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Part 6

Chapter 64,143 wordsPublic domain

--Vos habéis de estar a mi obediencia, e mándoos que comáis; si no, vuestra alma sería en gran peligro si así moriésedes.

Entonces comió, pero muy poco; que no podía de sí partir aquella grande angustia en que estaba; e cuando fué hora de dormir el buen hombre se echó sobre su manto e Amadís a sus pies, que en todo lo más de la noche no hizo, con la gran cuita, sino revolverse e dar grandes sospiros; e ya cansado y vencido del sueño, adormecióse.

_A la otra mañana pusiéronse en camino, el ermitaño en su asno y Amadís en su caballo, porque el religioso así se lo mandó._ El hombre bueno lo iba mirando, como era tan hermoso y de tan buen talle, e la gran cuita en que estaba, e dijo:

--Yo vos quiero poner un nombre que será conforme a vuestra persona e angustia en que sois puesto; que vos sois mancebo e muy fermoso; e vuestra vida está en grande amargura y en tinieblas; quiero que hayáis nombre Beltenebrós.

Amadís plugo de aquel nombre, e tovo al buen hombre por entendido en gele haber con tan gran razón puesto, e por este nombre fué él llamado en cuanto con él vivió, y después gran tiempo; que no menos que por el de Amadís fué loado, según las grandes cosas que hizo, como adelante se dirá.

Pues fablando en esto y en otras cosas, llegaron a la mar siendo noche cerrada, e fallaron hí una barca en que habían de pasar al hombre bueno a su ermita, y Beltenebrós dió su caballo a los marineros, y ellos le dieron un pelote e un tabardo de gruesa lana parda, y entraron en la barca e fuéronse contra la peña; y Beltenebrós preguntó al buen hombre cómo llamaban aquella su morada, y él cómo había nombre.

--La morada --dijo él-- es llamada la Peña Pobre, porque allí no puede morar ninguno sino en gran pobreza, e mi nombre es Andalod, e fuí clérigo asaz entendido, e pasé mi mancebía en muchas vanidades; _mas después_ acordé de me retraer a este logar tan solo, donde ya pasan de treinta años que nunca dél salí sino agora, que vine a un enterramiento de una mi hermana.

Mucho se pagaba Beltenebrós de la soledad y esquiveza de aquel lugar, y en pensar de allí morir recebía algún descanso; así fueron navegando en su barca fasta que a la peña llegaron.

Así como oís fué encerrado Amadís, con nombre de Beltenebrós, en aquella Peña Pobre, metida siete leguas en la mar, desamparando el mundo e la honra e aquellas armas con que en tan grande alteza puesto era, consumiendo sus días en lágrimas y en continuos lloros, no habiendo memoria de _sus hazañas_.

_¿Quién podría pintar ahora la desesperación de Oriana cuando supo por su mensajero cómo había pasado Amadís bajo el Arco de los Leales Amadores y conoció lo infundado de sus celos? ¿Quién sabría decir la fuerza de su dolor al describirle Durín el extremado duelo que después de leída la carta de su señora el caballero había hecho y cómo se había marchado solo por las selvas con rumbo incierto, cercano a la muerte?_

_A punto de perecer estuvo también, con tales nuevas, la enamorada princesa; no encontraban consuelo para ella sus amigas y confidentes. Acordóse por fin que la Doncella de Denamarca partiera en busca de Amadís, con una carta en que su señora le pedía perdón con muy humildes palabras y le suplicaba que fuera a verla en secreto al castillo de Miraflores, bella posesión de campo, a dos leguas de Londres, que el rey Lisuarte había regalado a su hija Oriana y donde ésta solía pasar algunas temporadas, con sus damas e doncellas._

_Los caballeros de la familia de Amadís también salieron a recorrer el mundo en busca de su famoso pariente, pero iban pasando los meses y por ninguna parte se encontraban huellas del desaparecido caballero. Era ya como si hubiera muerto._

CAPÍTULO QUINTO

LA PEÑA POBRE

_La Doncella de Denamarca visitó varios países donde ninguna noticia pudieron darle de Amadís. Regresaba a la Gran Bretaña, muy triste y dolorida, pensando que si no aparecía Amadís era segura la muerte de su señora, cuando fué sorprendida por una gran tormenta_ y andando por la mar sin gobernalle, sin concierto alguno, perdido de todo punto el tino de los mareantes, no teniendo fiucia alguna en sus vidas, en la fin una mañana al punto del alba, al pie de la Peña Pobre, donde Beltenebrós era, arribaron; la cual fué luego conocida de los de la nave, que algunos dellos sabían ser allí Andalod, el santo ermitaño que en la ermita suso su vida hacía; lo cual dijeron a la Doncella de Denamarca; y ella, como salida de tal peligro, tornada así de muerte a vida, mandó que suso a la peña la subiesen; porque oyendo misa de aquel hombre bueno, pudiese a la Virgen María dar gracias de aquella merced que su glorioso Fijo les había hecho.

[Ilustración]

A esta sazón Beltenebrós estaba _tan enfermo_ y era ya su salud tan allegada al cabo, que no esperaba vivir quince días; e del mucho llorar, junto con la su gran flaqueza, tenía el rostro muy descarnado e negro, mucho más que si de gran dolencia agraviado fuera; así que, no había persona que conocerlo podiese.

_Durante la misa volvió el rostro para donde estaban los navegantes_ e mirándolos, conoció luego a la Doncella e a Durín, e la alteración fué tan grande, que no podiendo estar en los pies, cayó en el suelo como si muerto fuese. Cuando el ermitaño esto vió pensó que ya estaba en el postrimero punto de su vida, e dijo:

--¡Oh Señor poderoso! ¿Por qué no has querido haber piedad deste que tanto en tu servicio podiera facer?

E las lágrimas le caían en mucha cantidad por las blancas barbas, e dijo:

--Buena doncella, faced a esos hombres que me ayuden a llevar este hombre a su cámara, que entiendo que éste será el postrimero beneficio que facer se le puede.

Entonces Enil e Durín, con el ermitaño, lo llevaron a la casa donde albergaba, e le posieron en una cámara asaz pobre, que por ninguno dellos nunca fué conocido; pues la doncella oyó la misa, e queriéndose ir a comer en tierra, que de la mar muy enojada andaba, acaso preguntó al ermitaño qué hombre era aquel que de tan gran dolencia agraviado era. El hombre bueno le dijo:

--Es un caballero que aquí face penitencia.

--Quiérole ver --dijo la doncella--, pues me decís que es caballero e de las cosas que en la nave trayo le dejaré con que algo pueda ser reparado.

--Faceldo --dijo el buen hombre--; pero entiendo que su muerte, a que tanto llegado es, vos quitará dese cuidado.

La doncella entró sola en la cámara donde Beltenebrós estaba; el cual, pensando qué ficiese, no se sabía determinar; que si se le ficiese conocer, pasaba el mandamiento de su señora, e si no, si aquella que era todo el reparo de su vida de allí se fuese, no le quedaba esperanza ninguna. En la fin, creyendo que muy más duro para él sería enojar a su señora que padecer la muerte, acordó de se le no facer conocer en ninguna manera.

Pues la doncella, llegada cerca de la cama, dijo:

--Buen hombre, del ermitaño he sabido que sois caballero, e porque las doncellas a todos los más caballeros somos muy más obligadas por los grandes peligros que en nuestra defensa se ponen, acordé de os ver e dejar aquí del bastimiento de la nao todo lo que para vuestra salud en ella se fallare.

Él no respondió ninguna cosa; antes estaba con grandes sollozos e gemidos llorando. Así que la doncella pensó que el alma de las carnes se le partía, de que hobo gran piedad; e porque en la cámara poca luz había, abrió una lumbrera que cerrada estaba, e llegóse a la cama por ver si era muerto, e comenzóle a mirar, y él a ella, todavía llorando e sollozando, e así estuvo por una pieza que la doncella nunca lo conoció, porque su pensamiento bien descuidado era de fallar en tal parte aquel que buscaba; mas viéndole en el rostro un golpe que _ella muy bien conocía_ fízola recordar en lo que ante ninguna sospecha tenía, e claramente conoció ser aquel Amadís, e dijo:

--¡Ay, santa María, val! ¿Qué es esto que veo? ¡Ay, señor, vos sois aquel por quien mucho afán he tomado!

E cayó de bruzas sobre el lecho, e fincando los hinojos, le besó las manos muchas veces, e díjole:

--Señor, aquí es menester piedad e perdón contra aquella que vos erró; que si por su mala sospecha vos ha puesto injustamente en tal estrecho, ella con mucha causa e razón padece la vida más amarga que la propia muerte.

Beltenebrós la tomó entre sus brazos e juntóla consigo, sin ninguna cosa le poder fablar; ella dándole la carta, le dijo:

--Esta vos envía vuestra señora, e por mí vos face saber que si vos sois aquel Amadís que ser solía, a quien ella tanto ama, que poniendo en olvido lo pasado, luego seáis con ella en el su castillo de Miraflores, donde con mucho vicio serán emendados los dolores e angustias que el sobrado amor que vos tiene han causado.

Él tomó la carta, e después de leída, su alegría fué tan sobrada, que, así como con la pasada tristeza, con ella desmayado fué, cayendo las lágrimas por sus mejillas sin las sentir.

_Embarcados en la nave de la Doncella se trasladaron a la Gran Bretaña, sin que nadie de a bordo hubiera sospechado quién pudiera ser aquel Beltenebrós. Después de reponer su salud durante algún tiempo en un lugar retirado, el caballero adquirió armas y caballo, tomó un escudero y fué a visitar a su señora en su castillo de Miraflores, dejando sembrado su camino de las más gloriosas hazañas, que llevaban por todas partes la fama del nuevo caballero Beltenebrós, tanto que todo el mundo decía que, desaparecido Amadís, no había en el orbe quien pudiera igualarse con él._

_Guardó rigurosamente el incógnito hasta que en una descomunal batalla que tuvo Lisuarte con el rey Cildadán de Irlanda, al ver que flaqueaban los ingleses, Beltenebrós, que venía realizando magníficos hechos de armas, se metió por medio de todos gritando:_

_--¡Gaula, Gaula, que yo soy Amadís!_

_Y con su esfuerzo libertó al rey Lisuarte, que ya había caído en poder de los enemigos._

CAPÍTULO SEXTO

EL CASTILLO DE ARCALAUS

_Con ello creció hasta el extremo la fama e influencia de Amadís en la corte del rey Lisuarte, el cual nada hacía ya sino por mediación de su heroico caballero. Mas entre tanto la envidia no estaba queda y algunas caballeros de edad, que veían extinguido su influjo, supieron hacer de modo que el rey llegara a creer que Amadís proyectaba traidoramente apoderarse del reino para él y los suyos._

_Entonces Lisuarte mostró públicamente su desprecio a Amadís, el cual, aunque muy dolorido de separarse de Oriana, oído el consejo que ésta le dió diciéndole que su honor era antes que todo, retiróse a la Ínsola Firme, con un cortejo como de rey, formado por todos los caballeros de su familia y gran número de amigos, con lo que apenas le quedaron caballeros de valía, en su corte, al rey Lisuarte._

_Poco después, suscitados por Arcalaus el Encantador, que no perdonaba ocasión de mover guerra al rey de la Gran Bretaña, tomaron contra él las armas seis poderosos reyes dirigidos por el rey Arábigo. Nunca se había visto Lisuarte en peligro semejante y era más que probable que no pudiera resistir a enemigos tan fuertes, privado del apoyo de los caballeros de Amadís._

_A tal sazón, estaba éste en Gaula con Perión, su padre, y su hermano don Florestán. Amadís había prometido a su dama que nunca haría armas contra el rey Lisuarte y estaba muy triste por no poder tomar parte en aquella guerra descomunal. Tratando de ello, llegaron a acordar el padre y los dos hijos, que aunque eran muchas las ofensas que del rey de la Gran Bretaña habían recibido, irían secretamente y disfrazados a prestarle auxilio. Fueron así, en efecto, con armas que les envió Urganda la Desconocida, cuyos escudos estaban adornados con sierpes de oro. Y la armadura de Amadís había un yelmo dorado. Pasaron a la Gran Bretaña, llegaron al campo de batalla; con el esfuerzo de sus brazos decidieron ésta en favor de Lisuarte cuando el rey la tenía ya perdida, y antes de que el socorrido monarca pudiera buscar a sus favorecedores, supieron ocultarse en un bosque, protegidos por el manto de la noche._

Algunos días folgaron en aquella floresta el rey Perión e sus fijos, _y yendo en busca de la nave que había de volverlos a Gaula_, fallaron cabe una fuente una doncella, que a su palafrén a beber daba, vestida ricamente, y encima una capa de escarlata, que con hebillas e ojales de oro se abrochaba, y dos escuderos y dos doncellas con ella, que le traían falcones e canes, con que cazaba; e como ella los vió, conociólos luego en las armas de las sierpes, e fué, faciendo grande alegría, contra ellos; e como llegó, saluólos con mucha homildad, faciendo señas que era muda. Ellos la saluaron, y parecióles muy fermosa, e hobieron mancilla que fuese muda. Ella se llegaba al del yelmo dorado, e abrazábalo y queríale besar las manos; e cuando así una pieza estovo, convidábalos por señas que fuesen aquella noche sus huéspedes en un su castillo, mas ellos no le entendían. Ella fizo seña a sus escuderos que gelo declarasen, e así lo ficieron. Ellos, viendo aquella buena voluntad y que era ya muy tarde, fuéronse con ella a salva fe, y no andovieron mucho, que llegaron a un fermoso castillo, teniendo a la doncella por muy rica, pues que dél era señora; y entrando en él, fallaron gentes que los recibieron homildosamente, y otras dueñas y doncellas, que todas acataban a la muda como a señora; luego les tomaron los caballos, e subieron a ellos a una rica cámara, que sería veinte codos en alto de la tierra, e faciéndolos desarmar, les trajeron ricos mantos que cobriesen; y desque hobieron hablado con la muda y con las otras doncellas, trajéronles de cenar e fueron muy bien servidos, y ellas se fueron a sus aposentamientos; mas no tardó mucho que luego volvieron con muchas candelas e instrumentos acordados para les dar placer, e cuando fué tiempo de dormir dejáronlos e fuéronse. En aquella cámara había tres camas muy ricas, que la doncella muda mandara hacer, e posiéronles sus armas cabe cada cama. Ellos se acostaron e dormieron asosegadamente, como aquellos que trabajados e fatigados andaban, e aunque sus espíritus reposaban, no lo hacían sus vidas, según en el peligroso lazo en que metidos eran, que con mucha causa se puede comparar a las cosas deste mundo; que sabed que aquella cámara era fecha por una muy engañosa arte, que toda ella se sostenía sobre un estello de fierro hecho como husillo de lagar, cerrado en otro de madera que en medio de la cámara estaba, e podíase abajar e alzar por debajo, trayendo una palanca de hierro al derredor; que la cámara no llegaba a pared ninguna; así que, cuando a la mañana despertaron, falláronse en hondón otros veinte codos que en alto estaban cuando en ella entraron.

Los tres caballeros, cuando fueron despiertos e no vieron señal ninguna de claridad, y sentían cómo la gente del castillo sobre ellos andaba, mucho se maravillaron, y levantáronse de los lechos, e buscando a tiento la puerta y las finiestras, falláronlas; pero metiendo las manos por ellas, topaban en el muro del castillo; así que luego conocieron que eran traídos a engaño. Estando con gran pesar de se ver en tal peligro, pareció suso a una finiestra de la cámara un caballero grande y membrudo, y el rostro había medroso, y en la barba e cabeza más cabellos blancos que negros, y vestía paños de duelo, e dijo a una voz alta:

--¿Quién yace allá dentro, que mal seáis albergados? Que, según el gran pesar que me habéis fecho, así fallaréis la mesura y merced, que serán muy crueles e amargas muertes, e aun con esto no seré vengado, según lo que de vos recebí en la batalla del falso rey Lisuarte. Sabed que yo soy Arcalaus el Encantador; si me nunca vistes, agora me conoced; que nunca ninguno me hizo pesar que dél no me vengase, si no es de uno solo, que aun yo cuido tener donde vos estáis.

E la doncella que cabe él estaba dijo:

--Buen tío, aquel mancebo que allí está es el que traía el yelmo dorado.

Y tendió la mano contra Amadís. Cuando ellos esto vieron, que aquel era Arcalaus, fueron en gran pavor de muerte, e por extraña cosa tovieron ver fablar a la doncella muda que los allí trajera.

Arcalaus les dijo:

--Caballeros, yo vos haré ante mí tajar las cabezas, y enviarlas he al rey Arábigo, en alguna emienda de lo que le deservistes.

E tiróse de la finiestra, e mandóla cerrar, e quedó la cámara tan escura, que no se veían unos a otros.

Así como oís pasaron aquel día sin comer e sin beber, y desque Arcalaus cenó e pasó ya parte de la noche, vínose a la finiestra donde ellos estaban, con dos hachas encendidas, e _la sobrina_, e mandóla abrir, e dijo:

--Vos, caballeros que allá yacéis, cuido que comeríades, si toviésedes qué.

--De grado --dijo don Florestán--, si nos lo mandásedes dar.

Él dijo:

--Si en voluntad lo tengo, Dios me la quite; pero porque del todo no quedéis desconsolados, en emienda de la comida os quiero decir unas nuevas. Sabed cómo agora, después que fué noche, vinieron a la puerta del castillo dos escuderos e un enano, que preguntaban por los caballeros de las armas de las sierpes, e mandélos prender y echar en una prisión que ende debajo tenéis. Destos sabré mañana quién sois, o los haré cortar miembro a miembro.

Sabed que esto que Arcalaus les dijo era así verdad; que los de la galea, viendo que tardaban y tenían el tiempo enderezado para navegar, acordaron que los buscasen Gandalín y el Enano e Orfeo, el repostero del Rey, e a éstos tenían en la prisión, como es dicho. Mucho les pesó al Rey e a sus hijos destas nuevas, porque muy peligrosas eran. Dinarda dijo:

--Tío, sostenedles la vida, porque con ella mayor pena sostengan.

--Pues que así os parece, sobrina --dijo él--, yo lo faré.

E díjoles entonces:

--Caballeros, decidme en vuestra fe cuál vos aqueja más, la hambre o la sed.

--Pues que hemos de decir verdad --dijeron ellos--, aunque el comer era más conveniente primero, la sed nos aqueja mucho.

Entonces dijo Arcalaus a una doncella:

--Sobrina, echadles una empanada de tocino, porque no digan que no acorro a su menester.

Y fuése de allí, e todos los otros.

Aquella doncella vió a Amadís tan apuesto, e sabiendo las grandes caballerías que en la batalla hiciera, era mucho movida a piedad dél e de los otros; e luego puso en un cesto un barril de agua e otro de vino e la empanada, e colgándolo por una cuerda, gelo dió, diciendo:

--Tomad esto y tenedme poridad; que si yo puedo, no lo pasaréis mal.

Amadís gelo gradeció mucho, y ella se fué. Con aquello cenaron, e acostáronse en sus camas, e mandaron a sus escuderos, que allí con ellos estaban, que toviesen las armas en tal parte donde las fallasen; que si de hambre no morían, de otra manera ellos venderían bien sus vidas.

Gandalín e Orfeo y el Enano fueron metidos en la prisión que era deyuso de aquel sobrado donde sus señores estaban, e hallaron hi una dueña e dos caballeros; el uno, que era su marido e ya de días, y el otro su fijo, asaz mancebo; e había un año que allí estaban, e fablando unos con otros, dijo Gandalín cómo viniendo en busca de los tres caballeros de las armas de las sierpes, los habían prendido.

--¡Santa María! --dijo el caballero--; sabed que esos que decís fueron en este castillo muy bien recebidos, y estando dormiendo entraron aquí cuatro hombres, e trayendo a derredor esta palanca de hierro que aquí veis, bajaron con ella este sobrado; así que, han recebido gran traición.

Gandalín, que muy avisado era, entendió luego que su señor e los otros estaban allí, y el peligro grande de muerte en que estaban, e dijo:

--Pues que así es, trabajemos nos de lo subir suso; si no, ellos ni nosotros nunca saldremos de aquí; e creed que si ellos se salvan, que nosotros seremos libres.

Entonces el caballero e su fijo de una parte, e Gandalín e Orfeo de la otra, comenezaron a rodear la palanca; así que, el sobrado comenzó luego a subir, y el rey Perión, que no dormía sosegado, más con cuita de sus fijos que de sí, sintiólo luego y despertólos, e díjoles:

--¿Veis cómo el sobrado se alza, no sé por cuál razón?

Amadís dijo:

--Sea por cualquiera, que morir como caballeros o como ladrones gran diferencia es.

E luego saltaron de los lechos, e ficieron a sus escuderos que los armasen, y esperaron qué sería aquello; mas el sobrado fué alzado, a gran afán de los que lo sobían, tanto como era menester; y el rey Perión e sus fijos, que a la puerta estaban, vieron por entre las tablas la claridad, e conocieron que por allí habían entrado; e trabaron della todos tres tan fuerte, que la derribaron e salieron al muro, donde eran los veladores, con tan gran coraje e braveza, que maravilla era, e comenzaron a matar e derribar del muro cuanto fallaban, e decir:

--¡Gaula, Gaula; que nuestro es el castillo!

Arcalaus, que le oyó, fué muy espantado, e cuidando que traición era de alguno de los suyos, que allí había traído sus enemigos, fuyó desnudo a una torre e subió consigo el escalera, que andadiza era; e no se temía de los presos, que aquellos a buen recaudo, a su parecer, estaban; e asomándose a una finiestra, vió a los de las armas de las sierpes andar por el castillo a gran priesa, e aunque los conoció, no osó salir ni bajar a ellos; mas daba voces, diciendo a los suyos que les no temiesen, que no eran más de tres hombres. Algunos de los suyos, que abajo posaban, comenzáronse a armar; mas los tres caballeros, que ya el muro habían de los veladores delibrado, bajaron luego a ellos, que los oyeron, y en poca de hora los pararon tales, así muertos como heridos, que ninguno pareció ante ellos.

Los que estaban en la cárcel, que oyeron lo que se hacía, dieron voces que los acorriesen. Amadís conoció la voz de su enano, que éste y la dueña habían más temor; e fueron luego para los sacar, e así lo ficieron, que a gran fuerza quebrantaron las armellas e abrieron la puerta, por donde salieron, e buscando por las casas bajas que al corral salían, hallaron los caballos suyos e de sus señores e otros de Arcalaus, que dieron al caballero e a su hijo, e un palafrén de _la sobrina_ para la dueña, e sacáronlos todos fuera del castillo, e cuando fueron a caballo mandó el Rey poner fuego a las casas que dentro eran, e comenzó a arder tan bravamente, que todo parecía una llama; el fuego era grande, que daba en la torre.

Entonces se fueron por el camino que allí vinieran a la galea, e subiendo una sierra, vieron las grandes llamas del castillo e las voces de la gente, de manera que hobieron placer; así andovieron fasta ser en el monte alto. Entonces esclareció el día, e vieron ayuso en la ribera la su galea, e fueron para allá, entraron dentro, _y alzando las velas hicieron rumbo a Gaula_.

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LIBRO TERCERO

EL CABALLERO DE LA VERDE ESPADA

CAPÍTULO PRIMERO

LA MUERTE DEL ENDRIAGO

_Durante los años siguientes, Amadís, que por su enojo con el rey Lisuarte no podía volver a la corte de la Gran Bretaña y estaba privado de ver a su amada Oriana, con el nombre del Caballero de la Verde Espada --por una que a gran honra suya había ganado-- anduvo por Alemania, Bohemia y Romania, corriendo siempre los más bravos peligros y realizando descomunales hazañas, tanto que por todas aquellas tierras no había caballero más famoso que el de la Verde Espada._

_Ganó entonces la amistad de un sabio médico, el maestro Elisabat, que desde entonces lo acompañó siempre en sus viajes y más de una vez salvó su vida y las de sus amigos con sus profundos conocimientos en el arte de curar heridas._

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