Liette

Chapter 6

Chapter 64,008 wordsPublic domain

Recordando en términos discretos la juventud tempestuosa del señor Neris, la condesa reveló a Raúl el matrimonio escandaloso de su tío con una mujer indigna que le había indispuesto con toda la familia hasta el día en que, solo y abandonado con una hija en la cuna, había venido a suplicar a su hermana que le acogiese en su casa.

--Sin dejar de desaprobar su conducta, cedí a sus súplicas en interés de esa pobre niña y en el tuyo.

--¿En el mío?

--Sin duda. Esta complacencia te aseguraba las bondades de tu tío, muy necesarias para establecerte, dada la exigüidad de tu patrimonio.

A través de los cristales, Raúl seguía con mirada curiosa al padre y a la hija, a quienes veía bajo un nuevo aspecto. ¡Qué ternura, en efecto, en los menores ademanes del anciano, en el largo beso que depositaba en la frente de su hija cuando ésta se iba muy alegre hacia sus compañeras y en la mirada con que le envolvía al desdoblar maquinalmente «Le Temps» del día anterior!

--¿Cómo diablos no lo he sospechado?--dijo el diplomático encogiéndose de hombros, humillado por su poca perspicacia.--Salta a la vista que es su hija.

--Y su única heredera.

El joven se volvió como si le hubiera picado una mosca.

--¿Cómo es eso?

--¡Diablo! su padre le dejará naturalmente toda su fortuna.

--Es muy probable--murmuró el conde mordisqueándose nerviosamente el bigote.

Dio unos paseos en silencio, y dijo parándose delante de su madre:

--¿Y yo, entonces?

--No dudo que, como agradecimiento, mi hermano te dejará...

--Un hueso que roer. ¡Vaya una ganga!

--¡Raúl!

--¡No, verdaderamente, es inicuo!... Se me deja crecer con una esperanza quimérica y comprometer, acaso, mi porvenir, y, de la noche a la mañana, todo se viene abajo como un castillo de naipes y se me deja reducido a una medianía que no es siquiera dorada.

Impotente para devorar su amarga decepción, pisoteaba rabiosamente la estera de China que cubría el suelo.

--Vamos a ver, mamá, debe de haber algún medio...

Por los delgados labios de la condesa se deslizó una imperceptible sonrisa. ¡Qué bien conocía a su hijo y qué bien le había llevado insensiblemente al punto preciso en que le quería!

--¡Un medio!... No veo más que un buen matrimonio, al que tu nombre te da derecho a aspirar. En cuanto a la herencia de tu tío, no hay que pensar en ella, y es posible, por otra parte, que de aquí a entonces Blanca tenga un marido que cuide de sus intereses...

--¿Crees que, en su posición, se casará fácilmente?

--Sí y no, amigo mío; es una muchacha encantadora y bien educada, a la que la madre más exigente será dichosa en tener por hija. Sin embargo, aunque cubierta por mi tutela de un barniz de respetabilidad, ciertas familias... timoratas... tendrían ciertos escrúpulos. Pero, en suma, no le faltarán pretendientes aceptables y más de un noble arruinado, aficionado a la buena vida, querrá dorar su blasón gracias a la generosidad asegurada de su suegro.

--Blanca no consentirá en casarse con el primero que se presente; quiere un marido...

--Que se parezca a ti; lo dice muy alto.

Fue esto dicho negligentemente y sin la menor intención aparente, pero el tiro había dado en el blanco. Raúl aguzó el oído, y dijo tratando de leer en el pensamiento de su madre:

--¿Decididamente, no tienes ninguna idea?

--Dios mío, no, ni sombra de una... Pero acaso la tendré más adelante... Por otra parte, busca por tu lado. ¿No eres diplomático?

Raúl hizo un gesto de mal humor, pero sabía por experiencia que la condesa no entregaba nunca por entero su pensamiento y que él usaría en vano todas las astucias de su diplomacia. Así, pues, dijo levantando el sitio:

--Te doy las gracias por tu confianza y tus consejos, mamá. Pensaré en todo esto.

--Pero tú, hijo mío, ¿no tenías una confidencia que hacerme?

Raúl sufrió un estremecimiento significativo.

¡Liette! La había olvidado. Además la situación no era ya la misma...

Y respondió balbuciendo avergonzado y confuso:

--Nada, mamá, una pequeñez...

* * * * *

Raúl se subió a su cuarto.

Era una gran pieza clara y alegre, con anchas ventanas, una de las cuales daba al mar y la otra al campo. Por un lado el movimiento y el ruido de la playa, el murmullo cadencioso de las olas, las canciones de las lavanderas al depositar la ropa en las rocas, las risotadas de los bañistas y las locas carreras en la marea baja por la inmensa sábana de arena franjeada de plata; y por el otro la calma y el reposo de los campos, las frondosas laderas y el camino solitario en el que raros transeúntes ponían una sombra de vida, mientras que la capilla con sus muros grisáceos, su puerta baja y sus barrotes en cruz, parecía, al contrario, un monumento funerario.

Aunque nada tenía de poeta, era a aquel balcón donde el conde iba a menudo a soñar con su amiga. En el recogimiento de la hora crepuscular, que confunde el paisaje en tintas imprecisas y dulces tan en armonía con las impresiones melancólicas, Raúl evocaba el recuerdo turbador de sus místicos esponsales, como ella en su estrecha oficina.

Pero aquel día no tuvo ni una mirada para aquel cuadro familiar y dejándose caer en una butaca, se abandonó a un verdadero acceso de misantropía agresiva.

Su tío, su prima, su madre misma, pasaron allí un mal cuarto de hora.

¡Oh! ¿De qué no son capaces esos vividores camastrones que olvidan los derechos sagrados de la familia? Y la condesa, tan alarmada por la menor travesura, que protegía aquel escándalo uniendo al padre con la hija en lugar de separarlos y preparando inconscientemente la ruina de su hijo en lugar de defender sus intereses...

--¡Todo el mundo se ha ligado contra mí!--pensaba con rabia reconcentrada.

Muy sincero en sus recriminaciones egoístas, como acostumbrado a considerar como suya la fortuna de Neris, se juzgaba desposeído de unos bienes legítimos y su indignación, bastante cómica, era perfectamente justificada a sus ojos. Poco le faltaba para hacer a la pobre Blanca responsable de aquel despojo.

¡Ella, a quien había tenido la candidez de querer como a una hermana, sin desconfianza, robarle su herencia!

Todavía, si hubiera podido tomarla con alguien... Pero un anciano y una niña... Estaba impotente y desarmado, condenado a devorar su cólera so pena de ser ridículo u odioso.

Caído delante del escritorio, estaba atormentando maquinalmente su cortapapeles de marfil y doblándole como un florete.

¡Clac! En su mano nerviosa, se rompió la hoja de repente con un ruido seco.

Este accidente tan ligero puso el colmo a su irritación... Con un brusco ademán, barrió todo lo que se encontraba delante de él, y portaplumas, lápiz y papeles volaron hasta el centro de la pieza.

Sólo permaneció en la mesa una carta comenzada.

«Liette.»

¿Liette?

¡La había olvidado!

«Voy a hablar a mi madre, le escribía aquella misma mañana; cuando acabe estas líneas será usted mi prometida a mis ojos como a los suyos.

«¿Late su corazón de usted más de prisa en esta hora en que me juego más que la vida y se acuerda un poco del que no piensa más que en usted?

«Suena la campana... Echo la última mirada a la capilla de Santa Ana, donde tiembla un débil resplandor, estrella de esperanza. Si escucha mis ruegos, esta noche iluminaré su santuario hasta dar envidia a su hermana de Auray.»

Raúl leyó fríamente estas ardientes palabras.

--¡Buena tontería iba a hacer!--masculló entre dientes.

En seguida tuvo vergüenza de este grito del corazón, eco fiel de su inconsciente egoísmo, y trató de colorear su defección a sus propios ojos.

Ciertamente, hubiera querido casarse con Liette; ¿pero podía? ¿Era digno y leal asociarla a un porvenir precario después de haber hecho brillar ante ella un espejismo engañador? Habiéndole ofrecido compartir con ella una gran fortuna, ¿podía no llevarle más que una baja medianía? Seguramente, no dudaba que era amado por sí mismo, y acaso la noble joven experimentaría más gozo que tristeza al darle esta prueba de amor y de desinterés; pero él, un caballero, ¿debía aceptar?

Por otra parte, jamás la de Candore, cuyos designios había penetrado, aprobaría semejante locura. Negaría su consentimiento, y el pedírselo no conduciría más que a exponer a la pobre institutriz a alguna afrenta humillante. Lo mejor era callarse, resignarse, obedecer; y aquella hija de soldado fuertemente impregnada de disciplina sería la primera en aconsejárselo.

En el fondo, su resolución estaba ya tomada.

Estaba bastante enamorado para hacer un matrimonio pobre siendo él rico y no debiendo sufrir por ese ligero sacrificio ni en sus costumbres ni en sus gustos refinados; pero afrontar la medianía, ni aun con la mujer amada, era superior a sus fuerzas y a su valor.

--¡Pobre Liette! ¡Qué pena va a tener!--murmuró con cierta fatuidad.

También él sufría... pero no mucho.

Su entusiasmo había caído con sus esperanzas, y la decepción material había matado brutalmente al sentimiento ideal que por un instante le había transportado en sus alas.

Admiraba en sus adentros la presciencia adivinatoria de la condesa, que siempre intervenía en el momento decisivo y que acababa de detenerle en el borde del abismo en que iba a dejarse caer imprudentemente.

--Sin la oportunidad maternal, me metía en un lindo barrizal--pensó con una satisfacción que alivió un poco la amargura de sus pesares.--Decididamente, mi señora madre tiene un olfato maravilloso y haré muy bien en seguir sus consejos más o menos directos.

¿Un buen matrimonio?...

Encendió un cigarro y fue a asomarse a la ventana que daba a la playa.

La partida estaba en su pleno y los «Play», «Ready» que se cruzaban entre los jugadores llegaban a su oído llevados por la brisa marina.

Hasta distinguía el duro acento anglosajón y las notas argentinas de Blanca cuando se reía de alguna jugada torpe.

Aquella chiquilla tenía la culpa de todo...

Buena muchacha en suma, llena de delicadeza y de corazón, lejos de rehusar nada al que ella consideraría siempre como su hermano mayor, sería la primera en decirle:

--Repartámonos la fortuna.

Pero su dignidad no podía consentir...

¿Con qué título?

Un primo no es un hermano ni un marido...

¿Un marido?

Después de todo, él podía llegar a serlo. Si era absolutamente preciso resignarse a un buen matrimonio, y no veía otra salida, ¿por qué no ella mejor que una pécora cualquiera que hiciese sonar demasiado su dinero y que, al menos, le tratase de igual a igual siendo su señor y dueño? Blanca, la pobre, se estimaría muy feliz siendo su humilde servidora.

Porque no había duda, ya le adoraba como hermano. ¿Qué iba a ser ahora?...

Casi siempre una prima adora a su primito...

tarareó entre dos bocanadas de humo.

Su intimidad se había desarrollado particularmente en aquella expedición, en la que absorvido por un pensamiento único, Raúl no estaba dispuesto a coquetear según su costumbre y se limitaba a la sociedad de su hermana. Con ella podía hablar libremente de Liette, y no dejaba de hacerlo. Ella le respondía con toda la inocencia de su alma, no cesaba de elogiar a su institutriz y respondía a los cumplimientos fraternales sobre su personilla:

--En otro tiempo no me encontrabas tan a tu gusto; el reflejo de miss Dodson me era menos favorable...

La joven decía esto alegremente y sin malicia alguna.

Indiferente a los otros jóvenes, mariposones de casinos o estrellas de playa que exhibían sus gracias en las partidas de tennis y empleaban su ingenio en las sabias combinaciones del cotillón. Blanca respondía ingenuamente a las bromas de su hermano que le instaba a elegir un novio.

--No hay ni uno que se parezca a ti...

En ese caso...

¿Por qué no después de todo?

Aquel era evidentemente el plan de la señora de Candore, cuya prudencia maternal había desconocido... Y más todavía el deseo del tío Neris, que encontraría difícilmente mejor partido y no regatearía para asegurar la dicha de su hija.

--Además, se pondrá tan contenta la pobre muchacha...--pensaba con la magnanimidad de un príncipe, retorciéndose el fino bigote.

* * * * *

En la playa, acabada la partida, cambiábanse vigorosos apretones de manos al cumplimentar a los vencedores, que eran Blanca y su pareja, un joven discípulo de Saint-Cyr que había reemplazado a Raúl a última hora. Ambos hablaban y reían con un aplomo de buen gusto, pero que no por eso dejó de atacar los nervios un poco irritables del señor de Candore, el cual arrojó el cigarro medio fumado y bajó rápidamente al encuentro de su prima.

Blanca se disponía a volver a la quinta con las facciones animadas por el ardor del juego, mientras la sangre corría más viva bajo su piel transparente y nacarada. Su belleza, un poco frágil, tenía algo de delicado y conmovedor.

--Te sofocas demasiado--dijo el señor Neris con alarmada solicitud;--vas a coger frío.

Pero ya Raúl traía un chal y cubría con él los hombros de la joven con un matiz de galantería que la condesa, en pie en la escalinata, fue la única en observar.

Por sus delgados labios se deslizó una enigmática sonrisa.

--Vamos--pensó,--la novela ha concluido y comienza el idilio.

* * * * *

Aproximábase el fin de la señora de Raynal, y esta vez nada podía ya retardarle. Después de unas cuantas semanas de respiro y de esperanza, último resplandor de la lámpara próxima a extinguirse, la enfermedad, contenida un instante, llegaba ahora a marchas dobles. Consultas, remedios, cuidados y oraciones, todo fue inútil. La muerte estaba allí, halagüeña y acariciadora para aquella vieja infantil que se abandonaba a ella sin resistencia.

Me siento tan gastada y tan fatigada, hija mía, que es caritativo dejarme al fin reposar. Tú eres una valiente, igual que tu padre, con su carácter de hierro en el que se embota la desgracia, mientras que a nosotras, pobres sensitivas, nos quiebra como el cristal. ¡Ah! vosotros sois los privilegiados de la vida...

--¡Privilegiada! ¡Pobre Liette!

Temblando por aquella existencia que pendía de un hilo y por su amor, acaso más frágil todavía, la joven devoraba sus lágrimas y ocultaba sus angustias a fin de no entristecer aquella agonía...

¿No estaba ella amenazada por un doble duelo? A pesar de las cartas de Raúl, su corazón estaba martirizado por penetrantes aprensiones ¡Blanca amaba!

Amaba con todas las fuerzas de su alma ardiente pero concentrada; amaba con la hermosa confianza y el cándido entusiasmo de los dieciséis años; pero también con la desconfianza involuntaria y la temerosa timidez de un amor tardío; amaba con la energía de una mujer y la debilidad de una niña.

¡Blanca amaba!

¿Y él? Se lo había dicho y se lo repetía sin cesar. Ciertamente, no dudaba de él, pero temía a la condesa. Si su voluntad, fortalecida con sus derechos de madre, se elevaba como una barrera entre los dos y no podían romperla, ¿no tendrían que inclinarse el uno y el otro? Y en su abnegación de mujer amante, pensaba, olvidando su propio sufrimiento.

--¡Pobre Raúl! Al menos él no se quedará solo.

Pero, ¿y ella?

¿Le iba a faltar todo a la vez?

Y con temor supersticioso trataba desesperadamente de retardar el desenlace fatal, como si la vida de la una estuviese ligada al amor del otro y debiesen confundirse sus últimos suspiros.

* * * * *

Aquel día, una tibia tarde de septiembre, la enferma, a pesar de su extremada debilidad, había querido que la llevasen al jardín y lánguidamente echada en su hamaca, estaba evocando, con voz ya lejana, sus recuerdos de la primera juventud, enjambre de mariposas color de rosa que revolotean alrededor de la frente de los moribundos en la hora del último crepúsculo.

--Era un día muy parecido a éste... Nuestro hermoso sol de los Trópicos se velaba triste y huraño... Mi madre, en su hamaca como yo estoy ahora, tiritaba como yo tirito... Estaba yo triste como tú lo estás hoy, hija mía... Hacía ocho días que no teníamos noticias de tu padre... que todavía no se había declarado... Yo tenía el corazón oprimido... tan oprimido, que estalló de repente y me eché sollozando en los brazos de mi madre.

--¡Pobre mamá!

Entonces ella, que lo había adivinado todo, no pronunció más que un nombre:

--¿Raúl?

--No, Jorge--rectificó Liette con sonrisa forzada.

La de Raynal hizo un movimiento de impaciencia.

--En verdad, hija mía, tienes poca confianza en tu madre--dijo en tono de despecho.--¿Quieres esperar a que esté muerta?

--¡Oh! mamá...

--¿Crees que no veo claro? ¿Por qué dejarme marchar en la duda?

--¡Madre mía!...

--Eres una ingrata, una mala hija... Después de lo que he hecho por ti, me niegas este último consuelo... ¿Es esto caritativo?

La anciana se agitaba, presa de una excitación febril y balbucía palabras entrecortadas.

Liette vacilaba...

Ciertamente, muchas veces, en su desesperada angustia, había estado a punto de ceder a la irresistible necesidad de expansión, natural en el que sufre y quiere ser consolado. Y siempre la palabra había expirado en sus labios...

¿Para qué?

¿Para qué introducir la turbación y la alarma en aquella apacible agonía? ¿Para qué confiarle la tímida esperanza que reprobaba su razón? ¿Para qué dar alimento a las quimeras que poblaban la imaginación exagerada de la ardiente criolla, tan llena de castillos en el aire?

A pesar de su ternura y su respeto, Liette conocía demasiado a aquella niña vieja y frívola para pedirle el sostén y el apoyo moral necesario en las horas de desfallecimiento. Su madre atizaría el fuego con mano inconsciente en vez de apagarlo, y Liette, sin fuerza ya para luchar contra ella misma, veía que no podría resistir al contagio del espejismo.

¿No valía más esperar?

Pero ¡ay! ¿esperaría la muerte? ¿Era filial aquella prudente reserva?

Liette cayó de rodillas.

--Perdona, madre querida; quería ahorrarte una decepción probable...

--Pronto, cuéntamelo todo... ¿Te ama?

--Así me lo ha dicho.

--¿Y escrito también? Por eso recibías tantas cartas de Granville...

La anciana se reía maliciosamente, muy orgullosa por su perspicacia.

--¡Oh! dos solamente, y no las he respondido.

--Pues yo sí lo hubiera hecho... En fin, trae...

Trató de leer, pero en vano, y dijo con un gesto de cansancio:

--No veo; lee tú, hija mía.

Liette obedeció, y, con voz sorda pero en la que vibraba una emoción mal contenida, volvió a leer aquellas líneas ardientes y apasionadas, frases huecas cuyo vacío no podía sospechar su alma leal.

La moribunda estaba encantada y escuchaba con sonrisa de triunfo en los labios.

--¡Bien! ¡Muy bien!--decía.--¡Pobre muchacho! ¡Cómo te ama! Sigue, sigue.

Y al acabar la lectura, exclamó:

--¡Querido niño! Muestra un entusiasmo, un ardor, una constancia, a pesar de tu frialdad... Porque, realmente, hija mía, no sabes animarle... ¿No le amas?

--¡Ay! sí...

--¡Entonces!... ¿Cómo puedes permanecer así, plácida e indiferente?... ¿No tienes fe?

--¡Oh! mamá querida...

Asustada por la exaltación de su madre, Liette se esforzaba en vano por calmarla. En aquella pobre cabeza agotada sonaban todos los cascabeles de sus locas quimeras. La anciana divagaba con delicia y hablaba del matrimonio, de la ceremonia, de los trajes...

--¡Con cuánto gusto lo vería!--suspiraba.

Dudar del consentimiento de la condesa era para ella una locura. Si hacía esperar su petición, era que quería venir en persona...

--Estoy segura de que está en camino; lo adivino, lo siento...

...La puerta se abrió... Y la anciana volvió la cabeza estremeciéndose...

Pero no era más que el tío Marcial, que venía a hacer amablemente el servicio de la oficina.

--Una carta para usted, señorita; de Granville.

¡Al fin!

Liette desgarró el sobre con mano temblorosa.

La carta era de Blanca y no contenía más que estas líneas:

«Doy a usted, mi querida amiga, la primera noticia de un secreto que es una pena y también una dicha. Mi madre no es mi madre, y, sin embargo, me ha dicho muy bajito que yo podría aún ser su hija.

«Al perder un hermano encuentro un primo... y, acaso, un novio... un esposo...

«Yo, que amaba ya tanto a Raúl, ¿cómo voy a hacer para amarle más?... ¿Y él, querrá amarme? Usted me ayudará a conseguirlo, ¿verdad?»

Los labios trémulos, los ojos fijos, las mejillas más pálidas que las de la moribunda, Liette permanecía rígida, muda, sin quejas, sin lágrimas...

--Y bien--dijo ansiosamente la madre;--habla, me das miedo.

Ante aquella palidez, ante aquel mutismo, ante la desesperación de aquella pobre mirada, ¿tuvo la anciana la vaga presciencia de la verdad y remordimientos por su imprudencia?

Aquellas facciones infantiles bajo su corona blanca expresaron tal desolación y tal angustia, que Liette olvidó su propio sufrimiento, y cuando la moribunda, con las manos juntas como un niño que pide perdón, balbució tímidamente:

--¡Oh! dime, ¿es el consentimiento de la condesa?

Liette respondió:

--Sí.

Una hora después la de Raynel moría con la sonrisa en los labios, murmurando:

--¡Condesa de Candore!

* * * * *

El letargo del primer dolor nos quita en parte la facultad de sentir los otros, y quizá esos golpes redoblados que caen simultáneamente sobre nuestra cabeza son menos un brutal encarnizamiento de la suerte que una suprema piedad de la Providencia...

En el sopor físico y moral en que la sumió la muerte de su madre, Liette no tuvo lágrimas más que para ella y todos los demás dolores se hundieron en aquella fosa abierta, duro y frío lecho para aquel delicado pájaro exótico. Durante unos días, su mente, absorta por entero por aquel duelo cruel, aunque previsto, no estuvo dominada más que por el recuerdo de la anciana infantil a la que dedicaba una ternura filial y maternal al mismo tiempo. Ante su cuarto vacío, ante su butaca, ante su hamaca, la joven tenía crisis de desesperación, más conmovedoras porque las dominaba valerosamente, y, a pesar de las curiosidades indiscretas y de las lástimas torpes, nadie pudo jactarse de haberla oído quejarse ni visto llorar.

Desdeñando por otra parte las simpatías triviales y los pésames de convención, Liette se apasionaba difícilmente aun ante un cariño sincero, y el mismo señor Hardoin tenía que esforzarse para forzar la puerta de aquella alma cerrada y a la que la última decepción había añadido todavía un cerrojo.

En efecto, en la angustia de su aislamiento y de su abandono iba surgiendo poco a poco de la sombra una imagen borrada un momento por la de la muerte, y Liette trataba en vano de librarse de ella. ¡Ay! así como en otro tiempo no había podido combatir la esperanza quimérica, no podía ahora mandar a su memoria demasiado fiel y que le trazaba sin cesar las ardientes etapas de aquel pasado demasiado corto. Liette repasaba sin descanso las migajas de dicha escapadas de la mano avara del Destino, ya que estaba destinada a no sentarse nunca al festín de los dichosos.

Su carácter leal y firme defendíale las lamentaciones estériles y las vanas recriminaciones. Lejos de achacar culpas a Raúl, hubiérale buscado excusas si él las hubiera necesitado a sus ojos; pero, lejos de vituperarle, le aprobaba. Ni por un instante pensó en luchar ni en invocar los derechos de su ternura. Aun a falta de su orgullo, su profundo agradecimiento por la joven que le abría tan ingenuamente el corazón hubiera bastado para evitarle todo desfallecimiento.

El joven diplomático le escribió una carta desolada poniendo su suerte entre sus manos y terminando por estas líneas de una hábil política:

«¿Qué debo hacer, Liette? Dígamelo usted, pues ya no lo sé yo mismo. Apelan a mi honor, a compromisos de familia, a mi gratitud hacia mi tío, a mi piedad por su hija... Yo no oigo más que la voz de mi razón y mi amor... Necesito un guía que me ilumine. A usted, que es mi razón y mi conciencia la obedeceré ciegamente. ¿Qué debo hacer?»

La joven respondió sencillamente:

«Su deber de usted: casarse con Blanca.»

El amor, tal como lo comprendía aquella hija de soldado, era un sentimiento tan puro como el honor, que sufre todos los sacrificios, pero no una mancha. Como la bandera, el corazón podía ser desgarrado, pero no manchado...