Liette

Chapter 7

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Liette aprobaba sin desfallecer el casamiento de Raúl y se hubiera avergonzado de una traición.

Ciertas palabras indiscretas del señor Hardoin le habían confirmado la situación de Blanca y los proyectos arraigados desde hacía mucho tiempo en la mente calculadora de la condesa.

--No hay gran señora para su notario--decía Hardoin con su maliciosa bondad.--A pesar de su afectado desinterés, la hija del viejo Neris sabe contar tan bien como su difunto padre. Hace mucho tiempo había yo visto su juego y sabía que su hijo no resistiría seriamente a sus razones... contantes y sonantes.

--¡Oh! señor Hardoin, toda acción puede tener un móvil noble y generoso. ¿Por qué atribuirla con preferencia a un motivo bajo y vil?

--Porque así hay menos probabilidades de engañarse, pobre amiga mía... Además, según es el hombre se deben juzgar sus actos.

--¿No quiere usted al señor de Candore?

--¿Raúl? Es un buen muchacho; tiene ingenio... y un poco de corazón, no mucho...

--¡Oh!

--Incapaz de dejarse entusiasmar más de lo que dan de sí las riendas... Y su madre es un buen cochero.

--Le calumnia usted.

--No, amiga mía, le excuso.

--El respeto filial es un deber...

--Pero hay también otros...

--¿Más sagrados?

--Quizá... Cuando una joven honrada y crédula ha puesto toda su confianza en la palabra leal de un hombre, es mi parecer que no puede faltar a ella sin cometer una mala acción...

El flemático notario se había animado y hablaba con un calor que rayaba en indignación.

Liette le escuchaba muy grave y llena de aflicción y de sorpresa. ¿Cómo había el notario adivinado su secreto? ¿Cómo olvidaba la reserva y la delicadeza de su carácter y de su profesión hasta hacer aquella alusión ofensiva?...

La joven, pues, le respondió fijando en él su clara mirada:

--Podría fingir que no le comprendía a usted, caballero, y si no se tratase más que de mí le respondería, ante su interés oficioso e inexplicable, que no se fuerza mi confianza... Pero no puedo dejar pasar una acusación mal fundada contra una persona a quien estimo y a quien amo.

El notario levantó los brazos al cielo con una estupefacción demasiado vehemente para ser fingida.

--¡Usted ama al señor de Candore! ¡Usted! ¡Usted!

--Le amaba como él a mí, más que a mi vida, pero menos que a mi honor, y, lejos de sustraerse a sus juramentos, que yo por otra parte no había ratificado, vea usted la carta que me escribió la víspera de sus esponsales. Lea usted, se lo ruego.

Aturdido, el notario obedeció maquinalmente.

--¡Bah!--dijo,--la conocía a usted bien, y no tengo que preguntar a usted qué respuesta le dio. No es usted de las que hubieran hecho valer derechos imaginarios...

--No tenía ninguno, y, por otra parte, los de la familia hubieran sido antes... Además, mi querida Blanca...

Su voz se quebrantó.

--¡Le ama tanto la pobre niña!... ¡Hubiera sido tan desgraciada!... ¡Y está tan poco acostumbrada a sufrir!

--Mientras que usted...

--Yo tengo la costumbre--respondió Liette con su hermosa sonrisa de resignación.--¡Ah! si Dios hubiera querido siquiera dejarme a mi madre! Pero no tengo ni un niño a quien amar...

El notario dobló metódicamente las gafas, las puso en el estuche y dijo, después de haber tosido para aclararse la voz:

--Señorita, tengo que protestar ante todo contra la interpretación errónea de unas palabras en el aire, que no se referían a usted ni al señor de Candore... Si hubiera sospechado ni remotamente la simpatía con que usted se digna honrarle, me hubiera cortado la lengua antes que expresar la menor apreciación desfavorable. Hágame usted el favor de hacerme la justicia de creerlo. Usted no es de las que queman lo que han adorado. Olvide usted, se lo ruego, una torpeza involuntaria que deploro sinceramente. Pero lo que no puedo deplorar es la noble confianza que se ha servido usted manifestarme y que realza todavía mi respeto y mi admiración hacia usted. Es usted valiente entre las valientes y estoy orgulloso de tener alguna parte en su amistad, que le suplico me conserve preciosamente. Si esa amistad llegase a ser un día bastante grande y la soledad pesase a usted demasiado, recuerde, señorita, que mi despacho es su vecino más próximo y que nunca hará usted a su dueño más feliz que dignándose entrar en él... y no salir más. Esto es todo lo que tenía que decir a usted. Conste. De hoy en adelante esperaré su buen deseo.

* * * * *

Vuelto a su casa después de esta declaración un poco original, el digno notario se sentó muy pensativo en su escritorio.

--¡También ella!--murmuró con un poco de despecho.--Una inteligencia tan superior dejarse coger por las vulgaridades de ese belitre... ¿Qué tiene ese hombre de particular?

Como una irónica respuesta, el espejo de la chimenea le envió la imagen de su cráneo calvo y de sus patillas canosas, y el notario exclamó con cómico furor encogiéndose de hombros:

--Pardiez, lo que tiene son veinte años menos. ¡Oh! la juventud, la juventud...

Ahogando un gran suspiro, cogió de la taquilla una carta de sello británico y la leyó moviendo la cabeza.

--¡Pobre muchacha!--exclamó. Esto le quitaría sus ilusiones, pero habría que compadecerla más. Las ilusiones son los crisantemos de la vida.

Y después de este pensamiento, muy poético para ser de un notario, cogió un pliego de papel con el timbre del despacho y empezó a escribir tranquilamente:

«Señorita: la ley francesa no reconoce en ningún caso...»

* * * * *

La campana, echada a vuelo, producía toda su cascada voz de abuela al esfuerzo vigoroso del campanero, estimulado por el aliciente de la propina extraordinaria que debía valerle su celo. Los repiques sucedían a los repiques; el viejo campanario, estaba como aturdido y alterado y los vidrios antiguos, ninguno de los cuales estaba intacto, temblaban en su marco de plomo.

Habíase puesto el cura su más hermosa casulla y su ancha faz rubicunda estaba radiante por la ternura combinada de la ceremonia que estaba celebrando y del banquete que habría de presidir en el castillo. Los sochantres, con sus caras coloradotas, salmodiaban a voz en cuello, sin temor de que se les secara la garganta, pues sabían que habrían de refrescársela después copiosamente. Los monacillos, cuyas sotanas rojas demasiado cortas dejaban ver unos pantalones demasiado largos, mostraban una compunción poco ordinaria y se abstenían de meterse el dedo en la nariz, de sonarse con las mangas, de hacer burla por detrás del oficiante y otras habilidades por el estilo. Hipnotizados por la lluvia de monedas de plata que preveían, tenían una actitud grave y recogida, no faltaban a una genuflexión y presentaban las vinajeras o transportaban los Evangelios con una solemnidad digna de otro marco.

Todos trataban de excederse a sí mismos. La modesta iglesia de paredes blanqueadas y llenas de una lepra de vejez mal disimulada por unos cuantos cuadros de colores violentos que hacían pensar en el verso de Coppée:

Si fuese así, con todo, el Paraíso...

se había adornado de limpieza, ese lujo del pobre, y estaba tan bien barrida y desempolvada que las pacíficas arañas que dormitaban de tiempo inmemorial en todos los nichos y en todos los rincones, bajo el velo de la Virgen como en la corona de espinas y hasta en la barba del Crucificado, habían sido desposeídas de sus telas, arrebatadas como por un huracán, y andaban melancólicas y errantes en busca de nueva instalación.

El organista empleaba pies y manos en sacar sonidos melodiosos de su viejo y rechinante armonium, y el suizo, con su uniforme de gran gala, contemplaba con admiración el altar de madera tallada en el que resplandecían todas las luces y que desaparecía bajo las plantas y las flores raras surtidas por las estufas de Candore.

La boda de Blanca y de su primo se verificaba, sin embargo, en una intimidad buscada exprofeso. El alejamiento de aquel lugar extraviado, y el rigor de la estación (era el mes de diciembre), había permitido a la condesa dar al acto el carácter discreto que convenía a la situación delicada de la novia. Los cuatro testigos y unos cuantos allegados formaban todo el cortejo nupcial y, para ocultar el vacío de aquella fiesta un poco triste, de la que el mismo sol estaba ausente, Neris había invitado a todos los aldeanos al banquete, después del cual los jóvenes casados debían salir para Italia.

Esta feliz idea, que cuadraba muy bien con los gustos de la castellana, había hecho a la de Candore muy popular.

--¡No es tan orgullosa como se dice!--exclamaban las comadres, encantadas de ser admitidas en el castillo.

--Al menos hace vivir al país--declaraban los comerciantes, entusiasmados por la ganga.

--Resucita las antiguas costumbres--decían los viejos en tono de aprobación.

Por otra parte, hacía mucho tiempo que Blanca había ganado todos los corazones, y aunque su repentina metamorfosis hacía murmurar un poco, las frases eran menos malévolas de lo que puede esperarse generalmente de nuestra pobre naturaleza humana.

--¡Bah! Yo había sospechado algo sólo por ver la manera que tenía don Héctor de comérsela con los ojos. Nadie mira de ese modo a su sobrina.

--Con todo, es chistoso eso de casarse casi con su hermana...

--Pero la verdad es que ese matrimonio arregla muchas cosas. Así no se desparramará la fortuna.

Y todos concluían:

--La verdad es que son una buena pareja y bien proporcionada.

¡Bien proporcionada!... ¿Acaso en lo físico? La frágil delicadeza de la joven hubiera necesitado una protección más varonil, un brazo más robusto, un apoyo más firme que el de aquel lindo joven un poco enfermizo. ¡Y qué contraste en lo moral, entre aquel gastado, aquel escéptico ávido y lascivo bajo su corrección altanera, y el corazoncito ingenuo, tierno y confiado que se entregaba a él tan cándidamente!

Nada más que en la dulce mirada de admiración y de gratitud que dirigía a su señor y dueño mientras él se retorcía el bigote escuchando con aparente deferencia la interminable arenga del cura, se veía el don absoluto y gozoso de su persona, de su vida y de su alma.

La de Candore, en el colmo de la dicha, disimulaba su satisfacción bajo una impasibilidad convencional.

Neris, con la cara oculta entre las manos, formulaba una ardiente oración por su hija.

El notario Hardoin contemplaba a la asistencia a través de sus gafas protectoras. ¿Cuál de aquellos dichosos hubiera podido soportar impunemente el agudo análisis de su vista sutil y penetrante? ¿Cuál de aquellas felicidades era bastante firme para eso?

¡Ay! Ni siquiera la de aquella pobre niña recién casada, a quien el porvenir reservaba sin duda tan crueles desilusiones.

* * * * *

Liette no estaba allí.

Hacía meses que estaba subiendo sin vacilar al doloroso Calvario confidente del amor fresco y puro de su linda discípula, de sus temores y de sus esperanzas, a ella era a quien Blanca pedía sin cesar apoyo y consejo.

--¿Debo hacer esto? ¿Le gustará tal cosa a Raúl? ¿Cree usted que me encontrará bonita así?

Y con estoico heroísmo, Liette encontraba un áspero goce en adornar a su inocente y amada rival con las flores de su triste experiencia, y tan bien dominaba su cara, que ni un desfallecimiento había revelado la secreta angustia de su alma.

Raúl mismo se había dejado engañar, y al verla tan resignada, tan valerosa y tan tranquila, había experimentado un alivio mezclado de despecho...

¡Se consolaba, según él, muy fácilmente!

Solamente Hardoin leía en aquella frente impenetrable, y aunque nunca se permitía la menor alusión a las penosas confidencias sorprendidas a pesar suyo, su deferente simpatía y su respeto caballeresco eran un bálsamo precioso para aquella alma dolorida.

La víspera de la boda, entró como vecino en la pequeña oficina en que la joven se esforzaba por absorberse en sus cuentas, ante las cuales flotaba obstinadamente un velo de desposada.

Tuvo que admirar los trajes y las alhajas, y esto no fue nada todavía al lado de la ceremonia del día siguiente, a la que no se atrevía a sustraerse.

A pesar de su ánimo, se le acababan las fuerzas. Su energía, en una tensión exagerada desde hacia tantos días, semanas y meses, amenazaba con quebrantarse en el momento decisivo. Estaba en una de esas horas de angustia física y moral en las que el alma y el cuerpo se derrumban vencidos y claman desesperadamente en las tinieblas en que se agitan, como el Cristo en el huerto de las Olivas: «¡Señor, aparta de mí este cáliz!»

* * * * *

En este estado de desmayo fue como la encontró el digno notario.

--Perdóneme usted que la moleste, querida amiga--dijo juzgando de una ojeada la situación,--pero la culpa la tiene un sueño, un estúpido sueño... He soñado que se había usted torcido un pie o que le había pasado algo que le impedía atravesar la plaza... Sería un contratiempo lamentable, pero nadie está obligado a lo imposible... Debe usted de reírse de mi credulidad... Perdónemela usted... Si soy tan indiscreto es con buena intención... Voy ahora al castillo, y en el caso de que tuviera usted que darme alguna comisión... nadie duda de la palabra de un notario...

Liette le dirigió su hermosa mirada húmeda y agradecida.

--¡Qué bueno es usted, señor Hardoin! Cree usted que puedo dispensarme...

--Creo, querida niña, que la valentía no es la temeridad... Arrojarse al fuego para salvar a un semejante es muy hermoso... Pero exponerse sin utilidad no tiene nada de razonable. No somos salamandras, qué diablo...

--Gracias. Me daba vergüenza mi debilidad, pero verdaderamente dudaba de mi valor...

--¡Yo no! Pero sufrir por nada, por gusto, no me parece necesario. Está dicho, se ha torcido usted un pie...

--¡Bah! bastará una simple rozadura.

--Bien; así no tendrá usted necesidad de médico; nada más que una compresa y un bastón... Permítame usted que le ofrezca el mío; no es elegante, pero es sólido, como su dueño.

* * * * *

En el mismo sillón en que había agonizado su madre, Liette estaba sudando la lenta agonía de su amor.

Con la ardiente cabeza pegada a los cristales helados, contemplaba con vista turbada aquella triste decoración de invierno: los tilos desnudos, de torcidas ramas y espolvoreados de escarcha, la fuente helada, cuyo delgado chorro, congelado como una estalactita, no dejaba ya oír su murmullo cristalino, la plazuela alfombrada de nieve en la que unos pajarillos hambrientos ponían pequeñas manchas negras, como los cuervos de pesado vuelo en la inmensidad blanca de los cielos.

¡Qué diferencia con su primer despertar en Candore!

Todo entonces parecía sonreírla; los rayos del sol, el perfume de las flores, el canto de los pájaros, y su alma dilatada se abría a la esperanza.

Habían pasado menos de dos años, y en su corazón, como ante sus ojos, el sol se había apagado, las flores se habían marchitado, las canciones se habían callado y la esperanza había muerto.

La campana, sin embargo, sonaba echada a vuelo, pero cada alegre vibración repercutía en sus oídos como un toque fúnebre y el resplandor de los cirios detrás de los vidrios de colores hacíale pensar en unos funerales, los funerales de su amor....

En vano ahuyentaba esas imágenes importunas, que volvían como una mosca a posarse en su frente. En vano quería evadirse de su propia tristeza para participar de la alegría de la querida niña cuya dicha era su obra. En vano se esforzaba por olvidar sus velos de luto por aquel velo de desposada vislumbrado hacía un momento en la portezuela del coche, en el que se agitaba una manita blanca. En vano forzaba a sus labios a rezar por aquellos dos seres queridos que en adelante no serían más que uno para ella...

¡Trabajo inútil!

Su pensamiento rebelde se esquivaba de aquel cruel cuadro, y por una de esas perversiones de la imaginación que en las crisis violentas se agita como un muelle roto, seguía viendo sin cesar la capilla de Santa Ana y los dos novios delante del altar erizado de puntas de hierro y de fuego, doloroso emblema del Destino, donde se consumía lentamente la «cera de los desposorios.»

¡Aquellos serían más dichosos!

Ninguna hiel, ninguna amargura se mezclaban con su enorme pena; cada cual había cumplido con su deber noble y estoicamente, y si el amor había perdido en ello, la estimación había ganado.

Este era su orgullo y su consuelo; podía mirar sin temor el retrato del altivo soldado del que era hija. Su clara mirada le respondía:

--Está bien.

* * * * *

--Buenos días, señorita; solamente nosotros estamos en nuestro puesto--dijo el tío Marcial volcando su saco en la mesa y designando con franca risa la multitud de comadres y muchachos que, no habiendo podido encontrar sitio en la iglesia, esperaban la salida de la novia.--La señorita Beaudoin se habrá alegrado de su accidente de usted, pues la habría reemplazado de mala gana... La verdad es que nuestra señorita Blanca está tan linda que da gusto verla...

--Si lo desea usted, no se prive de ir a verla, Marcial, mientras yo timbro el correo...

--¿No quiere usted que la ayude?

--Es inútil; acérqueme usted nada más la mesa... ¡Ajajá! Ya tengo todo lo que necesito. Cuando usted vuelva las cartas estarán clasificadas... De todos modos, las tres cuartas partes irán ciertamente al castillo.

--Entonces me dejo convencer, señorita. He visto a esa recién casada tan alta como esto, y rezaré con gusto un pater por ella, si me acuerdo.

--Rece usted dos, Marcial; uno por usted y otro por mí.

--Convenido, señorita; haré el encargo militarmente.

Y llevándose la mano al quepis, se marchó con ese paso cadencioso de los antiguos soldados y la espalda encorvada como si llevase todavía la mochila.

Liette le vio atravesar la plazuela, pasar por los grupos y entrar en la iglesia.

Entonces, dando un suspiro, apartó la vista de aquel edificio medio derruido en el cual se estaba representando el último acto del drama íntimo de su vida, y se puso valerosamente a la tarea.

«Señores de Candore.»

«Señora doña Blanca de Candore.»

Estos nombres se presentaban sin cesar ante sus ojos quemados por la fiebre. Desde la víspera aquello era un diluvio de telegramas de felicitaciones, prospectos de proveedores, papeles con escudos nobiliarios, sellos franceses y extranjeros.

Estaba Liette haciendo metódicamente su clasificación, cuando el timbre la llamó de nuevo al aparato Morse...

Era un nuevo telegrama para el castillo.

«Señorita doña Blanca de Candore.»

¡Este estaba doblemente atrasado de noticias!

Maquinalmente tradujo palabra por palabra las señales cabalísticas marcadas en el rollo de papel, y las transcribió en el libro:

«Señorita... el hombre... con quien... va usted a... casarse... es mi... esposo... ante la ley... inglesa...»

La pluma se detuvo en los dedos temblorosos de la empleada.

¡Imposible! No podía ser esa la traducción...

* * * * *

«Y el... padre de mi... hijo que... muy pronto... no tendrá tampoco... madre...

JUANA DODSON...»

Las sílabas implacables se desarrollaban ante sus ojos turbados con su movimiento automático y continuo.

Pero no, se engañaba.

Con un violento esfuerzo, trató de dominarse, de recobrar su sangre fría, y consultando el alfabeto, deletreó letra por letra:

«Señorita, el hombre con quien va usted a casarse es mi esposo ante la ley inglesa y el padre de mi hijo, que muy pronto no tendrá tampoco madre. Juana Dodson...»

¡Había leído bien!

Esta vez la pluma se cayó al suelo.

¿Era verdad? ¿Era posible?

Pero no; se trataba de una calumnia infame, de una de esas calumnias ante las cuales no retroceden ciertos seres viles y maléficos que no se cuidan del honor de un hombre ni del reposo de una mujer.

Sin embargo, ese nombre... «Juana Dodson»... era el de la institutriz a quien ella había reemplazado en el castillo, y quizá...

¡No! No podía, no quería creerlo...

Suponiendo que el telegrama fuese realmente de miss Dodson, ¿no podía ser una venganza de mujer despechada y celosa?... Raúl había podido ser amable, demasiado amable, coquetear con ella, turbar la imaginación de la pobre muchacha y hacerle acariciar una loca esperanza... De esto a admitir aquella monstruosa acusación...

Con todo, los términos eran precisos y formales...

Volvió a leer el texto del telegrama, fechado en Jersey... ¡Jersey!

Liette creyó estar viéndole desembarcar del vapor en el puerto de Granville...

¡Dejaba entonces una mujer y un hijo en la otra orilla!

Y como una espesa niebla que se disipa de repente ante las brillantes flechas del astro del día, una luz cruda, brutal y deslumbradora cegó sus pobres ojos que ella tapaba en vano para no ver...

Los detalles se precisaban con una claridad implacable. La correspondencia con el pretexto del tío Neris, los viajes repetidos a Inglaterra, a Jersey, y la equivocación del digno notario, cuya alusión, hoy transparente, no se dirigía a ella... todo lo descifraba con una lucidez desesperante y aquella trama de odiosas mentiras se desgarraba en lamentables jirones...

¡Todo había acabado!

Aquella indigna traición barría, como una irresistible tormenta, todas sus queridas reliquias del pasado y convertía la llama en cenizas...

¡Todo había acabado!

Y como el sacerdote permanece confundido ante el sacrificio de la iglesia devastada y del tabernáculo violado, Liette se quedó anonadada viendo a su ídolo, a su dios, arrancado brutalmente del altar que ella le había levantado en su corazón.

* * * * *

Con la mejilla apoyada en la crispada mano la mirada dura, la frente fruncida y la boca contraída con una sonrisa amarga, la joven meditaba y sus hermosas facciones estaban fijas en una implacable expresión de desprecio y de odio.

Como los más puros metales, las almas más nobles tienen sus escorias, que suben en hirviente espuma al fuego de la cólera.

En aquel momento, la altiva e impecable criatura experimentaba una acre voluptuosidad al pensar en los estragos irreparables que iba a causar aquel papel azul en el que su mano trémula escribía sin vacilación ni remordimientos las líneas acusadoras, como un líquido corrosivo en el blanco traje de desposada.

No sólo excusaba aquel delirio de venganza, extravío de un espíritu ulcerado, de una madre enloquecida hasta la desesperación, sino que lo aprobaba y lo comprendía, y se regocijaba por ser su ciego instrumento.

Otra había hecho la tarea que repugnaba a su natural lealtad; no tenía más que lavarse las manos.

Ciertamente, la delación era un arma vil, pero mucho menos que la conducta de aquel noble felón, que engañaba a tres mujeres a la vez y robaba a la una su honor, a la otra su estima y a la otra su fortuna.

¿Por qué aquel telegrama revelador no había llegado el día antes? ¿Por qué venía cuando el «sí» fatal había sido pronunciado? ¿Por qué era ya tarde para desatar esos lazos malditos? ¿Para qué romper el corazón de una niña ignorante y crédula?

¿Y qué?

Era la vida brutal, la ley del destino sorda e inexorable, y la venganza no está obligada a más equidad que esa justicia ciega cuya espada de dos filos hiere casi siempre al inocente con el culpable.

¿Qué le iba a hacer ella?

¿Salvar al uno para salvar a la otra?

¡Engaño!

¡Piedad ridícula de los débiles que causa la audacia implacable de los fuertes!

Liette se acorazaba contra todo enternecimiento y se encerraba en una impasibilidad feroz.

Blanca sufriría sin duda.

¿No sufría también ella en su amor, en su orgullo, en todas las fibras de su ser, con un sufrimiento comparable al que hubiera experimentado viendo al altivo soldado que era su padre condenado a la degradación militar?

¿Y aquella desgraciada abandonada, sola al lado de la cuna de su hijo y que había debido pasar por mil torturas antes de trazar aquel testamento de odio? Aquella sufría hasta la desesperación, hasta la locura, hasta el suicidio acaso, como mujer y como madre.

¡Dios mío! El que causaba tales dolores, tales faltas, tales crímenes, ¿no era más indigno de perdón que el peor criminal?

Por otra parte, ¿qué le importaba a ella todo esto?