corregiría; pero ¡quiá! tu mamá pasó muchas amarguras. Demasiado lo sabes.
»Vamos ahora á mi rama. Mi padre se sabía el _Quijote_ de memoria, y hacía con aquel texto incomparable las citas más oportunas. No había refrán de Sancho ni sentencia de su ilustre amo que él no sacase á relucir oportuna y gallardamente, poniéndolos en la conversación, como ponen los pintores un toque de luz en sus cuadros. Cito esto porque también corrobora lo que voy contando. Hacía excelentes cometas y compuso una obra sobre los alfajores de la tierra.
»De mis hermanos algo sabes tú; pero algo puedo añadir á tus noticias. Javier fué la esperanza de mi padre. Era precocísimo; tuvo, como tú, esas melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte. De pronto le entró la manía mística, dando en la flor de tener éxtasis y visiones. Mi padre, que quería fuese marino, se disgustó. No había más remedio que meterle en la Iglesia. Estudió en el Seminario de Baeza cuatro años, hasta que... Ya sabes que se fugó del Seminario y se casó con una aldeana. Fué dichoso, tuvo después mucha salud y no padecía más que unos fuertes ataques de dentera que le hacían sufrir mucho. Su mujer paría siempre gemelos.
»Mi hermano Enrique tenía un carácter grave, prodigiosa habilidad mecánica, delicadezas de mujer y un horror invencible á las aceitunas. Sólo de verlas se ponía malo. Hizo de corcho el famoso Tajo y el puente de Ronda. Mi padre quería que fuese á estudiar á Sevilla; pero repugnábanle los libros. Enamoróse perdidamente de una joven de buena familia. Eran novios y no había inconveniente en que se casaran. Pero de la noche á la mañana, Enrique empezó á caer en melancolías. Le acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades varoniles. ¡Pobre Enrique! Acabó en el manicomio de Sevilla á fines del 54.
»Mi hermana Rosario no dió más señales de la infección hereditaria que el tener toda su vida violentísimo odio á los perros. No los podía ver, y lo mismo era oir un ladrido que ponerse á temblar. Casó con Delgado, y en su hijo Jesús aparece pujante el mal. Tú no le has visto. Es un sér inocentísimo, que se pasa la vida escribiéndose cartas á sí mismo.
»De mis hermanos sólo quedamos Serafín y yo. Serafín fué siempre el más robusto de todos. Era un mocetón, la gala de Ronda y el primer alborotador de sus calles de noche y de día. Por su vigorosa salud y su constante buen humor, parecía tener completos los tornillos de la cabeza. Pusiéronle á estudiar marina en San Fernando, y se distinguió por su aplicación y laboriosidad. Salió á oficial el 43, y su carrera ha sido muy brillante. Estuvo en Abtao, en el desembarco de Africa, en el Pacífico. Hoy es brigadier retirado y vive en Madrid, donde no hace más que pasearse. Tú le conoces. ¿Pero á que no sabes todavía en qué consiste y de qué manera tan extraña se ha manifestado en él, al cabo de la vejez, esa maldita quisicosa que no ha perdonado á ningún Bueno de Guzmán? Te lo diré en confianza. Cuando le trates más, verás en Serafín el hombre más completo que puedes figurarte, el tipo del caballero atento, discreto y cumplido, el veterano valiente y pundonoroso, y seguirás teniéndolo en el más elevado concepto hasta que descubras su flaco, el cual es de tal naturaleza, que casi me da vergüenza hablar de él. Pues Serafín ha adquirido la maña... no me atrevo á llamarla de otro modo... de coger con disimulo tal ó cual objeto que ve en las casas que visita, metérselo en el bolsillo... ¡y llevárselo! No sabes los disgustos que hemos tenido... Nada: no te lo explicas, ni yo tampoco, ni él mismo sabe dar cuenta de cómo lo hace y por qué lo hace. Es un misterio de la Naturaleza, una aberración cerebral... Veo que te pasmas... Pues, nada: entra mi hombre en una librería, acecha el momento en que los dependientes están distraídos, agarra un libro, se lo guarda en el bolsillo del _carrik_, y abur. En varias casas ha cogido chucherías de esas que ahora se estila poner sobre los muebles, y hasta perillas de picaportes, aldabas de puertas, tapones de botellas... Me ha confesado que siente un placer inmenso en esto; que no sabe por qué lo hace; que es cosa de las manos... qué sé yo... mil desatinos que no entiendo.
Bien podría ser la relación de mi tío, como he dicho antes, puramente fantástica, una de esas improvisaciones que acreditan el numen de los grandes habladores; pero fuese verdad ó mentira, á mí me entretenía y agradaba en extremo. Pendiente de sus palabras, sentía yo que éstas se acabasen y con ellas la historia, cuyos pormenores referentes á dolencias ajenas eran eficaz bálsamo de la mía. Parecíame que faltaba aún lo más interesante, esto es, saber en qué grado estaban mi propio tío y su descendencia tocados del mal de familia, ó si por ventura se habían librado ya de tan pertinaz enemigo. Echóse á reir llorando cuando le manifesté esta curiosidad, y prosiguió de este modo:
III
--Me parece, querido, que yo soy, entre todos los Buenos de Guzmán, el que menor lote ha sacado de esa condenada maleza. La actividad de mi vida, el afán diario de los negocios, la aplicación constante del espíritu á cosas reales, me han preservado de graves desórdenes. Sin embargo, sin embargo, no ha sido todo rosas. En ciertas ocasiones críticas, á raíz de un trabajo excesivo ó de un disgusto, he sentido... así como si me suspendieran en el aire. No lo entenderás, ni lo entiende nadie más que yo. Voy por la calle, y se me figura que no veo el suelo por donde ando: pongo los pies en el vacío... Al mismo tiempo experimento la ansiedad del que busca una base sin encontrarla... Pero ando, ando, y aunque creo á cada instante que me voy á caer, ello es que no me caigo. La _suspensión_, como yo llamo á esto, me dura tres ó cuatro días, durante los cuales no como ni duermo; luego pasa, y como si tal cosa.
»En mis hijos he observado fenómenos diferentes. Raimundo tiene indudablemente un gran desequilibrio en su organismo. No puedo menos de relacionar su carácter con el de otros Buenos de Guzmán, que habiendo tenido, como él, imaginación vivísima, gran aptitud teórica para todas las ramas del saber humano, no han servido para maldita cosa ni supieron hacer nada de provecho. Así es mi hijo Raimundo: un pasmoso talento improductivo, un árbol hermosísimo, cuya pingüe cosecha de flores se pudre antes de ser fruto. De niño era el prodigio de la casa. Híceme la ilusión de tener un hijo que llegaría á los puestos más altos de la Nación. Pero creció, y me encontré con un soñador, con un enfermo de hidropesía imaginativa. No le falta un tornillo: yo creo que le sobra. En aquella cabeza hay algo de más. Tres ó cuatro cerebros dentro de un cráneo no pueden funcionar sin estorbarse y producir un zipizape de todos los demonios.
»Paso á mis tres hijas. En ellas observo el maleficio de familia tan gastado ya, que es como un agente químico, cuyas propiedades se extinguen y acaban con el mucho uso. Y eso que son mujeres, y en opinión mía (que será un disparate fisiológico, pero es una opinión) las mujeres tienen más nervio que los hombres. Ninguna de las tres ha presentado hasta ahora desconciertos nerviosos que me pongan en cuidado, á excepción de aquéllos que vienen á ser como de rúbrica en el bello sexo y sin los cuales hasta parece que perdería parte de sus encantos. María Juana, mi primogénita, es una mujer como hay pocas. ¡Qué buen juicio, qué seriedad de carácter, qué vigor de creencias y opiniones! Te digo que me tiene orgulloso. De cuando en cuando le entran misantropías, cefalalgias, y sufre la inexplicable molestia de cerrar fuertemente la boca por un movimiento instintivo que no puede vencer. Ha tratado de dar explicaciones de lo que siente; pero lo único que le he podido entender es que se figura tener un pedazo de paño entre los dientes, y que se ve obligada, por una fuerza superior á su voluntad, á masticarlo y triturarlo hasta deshacer el tejido y tragarse la lana. Fíjate bien, y verás que es un suplicio horrible. Desde que se casó, estos ataques son poco frecuentes.
»La complexión de Eloísa es menos vigorosa que la de su hermana mayor. Guapa como pocas, cariñosísima, dulce, sensible hasta no más, por la menor cosa se altera. Se apasiona pronto y con vehemencia, y en sus afectos no hay nunca tibieza. Era de niña tan accesible al entusiasmo, que no la llevábamos nunca al teatro, porque siempre la traíamos á casa con fiebre. Gustaba de coleccionar cachivaches, y cuando un objeto cualquiera caía en sus manos, lo guardaba bajo siete llaves. Reunía trapos de colores, estampitas, juguetes. Cuando ambicionaba poseer alguna chuchería y no se la dábamos, por la noche le entraba delirio. Sufría la privación en silencio; pero el anhelo de su pobre almita se pintaba en sus lánguidos ojos. De mujer nos ha sorprendido con una simpleza que á veces me parece ridícula, á veces digna de la más viva compasión. Tiene horror á las plumas, no á las de escribir, sino á las de las aves, y, por tanto, horror á todo lo volátil. Pregúntale sobre esto, y te dirá que la acompaña casi constantemente, pero unos días más que otros, la penosa sensación de tener una pluma atravesada en la garganta sin poder tragarla ni expulsarla. Es terrible, ¿verdad? Se pone nerviosísima á la vista de un canario. En la mesa no hay quien la haga comer un ave, por bien asada que esté. Hasta las plumas con que se adornan los sombreros le hacen mal efecto, y como pueda las destierra de su cabeza... A veces nos reímos de ella por esto, á veces la compadecemos. Es un ángel de bondad, y su marido (á tí te lo digo en confianza) no merece tal joya.