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Part 5

Chapter 54,431 wordsPublic domain

Entonces hizo un arco a la entrada de una huerta en que árboles de todas naturas había, e otrosí había en ella cuatro cámaras ricas de extraña labor, y era cercada de tal forma, que ninguno a ella podía entrar sino por debajo del arco; encima dél puso una imagen de hombre de cobre, y tenía una trompa en la boca como que quería tañer; e dentro en el un palacio de aquellos puso dos figuras a semejanza suya y de su amiga, tales que vivas parecían, las caras propriamente como las suyas y su estatura, y cabe ellas una piedra jaspe muy clara; e fizo poner un padrón de fierro de cinco codos en alto a un medio trecho de ballesta en un campo grande que ende era, e dijo: “De aquí adelante no pasará ningún hombre ni mujer si hobieren errado a aquellos que primero comenzaron a amar, porque la imagen que vedes tañerá aquella trompa con son tan espantoso a fumo e llamas de fuego, que los fará ser tollidos, e así como muertos serán deste sitio lanzados; pero si tal caballero o dueña o doncella aquí vinieren que sean dignos de acabar esta aventura por la gran lealtad suya, como ya dije, entrarán sin ningún entrévalo, e la imagen hará tan dulce són, que muy sabroso sea de oír a los que lo oyeren; y éstos verán las nuestras imágines, e sus nombres escriptos en el jaspe, que no sepan quién los escribe.” E tomándola por la mano a su amiga, la fizo entrar debajo del arco, e la imagen fizo el dulce són, e mostróle las imágines e sus nombres dellos en el jaspe escriptos. E saliéndose fuera, hobo Grimanesa gana de lo facer probar, e mandó entrar algunas dueñas e doncellas suyas, mas la imagen fizo el espantoso són con gran fumo e llamas de fuego; luego fueron tollidas sin sentido alguno e lanzadas fuera del arco, e los caballeros por el semejante; de que Grimanesa, seyendo cierta sin peligro ser, con mucho placer dellos se reía, gradeciendo mucho a su amado amigo Apolidón aquello que tanto en satisfación de su voluntad había hecho, e luego le dijo:

--Mi señor, pues ¿qué será de aquella rica cámara en que tanto placer y deleite hobimos?

--Agora --dijo él-- vamos allá, e veréis lo que hi faré.

Entonces se fueron donde la cámara era, e Apolidón mandó traer dos padrones, uno de piedra e otro de cobre, y el de piedra hizo poner a cinco pasos de la puerta de la cámara, y el de cobre otros cinco más desviado; e dijo a su amiga:

--Agora sabed que en esta cámara no puede hombre ni mujer entrar en ninguna manera ni tiempo fasta que aquí venga tal caballero que de bondad de armas me pase, ni mujer si a vos de hermosura no pasare; pero si tales vinieren que a mí de armas e a vos de hermosura venzan, sin estorbo alguno entrarán.

E puso unas letras en el padrón de cobre que decían: “De aquí pasarán los caballeros en que gran bondad de armas hobiere; cada uno según su valor, así pasarán adelante.” E puso otras letras en el padrón de piedra que decían: “De aquí no pasará sino el caballero que de bondad de armas a Apolidón pasará.” Y encima de la puerta de la cámara puso unas letras que decían: “Aquel que me pasare de bondad entrará en la rica cámara y será señor desta ínsola; e así llegarán las dueñas e doncellas; así que, ninguna entrará dentro si a vos de hermosura no pasare.” E hizo con su sabidoría tal encantamento, que con doce pasos al derredor ninguno a la cámara llegar podía, ni tenía otra entrada sino por la vía de los padrones que habéis oído, e mandó que en aquella ínsola hobiese un gobernador que la rigiese e cogiese las rentas della, y fuesen guardadas para aquel caballero que ventura hobiese de entrar en la cámara e fuese señor de la ínsola; e mandó que los que falleciesen en lo del arco de los amadores que sin les hacer honra los echasen fuera, e a los que lo acabasen los sirviesen; e dijo más, que los caballeros que la cámara probasen e no podiesen entrar al padrón de cobre, que dejasen allí las armas, e los que algo del padrón pasasen, que no les tomasen sino las espadas, e los que al padrón de mármol llegasen que no les tomasen sino los escudos; e si tales viniesen que deste padrón pasasen e no podiesen entrar, que les tomasen las espuelas; e a las doncellas e dueñas que no les tomasen cosa, salvo que diciendo sus nombres los pusiesen en la puerta del castillo, señalando a do cada una había llegado, e dijo:

--Cuando esta isla hobiere señor se desfará el encantamento para los caballeros, que libremente podrán pasar por los padrones y entrar en la cámara; pero no lo será para las mujeres fasta que venga aquella que por su gran hermosura la aventura acabará, e albergare dentro en la rica cámara con el caballero que el señorío habrá ganado.

Esto así hecho, Apolidón e Grimanesa, dejando a tal recaudo la Ínsola Firme como oído habéis, en sus naos partieron dende e pasaron en Grecia, donde fueron emperadores e hobieron hijos que en el imperio después de sus días sucedieron.

CAPÍTULO SEGUNDO

EL ARCO DE LOS LEALES AMADORES

_Volvamos ahora a Amadís y sus acompañantes que con la doncella y el gobernador, que había salido a recibirlos_, se fueron al castillo por donde toda la ínsola se mandaba, que no era sino aquella entrada, que sería una echadura de arco de tierra firme, todo lo al estaba de la mar rodeado, aunque en la ínsola había siete leguas en largo e cinco en ancho; e por aquello que era ínsola, e por lo poco que de tierra firme tenía, llamáronla Ínsola Firme.

Pues allí llegados, entrando por la puerta, vieron un gran palacio las puertas abiertas e muchos escudos en él, puestos en tres maneras, que bien ciento dellos estaban acostados a unos poyos, e sobre ellos algunos estaban más altos, y en otro poyo sobre los diez estaban dos, y el uno dellos estaba más alto que el otro más de la meitad. Amadís preguntó que por qué los pusieron así, e dijéronle que así era la bondad de cada uno cuyos los escudos eran, que en la cámara defendida quisieron entrar; e los que no llegaron al padrón de cobre estaban los escudos en tierra y los diez que llegaron al padrón estaban más altos, y de aquellos dos el más bajo pasó por el padrón de cobre, mas no pudo llegar al otro; y el que estaba más alzado llegó al padrón de mármol, que no pasó más adelante.

Desque Amadís vió los escudos mucho dudó aquella aventura, pues que tales caballeros no la acabaron. E salieron del palacio e fueron al arco de los leales amadores, y llegando al sitio que la entrada defendía, Agrajes, _que estaba muy enamorado de una gentil doncella llamada Olinda_, se llegó al mármol, y decendiendo de su caballo e encomendándose a Dios, dijo:

--Amor, si vos he sido leal, membradvos de mí.

E pasó el marco, y llegando so el arco, la imagen que encima estaba comenzó un són tan dulce, que Agrajes y todos los que lo oían sentían gran deleite; y llegó al palacio donde las imágines de Apolidón y de Grimanesa estaban, que no les pareció sino propiamente vivas; e miró el jaspe e vió allí dos nombres escriptos, y el suyo.

Entrando Agrajes, como oís, so el arco de los leales amadores, Amadís dió su caballo e sus armas a su escudero Gandalín, e fuése adelante lo más presto que él pudo sin temor ninguno, como aquel que sentía no haber errado a su señora, no solamente por obra, mas por el pensamiento; e como fué so el arco, la imagen comenzó a facer un són mucho más diferenciado en dulzura que a los otros hacía, e por la boca de la trompa lanzaba flores muy fermosas, que gran olor daban, e caían en el campo muy espesas; así que nunca a caballero que allí entrase fué lo semejante hecho, e pasó donde eran las imágines de Apolidón e Grimanesa, e con mucha afición las estovo mirando, paresciéndole muy hermosas e tan frescas como si vivas fuesen.

Don Galaor e Florestán, que de fuera los atendían, viendo que tardaban, acordaron de ir a ver la cámara defendida, _y, llegados a ella, don Florestán_, encomendándose a Dios, e poniendo su escudo delante, e la espada en la mano, fué adelante, y entrando en lo defendido, sintióse herir de todas partes con lanzas y espadas de tan grandes golpes e tan espesos, que le semejaba que ningún hombre lo podría sofrir; mas como él era fuerte e valiente de corazón, no quedaba de ir adelante firiendo con su espada a una e a otra parte, e parescíale en la mano que fería hombres armados, y que la espada no cortaba; así pasó el padrón de cobre y llegó fasta el de mármol, e allí cayó, e no pudo ir más adelante, tan desapoderado de toda su fuerza, que no tenía más sentido que si muerto fuese; e luego fué lanzado fuera del sitio, como lo facían a los otros. Don Galaor, que así lo vió, hobo dél mucho pesar, _pero también él quiso probar la cámara defendida_; tomó sus armas, y encomendándose a Dios, fuése contra la puerta de la cámara, e luego le firieron de todas partes de muy duros e grandes golpes, e con gran cuita llegó al padrón de mármol e abrazóse con él, y detóvose un poco; mas cuanto un paso dió adelante fué tan cargado de golpes, que no lo pudiendo sofrir, cayó en tierra, así como don Florestán, con tanto desacuerdo, que no sabía si era muerto ni si vivo; e luego fué lanzado fuera, así como los otros.

Amadís e Agrajes, que gran pieza habían andado por la huerta, tornáronse a las imágines, e vieron allí en el jaspe su nombre escripto, que decía: “Este es Amadís de Gaula, el leal enamorado, fijo del rey Perión de Gaula.” E así estando leyendo las letras con gran placer, llegó al marco el enano dando voces, e dijo:

--Señor Amadís, acorred, que vuestros hermanos son muertos.

E como esto oyó, salió de allí presto, e Agrajes tras él, y preguntando al enano qué era lo que decía, dijo:

--Señor, probáronse vuestros hermanos en la cámara e no la acabaron, y quedaron tales como muertos.

Agrajes, como era de gran corazón, al mayor paso que pudo se fué con su espada en la mano contra la cámara, firiendo a una e a otra parte; mas no bastó su fuerza de sofrir los golpes que le dieron, e cayó entre el padrón de cobre y el de mármol, e atordido como los otros, lo llevaron fuera.

Amadís comenzó a maldecir la venida que allí ficieran, e díjole a don Galaor, que ya cuasi en su acuerdo estaba:

--Hermano, no puedo excusar mi cuerpo de lo no poner en el peligro que los vuestros.

Galaor lo quisiera detener, mas él tomó presto sus armas e fuése adelante, rogando a Dios que le ayudase; e cuando llegó al lugar defendido paró un poco e dijo:

--¡Oh mi señora Oriana! De vos me viene a mí todo el esfuerzo e ardimiento; membradvos, señora, de mí a esta sazón, en que tanto vuestra sabrosa membranza me es menester.

E luego pasó adelante, e sintióse ferir de todas partes duramente, y llegó al padrón de mármol, e pasando dél, parecióle que todos los del mundo eran a lo ferir, e oía gran ruido de voces como si el mundo se fundiese, e decían:

--Si este caballero tornáis, no hay agora en el mundo otro que aquí entrar pueda.

Pero él con aquella cuita no dejaba de ir adelante, cayendo a las veces de manos, e otras de rodillas; e la espada, con que muchos golpes diera, había perdido de la mano, e andaba colgada de una correa, que no la podía cobrar; así llegó a la puerta de la cámara e vió una mano que le tomó por la suya e lo metió dentro, e oyó una voz que dijo:

--Bien venga el caballero que pasando de bondad a aquel que este encantamento fizo, que en su tiempo par no tovo, será de aquí señor.

Aquella mano le pareció grande e dura, como de hombre viejo, y en el brazo tenía vestida una manga de jamete verde, e como dentro en la cámara fué, soltóle la mano, que no la vió más, y él quedó descansado e cobrado en toda su fuerza, e quitándose el escudo del cuello y el yelmo de la cabeza, metió la espada en la vaina, e gradeció a su señora Oriana aquella honra que por su causa ganara.

[Ilustración]

A esta sazón todos los del castillo, que las voces oyeran de cómo le otorgaban el señorío, y le vieron dentro, comenzaron a decir en alta voz:

--Señor, vemos complido, a Dios loor, lo que tanto deseado teníamos.

Los hermanos, que más acordados eran e vieron cómo Amadís acabara lo que todos habían faltado, fueron alegres por el gran amor que le tenían; e como estaban se mandaron llevar a la cámara, y el gobernador con todos los suyos llegaron a Amadís e por señor le besaron las manos. Cuando vieron las cosas extrañas que dentro de la cámara había de labores e riquezas, fueron espantados de lo ver; mas no era nada con un apartamiento que allí se facía donde Apolidón e su amiga albergaban; que este era de tal forma, que no solamente ninguno podría alcanzar a facerlo, mas ni entender cómo facerse podría; y era de tal forma, que estando dentro, podían ver claramente lo que de fuera se ficiese, e los de fuera por ninguna guisa no verían nada de los de dentro. Allí estovieron todos una gran pieza con gran placer los caballeros, porque en su linaje hobiese tal caballero que pasase de bondad a todos los del mundo presentes e cien años a zaga; los de la Ínsola por haber cobrado tal señor, con quien esperaban ser bienaventurados. Isanjo, el gobernador, dijo a Amadís:

--Señor, bien será que comáis e descanséis, e mañana serán aquí todos los hombres buenos de la tierra e vos harán homenaje, recibiéndovos por señor.

Con esto se salieron, y entrados en un gran palacio, comieron de aquello que aderezado estaba; e folgando aquel día, luego el siguiente vinieron allí asonados todos los más de la ínsola con grandes juegos e alegrías; quedando ellos por sus vasallos, tomaron a Amadís por su señor con aquellas seguridades que en aquel tiempo e tierra se acostumbraban.

CAPÍTULO TERCERO

LOS CELOS DE ORIANA

_Ardián el enano, que, como todos, ignoraba por completo los amores de su señor con Oriana, habíale dicho a la princesa, al tiempo de partir para Sobradisa, que Amadís iba a aquel reino con objeto de casarse con la hermosa niña Briolanja, luego de reponerla en el trono. Oriana, oídas estas palabras, a pesar de las advertencias de Mabilia y de la Doncella de Denamarca, sus consejeras, no pudo menos de escribir la siguiente carta_:

CARTA QUE LA SEÑORA ORIANA ENVÍA A SU AMANTE AMADÍS

“Mi rabiosa queja, acompañada de sobrada razón, da lugar a que la flaca mano declare lo que el triste corazón encobrir no puede contra vos el falso y desleal caballero Amadís de Gaula; pues ya es conoscida la deslealtad e poca firmeza que contra mí, la más desdichada y menguada de ventura sobre todas las del mundo, habéis mostrado, mudando vuestro querer de mí, que sobre todas las cosas vos amaba, poniéndole en aquella que, según su edad, para la amar ni conoscer su discreción basta; e pues otra venganza mi sojuzgado corazón tomar no puede, quiero todo el sobrado y mal empleado amor que en vos tenía apartarlo. ¡Oh qué mal empleé e sojuzgué mi corazón, que en pago de mis sospiros e pasiones, burlada y desechada fuese! E pues este engaño es ya manifiesto, no parezcáis ante mí ni en parte donde yo sea; porque sed cierto que el muy encendido amor que vos había es tornado, por vuestro merescimiento, en muy rabiosa e cruel saña; e con vuestra quebrantada fe e sabios engaños id a engañar otra cativa mujer como yo, que así me vencí de vuestras engañosas palabras, de las cuales ninguna salva ni excusa serán recebidas; antes, sin vos ver, plañiré con mis lágrimas mi desastrada ventura e con ellas daré fin a mi vida, acabando mi triste planto.”

Acabada la carta, cerróla con sello de Amadís muy conocido, e puso en el sobrescrito: “Yo soy la doncella ferida de punta de espada por el corazón, e vos sois el que me feristes.” E fablando en gran secreto con un doncel que Durín se llamaba, hermano de la doncella de Denamarca, le mandó que no holgase fasta _que hallara_ a Amadís, e aquella carta le diese.

_El Doncel, siguiendo los pasos de Amadís, llegó a la Ínsola Firme cuando el caballero tomaba posesión de ella de la gloriosa manera que sabéis, y fué testigo de cómo todos sus moradores le rendían vasallaje. Después procuró verse a solas con el nuevo señor de la isla y le entregó lo que para él traía._

Amadís tomó la carta, e aunque su corazón grande alegría sintiese con ella, temiendo que Durín nada de su secreto sabía, encubrió lo más que pudo; y la tristeza no pudo facer, que habiendo leído las fuertes e temerosas palabras que en ella venían, no bastó el esfuerzo ni el juicio que claramente no mostrase ser llegado a la cruel muerte, con tantas lágrimas, con tantos sospiros, que no parecía sino ser hecho pedazos su corazón, quedando tan desmayado e fuera de sentido, como si el ánima ya de las carnes partida fuera. Durín, que mucho sin sospecha desto estaba, cuando aquello vió, llorando muy fuertemente maldecía a sí e a su ventura e a la muerte porque antes que allí llegase no le había sobrevenido.

Amadís, no podiendo estar en pie, sentóse en la yerba que allí estaba, e tomó la carta que se le había de las manos caído, e cuando vió el sobrescripto, su cuita fué tan sin medida, que por una pieza estuvo amorrecido, de que Durín fué muy espantado; mas seyendo ya él recordado, dijo con gran dolor:

--Señor Dios, ¿por qué vos plugo de me dar muerte sin merescimiento?

E después dijo:

--¡Ay lealtad, qué mal galardón dais a aquel que vos nunca faltó! Fecistes a mi señora que me falleciese, sabiendo vos que antes mil veces por la muerte pasaría que pasar su mandado.

E tornando a tomar la carta, dijo:

--Vos sois la causa de la mi dolorosa fin, e porque más cedo me sobrevenga iréis comigo.

E metióla en su seno e dijo a Durín:

--¿Mandáronte otra cosa que me dijeses?

--No --dijo él.

--Pues llevarás mi mandado --dijo Amadís.

--No, señor --dijo él--; que me defendieron que lo no llevase.

--E Mabilia e tu hermana ¿no te dijeron algo que me dijeses?

--No supieron --dijo Durín-- de mi venida; que mi señora me mandó que dellas la encobriese.

--¡Ay, santa María, valme! --dijo Amadís--; agora veo que la mi desventura es sin remedio.

Entonces dijo a Durín que llamase a Gandalín e Isanjo, el gobernador, e como él vino díjole:

--Quiero que como leal caballero me prometades que fasta mañana, después que mis hermanos oyeren misa, no diréis ninguna cosa de cuanto agora veréis.

Él así lo prometió, e otra tal fianza tomó de aquellos dos escuderos; luego mandó a Isanjo que le ficiese tener secretamente abierta la puerta del castillo, e Gandalín que sacase sus armas e caballo fuera sin que persona lo sintiese.

_A escondidas de todos salió con Isanjo y sus hijos del castillo._ Amadís iba sospirando e gimiendo con tanta angustia e dolor, que los que lo veían eran puestos en dolor en así lo ver; e demandando las armas, se armó, e volviéndose a Gandalín, le tomó entre sus brazos llorando fuertemente; e así lo tuvo una pieza sin que hablar le pudiese, e díjole:

--Mi buen amigo Gandalín, yo e tú fuimos en uno e a una leche criados, e nuestra vida siempre fué de consuno, e yo nunca fuí en afán ni en peligro en que tú no hobieses parte; e tu padre me sacó de la mar tan pequeña cosa como desa noche nacido; e criáronme como buen padre e madre a fijo mucho amado; e tú, mi leal amigo, nunca pensastes sino en me servir; e yo, esperando que Dios me daría alguna honra con que algo de tu merescimiento satisfacer podiese, hame venido esta tan gran desaventura, que por más cruel que la propia muerte la tengo, donde conviene que nos partamos, e yo no tengo qué te dejar sino solamente esta ínsola; e mando a Isanjo e a todos los otros, por el homenaje que me tienen fecho, que tanto que de mi muerte sepan te tomen por señor; e como quiera que este señorío tuyo sea, mando que lo gocen tu padre e madre en sus días, e después a ti libre quede.

Gandalín le dijo:

--Señor, nunca vos cuita hobistes en que de vos yo fuese partido, ni agora lo seré por ninguna cosa; e si vos morierdes, yo no quiero vivir; que después de la vuestra muerte nunca Dios me dé honra ni señorío.

--Cállate, por Dios --dijo Amadís--; no digas tal locura ni me fagas pesar, pues lo nunca feciste, e cúmplase lo que yo quiero.

_Despidióse entonces de todos, abrazándoles y diciéndoles:_

--A Dios vos encomiendo; que nunca pienso de jamás os ver.

E defendiéndoles que en ninguna manera fuesen en pos dél, puso las espuelas a su caballo sin se le acordar de tomar el yelmo ni escudo ni lanza, e metióse muy presto por la espesa montaña, no a otra parte sino adonde el caballo lo quería llevar, e así anduvo hasta más de la media noche sin sentido ninguno, hasta que el caballo topó en un arroyuelo de agua que de una fuente salía, e con la sed se fué por él arriba hasta que llegó a beber en ella; e dando las ramas de los árboles a Amadís en el rostro, recordó en su sentido, e miró a una e otra parte, mas no vió sino espesas matas, e hobo gran placer, creyendo que muy apartado y escondido estaba; e tanto que su caballo bebió apeóse dél, e atándole a un árbol, se asentó en la yerba verde para facer su duelo; mas tanto había llorado, que la cabeza tenía desvanecida; así que se adormeció.

CAPÍTULO CUARTO

EL ERMITAÑO

_Vagó Amadís, sin tomar alimento ni descanso, por lo más escondido de aquellas montañas, hasta que, de allí a dos días, al caer la tarde_, entró en una gran vega que al pie de una montaña estaba, y en ella había dos árboles altos, que estaban sobre una fuente, e fué allá por dar agua a su caballo, que todo aquel día andoviera sin fallar agua; e cuando a la fuente llegó vió un hombre de orden, la cabeza e barbas blancas, e daba beber a un asno, y vestía un hábito muy pobre de lana de cabras. Amadís le saludó, e preguntóle si era de misa; el hombre bueno le dijo que bien había cuarenta años que lo era.

--A Dios merced --dijo Amadís--; agora vos ruego que folguéis aquí esta noche por el amor de Dios, e oírme heis de penitencia, que mucho lo he menester.

--En el nombre de Dios --dijo el buen hombre.

Amadís se apeó e puso las armas en tierra, y desensilló el caballo y dejólo pacer por la yerba, y él desarmóse e fincó los hinojos ante el buen hombre, e comenzóle a besar los pies. El hombre bueno lo tomó por la mano, e alzándolo, lo fizo sentar cabe sí, e vió cómo era el más hermoso caballero que en su vida visto había, pero vióle descolorido, e las faces e los pechos bañados en lágrimas que derramaba, e hobo dél duelo e dijo:

--Decid todos los pecados que se os acordaren.

Amadís así lo fizo, diciéndole toda su facienda, que nada faltó.

El hombre bueno le dijo:

--Según vuestro entendimiento y el linaje tan alto donde venís, no os debríades matar ni perder por ninguna cosa que vos aviniese, cuanto más por fecho de mujeres; e vos consejo que no paréis en tal cosa mientes e vos quitéis de tal locura, que lo fagáis por amor de Dios, a quien no place de tales cosas.

--Buen señor --dijo Amadís--, yo soy llegado a tal punto, que no puedo vivir sino muy poco, e ruégoos por aquel Señor poderoso, cuya fe vos mantenéis, que vos plega de me llevar con vos este poco de tiempo que durare, e habré con vos consejo de mi alma; pues que ya las armas ni el caballo no me facen menester, dejarlo he aquí, e iré con vos de pie, faciendo aquella penitencia que me mandardes.

Y el hombre bueno comenzó de llorar con gran pesar que dél había; así que las lágrimas le caían por las barbas, que eran largas y blancas, e díjole:

--Mi fijo señor; yo moro en un lugar muy esquivo e trabajoso de vivir, que es una ermita metida en la mar bien siete leguas, en una peña muy alta, y es tan estrecha la peña, que ningún navío a ella se puede llegar sino es en el tiempo del verano; e allí moro yo ha treinta años, e quien allí morare conviénele que deje los vicios e placeres del mundo, e mi mantenimiento es de limosnas que los de la tierra me dan.

--Todo eso --dijo Amadís-- es a mi grado, e a mí place de pasar con vos tal vida, esta poca que queda, e ruégovos por amor de Dios que me lo otorguéis.

El hombre bueno gelo otorgó, mucho contra su voluntad, e Amadís le dijo:

--Agora me mandad, padre, lo que faga; que en todo vos seré obediente.

El hombre bueno le dió la bendición, e luego dijo vísperas, e sacando de una alforja pan y pescado, dijo a Amadís que comiese; mas él no lo hacía, aunque pasaran ya tres días que no comiera; él dijo: