Chapter 10
--Ya es algo--respondió Liette con melancolía.
--¿No te parece, tía Liette, sin hablar mal de nadie, que es un poco humillante para un hombre el debérselo todo a su mujer?
El joven esperó la respuesta con un poco de ansiedad. Era tanta su deferencia por el juicio de aquella guía segura e impecable, que una palabra de su boca le parecía una sentencia sin apelación. Así fue que sintió una especie de alivio cuando ella le respondió con indulgencia:
--¿Por qué? Cuando no hay cálculo en ninguna de las dos partes, el corazón no conoce las balanzas. El que ama verdaderamente se da sin contar, y para las almas bien nacidas, el que da es todavía más obligado que el que recibe.
--Todo el mundo no lo juzga así...
--Todo el mundo no es perfecto y juzga con frecuencia a los demás según él mismo. Para mí es rebajarse el suponer gratuitamente una bajeza.
--Puede uno fiarse de ti en materia de honor, tía Liette. Sin embargo, yo preferiría una mujer que tuviese menos que yo.
--Es un escrúpulo honroso, pero un poco pueril, y la cuenta sería difícil de establecer. ¿En cuánto estimas tu cruz?
Carlos se calló, vencido y contento.
La madeja estaba devanada, pero el joven permanecía a los pies de su madre adoptiva, apoyado en su butaca como cuando siendo pequeño, venía a que le hiciera mimos. Liette, tiernamente maternal, jugaba distraídamente con los dorados del uniforme.
--Decididamente, ¿irás a Argicourt? ¿Te da miedo la linda castellana?
--No, no es eso, tía Liette; pero, francamente, me sería desagradable el ir a una casa donde tú no estás invitada...
--Tienes todas las delicadezas, hijo mío; pero yo no soy tu madre...
--Eres más todavía...
--No es lo mismo. Sólo la maternidad crea un lazo indisoluble y sagrado; el nuestro se puede desatar por mutuo consentimiento, sin indiferencia por mi parte ni ingratitud por la tuya.
--Jamás, tía Liette, y me das mucha pena al iniciar solamente tal idea.
--No es esa mi intención, pero pudieran presentarse unas circunstancias en las que no debiéramos ser obstáculo el uno para el otro... un matrimonio, por ejemplo. Recuerda que eres libre, como yo también lo soy.
--¡En seguida! Yo no te permitiría casarte sin mi consentimiento, aunque fuera con mi querido padrino...
--Entonces, soy más generosa que tú, y, llegado el caso, no llevarías una suegra en tu equipo.
--Pues yo te declaro que no me casaría jamás con una mujer que no te venerase como a su madre.
En este instante pasaron por la calle dos sombrillas en el fondo de una carretela, como un relámpago azul y rosa.
Un momento después se abrió la puerta y apareció en el umbral una graciosa aparición haciendo el saludo militar.
--¡Buenos días, mi capitán!
--¡Miss Darling!--exclamó vivamente el joven levantándose de un salto.
--¡La señora de Argicourt!--dijo la tía Liette dirigiéndose a la segunda visitante.
--Que pide a usted perdón por venir a sorprenderla de este modo; pero esta aturdida de Eva, mi más querida amiga, tenía empeño en serle a usted presentada.
--Mucho--apoyó claramente la aludida;--me han dicho muchas veces que me parecía a la tía Liette, e ignoraba si esto era un cumplimiento... Veo que lo es.
Y poniendo en este homenaje un respeto profundo que corregía su tono atrevido, la joven se inclinó delante de Liette conquistada y encantada.
--Puesto que está hecho el conocimiento por este lado, permítame usted que le presente a mi vez el capitán Raynal, señora baronesa--dijo la empleada dirigiendo una amable sonrisa a la linda niña.
--Sin habernos encontrado todavía, somos antiguos amigos, capitán--dijo la baronesa sentándose donde él le indicaba;--mi marido me ha hablado con frecuencia de usted como de uno de sus mejores amigos, y miss Darling ha apoyado aún sus elogios.
--Naturalmente, no puedo hablar mal de mi salvador. ¿No le ha contado a usted el caso, tía Liette?
--No valía la pena.
--Es usted muy modesto... Eso prueba que aprecia usted menos que yo la existencia, que yo tengo la debilidad de querer conservar... Figúrese usted, señorita, que mi tío y yo estábamos cautivos de una tribu de tuaregs... ¿Conoce usted a esa gente?... mucho color local... pero de relaciones poco sociables... Afortunadamente, el capitán, de vuelta de una expedición al Sur, supo por sus emisarios nuestra triste posición, y, sin importarle nuestra nacionalidad, lo que fue enteramente amable, consiguió librarnos con un puñado de bravos y nos ofreció una hospitalidad... francesa en su blockhaus. Pero, ¡ay! en la Argelia como en América, los blockhaus están hechos para ser bloqueados, y, al día siguiente, cayó sobre nosotros una nube de tuaregs como los saltamontes del desierto, ejecutando en nuestro honor un brillante tiroteo. Seguíamos estando prisioneros, aunque en mejor compañía.
--¡Oh! lo que es eso... Mi destacamento estaba compuesto de demonios casi tan negros como los que nos asediaban. Figúrate aquello, tía Liette.
--Nada de eso. Usted los calumnia; eran buenos muchachos y no sabían qué hacer para complacerme.
--Es que la presencia de usted los metamorfoseaba...
--No como Circe entonces.
--En una palabra, me encontraba en la situación novelesca, pero poco envidiable de las heroínas de Cooper, quitando la peladura... Y lo peor era que las provisiones eran limitadas y nosotros aumentábamos el número de bocas... A todo esto, el tío Dick, que se queja siempre de no tener apetito, lo tenía feroz en aquellos momentos. Así fue que para evitar el ser expulsados como bocas inútiles, nos ofrecimos a hacer fuego para cooperar a la defensa. Y aquí tiene usted cómo he servido a las órdenes del capitán Raynal y merecido ser comparada con la tía Liette, lo que me halaga mucho, hoy sobre todo.
--¡Y si hubieras visto qué valentía y qué buen humor, tía Liette! Los socorros se hacían esperar, y la desanimación, hermana del fastidio, hubiera acaso hecho estragos en mis hombres. Pero miss Darling les vertía su alegría como champagne, y organizaba conciertos y representaciones...
--¿Recuerda usted al tío Dick ensayando el «Yankee Doodle» en la corneta?
--¡Y qué hermana de la caridad consolando a los moribundos, curando a los heridos!... Cuando yo mismo estuve fuera de combate...
--¡No me lo habías dicho!
--¡Bah! un arañazo... Su influencia mantuvo mejor la disciplina entre aquellos hombres groseros y violentos mejor que las reprimendas de los oficiales, y remontó tan bien su moral, que cuando llegó la columna libertadora, los pobres diablos, que tenían el vientre vacío hacía veinticuatro horas, estaban aprendiendo... la bamboula bajo su alta dirección.
--¡Bah! se hace lo que se puede. Pagué mi escote de ese modo.
--También pagó usted en moneda de plomo. ¡Los moritos que dejó usted caer!...
--La verdad es que podrías alistarte en los rifles-women, Eva. ¡Cómo debes de despreciar nuestras cacerías de papelitos!
--Al contrario; prefiero esa caza a cualquiera otra. El defenderse está bien; pero matar sin necesidad... y sin riesgos... Sobre todo a inofensivas perdices... ¡Pobres animalitos!
Fue esto dicho sencillamente y sin falsa sensibilidad, de tal modo que Liette, tan sencilla y tan natural, quedó enamorada de aquella naturaleza tan igual a la suya.
Carlos leyó en sus ojos esa muda aprobación y sintió una viva alegría.
--¡Qué amable ha sido usted viniendo a vernos!--dijo a la joven con un impulso irresistible.
--Tenía mucho deseo de conocer a su tía de usted.
--¿Se la figuraba usted así?
--No mucho. Como dijo no sé qué personaje de comedia, «una tía es generalmente una mujer de edad», y la de usted ni siquiera gasta anteojos...
--¡Oh! no tardaré en gastarlos, miss Darling; mis ojos se van--protestó alegremente Liette, que, mientras hablaba con la condesa de Argicourt, había oído las últimas palabras de aquel aparte.
--Pero no los oídos--observó maliciosamente la joven americana.--La verdad es que me representaba a «la tía Liette» como una viejecita arrugada y canosa de cincuenta años lo menos.
--Los cumplo el domingo; hasta entonces ya me hará usted crédito.
Todos se rieron, y aquellas señoras se levantaron para despedirse.
--¿Decididamente no quiere usted ser de los nuestros?--preguntó la castellana con mucha amabilidad a Liette.
--Imposible, señora; pero agradezco a usted mucho su amable invitación.
--En todo caso, contamos con usted, capitán; a mi marido le encantará recordar con usted los buenos tiempos, como él llama a aquellos en que estaba soltero.
--Muy amable para ti, mi pobre Jenny.
--Tiene cuidado de añadir que echa de menos, no el celibato, sino el uniforme...
--Eso lo comprendo. ¿Por qué le has hecho presentar la dimisión?
--¿Querías que fuese siguiéndole de guarnición en guarnición?
--¡Vaya una desgracia! «Para tomar mujer no se reniega de la madre», decía Napoleón; se puede muy bien ser buen marido y buen soldado. ¿Verdad, tía Liette? ¡Anda! ahora llamo a usted también yo tía Liette... Dispénseme usted, señorita, y permítame darle un beso sin embargo...
Una graciosa sonrisa bajo la sombrilla rosa; un saludo militar bajo la sombrilla blanca, y el carruaje desaparece en una nube de polvo.
Carlos vuelve al saloncillo, y le parece obscuro, vacío y frío.
Y, sin embargo, la tía Liette sigue allí, en su butaca.
* * * * *
Las circunstancias poco ordinarias en que Carlos y Eva se habían conocido en África, eran de esas que crean en una semana una intimidad de veinte años.
Ya, hacía algún tiempo, habían balsado juntos en un baile del gobernador; pero en el mundo oficial y en la trivialidad de las frases de salón, «se habían cruzado sin verse», según el refrán melancólico, secreto de tantos destinos fracasados.
Por el contrario, en el estrecho Blockhaus que podía ser su tumba, en el roce diario de la vida común, que hace resquebrajarse tan pronto el barniz mundano que oculta tantas macas y a veces tan preciosas cualidades, habían aprendido a conocerse, a estimarse... y quizá no se habían quedado en eso.
Diga lo que quiera Augier, las desdichas, más que la prosperidad, son la piedra de toque del verdadero mérito. El peligro y la angustia compartidos pueden más que las conveniencias sociales y ponen a cada uno en su lugar.
La rica americana y el joven oficial no podían menos de ganar en ese contacto con las duras realidades de la existencia. Ni el uno ni el otro habían seguramente conservado una impresión desfavorable de su primer encuentro, pero era una impresión vaga, fugitiva, efímera, la duración de un vals; mientras que en aquellas horas de angustia suprema, cada una de las cuales podía ser la última, sus almas no temían mostrarse al desnudo.
Carlos había podido admirar la valentía, la sangre fría y la sonriente resignación de aquella niña mimada de la suerte y de la fortuna, amenazada a los veinte años de dar un eterno adiós a todos los goces que le estaban prometidos.
Ella, por su parte, había podido apreciar el carácter caballeresco, la pronta decisión y la viril energía de aquel joven jefe encerrado en aquel precario abrigo con un puñado de forajidos, en quienes hacía vibrar las cuerdas dormidas del patriotismo, del heroísmo y del honor por la fuerza del ejemplo.
Lo que no era siempre fácil.
Un tal Ragasse, una de las malas cabezas del destacamento, hongo venenoso del lodo parisiense, de aspecto burlón, acento provocador y lenguaje de barrios bajos, acribillado de castigos hasta no saber qué hacer de ellos, y, por esto mismo, de una profunda indiferencia respecto del particular, causaba la desesperación de sus superiores y les producía serias inquietudes por su perniciosa influencia sobre sus camaradas. Fatuo y presuntuoso además, el tunante no ocultaba su grosera admiración por miss Darling, a la que asestaba miradas lánguidas, dignas de un tenor de Belleville, y el capitán había tenido que amenazarle más de una vez con el cepo.
Ragasse, pues, le había consagrado un odio astuto que no esperaba más que la ocasión de estallar...
Una noche, pasando por delante del dormitorio, Carlos le oyó pronunciar claramente estas palabras:
--El capitán las echa de guapo para deslumbrar a la chiquilla; pero es para mí; y si quiere andarse en chanzas le corto el pescuezo en menos que canta un gallo.
Una oleada de cólera le subió al cerebro, y el joven oficial abrió de repente la puerta...
Aterrados por esta aparición, los soldados agrupados alrededor del orador hicieron un vago movimiento de retroceso; solamente aquél, con expresión burlona y actitud provocadora, sostuvo sin pestañear la mirada de su jefe...
¿Qué hacer?
Nada tenía influencia en aquellas cabezas de hierro.
Castigarle, hubiera sido arriesgar algún motín, y nada más.
Pero la debilidad hubiera producido un efecto todavía más deplorable.
Si creían meterle miedo, la insolencia de aquellos miserables no tendría ya límites.
Esta vacilación no duró más que un relámpago.
--Un hombre de buena voluntad para una misión peligrosa--dijo Carlos muy tranquilo.
Todos dieron un paso adelante.
--¡Ragasse!--gritó el capitán en tono breve.
--Presente.
--Sígame usted.
Su resolución estaba tomada. Había que impresionar la moral de aquellos seres degradados, pero susceptibles de ideas generosas. Espíritus y cuerpos indomables, era preciso hablar a sus corazones.
Ragasse, sin darse prisa, bajó contoneándose con las manos en los bolsillos.
--Si estaba detrás de la puerta--dijo con malicia,--no le disgustará desembarazarse de mí...
Y escuchó con expresión provocadora sus instrucciones.
Tratábase de ir a recoger cartuchos, que empezaban a faltar, de los muertos del día, no recogidos aún por los árabes.
--Está bien; allá voy. ¿Dónde está el saco?
Y se lo echó a la espalda, diciendo:
--Esto me recuerda cuando iba a robar alcachofas a la llanura de Saint-Denis...
El capitán hizo formar el círculo.
--Si el soldado Ragasse vuelve sano y salvo, todos sus castigos serán levantados; si muere, su nombre será citado en la orden del día.
--¡Bueno!--murmuró el soldado,--esa orden del día le gustará a él más que a mí.
--Si yo no vuelvo, el teniente Donnet tomará el mando--añadió Carlos.
Ragasse se detuvo sorprendido.
--¡Mi capitán!... ¿Viene usted también?
--¿Por qué no?--respondió Carlos sencillamente fijando en él su clara mirada.
Y pasando el primero, salió por la poterna sin volver la cabeza.
El otro le siguió como un perro.
Si le había oído, era valiente lo que hacía el capitán...
¡Salir tranquilamente así, delante de su fusil!... No tenía más que apretar el gatillo... No había nadie... Nada que temer... Los árabes tenían buena espalda.
Verdaderamente era tentar al diablo... El golpe era fácil... demasiado fácil...
Pero no, no tan fácil como parecía... Aunque hubiera querido, su mano crispada no hubiera obedecido a su voluntad impotente.
En vano trataba de avivar su rencor y de mascullar sus malas voluntades; no podía herir a aquel hombre a quien odiaba, pero que se fiaba así de su lealtad...
Y humillado y furioso decía con rabia:
--¡No puedo!...
De repente tropezó en un cadáver; habían llegado al sitio del combate.
--Llene usted el saco--dijo el oficial.
En la sombra opaca su fina silueta se destacaba más sombría todavía; inmóvil y sondando el horizonte tenebroso, no se ocupaba siquiera de su compañero, que se daba prisa para acabar su lúgubre tarea...
De pronto, un relámpago desgarró la obscuridad.
Ragasse dio un salto.
--¡Mi capitán! ¿No está usted herido?
--No, tiene que volver a empezar--respondió Carlos tranquilamente.
Sonó otra detonación tan cerca del soldado, que éste balbució aterrado:
--Mi capitán, le juro a usted que no he sido yo.
--¡Naturalmente!... ¿Se ha acabado?
--Sí, mi capitán.
--Entonces, en retirada; de prisa.
Dieron unos cuantos pasos.
Hacia la izquierda sonó otra detonación.
Carlos cayó al suelo.
Ragasse se había detenido.
--¿Ha pescado usted algo, mi capitán?--preguntó ansioso mientras se elevaba del campamento un sordo rumor y unas sombras se agitaban en la sombra como arenas movibles.
--Una bala en la pantorrilla. Huye, muchacho; me han hecho mi negocio sin que tú hayas intervenido.
--¡Oh! mi capitán... mi capitán...
Sofocado y anheloso, el pobre diablo hubiera querido echarse a los pies de su jefe, pero no era aquel el momento, y, sin más tardanzas ni protestas ociosas, le cogió en sus vigorosos brazos y se le llevó corriendo hasta el Blockhaus, al que llegó jadeando y no sin sufrir una descarga general.
Carlos estaba salvado.
Ragasse domado.
Y cuando Eva, hermana de la caridad improvisada, estaba curando al uno y felicitando al otro, el capitán dijo con bondad:
--Es más fácil ser un héroe que un asesino, ¿verdad, Ragasse?
Desde entonces no tuvo auxiliar más adicto, ni miss Darling perro más fiel.
Era que también en ella realizaba la adversidad su obra saludable; la joven aprendía a considerar como hombres a aquellos desgraciados, escoria de la sociedad, pero en los que brillaba aún la chispa divina debajo de las cenizas.
Tan compasiva y dulce como valiente, tenía para todos la piedad que consuela y la palabra que levanta, tal como el «Eloa» del poeta cuya radiante caridad no se detiene en las puertas del infierno.
Por eso tenían todos por ella una admiración que sólo podía compararse con su respeto. El día en que fueron libertados y tuvieron que separarse, todos lloraban, y ni el perdón general de los castigos concedido a su petición, ni las liberales promesas del tío Dick, ni la distribución de vino, de tabaco y dólares lograron consolarlos.
Entonces, viendo su pena, la joven miss tuvo una delicada inspiración.
--Si fuese yo una reina de otros tiempos, querría condecorar a todos mis bravos defensores... No soy más que una hija de la libre América, pero os pido que llevéis sus colores en memoria mía.
Y con encantadora amabilidad, empezando por el último soldado y acabando por el capitán, les distribuyó la cinta azul sembrada de estrellas, un poco ajada, que adornaba su traje.
A consecuencia de aquella acción, el capitán Raynal fue propuesto para la cinta roja... Pero él no pudo olvidar la cinta azul.
* * * * *
La tía Liette no había vuelto a preguntar a Carlos si iría a Argicourt.
Pero, el sábado por la mañana encontró al despertarse su mejor uniforme cuidadosamente cepillado, sus botas bien embetunadas y la camisa más fina preparada al pie de la cama, como por el asistente más meticuloso.
Y el joven se quedó encantado.
¡Querida tía Liette!
Su tía había sido muy amable ahorrándole las preguntas ociosas y explicaciones inútiles sobre su cambio de parecer, justificado por el amable paso de aquellas señoras y por la doble invitación que salvaba las inconveniencias.
Ante aquella muestra de deferencia para su madre adoptiva, no podía ya Carlos ser más realista que el rey ni había ninguna razón para hacer el salvaje.
Mientras silbaba una marcha militar, se puso a vestirse con una especie de compunción, meditando sobre una arruga del dormán como si se tratase de un asunto de importancia, contrariado por una gota de agua que alteraba el lustre inmaculado de las botas y afilando dos veces la navaja de afeitar para más seguridad.
--¿Está contento mi coronel?--decíale su tía.
Liette pasaba largamente la inspección y se detenía en los menores detalles, muy orgullosa de aquel guapo oficial que era su hijo de elección.
--Hoy, que no necesitas atenerte a la ordenanza, quiero hacerte un regalo--le dijo.
De la cómoda estilo Imperio en que dormían las reliquias del pasado, sacó un estuche con las iniciales G. R. que contenía una cruz minúscula que era una verdadera joya artística.
Este fue el regalo de novio de mi pobre madre a mi querido papá, que acababa de ser condecorado. Era para mí un recuerdo doblemente precioso, y espero que será para ti un amuleto que te dará la felicidad.
Mientras ella le prendía la cruz al uniforme, Carlos, conmovido por aquel pensamiento delicado que le unía más estrechamente aún a su familia de adopción, atrajo hacia la suya aquella querida cara.
--¡Oh! tía Liette, ¿cómo agradeceré jamás lo que has hecho por mí?...
--Siendo feliz, hijo mío--respondió Liette con una sonrisa tiernamente maternal.
Sí, era feliz, lo era más de lo que él mismo hubiera podido decir mientras el break que había ido a buscarle, a él y a otros convidados, rodaba hacia Argicourt.
En primer lugar, adoraba el Rally-paper, una cacería tan divertida, en la que la caza no da distracciones. Además el barón era un excelente camarada, sencillo, cordial y de una amabilidad perfecta. Su mujer era perfecta y él pasaría un día delicioso.
¿Un día?
Digamos el día, el solo, el único día, el día incomparable, casi tan raro como la flor que brota cada cien años, cuyo perfume no se respira dos veces; el día en que el cielo parece azul, aunque se esté en otoño, y en que la naturaleza parece una fiesta aunque los bosques estén de luto; el día en que, cualquiera que sea la decoración, rico salón, modesta boardilla, alegre primavera, triste invierno, la comedia, siempre la misma, es siempre nueva desde hace cinco mil años, puesto que es el amor el director de escena; el día siempre corto que pasa como una hora y las horas como minutos; el día en que dos corazones, fundidos en uno solo no dejan escapar más que una palabra de pesar, la última:
--¡Ya!...
* * * * *
¡Ya! Tal era el suspiro ahogado que oprimía el pecho de los dos jinetes que volvían lentamente a la cacería en las primeras sombras del crepúsculo, que no es ya el día y no es todavía la noche, en que el sol se apaga y las estrellas no se encienden todavía, en que pasa un escalofrío helado por los seres y las cosas como el adiós de lo que se va para no volver; en la vaga melancolía de esa estación indecisa que no es ya el verano y no es todavía el invierno; en la que, por una suprema coquetería, el aire se hace más tibio y los últimos rayos del sol más acariciadores; en que la tierra pone sobre su desnudez una alfombra de tonos bermejos como una inmensa piel de león; en las últimas hojas de oro pálido o de cobre rojo parecen desprenderse de las ramas como alas de gigantes mariposas; en que los árboles tienen perfumes más acres; en que la menor florecilla toma aspecto de reina desterrada, en que el viento que sopla entre las ramas parece el último murmullo de los nidos.
Y los dos paseaban perdidos en los bosques.
¡Ay! no, no perdidos, y era lástima. ¡Qué hermosura, un paseo sin fin por alguna selva virgen del Nuevo Mundo, cuyo recogimiento misterioso no fuese turbado por la irritante llamada de la trompa!... Aun conteniendo los caballos, como hubieran querido contener el instante fugitivo, tenían necesidad de dirigirse hacia la cacería... Los dos jóvenes no participaban del entusiasmo de Alfredo de Vigny:
Me gusta el son de la trompa en el fondo de los bosques.
Con las riendas sueltas, la cabeza inclinada y la mirada pensativa, ambos se callaban escuchando en el fondo de sí mismos el eco encantador de las palabras ya dichas y viendo pasar ante sus ojos medio cerrados los menores incidentes de aquel día inolvidable pronto a rodar al abismo del pasado.