Libros de caballerías Selección
Part 13
En esto vió que don Duardos le dió voces que justase, y abajando las lanzas, cubiertos de los escudos, se encontraron de todas sus fuerzas; la lanza de don Duardos fué hecha pedazos en el escudo del de la Fortuna; el escudo de don Duardos fué falsado y las armas también, y él algún tanto herido, mas no de muerte, y porque no tenían más lanzas para poder justar, y batalla de las espadas don Duardos no la podía hacer según la ordenanza del castillo, fué luego abierta la puerta de mano de aquel temido Pandaro; don Duardos se recogió mal tratado del encuentro; el de la Fortuna, que ya deseaba esperimentar la suya, entró tras él; Pandaro, que no esperaba otra cosa, tanto que le vió dentro le cerró la puerta cubierto de su escudo, con su maza en la mano hecha de nuevo se vino a él; el de la Fortuna le recibió cubriéndose con su fuerte escudo, adonde los golpes hacían tan poco daño como si dieran en una roca, hiriendo también al gigante tan mortalmente, que en pequeño espacio le trató tan mal cuanto él nunca se viera de las manos de otro si no fué del caballero del Salvaje; y porque sintió cuán poco daño hacían sus golpes en el escudo de su contrario, se esforzó tanto para sostenerse en la batalla, que aquel día fué en que mostró el fin de sus fuerzas y el esfuerzo. El caballero de la Fortuna andaba tan vivo, que allende de le tener deshecho el escudo en el brazo, le tenía hiriéndole por tantas partes, que Dramusiando y Primaleón y don Duardos, y los otros que miraban la batalla, hallaban en ella por milagro, loándole tanto cuanto su ardideza era dina de hacello.
En este tiempo andaba el gigante tan flaco, que cerca no se podía tener; el de la Fortuna, conociendo su flaqueza, le cargó de tantos golpes, que le hizo venir al suelo tan sin acuerdo como aquel que del todo era muerto; luego le desenlazó el yelmo para le cortar la cabeza, mas no lo hizo, lo uno por no ser necesario y lo otro porque Daligán no le dió tanto espacio; y puesto que en aquella hora hobiese menester descansar, comenzó de defenderse, viendo que la intención del gigante no era tal; mas en menos de una hora él le paró tal, que le hizo desear reposar un poco; mas luego se apartaron afuera. El caballero de la Fortuna, mirando hacia sí, vió su escudo tan sano como si no le hubieran dado ningún golpe, mas las armas estaban rotas por algunos lugares, y pasándole por la memoria los peligros de aquella casa, conoció que sin un compañero tal como él traía no lo pudiera sufrir. Daligán estaba mal tratado, y Dramusiando puesto en tamaño recelo que no sabía qué se pensase. En esto se tornaron a juntar Daligán y el caballero de la Fortuna con mayor ímpetu y braveza, mas la batalla duró entrellos poco, que puesto que el esfuerzo de Daligán no fuese pequeño, el de la Fortuna, vió las ventanas y almenas llenas de sus amigos, y acordándose que estaban presos y la confianza que en él tenían, combatióse con tal esfuerzo, que dió con él a sus pies, y desenlazándole el yelmo le cortó la cabeza.
Dramusiando quedó tan enojado, que luego pidió sus armas; el de la Fortuna se asentó en un poyo tan cansado que no se atrevió a subir la escalera sin tomar algún reposo, y de ahí estuvo hablando con algunos sus amigos; don Duardos le rogó que se quitase el yelmo, que le deseaba ver; _otro cautivo_, viéndole dudar, dijo:
--Caballero, quien esto pide es don Duardos.
El de la Fortuna, oyendo nombrar a don Duardos, puso los ojos en él, y en el parecer de su persona juzgaba que debía de ser él; entonces, quitándose el yelmo, quedó tan abrasado del trabajo pasado, que el mismo trabajo le hizo parecer más hermoso de lo que era él de su natural.
--Ya yo creo --dijo don Duardos-- que quien Dios hizo en el parecer tan diferente de los otros, que no le guardó sino para en todas las otras cosas lo ser; pidos por merced que si vuestra buena ventura llegase al cabo con ese gigante que agora allá va para hacer batalla con vos, que uséis con él de toda cortesía, porque nunca vistes hombre de su manera tan merecedor della.
El caballero de la Fortuna le quisiera responder, mas vió que Dramusiando estaba ya abajo, y no tuvo tiempo para más que enlazar el yelmo, poniéndose a una parte del patio cubierto de su escudo a esperalle. Dramusiando, como algún tanto viniese señoreado de la ira por la muerte de Daligán, quiso luego gastar el tiempo en su batalla antes que palabras, y juntándose entramos comenzaron a ferirse de tales golpes, que en pequeño tiempo se hicieron mucho daño; los de Dramusiando entraban por el escudo del de la Fortuna tan gravemente como si fuera alguno de los otros, de que al de la Fortuna nació algún recelo y temor, si bien conoció que quien se le envió le debió de hacer ansí, para que si la vitoria de tamaña impresa hobiese de alcanzar, no fuese todo atribuída a la fortaleza del escudo, y guardándose de Dramusiando con mayor tiento de lo que hasta allí hiciera, hacíale dar sus golpes en vano, que de otra manera cualquier dellos que le acertara en lleno le pusiera en gran peligro; mas no se podía guardar tanto que no le diese algunos, de que le hacía andar bien maltratado, el escudo todo deshecho; las armas andaban eso mesmo; puesto que las del gigante no le llevasen ventaja, la sangre que les salía era mucha, así que en ellos no había más que la braveza con que peleaban, y esta era tal, que allende de destruír a ellos, hacía dolor a quien con amor los estaba mirando; mas sus corazones incansables, y que en aquel tiempo podían sufrir mal reposo, no los dejaba descansar, antes renovando la batalla se trabaron de manera que quien de fuera los miraba no juzgaba que nenguno dél no quedaba para poder entrar en otra parte, que los más de aquellos príncipes y caballeros sentían tamaña pena que antes tomaran por partido ser siempre presos que libres si su libertad había de ser con la muerte de tal caballero. Dramusiando y él se quitaron a fuera por tomar algún descanso; Dramusiando, temiendo que aquel sería el destruidor de sus fuerzas y que allí se cumplía lo que Eutropa siempre anunciara, pensó en si le cometería algún partido con que dejase la batalla; después, acordándose que tal cometimiento para su honra era dañoso, quiso antes dejarse morir en ella que vivir con tal menoscabo a su honra. El caballero de la Fortuna, que en el mismo recelo estaba metido, comenzó a decir entre si: --Si mi muerte ha de ser por causa de la libertad de tantos, aquí mejor que en otra parte es ella bien empleada--; mas volviendo a su señora, decía: --Señora, si algún tiempo esperáis acordaros de mí, sea éste, o al menos para que sepáis que con vuestro favor se alcanzó tamaña vitoria--. Estándole encomendando el peligro de su batalla vió que Dramusiando venía contra él tomada la espada con entramas manos, porque ya nenguno tenía escudo con que se amparar, y apartándose del golpe le hizo dar en vano, como todos los otros, dando los suyos de manera que le hacía muchas heridas: mas por eso Dramusiando no dejaba algunas veces de empecelle, de manera que se llevaban poca diferencia; ya se habían parado tales que casi no se podían tener. Los que miraban la batalla estaban pasmados de la ver; mas como les fuese faltando la sangre y aliento, fué tan grande la flaqueza de Dramusiando, que cayó en el suelo sin nengún sentido, y el caballero de la Fortuna se sentó no pudiéndose tener en pie; luego bajaron de lo alto de la fortaleza todos los prisioneros, y don Duardos quitó el yelmo a Dramusiando para que le diese el aire, pidiendo al de la Fortuna, pues la vitoria claramente era suya, no quisiese más venganza, que de lo hecho se contentase.
--Pues que mi intención era otra --respondió el de la Fortuna--, dejaré de le cortar la cabeza pues vos lo mandáis, y también porque pienso que será escusado, que él y yo estamos tales que más muertos que vivos nos podéis contar.
El príncipe Primaleón, Polendos y otros señores le tomaron en brazos; viendo que con la falta de sangre le venían algunos desmayos, tenían esta vitoria con mucho descontento hasta ser ciertos de la salud de tal caballero; en esto llamaron a la puerta de la torre con mucha priesa; Platir fué a abrir, por ver quién era, y halló un hombre antiguo a manera de griego, que entró dentro, y dos doncellas con él; cada una traía en la mano una bujeta dorada, en que venían algunos ingüentos necesarios; a tal tiempo y sin más detenerse le buscó las heridas, tomando la sangre así al uno como al otro, untándolos a entramos con igual diligencia, sin consentir que otro nenguno tocase a ellos, y mandando llevar cada uno a su cama, dijo contra aquellos señores que se consolasen, que no eran aquellas heridas de que nenguno dellos peligraría, por donde el placer fué algún tanto; mas sabiendo que en el vencimiento del gigante se quebraban los encantamentos de aquel valle, y que la salida estaba en ellos, tuvieron más de que se contentar.
CAPÍTULO NOVENO
LAS FIESTAS DE LONDRES
_Días después fué enviado a la corte de Inglaterra, con noticia de lo que en el castillo de Dramusiando había ocurrido, uno de los caballeros que habían estado allí prisioneros y es imposible describir la alegría que en todos produjeron tan dichosas nuevas. Cuando las heridas de los caballeros lo consintieron, pusiéronse en camino para la Corte los antiguos cautivos de Dramusiando, llevando a éste con el mayor honor entre ellos, por la afección y gratitud que en todos había despertado la gran humanidad que con ellos en toda ocasión había usado, aunque fueran sus prisioneros._
Con placer caminaron hasta que estuvieron a vista de la cibdad; la gente que de la cibdad salía era en tanta cantidad, que todo el camino venía lleno, de manera que los de a caballo no podían andar; unos se llegaban a don Duardos por velle por el gran amor que le tenían; algunos después de velle a él iban a ver al gigante Dramusiando y al caballero de la Fortuna, teniendo por cosa espantosa por un caballero ser vencido un hombre como aquél; así allegaron a vista de la gran ciudad de Londres, adonde viendo don Duardos por entre los otros edificios el aposento de Flérida, no pudo estar tan libre que sus ojos no sintiesen la soledad de tanto tiempo; mas acordándose cuán cerca estaba de vella, le hizo olvidar con la gloria presente toda la tristeza pasada, y esforzóse lo mejor que pudo para que ninguno le sintiese aquella flaqueza; llegando junto de la ciudad, el rey los vino a recebir con una solene fiesta; el rey recibió a cada uno según la valía de su persona; don Duardos llegó de los postreros con Dramusiando, y después de besar la mano al rey con las rodillas por el suelo, le dijo:
--Señor, si ante vuestra alteza yo puedo valer alguna cosa, sea hacerme tanta merced que a este gigante trate, no como hijo de su padre, sino como el mejor hombre del mundo, pues él lo es.
El rey levantó a don Duardos, tomándole por entre los brazos le apretó consigo, derramando muchas lágrimas le dijo:
--Hijo don Duardos, ¿quién es el que tanto deseara veros y que en este tiempo os negara ninguna cosa?
Entonces volvió hacia Dramusiando, que le quería besar las manos, y abrazándole, dijo:
--Por cierto, Dramusiando, mal pensaba yo que quien tanto mal me hizo quisiese tanto; mas vuestras noblezas pudieron tanto conmigo, que allende de me hacer perder el enojo, volví la voluntad tanto de vuestra parte, que agora no sé ya quién puede ser vuestro enemigo que también no lo fuese mío.
En esto vió que el caballero de la Fortuna se venía para él, y tomándole en los brazos comenzó a decir:
--¿Quién me dijo a mí siempre que si algún bien me había de venir había de ser por vuestras manos?
--Por las de Dios puede vuestra alteza decir, que así lo quiso --respondió él--, que las mías no son para tanto.
Acabado este razonamiento, se fueron para la iglesia principal de la cibdad, adonde oyeron misa con tanta solenidad como era razón; acabada la misa, aquellos príncipes y caballeros casi por fuerza hicieron cabalgar al rey, y ellos le fueron acompañando hasta el palacio, donde hallaron a la reina y a Flérida que los salieron a recebir; entramas juntas tomaron a don Duardos, aun no creyendo que le tenían allí. El rey tomó a la reina por la manga de una ropa que traía, diciendo:
--Señora, vuestro hijo ya está en vuestra casa, y cada día le podéis ver; agora habla a estos príncipes y caballeros, a quien tanto debemos por el peligro que por nosotros se pusieron con deseo de la libertad de don Duardos.
Entonces, mostrándole a Primaleón, la reina le recibió como a tan gran persona convenía, y luego a todos los otros príncipes y caballeros mancebos.
_De allí a poco, en un brillante torneo que se celebró en honor del emperador de Alemania, que había venido a visitar al rey de Inglaterra, lucharon de un lado los caballeros ingleses y del otro los de Constantinopla que habían venido a libertar a don Duardos, menos el de la Fortuna, que no tomaba parte por expreso deseo del soberano. Los caballeros griegos, a pesar de sus muchas proezas, iban de vencida cuando_ en esto entraron por medio del torneo tres caballeros de parte del emperador _de Constantinopla_, armados de armas amarillas y leonado; el uno traía en campo negro en el escudo el dios Saturno, cercado de estrellas; el otro traía en campo negro la casa de la tristeza; el tercero traía el suyo cubierto con un cuero negro, de manera que no se parecía la devisa; éstos, viendo que la sobra de los muchos hacía perder la bondad de los pocos, abajando las lanzas arremetieron, con las cuales, antes que las quebrasen, derribaron algunos caballeros; sacando sus espadas, en pequeño espacio, por su esfuerzo, cobraron los del emperador lo que habían perdido, con tanta ventaja que los contrarios, no pudiendo sostenerse, comenzaron a retraerse. _Así quedó la victoria por los caballeros del emperador griego._
_Aquella noche, después de un banquete_, hobo sarao real en el aposento de Flérida, adonde la emperatriz y la reina aquella noche cenaron; al cual vinieron los más caballeros que en el torneo se hallaron; ya que se quería recoger cada uno a su aposento, entraron por la sala los tres caballeros esforzados que en el torneo fueron en ayuda de los del emperador, vestidos de las mesmas armas que en él tuvieron, tan bien dispuestos y de tan bien parecer, que no hubo allí nenguno que no tuviese codicia de sus obras y parecer, y con este contentamiento, cada uno les daba lugar para que allegasen adonde estaba el rey; siendo ya al pie del estrado donde él e los otros príncipes estaban, hízose una escuridad en la sala, de tal manera que nenguna persona se vía a otra; en las damas fué el miedo tan grande que cada una se abrazaba con el que más cerca de sí hallaba; esto no duró mucho, que la escuridad se deshizo y allí delante de todos quedó un león y un tigre envueltos en batalla, hiriéndose tan sin piedad como aquellos que no la sabían tener de sí mesmos; en esto entró por medio de la sala una doncella con un bastón dorado en las manos, y tocándolos a entramos cayeron en el suelo tan muertos como si nunca tuvieran vida; mas esto no fué tan presto hecho, cuando ellos se tornaron a levantar en figura de toros grandes y fieros, que la mayor parte de la gente estuvo para huír de ellos, sino algunos caballeros famosos, que allende deste miedo hacer poca impresión en ellos, consolaban a las damas de vellas los colores perdidos, riéndose del temor que recebían. Los toros se apartaron el uno del otro algún poco, y arremetiendo el uno al otro, se encontraron con tanta fuerza, que la sala parecía asolarse, e de la fortaleza con que se encontraron vinieron entramos al suelo, echando por la boca y narices un humo tan negro, que se tornó a escurecer la sala como la primera vez; deshecha la escuridad, que no duró mucho, quedaron los tres caballeros armados de sus armas con los rostros descubiertos, y el que de antes traía el escudo cubierto hallóse con él desatapado, y en él la devisa que solía, que era en campo blanco un salvaje con dos leones por una traílla: llegándose al rey, que ya le quería abrazar por habelle conocido, le besó las manos, diciendo:
--Señor, haga vuestra alteza honra a este caballero que aquí está, que es el gran sabio Daliarte, vuestro servidor, a quien vuestro cuidado siempre dolió mucho para lo sentir y deseo para os servir en todo.
El rey, que ya le conoció por su fama, tomándole en los brazos con mucho amor, decía:
--Por cierto, Daliarte, aunque yo no os debiese más que entregarme vivo a Desierto, cosa que yo no esperaba, es cosa que no se puede pagar.
--Señor --dijo Daliarte--, la razón que yo tengo para serviros es tamaña, que ella me puso siempre en esta obligación, por donde vuestra alteza me es en menos cargo que lo que piensa; y porque el mayor servicio que yo en alguna hora os podía hacer está aún encubierto, siéntese vuestra alteza y óigame, porque querría que mis palabras acrecentasen estas fiestas con más razón de las que ellas se hacen.
El rey, puesto que no sospechaba lo que podía ser, por ser cosa que el tiempo traía olvidado, creyendo que sería alguna cosa de placer, se tornó a sentar y llamó junto consigo a Desierto, que estaba de rodillas hablando con Flérida y con don Duardos; después de todos sosegados, el gran sabio Daliarte, puniendo los ojos a todas partes, los afirmó en Flérida, diciendo:
--Por cierto, señora, claro está que la vista de don Duardos os quita de la memoria el acuerdo de las otras cosas, y mucho más la de vuestros hijos, e para vos acordar desto no debía ser así, porque a quien sus obras más placer dieron fué a vos, e la fortuna, que en su nacimiento los puso en trabajo y estado que su alta sangre estuvo para ser sacrificada a dos leones por mano del salvaje que los hurtó, esa les tornó a poner en tamaña alteza de fama en las armas, que no tan solamente pasaron a los de su tiempo, mas en el otro pasado no hubo quien tanta gloria dejase como la suya será, ni por venir por muy largos años yo no alcanzo quien con mucha parte los iguale; pues quien tales hijos perdió no debía vivir tan sin cuidado de tamaña pérdida que los otros placeres la hiciesen ausente deste acuerdo; por tanto acuérdeseos de las palabras que Pridos os dijo el día de su nacimiento, y del perdimiento de don Duardos, que le dijera una doncella; ya veis cuán verdaderas salieron; vuestros hijos están juntos con vos, y son tales, que han sabido pagar el pesar que ya os dieron. Vedes allí a Palmerín de Inglaterra, que tantas lágrimas os tiene costado y a quien vos posistes el nombre por su nacimiento conforme al de vuestro padre, y después el emperador su agüelo, sin lo saber, le tornó a confirmar casi por espiración divina; pues Floriano del Desierto no es otro sino este caballero del Salvaje que vos como madre criastes y como a hijo ajeno tenéis olvidado.
Flérida puso los ojos en don Duardos tan reciamente turbada, que no sabía de sí, porque también el placer como el pesar hace aquestas mudanzas en quien las recibe de cosa que no espera; y don Duardos puso también los suyos en ella, y así Palmerín en Desierto; mas conociéndose se fueron abrazar, y el rey, que su edad no era para tan grande sobresalto, se acostó en la silla, llamando a Daliarte le dijo:
--¡Oh Daliarte!, no quisiera este placer tan súpito, porque mi flaqueza no es para sufrir sobresalto tamaño y tan poco esperado; ruégoos que me digáis cómo sabéis vos esto, que puesto que siempre lo sospeché, no lo creo por el placer que de ahí recibo.
Daliarte le dijo:
--Señor, yo os mostraré la verdad tan clara como es necesario para creer lo que digo.
Entonces sacando un pequeño libro del seno, leyó poco por él, porque aquello bastó para hacer venir ante sí al salvaje que los criara y a su mujer, y entrando por la sala como personas que nunca en otra parte como aquella se vieron, Palmerín, que le conoció por haber menos días que le viera, se fué a abrazar con él, y Floriano con su mujer, y Selvián su hijo, asimesmo con la rodilla en el suelo, cortesía poco acostumbrada entrellos; mas Selvián no por la naturaleza, mas por la crianza lo aprendiera; mas ella, con lágrimas en los ojos, no sabía cuál primero recibiese. Después que Palmerín tuvo metido en acuerdo al salvaje, llególe al rey, que juntándole consigo le preguntó por estenso la crianza de aquellos infantes, e informado públicamente de lo que pasara, apretando consigo a Palmerín, puestos los ojos en el cielo, decía:
--Señor, esto era el postrero bien que deseaba ver; ruégote que agora me lleves antes que la fortuna no me enseñe algún revés dél.
Entonces, tomándolos a entramos por la mano, los entregó a Flérida, a la cual con las rodillas en el suelo besaron las manos muchas veces; ella los tuvo abrazados algún tanto, saliéndole algunas lágrimas de placer acordándose de la batalla en que ya los viera dentro en Londres, e cuán presto estuvieron de morir en ella. Don Duardos los abrazó, no pudiendo encubrir tan grande alegría; porque cuando es grande o de cosa que mucho se desea, puédese más disimular, y luego por su mandado hicieron su cortesía al emperador _de Alemania y los demás caballeros principales_ como a personas que de nuevo conocían, puesto que Palmerín, cuando llegó a Primaleón a le hacer su acatamiento, acordándose ser padre de su señora, fué con mucha más obidiencia que a los otros, cosa que a todos pareció que lo hacía por ser hijo del emperador, cuyo criado era; en palacio fué el placer tan grande, que bien se parecía que era general; la reina estaba con sus nietos tan contenta que no quería que nadie los gozase sino ella. El salvaje y su mujer, con Selvián, tan alegres de le ver tan gentil mancebo y fuera de su traje como de cosa no esperada.
_Y en la corte y fuera de ella fué indecible la alegría de ver acabado con tanto bien y dicha lo que había tenido principios tan fieros._
[Ilustración]
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ÍNDICE
AMADÍS DE GAULA
PÁGS.
LIBRO PRIMERO: _La Corte de Lisuarte_ 9
CAP. I.--El Doncel del Mar 9
CAP. II.--La sin par Oriana 13
CAP. III.--La bola de cera 25
CAP. IV.--La guerra de Gaula 30
CAP. V.--Los anillos del rey Perión 39
CAP. VI.--Don Galaor 45
CAP. VII.--El manto y la corona 51
CAP. VIII.--Las Cortes de Londres 56
CAP. IX.--Los ardides de Arcalaus 61
CAP. X.--La prisión del Rey 67
CAP. XI.--La libertad de Oriana 71
CAP. XII.--Las proezas de don Galaor 78
LIBRO SEGUNDO: _Beltenebrós_ 85
CAP. I.--La Ínsola Firme 85
CAP. II.--El Arco de Los leales Amadores 91
CAP. III.--Los celos de Oriana 98
CAP. IV.--El ermitaño 104
CAP. V.--La Peña Pobre 109
CAP. VI.--El castillo de Arcalaus 114
LIBRO TERCERO: _El Caballero de la Verde Espada_ 125
CAP. I.--La muerte del Endriago 125
CAP. II.--Las coronas de la Infanta 137
CAP. III.--Las cuitas de Oriana 148
CAP. IV.--La batalla naval 151
LIBRO CUARTO: _La guerra por Oriana_ 160
CAP. I.--Los tres ejércitos 160
CAP. II.--El primer día de lucha 166
CAP. III.--El fin de la batalla 172
CAP. IV.--Las gestiones de paz 176
CAP. V.--La derrota de Arcalaus 181
CAP. VI.--Las bodas 188
PALMERÍN DE INGLATERRA
CAP. I.--La floresta encantada 201
CAP. II.--Los mellizos de Flérida 206
CAP. III.--Desierto y Palmerín 212
CAP. IV.--Primaleón 219
CAP. V.--El torneo 226