Libros de caballerías Selección
Part 7
_Embarcóse para pasar a la corte del Emperador de Constantinopla, y yendo por la mar navegando_ con muy buen viento, súbitamente tornando al contrario, como muchas veces acaece, fué la mar tan embravecida, tan fuera de compás, que ni la fuerza de la fusta, que grande era, ni la sabiduría de los mareantes no pudieron tanto resistir, que muchas veces en peligro de ser anegada no fuese; las lluvias eran tan espesas e los vientos tan apoderados y el cielo tan escuro, que en gran desesperación estaban de ser las vidas remediadas. Así andovieron ocho días, sin saber ni atinar a cuál parte de la mar andoviesen, sin que la tormenta un punto ni momento cesase; en cabo de los cuales, con la gran fuerza de los vientos, una noche, antes que amaneciese, la fusta a la tierra llegada fué tan reciamente, que por ninguna guisa la podían despegar; esto dió gran consuelo a todos, como si de muerte a la vida tornados fueran; mas _después_ reconociendo los marineros en la parte que estaban, sabiendo ser allí la ínsola que del Diablo se llamaba, donde una bestia fiera toda la había despoblado, en dobladas angustias y dolores sus ánimos fueron, teniéndolo en muy mayor grado de peligro que el que en la mar esperaban.
_Los marineros, llenos de espanto, agotaban en vano sus fuerzas luchando por apartar de allí a la nave, y el maestro Elisabat, en tanto, describíale a Amadís cómo era la espantable criatura, hija de horrendo pecado, que señoreaba la isla._ Tenía el cuerpo y el rostro cubierto de pelo, y encima había conchas, sobrepuestas unas sobre otras, tan fuertes, que ninguna arma las podía pasar, e las piernas e pies eran muy gruesos y recios, y encima de los hombros había alas tan grandes, que fasta los pies le cobrían, e no de péñolas, mas de un cuero negro como la pez, luciente, velloso, tan fuerte, que ninguna arma las podía empecer, con las cuales se cobría como lo ficiese un hombre con un escudo; y debajo dellas le salían brazos muy fuertes, así como de león, todos cobiertos de conchas más menudas que las del cuerpo, e las manos había de hechura de águila, con cinco dedos, e las uñas tan fuertes e tan grandes, que en el mundo non podía ser cosa tan fuerte que entre ellas entrase, que luego no fuese desfecha. Dientes tenía dos en cada una de las quijadas, tan fuertes y tan largos, que de la boca un codo le salían, e los ojos grandes y redondos, muy bermejos, como brasas; así que, de muy lueñe, siendo de noche, eran vistos, e todas las gentes huían dél. Saltaba e corría tan ligiero, que no había venado que por pies se le podiese escapar; comía y bebía pocas veces, e algunos tiempos ningunas, que no sentía en ello pena ninguna; toda su holganza era matar hombres e las otras animalías vivas, e cuando fallaba leones e osos, que algo se le defendían, tornaba muy sañudo, y echaba por sus narices un humo tan espantable, que semejaba llamas de fuego, e daba unas voces roncas, espantosas de oír; así que todas las cosas vivas huían ant’él como ante la muerte; olía tan mal, que no había cosa que no emponzoñase. Era tan espantoso cuando sacudía las conchas unas con otras, e facía crujir los dientes e las alas, que no parecía sino que la tierra facía estremecer.
--Tal es esta animalía, Endriago llamado, como os digo --dijo el maestro Elisabat--. Esto es lo que yo sé desta mala y endiablada bestia.
El Caballero de la Verde Espada dijo:
--Maestro, grandes cosas me habéis dicho, e mucho sofre Dios nuestro Señor a aquellos que le desirven; pero, al fin, si se no enmiendan, dales pena tan crecida como ha sido su maldad; e agora os ruego, maestro, que digáis de mañana misa, porque yo quiero ver a esta ínsola, e si Él me aderezare, tornarla a su santo servicio.
Aquella noche pasaron con gran espanto, así de la mar, que muy brava era, como del miedo que del Endriago tenían, pensando que saldría a ellos de un castillo que allí cerca tenía, donde muchas veces albergaba; y el alba del día venida, el maestro cantó misa, y el Caballero de la Verde Espada la oyó con mucha homildad, rogando a Dios le ayudase en aquel peligro que por su servicio se quería poner; e si su voluntad era que su muerte allí fuese venida, Él por la su piedad le hobiese merced al alma. E luego se armó e fizo sacar su caballo en tierra, e Gandalín con él, e dijo a los de la nao:
--Amigos, yo buscaré esta bestia por estas montañas, e si della escapo, _tocará la bocina Gandalín y_ tornarme he a vosotros; e si no, haced lo que mejor vierdes.
Cuando esto oyeron ellos, fueron muy espantados, más que de ante eran; porque aun allí dentro en la mar todos sus ánimos no bastaban para sofrir el miedo del Endriago, e por más afrenta y peligro que la braveza grande de la mar le tenían.
Entonces se partió el Caballero de la Verde Espada dellos, quedando todos llorando, y _él iba_ con aquel esfuerzo y semblante que su bravo corazón le otorgaba, et Gandalín en pos dél, llorando fuertemente, creyendo que los días de su señor con la fin de aquel día la habrían ellos. El Caballero volvió a él, e díjole riendo:
--Mi buen hermano, no tengas tan poca esperanza en la misericordia de Dios ni en la vista de mi señora Oriana, que así te desesperes; que no solamente tengo delante mí la su sabrosa membranza, más su propria persona, e mis ojos la veen, y me está diciendo que la defienda yo desta bestia mala. Pues ¿qué piensas tú, mi verdadero amigo, que debo yo hacer? ¿No sabes que en la su vida e muerte está la mía? ¿Consejarme has tú que la deje matar y que ante mis ojos muera? No plega a Dios que tal pensases; e si tú no la vees, yo la veo, que delante mí está, pues si su sola membranza me hizo pasar a mí gran honra las cosas que tú sabes, ¿qué tanto más debe poder su propia presencia?
E diciendo esto, crescióle tanto el esfuerzo, que muy tarde se le facía en no fallar el Endriago; y entrando en un valle de brava montaña y peñas de muchas concavidades, dijo:
--Da voces, Gandalín, porque por ellas podrá ser que el Endriago a nosotros acudirá; et ruégote mucho que si aquí moriere, procures de llevar a mi señora Oriana aquello que es suyo enteramente, que será mi corazón; e dile que gelo envío por no dar cuenta ante Dios de cómo lo ajeno llevaba comigo.
Cuando Gandalín esto oyó, no solamente dió voces, mas mesando sus cabellos, llorando, dió grandes gritos, deseando su muerte antes que ver la de aquel su señor, que tanto amaba, et no tardó mucho que vieron salir de entre las peñas el Endriago muy más bravo e fuerte que lo nunca fué. Venía tan sañudo, echando por la boca humo mezclado con llamas de fuego, e firiendo los dientes unos con otros, faciendo gran espuma e faciendo crujir las conchas e las alas tan fuertemente, que gran espanto era de lo ver. Así hobo el Caballero de la Verde Espada, especialmente oyendo los silbos e las espantosas voces roncas que daba; e como quiera que por palabra gelo señalaran, en comparación de la vista era tanto como nada; e cuando el Endriago los vió comenzó a dar grandes saltos e voces, como aquel que mucho tiempo pasara sin que hombre ninguno viera, e luego se vino contra ellos. Cuando los caballos del de la Verde Espada y de Gandalín lo vieron, comenzaron a fuir tan espantados, que apenas los podían tener, dando muy grandes bufidos. E cuando el de la Verde Espada vió que a caballo a él no se podía llegar, descendió muy presto e dijo a Gandalín:
--Hermano, tente afuera en ese caballo, porque ambos no nos perdamos, et mira la ventura que Dios me querrá dar contra este diablo tan espantable, e ruégale que por la su piedad me guíe cómo le quite yo de aquí, y sea esta tierra tornada al su servicio; e si aquí tengo de morir, que me haya merced del ánima, y en lo otro faz como te dije.
Gandalín no le podo responder; tan reciamente lloraba, porque su muerte veía tan cierta, si Dios milagrosamente no lo escapase. El Caballero de la Verde Espada tomó su lanza e cubrióse de su escudo como hombre que ya la muerte tenía tragada, perdido todo su pavor, e lo más que podo se fué contra el Endriago así a pie como estaba. El diablo, como lo vido, vino luego para él, y echó un fuego por la boca con un humo tan negro, que apenas se podían ver el uno al otro, y el de la Verde Espada se metió por el fumo adelante, y llegando cerca dél, le encontró con la lanza por muy gran dicha en el un ojo, así que gelo quebró; y el Endriago echó las uñas en la lanza e tomóla con la boca e hízola pedazos, quedando el fierro con un poco del asta metido por la lengua e por las agallas; que tan recio vino, que él mesmo se metió por ella; e dió un salto por lo tomar, mas con el desatiento del ojo quebrado no pudo, e porque el caballero se guardó con gran esfuerzo e viveza de corazón, así como aquel que se vía en la misma muerte, et puso mano a la su muy buena espada, e fué a él que estaba como desatentado, así del ojo como de la mucha sangre que de la boca le salía, e con los grandes resoplidos y resollidos que daba, todo lo más de ella se le entraba por la garganta, de manera que cuasi el aliento le quitara, e no podía cerrar la boca ni morder con ella; y llegó a él por el un costado, e dióle tan gran golpe por cima del concás, que le no pareció sino que diera en una peña dura, e ninguna cosa le cortó.
Como el Endriago le vido tan cerca de sí, pensóle de tomar entre sus uñas, e no le alcanzó sino en el escudo, e levógelo tan recio que le fizo dar de manos en tierra; y en tanto que el diablo lo despedazó todo con sus muy fuertes e duras uñas, hobo el Caballero de la Verde Espada logar de levantarse, e como sin escudo se vió, e la espada no cortaba ninguna cosa, bien entendió que su fecho no era nada, si Dios no le enderezase a que el otro ojo le pudiese quebrar; que por otra ninguna parte no aprovechaba nada trabajar de lo ferir, e con saña, pospuesto todo temor, fuése para el Endriago, que muy fallecido e flaco estaba de la mucha sangre que perdía del ojo quebrado; e como las cosas pasadas de su propria servidumbre se caen y perecen, e ya enojado nuestro Señor que el enemigo malo hobiese tenido tanto poder y fecho tanto mal en aquellos que, aunque pecadores, en su santa fe católica creían, quiso darle el esfuerzo e gracia especial, que sin ella ninguno fuera poderoso de acometer ni osar esperar tan gran peligro, a este caballero, para que sobre toda orden de natura diese fin a aquel que a muchos lo había dado; y pensando acertarle en el otro ojo con la espada, quísole Dios guiar a que gela metió por una de las ventanas de las narices, que muy anchas las tenía, e con la gran fuerza que puso e la que el Endriago traía, el espada caló tanto, que le llegó a los sesos; mas el Endriago, como le vido tan cerca, abrazóse con él, e con las sus muy fuertes e agudas uñas rompióle todas las armas de las espaldas e la carne e los huesos fasta las entrañas; e como él estaba ahogado de la mucha sangre que bebía, e con el golpe de la espada que a los sesos le pasó, e sobre todo, la sentencia que de Dios sobre él era dada, e no se podía revocar, no se podiendo ya tener, abrió los brazos e cayó a la una parte como muerto sin ningún sentido. El caballero, como así lo vió, tiró por la espada y metiógela por la boca cuanto más pudo, tantas veces, que lo acabó de matar; pero quiero que sepáis que antes que el alma le saliese, salió de su boca el diablo e fué por el aire con muy gran tronido; así que los que estaban en _la nave_ lo oyeron como si cabe ellos fuera, de lo cual hobieron gran espanto.
Pues como el Endriago fué muerto, el Caballero se quitó afuera, e yéndose para Gandalín, que ya contra él venía, no se pudo tener, e cayó amortecido cabe un arroyo de agua que por allí pasaba. Gandalín, como llegó y le vió tan espantables heridas, cuidó que era muerto, y dejándose caer del caballo, comenzó a dar muy grandes voces, mesándose. _Mas después_ cabalgó muy presto en su caballo, e subiéndose en un otero, tocó la bocina lo más recio que pudo, en señal que el Endriago era muerto. Ardian el enano oyólo, e dió muy grandes voces al maestro Elisabat que acorriese a su señor, que el Endriago era muerto. Y él, como estaba apercebido, cabalgó con todo el aparejo que menester era, e fué lo más presto que podo por el derecho que el enano le señaló; e no andovo mucho que vió a Gandalín encima del otero, el cual, como el maestro vió, vino corriendo contra él e dijo:
--¡Ay, señor!; por Dios e por merced acorred a mi señor, que mucho es menester; que el Endriago es muerto.
El maestro, cuando esto oyó, hobo gran placer con aquellas buenas nuevas que Gandalín decía, no sabiendo el daño del Caballero, e aguijó cuanto más podo, e Gandalín le guiaba, fasta que llegaron donde el Caballero de la Verde Espada estaba, e halláronlo muy desacordado, sin ningún sentido.
El maestro Elisabat quitó luego su manto, e tendiólo en el suelo, e tomáronlo él e Gandalín, e puniéndolo encima, le desarmaron lo más quedo que podieron; e cuando el maestro le vió las llagas, aunque él era uno de los mejores del mundo de aquel menester, e había visto muchas e grandes heridas, mucho fué espantado y desafuciado de su vida; mas como aquel que lo amaba y tenía por el mejor caballero del mundo, pensó de poner todo su trabajo por le guarecer, e catándole las heridas, vió que todo el daño estaba en la carne e en los huesos, y que no le tocara en las entrañas. Tomó mayor esperanza de lo sanar, e concertóle los huesos e las costillas, e cosióle la carne, e púsole tales melecinas, e ligóle tan bien todo el cuerpo al derredor, que le fizo restañar la sangre y el aliento que por allí salía, e luego le vino al Caballero mayor acuerdo y esfuerzo, de guisa que podo hablar, e abriendo los ojos, dijo:
--¡Oh Señor Dios todopoderoso, que por tu gran piedad quesiste venir en el mundo e tomaste carne humana en la Virgen María, pídote, Señor, como uno de los más pecadores, que hayas merced de mi ánima, que el cuerpo condenado es a la tierra!
_Con grandes cuidados, lleváronlo a un castillo desmantelado que en la isla había, donde, gracias a la ciencia del maestro Elisabat, recobró la salud en no mucho tiempo._
CAPÍTULO SEGUNDO
LAS CORONAS DE LA INFANTA
_Aún estaba enfermo Amadís en la Isla del Diablo, cuando el maestro Elisabat escribió al Emperador de Constantinopla, cuya era la Isla, diciéndole cómo el Caballero de la Verde Espada había muerto el Endriago y librado a la isla de su terrible morador. El Emperador y toda su corte fueron asombrados de que semejante hazaña hubiera podido ser acometida por caballero alguno y el Emperador mandó a un sobrino suyo, llamado Gastiles, que con grande acompañamiento fuera a la Isla del Diablo y trajera a la Corte a aquel heroico Caballero._
_Cumplió Gastiles lo que había mandado, y así, cuando el Caballero de la Verde Espada pudo embarcarse, curado ya de sus heridas, hicieron rumbo a Constantinopla, donde_ en poco espacio de tiempo fueron aportados debajo de los palacios del Emperador. La gente salió a las finiestras por ver el Caballero de la Verde Espada, que lo mucho deseaban ver; y el Emperador les mandó llevar unas bestias en que cabalgasen.
A la hora estaba ya el Caballero de la Verde Espada mucho más mejorado en su salud y hermosura, vestido de unos muy hermosos e ricos paños.
Pues salidos de la mar, cabalgando en aquellos ricos e ataviados palafrenes que les trajeran, se fueron al Emperador, que ya contra ellos venía, muy acompañado de grandes hombres e muy ricamente ataviados. E apartándose todos, llegó el Caballero de la Verde Espada e quísose apear para le besar las manos; mas el Emperador cuando esto vió no gelo consintió, antes se fué para él e lo tovo abrazado, mostrándole muy gran amor, que así lo tenía con él, e dijo:
--Por Dios, Caballero de la Verde Espada, mi buen amigo, como quiera que Dios me haya fecho tan grande hombre y venga del linaje de aquellos que este señorío tan grande tovieron, más merecéis vos la honra que la yo merezco; que vos la ganastes por vuestro gran esfuerzo, pasando tan grandes peligros cual nunca otro pasó, e yo tengo la que me vino dormiendo e sin merecimiento mío.
El Caballero del Enano le dijo:
--Señor, a las cosas que tienen medida puede hombre satisfacer; pero no a esta, que por su gran virtud en tanto loor me ha puesto; e por esto, señor, quedará para que esta mi persona hasta la muerte le sirva en aquellas cosas que me mandare.
Y así fablando se tornó el Emperador con él a sus palacios, y el de la Verde Espada iba mirando aquella gran ciudad, e las cosas extrañas e maravillosas que en ella vía, e tantas gentes que lo salían a ver, e daba en su corazón con grande homildad muchas gracias a Dios porque en tal logar le guiara donde tanta honra del mayor hombre de los cristianos recebía; e todo cuanto en las otras partes viera le parecía nada en comparación de aquello; pero mucho más maravillado fué cuando entró en el gran palacio, que allí le pareció ser junta toda la riqueza del mundo. Había allí un aposentamiento donde el Emperador mandaba aposentar los grandes señores que a él venían, que era el más hermoso e deleitoso que en el mundo se podía hallar, así de ricas casas como de fuentes de agua e árboles muy extraños. E allí mandó quedar al Caballero de la Verde Espada e al maestro Elisabat, que lo curase, e a Gastiles que le ficiese compañía; y dejándolo reposar, se fué con sus hombres buenos donde él posaba. Toda la gente de la ciudad, que viera al Caballero de la Verde Espada, fablaban mucho en su gran hermosura, e mucho más en el grande esfuerzo suyo, que era mayor que de caballero otro ninguno; e si él se había maravillado de ver tal ciudad como aquella e tanto número de gente, mucho más lo eran ellos en lo ver a él solo; así que de todos era loado e honrado más que lo nunca fué rey ni grande ni caballero que allí de tierras extrañas viniesen.
Otro día de mañana levantóse el Caballero de la Verde Espada, e vistióse de sus paños lozanos e hermosos, según él vestir los solía, y Gastiles con él, y el maestro Elisabat, e fueron todos de consuno juntos a oír misa con el Emperador a su capilla, donde los atendía, e luego se fueron a ver a la Emperatriz; pero antes que a ella llegasen fallaron en comedio muchas dueñas e doncellas muy ricamente ataviadas de ricos paños, que les facían logar por do pasasen e buen recebimiento. La casa era tan rica e tan bien guarnida, que si la rica cámara defendida de la Ínsola Firme no, otra tal nunca el Caballero de la Verde Espada viera, e los ojos le cansaban de mirar tantas mujeres e tan hermosas, e las cosas extrañas que vía, e llegando a la Emperatriz, que en su estrado estaba, fincó los hinojos ante ella con mucha humildad e dijo:
--Señora, mucho gradezco a Dios en me traer donde viese a vos e a vuestra grande alteza, y el valor que sobre las otras señoras tiene que en el mundo son, e la vuestra casa acompañada e ornada de tantas dueñas e doncellas de tan gran guisa. A Él le plega, por la su merced, de me llegar a tiempo que algo destas grandes mercedes le pueda servir.
La Emperatriz le tomó por las manos e díjole que no estoviese así de hinojos, e fízole sentar cerca de sí, y estovo con él fablando una gran pieza en aquellas cosas que tan alta señora con caballero extraño que no conocía debía hablar; y él respondiendo con tanto tiento e tanta gracia, que la Emperatriz, que muy cuerda era e lo miraba, decía entre sí que no podía ser su esfuerzo tan grande que a su mesura e discreción sobrepujar podiese.
El Emperador estaba a esta sazón en su silla sentado, hablando e riendo con las dueñas e doncellas. E díjoles en voz alta, que todas lo oyeron:
--Honradas dueñas e doncellas, vedes aquí el Caballero de la Verde Espada, vuestro leal sirviente; honralde e amalde, que así lo hace él a todas vosotras cuantas sois en el mundo; que poniéndose a muy grandes peligros por vos hacer alcanzar derecho, muchas veces es llegado al punto de la muerte, según que dél he oído a aquellos que sus grandes cosas saben.
El Emperador hizo levantar dos infantas, que eran hijas del rey de Hungría, e díjoles:
--Id por mi hija Leonorina, e no vengan con ella sino vos ambas.
Ellas así lo ficieron, e a poco rato vinieron con ella, trayéndola entre sí por los brazos, e como quiera que ella viniese muy bien guarnida, todo parecía nada ante lo natural de su gran fermosura, que no había hombre en el mundo que la viese que se no maravillase e no alegrase en la mirar. Ella era niña, que no pasaba de nueve años, e llegando donde su madre la Emperatriz estaba, besóle las manos con homil reverencia, e sentóse en el estrado más bajo que ella estaba. El Caballero de la Verde Espada la miraba muy de grado, maravillándose mucho de su gran fermosura, que le parecía ser más fermosa de las que él visto había por las partes donde andado había, e membróse aquella hora de la muy fermosa Oriana, su señora, que más que a sí amaba, e del tiempo en que la él comenzó a amar, que sería de aquella edad, e de cómo el amor que entonces con ella posiera siempre había crescido, e no menguado. Tanto fué encendido en esta membranza, que, como fuera de sentido, le vinieron las lágrimas a los ojos; así que todos le vieron llorar, que por su gran bondad todos en él paraban mientes; mas él, tornando en sí, habiendo gran vergüenza, alimpió los ojos e fizo buen semblante. Mas el Emperador, que más cerca estaba, que así lo vió llorar, creyó que lo no haría sin algún gran misterio. Gastiles, que cabe él estaba, dijo:
--¿Qué será, que tal hombre como este en tal parte así llorase?
--Yo no se lo preguntaría --dijo el Emperador--, mas creo que fuerza de amor gelo hizo hacer.
--Pues, señor, si lo saber queréis, no hay quien lo sepa sino el maestro Elisabat, en quien mucho se fía, e fabla mucho con él apartadamente.
Entonces lo mandó llamar, e hízolo sentar ante sí, e le dijo:
--Maestro, quiero que me digáis una verdad, si la sabéis. ¿Por qué lloró agora el Caballero de la Verde Espada? Decídmelo, que de lo ver estoy espantado; que si alguna necesidad tiene en que haya menester mi ayuda, yo gela haré tan entera de que él será bien contento.
Cuando esto oyó el maestro, dijo:
--Señor, eso no lo sabría decir, porque es el hombre del mundo que mejor encobre aquello que él quiere que sabido no sea; pero yo le veo llorar e cuidar tan fieramente, que no parece en él haber sentido alguno, e sospira con tan gran ansia como si el corazón en el cuerpo se le quebrase. E ciertamente, señor, en cuanto yo cuido, es gran fuerza de amor que le atormenta, teniendo soledad de aquella que ama; que si otra dolencia fuese, ante a mí que a otro ninguno soy cierto que se descobriría.
--Ciertamente --dijo el Emperador--, así lo cuido yo como lo decís, e si él ama a alguna mujer, a Dios ploguiese que acertase ser en mi señorío, que tanto haber y estado le daría yo, que no hay rey ni príncipe que no hobiese placer de me dar su hija para él.
_Queriendo descubrir aquel secreto_, el Emperador llamó a la fermosa Leonorina, su hija, e a las dos infantas que la aguardaban, e habló con ellas una gran pieza muy afincadamente, mas por ninguno era oído nada de lo que les decía. E Leonorina, habiendo él ya acabado su habla, besóle las manos, e fuése con las infantas a su cámara, y él quedó hablando con sus hombres buenos.
_Poco después volvió a entrar_ en el palacio aquella fermosa Leonorina con el su gesto resplandeciente, que todas las fermosuras desataba, e las infantas con ella. Y ella traía en su cabeza una muy rica corona, e otra muy más rica en las manos, e fuése derechamente al Caballero de la Verde Espada, e díjole:
--Señor Caballero de la Verde Espada, yo nunca fuí llegada a tiempo que pida don sino a mi padre, e agora quiérolo pedir a vos; decidme qué faréis.
Y él fincó los hinojos ante ella e dijo:
--Mi buena señora, ¿quién sería aquel de tan poco conocimiento, que dejase de facer vuestro mandado, podiéndolo complir? E mucho loco sería yo si vuestra voluntad no ficiese; e agora, mi señora, demandad lo que más vos agradare, que hasta la muerte será cumplido.