Liette

Chapter 11

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Primero, la llegada: en el vasto patio de honor atestado de cazadores y cazadoras y en el que las casacas rojas y verdes se mezclaban con los trajes femeninos más o menos chillones, entre la confusión de los grandes carruajes, el relincho de los caballos y el jurar de los picadores, la joven se le había aparecido como una castellana de los antiguos tiempos, bajando lentamente la escalinata, con una amazona muy sobria recogida en el brazo derecho y la fusta en la otra mano; y todo lo demás se había borrado para él, que ya no vio a nadie más que a la mujer amada. ¿Cómo respondió a la acogida calurosa de Gastón de Argicourt, a la amabilidad de su mujer, a los apretones de manos de unos cuantos camaradas, al saludo ceremonioso del señor de Candore, al cordial cumplimiento del viejo general Estry y al vigoroso «shake-hand» del tío Dick?... Carlos no sabía absolutamente nada. Deslumbrado y fascinado, no veía a nadie más que a ella ni oía más que su dulce voz, que le saludaba con un gracioso: «¡Buenos días, mi capitán!»

¡Dios mío! ¡Qué bonita la había encontrado!

Tampoco a ella le había parecido mal su brillante uniforme, realzado aún por la resplandeciente crucecita, y cuando se encabritó su caballo, un animal resabiado que el señor de Candore le aconsejaba caritativamente que no montase, el joven había sabido dominarle sin aparente esfuerzo.

--Se le debía llamar Ragasse--dijo la joven al ver al caballo domado obedeciendo dócilmente al jinete.

--¿Por qué?--preguntó el conde.

--Por nada. Un episodio de nuestras campañas. ¿Se acuerda usted, capitán?

¡Si se acordaba!

No hay nada tan desagradable para un tercero, y para un tercero un poco celoso, como la evocación de un pasado en que él no ha tomado parte... y Raúl se quedó muy ofendido... Estábalo también al verse abandonado por otro, y cuando Eva, con su inconsciente crueldad de mujer, le dijo amablemente: «Hoy, señor de Candore, su discípula de usted le devuelve su libertad,» el conde, a pesar de su perfecta corrección, no pudo menos de responder con un dejo de amargura:

--¡Plaza a los jóvenes, entonces!... Este caballero asciende por elección.

--No, por antigüedad; es un amigo más antiguo que usted--respondió la joven con vivacidad, aunque corrigiendo con una sonrisa lo que esta respuesta tenía de desagradable...

* * * * *

...¡Después la cacería! La embriaguez de galopar juntos al son de la trompa que estallaba como una música triunfal, en medio de un torbellino de jinetes, cortejo improvisado de su felicidad. ¡Ah! qué poco se cuidan los dos imprudentes, del despecho y de la cólera que dejan detrás... Tampoco se ocupaban de la mirada celosa que les seguía a través del espacio ni de los negros pensamientos que señalaban más las ligeras arrugas de la frente del diplomático, mientras el tío Dick, poco seguro en su caballo, una plácida yegua digna de un obispo, iba a pegarse a él esperando sin duda que le prestase un poco de su aplomo. ¡El buen tío Dick! ¡Cómo hubiera querido Raúl verle en el fondo de un barranco!...

* * * * *

...Después, embriaguez mayor todavía, la entrada en la espesura para encontrar la buena pista; el gozo de encontrarse solo con ella.

La hubiera seguido así hasta el fin del mundo.

Y, sin embargo, todo le decía que debía huir de la peligrosa sirena...

Su razón le gritaba:

«¡Detente!... no vayas más lejos. El espíritu es fuerte, pero la carne es débil. Vuelve sobre tus pasos si no quieres dejar pedazos de tu corazón entre las malezas de los bosques.»

Su orgullo le gritaba:

«¡Detente! Principios, honor, deber, todo lo pisotearías. Es rica, y tú pobre; te debe la vida y no debes abusar de ello. Vuelve sobre tus pasos, si no quieres dejar un poco de tu dignidad entre las piedras del camino.»

Pero su alma cantaba los versos de Musset:

Yo amo sin esperanza mas no sin felicidad la veo y es ya bastante.

Y esa felicidad fugitiva y efímera, de la que no se llevaría más que el recuerdo embalsamado, a sus lejanas guarniciones, ¿debía sacrificarla a un vano escrúpulo?... ¿Qué mal hacía gozando de aquella querida presencia como se respira una flor, sin cogerla ni tocarla?

* * * * *

Después de una galopada bastante larga, la joven se volvió como si sintiese la ardiente caricia de aquella mirada fija en ella y dijo riendo, quizá para ocultar su confusión:

--Creo que nos hemos perdido.

--En efecto...

--¿Desea usted mucho encontrar el camino?

--Haremos lo que usted quiera.

--Pues, entonces, no quiero. ¿Para qué echar a perder el paseo buscando papelitos como el pequeño Pucet sus guijarros?... Y él tenía aún una razón, puesto que al fin del camino estaba la casa de su padre.

El capitán pensaba enteramente como ella, y, quemando lo que había adorado, declaró con desenvoltura que el Rally-paper era grotesco y ridículo...

--Es perfecto--dijo la joven,--para aquellos a quienes divierte. Yo prefiero gozar pacíficamente del encanto de los bosques y de la conversación, mejor que registrar las matas como si estuviese oculto en ellas algún hurón.

También era esta la opinión del capitán.

--Su tía de usted me ha gustado mucho, pero mucho--declaró la joven americana con esa espontaneidad que tan bien le sentaba.--¿Es hermana de su madre de usted?

--No, miss Darling, es sólo mi prima muy lejana. Ese nombre de tía Liette es una ingeniosa delicadeza suya para engañar mi aislamiento de huérfano y crear entre nosotros un lazo ficticio más poderoso que muchos lazos naturales. Quiero a la tía Liette tanto como si fuera mi madre.

--Y bien se ve que ella le quiere a usted como a un hijo. Son ustedes los dos muy felices. Yo también me quedé huérfana muy pequeñita, pero no he tenido segunda madre. Mi tío es excelente y me quiere mucho, pero es un hombre. Para él, mi dicha consiste en no rehusarme nada, en satisfacer todos mis caprichos y en prevenir mis menores deseos... Nada más, y es poco...

--¡Cómo! ¿Ni una parienta?

--Sí, parientes... pobres. Sabe usted, capitán, que es uno de los inconvenientes de la riqueza el ver siempre el gusano roedor que ataca a los más hermosos frutos. ¡Es tan raro el encontrar un cariño desinteresado! Usted no ha dudado jamás de un beso de su tía...

--Y con razón; se lo debo todo...

--En mí, cada caricia un poco tierna ha ido siempre precedida de una petición de dinero, una deuda que pagar, una joven que dotar, un sobrino que establecer... «Hija mía, debías decir a tu tío...» ¡Oh! ya conocía la fórmula... Por eso mi corazón de niña, ávido de entregarse, se moría de asco; no he querido ya alrededor de mí más que mercenarios declarados, con los cuales, al menos, no me llevaba chasco. ¡Es triste!

--Sí, en eso está el escollo--murmuró el joven oficial.--Lo que atrae a los unos ahuyenta a los otros.

--¿Por qué?

--¿No ha pensado usted nunca en eso, miss Darling? Porque esa duda cruel que envenena su vida de usted, sería más cruel todavía para los que creyeran leerla en sus ojos amándola sinceramente.

--Es verdad, no es fácil obligar a un alma orgullosa. Esto me recuerda una de las más bellas escenas de Schiller, cuando don Carlos, siendo niño, quiere en vano obtener la amistad de Posa, niño como él, y choca con el frío respeto que es debido «al hijo del rey», hasta el día en que, para vencer su orgullo, se denuncia en su lugar como autor de cierto atentado contra la dignidad de Felipe, y recibe el castigo servil destinado al que resulta al fin su amigo.

--Sí, la escena es hermosa; pero el marqués de Posa, ese modelo de generosidad, me resulta un poco disminuido aceptando tan fácilmente la abnegación caballeresca del príncipe.

--Es usted muy severo. El sacrificio es a veces menos penoso que el agradecimiento.

--Habla usted como la tía Liette.

--Mejor. Quisiera parecerme a ella en todo.

--«Abnegación, tu nombre es mujer». Pero yo, que no soy más que un hombre, tengo la quisquillosa susceptibilidad de mi sexo...

--¿No pediría usted entonces la mano de una heredera?--preguntó la joven valientemente.

El capitán bajó los ojos para huir de la clara mirada fija en la suya, y respondió con acento ahogado, pero firme:

--No, señorita.

Hubo un instante de silencio.

Eva azotaba nerviosamente con la fusta las hojas secas que quedaban todavía en las ramas muertas... Carlos se mordía el bigote oprimido por la conciencia de la palabra irreparable arrancada a su conciencia.

¿Quién sabía?

Acaso le amaba ya un poco, a él, que la amaba tan apasionadamente... Acaso su brutal franqueza había helado la florecilla azul de un áspero frío de invierno. Acaso, al ahogar la declaración que asomaba a sus labios, había sacrificado a un exceso de orgullo la dicha de Eva como su propia dicha... Y las hojas caídas no reverdecen más...

La trompa hizo oír a lo lejos su queja melancólica como un débil suspiro... De repente atravesó la calle y se deslizó entre las patas de los caballos un grueso reptil de larga cola y los dos caballos, asustados, hicieron una huida. Carlos permaneció firme en la silla, pero Eva fue arrancada violentamente de la suya y cayó al suelo, felizmente algodonado de musgo. Su grito de pavor fue ahogado por el de su compañero. Más rápido que el pensamiento, el joven, se tiró del caballo y levantó en sus robustos brazos a la linda desmayada.

--¡Eva! ¡Mi querida Eva!--exclamó transportado por irresistible entusiasmo.

¿Había Eva perdido completamente el conocimiento? ¿Vibró en su oído aquella llamada apasionada? ¿Vio a través de sus párpados cerrados aquella cara alterada e inclinada ansiosamente sobre la suya? ¿Adivinó la angustia de aquel corazón poseído por ella y que quería en vano defenderse?

Un fugitivo rubor coloreó sus mejillas y una sonrisa pareció dibujarse en sus labios.

Después de todo era acaso un purpurino rayo de sol que jugueteaba entre las ramas...

* * * * *

Vuelta en sí, la joven declaró valientemente que quería continuar el paseo, pero en el momento de montar a caballo vio una cosa que relucía en la hierba pisada.

Era la crucecita regalo de la tía Liette.

--No me lo hubiera perdonado nunca, y con razón--exclamó la joven miss cuando Carlos le explicó el origen de la cruz.--Espere usted que se la prenda sólidamente.

Y con sus dedos un poco temblorosos prendió la alhaja de esponsales en el uniforme de Carlos, como lo hizo sin duda la pobre criolla cincuenta años antes.

* * * * *

¡Ahora podían ya sonar las trompas!

* * * * *

Era inútil preguntar a Carlos si estaba contento de aquel día. Su dicha rebosaba como el champagne en una copa llena, y brillaba en el timbre de su voz, en el crujido de sus botas y en la antigua casa, poniendo la alegría en todos los muros y una sonrisa en los seres y en las cosas. El mismo Breal le seguía con sus ojos de vidrio con tanta complacencia, que el joven estaba tentado por interpelarle directamente como en los tiempos en que siendo pequeño le tomaba por confidente de sus sueños infantiles.

¡Era dichoso!

¿Por qué?, hubiera preguntado la fría razón.

¿Se habían modificado sus ideas en el curso de aquel paseo sentimental? ¿Ponía ya a un lado sus prejuicios? ¿Había pasado la barrera de los vanos escrúpulos? ¿Se iba a declarar pretendiente de aquella manita demasiado llena de oro?

No, seguramente.

Entonces... ¡Bah! ¿Qué importaba? ¡Qué tonta es la señora Razón congelada en sus principios e incapaz de comprender... lo incomprensible!

No, nada había cambiado en sus proyectos para el porvenir. Eva se volvería a América y él a alguna guarnición lejana. Probablemente no se verían más; él envejecería solitario como la tía Liette: ella se casaría con algún brillante noble o con algún rey del país de los dólares... No era esta una agradable perspectiva, y, sin embargo, era feliz.

«El corazón tiene razones que la razón no conoce.»

--¡La amo!--murmuraba Carlos muy bajito.

Y el eco le respondía más bajo todavía:

--¡También te ama ella!

El que no encuentre estas razones suficientes es que no ha tenido nunca veinte años.

* * * * *

Poseído por la embriaguez de la hora presente, Carlos no miraba más allá ni pensaba más que en el momento en que debía reunirse de nuevo con su amada. El señor de Candore había invitado colectivamente a todos los cazadores presentes en Argicourt a una gran batida en sus bosques en la semana siguiente. Y el joven oficial no esperaba más que la invitación particular fijando el día definitivo, cuando la tía Liette le dijo después de una ligera vacilación:

--¿Deseas mucho ir a esa cacería?

¿Si lo deseaba? ¡Oh! sí...

Carlos la miró muy sorprendido.

--No te ocultaré, tía Liette, que debo encontrar allí muy buenos camaradas...

--¿Y si yo te pidiera que me la sacrificases como querías sacrificarme la otra?...

--No podría rehusártelo, pero lo sentiría mucho más.

--¿Por qué? Apenas conoces al señor de Candore.

--No es solamente por él, pero sus bosques son, según se dice, muy abundantes en caza y a mí me gusta mucho esta diversión.

El joven se embrollaba más y más.

--En fin, tía Liette, me sería muy penoso el no ir, confesó francamente.

Por las tranquilas facciones de la solterona se deslizó la sombra de una duda.

--Entonces, me es doblemente penoso el insistir, hijo mío, pero te lo ruego, no vayas a esa cacería--dijo con dulce firmeza.

Impresionado por su acento, el joven experimentó una vaga inquietud. ¿Había su tía adivinado su secreto? ¿Desaprobaba su conducta?

--¿Tienes algo que reprocharme, tía Liette?--balbució confuso.

Liette hizo un gesto de orgullo.

--¿A ti? No, hijo mío; mis razones son enteramente personales. No me las preguntes... por el momento.

Asombrado, Carlos se inclinó discretamente.

--Está bien, tía Liette, no aceptaré la invitación--dijo ahogando un suspiro.

El joven no debía tener este disgusto...

¿Fue olvido voluntario o involuntario? Ello fue que la invitación no llegó...

--Mejor, así no tendrás necesidad de excusarte--dijo la oficinista tranquilamente timbrando la serie de tarjetas de invitación destinadas a las personas de los alrededores.

Pero Carlos no lo veía lo mismo, y se tiraba del bigote, presa de una sorda irritación.

Aquello era más que una falta de política por parte de una persona tan correcta; se veía una intención ofensiva. ¿Por qué?

El conde no le había sido muy antipático a primera vista. Con el desprecio inconsciente de la juventud por la edad madura, Carlos no había podido ver un rival en aquel cincuentón bien conservado... Pero ahora, pensando mejor en el asunto, recordaba pequeños detalles que habían pasado inadvertidos: su frialdad intencionada, su hostilidad transparente, su despecho mal disimulado... y se preguntaba si esta omisión más o menos premeditada sería un desquite...

Lo peor era que no podía enfadarse sin ponerse en ridículo. No se puede provocar a un caballero para obligarle a que nos invite. Había que tascar el freno en silencio mientras el hábil diplomático ocupaba al lado de Eva el sitio reconquistado. El joven, a su vez, sufría el duro escozor de los celos y seguía con mirada de envidia a los convidados más felices que iban a Candore en carruajes variados.

¡Qué triste día! ¡Qué lúgubre y largo al lado del anterior, tan corto y tan radiante y que no tenía continuación! ¡Todo se había acabado!

Su licencia expiraba dentro de ocho días. Una visita de cumplimiento a Argicourt, donde tendría acaso la suerte de un encuentro fortuito, de una entrevista rápida, de una despedida trivial, y nada más. ¡Era poco! ¡Ah! tía Liette, tía Liette...

No la acusaba, seguramente; debía de tener buenas razones... De otro modo, ¿le hubiera causado semejante pena con mala intención?

Porque Carlos había tenido mucha pena, y ella también de rechazo, pero ella se callaba sabiendo por experiencia que la mano más delicada es siempre torpe al tocar ciertas heridas... Y las horas pasaban lentamente; el crepúsculo desplegaba su velo gris por los campos y ya comenzaba el desfile del regreso. Delante del Correo detúvose un coche y apareció en el umbral el anciano general Estry.

--No molestarse--dijo con su franqueza militar,--es la visita de un amigo que pasa. Quiero felicitar a su tía de usted por el valiente soldado que nos ha dado. Felicito a usted sinceramente, señorita, he conocido mucho a su padre de usted, y su sobrino no ha degenerado. ¡Haría falta que hubiera muchas mujeres como usted y muchos hombres como él...

Marchose el general, y la madre y el hijo no habían vuelto de su sorpresa cuando se abrió de nuevo la puerta. Eran dos antiguos camaradas de Saint-Cyr de guarnición en Noyon.

--Dispénsenos usted, señorita, pero queríamos absolutamente presentar a usted nuestros respetos y estrechar la mano del capitán antes de su partida. Sabe que no tiene más que amigos en el ejército y que puede contar con nosotros en todas las ocasiones...

Ni el uno ni los otros hicieron la menor alusión a la ausencia de Carlos a la cita dada. Y continuó el desfile...

Cordiales apretones de manos, protestas de estima, señales de respeto, nada faltó, y el corazón de los que eran objeto de estas manifestaciones llegó a oprimirse vagamente. ¿Qué había pasado? ¿Por qué esas muestras de simpatía que parecían cumplimientos de pésame? ¿Quién se les había muerto? ¿Qué desgracia les castigaba?

Un gran ruido de cascabeles, y un break se detiene en la puerta. Los señores de Argicourt entran a su vez seguidos de Eva, que abraza valientemente a la tía Liette.

--Señorita--dice la joven castellana, mientras su marido estrecha una vez más la mano de Carlos,--tendríamos mucho gusto en ver a ustedes en Argicourt antes de que se vaya el capitán. Estaremos en toda intimidad; una comida de familia. No nos rehusarán ustedes este favor, que nos honrará mucho, y ustedes elegirán día...

Decididamente, había algo...

Cuando se marcharon, el joven oficial se puso el abrigo con ademán nervioso y cogió el sombrero.

--¿Adónde vas?--le preguntó la tía Liette asustada.

--A dar una vuelta antes de comer; me ahogo aquí.

Carlos salió y se alejó a grandes pasos. Quería saber... El sabría...

* * * * *

Al llegar a Candore, la primera mirada de Eva fue para buscar al capitán. Raúl lo echó de ver, y sintió un sordo resentimiento, pero se contuvo gracias a ese dominio de sí mismo que da la costumbre del mundo, y siguió mostrando la exquisita cortesía que hacía de él un perfecto caballero cuando quería tomarse ese trabajo. Neris, por su parte, acogió a la joven americana con una amabilidad meritoria dados los proyectos matrimoniales de su sobrino, y estaba hablando amistosamente con ella de los recuerdos comunes traídos de la Ciudad Eterna cuando este último fue a interrumpirlos dando la señal de la marcha.

Por segunda vez, Eva echó una mirada circular a la multitud de los cazadores, equipados y armados en razón inversa de su habilidad cinegética, pues los más temibles para la caza no eran los que tenían mejor escopeta ni más profundo morral; pero ella no hizo ninguna profunda reflexión. Carlos se reuniría con ellos, sin duda, en la Cruz del Pequeño, donde debía empezar la batida.

Solamente, en lugar de seguir a pie con Jenny y unos cuantos intrépidos, declaró que prefería el coche, con gran contrariedad del diplomático.

--No tengo verdaderamente suerte con usted, miss Darling--dijo con involuntaria acritud.--¡Yo que esperaba hacerle a usted tirar la primera pieza!

--No lo sienta usted, porque no la acertaría.

--Pero, en fin, ¿es que le desagrada a usted mi compañía?

--Nada de eso, pero prefiero la del señor Neris--respondió con una sonrisa al anciano, que se quedó encantado;--esta vez no dirá usted: «¡Plaza a los jóvenes!»

--Ahí lo tienes, sobrino, no eres bastante viejo--observó el octogenario con un dejo de malicia.

El conde se encogió de hombros.

--Al menos aboga por mí--le dijo al oído.

Lo que era quizá mucho pedir.

Además de Eva y el señor Neris, la carretela contenía también al notario Hardoin y al tío Dick.

--Un terceto de inválidos respirando un capullo de rosa--dijo galantemente el anciano Héctor.

--Hable usted por sí mismo--respondió en tono de protesta el notario.--Yo mato aún con limpieza una liebre cuando se me antoja, y pienso festejar mis bodas de oro con mi despacho cuando la señorita Raynal festeje las de plata con la oficina de Correos.

Al oír este nombre, un fugitivo rubor coloreó la graciosa cara de Eva.

--Tiene usted una encantadora vecina--dijo con convicción.

--¿A quién se lo cuenta usted, señorita?--exclamó alegremente el señor Neris.--Hace veinte años que este pobre señor Hardoin es fiel a su despacho por no renunciar a esa preciosa vecindad, esperando que el mejor día la señorita Raynal se equivoque de puerta y se meta en su casa para no salir más. Hasta se dice que tiene encima de la mesa un contrato enteramente redactado en el que sólo falta una firma...

--Ríase usted, señor Neris. No había más que una mujer para hacerme abjurar el celibato, y esa se ha quedado soltera...

--Su sobrino es enteramente... _wery-well_--dijo el tío Dick.

--Son dignos el uno del otro--afirmó gravemente el señor Hardoin.--Hubiera deseado tener a la una por mujer y al otro por hijo.

--Muy exigente es usted, querido; yo me contentaría con tenerle por sobrino--suspiró el tío de Raúl.

Eva estaba radiante; sus ojos brillantes y su color animado expresaban el placer que le causaba la conversación. Así fue que cuando el conde volvió a la carga renovando sus instancias para hacerla decidirse a hacer compañía a la juventud, la joven rehusó con viveza y le envió bastante bruscamente a sus ojeadores, que ya estaban haciendo ruido.

¡Qué diablo! No sólo hay éxitos en la carrera diplomática y un solo pantalón rojo vence a veces, nada más que con mostrarse, a las sabias combinaciones de todos los Talleyrand del mundo.

Es probable que si la joven miss hubiera vislumbrado el dormán del capitán al través de las ramas hubiera encontrado de pronto menos atractivos a la sociedad de los tres inválidos, pero las instancias del diplomático no tenían el mismo poder. En amor como en la guerra, los más elocuentes no son los más habladores, y Eva hubiera respondido de buena gana como Inés:

Horacio con dos palabras lo hablara mejor que vos...

Y falta saber si esas dos palabras eran necesarias...

* * * * *

La cacería estaba acabada. De vez en cuando algún tiro aislado como último eco del tiroteo del día; alguna liebre que saltaba por el llano; alguna perdiz asustada que rastreaba el surco.

Carlos no había parecido...

--¿Por qué?--se preguntaba Eva muy triste.

¿Sería que su huraño orgullo podía más que su tímido amor? ¿Sería que aquel valiente tenía miedo de ella y de sí mismo, y, sin fuerza para afrontar una nueva entrevista, empleaba su valor en la fuga?

Porque Carlos la amaba, estaba segura.

Si la duda trataba de insinuarse en su corazón, Eva no tenía más que cerrar los ojos para volver a ver a aquel varonil semblante ansiosamente inclinado hacia ella y para oír el eco todavía vibrante de aquel apasionado: «¡Eva, mi querida Eva!» que hacía estremecerse deliciosamente todo su ser.

¿Era, pues, su voluntad más fuerte que su amor?

Y la joven miss hacía una linda mueca que indicaba un ligero despecho. Por una vez, ella, que tanto apreciaba a los fuertes, hubiera preferido un poco de debilidad... Ya el sentimiento que turbaba su alma quitábale el aplomo, y ella tan valiente, no se atrevía a preguntar. Pero el tío Dick acercó tranquilamente el fuego a la pólvora.

--¿Cómo será que no hemos visto al capitán? ¿Se habrá acabado su licencia?

--No, señor Darling--respondió el notario con acento distraído,--pero no estaba invitado que yo sepa...

--¡Cómo!--protestó vivamente Eva;--fue una invitación colectiva y yo fui testigo.

--Entonces no ha sido reiterada.

--¿Está usted seguro, señor Hardoin?

--Segurísimo, señorita.