Chapter 9
* * * * *
Durante aquel período de desanimación y cansancio fue cuando conoció a miss Darling en la embajada de Inglaterra.
Era sobrina de un riquísimo americano, Ricardo Darling, que había empezado por correr con los pies descalzos por las calles nacientes de Chicago vendiendo a los albañiles unos pasteles cuyo aroma era su principal alimento; y diga lo que quiera don César de Bazán, «El olor del festín...» es poca comida para un estómago de diez años.
¿Cómo el pastelero se había elevado a una fortuna comparable con la de Menzikoff? Fue aquel un milagro de energía, de actividad y de audacia de los que son moneda corriente en el Nuevo Mundo.
Hoy, el tío Dick poseía una parte de la ciudad monstruo que había crecido con él y no por eso estaba orgulloso. Su único placer era no rehusar nada a su sobrina ni a su estómago.
--Tú puedes comprarlo todo, y yo también--declaraba con cándida fatuidad.
Desgraciadamente, hay cosas que no se compran, y ocurría con frecuencia que ante las maravillas gastronómicas que se amontonaban en su mesa, el tío Dick echaba de menos el tiempo en que no tenía más que el olor de sus pasteles... y un excelente apetito.
Educada con esa libertad de las americanas del Norte, que, en ella, lejos de degenerar en desvergüenza, era una tranquila conciencia de su fuerza, Eva se destacaba absolutamente en aquella sociedad cosmopolita en la que las antiguas familias romanas, lánguidas y agotadas, tratan de regenerarse al contacto de los jóvenes bárbaros, como Tiberio en Caprea, con esos baños de sangre impotentes para renovar la de sus venas.
Ridículos esfuerzos de un mundo que no quiere morir, y grotescas ilusiones de un mundo que, nacido de ayer y vacilando aún en los pañales, pretende iluminar el universo en las orillas del Tiber como en la rada de Nueva York.
En estas condiciones las personas se mezclan pero no se confunden; cada cual conserva sus cualidades y sus defectos, sus defectos sobre todo, como esos esposos desconfiados que reclaman los beneficios de la comunidad sin querer soportar sus cargas.
Como esos barrios nuevos edificados apresuradamente para la especulación, y ya derruidos sin la patina del tiempo, la joven colonia americana se agrieta y se hunde como la vieja aristocracia romana, la cual, al menos, se armoniza con las ruinas imponentes del Coliseo y del Capitolio en que descansa, todavía majestuosa, como un César expirante.
Miss Darling se destacaba en aquella sociedad ficticia por una nota muy personal: la sinceridad.
Tal como era, así se mostraba, sin ningún cuidado de la opinión ni del efecto que pudiera producir.
Cuando le gustaba una cosa, lo decía; y tampoco disimulaba lo que le inspiraba desprecio. Tenía lo que más falta en esta sociedad indecisa y flotante a pesar de su aplomo afectado: la solidez.
Solidez en su ingenio, en su corazón y en su juicio, así como en su personilla de buena apostura, que marchaba recta a través de la multitud con ese aplomo tan sencillo y tan natural más dominante que la audacia.
Su desprecio por los homenajes se los atraía más que a nadie y una palabra de aprobación o un gesto benévolo tenían más precio viniendo de ella que los más altos favores de las mujeres de moda.
El día en que, en el curso de una conversación, declaró al señor de Candore que no le gustaban los jóvenes, el diplomático sintió casi fatuidad por sus cincuenta años.
--¿Puedo preguntar a usted la razón de ese ostracismo, que, por desgracia, no se refiere a mí?--preguntó sonriendo.
--Es muy sencillo; para mí, el hombre no vale más que por sus actos. Ahora bien, por la fuerza de las cosas y salvo excepciones, los jóvenes no tienen detrás de sí más que la nada y se apoyan solamente en los méritos paternos, que les han hecho lo poco que son. Su mérito personal, a pesar de su soberbia confianza en este punto, no está todavía más que en el estado de esperanzas, y yo espero que se digne revelarse.
--¡Ah! miss Darling, la juventud es también un mérito que se aprecia mucho, sobre todo cuando está lejos.
--En una mujer, sí, como la belleza; pero en un hombre es cosa superflua. Siempre preferiré a unos cuantos belitres como sus agregados de embajada, príncipes del turf o reyes del cotillón, uno de esos reyes del petróleo de los que se ríen en Francia, pero cuya iniciativa, cuya actividad y cuya inteligencia alimentan millares de existencias, o un general viejo, como el príncipe de San Remo, que ha arriesgado veinte veces la suya.
--Pero es muy feo, señorita.
--Yo le encuentro guapo--declaró la joven con entusiasmo.
--¿Habrá que decírselo?
La joven se echó a reír y dijo con más seriedad:
--La verdad es que la edad no importa en la cuestión. Hay octogenarios sin bagajes, y Mozart y Bonaparte eran ya viejos de gloria a los treinta años.
--¡Ay! señorita, ¿hay que ser Mozart o Bonaparte para encontrar gracia con usted?
--No soy tan ambiciosa; no me gustan las nulidades, y nada más.
Nadie se considera como una nulidad. Candore, en particular, tenía una buena opinión de sí mismo y no retuvo de esta conversación más que la parte halagüeña:
La joven americana no temía la madurez.
Raúl, desde entonces, puso una especie de coquetería en confesar su edad y no discutió ya con el espejo la aparición de una arruga o de una cana.
Con el cigarro en la boca y las riendas sueltas en el cuello del caballo, Raúl se dirigía lentamente a Candore pensando en la fina silueta del joven capitán que había visto en la ventana y que había causado tan linda sonrisa en los labios de miss Darling...
¿Quién podía ser aquel muchacho?
--Un oficial de gran mérito y del más brillante porvenir--había respondido Eva con un entusiasmo nada disimulado y que ensombreció un poco la frente del diplomático.
Sin que pareciese que se daba cuenta de ello, la joven se había extendido largamente al hablar de las circunstancias novelescas de su encuentro en África, donde él había desplegado una admirable sangre fría y un raro valor para sacarla, a ella y a su tío, de las garras de una tribu de tuaregs en que se habían aventurado imprudentemente.
Por muy maravillosa que fuese la historia y graciosa la narradora, no encantó más que medianamente los oídos del oyente.
--¿Cómo se llamaba aquel héroe?
--El capitán Raynal.
--Raynal... Raynal...
El conde buscaba en vano en el fondo de su memoria.
Nunca Liette, bastante discreta, es cierto, ni su madre, bastante prolija sin embargo, le habían hablado de un pariente de ese nombre; creía su familia extinguida.
Guardando para él sus reflexiones, el conde escuchaba con creciente irritación aquel molesto elogio del que la joven miss no le dispensaba. Así fue que vio con una especie de alivio la verja del castillo de Argicourt, donde Eva estaba de temporada en casa de unos amigos comunes.
¡El, que se regocijaba por tal vecindad, sin haber previsto el tal militarcito!...
¿De dónde diablos había salido?
Raynal... El capitán Raynal...
Desde su matrimonio no había sabido nada de Liette...
La correspondencia entre ella y su antigua discípula se había ido acabando poco a poco, pues la una temía preguntar y la otra responder. Pronto la pluma se había caído de los dedos helados de la condesita, y el silencio se había producido.
En sus raras apariciones por Candore, el conde, movido por una especie de respeto involuntario, se había abstenido siempre de pronunciar el nombre de la empleada, a quien, por otra parte, había casi olvidado. Sabía solamente por algunas palabras en el aire recogidas al azar de las conversaciones, que se había negado siempre a dejar su puesto, prefiriendo ascender en él, y Raúl lo había atribuido a un recuerdo halagüeño para su persona.
--Pobre muchacha; estaba loca por mí--pensaba con indulgente fatuidad.
Y no se ocupaba más del asunto.
Hoy, la aparición de aquel buen mozo en la misma ventana de otro tiempo... turbaba sus ideas como una interrogación.
Su nombre, sus facciones, su edad, todo era materia de suposiciones y de hipótesis.
Siendo capitán y estando condecorado, debía de tener veinticinco o treinta años, aunque apenas los representaba.
A primera vista se parecía a Liette, evidentemente, no en el color de los ojos y del cabello ni en el corte de cara, sino en la expresión.
¿Y se llamaba Raynal?
¿Será que?...
El negro demonio de los malos pensamientos rozábale con su ala, y una sonrisa burlona respondía a las cejas fruncidas.
¿Será que?...
Tendría gracia...
¡Ella, que las echaba de virtuosa!
¿Habré yo hecho el tonto?
El conde arrojó el cigarro sin acabar con una cólera mezclada de despecho.
El amor propio, más vivaz que el amor, hacíale sentir su aguijón.
¿Se habría burlado de él?
¿Se le habría impuesto por una falsa dignidad y un pudor afectado, hasta el punto de obligarle a ofrecerle su nombre, siendo acaso indigna de él, y conservando la careta hasta el fin para robarle su estima y su respeto?
El conde iba montando en cólera y toda una antigua levadura de celos retrospectivos fermentaba de repente en el fondo de su ser estragado.
Raúl trataba de reírse.
¡Celoso yo!... ¡Y de una cincuentona!... Vamos allá, querido, tu reloj retrasa...
No, pero no quería ser engañado, y si sus sospechas eran fundadas, entonces...
Entonces, ¿qué?
¿Qué le importaba a él?
¿Iba a insultar a una mujer, él, un noble? ¿Y por qué?
¿A causa de aquel guapo oficial a quien sonreían las muchachas?
--Que no se ponga en mi camino--exclamó blandiendo el látigo con una violencia que hizo encabritarse a su caballo.
--Hola, sobrino... ¿Con quién diablos disputas?
El señor Neris, apoyado en su bastón, apareció en la linde del bosque.
El conde sujetó muy diestramente a su caballo y dijo echando pie a tierra:
--¿Quieres que volvamos juntos, tío?
--Con mucho gusto, amigo mío.
Púsose al brazo las riendas del caballo, penetró con su tío bajo las altas arboledas que rodeaban el castillo y siguió el mismo camino en que la pobre miss Dodson vertió tantas lágrimas veinticinco años antes.
--Veo que eres todavía un brillante jinete.
--Gracias a tus lecciones, tío. Tú fuiste quien me puso la primera vez a caballo.
--¡Ay! parece que te estoy viendo todavía con mi pobre Blanca. ¡Qué lejos está eso, Dios mío! Y después, cuántas penas...
Su blanca cabeza se inclinó sobre el pecho. Raúl se callaba, respetando aquel gran dolor.
--Esta mañana saliste muy temprano--dijo al fin el anciano haciendo un esfuerzo.
--Sí, he estado en Argicourt. Había prometido a miss Darling salir con ella a caballo, pues su tío está lejos de valer lo que el mío en punto a equitación. Hemos dado un buen paseo.
--Siempre es bueno un paseo dado con una mujer guapa...
--¿Te gusta miss Darling?
--Mucho. Es sencilla y natural; toda su persona denota una rectitud, una lealtad y un aplomo que no he encontrado en las demás.
--Me hacen feliz esos elogios, pues si yo me decidiera a llenar el vacío de mi hogar, querría mucho tener tu aprobación.
El octogenario se paró de repente.
--¿Piensas acaso?...
Su voz temblaba.
--¡Dios mío! ¿Por qué disimularlo? Ya sabe usted si he amado tiernamente a la querida criatura que el cielo me arrebató muy pronto...
--Pasemos adelante.
--La he llorado durante veinte años y he llevado lealmente su luto.
--Pasemos, pasemos.
--Pero al fin llega una hora en que no debe uno ya mirar detrás de sí y en que los minutos están contados para llenar nuestros deberes respecto del porvenir como respecto del pasado. Un noble no puede dejar extinguirse el nombre que ha recibido de sus antepasados para transmitírselo a sus descendientes.
--En una palabra, quieres casarte con miss Darling...
--Por la razón que te doy...
--¿La permanencia de la raza? Si esa fuera la única, ¿sería necesario recurrir a un matrimonio aventurado?... En la vida de un hombre de placer como tú... y como yo, por desgracia, hay faltas de la juventud que corresponde reparar a la vejez...
--¿Qué quiere usted decir?
--No tengo derecho para ser severo... Pero si hubieras dejado detrás de ti algún remordimiento...
Llegaban a un claro rodeado de hayas gigantes que el sol acribillaba con sus flechas de oro...
«Acuérdate» decía el astro ardiente con sus lenguas de fuego.
«Acuérdate» repetía el murmullo de los árboles, majestuosos testigos del pasado.
«Acuérdate» arrullaban las tórtolas produciendo su nota melancólica y tierna en el silencio de los grandes bosques.
Pero Raúl no se acordaba...
--No tengo ningún remordimiento, querido tío--respondió con desenvoltura.
Neris hizo un gesto vago.
--Eres muy feliz--dijo sencillamente.
Prodújose un momento de silencio.
--En fin, querido tío, si llegase el caso, ¿no tendría usted ninguna objeción seria contra miss Darling?--preguntó el conde, que no quería abandonar su asunto.
--Tiene veinte años y tú has pasado de cincuenta.
--Pero yo también soy como usted, tío mío, estoy construido a cal y canto; es una herencia del abuelo Neris que estoy lejos de despreciar.
--En lo físico, pase aún; pero en lo moral...
--A miss Darling no le gustan los jóvenes; me ha expuesto sus teorías sobre esto...
--Encontrará entonces, acaso, que lo eres demasiado--dijo el anciano con ligera ironía.
--En fin, no es su opinión probable lo que yo quiero conocer, querido tío, sino la tuya--respondió el diplomático con alguna impaciencia.
--Te lo repito, amigo mío; no he encontrado comparable con miss Darling más que una persona.
--¿Y era, si no es indiscreción?...
--Liette Raynal.
Raúl se mordió los labios.
En el estado de ánimo en que se encontraba, aquel nombre sonaba de un modo particularmente desagradable a su oído.
Pero no por eso perdió la ocasión de preguntar con maña:
--¿La institutriz de mi pobre Blanca? Sí, era una persona de mérito--añadió con indiferencia.--¿Qué ha sido de ella?
--Sigue en Candore.
--¿Empleada de Correos?
--Empleada de Correos.
--Por cierto que he creído ver una figura nueva al pasar por delante de la oficina; un militar...
--Es su hijo adoptivo... un pariente... el capitán Raynal.
El conde de Candore hizo sonar la lengua con expresión de duda.
--¿Crees tú en los hijos adoptivos, tío?
El anciano respondió con cierto dejo de severidad:
--Sí, sobrino, como en los hijos abandonados.
* * * * *
Liette estaba en su estrecha oficina viendo, como en el día lejano de su llegada al pueblo, desfilar todo el mundo por delante del ventanillo; pero la curiosidad no era para ella, y, en lugar del irritante malestar de otro tiempo, Liette sentía ahora una dulce satisfacción de orgullo maternal al oír los saludos al joven capitán de los viejos y viejas que le habían conocido niño.
El joven respondía con cordialidad, tratando de conocer en las jóvenes que salían de las vísperas y en los mozos que emprendían partidas de pelota o se iban a tirar al arco a los chicuelos dejados en el pueblo y a quienes se asombraba de encontrar cambiados como él. Y al volver los ojos al modesto interior, lo mismo la fría oficina que el salón de elegancias pasadas de moda, el capitán encontraba con placer infantil todos los muebles y todos los objetos familiares, todo, hasta el pobre Breal, primer compañero de sus juegos, disecado en memoria suya.
Nada había cambiado en aquel cuadro anticuado y envejecido, en el que sólo él no se reconocía cuando el espejo le enviaba la sombra de sus bigotes, justamente encima de su retrato con falda corta y con un tambor a sus pies.
Nada había cambiado, y la misma tía Liette, recta y menuda con su traje sencillo de lana, con su bello perfil de camafeo bajo el cabello apenas encanecido en las sienes y su mirada límpida que reflejaba la serenidad de su alma, la misma tía Liette había envejecido tan poco, que al preguntarle de repente Carlos:
--Tía Liette ¿cuándo vas a pedir tu jubilación?
La empleada respondió prorrumpiendo en una carcajada llena de juventud.
--¿Mi jubilación? Gracias a Dios, amigo mío, estoy todavía fuerte y espero evitar durante algunos años el ser arrinconada.
--Sin duda... Pero es precisamente por eso... Estás joven y activa... No temes los viajes... Y, por otra parte, eres hija y madre de soldado...
--Explícate...
--Oye. Quisiera tenerte más cerca de mí, tía Liette; mi sueldo bastaría para los dos... Quisiera que me siguieses a mis lejanas guarniciones como en otro tiempo a tu padre. Quisiera no tener sólo presente la imagen del hogar que has creado al huérfano, sino ese hogar mismo y la que es su alma. ¿No te gustaría volver a ver aquella tierra de África en que diste los primeros pasos?
Liette sonrió, dulcemente conmovida por esta delicadeza filial.
--Eres bueno y tierno, hijo mío, al pensar en mi soledad más aún que en la tuya; pero a mi edad no se rompen las costumbres de veinticinco años. Me atan a esta pobre aldea muchas cosas de las que no se llevan en la suela de los zapatos. En rigor, pudiera arrastrar conmigo tu cuna como las pobres «reliquias» de mi madre, pero no su tumba; y cuando se baja la cuesta de los cincuenta años los muertos atraen más aún que los vivos.
--Gracias a Dios, tía Liette, como decías hace un momento, estás buena y sana, y yo, que no vivo con mis recuerdos, desearía otra compañía.
--«No es bueno que el hombre esté solo», luego tu deseo es muy legítimo; pero no es una vieja como yo la que debe llenar el vacío de tu casa y de tu corazón... Necesitas una joven y linda compañera y hermosos hijos...
--De los que tú serás abuela.
--Es un papel que me gustará mucho, y quizá entonces pediré mi jubilación para estudiarle con descanso... pero no antes.
El joven se retorció el bigote con expresión distraída y su mirada vaga pareció buscar en el espacio una silueta fugitiva.
La tía Liette le observaba como al descuido.
--¿Está en camino, Carlos?--preguntó maliciosamente.
--No, todavía está en las nubes.
Y con una risa un poco forzada para ocultar su confusión, el joven dio un sonoro beso en la frente de la empleada.
--De modo que no es todavía esta vez cuando te llevo conmigo, tía Liette...
--¡Cómo! mal muchacho, ¿quieres llevarte a mi vecina?
Y el señor Hardoin que entraba le amenazaba alegremente con el dedo.
--Sí, padrino, y a usted también si quiere.
--¡Oh! si no dependiera más que de mí, daría con gusto la vuelta al mundo...
--¿Dejar el despacho? ¿Usted? ¡Imposible! Apuesto a que es el miedo del viaje de novios lo que le ha impedido a usted casarse.
--No se burle usted, mi capitán; no se es siempre soltero por gusto.
Y con un suspiro de los más elocuentes, echó una mirada de reproche a la tía Liette, que se sonreía a medias.
Después recostándose en una butaca y levantándose las gafas por la frente para mirar más a sus anchas las facciones varoniles del joven oficial, dijo:
--Vamos a ver, señor misterioso, ¿tienes la intención de hacerme redactar tu contrato?
--¿Yo? ¡Qué disparate!
--No encontrarías dificultades... No eran las siete de la mañana cuando el tío Griel, un ladino que tiene la costumbre de tratar los negocios al salir de la cama, vino a consultarme sobre la venta de su prado de Ognolles y me insinuó de paso que piensa dar a su hija cien mil francos de dote... y que la chica no detesta a los militares...
--¿La pequeña Irma, que tenía las manos tan rojas y la deplorable costumbre de pisar los moñigos de vaca?
--La pequeña Irma es ahora una joven que vuelve de Santa Clotilde con todos los diplomas y tan hecha a las buenas maneras, que desprecia soberanamente a los aldeanos, empezando por el bueno de su padre.
--Prefiero, entonces, la antigua Irma.
--El recaudador, por su parte, ha venido a tomar conmigo el vino blanco, menos por mi bodega que por su sobrina, cuyos méritos me ha ponderado durante la misa... Tienen que contar...
--Clarita... ¿No la pusieron de largo cuando yo estrené mis primeros calzones?
--Sí, pero los años de campaña se cuentan dobles y ella ha conservado la frescura de su nombre.
--Pongamos que estoy demasiado bronceado para ella, y no hablemos más del asunto.
--Pues no eres poco difícil...
--¿No hay nada más?--preguntó la tía Liette muy divertida.
--Como pasos oficiales, no hay más, y ya es bastante... Pero he recibido otras dos visitas, la una muy simpática... y la otra un poco menos.
--¿Cuáles?
--Eso, joven, es el secreto profesional. Busca y encontrarás. ¿Quién puede quererte bien?
--¿Y mal?--preguntó con inquietud Liette, a quien el notario respondió con una señal imperceptible.
La empleada, impaciente por saber, dijo:
--Oye, Carlos, debías hacer una visita al señor cura para presentarle tus respetos y tu cruz...
--Comprendido... A las órdenes de usted, mi comandante.
Y dando un beso a su madre adoptiva, le dijo al oído:
--Apuesto a que para ti no habrá secreto profesional.
Un instante después atravesaba la plaza con paso diligente e iba a llamar a casa del cura con gran admiración de los muchachos.
Liette, que le había seguido con tierna mirada, se volvió entonces hacia el notario.
--¿Qué hay?--le preguntó sin otro preámbulo.
--En primer lugar, cierto señor Darling, tío y tutor de una riquísima americana, actualmente en el castillo de Argicourt, y que parece querer muy bien a nuestro africano, a quien encontró en el curso de un viaje a Argelia, donde les prestó un señalado servicio...
--Y además...
--Además el conde de Candore, apasionado de la joven miss y a quien los laureles del capitán Raynal impiden dormir.
Liette se puso la mano en la frente cargada de pensamientos.
--¿Le ha preguntado a usted sobre Carlos?
--Sí, indirectamente y con cierta acritud, no se lo disimulo a usted.
--Y usted, ¿qué le respondió?
--Nada o poco más; y se marchó muy contrariado.
--Aquí tiene usted una complicación imprevista, amigo mío. Siento que Carlos esté aquí. Pero no importa; si se trata de su dicha, yo sabré defenderle.
--Le defenderemos--rectificó calurosamente el digno notario.
* * * * *
Cuando Carlos volvió encontró a su madre adoptiva ligeramente preocupada. Una nube fugitiva que se ponía algunas veces en sus tranquilas facciones obscurecía el brillo de sus bellos ojos, tiernamente fijos en él y en los que se leía una vaga alarma.
--Una carta para ti--dijo dándole un sobre blasonado.
El joven la abrió y la leyó rápidamente.
--Es una invitación del señor de Argicourt para un Rally-paper, el sábado.
--¿Vas a ir?
Carlos vaciló un momento.
--No, tía Liette; mi licencia es corta, y quiero dedicártela entera.
--Pero yo no quiero ser egoísta y privarte de los placeres de tu edad.
--¡Qué buena eres!
--No es más sino que te quiero mucho.
Carlos la contempló con enternecimiento.
¡Oh! sí, la tía Liette le amaba... ¡Y él a ella!
A aquella hora la oficina estaba cerrada, y libres de importunos, ambos gozaban de la intimidad del reposo dominical que adormecía al humilde pueblo. Sentado enfrente de ella en el saloncillo ajado y delante del almohadón en que Liette acababa de poner su cesto de labor, Carlos se creía vuelto a la niñez y una sensación de exquisita dulzura penetraba en su ser.
--Siempre te veo el mismo bordado, tía Liette. ¿Haces acaso lo que Penélope?
--No, señor burlón, no es la misma; pero no varío ni el dibujo ni los colores, y de este modo me parece que no envejezco y creo que vas a jugar con los ovillos o a ayudarme a devanar las madejas.
--Y soy todavía muy capaz. Prueba.
--No, ahora eres demasiado alto.
--Puedo bajarme.
Y se puso de rodillas con las manos extendidas.
--¡Loco!--dijo Liette, divertida y feliz, arrojándole un ovillo de lana...
Y mientras buscaba el nudo, le dijo insistiendo afectuosamente:
--¿Irás a Argicourt?
--Conozco muy poco a los dueños.
--¿No ha sido el barón tu camarada?
--Sí, pero en el regimiento se borran las distancias, y, rico o pobre, un oficial vale lo que otro... mientras que hoy el señor de Argicourt vive en sus tierras, rico y casado... con una extranjera según creo...
--Una americana del Norte...
--Que le ha hecho presentar la dimisión... Viven muy en grande según parece...
--Hacen la vida que exige su clase y la fortuna de su mujer.
--Sí, él no tenía más que su nombre.