Libros de caballerías Selección

Part 8

Chapter 84,241 wordsPublic domain

--Mucho me fecistes alegre --dijo ella-- e mucho os lo agradezco, e quiérovos pedir tres dones.

E tirándose la fermosa corona de la cabeza, dijo:

--Este sea el uno: que deis esta corona a la más fermosa doncella que vos sabéis, e saludándola de mi parte, le digáis que me envíe su mandado por carta o mensajero, y que le envío yo esta corona, que son las donas que en esta tierra tenemos, aunque no la conozco.

E luego tomó la otra corona, en que había muchas perlas e piedras de muy gran valor, especialmente tres, que alumbraban toda una cámara, por escura que estoviese; e dándola al Caballero, dijo:

--Esta daréis a la más fermosa dueña que vos sabéis, e decilde que gela envío yo por haber su conocencia, y que le ruego yo mucho que se me haga conocer por su mandado; este es el otro don, e antes que el tercero os demande, quiero saber qué haréis de las coronas.

--Lo que yo haré --dijo el Caballero-- será complir luego el primer don e quitarme dél.

Entonces tomó la primera corona, e poniéndola en la cabeza della, dijo:

--Yo pongo esta corona en la cabeza de la más fermosa doncella que yo agora sé; e si hobiere alguno que lo contrario dijere, yo se lo faré conocer por armas.

E todos hobieron mucho placer de lo que él fizo, e Leonorina no menos, aunque con vergüenza estaba de se ver loar, e decían que con derecho se había quitado del don.

_El Caballero_ volvióse a Leonorina e dijo:

--Mi señora, ¿queréisme demandar el otro don?

--Sí --dijo ella--, e pídovos me digáis la razón por qué llorastes; ¿quién es aquella que ha tan gran señorío sobre vos e sobre vuestro corazón?

Al caballero se le mudó la color y buen semblante en que antes era; así que todos conocieron que era turbado de aquella demanda, e dijo:

--Señora, si a vos ploguiere, dejad esta demanda, e demandad otra que sea más vuestro servicio.

Y ella dijo:

--Esto es lo que yo demando, e más no quiero.

Él abajó la cabeza, y estovo una pieza dudando; así que muy grave parecía a todos haberlo él de decir; e no tardó mucho que, alzando la cabeza con semblante alegre, miró a Leonorina, que delante dél estaba, e dijo:

--Mi señora, pues por al no me puedo quitar de mi promesa, digo que cuando aquí primero entrastes e os miré, acordóme de la edad y del tiempo en que agora sois, e vínome al corazón una remembranza de otro tal tiempo en que ya fuí, muy bueno e sabroso; tal, que habiéndole ya pasado, me hizo llorar como vistes.

Y ella dijo:

--Pues agora me decid quién es aquella por quien se manda vuestro corazón.

--La vuestra gran mesura --dijo él--, que a ninguno falleció, es contra mí; esto hace mi gran desdicha; e pues que más no puedo, conviene que contra mi placer lo diga. Sabed, señora, que aquella que yo más amo es la misma a quien vos enviáis la corona, que al mi cuidar es la más fermosa dueña de cuantas yo vi, e aun creo que de cuantas en el mundo hay; e por Dios, señora, no queráis de mí saber más, pues que soy quito de mi promesa.

--Quito sois --dijo el Emperador--; mas por tal guisa que no sabemos más que ante.

--Pues a mi parecer --dijo él-- que dije tanto cual nunca por mi boca salió jamás, y esto causó el deseo que yo tengo de servir a esta hermosa señora.

--Así Dios me salve --dijo el Emperador--, mucho debéis ser guardado e cerrado en vuestros amores, pues esto tenéis en algo en lo haber descobierto; e pues que mi fija fué la causa dello, menester es que vos demande perdón.

--Este yerro --dijo él-- han hecho otros muchos, e nunca tanto sopieron de mí; así que, aunque dellos fuese yo quejoso, lo suyo desta tan fermosa señora tengo en merced; porque siendo ella tan alta e tan señalada en el mundo, quiso con tanto cuidado saber las cosas de un caballero andante como yo lo soy; mas a vos, señor, no perdonaré yo tan ligero, que según la luenga y secreta habla con ella antes hobistes, bien parece que no por su voluntad, mas por la vuestra, lo hizo.

El Emperador se rió mucho e dijo:

--En todo os fizo Dios acabado; sabed que así es como lo decís; por ende yo quiero corregir lo suyo e lo mío.

El de la Verde Espada fincó los hinojos por le besar las manos, mas él no quiso, e dijo:

--Señor, esta emienda recibo yo para la tomar cuando por ventura más sin cuidado della estovierdes.

--Eso no podrá ser --dijo el Emperador--; que vuestra memoria nunca de mí fallecerá ni la emienda de la mía cuando la quisierdes.

_Breves días permaneció en la Corte del Emperador de Constantinopla, siempre obsequiado con miríficas fiestas, al cabo de las cuales, a pesar de los grandes esfuerzos del Emperador para que el Caballero de la Verde Espada quedara a su servicio, tomó el camino de su anhelada patria._

CAPÍTULO TERCERO

LAS CUITAS DE ORIANA

_Entre tanto había muerto el Emperador de Roma y había llegado a ocupar el trono su hermano el Patín que, desde que había visitado la corte de Lisuarte, vivía enamorado de la sin par Oriana. No bien vió ceñidas sus sienes con la corona imperial, cuando envió al Rey de la Gran Bretaña una muy lucida embajada para pedirle la mano de su hija._

_Lisuarte, a quien mucho convenía aquel enlace, no quería, sin embargo, forzar abiertamente la voluntad de Oriana y por todos los medios trataba de inclinarla a que aceptara tan ventajoso matrimonio. Mas la princesa, que con todas sus fuerzas se oponía a él, no cesaba de pedir a don Galaor y a los otros caballeros principales de la Corte que convencieran a su padre para que no la hiciera casar contra su voluntad. Solicitó también en secreto la protección de los caballeros de la Ínsola Firme, los cuales, por boca de don Florestán, le hicieron saber que, siendo su deber amparar doncellas desamparadas, emplearían toda la fuerza de su brazo en evitar que ni su padre ni nadie la atropellara._

_Pero el Rey no se rendía a reflexiones ni ruegos, y cada vez más aferrado a su idea, acabó por declarar que Oriana sería entregada por la fuerza a los embajadores del Patín, si no se avenía a ir con ellos voluntariamente._

_Navegando con rumbo a sus estados, supo Amadís, inflamado en ira, las nuevas del casamiento que querían imponerle a Oriana, y aceleró cuanto le fué posible el regreso._

_¡Cómo pintar la alegría de sus caballeros cuando al cabo de siete años de ausencia volvieron a verlo entre ellos en los palacios de la Ínsola Firme! Sentóse a comer con sus queridos compañeros, y_ habiendo todos con gran placer comido, e levantados los manteles, Amadís les rogó que ninguno de su logar se moviese, que les quería fablar, y ellos lo ficieron así. Viendo, pues, Amadís sosegados a aquellos caballeros que a las mesas estaban, atendiendo lo que él diría, fablóles en esta guisa:

--Después que me no vistes, mis buenos señores, muchas tierras extrañas he andado e grandes aventuras han pasado por mí, que largas serían de contar; pero las que más me ocuparon, e las que mayores peligros me atrajeron fué socorrer dueñas e doncellas en muchos tuertos e agravios que les hacían; porque así como éstas nascieron para obedecer con flacos ánimos, e las más fuertes armas suyas sean lágrimas e sospiros, así los de fuertes corazones extremadamente entre las otras cosas las suyas deben tomar, amparándolas, defendiéndolas de aquellos que con poca virtud las maltratan e deshonran, como los griegos e los romanos en los tiempos antiguos lo ficieron, pasando las mares, destruyendo las tierras, venciendo batallas, matando reyes e de sus reinos los echando, solamente por satisfacer las fuerzas e injurias a ellas fechas, por donde tanta fama e gloria dellos en sus historias ha quedado y quedará en cuanto el mundo durare. Pues veniendo al caso, yo he sabido después que a esta tierra vine el gran tuerto que el rey Lisuarte a su hija Oriana facer quiere, que siendo ella la legítima sucesora de sus reinos, él, contra todo derecho, desechándola dellos, al Emperador de Roma por mujer la envía, y según me dicen, mucho contra la voluntad de todos sus naturales, e más della, que con grandes llantos, grandes querellas, a Dios e al mundo reclamando, de tan gran fuerza se querella. Pues si es verdad que este rey Lisuarte, sin temor de Dios ni de las gentes, tal crueza hace, dígovos que en fuerte punto acá nacimos si por nosotros remediada no fuese, pues que dejándola pasar, se pasaban e ponían en olvido los peligros e trabajos que por ganar honra e prez fasta aquí tomado habemos. Agora diga cada uno, si vos ploguiere, su parescer; que el mío ya vos he manifestado.

_Agrajes, en nombre de todos, respondió que, si estaban dispuestos a dar la vida en defensa de Oriana cuando no podían contar con la asistencia de Amadís, mucho más lo estarían ahora cuando tienen la alegría de tenerlo por jefe._

_En vista de ello_, como la flota aparejada estoviese de todo lo necesario al viaje, e la gente apercebida, a la prima noche, mandando Amadís que todos los caminos se tomasen, porque nuevas algunas dellos no fuesen sabidas, entraron todos en la flota, e sin hacer ruido ni bullicio comenzaron a navegar contra aquella parte que los romanos habían de acudir, según el camino que les pertenecía llevar para que en la delantera los hallasen.

CAPÍTULO CUARTO

LA BATALLA NAVAL

_De nada sirvieron a Oriana sus desesperadas súplicas y amarguísimo llanto, ni tampoco los buenos consejos de los caballeros que trataban de disuadir al Rey de que casara a su hija por la fuerza. Llegado el plazo que entre los embajadores y el Rey se había convenido, trasladaron a bordo de la flota de los romanos el magnífico ajuar que daban a Oriana sus padres e hicieron embarcar a las doncellas y dueñas que debían acompañarla. Desmayóse Oriana al despedirse de la Reina, y así desmayada, entrególa Lisuarte a Salustanquidio y Brondajel de Roca, que eran los embajadores del Emperador, y fué llevada a bordo en medio de universal duelo, cuitas y clamores._

[Ilustración]

_Los romanos_, teniendo ya en su poder a Oriana, e a todas sus doncellas metidas en las naves, acordaron de la poner en una cámara que para ella muy ricamente estaba ataviada e puesta allí, e con ella a Mabilia, que sabían ser ésta la doncella del mundo que ella más amaba. Cerraron la puerta con fuertes candados, e dejaron en la nave otras muchas dueñas e doncellas de las de Oriana.

Pues así todo enderezado, dieron las velas al viento, e movieron su vía con gran placer por haber acabado aquello que el Emperador su señor tanto deseaba, e ficieron poner una muy gran seña del Emperador encima del mastel de la nao donde Oriana iba, e todas las otras naves al derredor della, guardándola. E yendo así muy lozanos e alegres, miraron a su diestra e vieron la flota de Amadís, que mucho se les llegaba en la delantera, entrando entre ellos e la tierra donde salir querían, _y dividiéndose en tres fuerzas para coger en medio las naves de los que llevaban a Oriana_. Dígovos de los romanos, que cuando la flota de lueñe vieron pensaron que alguna gente de paz sería, que por la mar de un cabo a otro pasaban; mas viendo que en tres partes se partían, e que las dos les tomaban la delantera a la parte de la tierra e la otra los seguía, mucho fueron espantados, e luego fué entre ellos hecho gran ruido, diciendo a altas voces:

--Armas, armas, que extraña gente viene.

E luego se armaron muy presto, e pusieron los ballesteros, que muy buenos traían, donde habían de estar, e la otra gente, e Brondajel de Roca con muchos e buenos caballeros de la corte del Emperador estaba en la nave donde Oriana era e donde posieron la seña que ya oístes del Emperador.

A esta sazón se juntaron los unos e otros; grande era allí el ferir de saetas, e piedras, e lanzas de la una e de la otra parte, que no parescía sino que llovía; tan espesas andaban; e Amadís no entendía con los suyos en al sino en juntar su fusta con la de los contrarios, mas no podían; que ellos, aunque muchos más eran, no se osaban llegar, viendo cuán denodadamente eran acometidos; e defendíanse con grandes garfios de hierro e otras armas muchas de diversas guisas. Entonces Tantiles de Sobradisa, mayordomo de la reina Briolanja, que en el castillo estaba, como vió que la voluntad de Amadís no podía haber efecto, mandó traer una áncora muy gruesa e pesada, trabada a una fuerte cadena, e desde el castillo lanzáronla en la nave de los enemigos, e así él como otros muchos que le ayudaban tiraron tan fuerte por ella, que por gran fuerza hicieron juntar las naves una con otra, así que no se podían partir en ninguna manera si la cadena no quebrase. Cuando Amadís esto vió pasó por toda la gente con gran afán, que estaban muy apretados; e por la vía que él entraba iban tras él _sus famosos compañeros Angriote e don Bruneo_, e como llegó en los delanteros, puso el un pie en el borde de su nave, e saltó en la otra, que nunca los contrarios quitar ni estorbar lo podieron; e como el salto era grande, y él iba con gran furia, cayó de rodillas, e allí le dieron muchos golpes; pero él se levantó, mal su grado de que le herían tan malamente, e puso mano a la su buena espada ardiente, e vió cómo Angriote e don Bruneo habían con él entrado, y herían a los enemigos de muy fuertes e duros golpes, diciendo a grandes voces:

--Gaula, Gaula, que aquí es Amadís --que así gelo rogara él que lo dijesen, si la nave podiesen tomar.

Mabilia, que en la cámara encerrada estaba con Oriana, que oyó el ruido e las voces, e después aquel apellido, tomó a Oriana por los brazos, que más muerta que viva estaba, e díjole:

--Esforzad, señora, que socorrida sois de aquel bienaventurado caballero, vuestro vasallo e leal amigo.

Y ella se levantó en pie, preguntando qué sería aquello; que del llorar estaba desvanecida, que no oía ninguna cosa, e la vista de los ojos casi perdida.

_Amadís, entre tanto, vencía a Brondajel de Roca y le exigía que le dijera_ dónde estaba Oriana, y él le mostró la cámara de los candados, diciendo que allí la fallaría. Amadís se fué apriesa contra allá, e llamó a Angriote e a don Bruneo, e con la gran fuerza que de consuno posieron, derribaron la puerta y entraron dentro, e vieron a Oriana e a Mabilia, e Amadís fué fincar los hinojos ante ella por le besar las manos, más ella lo abrazó, e tomóle por la manga de la loriga, que toda era tinta de sangre de los enemigos.

--¡Ay, Amadís --dijo ella--, lumbre de todas las cuitadas! Agora parecerá vuestra gran bondad en haber socorrido a mí e a estas infantas, que en tanta amargura e tribulación puestas éramos, e por todas las tierras del mundo será sabido y ensalzado vuestro loor.

_Amadís_ quísose partir dellas por ver lo que se facía; mas Oriana le tomó por la mano e dijo:

--Por Dios, señor, no me desamparéis.

--Señora --dijo él--, no temáis; que dentro en esta fusta está Gandales con treinta caballeros que os aguardarán, e yo iré a acorrer a los nuestros, que muy gran batalla han.

Entonces salió Amadís de la cámara, e pasó a una muy fermosa galea, en que estaba Gandalín con hasta cuarenta caballeros de la Ínsola Firme, e mandóla guiar contra aquella parte que oía el apellido de Agrajes, que se combatía con los de la gran nave de Salustanquidio; e cuando él llegó vió que la habían entrado, e la priesa y el ruido era muy grande, que Agrajes e los de su compaña los andaban firiendo e matando muy cruelmente.

Mas desque a Amadís vieron, los romanos saltaban en los bateles, e otros en el agua, e dellos morían, e otros se pasaban a las otras naves que aún no eran perdidas.

_Pero no tardaron en serlo, pues poco después no hubo fusta de los romanos en que no estuvieran alzados los pendones de los caballeros de la Ínsola Firme y hechos prisioneros sus tripulantes._

Amadís, que dello mucho placer hobo, envió decir _a los suyos_ que juntasen sus galeas con la que él había tomado, donde estaba Oriana, y que allí habría consejo de lo que ficiesen. Entrados dentro, desarmaron las cabezas e las manos, e laváronse de la sangre e sudor, e eran allí juntos todos los más honrados caballeros de aquella compaña, los cuales a un cabo de la nao se apartaron por fablar qué consejo tomarían, e Oriana llamó a Amadís a un cabo del estrado, e muy paso le dijo:

--Mi verdadero amigo, yo vos ruego e mando por aquel verdadero amor que me tenéis, que agora más que nunca se guarde el secreto de nuestros amores, e no fabléis comigo apartadamente, sino ante todos, e lo que vos ploguiere decirme secreto fabladlo con Mabilia, e punad cómo de aquí nos llevéis a la Ínsola Firme, porque estando en logar seguro, Dios proveerá en mis cosas, como Él sabe que tengo la justicia.

--Señora --dijo Amadís--, yo no vivo sino en esperanza de vos servir, e si ésta me faltase, faltarme-ía la vida, e como lo mandáis se fará; y en esta ida de la Ínsola bien será que con Mabilia lo enviéis a decir a estos caballeros, porque parezca que más de vuestra gana e voluntad que de la mía procede.

--Así lo faré --dijo ella--, e bien me parece; agora vos id --dijo-- a aquellos caballeros.

Amadís así lo fizo, e fablaron en lo que adelante se debe facer. Mas como eran muchos, los acuerdos eran diversos; que a los unos parecía que debían llevar a Oriana a la Ínsola Firme, otros a Gaula e otros a Escocia, a la tierra de Agrajes, así que no se acordaban.

En esto llegó la infanta Mabilia, e cuatro doncellas con ella. Todos la recibieron muy bien e la posieron entre sí, y ella les dijo:

--Señores, Oriana vos ruega, por vuestras bondades e por el amor que en este socorro le habéis mostrado, que la llevéis a la Ínsola Firme, que allí quiere estar fasta que sea en el amor de su padre e madre; e ruégaos, señores, que a tan buen comienzo deis el cabo, mirando su gran fortuna e fuerza que se le face, e fagáis por ella lo que por las otras doncellas facer soléis, que no son de tan alta guisa.

--Mi buena señora --dijo don Cuadragante, _uno de los más ilustres caballeros de la Ínsola_-- el bueno e muy esforzado de Amadís e todos los caballeros que en su socorro hemos sido estamos de voluntad de le servir fasta la muerte, así con nuestras personas como con las de nuestros parientes e amigos, que mucho pueden e muchos serán, e todos seremos juntos en su defensa contra su padre e contra el Emperador de Roma, si a la razón e justicia no se allegaren con ella.

Todos aquellos caballeros tovieron por bien aquello que don Cuadragante respondió, e con mucho esfuerzo otorgaron que desta demanda nunca serían partidos fasta que Oriana en su libertad e señoríos restituída fuese, siendo cierta y segura de los haber, si ella más que su padre e madre la vida poseyese. La infanta Mabilia se despidió dellos y se fué a Oriana, e por ella sabida la respuesta y recaudo que de su mensaje le traía, fué muy consolada, creyendo que la permisión del Justo Juez lo guiaría de forma que la fin fuese la que ella deseaba.

[Ilustración]

[Ilustración]

LIBRO CUARTO

LA GUERRA POR ORIANA

CAPÍTULO PRIMERO

LOS TRES EJÉRCITOS

_Según lo había dispuesto Oriana, hicieron rumbo a la Ínsola Firme, donde al cabo de varios días, sin contratiempo alguno, llegaron. Desembarcaron a Oriana y sus damas con las muestras de respeto debidas a su alcurnia y desgracia, e instaláronlas en una magnífica torre rodeada de una hermosa huerta amurallada, donde nadie podía entrar sin licencia de la princesa._

_Reunidos después en consejo los caballeros, acordaron enviar una embajada al rey Lisuarte para hacerle saber cómo su hija Oriana se encontraba, sana y salva, en la Ínsola Firme, cuyos caballeros estaban dispuestos a entregarla a su padre, siempre que éste les prometiera que la trataría con justicia, no casándola sino con quien fuera su voluntad._

_Fué con la embajada don Cuadragante y otro de los principales caballeros de la Ínsola; pero al mismo tiempo, por si no había lugar a avenencia con el rey Lisuarte, envió Amadís emisarios a todos los reyes y grandes señores amigos suyos y que habían sido favorecidos por él, para que sin tardar le enviaran fuerzas armadas, por si la Ínsola llegaba a ser atacada._

[Ilustración]

_Mientras tanto los embajadores de Amadís llegaban a la capital de la Gran Bretaña, en cuya corte reinaba honda tristeza desde la partida de Oriana, y, como era de temer, no lograron restablecer la armonía con Lisuarte, sino que éste les anunció la guerra más despiadada._

_Partidos los de Amadís, el Rey envió embajadores al Emperador de Roma haciéndole saber lo ocurrido, y cómo se disponía a castigar con todo rigor tamaña afrenta. El Emperador, lleno de furia, respondió que con todo su poderío asistiría a la guerra, pues más era suya que no de Lisuarte la ofensa._

_De todo iba teniendo noticia Arcalaus el Encantador, que no había perecido cuando Perión y sus hijos le habían incendiado el castillo, y no bien lo supo, fué a verse con el rey Arábigo, a quien ya otra vez había armado contra Lisuarte sin otro resultado para él que una gran derrota, y lo convenció de que preparara sus huestes para tenerlas ocultas en una sierra próxima a la Ínsola Firme, y después de la lucha de las fuerzas de Lisuarte y Amadís unas con otras, caer sobre vencedores y vencidos, para, de un solo golpe, apoderarse de la Ínsola Firme y del reino de la Gran Bretaña. De lo mismo trató con el señor de Sansueña, con el Rey de la Profunda Ínsola y otros enemigos de Lisuarte, y todos fueron conformes en juntar sus armas con las de Arcalaus y el rey Arábigo._

_Llegada la guerra, disponía Amadís de la siguiente gente:_

El buen rey Perión trajo, de los suyos e de sus amigos, tres mil caballeros; el rey Tafinor de Bohemia, _además de mandar a Grasandor, el príncipe heredero_, envió con el conde Galtines mill e quinientos caballeros; Tantiles, mayordomo de la reina Briolanja, trajo mill e docientos caballeros; Branfil, hermano de don Bruneo, trajo seiscientos caballeros; Landín, sobrino de don Cuadragante, trajo de Irlanda seiscientos caballeros; el rey Ladasán de España envió a su hijo don Brián de Monjaste dos mill caballeros; don Gandales trajo, del rey Languines de Escocia, padre de Agrajes, mill e quinientos caballeros; la gente del emperador de Constantinopla, que trajo Gastiles, su sobrino, fueron ocho mill caballeros. Por cierto podéis creer que en memoria de hombres no era que gente tan escogida y tanta como aquella fuese en ninguna sazón junta en ayuda de ningún príncipe, como esta lo fué.

_Entre tanto_ el rey Lisuarte estaba en el real cerca de Vindilisora; el Emperador de Roma era llegado al puerto con gran flota, e toda la gente salía de la mar, e asentaban su real cerca del rey Lisuarte; y asimesmo era venido Gasquilán, rey de Suesa, y el rey Cildadán era ya allá pasado. El Emperador quisiera que luego fuera la partida; mas el Rey, que mejor que él sabía lo que necesario era e con quién había la cuestión, detúvola fasta el tiempo convenible; que bien vía que en aquella batalla estaba todo su hecho. Así estovieron en aquel real bien ocho días, allegando la gente que de cada día venía al Rey, e fallaron que eran por todos estos que se siguen: el Emperador trajo diez mil de caballo, el rey Lisuarte seis mil e quinientos, Gasquilán, rey de Suesa, ochocientos; el rey Cildadán, docientos.

Pues todo aderezado, mandó el Emperador a los reyes que el real moviesen, e la gente fuese detenida en aquella gran vega por donde habían de caminar; e así se hizo, que puestos todos en sus batallas, el Emperador fizo de su gente tres faces e rogó al rey Lisuarte que toviese por bien que él llevase la delantera, e así se fizo; aunque él más quisiera llevarla a su cargo, porque no tenía en mucho aquella gente, e había miedo que del desconcierto dellos les podría venir algún gran revés; pero otorgólo por le dar aquella honra.

El rey Lisuarte fizo de sus gentes dos haces; fecho esto, movieron por el campo tras el fardaje, que iba a asentar real con los aposentadores. ¿Quién os podría decir los caballos y armas tan ricas e tan lucidas e de tantas maneras como allí iban? Por cierto muy gran trabajo sería en lo contar.