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Part 3
_Don Galaor, por su parte, seguía recorriendo también aquella comarca sin querer presentarse ante su heroico hermano hasta que el número y fama de sus hazañas lo hubieran hecho digno de ello._
_Cierto día, un caballero le robó su caballo, mediante vil engaño, y cuando don Galaor iba en su seguimiento, ardiendo en deseos de venganza, topó con una doncella que le prometió llevarle ante su burlador si le ofrecía cumplirle un don que había de demandarle más tarde, sin que por el momento le explicara en lo que había de consistir. Mas esta doncella era amiga del caballero, y quería llevar a don Galaor a su poder para que, tomándolo de improviso, además del caballo le quitara las armas, dejándolo así totalmente burlado. Sin embargo, no fueron las cosas tal como ella pensaba: don Galaor dió muerte al falso caballero, y la doncella, en su desesperación, juró no apartarse del matador hasta encontrar tal ocasión para pedirle el don que le tenía prometido, que no pudiera menos de perder la vida en la demanda o quedar por falso y traidor._
_Cierta vez, atravesaba un bosque Amadís_ y el Enano iba delante, e por el camino que ellos iban venía un caballero e una doncella; e siendo cerca del caballero, puso mano a su espada, e dejóse correr al Enano por le tajar la cabeza.
El Enano, con miedo, dejóse caer del rocín, diciendo:
--Acorredme, señor, que me matan.
Amadís, que lo vió, corrió muy ahína e dijo:
--¿Qué es eso, señor caballero? ¿Por qué me queréis matar mi enano? No pongáis mano en él, que amparar os lo he yo.
--De vos lo amparar --dijo el caballero-- me pesa; mas todavía conviene que la cabeza le taje.
--Antes habréis la batalla --dijo Amadís; e tomando sus armas, cubiertos de sus escudos, movieron contra sí al más correr de sus caballos, y encontráronse en los escudos tan fuertemente, que los falsaron, e las lorigas también, e juntáronse los caballos y ellos de los cuerpos e de los yelmos, de tal guisa, que cayeron a sendas partes grandes caídas; pero luego fueron en pie, e comenzaron la batalla de las espadas tan cruel e tan fuerte, que no había persona que la viese que dello no fuese espantado, e así lo era el uno del otro, que nunca fasta allí hallaron quien en tan gran estrecho sus vidas pusiese.
Así anduvieron, hiriéndose de muy grandes y esquivos golpes una gran pieza del día; tanto que sus escudos eran rajados e cortados por muchas partes; e asimismo lo eran los arneses, en que ya muy poca defensa en ellos había, e las espadas tenían mucho lugar de llegar a menudo e con daño de sus carnes, pues los yelmos no quedaban sin ser cortados e abollados a todas partes. Pues estando en esta gran priesa que oís, llegó acaso un caballero todo armado donde la doncella estaba, e como la batalla vió, comenzóse a santiguar, diciendo que desque nasciera nunca había visto tan fuerte lid de dos caballeros; e preguntó a la doncella si sabía quién fuesen aquellos caballeros.
--Sé --dijo ella--; que yo los fize juntar, e no me puedo ende partir sino alegre; que mucho me placería de cualquiera dellos que muera, e mucho más de entrambos.
--Cierto, doncella --dijo el caballero--, no es ese buen deseo ni placer; antes es de rogar a Dios por tan buenos dos hombres; mas decidme por qué los desamáis tanto.
--Eso vos diré --dijo la doncella--; aquel que tiene el escudo más sano es el hombre del mundo que más desama Arcalaus, mi tío, e de quien más desea la muerte, e ha nombre Amadís; y este otro con quien se combate se llama Galaor, e matóme el hombre del mundo que yo más amaba; e teníame otorgado un don, e yo andaba por gelo pedir donde la muerte le viniese; e como conocí al otro caballero, que es el mejor del mundo, demandéle la cabeza de aquel enano. Así que, este Galaor que muy fuerte caballero es, por me la dar, y el otro por la defender, son llegados a la muerte, de que yo gran gloria e placer recibo.
El caballero, que esto oyó, dijo:
--Mal haya mujer que tan gran traición pensó para facer morir los mejores dos caballeros del mundo.
E sacando su espada de la vaina, _la mató e_ fué cuanto el caballo llevarle pudo, dando voces, diciendo:
--Estad, señor Amadís; que ese es vuestro hermano don Galaor, el que vos buscáis.
Cuando Amadís lo oyó, dejó caer la espada y el escudo en el campo, e fué contra él, diciendo:
--¡Ay, hermano! Buena ventura haya quien nos fizo conocer.
Galaor dijo:
--¡Ay, cativo malaventurado! ¿Qué he fecho contra mi hermano e mi señor?
E hincándosele de hinojos delante, le demandó llorando perdón. Amadís lo alzó e abrazólo, e dijo:
--Mi hermano, por bien empleado tengo el peligro que con vos pasé, pues que fué testimonio que yo probase vuestra tan alta proeza e bondad.
Entonces se desenlazaron los yelmos por folgar, que muy necesario les era, y el caballero les dijo:
--Señores, mal llagados sois; ruégoos que cabalguéis, e nos vamos a un mi castillo, que es aquí cerca, e guareceréis de vuestras feridas.
CAPÍTULO SÉPTIMO
EL MANTO Y LA CORONA
_El enano, mandado por Amadís, llevó noticia a la Corte de cómo había sido encontrado don Galaor y de que era conforme en ser de los caballeros que servían a Lisuarte._ El Rey fué muy alegre, teniendo en voluntad de fazer cortes las más honradas e de más caballeros que nunca en la Gran Bretaña se hicieran, y mandó apercebir a todos sus altos hombres que fuesen con él el día de Santa María de septiembre a las cortes, e la Reina asimismo a todas las dueñas e doncellas de gran guisa.
_Mas es de saber que había en la Gran Bretaña un temible mago llamado Arcalaus el Encantador, cuyo nombre hemos oído en el capítulo precedente, el cual, consagrado siempre a malas obras, habíase propuesto desposeer del reino a Lisuarte, para lo cual, la de aquellas Cortes parecióle ocasión excelente y comenzó a tender las redes en que debían quedar presos el Rey y sus bravos caballeros._
Pues siendo todos en el palacio, con gran alegría hablando en las cosas que en las Cortes se habían de ordenar, acaeció de entrar en el palacio una doncella extraña asaz bien guarnida, e un gentil doncel que la acompañaba; e decendiendo de un palafrén, preguntó cuál era el Rey; él dijo:
--Doncella, yo soy.
--Señor --dijo ella--, bien semejáis rey en el cuerpo, mas no sé si lo seréis en el corazón.
--Doncella --dijo él--, esto vedes vos agora, e cuando en lo otro me probardes saberlo heis.
--Señor --dijo la doncella--, a mi voluntad respondéis, e miémbreseos esta palabra que me dais ante tantos hombres buenos, porque yo quiero probar el esfuerzo de vuestro corazón cuando me fuere menester, e a Dios seáis encomendado.
--A Dios vayáis, doncella --dijo el Rey.
La doncella se fué su vía, e el Rey quedó fablando con sus caballeros. Pues habiendo en muchas cosas hablado, queriéndose la Reina acoger a su palacio, entraron por la puerta tres caballeros, los dos armados de todas armas, y el uno desarmado, y era grande e bien fecho, e la cabeza casi toda cana; pero fresco e fermoso, según su edad. Este traía ante sí una arqueta pequeña, e preguntó por el Rey, e mostrárongelo; e decendió de su palafrén, e fincando los hinojos ante él, con el arqueta en sus manos, díjole:
--Dios os salve, Señor, así como al príncipe del mundo que mejor promesa ha fecho, si la tenedes.
El Rey dijo:
--Y ¿qué promesa es esta, o por qué me lo decís?
--A mí dijeron --dijo el caballero-- que queríades mantener caballería en la mayor alteza e honra que ser pudiese. E porque oí decir que queríades tener cortes en Londres de muchos hombres buenos, tráigovos aquí lo que para tal hombre como vos a tal fiesta conviene.
Entonces, abriendo el arqueta, sacó de ella una corona de oro tan bien obrada e con tantas piedras e aljófar, que fueron muy maravillados todos en la ver. El Rey la cataba mucho, con sabor de la haber para sí, y el caballero le dijo:
--Creed, señor, que esta obra es tal, que ninguno de cuantos hoy saben labrar de oro e poner piedras no la sabrían mirar.
--Si me Dios ayude --dijo el Rey--, yo lo tengo así.
--Pues comoquiera --dijo el caballero-- que su obra e hermosura sea tan extraña, otra cosa en sí tiene que mucho más es de preciar; y esto es que siempre el Rey que en su cabeza la pusiere será mantenido e acrecentado en su honra, e si vos, señor, la quisierdes haber, dárvosla he por cosa que será reparo de mi cabeza, que la tengo en aventura de perder.
La Reina, que delante estaba, dijo:
--Cierto, señor, mucho vos conviene tal joya como esa, e dad por ella todo lo que el caballero pidiere.
--E vos, señora --dijo--, comprarme hedes un muy hermoso manto que aquí traigo.
--Sí --dijo ella--, muy de grado.
Luego sacó de la arqueta un manto el más rico e mejor obrado que se nunca vió, que demás de las piedras e aljófar de gran valor que en él había, eran en él figuradas todas las aves e animalias del mundo, tan sotilmente, que por maravilla lo miraban.
La Reina dijo:
--Si Dios me vala, amigo, parece que este paño no fué por otra mano fecho sino por la de aquel Señor que todo lo puede.
--Cierto, señora --dijo el caballero--; bien podéis creer sin falla que por mano e consejo del hombre fué este paño hecho; e aun más vos digo, que conviene este manto más a mujer casada que a soltera; que tiene tal virtud, que el día que lo cobijare no puede haber entre ella e su marido ninguna congoja.
--Cierto --dijo la Reina--, si ello es verdad, no puede ser comprado por precio ninguno.
--Desto no podéis ver la verdad si el manto no hobierdes --dijo el caballero.
E la Reina, que mucho al Rey amaba, hobo sabor de haber el manto, e dijo:
--Caballero, daros he yo por ese manto lo que quisierdes.
Y el Rey dijo:
--Demandad por el manto e por la corona lo que vos pluguiere.
--Señor --dijo el caballero--, yo vo a gran cuita emplazado de aquel cuyo preso soy, e no tengo espacio para me detener ni para saber cuánto estas donas valen; mas yo seré con vos en las cortes de Londres, y entre tanto quede a vos la corona e a la Reina el manto, por tal pleito, que por ello me deis lo que vos yo demandare, o me lo tornéis, e habréislo ya ensayado e probado.
El Rey dijo:
--Caballero, agora creed que vos habréis lo que demandardes, o el manto e la corona.
El caballero dijo:
--Señores caballeros e dueñas, ¿oís vos bien esto que el Rey e la Reina me prometen, que me darán mi corona e mi manto, o aquello que les yo pidiere?
--Todos lo oímos --dijeron ellos.
Entonces se despidió el caballero e dijo:
--Adiós quedéis, que yo voy a la más esquiva prisión que nunca hombre tuvo.
Así se fueron todos tres, quedando en poder del Rey el manto e la corona.
CAPÍTULO OCTAVO
LAS CORTES DE LONDRES
Con acuerdo de Amadís e Galaor, _que ya eran llegados, de_ Agrajes, e de otros preciados caballeros de su corte, ordenó _el Rey_ que dentro de cinco días todos los grandes de sus reinos en Londres, que a la sazón como un águila encima de lo más de la Cristiandad estaba, a cortes viniesen, como de antes lo había pensado e dicho, para dar orden en las cosas de la caballería.
Partió el rey Lisuarte de Vindilisora con toda la caballería, e la Reina con sus dueñas e doncellas, a las cortes; la gente pareció en tanto número, que por maravilla se debría contar. Había entre ellos muchos caballeros mancebos ricamente armados e ataviados, e muchas infinitas hijas de reyes, e otras doncellas de gran guisa, que dellos muy amadas eran, por las cuales grandes justas e fiestas por el camino hicieron. El Rey había mandado que le llevasen tiendas e aparejos, porque no entrasen en poblado, e se aposentasen en las vegas cerca de las riberas e fuentes, de que aquella tierra muy bastada era. Así por todas las vías se les aparejaba la más alegre e más graciosa vida que nunca fasta allí tuvieran; y llegaron a aquella gran ciudad de Londres, donde tanta gente hallaron, que no parecía sino que todo el mundo allí asonado era. El Rey e la Reina con toda su compaña fueron a descabalgar en sus palacios, e allí en una parte dellos mandó posar a Amadís e a Galaor e Agrajes e otros algunos de los más preciados caballeros, e las otras gentes en muy buenas posadas, que los aposentadores del Rey de antes les habían señalado. Así holgaron aquella noche e otros dos días con muchas danzas e juegos, que en el palacio e fuera en la ciudad se ficieron; en los cuales Amadís e Galaor eran de todos tan mirados, e tanta era la gente que por los ver acudían donde ellos andaban, que todas las calles eran ocupadas.
A estas cortes que oís vino un gran señor, más en estado e señorío que en dignidad de virtudes, llamado Barsinan, señor de Sansueña, no porque vasallo del rey Lisuarte fuese, ni mucho su amigo ni conocido, mas por lo que agora oiréis. Sabed que estando este Barsinan en su tierra, llegó ahí Arcalaus el Encantador, e díjole:
--Barsinan, señor, si tú quisieses, yo daría orden como fueses rey sin que gran afán ni trabajo en ello hobiese.
--Cierto --dijo Barsinan-- de grado tomaría yo cualquier trabajo que ende venir me pudiese, con tal que rey pudiese ser.
--Tú respondes como sesudo --dijo Arcalaus--e yo haré que lo seas, si creerme quisieres y me ficieres pleito que me farás tu mayordomo mayor, e no me lo quitarás todo el tiempo de mi vida.
--Eso faré yo muy de grado --dijo Barsinan--; e decidme por cuál guisa se puede hacer lo que me decís.
--Yo os lo diré --dijo Arcalaus--. Id vos a la primera corte que el rey Lisuarte ficiere, e llevad gran compaña de caballeros; que yo prenderé al rey en tal forma que de ninguno de los suyos pueda ser socorrido; e aquel día habré a su fija Oriana, que vos daré por mujer; y en cabo de cinco días enviaré a la corte del rey su cabeza. Entonces punad vos por tomar la corona del rey, que siendo él muerto, e su hija en vuestro poder, que es la derecha heredera, no habrá persona que vos contrariar pueda.
--Cierto --dijo Barsinan--; si vos eso hacéis, yo vos haré el más rico e poderoso hombre de cuantos comigo fueren.
--Pues yo haré lo que digo --dijo Arcalaus.
Por esta causa que oís vino a la corte este gran señor de Sansueña, Barsinan, al cual el rey salió con mucha compaña a lo recebir, creyendo que con sana e buena voluntad era su venida; e mandóle aposentar, e a toda su compaña, e darle las cosas todas que menester hobiesen; mas dígovos que viendo él tan gran caballería, e sabido el leal amor que al rey Lisuarte habían, mucho fué arrepentido de tomar aquella empresa, creyendo que a tal hombre ninguna adversidad le podía empecer. E hablando con el Rey, le dijo:
--Rey, yo oí decir que hacíades estas grandes cortes, e vengo ahí por vos hacer honra; que yo no tengo tierra de vos, sino de Dios, que a mis antecesores e a mí libremente dió.
--Amigo --dijo el Rey--, yo os lo agradezco mucho.
Otro día de mañana vistió el Rey sus paños reales, cuales para tal día le convenían, e mandó que le trajesen la corona que el caballero le dejara, y que dijesen a la Reina que se vistiese el manto. La Reina abrió el arqueta, en que todo estaba, con la llave que ella siempre en su poder tovo, e no halló ninguna cosa dello, de que muy maravillada fué, e comenzóse de santiguar y enviólo decir al Rey; e cuando lo supo, mucho le pesó, pero no lo mostró así ni lo dió a entender; e fuese para la Reina, e sacándola aparte, díjole:
--Dueña, ¿cómo guardastes tan mal cosa que tanto a tal tiempo nos convenía?
--Señor --dijo ella-- no sé qué diga en ello, sino que el arqueta hallé cerrada; e yo he tenido la llave, sin que de persona la haya fiado; pero dígovos tanto, que esta noche me pareció que vino a mí una doncella, e díjome que le mostrase el arqueta, e yo en sueños gela mostraba, y demandábame la llave, e dábagela, y ella abría el arqueta e sacaba della el manto e la corona, e tomando a cerrar, ponía la llave en el lugar que ante estaba, e cobríase el manto e ponía la corona en la cabeza, pareciéndole tan bien, que muy gran sabor sentía yo en la mirar; e decíame: “Aquel y aquella cuyo será, reinará ante de cinco días en la tierra del poderoso que se agora trabaja de la defender e de ir conquistar las ajenas tierras.” Y desapareció ante mí, llevando la corona y el manto; pero dígovos que no puedo entender si esto me avino en sueños o en verdad.
[Ilustración]
El Rey lo tovo por gran maravilla e dijo:
--Agora vos dejad ende y no lo habléis con otro.
Y saliendo ambos de la tienda, se fueron a la otra, acompañados de tantos caballeros y dueñas e doncellas, que por maravilla lo toviera cualquiera que lo viese, y sentóse el Rey en una muy rica silla, e la Reina en otra algo más baja, que en un estrado de paños de oro estaban puestas; e a la parte del Rey se pusieron los caballeros, y de la Reina sus dueñas e doncellas, e los que más cerca del Rey estaban eran cuatro caballeros que él más preciaba; el uno Amadís y el otro Galaor, e Agrajes e Galvanes Sintierra.
CAPÍTULO NOVENO
LOS ARDIDES DE ARCALAUS
Con tal compaña estando el rey Lisuarte, en tanto placer como oídes, queriendo ya la fortuna comenzar su obra con que aquella gran fiesta en turbación puesta fuese, entró por la puerta del palacio una doncella asaz hermosa, cubierta de luto, e fincando los hinojos ante el Rey, le dijo:
--Señor, todos han placer, sino yo sola, que he cuita e tristeza, e la no puedo perder sino por vos.
--Amiga --dijo el Rey--, ¿qué cuita es esa que habéis?
_Entonces la doncella refirió, llorando, que su padre sufría injusta prisión de que sólo podían hacerle libre los dos mejores caballeros del mundo. Tanto impresionaron sus palabras y lágrimas a la Reina y al Rey, que le dieron a don Galaor y a Amadís para que fueran a libertar al prisionero, ya que otros mejores caballeros en parte alguna se podrían hallar._
_Armados éstos_ e despedidos del Rey e de sus amigos, entraron en el camino con la doncella. Así andovieron por donde la doncella los guiaba fasta ser medio día pasado, que entraron en la floresta que Malaventurada se llamaba, porque nunca entró en ella caballero andante que buena dicha ni ventura hobiese; e tanto que alguna cosa comieron de lo que sus escuderos levaban, tornaron a su camino fasta la noche, que facía luna clara. La doncella se aquejaba mucho, e no facía sino andar.
Amadís le dijo:
--Doncella, ¿no queréis que folguemos alguna pieza?
--Quiero --dijo ella--; mas será adelante, donde hallaremos unas tiendas con tal gente, que mucho placer vuestra vista les dará.
_Siguieron caminando y llegaron, en efecto, a unas tiendas donde, a pretexto de que descansaran, desarmaron a los caballeros, y ya sin armas, estando separados Amadís y don Galaor, cada cual en tienda diferente, cayó sobre ellos una gran partida de gentes de guerra, que al cabo de descomunal combate lograron dominarlos y prenderlos. Los llevaron amarrados, los días siguientes, hacia el lugar donde pensaban darles muerte; pero Galaor, a fuerza de astucia y malicia, consiguió librarse de sus cadenas y libertar a su hermano, tras lo cual y a más andar, retornaron los dos por el camino de Londres._
Estando el rey Lisuarte e la reina Brisena, su mujer, en sus tiendas con muchos caballeros e dueñas e doncellas, al cuarto día que de allí partieran Amadís e don Galaor, su hermano, entró por la puerta el caballero que el manto e la corona le dejara, como ya oístes; e fincando los hinojos ante el Rey, le dijo:
--Señor, ¿cómo no tenéis la fermosa corona que yo vos dejé, e vos, señora, el rico manto?
El Rey se calló, que ninguna respuesta le quiso dar, y el caballero dijo:
--Mucho me place que os no pagastes della, pues que me quitarán de perder la cabeza o el don que por ello me habíades a dar; e pues así es, mandádmelo dar, que no me puedo detener en ninguna guisa.
Cuando esto oyó _el rey_, pesóle fuertemente e dijo:
--Caballero, el manto ni la corona no os lo puedo dar, que lo he todo perdido; mas me pesa por vos, que tanto os hacía menester, que por mí, aunque mucho valía.
--¡Ay, cativo! Muerto so --dijo el caballero.
E comenzó a hacer un duelo tan grande, que maravilla era, diciendo:
--¡Cativo de mí sin ventura! Muerto soy de la peor muerte; que nunca murió caballero que la tan poco mereciese.
E caíanle las lágrimas por las barbas, que eran blancas como la lana blanca. El Rey hobo dél gran piedad e díjole:
--Caballero, no temáis de vuestra cabeza; que toda cosa que yo haya vos la habréis para la guarecer; que así os lo he prometido e así lo terné.
El caballero se le dejó caer a sus pies para gelos besar, mas el Rey lo alzó por la mano e dijo:
--Ahora pedid lo que os placerá.
--Señor --dijo él--, verdad es que me hobistes a dar mi manto e mi corona, o lo que por ello vos pidiese; e Dios sabe, señor, que mi pensamiento no era demandar lo que agora pediré; e si otra cosa para mi remedio en el mundo hobiese, no os enojaría en ello; mas no puedo hi al hacer. A vos pesará de me lo dar, e a mí de lo recebir.
--Agora demandad --dijo el Rey--; que tan cara cosa no será que yo haya que la vos no hayades.
Entonces el caballero dijo:
--Señor, yo no podría ser quito de muerte sino por mi corona e mi manto, o por vuestra fija Oriana; e agora me dad dello lo que quisierdes; que yo más querría lo que os di.
--¡Ay, caballero! --dijo el Rey--, mucho me habéis pedido.
E todos hobieron muy gran pesar, que más ser no podía; pero el Rey, que era el más leal del mundo, dijo:
--No vos pese; que más conviene la pérdida de mi hija que falta de mi palabra, porque lo uno daña a pocos e lo otro al general.
E mandó que luego le trajesen allí su fija.
Cuando la Reina e las dueñas e doncellas esto oyeron comenzaron a fazer el mayor duelo del mundo; mas el Rey las mandó acoger a sus cámaras, e mandó a todos los suyos que no llorasen, so pena de perder su amor. En esto llegó la muy fermosa Oriana ante el Rey como atónita, y cayéndole a los pies, le dijo:
--Padre, señor, ¿qué es esto que queréis facer?
--Fágolo --dijo el Rey-- por no quebrar mi palabra.
E dijo contra el caballero:
--Veis aquí el don que pedistes; ¿queréis que vaya con ella otra compaña?
--Señor --dijo el caballero--, no traigo comigo sino dos caballeros e dos escuderos, aquellos con que vine a vos a Vindilisora, e otra compaña no puedo llevar; mas yo vos digo que no ha de qué temer fasta que la yo ponga en la mano de aquel a quien la he de dar.
--Vaya con ella una doncella --dijo el Rey-- si quisierdes, porque más honra e honestidad sea, e no vaya entre vos sola.
El caballero lo otorgó.
Cuando Oriana esto oyó cayó amortecida; mas esto no hobo menester, que el caballero la tomó entre sus brazos, e llorando, que parecía hacerlo contra su voluntad, e dióla a un escudero que estaba en un rocín muy grande e mucho andador; e poniéndola en la silla, se puso él en las ancas, e dijo el caballero:
--Tenedla, no caya, que va tollida; e Dios sabe que en toda esta corte no ha caballero que más pese que a mí deste hecho.
Y el Rey fizo venir la doncella de Denamarca e mandóla poner en un palafrén, e dijo:
--Id con vuestra gran señora, e no la dejéis por mal ni por bien que vos avenga en cuanto con ella os dejaren.
--¡Ay, cativa! --dijo ella--, nunca cuidé hacer tal ida.
E luego movieron ante el Rey; y _uno de los_ caballeros _que_ muy membrudo _era_, tomó a Oriana por la rienda; e sabed que este era Arcalaus el Encantador; e al salir del corral sospiró Oriana muy fuertemente, como si el corazón se le partiese, e dijo así como tollida:
--¡Ay, buen amigo!, por esto somos vos e yo muertos.
Mabilia, que a unas finiestras estaba haciendo muy grande duelo, vió cerca del muro pasar a Ardian, el enano de Amadís, que iba en un gran rocín e ligero, e llamólo con gran cuita que tenía, e dijo:
--Ardian, amigo, si amas a tu señor, no huelgues día ni noche hasta que lo falles e le cuentes esta mala ventura que aquí es fecha; e si lo no faces, serle-ías traidor; que es cierto que él lo querría agora más saber que haber esta cibdad por suya.
--¡Por santa María! --dijo el enano--, él lo sabrá lo más ahína que ser pudiere.
E dando del azote al rocín, se fué por el camino que viera ir a su señor a más andar.
CAPÍTULO DÉCIMO
LA PRISIÓN DEL REY