Liette

Chapter 4

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Raúl le mostraba un respeto caballeresco y evitaba cuidadosamente esa galantería trivial y esas atenciones indiscretas a que su situación la exponía, y se lo agradecía infinito. El joven reservaba todas sus atenciones para la señora de Raynal y todas sus felicitaciones a Blanca, y ese homenaje indirecto al mérito de la institutriz y a su abnegación filial valía más que la más delicada adulación.

--¡Qué metamorfosis en mi hermana!--decía algunas veces.--¿No le parece a usted, señorita? Hasta aquí no era más que una niña.

--A los dieciséis años era más que su derecho, era su deber, caballero.

--Sin duda, pero la gracia puede aliarse con la seriedad. Hasta los quince años se es una niña, de quince a treinta una joven.

--Y hasta una solterona...

--Es usted severa, señorita. Mi tío, que apenas se considera como un soltero maduro...

--Anda, sobrino, no te quedes corto.

--Dispensa...

--Con mucho gusto, y con más razón porque me asocio a tus elogios. Nuestra Blanca gana todos los días con su contacto de usted, señorita. Mi deseo es que sea digna de tal modelo...

--Me hace usted demasiado honor, caballero; la tarea estaba casi acabada y Blanca hace que mi papel sea muy fácil tratándome como amiga...

--Era sobre todo una amiga lo que ella necesitaba; por eso estamos todos muy agradecidos de que haga usted de esta querida niña una mujer cumplida.

Esta opinión halagüeña salida de los altaneros labios de la condesa era preciosa porque la dama no las prodigaba; pero apreciaba a la institutriz en su justo valor y no temía decírselo. Con una condescendencia rara en ella, colmaba a aquellas señoras de atenciones y de regalitos, les enviaba frutas de su jardín y flores de su estufa y hasta invitaba a su hijo a unir al envío alguna banasta de caza.

Algunas veces se encargaba el mismo Raúl de la comisión y, escogiendo discretamente un momento en que Liette estaba ausente, entraba en el Correo a vaciar su morral y tragaba sin pestañear las interminables divagaciones de la viuda, que se despachaba a su gusto con aquel interlocutor complaciente... pero no desinteresado.

Al hacer la corte a la madre evitaba el comprometer a la hija y su causa no perdía, al contrario, por ser defendida por un tercero. Con su imprudencia ordinaria, la buena señora no cesaba de hablar de «aquel buen don Raúl», y era imposible a la conciencia más timorata alarmarse lo más mínimo por sus asiduidades.

De este modo no había ninguna alarma en la de Candore, ninguna desconfianza en la institutriz, y Raúl llegaba pacíficamente a sus fines por caminos de travesía.

* * * * *

A principio del verano la salud de la señora de Raynal se alteró sensiblemente. Ya delicada y débil, verdadera planta de los Trópicos cuidada en estufa, no ofrecía ninguna resistencia a la anemia abrumadora que la había invadido lentamente e iba pereciendo de día en día a pesar de los cuidados minuciosos que se le prodigaban.

Acurrucada en su butaca al lado de la ventana y envuelta en chales y mantas a pesar del ardiente sol de junio, cuyos rayos espolvoreaban de oro el estrecho despacho, permanecía allí largas tardes con la mirada vaga, sin hablar y acaso sin pensar, las manos inertes, y los párpados medio cerrados como esos pobres pajarillos de las islas que esconden la cabeza debajo del ala sin que nada pueda sacarlos de su sopor.

Síntoma alarmante; no se interesaba ya por los ruidos de la calle ni por la charla de las comadres, no levantaba los ojos al ruido de los zuecos en la calle, ni al de los coches del notario o del médico, no hacía caso de las voces de las vecinas que iban a informarse de la salud de «la querida señora».

Se acabó la interminable charla que zumbaba en los oídos de la joven empleada; se acabaron los sempiternos discursos tan difíciles de escuchar haciendo una suma. ¡Ay! ya no había que temer errores en las cuentas; sólo turbaba el pesado silencio el ruido monótono del reloj y la ronca voz del cartero, y las palabras más afectuosas y las más tiernas caricias no lograban arrancar a la enferma más que una sonrisa pálida y lánguida.

Solamente Raúl tenía el privilegio de alegrarla un poco; sus visitas, aunque frecuentes, resultaban para ella escasas.

Cuando su elegante silueta aparecía en la esquina de la calle animaba la cara de la viuda un reflejo de vida. Siempre era ella la primera que le veía, y decía guiñando sus ojos de miope:

--Ahí viene don Raúl; ¿qué traerá hoy?

Con una solicitud y una amabilidad que conmovía profundamente a la madre y a la hija, el joven se proporcionaba el placer de satisfacer los caprichos de la enferma, y sabe Dios si los tenía.

Un día era un cesto de dátiles impacientemente deseados y que la anciana devoraba con avidez; otras veces granadas, plátanos o nueces de coco que engañaban apenas la repugnancia de su estómago gastado.

En vano insistían para hacerla bajar al minúsculo jardinillo en el que florecían algunas dalias multicolores y un modesto cuadro de rosales.

--¡Están tan débiles mis piernas!--gemía.--Además, necesitaría que mis negritos me llevaran como en otro tiempo en mi hamaca.

Al día siguiente estaba allí la hamaca de Blanca colgada a la sombra de un quitasol, y Raúl se ofrecía alegremente a embadurnarse la cara de negro como el Nelusco de la Africana, para completar el programa.

--La verdad, no se atreve ya una a expresar el menor deseo--suspiraba la buena señora encantada columpiándose con un gozo de niña mientras el conde la abanicaba gravemente con un marabú.

Acaso el papel de Raúl no era el más agradable y hubiera él preferido el de Blanca, que acompañaba generalmente a su amiga y se esforzaba por consolarla mientras él divertía a la madre. Pero hubiera sido imprudente invertir los papeles y el provecho hubiera sido menor.

En efecto, la abnegación de Raúl no era perdida. Aquella ingrata tarea debía producirle grandes intereses, y cuando la de Raynal le proclamaba irresistible, estaba muy cerca de la verdad.

A la dolorosa angustia que le oprimía el corazón se mezclaba en Liette un sentimiento muy dulce del que no pensaba en desconfiar ni en defenderse; era el agradecimiento y nada más...

* * * * *

El médico del pueblo se mostraba poco tranquilizador.

--No hay atacados órganos esenciales--diagnosticaba,--pero todo el organismo está alterado. Haría falta una energía moral que nos falta completamente, lo que nos entrega atados de pies y manos a lo desconocido.

Mandaba tónicos, un régimen fortificante, ejercicio y aire libre, pero la enferma no quería oír hablar de nada de esto y declaraba que la vista de una chuleta le daba náuseas y que el más corto paseo la mataría seguramente.

Liette, desolada, pensaba ir a Amiens a consultar al doctor Duplan, joven profesor ya famoso en la región y condiscípulo del señor de Candore, pero ante la idea de semejante viaje la enferma ponía el grito en el cielo.

--Te lo ruego, hija mía, déjame morir en paz--repetía en tono doliente:--creo que no pido mucho.

Lágrimas, razonamientos y súplicas, todo fue inútil. Liette estaba desesperada, cuando una mañana se presentó Raúl en el correo con el sabio médico.

--Mi amigo el doctor Duplan, que viene a pasar unos días en el castillo, invitado por mí, tendrá mucho gusto en ponerse a la disposición de usted. Espero que nuestra querida obstinada no se negará a recibirle.

Esta vez el corazón de la joven se fundió ante la ingeniosa delicadeza del procedimiento y, en un impulso espontáneo, ofreció las dos manos al diplomático.

--¡Es usted bueno; gracias!--dijo con las lágrimas en los ojos y una mirada tan elocuente que el médico se quedó deslumbrado y no pudo menos de decir a su amigo cuando salían:

--Querido amigo, una mirada semejante vale más que los honorarios.

El sabio fisiólogo había conocido a primera vista una de esas enfermedades de languidez en las que la inercia del enfermo paraliza los esfuerzos del médico y en las que el abatimiento moral hace inútil la ciencia más profunda.

--Tendrá usted que usar de toda su influencia, señorita, para galvanizar esta energía que se apaga. La distracción de un viaje y el aire puro y vivificante del mar tendrían acaso un efecto saludable.

La cosa presentaba numerosas dificultades, pero todos se emplearon en suprimirlas. El señor Hardoin, en relación con el director de Correos del departamento, obtuvo fácilmente una licencia de un mes. Neris, gran accionista de varias compañías, sacó un doble permiso de circulación gratuita. En fin, para evitar a la enferma la promiscuidad penosa del hotel, Blanca le ofreció amablemente una deliciosa quinta que llevaba su nombre, que su tío había hecho edificar para ella en Saint-Pair, en el camino de Granville, y a la que la familia debía ir en el mes de agosto.

Raúl se reservó la misión ardua y delicada de arrancar el consentimiento de la principal interesada, pero la cosa fue más fácil de lo que se suponía. La de Raynal, refractaria a un corto viaje a Amiens, se dejó seducir por la perspectiva de una expedición elegante, rodeada de un lujo y de unas comodidades que halagaban su orgullo de niña mimada, y el joven agregado de embajada obtuvo un éxito de buen agüero para su carrera diplomática.

* * * * *

El carruaje dejó las calles tortuosas de Granville y tomó el camino de Saint-Pair.

Era uno de esos vehículos prehistóricos de forma anticuada y muelles rechinantes que salen de no se sabe qué depósito de antiguallas para la temporada balnearia y en los que se amontonan dócilmente las más elegantes parisienses, cuyos frescos y airosos trajes hacen resaltar más la desagradable vejez de las banquetas de terciopelo ajado.

El caballejo, de una delgadez inverosímil, como si hubiera ayunado todo el invierno, parecía un fantasma de caballo tirando de un fantasma de coche y que hacía pensar en los versos de Scarron:

Se ve la sombra de un lacayo Cepillar la sombra de una carroza Con la sombra de cepillo.

En cambio el cochero, con su blusa azul formando globo alrededor de un vientre respetable, presentaba un aspecto regocijado y exuberante de salud, que contrastaba con las facciones pálidas y demacradas de la enferma, lánguidamente echada en los almohadones hundidos y que apenas levantaba los párpados para contemplar un instante el magnífico panorama que deslumbraba a su joven compañera.

Nada, en efecto, más pintoresco en su uniformidad que aquel camino que costea el mar durante más de tres leguas para ir a parar en la punta de Carolles.

No hay allí los altos acantilados normandos tras de los cuales se ocultan las olas que van a romperse a sus pies con sordos mugidos como los golpes de una invisible catapulta. Vense en cambio aglomeraciones de sombrías rocas de aristas cortantes y que la blanca espuma hace parecer más negras todavía como el carbón bajo la nieve; una larga banda de dorada arena, lisa como las calles de un jardín inglés, donde, para completar la semejanza, las jóvenes misses juegan al crocket en la marea baja; y el mar, ese mar azul de tonos cambiantes de zafiro, de esmeralda, de rubí y de amatista que refleja a veces el azul del cielo y a veces los horrores del infierno.

Es aquello todavía la costa normanda, pero es el mar bretón, ese mar inolvidable, «cautivador de almas» según la justa expresión de un poeta ignorado, mar acariciador y terrible, dulce y suave como el terciopelo, claro y transparente como el cristal o rugiente y amenazador, erizado de picos monstruosos y de insondables cráteres.

--¡Qué hermoso es esto, madre, qué hermoso!

Presa de una especie de éxtasis, Liette contemplaba ávidamente aquella inmensidad hinchada de vida, aquella buena nodriza que vierte a sus hijos la salud, el vigor y la fuerza y que iba acaso a devolverle su madre.

Y la joven juntaba las manos en un ademán de ferviente súplica.

--¿Llegamos pronto?--preguntó la de Raynal después de una mirada vaga y distraída al maravilloso cuadro.

El cochero, que había oído la pregunta, designó con la punta de la fusta un campanario nuevo que levantaba su esbelta flecha por encima de los techos en los que dominaba todavía la paja característica de las cabañas.

--Eso es Saint-Pair y esa la villa Blanca--añadió parando delante de una de las bonitas casas construidas en la costa.

La «Villa Blanca» merecía su nombre y en medio de las edificaciones multicolores y de las quintas chillonas en que se complace la extravagante fantasía de arquitectos delirantes se distinguía por su elegante sencillez y por su fachada inmaculada.

Era blanca la casa, blancas las persianas, blanca la verja, blanca la tienda de campaña de blanco pabellón ya levantada en la playa, blanca la lancha amarrada a la orilla; blancos los rosales que florecían en los cuadros, los geranios que adornaban la entrada y los claveles que perfumaban el jardín.

Dentro como fuera, cortinas, alfombras y muebles de laca, todo era blancura propia del nido virginal escogido para los dieciséis años de la exquisita y pura niña, objeto de tan tierna solicitud.

--¡Querida Blanca! Pensar que nos abandona estas lindas cosas...--murmuró Julieta llena de agradecimiento.

La de Raynal manifestaba una alegría de niña; encontrábase en su elemento y recibía con majestuosa condescendencia, digna de la condesa, los homenajes de la jardinera, que cuidaba el inmueble y que fue a ponerse a las órdenes de los «parientes» de sus propietarios, como aquellas señoras habían sido designadas, por una ingeniosa delicadeza, en la carta anunciando su llegada y poniendo generosamente la casa a su disposición por todo el mes de julio.

A pesar del cansancio del viaje, la enferma, encontrando una energía ficticia en la alegría íntima que le causaba aquella plenitud de bienestar y de comodidad, quiso inspeccionar sus dominios de un mes.

Una tras otra, inspeccionó todas las piezas de la casa, jugando «a los propietarios» como los niños «a las personas mayores» y aprobándolo o criticándolo todo con un aplomo y una convicción de las más graciosas.

Tan bien representaba su papel, que se engañaba a sí misma, y si la de Candore se hubiera presentado de pronto casi la hubiera recibido como invitada.

--Es fastidioso que se te haya olvidado mi hamaca, hija mía. La hubiéramos instalado en la escalinata.

--Hubiera sido inútil, mamá--respondió Liette sonriendo y mostrando una hamaca que se columpiaba en la cubierta de cristales.

--Estoy segura de que es una atención de ese querido don Raúl--exclamó la criolla muy gozosa; sabe que no puedo pasarme sin ella.

Al oír el nombre del amigo fiel y adicto, la clara mirada de Julieta se empañó con una sombra de melancolía. ¡Iba a estar un largo mes sin verle! Y una pena vaga e inconsciente le arrancó un involuntario suspiro.

Pero no tuvo tiempo para abandonarse a esta impresión.

Impaciente por ver y por ser vista, su madre quería dar una vuelta por la playa. Apoyada descuidadamente en el brazo de su hija como una débil y flexible caña, levantaba su talle prematuramente encorvado y andaba a pequeños pasos, con el pecho oprimido, pero con un poco de rosa en las mejillas y un poco de llama en los ojos. Así llegó lentamente a la tienda de campaña objeto de admiración de los bañistas modestos reducidos a una simple caseta decorada con oropeles chillones o con adornos japoneses baratos.

En aquel comienzo del verano no había más que gentecilla; matrimonios viejos y económicos y jóvenes mamás que aprovechaban de su libertad relativa para gozar de aquel delicioso mes de julio tan a propósito para las vacaciones con sus días interminables.

Los niños, sin pensar en su próxima esclavitud, jugaban entusiasmados y se mojaban en los pequeños estanques que hacían con las manos.

La de Raynal, repantigada en una mecedora, sonreía benévolamente a toda aquella familia menuda y se interesaba por las diminutas pescadoras que iban, rojas de placer, a hacerle admirar su cosecha de «frutti di mare», y por los precoces ingenieros que plantaban gravemente una bandera en los minúsculos fuertes que habían construido con la arena.

--¿Te acuerdas, Liette, del hermoso castillo de juguete que hizo construir tu padre en Trouville cuando no eras más alta que esos niños?

La buena señora se animaba, y ante aquel flujo de vida que galvanizaba sus facciones ya fijas por la helada mano de la muerte, Liette volvía a la esperanza...

--¿Quién sabe?

* * * * *

Por la noche, cuando vio a su madre dormirse con un sueño tranquilo, reparador y poblado de ensueños felices que hacían dibujarse una fugitiva sonrisa en sus descoloridos labios, Julieta se sentó ante el escritorio de plata con las iniciales de Blanca, y, dejando rebosar su alma henchida de gratitud, escribió largamente a su amable discípula.

«En fin, hija mía--decía al terminar,--gracias a usted y a sus queridos padres he conocido hoy un fulgor de esperanza, muy débil, por desgracia, y que se apagará probablemente mañana. Pero ni vientos ni tempestades podrán nunca apagar en mi corazón la llama eterna de mi viva gratitud por tan afectuosa bondad, y ruego a Dios que me permita un día dar a ustedes la prueba, aunque sea a costa de mi propia dicha...»

* * * * *

Hacia la segunda quincena de julio, un hombre y una mujer, ambos jóvenes, seguían lentamente el muelle de Saint-Helier donde se agolpaba ya la multitud de las primeras hornadas de viajeros, gentlemen apopléticos, secas ladies y rubias misses montadas al aire, «smala» de viajeros que están dando la vuelta al mundo con gravedad sacerdotal y que contrasta por su tiesura y su flema británica con la exuberancia y la «furia francesa» de nuestros compatriotas que han huido momentáneamente del mostrador o de la oficina y se maravillan cándidamente de verse tan lejos de la calle Saint-Denis... o del ministerio.

El hombre llevaba con desenvoltura un elegante traje de viaje y unos gemelos en bandolera.

Ella, muy sencilla, iba empujando uno de esos encantadores cochecitos ingleses, obra maestra de la industria nacional de ese pueblo pesado y prosaico de ordinario, pero de un gusto tan delicado y refinado en todo lo que se refiere a la infancia.

Eran Raúl de Candore y nuestra antigua conocida Juana Dodson, cuyos ojos azules desembarazados de los anteojos, se fijaban con amor en el precioso niño dormido en los almohadones y cuya cabecita rubia desaparecía a medias bajo la capota rosa querida de Kate Grenavay.

--¡Todavía una hora!--exclamó el conde consultando un bonito reloj de caza.

--¡Más de una hora!--suspiró la joven inclinándose con un ademán lleno de gracia hacia el niño, cuya pura frente se humedeció con una perla que le hizo fruncir la bonita nariz como un gatito molestado por una mosca. ¡Qué hermoso es! Y cómo se parece a ti...

Raúl se encogió de hombros irreverentemente.

--Palabra de honor, Juana, creo que estás loca. Todos los recién nacidos se parecen entre sí mucho más que a sus autores; pero tú eres tan romántica...

--¿Yo?

--¡Pardiez! Ha sido disparatada esta idea de dejar Londres en vísperas de ir yo, para venir a instalarte aquí con el pretexto de que se ven las costas de Granville...

--Eres injusto, amigo mío; yo no podía esperar indefinidamente un regreso siempre diferido cuando el médico juzgaba a nuestro hijo enfermo y mandaba el aire del mar.

--Hay otras playas que no son Jersey, me parece. ¿Por qué no has ido a Brighton?

--Aquí tenía a mi antigua nodriza para ayudarme a cuidarle, y además...

--¿Creías que yo atravesaría todos los días a nado este brazo de mar, como atravesaba el Helesponto el bello Leandro?

--Te burlas, pero el respirar el mismo aire que tú, era también la dicha...

--Decididamente, querida, puedes dar cruz y raya a las sentimentales grisetas de Murger y no tienes ni pizca de ese espíritu práctico de que se jactan los hijos de la prudente Albión.

--Tienes razón, Raúl. De otro modo no hubiera soportado tanto tiempo esta situación intolerable, cuyo fin no veo, a pesar de tus promesas.

--¿Mis promesas?

--¿Soy tu mujer, sí o no?

--Montaigne diría: Quizá, y Rabelais: ¿Quién sabe?

--¡Raúl!

--¡Diablo! Inglaterra y Francia no están de acuerdo en este punto, como en tantos otros... Un simple aprendiz de diplomático no puede cortar el nudo gordiano tan fácilmente como Alejandro.

--Me has engañado indignamente.

--Vamos a ver, querida Juana, tenemos apenas un cuarto de hora, y no hay tiempo para una querella y una reconciliación. ¿Quieres que empecemos por el fin? En el fondo, ya sabes que te amo.

La pobre miss era incapaz de resistir a la inflexión tierna y acariciadora de aquella voz burlona de ordinario, y suspiró, mas que dijo, levantando hasta él los ojos llorosos:

--¡Ay! no pido más que creerte.

--Y yo no te pido más que un poco de paciencia, niña querida. No comprendes las dificultades de mi situación, que es muy sencilla sin embargo. No tengo patrimonio personal, o muy poco. Estoy, pues, obligado a grandes precauciones y tengo que contar, no sólo con mi madre, sino con mi tío, y no violentar las cosas, en el mismo interés de este caballero.

--No reclamo para él más que tu nombre.

--El nombre haría muy mal papel sin la fortuna, amiga mía.

--Lo poco que yo tengo...

--Lo poco que tú tienes podría apenas bastar para tu hijo, pero de ningún modo para el vizconde de Candore. Sé, pues, razonable, te lo ruego, y ten confianza en mí como yo en ti. ¿Piensas que te dejo con gusto, joven y bonita como eres, expuesta a todas las tentaciones del aislamiento?

--Yo no estoy sola.

--¡Bah!... ¿Crees que este es un guardia de corps suficiente?

Se echó a reír jugando con el pequeño, que acababa de despertarse y trataba de cogerle el bastón.

Medio tranquila, la madre sonreía ante este gracioso espectáculo.

De repente una campana de a bordo llamó a los pasajeros retrasados e hizo palidecer a la pobre Juana, que vaciló en el brazo de su compañero.

--¡Ea! adiós, querida mía--dijo Raúl separándose suavemente.

--¿Adiós?

--No, hasta la vista. ¡Qué purista eres!

--Dale un beso, Raúl...

--Por supuesto; más bien dos que uno.

El joven rozó con su rubio bigote la frente sonrosada del niño.

--Ahora a la mamá, dijo.

Juana se acercó a él y dijo estremeciéndose.

--¿Volverás?

--Sin duda...

--¿No me olvidarás?

--¡Qué tontería!

Iba Raúl a meterse en el barco cuando ella apoyó la mano en su hombro y le dijo gravemente y con una firmeza que cuadraba mal con su fino y vaporoso perfil de rubia:

--Quiero creerte y te creo; pero te lo suplico, no abuses de mi credulidad y de mi paciencia, pues ahora tengo un hijo a quien defender, y le defenderé.

--¿Amenazas?

--No, una advertencia.

--Querida niña, si tuviera tiempo te demostraría que entre tú y yo no puede haber nada más torpe ni más inoportuno. Pero oigo el segundo toque y prefiero olvidar esta declaración intempestiva a exponerme a oír otra más difícil de digerir.

* * * * *

Un instante después el vapor navegaba hacia Granville y el puerto erizado de blancas velas, las negras chimeneas y las murallas de granito desaparecían en lontananza; pero Raúl, apoyado en la borda, creyó distinguir por mucho tiempo una esbelta silueta de mujer que levantaba un niño por encima de la cabeza.

Por fin todo desapareció, y, desagradablemente impresionado por esa vista y por las últimas palabras de Juana, Raúl se puso a pasear por el puente lleno de gente y se esforzó en vano por ahuyentar el malestar que le causaba aquella despedida profética.

Pero pronto dominaron su ligereza y su escepticismo, y encogiéndose de hombros murmuró:

--¡Bah! amenazas de mujer.

* * * * *

Raúl olvidaba a la madre...

* * * * *