Liette

Chapter 8

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Nada tenía que ver con tal asunto.

Si había caso de conciencia, era para la que había trazado aquellas líneas, no para ella.

Ella no era más que un instrumento pasivo, un autómata sin corazón, sin nervios y sin entrañas, que dejaba pasar el telegrama venenoso, producto de nuestra civilización, como en la edad media la justicia del Rey.

Ese era su derecho, más aún, su deber.

Todo la obligaba a ello, su juramento, el honor, la disciplina.

Si la venganza salía ganando, mejor...

* * * * *

Sordos murmullos y gritos confusos:

--¡Ahí están! ¡Ahí están!

Las comadres se empujan; los muchachos se derriban; los unos se encaraman en los bancos; los otros trepan a los árboles; los carruajes se adelantan al paso, majestuosamente; ábrese de par en par la puerta principal y los recién casados aparecen en el umbral, ella resplandeciente de dicha en la blanca nube que la aureola, y él un poco molesto por aquellas miradas curiosas. Empújala suavemente hacia la carretela acolchada de seda blanca y florida con bolas de nieve en armonía con la decoración de invierno, verdadera antecámara de enamorados. Pero ella le pide algo con deliciosa timidez; él hace un gesto de contrariedad y parece protestar, pero ella insiste amablemente; él se resigna, no sin mal humor, da al cochero una breve orden y se mete a su vez en el coche, que describe una parábola y va a pararse delante del Correo.

Y antes de que Liette pudiera darse cuenta de lo que pasaba, la recién casada estaba en sus brazos, en su corazón.

--Querida, querida amiga... ¡Cuánto la he echado a usted de menos! En el más hermoso día de mi vida... Porque, no hay que decírselo pero le adoro...

Liette besa lentamente los hermosos ojos, tan confiados, tan dulces, tan poco hechos para las lágrimas; envuelve en una caricia maternal a la joven acurrucada en su seno como un tímido pajarillo y su mirada, severa por primera vez, se fija en el conde, mudo y cortado ante aquel gracioso espectáculo.

--¡Amela usted mucho al menos!--dice con un acento cuya amargura él solo comprende.

Raúl se inclina, halagado en su íntima fatuidad masculina por lo que él toma por un sentimiento de despecho involuntario que se descubre a través de la indiferencia afectada que mortificaba a su amor propio.

--No lo dude usted, señorita--declara en tono malicioso.

* * * * *

Se han marchado, y se dirigen ahora hacia el castillo.

* * * * *

El tío Marcial muestra a su vez su bigote gris y dice alegremente:

--La consigna está cumplida, señorita, y he llenado la medida; tres pater en vez de dos, porque, ha de saber usted que había sus lagunas... De este modo Dios estará satisfecho y no regateará su ración de felicidad a tan linda criatura.

Mientras charla contra su costumbre, ha abierto la caja y está poniendo en orden las cartas preparadas.

--¡Calla! Hay todavía un telegrama. Voy a llamar al muchacho.

Liette extiende vivamente la mano y dice:

--Es inútil; este telegrama es para mí.

* * * * *

Liette está sola.

* * * * *

Ha faltado al deber profesional, al juramento, al honor y a la disciplina...

¡Es culpable, muy culpable!

Y, sin embargo, su frente no se baja ante la mirada del soldado sin miedo y sin tacha, del que nunca como entonces se ha sentido hija.

Cuando Hardoin volvió por la noche al despacho, se quedó muy sorprendido al encontrar en él a su joven vecina que le estaba esperando.

--¿Es usted, amiga mía?--exclamó haciéndola pasar con una deferencia llena de simpatía.--¿Se encuentra usted mejor?

--Me encuentro muy bien, querido señor Hardoin--respondió Liette en tono firme.--Estoy ya curada, y vengo a consultar a usted para un documento...

--¿Es algún contrato de matrimonio?--insinuó el notario tímidamente.

--No, señor Hardoin, es un proyecto de adopción.

* * * * *

Un año después estaba la joven empleada delante del aparato Morse, que tan rudamente le había martirizado el corazón, y transcribía sin palidecer un telegrama de Roma, donde era entonces Raúl secretario de la embajada, dirigido al señor Neris, retenido en Candore por un ataque de gota.

«Mi querido tío: eres abuelo de una hermosa niña.»

Liette echó una mirada de amor a un niño blanco y sonrosado que se revolcaba en la alfombra, y dijo con acento profundo:

--Yo también tengo un hijo.

* * * * *

Carlos abrió la ventana y paseó su mirada un poco turbada por los lugares en que se había desarrollado su infancia.

A sus pies estaba la plazuela rectangular en que se habían ensayado sus pasos vacilantes y donde había conocido las grandes desesperaciones de los pequeñuelos como la de un globo retenido por una alta rama, un barco de papel naufragado en las profundidades de la transparente fuente pública, en la que él sumergía en vano su bracito demasiado corto; y los grandes triunfos de la misma época, como la captura de un insecto de alas doradas, de un nido cazado en lo alto de un tilo con gran detrimento de los calzones, o de un lagarto imprudente que había ido a calentarse al sol junto al brocal del pozo y que él llevaba a casa con expresión conquistadora.

¡Primeras penas! ¡Primeras embriagueces!

Todo eso cabe en esta estrecha plazuela, grande como un Sahara para los ojos infantiles apenas abiertos hacia el mundo.

En el fondo, la iglesia, a la que iba gravemente todos los domingos, tan pequeño, que desaparecía por completo detrás del alto respaldo del banco rústico... Unos años hacen sobresalir los rizos rubios... después el cuello a la marinera... luego el uniforme de colegial... Unos años más, se ve el plumero tricolor del alumno de Saint-Cyr; y por último los brillantes colores del traje oriental del oficial de África...

A la derecha, la muestra hereditaria del notario Hardoin, tercero de ese nombre...

¡Lo que él había jugado en el polvoriento despacho con los dependientes encaramados en sus altos asientos! Y qué risa la suya cuando el principal abría de repente la puerta de la oficina para regañar a los culpables y se detenía desarmado ante su ahijado instalado majestuosamente en su propio sillón...

Y las locas carreras por la huerta, cuyas más hermosas frutas le pertenecían, y por el bosque umbrío, selva virgen para su joven imaginación que aumentaba todas las cosas y daba al minúsculo estanque las proporciones del lago Ontario.

Y las excursiones en el carricoche con el viejo notario y su pacífico caballo, cuyas riendas se le permitía tener algunas veces. ¡Qué gloria la de atravesar así las aldeas de los alrededores y entrar solemnemente en alguna gran granja, donde le agasajaban como a su padrino!

A la izquierda la bandera de la Gendarmería, esa bandera hacia la que volaban sus primeros sueños y sus primeras aspiraciones y que él unía en sus recuerdos juveniles al retrato del soldado que iluminaba la humilde oficina con un reflejo de heroísmo.

¡Oh! vivir como el uno... Morir por la otra...

Cada piedra de la calle, cada poste, cada puerta, cada ventana conservaban un poco de su vida, como los campos verdes y dorados y los frondosos bosques detrás de los cuales el castillo señoril levantaba al sol sus torres cubiertas de pizarra.

En aquella decoración familiar, vacía aún a aquella hora matutina, surgían una a una las sombras conocidas que poblaban aquel pasado tan próximo.

Primero, su padrino, el señor Hardoin, con sus anteojos de oro, sus patillas canosas y su grueso bastón de puño de marfil.

Después el cura, panzudo y asmático, que le daba golpecitos en los carrillos al salir del catecismo y le felicitaba por sus progresos.

Luego la señorita Beaudoin, que las echaba de fina y le reprendía por las más pequeñas cosas; y para acostumbrarle a las buenas maneras sacaba de su ridículo algún bombón acidulado como ella y se lo presentaba con las puntas de los dedos como si mandara ponerse de manos a un perrillo faldero.

Y el tío Marcial, con su perilla blanca y su manga vacía, que inspiraba tanta curiosidad al pequeño, que un día se atrevió a preguntarle dónde estaba su brazo, y se ganó esta bella respuesta:

--¿Mi brazo? ¡Aquí le tienes!

Y el veterano mostraba su cruz de honor con tal orgullo, que realmente no parecía digno de compasión.

Y los carreteros de cutis curtido, que restañaban alegremente el látigo al pasar por la ventana baja en la que la silla alta del niño Carlos reemplazaba al gran sillón de la de Raynal.

Y los aldeanos que volvían de los campos, agobiados bajo el peso del haz de hierbas, de leña o de espigas, levantaban la espalda encorvada para sonreírle.

Porque todos habían sido buenos con aquel extranjero caído sin saber cómo en ese rincón de la Picardía, y el joven tenía que hacer un esfuerzo de memoria para encontrar una cara altanera y fría vislumbrada a veces en la iglesia y detrás de los cristales del coche, la anciana condesa de Candore.

Sí, conservaba de todos un recuerdo tierno y agradecido y para todos aquellos amigos de su infancia era la sonrisa de la cara varonil que se asomaba a la misma ventana en que, veinte años antes, una graciosa fisonomía femenina sonreía al Porvenir, como él al Pasado.

Para todos la sonrisa, pero para una sola una lágrima, perla rara de los corazones viriles, empañaba el brillo de sus ojos de acero, mientras el joven murmuraba con religioso fervor:

--¡Mi tía Liette!

* * * * *

Carlos Raynal, huérfano desde la cuna, no recordaba más parientes que aquella tía Liette que le había recogido antes de que su boquita sonrosada hubiese balbucido el nombre de «mamá» cuya dulzura no debía jamás saborear.

No sabía de su familia sino que su madre era inglesa y su padre primo lejano del comandante; y la tía Liette los reemplazaba tan bien a los dos, que no hubiera dependido más que de ella el borrarlos completamente.

Pero su exquisita delicadeza le prohibía ese inconsciente egoísmo, y si no le hablaba de su padre, al que, según ella, no había conocido, en cambio entretenía piadosamente la memoria de su madre en el corazón del huérfano.

Cuando el niño había sido bueno, Liette le sentaba en su falda delante del pesado escritorio Imperio, y sacaba de un cajón una fotografía medio borrada que, con una trenza rubia de reflejos de sol, componía el relicario materno.

Carlos besaba el rizo de oro igual a los suyos, y contemplaba gravemente las facciones finas y delicadas de la que él llamaba su «mamaíta» con un dejo de protección varonil que se desarrollaba con la edad, como si adivinase en ella un ser débil y tímido a quien consolar y defender.

Su madre no había debido de ser feliz; se adivinaba en su mirada turbia, en su lánguida sonrisa, y el joven sufría por no haber sido ya grande para sostener sus pasos, apartar las piedras de su camino y secar sus lágrimas a fuerza de caricias.

Tenía por ella la respetuosa compasión y la tierna solicitud tributo de los hijos amantes que pagan las deudas de sus padres, desquite de las madres contra las esposas abandonadas, que hace brotar una rosa tardía en su corona de espinas.

La madre adoptiva alimentaba ella misma ese culto filial. ¿Cómo podía estar celosa? ¿Podía envidiar, teniendo ella la mejor parte, los pensamientos que se deslizaban de su altar florido hasta la tumba solitaria, pobre contribución de un alma en la que ella reinaba sin rival?

¡La tía Liette!

Esto lo decía y lo contenía todo, abnegación infinita de un lado, agradecimiento infinito del otro.

¡La tía Liette!

Al decir estas tres palabras, profundas como una oración, Carlos veía surgir en el alba melancólica del regreso la querida imagen luminosa y serena que iluminaba todo su pasado y todo su porvenir.

Era una cara joven, tranquila y sonriente bajo sus gruesos rizos negros, que acechaba su primer despertar, sus primeras palabras y sus primeros juegos.

Era la atenta educadora que le hacía balbucir sus primeros pater, deletrear las primeras sílabas, trazar los primeros palotes. La que dirigió el desarrollo de esa inteligencia en capullo, planta frágil y preciosa entre todas, cuyas ramas inclina ella, como tutora vigilante, hacia la Belleza, hacia el Bien, hacia la Verdad.

¡Oh! qué hermosos paseos por el campo de adornos cambiantes, pero tan bello bajo su manto de nieve como con su traje de esmeralda, donde ella le revela el Creador en la creación, la eterna potencia en la eterna bondad, la majestad divina en la inmensidad de los cielos como en el más pequeño agujerillo, en el roble gigante como en la hierbecilla, en el buey de paso pesado que hiende lentamente el surco como en la mariposa de ligero vuelo que se pierde en el espacio...

Después de Dios en su obra, viene el hombre en la suya; después de las maravillas de la Naturaleza, vienen las del Ingenio.

Por la noche, a la luz de la lámpara, bajaba un amigo de las tablas de la biblioteca y tomaba parte en su conversación.

Era el viejo Corneille, padre de los heroicos, o el dulce Racine, poeta de las ternuras, o Hugo con su «Leyenda de los Siglos» o Lamartine con sus «Armonías», cantores alados que transportaban el alma del niño a las puras regiones del Ideal.

Con los graves historiadores, Michelet, Guizot, Thiers, se remontaba hacia el pasado, se interrogaba a los antiguos, se sentía latir el corazón de Francia y se comprendía que, según la bella expresión de Renan, «la patria» es el recuerdo de las grandes cosas que unos cuantos hombres han hecho juntos.

Con frecuencia, el señor Hardoin traía el tributo de su rara erudición y de su juicio seguro a esas graves conversaciones y maduraba aquel joven cerebro al contacto generador del de los antiguos maestros.

Latinista distinguido, fanático de Horacio y de Virgilio, el notario se encargó de las «Humanidades», con gran contento de la tía Liette, que pudo así conservar más tiempo a su pupilo.

Las primeras lecciones del hogar familiar envuelven el alma del niño de un dulce calor, la penetran y la fecundan.

Pero más que las lecciones, produce sus frutos el ejemplo e imprime en aquella blanca cera una huella indeleble.

Aquella vida digna, sencilla y leal, sin miedo y sin tacha, como la espada paterna colgada en la pared y que era su rígido símbolo, debía envolver al huérfano en su irradiación e infundir en su sangre los gérmenes de viriles virtudes, más poderosos que el atavismo...

A ese parecido moral se añadió poco a poco una especie de parecido físico, nacido de la comunión constante, que se nota a veces en los esposos viejos, parecido, no de facciones, sino de expresión, de mirada, de acento, de mil detalles que son, en suma, la fisonomía del alma.

Bajo el cabello rubio del joven, reinaba la misma frente voluntariosa que bajo las cocas todavía negras de la solterona; sus ojos de acero tenían la misma tranquila energía que se reflejaba en los del comandante y en los de su hija; sus gestos, su sonrisa, su voz, toda su persona, en fin, era, como su carácter, la emanación de aquella vida varonil y tierna que había hecho de él un hombre en la hermosa y alta acepción de la palabra.

El joven, pues, la adoraba y encontraba para ella atenciones exquisitas, frases cariñosas y refinamientos delicados de los que indican la sensibilidad de los fuertes, flor rara, oculta en él como en ella y cuyo discreto y penetrante perfume respiraban ellos solos.

La adoraba, y refería a ella todos sus actos, sus pensamientos, sus esfuerzos, sus ambiciones, sus sueños, sus éxitos escolares, su gloria militar, sus primeros premios y sus primeros galones. Al día siguiente de haber sido citado en la orden del día, escribió a Liette:

«Estaba tan orgulloso que oía latir «tu» corazón.»

¡Qué alegría, el día anterior, llegando de improviso a la estrecha oficina, levantar en sus robustos brazos a la tía querida que frisaba ya en los cincuenta años y cuyas sienes estaban adornadas por algunos hilos de plata, y oprimirla contra su pecho, en el que brillaba la cruz de los bravos!...

--¿Eh? tía Liette, las dos forman un par--exclamó gozoso señalando a la del comandante.

¡Qué triunfo dar con ella la vuelta a la plazuela, cordialmente saludados por todo el mundo; pasear su sencillo traje negro con tanto orgullo como sus galones de oro; sentir su brazo estremecerse sobre el suyo y envolverla en esa tierna mirada de los hijos que hace fundirse el corazón de las madres!...

¡Querida tía Liette!

Ninguna imagen la borraría jamás.

* * * * *

De repente desembocó en la plaza debajo de la ventana, una elegante amazona seguida de un jinete de bello aspecto, a pesar de las arrugas que indicaban en él las mordeduras de la edad y de la vida.

La amazona vio al joven en el balcón, descubrió los blancos dientes en una sonrisa y respondió amablemente con una señal del látigo al profundo saludo, devuelto por su compañero con una tiesura enteramente británica.

--¿Quién es esa joven, amigo mío?--preguntó la tía Liette, a quien Carlos no había oído entrar.

--Miss Darling, de la que creo que te he hablado en una carta y a quien no esperaba encontrar aquí...

--¡Ah!

--¿Conoces al personaje que la acompaña?--preguntó Carlos a su vez, para ocultar su embarazo.

Y Liette respondió sencillamente:

--Es el conde Raúl de Candore.

* * * * *

La familia de Candore no se componía ya más que de Raúl y de su tío...

Después de dos años de matrimonio que no le habían dado toda la dicha soñada, Dios había tenido piedad de la joven condesa y la había llamado a él antes de que perdiera sus últimas ilusiones, en las que pudo todavía envolverse para morir, como en aquel traje blanco apenas amarillento con que la enterraron cubierta de flores.

Débil y delicada como ella, la nieta, a quien la enlutada nodriza paseaba por el Corso bajo la vigilancia de la abuela, había vegetado algún tiempo y pasado a fuerza de cuidados y de precauciones las peligrosas etapas de la primera infancia para naufragar en el alba de la primera juventud, y con su virginal atavío de la primera comunión, la llevaron al lado de su madre, a la sombra de aquella vieja iglesia de Candore, adonde nunca había ido en vida.

La anciana condesa, apegada a aquella niña con la pasión de las abuelas que no siempre han sido madres tiernas, apenas la sobrevivió; y el señor Neris, padre y abuelo igualmente desgraciado, sacudió el polvo de los zapatos en el umbral de la Ciudad Eterna, volvió la espalda a ese sol mentiroso, prometedor de vida que no había podido caldear sus miembros helados, y volvió a meterse en su agujero como un animal herido para terminar su existencia donde Blanca había empezado la suya y delante de la tumba donde reposaría un día a su lado.

Durante este tiempo, Raúl se consolaba de sus duelos con sus éxitos diplomáticos y de otra clase en la sociedad romana. Arrastrado por el torbellino mundano, no iba casi nunca a Candore, con el pretexto de que los recuerdos del pasado eran demasiado dolorosos para él; y el anciano, aunque sabiendo a qué atenerse sobre el grado de sensibilidad de aquel a quien un instante había llamado su hijo, fingía tener esta razón por buena y válida. Acaso en el fondo prefería estar solo para llorar a sus queridas desaparecidas.

Así no se mezclaban lágrimas hipócritas a sus lágrimas sinceras y el conde podía gozar a sus anchas de su libertad y hacer la gran vida sin que su suegro encontrase nada que decir ni pensase en cercenarle el crédito anchamente abierto en casa del notario Hardoin.

El señor Neris vivía solo en el vasto castillo desierto arrastrando su pena por los lugares en que su hija había vivido y crecido ante su mirada paternal y donde a cada paso encontraba sus huellas, en la arena de los paseos por donde se paseaban juntos, corriendo ella delante de él con su aro o apoyada zalameramente en su brazo; en la verde alfombra de las praderas en que la niña retozaba cuando no era más que una pequeñuela, y donde, ya grandecita, cogía para él grandes ramos campestres que le llevaba llena de alegría; en la sala de estudio y en la mesa de trabajo cargada de libros y papeles, donde la traviesa niña se burlaba de los defectos de la institutriz, joven o vieja, guiñando el ojo al indulgente tío, cómplice de sus malicias.

Y con mano temblorosa hojeaba los manuales usados, desde el modesto abecedario hasta los imponentes tratados de geometría y álgebra; los cuadernos de escritura, de cálculo y de análisis con que se ejercitaban poco a poco sus dedos, su ingenio y su corazón, y en los que se encontraban dibujos fantásticos y observaciones imprevistas, de esas que indican el buen o mal humor de los escolares, como en los presos las paredes de la cárcel, o pensamientos cándidos de este género:

--¡Si mi tío pudiera ser mi institutriz!--grito del corazón acompañado de un pintarrajo que representaba al buen tío con los anteojos de miss Dodson...

Después venía esta nota un poco más seria:

--«Desde hoy ya no tengo institutriz, sino una amiga,» fechada en el día de la entrada de Liette en el castillo.

* * * * *

El señor Neris había conservado una tierna gratitud hacia la que su hija había amado tan tiernamente.

Cuando iba al cementerio o a la iglesia se detenía siempre en el Correo para informarse respetuosamente de la salud de la empleada y presentarle sus cumplimientos con esa exquisita cortesía de ciertos ancianos que pone tanta gracia en sus cabellos blancos.

Mostraba hacia ella una admiración caballeresca y un interés paternal que se traducían en atenciones delicadas para los que ella quería, como ramos de flores para adornar la modesta tumba de la de Raynal iguales a los del suntuoso mausoleo de la condesa de Candore, y cestas de frutas para Carlos, que comía a boca llena los aterciopelados melocotones de las estufas del castillo.

¡Discretos homenajes que invocaban inconscientemente el pasado!

Pero para Liette no tenía ya rencor y habíase hecho en su alma la paz. Las arrugas que por un momento habían alterado su límpida superficie al soplo de la cólera y de la indignación, se habían borrado sin dejar trazas a la primera sonrisa del niño.

Liette era madre, nada más que madre, y era bastante.

--¡Ay!--suspiraba el pobre notario, que había alimentado mucho tiempo otra esperanza, mi ahijado no sospecha el perjuicio que me ha hecho.

Pero, lejos de guardarle rencor, el excelente hombre le daba el cariño que su madre adoptiva no quería.

A todo esto, pasaba el tiempo, Raúl se iba envejeciendo, los éxitos se hacían raros y no era ya el eterno galán joven que mandaba en jefe en el carnaval mundano.

Ciertos síntomas insignificantes anunciábanle ya su próxima decadencia.

Las muchachas no interrumpían ya su charla al entrar él para dirigirle miradas de admiración; en cambio las madres le consultaban a menudo sobre sus jóvenes subordinados en busca de novia rica; le trataban como hombre serio, y el mismo embajador le llamaba a la mesa de juego diciéndole: «Venga usted, mi querido Candore; esto es propio de nuestra edad», aunque Su Excelencia no había pasado de los cuarenta...

Pero era uno de esos hombres que son ya maduros a los veinte años, y Raúl, que se creía más joven, no tomó la frase por un cumplimiento.

En fin, una noche, creyó oír a la marquesa de Luchessi pronunciar detrás del abanico el epíteto de «Viejo verde».

Evidentemente aquello no podía referirse a él (lo repetía muy alto para convencerse de ello), pero no había dejado de causarle una impresión tan desagradable como una ducha helada.

¿Iba él a representar el papel del tío Neris o tendría que resignarse a desistir de todo?...

Penosa alternativa para aquel incorregible vividor, mariposa de noche que prefería al aire puro de los bosques la atmósfera asfixiante de los salones, que volaba de flor en flor y se complacía en las intrigas femeninas como una vieja coqueta, pero sin renunciar a jugar su partida ni resignarse a pasar a la reserva.

Según la linda frase de María Leckzinsca, «Un cochero viejo gusta siempre de oír restañar el látigo.»

Pero a Raúl le gustaba más tenerlo por el mango...