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Part 2
_Había ya en la Corte de Languines, con secreta alegría de Oriana, noticia de las primeras hazañas del Doncel del Mar, cuando_ llegaron tres naos, en que venía _un mensajero del rey Lisuarte_, con cient caballeros e dueñas e doncellas para llevar a Oriana. El rey Languines los acogió bien. El _mensajero_ le dijo el mandado del Rey su señor, cómo enviaba por su hija, y demás desto, que le rogaba enviase con Oriana a Mabilia, su fija, que así como ella misma sería tratada e honrada a su voluntad. El Rey fué muy alegre dello, e ataviólas muy bien, e tovo al caballero e a las dueñas e doncellas en su corte algunos días, faciéndoles muchas fiestas y mercedes, e fizo aderezar otras naves, e bastecerlas de las cosas necesarias; e hizo aparejar caballeros e dueñas e doncellas, las que le pareció que convenían para tal viaje.
Oriana, que vió que este camino no se podía excusar, acordó de recoger sus joyas, e andándolas recogiendo, vió la cera que tomara al Doncel del Mar, y membrósele dél, e viniéronle las lágrimas a los ojos, e apretó las manos con cuita de amor que la forzaba, y quebrantó la cera e vió que dentro estaba _una carta escrita en pergamino_, y leyéndola, halló que decía: “Este es Amadís Sin-tiempo, fijo de rey.”
Ella, que la carta vió, estuvo pensando un poco, y entendió que el Doncel del Mar había nombre Amadís, e vió que era hijo de rey. Tal alegría nunca en corazón de persona entró como en el suyo, y llamando a la doncella de Denamarca, _en quien confiaba más que en todas sus otras servidoras_, le dijo:
--Amiga, yo vos quiero decir un secreto, que le no diría sino a mi corazón, e guardadle como poridad de tan alta doncella como yo soy, y del mejor caballero del mundo.
--Así lo haré --dijo ella--, y, señora, no dudéis de me decir lo que faga.
--Pues amiga --dijo Oriana--, vos os id al caballero novel que sabéis, y dígovos que le llaman el Doncel del Mar, e fallarlo heis en la guerra de Gaula; y luego que lo vierdes, dadle esta carta, e decilde que ahí fallará su nombre, aquel que le escribieron en ella cuando fué echado en la mar; e sepa que sé yo que es hijo de rey; e que pues él era tan bueno cuando no lo sabía, agora pune de ser mejor; e decilde que mi padre envió por mí e me llevan a él; que le envío yo decir que se parta de la guerra de Gaula, e se vaya luego a la Gran Bretaña, e pune de vivir con mi padre fasta que le yo mande lo que faga.
La doncella, con ese mandado que oís, fué della despedida, y entrada en el camino de Gaula.
Oriana e Mabilia con dueñas e doncellas, encomendándolas el Rey e la Reina a Dios, fueron metidas en las naos; los marineros soltaron las áncoras y tendieron sus velas, e como el tiempo era aderezado, pasaron presto en la Gran Bretaña, donde muy bien recebidas fueron.
CAPÍTULO CUARTO
LA GUERRA DE GAULA
_El Doncel del Mar, con Agrajes y los otros caballeros que el rey de Escocia enviaba en favor de su cuñado Perión, pasada la mar, entraron en Gaula_ y se fueron a Baladín, un castillo donde el rey Perión era, donde mantenía su guerra, habiendo mucha gente perdido; que con su venida de ellos muy alegre fué, e hízoles dar buenas posadas; e la reina Elisena, _hermana de la Reina de Escocia_, hizo decir a su sobrino Agrajes que la viniese a ver. Él llamó al Doncel del Mar e otros dos caballeros para ir allá.
El rey Perión cató el Doncel, e conociólo que aquel era el que él hiciera caballero y el que le acorriera en el castillo; e fué contra él e dijo:
--Amigo, vos seáis muy bien venido, e sabed que en vos he yo grande esfuerzo, tanto, que no dudo ya mi guerra, pues vos he en mi compañía.
--Señor --dijo--, en la vuestra ayuda me habréis vos cuanto mi persona durare e la guerra haya fin.
Así hablando, llegaron a la Reina, e Agrajes le fué a besar las manos, y ella fué con él muy alegre, y el Rey le dijo:
--Dueña, veis aquí el muy buen caballero de que yo os hablé, que me sacó del mayor peligro en que nunca fué; éste os digo que améis más que a otro caballero.
Ella le vino a abrazar, y él hincó los hinojos ante ella e dijo:
--Señora, yo soy criado de vuestra hermana, e por ella vengo a vos servir, e como ella misma me podéis mandar.
La Reina gelo agradesció con mucho amor, e catábalo, como era tan hermoso; membrándose de _un_ hijo, que había perdido, _sin que pudiera saber qué habría sido de él_, viniéronle las lágrimas a los ojos. Y el Doncel del Mar le dijo:
--Señora, no lloréis; que presto seréis tornada en vuestra alegría, con la ayuda de Dios y del Rey e deste caballero vuestro sobrino, e yo, que de grado vos serviré.
Ella dijo:
--Mi buen amigo: vos, que sois caballero de mi hermana, quiero que poséis en mi casa, e allí vos darán las cosas que hobierdes menester.
La mañana venida fueron el rey Perión e su mujer a ver qué hacía el Doncel del Mar, e halláronlo que se levantaba e lavaba las manos, e viéronle los ojos bermejos e las haces mojadas de lágrimas; así que bien parescía que dormiera poco de noche, e sin falta así era, que membrándose de su amiga, considerando la gran cuita que por ella le venía, sin tener ninguna esperanza de remedio, otra cosa no esperaba sino la muerte.
La Reina llamó a Gandalín e díjole:
--Amigo, ¿qué hobo vuestro señor, que me paresce en su semblante ser en gran tristeza? ¿Es por algún descontentamiento que aquí haya habido?
--Señora --dijo él--, aquí recibe él mucha honra y merced; mas él ha así de costumbre que llora dormiendo, así como agora veis que en él parece.
Y en cuanto así estaban, vieron los de la villa muchos enemigos e bien armados cabe sí, e daban voces:
--¡Armas, armas!
El Doncel del Mar fué muy alegre, y el Rey le dijo:
--Buen amigo, nuestros enemigos son aquí.
Y él dijo:
--Armémonos e vayamos los ver.
Y el Rey demandó sus armas y el Doncel las suyas, e desque armados fueron e a caballo, fueron a la puerta de la villa. Como llegaron, dijo el Doncel del Mar:
--Señor, mandadnos abrir la puerta.
Y el Rey, a quien no placía menos de se combatir, mandó que la abriesen, e salieron todos los caballeros. _Los irlandeses_, que contra sí los vieron venir, aparejáronse de recebirlos, así como aquellos que mucho los desamaban. El Doncel del Mar se firió con _un capitán_ que delante venía, y encontróle tan fuertemente, que a él e al caballo derribó en tierra, e hobo la una pierna quebrada, e quebró la lanza e puso luego mano a su espada, e dejóse correr a los otros como león sañudo, faciendo maravillas en dar golpes a todas partes; así que no quedaba cosa ante la su espada; que a la tierra derribar los facía, a unos muertos e a otros feridos. El rey Perión llegó con toda la gente muy esforzadamente, como aquel que con voluntad de ferirlos gana tenía, e Daganel, _jefe de los irlandeses y amigo del rey Abíes_, los rescibió con los suyos muy animosamente; así que fueron los unos e los otros mezclados en uno. Allí veríades al Doncel del Mar haciendo cosas extrañas, derribando e matando cuantos ante sí hallaba, que no había hombre que lo osase atender, e metíase en los enemigos, haciendo dellos corro, que parecía un león bravo.
Agrajes cuando le vió estas cosas facer tomó consigo muy más esfuerzo que de ante tenía, e dijo a grandes voces por esforzar su gente:
--Caballeros, mirad al mejor caballero e más esforzado que nunca nasció.
Cuando Daganel vió cómo destruía su gente, fué para el Doncel del Mar, como buen caballero, e quísole ferir el caballo, porque entre los suyos cayese, mas no pudo, e dióle el Doncel tal golpe por cima del yelmo, que por fuerza quebraron los lazos e saltóle de la cabeza. El rey Perión, que en socorro del Doncel del Mar llegaba, dió a Daganel con su espada tal herida, que lo hendió fasta los dientes. E yendo así heriendo en los enemigos el rey Perión e su compaña, no tardó mucho que paresció el rey Abies de Irlanda con todos los suyos, y venía diciendo:
--Agora a ellos; no quede hombre que no matéis.
El rey Abies no dejó caballero en la silla en cuanto le duró la lanza, y desque la perdió echó mano a su espada e comenzó a herir con ella tan bravamente, que a sus enemigos hacía tomar espanto. De manera que los del rey Perión, no lo pudiendo ya sufrir, retraíanse contra la villa.
Cuando el Doncel del Mar vió que la cosa se paraba mal, comenzó de facer con mucha saña mejor que antes, porque los de su parte no huyesen con desacuerdo, e metíase entre la una gente y la otra; y firiendo e matando en los de Irlanda, daba lugar a los suyos que las espaldas del todo no volviesen. Agrajes y el rey Perión, que lo vieron en tan gran peligro e tanto hacer, quedaron siempre con él; así que todos tres eran amparo de los suyos.
El rey Abies mucho pesar hobo de Daganel _e los demás de su ejército_ que supo que eran muertos; y llegó a él un caballero de los suyos e díjole:
--Señor, ¿vedes aquel caballero del caballo blanco? No hace sino maravillas, y él ha muerto vuestros capitanes e otros muchos.
Esto decía por el Doncel del Mar. El rey Abies se llegó más e dijo:
--Caballero, por vuestra venida es muerto el hombre del mundo que yo más amaba; pero yo haré que lo compréis caramente, si os queréis más combatir.
--Si vos queréis vengar como caballero ese que decís --_dijo el Doncel del Mar_-- e mostrar la gran valentía de que sois loado, escoged en vuestra gente los que más os contentaren, e yo en la mía, e seyendo iguales, podríades ganar más honra que no con mucha sobra de gente e soberbia demasiada venir a tomar lo ajeno sin causa ninguna.
--Pues agora decid --dijo el rey Abies-- de cuántos queréis que sea la batalla.
--Pues que en mí lo dejáis --dijo el Doncel--moveros he otro partido, e podrá ser que más os agrade. Vos tenéis saña de mí por lo que he fecho, e yo de vos por lo que en esta tierra hacéis; pues en nuestra culpa no hay razón por qué ninguno otro padezca, y sea la batalla entre mí e vos, e luego si quisierdes, con tal que vuestra gente asegure, e la nuestra también, de se no mover hasta el fin della.
--Así sea --dijo el rey Abies; e fizo llamar diez caballeros, los mejores de los suyos, e con otros diez que el Doncel del Mar dió, aseguraron el campo, que por mal ni por bien que les aconteciese no se moverían.
_Concertada la batalla para el día siguiente_, el Doncel del Mar entró por la villa con el rey Perión e Agrajes, y levaba la cabeza desarmada, e todos decían:
--¡Ay, buen caballero, Dios te ayude y dé honra que puedas acabar lo que has comenzado! ¡Ay, qué hermosura de caballero! En éste es caballería bien empleada, pues que sobre todos la mantiene en la su grande alteza.
Otro día de mañana la Reina se vino a ellos con todas sus damas, e hallólos hablando con el Rey, e comenzóse la misa, e dicha, armóse el Doncel del Mar, no de aquellas armas que en la lid el día ante trajera, que no quedaron tales que pudiesen algo aprovechar, más de otras muy más hermosas y fuertes. E despedido de la Reina e de las dueñas e doncellas, cabalgó en un caballo holgado que a la puerta le tenían, y el rey Perión le llevaba el yelmo e Agrajes el escudo. E saliendo por la puerta de la villa, vieron al rey Abies sobre un caballo negro, todo armado. Los de la villa e los de la hueste todos se ponían donde mejor la batalla ver pudiesen, y el campo era ya señalado, el palenque hecho con muchos cadahalsos en derredor dél. Y desque ambos tomaron sus armas, salieron todos del campo, encomendando a Dios cada uno el suyo, y se fueron acometer sin ninguna detenencia a gran correr de los caballos, como aquellos que eran de gran fuerza e corazón. A las primeras heridas fueron todas sus armas falsadas, y quebrando las lanzas, juntáronse uno con otro, así los caballos como ellos, tan bravamente, que cada uno cayó a su parte, e todos creyeron que eran muertos, e los trozos de las lanzas tenían metidos por los escudos, que los hierros llegaban a las carnes; mas como ambos fuesen muy ligeros e vivos de corazón, levantáronse presto, e quitaron de sí los pedazos de las lanzas, y echando mano a las espadas, se acometieron tan bravamente que los que al derredor estaban habían espanto de los ver. La batalla era entre ellos tan cruel e con tanta priesa, sin se dejar holgar, e los golpes tan grandes, que no parescían sino de veinte caballeros. Ellos cortaban los escudos, haciendo caer en el campo grandes rajas, e abollaban los yelmos y desguarnecían los arneses, de manera que lo más cortaban en sus carnes; e salía dellos tanta sangre, que sostenerse era maravilla; mas tan grande era el ardimento que consigo traían, que cuasi dello no se sentían.
Así duraron en esta primera batalla fasta hora de tercia, que nunca se pudo conocer en ellos flaqueza ni cobardía, sino que con mucho ánimo se combatían. El rey Abies, como muy diestro fuese por el gran uso de las armas, combatíase muy cuerdamente, guardándose de los golpes e hiriendo donde más podía dañar. Las maravillas que el Doncel hacía en andar ligero e acometedor y en dar muy duros golpes, le puso en desconcierto todo su saber, e a mal de su grado, no le pudiendo ya sofrir, perdía el campo. Tanto fué aquejado, que volviendo casi las espaldas, andaba buscando alguna guarida con el temor de la espada, que tan crudamente la sentía; pero como vió que no había sino muerte, volvió, tomando su espada con ambas las manos, y dejóse ir al Doncel, cuidándolo ferir por cima del yelmo, y él alzó el escudo donde rescibió el golpe, e la espada entró tan dentro por él, que la no pudo sacar; e tirándose afuera, dióle el Doncel del Mar en descubierto en la pierna izquierda tal herida, que la mitad della fué cortada, y el Rey cayó tendido en el campo.
El Doncel fué sobre él, e tirándole el yelmo, díjole:
--Muerto eres, rey Abies, si te no otorgas por vencido.
Él dijo:
--Verdaderamente muerto soy, mas no vencido, e bien creo que me mató mi soberbia, e ruégote que me fagas segura mi compaña, sin que daño reciban, y llevarme han a mi tierra, e yo perdono a ti e a los que mal quiero, e mando entregar al rey Perión cuanto le tomé, e ruégote que me hagas haber confisión, que muerto soy.
_Muerto el rey y partidos los irlandeses con su cadáver, la Doncella de Dinamarca, enviada por Oriana, y que había visto el final de la pelea, entregó al Doncel del Mar el pergamino en que iba escrito su nombre y le dió el recado de su señora de que lo antes que pudiera se partiera para la Gran Bretaña._ E leyendo _el Doncel del Mar_ la carta, conoció por ella que el su derecho nombre era Amadís. Acabada la habla, fué tomado el Doncel del Mar por el rey Perión e Agrajes e los otros grandes de su partida, e sacado del campo con aquella gloria que los vencedores en tales autos levar suelen, y entrando por la villa, decían todos:
--Bien venga el caballero bueno, por quien habemos cobrado honra e alegría.
Así fueron hasta el palacio, e hallaron en la cámara del Doncel del Mar a la Reina con todas sus dueñas e doncellas, haciendo muy gran alegría, y en los brazos della fué él tomado de su caballo, y desarmado por la mano de la Reina, e vinieron maestros, que le curaron de las feridas, e aunque muchas eran, no había ninguna que mucho empacho le diese.
CAPÍTULO QUINTO
LOS ANILLOS DEL REY PERIÓN
_Por razones que no son del caso, el hijo mayor de los reyes Perión y Elisena, nacido en ausencia del padre, había sido hecho desaparecer, al tiempo de ver la luz del mundo, por Darioleta, doncella y confidente de la madre. Entre otras cosas había llevado el niño colgado al cuello un anillo que Perión le había dado a Elisena, su mujer, idéntico a otro de que jamás se desprendía el Rey. Pero la Reina nunca le había confesado que, siendo en gran peligro su vida, había tenido que abandonar su hijo, sino que Perión creía que éste había nacido muerto y que el anillo, por falta de cuidado, era perdido._
_Otro hijo de aquel real matrimonio, Galaor, aún muy mancebo, había también desaparecido y, sin que sus padres supieran de él, se criaba en tierra extraña, en el ejercicio de toda suerte de armas._
_Días después de su victoria_, pasando el Doncel del Mar por una sala, vió a Melicia, hija del Rey, niña, que estaba llorando, y preguntóla qué había. La niña dijo:
--Señor, perdí un anillo que el Rey me dió a guardar en tanto que él duerme.
--Pues yo os daré --dijo él-- otro tan bueno o mejor, que le deis.
Entonces sacó de su dedo un anillo e dióselo. Ella dijo:
--Este es el que yo perdí.
--No es --dijo él.
--Pues es el anillo del mundo que más le parece --dijo la niña.
--Por esto está mejor --dijo el Doncel del Mar--, que en lugar del otro le daréis.
Y dejándola, se fué a su cámara, e acostóse en un lecho.
El Rey despertó y demandó a su hija que le diese el anillo, y ella le dió aquel que tenía; él lo metió en su dedo, creyendo que el suyo fuese; mas vió yacer a un cabo de la cámara el otro que su hija perdió, e tomándolo, juntólo con el otro, e vió que era el que él a la Reina había dado, y dijo a la niña:
--¿Cómo fué esto de este anillo?
Ella, que mucho le temía, dijo:
--Por Dios, señor, el vuestro perdí yo, e pasó por aquí el Doncel del Mar, e como vió que yo lloraba, dióme ese que él traía, e yo pensé que el vuestro era.
El Rey entró en la cámara de la Reina, y cerrada la puerta, dijo:
--Dueña, vos me negastes siempre el anillo que yo os diera, y el Doncel del Mar halo dado agora a Melicia; ¿cómo pudo ser esto? Que veisle aquí. Decidme de qué parte le hobo, e si me mentís, vuestra cabeza lo pagará.
La Reina díjole:
--¡Ay, señor, agora vos diré la mi cuita, que hasta aquí os hobe negado!
Entonces comenzó de llorar muy recio, firiendo con sus manos en el rostro, e dijo cómo echara a su hijo en el río, que llevara consigo el espada e aquel anillo.
--Por cierto --dijo el Rey-- yo creo que este es nuestro hijo.
La Reina tendió las manos, diciendo:
--Así pluguiese al Señor del mundo.
--Agora vamos allá vos e yo --dijo el Rey-- e preguntémosle de su hacienda.
Luego fueron entrambos solos a la cámara donde él estaba, e falláronlo durmiendo muy asosegadamente. Mas el Rey tomó en su mano la espada, que a la cabecera de la cama era puesta, e catándola, la conoció luego, como aquel que con ella diera muchos golpes e buenos, e dijo contra la Reina:
--Por Dios, esta espada conozco yo bien, e agora creo más lo que me dejistes.
--Ay, señor --dijo la Reina--, no le dejemos más dormir, que mi corazón se aqueja mucho.
E fué para él, e tomándole por la mano, tiróle un poco contra sí, diciendo:
--Amigo señor, acorredme en esta priesa e congoja en que estoy.
Él despertó e vióla muy reciamente llorar, e dijo:
--Señora, ¿qué es eso que habéis? Si mi servicio puede algo remediar, mandádmelo; que fasta la muerte se cumplirá.
--Ay, amigo --dijo la Reina--; pues agora nos acorred con vuestra palabra en decir cúyo hijo sois.
--Así Dios me ayude --dijo él--, no lo sé; que yo fuí hallado en la mar por gran aventura.
La Reina cayó a sus pies toda turbada, y él hincó los hinojos ante ella e dijo:
--¡Ay, Dios! ¿Qué es esto?
Ella dijo llorando:
--Hijo, ves aquí tu padre e madre.
Cuando él esto oyó, dijo:
--¡Santa María! ¿Qué será esto que oyo?
La Reina, teniéndolo entre sus brazos, tornó e dijo:
[Ilustración]
--Es, hijo, que quiso Dios, por su merced, que cobrásemos aquel yerro que por gran miedo yo hice; e, mi hijo, yo, como mala madre, os eché en la mar, e veis aquí el Rey, que os engendró.
Entonces hincó los hinojos y les besó las manos con muchas lágrimas de placer, dando gracias a Dios porque así le había sacado de tantos peligros para en la fin le dar tanta honra e buena ventura con tal padre e madre.
La Reina le dijo:
--Hijo, ¿sabéis vos si habéis otro nombre sino éste?
--Señora, sí sé --dijo él-- que al partir de la batalla me dió aquella doncella una carta que llevé envuelta en cera cuando en la mar fuí echado; en que dice llamarme Amadís.
Entonces sacándola de su seno, gela dió, e vieron cómo era la mesma que Darioleta por su mano escribiera, e dijo:
--Mi amado hijo, cuando esta carta se escribió era yo en toda cuita e dolor, e agora soy en toda holganza e alegría, ¡bendito sea Dios!, e de aquí adelante por este nombre os llamad.
--Así lo haré --dijo él; e fué llamado Amadís, y en otras muchas partes Amadís de Gaula.
El rey Perión mandó llegar cortes, porque todos viesen a su hijo Amadís; donde se hicieron muchas alegrías e juegos en honor y servicio de aquel señor que Dios les diera, con el cual e con su padre esperaban vivir en mucha honra y descanso; en fin de las cuales Amadís habló con su padre, diciendo que él se quería ir a la Gran Bretaña, y que le diese licencia. Mucho trabajó el Rey e la Reina por lo detener; mas por ninguna vía pudieron; que la gran cuita que por su señora pasaba no le dejaba ni daba lugar a que otra obediencia tuviese sino aquella que su corazón sojuzgaba, e tomando consigo solamente a Gandalín e otras tales armas como las que el rey Abies le despedazara en la batalla, así se partió, e anduvo tanto fasta que llegó a la mar; y entrando en una fusta, pasó en la Gran Bretaña.
CAPÍTULO SEXTO
DON GALAOR
_Después de correr diversas aventuras por aquel reino y haber armado caballero a su hermano don Galaor, sin sospechar quien era, llegó Amadís cerca de Vindilisora, donde estaba la corte del rey Lisuarte, y Oriana en ella. Subió a un otero, desde donde le pareció que la villa mejor se podría ver_; se asentó al pie de un árbol, e comenzó a mirar la villa, e vió las torres e los muros asaz altos, e dijo en su corazón:
--¡Ay, Dios! ¡Dónde está allí la flor del mundo! ¡Ay, villa! ¡cómo eres agora en gran alteza, por ser en ti aquella señora que entre todas las del mundo no ha par en bondad ni fermosura! E aun digo que es más amada que todas las que amadas son, y esto probaré yo al mejor caballero del mundo, si me della fuese otorgado.
Después que a su señora hobo loado, un tan gran cuidado le vino, que las lágrimas fueron a sus ojos venidas, e falleciéndole el corazón, cayó en un tan gran pensamiento, que todo estaba estordecido, de guisa que de sí ni de otro sabía parte.
_Por mandato de su señora, después de haber vencido y muerto en desafío, en defensa de una dueña desamparada, a Dardán el Soberbio, uno de los caballeros más fuertes de aquel reino, presentóse Amadís en la Corte del rey Lisuarte._ Mucho se maravillaban todos de la gran fermosura de Amadís, e cómo siendo tan mozo pudo vencer a Dardán, que tan esforzado era, que en toda la Gran Bretaña le temían.
_El Rey quería que tan buen caballero no saliera de su Corte; pero Amadís, aunque otra cosa no deseara, no lo otorgó hasta que se lo pidió también la Reina, y Oriana le hizo señas de que accediera a su deseo. Dijo Amadís a la Reina y su hija:_
--No seré de otro sino vuestro, e si al Rey en algo sirviere, será como vuestro e no como suyo.
--Así vos recebimos yo e todas las otras --dijo la Reina.
Luego lo envió decir al Rey, el cual fué muy alegre, y envió _un caballero_ que gelo trajese e así lo fizo; e venido ante él, abrazándolo con gran amor, le dijo:
--Amigo, agora soy muy alegre en haber acabado esto que tanto deseaba, e cierto yo tengo gana que de mí recibáis mercedes.
Amadís gelo tuvo en merced señalada. Desta manera que oís quedó Amadís en la casa del rey Lisuarte por mandado de su señora.
_De allí a poco comenzaron a saberse las maravillosas hazañas que venía realizando don Galaor por todas aquellas tierras, pobladas de castillos y florestas. Amadís deseaba ardientemente conocer a su hermano y, con licencia de Oriana, seguido de su fiel escudero Gandalín, fué a recorrer el reino por ver si lograba dar con él y traerlo consigo a la Corte del rey Lisuarte._
_No podemos detallar aquí, como lo hacen los antiguos autores de esta historia, las continuas aventuras que corrió Amadís en aquellas andanzas, en todas las cuales desplegó la más asombrosa bravura y el más completo dominio de las armas; sólo sí diremos que en una de las en que mayor riesgo corrió, ganó para su servicio un enano que nunca más dejó de acompañarle en sus viajes y al que cobró grande afecto._