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Part 4

Chapter 44,404 wordsPublic domain

Mas agora os contaremos lo que a esta sazón aconteció al Rey. _Lisuarte había salido a la entrada de la floresta por donde eran idos los caballeros que llevaban a Oriana, para impedir que ninguno de los suyos pudiera ir a arrebatársela, que así con aquéllos lo había concertado, cuando_ vió venir la doncella a quien él había el don prometido; e venía en un palafrén que andaba ahína, e traía a su cuello una espada muy bien guarnida, e una lanza con un fierro muy hermoso, e la asta pintada; e llegando al Rey, le dijo:

--Señor, Dios vos salve e dé alegría e corazón que me atengáis lo que me prometistes en Vindilisora ante vuestros caballeros.

--Doncella --dijo el Rey--, yo había más menester alegría de la que tengo; mas, como quier que esto sea, bien me miembra lo que os dije, e así lo compliré.

--Señor --dijo ella--, con esa esperanza vengo yo a vos como al más leal rey del mundo, e agora me vengad de un caballero que va por esta floresta, que mató a mi padre al mayor aleve del mundo y encantóle de tal guisa, que no puede morir si el más honrado hombre del reino de Londres no le da un golpe con esta lanza e otro con esta espada. E yo sé que si por vuestra mano no, que el más honrado sois, por otro no puede ser muerto.

--En el nombre de Dios --dijo el Rey-- yo quiero ir con vos.

E mandó traer sus armas e armóse ahína, e cabalgó en su caballo, que él mucho preciaba, e la doncella le dijo que ciñese la espada que ella traía; y él, dejando la suya, que era la mejor del mundo, tomó la otra y echó su escudo al cuello. E la doncella le llevó el yelmo e la lanza pintada, e fuése con ella, defendiendo a todos que ninguno fuese tan osado que tras él pensase de ir.

E así andovieron un rato por la carrera; mas la doncella gela hizo dejar, e guió por otra parte, cerca de unos árboles e allí vió estar el Rey un caballero todo armado sobre un caballo negro, e al cuello un escudo verde, el yelmo otro tal. La doncella dijo:

--Señor, tomad vuestro yelmo; que vedes allí el caballero que vos dije.

Él lo enlazó luego, e tomando la lanza, dijo:

--Caballero soberbio e de mal talante, agora os guardad.

E abajando la lanza, y el caballero la suya, se dejaron correr contra sí cuanto los caballos los podían llevar, e firiéronse de las lanzas en los escudos; así que luego fueron quebradas, e la del Rey quebró tan ligero, que sólo no la sintió en la mano, e cuidó que fallesciera de su golpe, e puso mano al espada, e el caballero a la suya, e firiéronse por cima de los yelmos, e la espada del caballero entró bien la media por el yelmo del Rey, mas la del Rey quebró luego por cabe la manzana, e cayó el fierro en el suelo. Entonces conoció que era traición, y el caballero le comenzó a dar golpes por todas partes a él e al caballo; e cuando el Rey vió que el caballo le mataba fuése a abrazar con él, y el otro asimismo con él, e tiraron por sí tan fuerte, que cayeron en tierra, y el caballero cayó debajo, y el Rey tomó la espada que el otro perdiera de la mano, e comenzóle a dar con ella los mayores golpes que podía. La doncella, que esto vió, dió grandes voces, diciendo:

--¡Ay, Arcalaus!; acorre, que mucho tardas, e dejas morir tu cohermano.

Cuando el Rey así estaba por matar el caballero, oyó un grande estruendo, e volvió la cabeza e vió diez caballeros que contra él venían corriendo, e uno venía delante, diciendo a grandes voces:

--Rey Lisuarte, muerto eres; que nunca un día reinarás ni tomarás corona en la cabeza.

Cuando esto oyó el Rey fué muy espantado, e temióse de ser muerto, e dijo con gran esfuerzo, que siempre tuvo e tenía:

--Bien puede ser que moriré, pues tanta ventaja me tenéis; mas todos moriréis por mí, como traidores e falsos que sois.

_Atacáronlo todos juntos, y aunque Lisuarte se defendió con bravura e hirió a varios de ellos, acabaron por desarmarlo y echarle_ una gruesa cadena a la garganta, en que había dos ramales, e ficiéronle cabalgar en un palafrén; e tomándole sendos caballeros por los ramales, comenzáronse de ir con él; e llegando entre los árboles, en un valle hallaron a Arcalaus, que tenía a Oriana e a la doncella de Denamarca; y el caballero que iba ante el Rey, dijo:

--Cohermano, vedes aquí el rey Lisuarte.

--Cierto --dijo él--; buena venida fué ésta, e yo haré que nunca dél tema ni de los de su casa.

--¡Ay, traidor! --dijo el Rey--; bien sé yo que harías tú toda traición.

Así movieron todos de consuno por aquella carrera, que se partía en dos lugares, e Arcalaus llamó a un su doncel e díjole:

--Vete a Londres cuanto pudieres, e di a Barsinan que se trabaje de ser rey, que yo le terné lo que le dije; que todo es ya a punto.

El doncel se fué luego, e Arcalaus dijo a su compaña:

--Id vos a Daganel con diez caballeros destos, e llevad a Lisuarte e metedlo en la mi cárcel, e yo llevaré a Oriana con estos cuatro, e mostrarle he donde tengo mis libros e mis cosas en Monte-Aldín.

Este era de los más fuertes castillos del mundo; pues allí fueron partidos los diez caballeros con el Rey, e los cinco con Oriana, en que iba Arcalaus, dando a entender que su persona valía tanto como cinco caballeros.

CAPÍTULO UNDÉCIMO

LA LIBERTAD DE ORIANA

Veniendo Amadís e Galaor por el camino de Londres, siendo a dos leguas de la ciudad, vieron venir a Ardian el enano cuanto más el rocín lo podía llevar. _El cual_ llegó a ellos e contóles todas las nuevas cómo llevaban a Oriana.

--¡Ay, santa María, val! --dijo Amadís--; ¿e por dónde van los que la llevan?

--Cabe la villa es el más derecho camino --dijo el enano.

Amadís firió al caballo de las espuelas, e comenzó de ir cuanto más podía, así tollido, que solamente no podía hablar a su hermano, que iba en pos dél. Así pasaron entrambos cabe la villa de Londres cuanto los caballos los podían llevar, que sólo no cataban por nada, sino Amadís, que preguntaba a los que veía por dónde llevaban a Oriana, y ellos gelo mostraban.

Pasando Gandalín por so las finiestras donde estaba la Reina e otras muchas mujeres, la Reina lo llamó e díjole:

--Di a _tu señor_ e a Galaor que el Rey se fué de aquí hoy en la mañana con una doncella, e no tornó, ni sabemos dónde lo llevó.

Gandalín fuése cuanto más pudo, _hasta reunirse con su señor_. E a poco rato encontraron unos leñadores, e aquellos vieron toda la aventura del Rey e de Oriana; mas no sopieron quién eran, ni a ellos se osaron allegar; antes se escondieron en las matas más espesas, e el uno dellos dijo:

--Caballeros, ¿venís vos de Londres?

--E ¿por qué lo preguntáis? --dijo Galaor.

--Porque si ha de allá caballero menos o doncella --dijo él--; que nos vimos aquí una aventura.

Entonces les dijeron cuanto vieran de Oriana e del Rey, y ellos conocieron luego que el Rey fuera preso a traición; e díjoles Amadís:

--¿Sabéis quién eran, e quién prendió a ese rey?

--No --dijo él--, mas oí a la doncella que lo aquí trajo llamar a grandes voces a Arcalaus.

--¡Ay, Señor Dios! --dijo Amadís--, plega a vos de me juntar con aquel traidor.

Los villanos les fueron mostrar por dónde llevaron los diez caballeros al Rey, e los cinco a Oriana, e dijo el villano:

--El uno de los cinco era el mejor caballero que nunca vi.

--¡Ay! --dijo Amadís--, aquel es el traidor de Arcalaus.

E dijo a Galaor:

--Hermano, señor, id vos en pos del Rey, e Dios guíe a mí e a vos.

E firiendo el caballo de las espuelas, se fué por aquella vía, e Galaor por la que al Rey llevaban, a cuanto más andar podían.

Partido Amadís de su hermano, cuitóse tanto de andar, que cuando el sol se quería poner le cansó el caballo, tanto, que de paso no lo podía sacar; e yendo con mucha congoja, vió a la mano diestra cabe una carrera un caballero muerto, y estaba cabe él un escudero que tenía por la rienda un gran caballo. Amadís se llegó a él e díjole:

--Amigo, ¿quién mató ese caballero?

--Matóle --dijo el escudero-- un traidor que acá va, e lleva las más hermosas doncellas del mundo forzadas; matóle, no por otra razón sino por le preguntar quién eran, e yo no puedo haber quien me ayude a lo llevar de aquí.

Amadís le dijo:

--Yo te dejaré este mi escudero que te ayude, e dame ese caballo; e prométote de darte dos caballos mejores por él.

El escudero gelo otorgó. Amadís subió en el caballo, que era muy hermoso, e partiendo de allí, comenzó de se ir por el camino cuanto podía; e hallóse ya cerca del día en un valle donde vió una ermita, e fué allá por saber si moraba hi alguno; e hallando un ermitaño, le preguntó si pasaran por allí cinco caballeros que llevaban dos doncellas.

--Señor --dijo el hombre bueno--, no pasaron que los yo viese; mas ¿vistes vos un castillo que allá queda?

--No --dijo Amadís--; e ¿por qué lo decís?

--Porque --dijo él-- agora se va de aquí un doncel mi sobrino, que me dijo que albergara hí Arcalaus el Encantador, e traía unas hermosas doncellas forzadas.

--Por Dios --dijo Amadís--, pues ese traidor busco yo.

--Cierto --dijo el ermitaño--, él ha hecho mucho mal en esta tierra; mas ¿no traéis otra ayuda?

--No --dijo Amadís--, sino la de Dios.

--Señor --dijo el ermitaño--, ¿no decís que son cinco, e Arcalaus, que es el mejor caballero del mundo e más sin pavor?

--Sea él cuanto quisiere --dijo Amadís--; que él es traidor e soberbio, e así lo serán los que le aguardan, e por esto no les dudaré. Ruégovos que me hayáis mientes en vuestras oraciones, e mostradme el camino que al castillo guía.

El hombre bueno gelo mostró, e Amadís anduvo tanto, que llegó a él, e vió que había el muro alto e las torres espesas; e llegóse a él, mas no oyó hablar a ninguno dentro, e plúgole, que bien cuidó que Arcalaus no sería aún salido, e anduvo el castillo al rededor, e vió que no había más de una puerta.

Entonces se tiró afuera entre unas peñas, e apeándose del caballo, tomóle por la rienda y estuvo quedo, teniendo siempre los ojos en la puerta, como aquel que no había sabor de dormir. A esta sazón rompía el alba, e cabalgando en su caballo tiróse más afuera por un valle; que hobo recelo, si visto fuese, de poner sospecha que no saldrían los del castillo, cuidando ser más gente, e subió en un otero cubierto de grandes y espesas matas. No tardó mucho que vió salir a Arcalaus e sus cuatro compañeros muy bien armados, y entre ellos la muy hermosa Oriana, e dijo:

--¡Ay, Dios!; agora e siempre me ayude e me guíe en su guarda.

Oriana iba diciendo:

--Amigo señor, ya nunca os veré, pues que ya se me llega la mi muerte.

Amadís decendiendo del otero lo más ahína que él pudo, entró con ellos en un gran campo e dijo:

--¡Ay, Arcalaus traidor!; no te conviene llevar tan buena señora.

Oriana, que la voz de su amigo conoció, estremecióse toda; mas Arcalaus e los otros se dejaron a él correr, y él a ellos, e firió a Arcalaus, que delante venía, tan duramente, que lo derribó en tierra por sobre las ancas del caballo, e los otros le firieron, e dellos fallecieron de sus encuentros; e Amadís pasó por ellos, e tomando muy presto su caballo, firió al señor del castillo, que era uno dellos, de tal guisa que el fierro y el fuste de lanza le salió de la otra parte, e cayó luego muerto, e fué la lanza quebrada. Después metió mano a la espada, e dejóse ir a los otros, e metióse entre ellos tan bravo e con tanta saña, que por maravilla era los golpes que les daba; e así le crecía la fuerza y el ardimiento en andar valiente e ligero, que le parecía, si el campo todo fuese lleno de caballeros, que le no podían durar e defender ante la su buena espada.

Haciendo estas maravillas que oídes, dijo la doncella de Denamarca contra Oriana:

--Señora, acorrida sois, pues aquí es el caballero bienaventurado, e mirad las maravillas que hace.

Oriana dijo entonces:

--¡Ay, amigo! Dios vos ayude e guarde; que no hay otro en el mundo que nos acorra ni más valga.

El escudero que la tenía el rocín, poniéndola en tierra, se fué huyendo cuanto más pudo. Amadís, que entre ellos andaba, trayéndolos a su voluntad, dió al uno un tal golpe en el brazo, que gelo derribó en tierra; éste comenzó de huír, dando voces con la rabia de la muerte, e fué para otro que ya el yelmo de la cabeza le derribara, e hendióle hasta el pescuezo. Cuando el otro caballero vió tal destruición en sus compañeros, comenzó de huír cuanto más podía. Amadís, que movía en pos dél, oyó dar voces a su señora, e tornando presto, vió a Arcalaus, que ya cabalgara, e que tomando a Oriana por el brazo, la pusiera ante sí, e se iba con ella cuanto más podía. Amadís fué en pos dél sin detenencia ninguna, e alcanzólo por aquel gran campo; e alzando la espada por lo herir, sufrióse de le dar gran golpe, que la espada era tal, que cuidó que mataría a él e a su señora; e dióle por cima de las espaldas, que no fué de toda su fuerza; pero derribóle un pedazo de la loriga e una pieza del cuero de las espaldas.

Entonces dejó Arcalaus caer en tierra a Oriana por se ir más ahína, que se temía de muerte; y su caballo comenzó de correr de tal forma, que en poca de hora se alongó gran pieza. Amadís, comoquiera que lo mucho desamase e desease matar, no fué más adelante por no perder a su señora, e tornóse donde ella estaba; e descendiendo de su caballo, se le fué fincar de hinojos delante e le besó las manos, diciendo:

--Agora haga Dios de mí lo que quisiere; que nunca, señora, os cuidé ver.

Ella estaba tan espantada, que le no podía hablar, e abrazóse con él, que gran miedo había de los caballeros muertos que cabe ella estaban. E así estando, como oís, sentado Amadís cabe su señora, que no tenía esfuerzo para se levantar, llegó Gandalín, que toda la noche andoviera, e había dejado el caballero muerto en una ermita, con que gran placer hobieron, _y tomando los caballos de los caballeros vencidos se pusieron todos camino de Londres_.

CAPÍTULO DUODÉCIMO

LAS PROEZAS DE DON GALAOR

Partido don Galaor de Amadís, su hermano, como ya oístes, entró en el camino por donde llevaban al Rey, e cuidóse de andar cuanto más pudo, como aquel que había grande cuita de los alcanzar; e no tenía mientes en cosa que viese sino en su rastro; e así anduvo hasta hora de vísperas, que entró en un valle, e halló en él la huella de los caballos donde habían parado. Entonces siguió aquel rastro cuanto el caballo lo podía llevar, que le pareció que no podían ir lueñe; mas no tardó mucho que vió ante sí un caballero todo bien armado en un buen caballo, que a él salió e le dijo:

--Estad, señor caballero, e decidme qué cuita os hace así correr.

--Por Dios --dijo Galaor--, dejadme de vuestra pregunta, que me detengo con vos, en que mucho mal puede venir.

--¡Por santa María! --dijo el caballero--, no pasaréis de aquí hasta que me lo digáis o vos combatáis comigo.

E Galaor no hacía en esto sino irse; y el caballero del valle le dijo:

--Cierto, caballero, vos fuídes habiendo hecho algún mal, e agora vos guardad, que saberlo quiero.

Entonces fué a él con su lanza bajada, y el caballo al más correr. E Galaor que el caballo más diestro traía, guardóse del encuentro, _echándose a un lado_, e no hacía sino ir adelante cuanto podía andar. El caballero, que su caballo tan presto tener no pudo, cuando tornó vió que Galaor se le había alongado gran pieza, e dijo:

--Si me Dios ayude, no me vos iréis así.

Y él, que sabía bien la tierra, tomó por un atajo e fuésele poner en un paso.

Galaor, que lo vió, mucho le pesó, y el caballero le dijo:

--Cobarde, malo, sin corazón; agora escoged de tres cosas cual quisierdes: o que os combatáis, o vos tornad, o me decid lo que os pregunto.

--De cualquier me pesa --dijo Galaor--, mas no hacéis como cortés, que yo no me tornaré, e si me combatiere, no será a mi placer; mas si queréis saber la priesa que llevo, seguidme y verlo heis, porque me deternía mucho en vos lo contar, e a la cima no me creeríades; tanto es de mala ventura.

--En el nombre de Dios --dijo el caballero-- agora pasad, e dígovos que no iréis este tercero día sin mí.

Galaor pasó adelante, y el caballero en pos dél. _Por el camino toparon con otro caballero, que resultó pariente del que venía siguiendo a don Galaor, a quien dió aquél cuenta de lo que con don Galaor le venía sucediendo, y acordaron irse los dos en su seguimiento._ A esta hora era ya cerca de la noche. Galaor entró en una floresta, e con la noche perdió el rastro, e no sabía a cuál parte ir. Estonces comenzó a pedir merced a Dios que lo guiase e anduvo escuchando de un cabo y de otro por unos valles, mas no oía nada. _Descansó con unos arrieros parte de la noche y al alba_ fuése derecho a un otero alto, e desde allí comenzó de mirar la tierra a todas partes. Estonces los dos cohermanos _que lo seguían_ vieron a Galaor, e conociéronlo en el escudo, e fueron contra él; mas ellos, en moviendo, viéronlo decender del otero cuanto su caballo lo podía llevar, y el _uno_ dijo:

--Ya nos vió e fuye; cierto, yo cuido que por alguna mala ventura anda así fuyendo y encubriéndose; vayamos tras él.

Mas don Galaor, que muy lejos de su cuidar estaba, viera ya pasar los caballeros un paso que a la salida de la floresta había, e los cinco pasaban adelante, e los otros cinco después, y en medio dellos iban hombres desarmados, y él cuidó que aquellos eran los que al Rey llevaban, e fué contra ellos tal como aquel que ya su muerte por salvar la vida ajena tenía ofrecido; e seyendo cerca dellos, vió al Rey metido en la cadena, e hobo dél tal pesar, que no dudando la muerte, se dejó correr a los cinco que delante venían e dijo:

--¡Ay, traidores! Por vuestro mal posistes mano en el mejor hombre del mundo.

E los cinco vinieron contra él; mas él hirió al primero por los pechos en guisa que el fierro con un pedazo de la asta le salió a las espaldas, e dió con él muerto en tierra; e los otros le firieron tan fuerte, que el caballo ficieron con él hinojar, y el uno le metió la lanza por entre el pecho y el escudo, e perdiéndola, la tomó Galaor, e fué herir al otro con ella en la cuxa de la pierna, e falsóle el arnés e la pierna, y entró la lanza por el caballo; así que el caballero fué tollido e allí quebró la lanza, e poniendo mano a la espada vió venir todos los otros contra sí, y él se metió entre ellos tan bravo, que no ha hombre que de verlo no se espantase cómo podía sofrir tantos y tales golpes como le daban; y estando en esta gran priesa y peligro, por ser los caballeros muchos, quísole Dios acorrer con los dos cohermanos que lo seguían, que cuando así lo vieron mucho fueron maravillados de tan gran bondad de caballero, e dijo el que en pos dél iba:

--Cierto, sin razón culpábamos aquél de cobarde, e vámosle socorrer en tan gran priesa.

--¿Quién haría al --dijo el otro-- sino acorrer al mejor caballero del mundo? Y no creáis que tantos hombres acomete sino por algún gran hecho.

[Ilustración]

Entonces se dejaron ir a gran correr de los caballos, e fuéronlos ferir muy bravamente, como aquellos que eran muy esforzados e sabidores de aquel menester, e dígovos que el primero había nombre Ladasín el Esgremidor y el otro don Guilán el Cuidador. A esta sazón había ya menester Galaor mucho su ayuda; que el yelmo había tajado por muchos lugares e abollado, y el arnés roto por todas partes, y el caballo llagado, que cerca andaba de caer; mas por eso no dejaba él de hacer maravillas e dar tan grandes golpes a los que alcanzaba, que a duro lo osaban atender; e cuidaba que si su caballo no le falleciese, que le no durarían, que a la fin no los matase; mas seyendo llegados los dos cohermanos, como ya oístes, estonces se le paraba a él mejor el pleito; que ellos se combatían tan bien e con tan gran esfuerzo, que él se maravilló mucho; e fué tan grande la priesa que les dió, e los cohermanos en su ayuda, que en poca de hora fueron todos muertos e vencidos.

Cuando esto vió el cohermano de Arcalaus dejóse ir al Rey por lo matar; e como los que con él estaban fuyeran todos, él decendiera del palafrén así con su cadena a la garganta, e tomara un escudo e la espada del caballero que primero murió. El otro le quiso ferir por cima de la cabeza. El Rey alzó el escudo, donde rescibió el golpe, e fué tal, que la espada entró por el brocal bien un palmo, e alcanzó con la punta della al Rey en la cabeza, e cortóle el cuero e la carne fasta el hueso; mas el Rey le dió al caballo en el rostro con la espada tal golpe, que la no pudo sacar, y el caballo enarmonóse e fué caer sobre el caballero. Galaor, que ya estaba a pie, porque el su caballo no se podía mudar, e iba por socorrer al Rey, fué para el caballero por le tajar la cabeza, y el Rey dió voces que le no matase. Los dos cohermanos que fueran tras un caballero que se les iba e lo habían muerto, cuando volvieron e vieron al Rey mucho fueron espantados; que de su prisión no sabían ninguna cosa, e decendieron ahína, e tirados los yelmos, fueron fincar los hinojos ante él, y él los conoció, e levantándolos por las manos, dijo:

--Por Dios, amigos, en buena hora me acorristes.

Don Galaor sacó al primo de Arcalaus de so el caballo, e quitando la cadena al Rey, la puso a él; e tomaron de los caballos de los caballeros muertos e comenzáronse de ir camino de Londres muy alegres, _donde también había fracasado totalmente la intriga de Arcalaus, costándole la vida a Barsinan_.

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LIBRO SEGUNDO

BELTENEBRÓS

CAPÍTULO PRIMERO

LA ÍNSOLA FIRME

_De allí a algún tiempo, regresando Amadís con Agrajes, don Galaor y don Florestán, hijo también del rey Perión de Gaula, de restablecer en el trono del reino de Sobradisa a la hermosa niña Briolanja, que traidoramente había sido desposeída de él por un pariente suyo, hallaron en despoblado una doncella, acompañada de criadas y escuderos_, la cual les preguntó adónde era su camino. Amadís le dijo:

--Doncella, a casa del rey Lisuarte imos, e si allá vos place ir, acompañar vos hemos.

--Mucho vos lo agradezco --dijo ella--, mas yo voy a otra parte, e porque vos vi andar así armados como los caballeros que las aventuras demandan, acordé de os atender si querría ir alguno de vosotros a la Ínsola Firme por ver las extrañas cosas e maravillas que hí son, que yo allá voy, e soy fija del gobernador que agora la ínsola tiene.

--¡Oh santa María! --dijo Amadís--; por Dios, muchas veces oí decir de las maravillas de esa ínsola, et por dichoso me ternía de las ver, e hasta agora no se me aparejó.

--Buen señor, no os pese por lo haber tardado --dijo ella--, que otros muchos tovieron ese deseo, e cuando lo pusieron en obras no salieron de allí tan alegres como entraron.

--Verdad decís --dijo él--, según lo que dende he oído; mas decidme: ¿Rodearíamos mucho de nuestro camino si por ende fuésemos?

--Rodearíades dos jornadas --dijo la doncella.

Entonces movieron todos cuatro juntos con la doncella camino de la Ínsola Firme.

_El sabio Apolidón, hijo de un rey de Grecia, había vivido allí largos años en la mayor felicidad, con su esposa Grimanesa. Al cabo, siendo él elegido emperador, hubieron de dejar, con gran pena, la ínsola en que tan dichosos habían sido, tan bellos edificios habían hecho y tan grandes riquezas habían acumulado; mas Grimanesa_, habiendo gran mancilla que una cosa tan señalada como lo era aquella ínsola, donde tales y tan grandes cosas quedaban, poseída por aquel su grande amigo, el mejor caballero en armas que en el mundo se hallaba, e por ella, que por el semejante sobre todas las de su tiempo su gran hermosura loada era; e junto con esto ser amados de sí mesmos en la mesma perfeción que del amor alcanzar se puede, rogó a Apolidón que antes de su partida dejase allí, por su gran saber, cómo en los venideros tiempos aquel lugar señoreado no fuese sino por persona que así en fortaleza de armas como en lealtad de amores y de sobrada fermosura a ellos entrambos pareciese.

Apolidón le dijo:

--Mi señora, pues que así os place, yo lo haré de guisa que de aquí ningún señor ni señora ser pueda sino aquellos que más señalados en lo que habéis dicho sean.