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Part 9
Dice la historia que el rey Perión, como fuese un caballero muy cuerdo y de gran esfuerzo, tenía siempre personas en tales partes de quien supiese lo que sus enemigos hacían, de los cuales luego fué avisado cómo la gente venía ya contra ellos, y en qué ordenanza. Pues sabido esto, luego otro día de mañana se levantó e mandó llamar todos los capitanes e caballeros de gran linaje, e díjogelo, e como su parecer era que el real se levantase, e la gente junta en aquellos prados, se ficiese repartimiento de las haces, porque todos sopiesen a qué capitán e seña habían de acudir; e que hecho esto, moviesen contra sus enemigos con gran esfuerzo e mucha esperanza de los vencer con la justa demanda que llevaban. Todos lo tovieron por bien, e con mucha afición le rogaron que así por su dignidad real e gran esfuerzo e discreción tomase a su cargo de los regir e gobernar en aquella jornada, e que todos le serían obedientes.
Pues mandándolo poner en obra, concertadas las haces, movieron todos en sus ordenanzas por aquel campo, tocando muchas trompetas e otros muchos instrumentos de guerra; Oriana e las reinas, e las infantas e dueñas e doncellas estábanlos mirando, e rogaban a Dios de corazón les ayudase, e si su voluntad fuese los pusiese en paz.
Arcalaus el Encantador, así como supo que las gentes eran venidas al rey Lisuarte e Amadís, envió con mucha priesa a un caballero su pariente, e mandóle que no holgase día ni noche hasta lo hacer saber a todos los reyes e caballeros _que tenían concertado con él atacar a Lisuarte y Amadís_, e les diese mucha priesa en su venida; y él quedó en sus castillos, llamando a sus amigos e llegando la más gente que podía. _El rey Arábigo y los otros_ luego sin más tardar fueron todos juntos e serían por todos hasta doce mil caballeros; e concertaron toda su flota, que fué asaz grande y de buena gente. E con mucho placer e tiempo enderezado fueron por su mar adelante, e a los ocho días aportaron en la Gran Bretaña a la parte donde Arcalaus tenía un castillo muy fuerte, puerto de mar. Arcalaus tenía ya consigo seiscientos caballeros muy buenos.
Cuando aquella flota allí aportó no vos podría decir el gran placer que los unos con los otros hobieron; e sabido por las espías de Arcalaus cómo ya las gentes del rey Lisuarte y de Amadís iban unas contra otras y el camino que llevaban, luego a ellos movieron con toda su compaña por una traviesa con las mayores guardas que poner pudieron, con acuerdo de se poner en tal parte donde estoviesen seguros, e saliesen cuando fuese sazón a dar en sus enemigos.
CAPÍTULO SEGUNDO
EL PRIMER DÍA DE LUCHA
_Avanzaron los ejércitos del Emperador y del rey Lisuarte hacia la Ínsola Firme, hasta que supieron por sus espías que venían contra ellos las fuerzas del rey Perión, y ambas huestes se detuvieron una frente a otra_, que no había en medio más espacio de media legua de un campo grande e llano.
Así estando estas huestes como oís, llegó Gandalín, escudero de Amadís, e tomóle por aquel campo, donde ninguno oír les pudiese, e díjole:
--Señor, _os suplico que antes de comenzar la batalla me hagáis merced de darme la orden de caballería_.
_Por nada del mundo querría Amadís separarse de su escudero, así que_ cuando esto le oyó fué tan turbado, que por una pieza no pudo hablar, e díjole:
--¡Oh mi verdadero amigo y hermano, que tan grave es a mí complir lo que pides! Por cierto no en menos grado lo siento que si mi corazón de mis carnes se apartase; e si con algún camino de razón apartar lo podiese, con todas mis fuerzas lo haría; mas tu petición veo ser tan justa, que en ninguna guisa se puede negar; e siguiendo más la obligación en que te soy que la voluntad de mi querer, yo me determino que así como lo pides se faga.
Gandalín hincó los hinojos por le besar las manos; mas Amadís lo alzó e lo tovo abrazado, veniéndole las lágrimas a los ojos con el mucho amor que le tenía, que ya tenía en sí figurada la gran soledad e tristeza en que se vería no le teniendo consigo, e díjole:
--Bien será que veles armado en la capilla de la tienda del Rey mi padre, e otro día cabalga en tu caballo así armado, e cuando quisiéremos romper contra nuestros enemigos, el Rey te hará caballero; que ya sabes que en todo el mundo no se podría fallar mejor hombre, ni de quien más honra recibas en este auto.
Gandalín le dijo:
--Señor, todo cuanto decís es verdad, e a duro hallaría hombre otro tal caballero como el Rey; pero yo no seré caballero sino de vuestra mano.
--Pues que así quieres --dijo Amadís-- así sea, e faz lo que te digo.
A cabo de tres días que los reales se asentaron, el emperador Patín se aquejaba mucho porque la batalla se diese; Amadís e Agrajes e don Cuadragante e todos los otros caballeros asimesmo aquejaban mucho al rey Perión que la batalla se diese e que Dios fuese juez de la verdad. Pues el Rey no lo quería menos que todos, mas habíalo detenido hasta que las cosas estoviesen en disposición cual convenía, e luego mandaron apregonar que todos al alba del día oyesen misa e se armasen, e cada gente acudiese a su capitán, porque la batalla se daría luego, e asimesmo se fizo por los contrarios, que luego lo supieron.
Pues venida el alba, las trompetas sonaron, e tan claros se oían los unos a los otros como si juntos estoviesen. La gente se comenzó a armar e a ensillar sus caballos e por las tiendas a oír misas e cabalgar todos e se ir para sus señas.
Pues a esta hora llegó Gandalín armado de armas blancas, como convenía a caballero novel, e se fué donde su señor Amadís estaba. Cuando Amadís le vió así venir salió de la batalla a él, e tomóle consigo, e fuése donde el rey Perión, su padre, estaba, e por el camino _le fué aconsejando como debía conducirse en aquel primer combate en que iba a tomar parte_. Así llegaron donde el rey Perión estaba, e Amadís le dijo:
--Señor, Gandalín quiere ser caballero, e mucho me pluguiera que lo fuera de vuestra mano; pero pues a él place de lo ser de la mía, vengo a os suplicar que de vuestra mano haya la espada, porque cuando le fuere menester haya memoria desta grande honra que recibe y de quién gela da.
Entonces Amadís tomó una espada que le traía Durín, hermano de la doncella de Denamarca, a quien había mandado que le aguardase, e dióla al Rey, y él hizo caballero a Gandalín, besándole e poniéndole la espuela diestra, y el Rey le ciñió la espada, e así se cumplió su caballería por la mano de los dos mejores caballeros que nunca armas trajeron.
Yendo las batallas, no andovieron mucho que vieron a sus enemigos contra ellos venir, e cuando fueron cerca los unos de los otros, Amadís conoció que la seña del emperador de Roma traía la delantera, e hobo muy gran placer porque con aquellos fuesen los primeros golpes, que como quiera que al rey Lisuarte desamase, siempre tenía en la memoria haber sido en su corte, y de las grandes honras que dél había rescebido; e sobre todo, lo que más temía e dubdaba, ser padre de su señora, a quien él tanto temor tenía de dar enojo; y en su corazón llevaba puesto, si hacerlo pudiese sin mucho peligro suyo, de se apartar de donde el rey Lisuarte andoviese.
_Rompieron después las batallas unas contra otras, al son de las trompetas y añafiles_ y cuando se juntaron, el ruido e las voces fué tan grande que se no oían unos a otros, e allí veríades caballos sin señores, e los caballeros, dellos muertos y dellos feridos, e pasaban sobre ellos los que podían. Amadís tomó consigo a Gandalín, e con gran saña, viendo que los romanos tan bien se defendían, entró lo más recio que pudo por el un costado de la haz, e aquellos que le seguían, e dió tan grandes golpes del espada, que no había hombre que lo viese que mucho no fuese espantado; e mucho más lo fueron aquellos que le esperaban, que tan gran miedo les puso, que ninguno le osaba atender, antes se metían entre los otros, como hace el ganado cuando de los lobos son acometidos. Don Cuadragante e los otros caballeros que por la otra parte se combatían apretaron tanto los contrarios, que si no fuera porque llegó la segunda haz en su socorro, todos fueran destrozados e vencidos; mas como éste llegó, todos fueron reparados e cobraron gran esfuerzo, e por su llegada cayeron a tierra de los caballos más de mill de los unos e de los otros.
El Emperador llegó en su gran caballo e como era grande de cuerpo, y venía delante de los suyos, paresció tan bien a todos los que lo veían, que era maravilla, y metió mano a la espada e comenzó a decir a grandes voces:
--Roma, Roma; a ellos, mis caballeros; no vos escape ninguno.
E luego se metió por la priesa, dando muy grandes e fuertes golpes a todos los que delante sí hallaba, a guisa de buen caballero.
_Mas con todo, eran tales_ las cosas extrañas que _Amadís_ facía e los caballeros que dejaba por el suelo por do quiera que iba, _que el romano_ fué tan espantado, que no podía creer que fuese sino algún diablo que allí era venido para los destruír, y a grandes voces decía:
--A éste, a éste herid y matad; que éste es el que nos destruye sin ninguna piedad.
_Merced a las hazañas de Amadís y sus compañeros, los romanos, aunque eran tantos, acabaron por llevar la peor parte, e iban de vencida cuando, al ponerse el sol, fueron separados los contendientes._
Aquella noche pasaron con grandes guardas e curaron de los feridos, e los otros descansaron del gran trabajo que habían pasado. Venida la mañana, _como había sido concertada tregua de un día_, fueron muchos a buscar a sus parientes, e otros a sus señores. E allí viérades los llantos tan grandes de ambas las partes, que de oírlo pone gran dolor, cuanto más de lo ver. Todos los vivos llevaron al real del Emperador, e los muertos fueron soterrados, de manera que el campo quedó desembargado. Así pasaron aquel día enderezando sus armas e curando de sus caballos.
CAPÍTULO TERCERO
EL FIN DE LA BATALLA
_No menos brava que la del primer día fué la lucha que se armó, acabada la tregua. Los guerreros de ambos bandos se acometieron con tanta furia que_ todos fueron mezclados unos con otros, de manera que no podían haber concierto ni aguardar ninguno a su capitán. Mas andaban tan envueltos e tan juntos, que se no podían herir ni aun con las espadas; e trabábanse a brazos, y derribábanse de los caballos, e más eran los que murieron de los pies dellos que de las feridas que se daban. El estruendo y el roido era tan grande, así de las voces como del reteñir de las armas, que todos aquellos valles de la montaña facían reteñir, que no parescían sino que todo el mundo era allí asonado; e por cierto así lo podéis creer, que no el mundo, mas todo lo más de la cristiandad e la flor della estaba allí, donde tanto daño en ella se recibió aquel día que por muchos y largos tiempos no se pudo reparar.
Pues estando la cosa en tan gran revuelta y peligro, sobrevino de la parte del rey Lisuarte el Emperador con más de tres mil caballeros, _y cargó sobre el rey Perión, que muy a punto estuvo de perderse_. Así estando en esta priesa como oídes, llegó aquel muy esforzado caballero Amadís, que traía en su mano la su buena espada tinta de sangre hasta el puño, y como vió tanta gente sobre su padre, y sobre los suyos vió estar al Emperador delante combatiéndose, como cosa que ya por vencida tenía, puso las espuelas a su caballo, y metióse tan recio y tan denodado por la gente, que fué maravilla de lo ver.
Amadís, como llevaba los ojos puestos en el Emperador, e más en el corazón de lo matar si podiese, metióse con muy gran rabia por le ferir; e como quiera que de todas partes grandes golpes le diesen por gelo defender, nunca tanto pudieron facer los contrarios, que le estorbasen de se juntar con él; e como a él llegó, alzó la espada e hirióle de toda su fuerza, e dióle tan gran golpe por encima del yelmo, que le desapoderó de toda su fuerza, y le hizo caer el espada de la mano; e como Amadís vió que iba a caer del caballo, dióle muy prestamente otro golpe por cima del hombro, que le cortó todas las armas e la carne fasta el hueso, de manera que todo aquel cuarto con el brazo le quedó colgado, e cayó del caballo tal, que dende a poco fué muerto.
_Flaquearon entonces los romanos, hasta el punto de que sólo las fuerzas del rey Lisuarte sostenían en realidad la lucha con sus enemigos._ Estando la batalla en tal estado como oís, Amadís vió cómo la parte del rey Lisuarte iba perdida sin ningún remedio, y que si la cosa pasase más adelante, que no sería en su mano de lo poder salvar, ni aquellos grandes amigos suyos que con él estaban; y sobre todo, le vino a la memoria ser éste padre de su señora Oriana, aquella que sobre todas las cosas del mundo amaba e temía, e las grandes honras que él e su linaje los tiempos pasados habían dél recebido, las cuales se debían anteponer a los enojos, y que toda cosa que en tal caso se ficiese sería gran gloria para él, contándose más a sobrada virtud que a poco esfuerzo. E vió que muchos de los romanos llevaban a su señor faciendo gran duelo y que la gente se esparcía. Y porque venía la noche, acordó de probar si podría servir a su señora en cosa tan señalada; y fuése cuanto pudo por entre ambas las batallas, a gran afán, porque la gente era mucha e la priesa grande; que los de su parte, como conoscían la ventaja, apretaban a sus enemigos con gran esfuerzo, y en los otros ya cuasi no había defensa, sino por el rey Lisuarte y el rey Cildadán e los otros señalados caballeros; y llegó al rey Perión, su padre, e díjole:
--Señor, la noche viene; que a poca de hora no nos podríamos conocer unos a otros, e si más durase la contienda sería gran peligro, según la muchedumbre de la gente, que así podríamos matar a los amigos como a los enemigos y ellos a nosotros; paréceme que sería bien apartar la gente; que, según el daño que nuestros enemigos han recebido, bien creo que mañana no nos osarán atender.
El Rey, que gran pesar en su corazón tenía en ver morir tanta gente sin culpa ninguna, díjole:
--Hijo, fágase como te parece, así por eso que dices como porque más gente no muera; que aquel Señor que todas las cosas sabe, bien ve que esto más se deja por su servicio que por otra ninguna causa; que en nuestra mano está toda su destruición, según son vencidos.
Entonces el rey Perión e don Cuadragante por una parte, e Amadís e Galtines por la otra, comenzaron a apartar la gente, e hiciéronlo con poca premia, que ya la noche los partía. El rey Lisuarte, que estaba en esperanza ninguna de poder cobrar lo perdido y determinado de morir antes que ser vencido, cuando vió que aquellos caballeros apartaban la gente mucho fué maravillado, e bien creyó que no sin algún gran misterio aquello se facía, y estovo quedo hasta ver qué dello podría redundar. E como el rey Cildadán vió lo que los contrarios hacían, dijo al Rey:
--Paréceme que aquella gente no os seguirá, e honra nos facen; y pues que así es, recojamos la nuestra, e vamos a descansar, que tiempo es.
Así se partió esta batalla como oídes; e las gentes apartadas e tornadas a sus reales, pusieron treguas por dos días, porque los muertos eran muchos, e acordóse que seguramente cada una de las partes pudiese llevar los suyos. El trabajo que pasaron en los soterrar e los llantos que por ellos ficieron, será excusado decirlo.
_El rey Lisuarte, después de rendidos los debidos honores al cadáver del Emperador, estaba sumido en las más hondas vacilaciones, que bien advertía que con las fuerzas que le restaban no podría sostener una tercera batalla sin ser vencido en ella._
_Con todo, porque no sufriera su honra, juntó a sus aliados y les manifestó que estaba dispuesto a morir en la pelea, pero nunca a solicitar paces. Todos le aseguraron que querían correr su misma suerte y se prepararon para continuar la guerra cuando fueran las treguas pasadas._
CAPÍTULO CUARTO
LAS GESTIONES DE PAZ
_Entre tanto, un anciano ermitaño que moraba en aquella comarca, llamado Nasciano, y que gozaba de gran fama y prestigio entre todos los contendientes por su santidad y virtudes, tenía gran pesar en su corazón de que así se destrozara la flor de la caballería de tantos reinos, y como sabía el secreto de los amores de Oriana y Amadís, que muchas veces se había confesado con él la Princesa, se encaminó a la Ínsola Firme para rogar a Oriana que le permitiera revelar al rey Lisuarte lo que mediaba entre ella y Amadís, confiando en que sólo con aquello quedaría ya la guerra acabada._
_Habló con Oriana al tiempo que los caballeros luchaban con mayor furia, y la Princesa, acongojadísima, no sólo le permitió que comunicara a su padre aquel secreto, sino que le suplicó que hiciera cuanto le fuera posible para que cesara tan espantosa guerra, en la que, venciera quien venciera, Amadís a Lisuarte o Lisuarte a Amadís, siempre había de salir destrozado el corazón de la Princesa._
_Durante las treguas, consiguió el santo ermitaño llegar a la tienda de Lisuarte. Habló a solas con el Rey, refirióle los amores de Oriana, y en nombre de Dios le suplicó, postrándose a sus pies, que diera fin a la tremenda lucha con unas alegres bodas._
_El Rey estuvo largo rato meditando, y aparte de la seguridad de ser vencido en la guerra, dada la escasez de las fuerzas que le quedaban, pensó que, muerto el Emperador, con nadie podría casar a Oriana mejor que con Amadís, cuyo altísimo valer nadie tanto como él conocía, y así le respondió al ermitaño que, siempre que su honra quedara a salvo, estaba muy dispuesto a concertar paces y a que se celebrara aquel enlace._
_Muy contento, trasladóse entonces el santo hombre al campo de Amadís, habló en secreto con éste y encontró que también él estaba deseoso de terminar la guerra por no verse en el caso de derrotar al padre de su señora. Oído esto, refirióle el ermitaño cómo, por mandado de la Princesa, había revelado al rey Lisuarte los amores de ésta con Amadís y cómo el Rey se manifestaba conforme con el matrimonio._
Amadís, cuando esto oyó, el corazón y las carnes le temblaban con la gran alegría que hobo, e dijo al ermitaño:
--.Mi buen señor, si el rey Lisuarte dese propósito está y por su hijo me quiere, yo lo tomaré por señor e padre para le servir en todo lo que su honra sea.
_El ermitaño y Amadís comunicaron al rey Perión todo cuanto ocurría, quien, no menos inclinado a la paz, de acuerdo con sus principales aliados nombró dos representantes suyos, que, con los del rey Lisuarte, discutieran y acordaran las condiciones del término de la guerra, y antes de otra cosa, una y otra parte dispusieron levantar los reales y que se retirara una jornada atrás cada uno de los ejércitos, yendo a la Ínsola Firme los de Amadís, y a la villa de Luvaina los de Lisuarte. De este modo_, la mañana venida, las trompas fueron sonadas por los reales, e alzadas las tiendas; y con mucho placer de los unos y de los otros movieron los reales, cada uno donde debía ir.
Ya vos habemos contado cómo el rey Arábigo e Barsinan, señor de Sansueña, e Arcalaus el Encantador e sus compañas estaban metidos en lo más bravo y más fuerte de la montaña, aguardando el aviso de las escuchas que continuamente muy secreto sobre los reales tenían; las cuales vieron muy bien las batallas pasadas, _y dieron cuenta de ellas al rey Arábigo, cuyo_ pensamiento fué de esperar a lo postrimero; que bien cuidaba que al cabo la una parte había de ser vencida, e mucho placer tomaba consigo porque de la primera no se mostraba el vencimiento, que durando la porfía, más se acrecentaba el daño; que a la fin quedarían tales, que con poco trabajo y menos peligro despacharía a los que quedasen, e quedaría señor de toda la tierra sin haber en ella quien gelo contradijese.
Pues así estando, con mucho placer e alegría, vinieron las escuchas, e dijéronle cómo las gentes habían alzado los reales, e armados se volvían por los caminos que habían allí venido, que no podían pensar qué cosa fuese. Oído esto por el rey Arábigo, luego pensó que sobre alguna avenencia se podrían partir. Acordó de antes acometer al rey Lisuarte que a Amadís; pero dijo que no sería bien acometerlos fasta la noche, porque los tomarían más descuidados e a su salvo, e mandó _espías que acechasen sus pasos_.
El rey Lisuarte, que iba por su camino, fué avisado de algunos de la comarca cómo habían visto gente de caballo ir encobiertos por encima de los cerros de aquella sierra. El Rey pensó que no se podría partir de aquella gente, si a su parte acostasen, sin gran batalla, la cual por entonces temía, por ver su gente tan maltrecha de las batallas pasadas, y no facía sino andar su camino con harta priesa, porque la afruenta, si viniese, le tomase cerca de aquella su villa _de Luvaina_, que facía cuenta que, aunque bien cercada no estoviese, que mejor en ella que en el campo se podría reparar; así que, en poca de hora se alejó gran pieza de la montaña.
_Avisadas por sus espías las fuerzas del rey Arábigo iban tras él esperando la ocasión conveniente para el ataque._
_Ocurrió entonces que el santo ermitaño tuvo que enviar con un recado para Lisuarte a dos donceles de Amadís, los cuales, llegados al real, encontraron que ya eran las fuerzas partidas para Luvaina. Siguieron sus huellas, y de allí a poco vieron cómo bajaban de la montaña y seguían al rey Lisuarte los temibles ejércitos del rey Arábigo._
_Volvieron riendas y, galopando toda la noche, llegaron al alba a la tienda de Amadís, a quien despertaron haciéndole saber lo que ocurría. Este acordó con su padre ir con todas sus fuerzas en socorro del Rey de la Gran Bretaña; pero por ganar tiempo, Amadís partió delante llevando_ consigo a don Cuadragante, e a don Florestán, su hermano, e Angriote de Estravaus e Gandalín y cuatro mil caballeros, e al maestro Elisabat, que así en esta jornada como en las batallas pasadas hizo cosas maravillosas de su oficio, dando la vida a muchos de los que haber no la podieran sino por Dios y por él. Con esta compaña tomó el camino, y el Rey su padre e todos los otros en sus batallas ordenadas tras él.
CAPÍTULO QUINTO
LA DERROTA DE ARCALAUS
_Siempre seguidos por las huestes del rey Arábigo, Lisuarte y los suyos anduvieron todo el día y toda la noche y al rayar el alba estaban ante los muros de Luvaina. El rey de la Gran Bretaña quería meterse en la ciudad, sin dar batalla, para reparar allí algún tanto sus armas, que todos las traían hechas pedazos, y dar descanso a hombres y a caballos, que ya no podían consigo de fatiga._
_Mas los de Arcalaus los acometieron fieramente, antes de que pudieran ganar las puertas de la villa, y trabóse una muy dura batalla en la que las fuerzas de Lisuarte, peleando a la desesperada, se batieron con mucho mayor brío del que de su cansancio se podría esperar. Con todo, tales eran los ímpetus del contrario, que el propio rey de la Gran Bretaña, a quien le mataron el caballo y cayó en medio de los enemigos, habría sido muerto o hecho prisionero si no hubieran acudido temeraria y heroicamente a cubrir su cuerpo los mejores de sus caballeros. De este modo, al cabo de muchas horas de pelea y con grandes pérdidas, logró Lisuarte hacer entrar el resto de su gente por la puerta de Luvaina, siendo el propio Rey uno de los últimos que consintió en acogerse a tal defensa._
_Los muros de la villa eran bajos y débiles y no podían oponer larga resistencia. Sin embargo, el Rey, una vez dentro, después de haber hecho que comieran sus fatigadas tropas de lo que los de la villa pudieron darles, las repartió por las murallas, guarneciendo especialmente los puntos más flacos, a lo que también acudió cuanta gente útil en la villa habitaba. Pero como ya era pasada la mayor parte del día, los del rey Arábigo acordaron cercar por aquella noche los muros de Luvaina, aplazando para la mañana siguiente el asaltarlos._