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Part 12
Primaleón, poniendo los ojos en sí, y viendo sus armas rotas y así herido de muchas heridas, vinósele a la memoria su Gridonia, y con una soledad triste comenzó a sentir lo que ella dél sentiría; y dijo consigo mesmo:
--Señora, hoy es el postrero día que vuestros cuidados me pueden dar que pensar; yo moriré en esta batalla, y ninguno dirá que con temor de la muerte perdí nada de mi honra. ¡Oh emperador Palmerín, cuán mal agora sabes el poco descanso que para tu edad te aparejo! ¡Oh mi señora Gridonia, este es el bien que la fortuna a vos y a mí tenía guardado! Mas agora ¿por qué no me acuerdo que en vuestro nombre cometí tan grandes cosas como ésta, y que en ellas quedé siempre con vitoria?
Y estas palabras le pusieron tamaño esfuerzo, que casi no sintiendo las heridas que tenía, se fué contra él gigante, diciendo:
--Haz lo que pudieres, trabaja por defenderte, porque si hasta aquí peleaste comigo, agora con otras fuerzas y otro hombre te combates.
Y el gigante se fué a él, y comenzaron esta batalla tan diferente de las pasadas que don Duardos se espantaba de lo que vió, que a su parecer era la cosa más notable del mundo, en la cual anduvieron tanto que Dramusiando fué puesto en recelo de ser vencido, porque los golpes de Primaleón no parecían de hombre tan mal herido; mas como los del gigante no tuviesen resistencia, porque no tenía armas ni escudo con que se cubrir, fué puesto en tanta flaqueza, que casi no tenía fuerzas para sostener el espada, y lo que hacía era lo que el corazón le prestara, y ésta, como fuese sola y sin tener otra ayuda, dió con su señor en el suelo más muerto que vivo, con gran placer del gigante, y así como estaba le mandó llevar al aposento de don Duardos para que fuese curado, y primero que entendiese en la cura de su persona le hizo curar, porque, como se dijo, este Dramusiando fué el hombre que más deseó conservar la vida de los buenos caballeros que hubo en el mundo, por el poco temor que los tenía.
CAPÍTULO QUINTO
EL TORNEO
Tanto tiempo el infante Palmerín se crió en casa del emperador de Grecia su agüelo, que ya era en edad para ser caballero, y tan amado y estimado de todos por sus buenas costumbres, como después fué temido de sus enemigos por su persona; y como él desease muchas veces verse en aquel aucto para que se criara, temía de pedillo al emperador, por no se ver apartado del servicio de la hermosa Polinarda su señora, con quien viviera desde el primer día que Polendos le trajera. Y porque ella sentía en él este deseo, pagábaselo con otro igual al suyo, el cual sabía muy bien encubrir, porque la hermosura de Palmerín traía consigo el merecimiento desta afición. Pues el emperador, que en muy continua tristeza vivía por la pérdida de sus hijos y apartamiento de sus caballeros, que ya tenía por muertos, viniéndole a la memoria las palabras de la carta de la sabia del Lago de las Tres Hadas, que la doncella le trajo el día que Palmerín llegó, quísole hacer caballero, creyendo que con él cobraría el descanso perdido en que al presente no vivía, si ellas fuesen verdaderas. Y por deshacer la tristeza de los suyos, que de tanto tiempo estaba ya arraigada, porque esta pérdida era tan general que a todos cabía parte, ordenó de juntamente con él de darla a todos los donceles que en su corte andaban, que eran muchos, y algunos dellos eran príncipes e infantes, y concertóse que el día desta cerimonia tornasen contra los otros caballeros que en la corte al presente se hallasen, porque esto hacía el emperador para esperiencia de las cosas que de Palmerín esperaban. Y mandóles aparejar para el día de Pascua de flores, y luego ordenaron cadahalsos sumptuosos en el campo adonde habían de ser los torneos. Los noveles velaron sus armas en la capilla, víspera de Pascua, y venido el día, el emperador y la emperatriz y Gridonia oyeron misa, la cual se dijo con gran solemnidad, y acabada, hizo por su mano caballero al infante Palmerín de Inglaterra primero que a otro ninguno. El rey Frisol de Hungría, que allí se halló, le calzó la espuela, y la hermosa infanta Polinarda le ciñó la espada, porque el emperador lo quiso así para más obligalle a sus hechos; y él lo tuvo en tanto, que acordarse desto en muchos peligros le dió nuevo esfuerzo. Tras él armó _caballeros a todos los otros príncipes e infantes que en su corte se habían criado_.
Esto acabado, él y la emperatriz, con Gridonia y el rey Frisol, comieron en la sala imperial con tanto aparato de fiesta como en el tiempo pasado, servidos con todo el estado real, habiendo tantos estrumentos y música como si en aquella corte no faltara nada del placer que poseían en el tiempo en que ellos más se acostumbraban. Acabado de comer, el emperador se fué al cadahalso donde había de ver los torneos, acompañado de algunos señores a quien las edades antiguas detenían en Costantinopla; porque a los otros, a quien aún les ayudaba, despendían el tiempo en la demanda destos asignados príncipes de quien entonces ninguna nueva se sabía. La emperatriz y Gridonia, con sus dueñas y doncellas, se pusieron en otro que para ellas estaba señalado, y a esta hora, de la parte de los caballeros estranjeros estaba tanta gente en el campo, que a la fama destas fiestas habían venido, que el emperador temió que los noveles no lo pudiesen sofrir, que a este tiempo salían de la ciudad armados de armas blancas, tan airosos y bien puestos que comenzaron de dar testimonio de lo mucho que después hicieron, trayendo por capitán al esforzado Palmerín. Puestos en orden, al son de muchas trompetas arremetieron unos a otros con tamaño ímpetu, como la codicia de la honra quería a quien la desea alcanzar; Palmerín, que era el delantero, antes que ronpiese, puestos los ojos en la fermosa Polinarda, dijo consigo mismo:
--Señora, para mayor afrenta quiero vuestra ayuda; por eso no os la pido en ésta, que sé que ante vos no me puede acontecer cosa que la vitoria sea de otro, pues que vos ya la tenéis de mí.
No eran estas palabras bien acabadas, cuando él y Lebusante de Grecia se encontraron con tanta fuerza que Lebusante fué al suelo por las ancas del caballo, quedando Palmerín tan entero como si no le tocara, de que el emperador fué tan contento como espantado, porque este Lebusante era entonces el mejor caballero de toda Grecia. _Los demás caballeros noveles también se portaron con mucha gallardía._
El estruendo destos primeros encuentros fué tan grande que parecía que un monte se acabase de caer, quedando por el campo muchos caballos sin señores, quedando ellos en el suelo y algunos maltratados. Después de quebradas las lanzas echaron mano a las espadas, dándose tan grandes golpes que parecía que un gran ejército fuese allí junto. Lebusante de Grecia, descontento del desastre del primer encuentro, ayudado de los suyos tornó a cabalgar, y entrando por lo más áspero del torneo fería a una parte y a otra de tan duros golpes que por fuerza le hacían lugar, mirando por quién le derribara para enmendar la vergüenza en que le pusiera; yendo con este deseo, _puso en el mayor aprieto a los noveles, aunque éstos se defendían tan bien que_ el emperador tuvo en tanto el alto comienzo destos noveles que todas las cosas pasadas le parecían pequeñas; mas de la parte de los estranjeros recreció tanta gente, que los noveles no se podían amparar, y por fuerza los arrancaron del campo, y en aquel tiempo no se halló el esforzado Palmerín de Ingalaterra, que aquel día había hecho tanto que ya no hallaba en quien emplear sus fuerzas; y siendo animado del aprieto en que los otros estaban, acudió aquella parte con el infante Platir, _hijo de Primaleón y Gridonia, y con otros caballeros_, y rompieron por medio de los contrarios con tanta fuerza, que los golpes que dellos recibieron no fué parte para enpedir su llegada. Platir, que vió al príncipe Florendos su hermano trabado con Trofolante, llegó a él, dándole muchos y grandes golpes, tanto que le hizo desatinar, y a este tiempo Lebusante de Grecia salió tan maltratado de las manos del príncipe Beroldo _de España_, que sin nengún acuerdo se tornaron a retraer, por no poder resestir a los golpes de Palmerín y de aquellos esforzados noveles sus compañeros; con tanto placer del emperador y de la hermosa Polinarda, que, no lo pudiendo encubrir, estaba loando a sus damas su hermoso doncel. Ya que los contrarios iban de vencida fuera del campo donde la batalla se hacía, entraron de su parte por un costado del torneo dos caballeros armados de armas verdes, al parecer airosos y bien puestos, con sus lanzas bajas, y antes que las quebrasen derribaron a algunos de la otra parte, y sacando sus espadas, en poco tiempo hicieron tanto, que por fuerza los suyos tornaron a cobrar todo lo que del campo habían perdido. Mas Palmerín vió aquellos caballeros y el estrago que hacían en los suyos, temiendo que la vitoria de aquel día fuese al revés, porque los noveles estaban casi destrozados del trabajo que habían pasado, y los otros cobraron esfuerzo con la nueva ayuda; por donde, como se le acordase que todo pendía dél, _salió al encuentro_ de un caballero de los otros, el más esforzado, que por ser mejor conocido traía el escudo en campo blanco un salvaje con dos leones por una traílla, el cual, pasando por fuerzas de armas todo el ímpetu de los noveles, y conociéndole por las grandes cosas que aquel día le viera hacer, se vino a él, el cual lo recibió con el mismo deseo, y comenzaron una brava batalla, tal que bien pareció que allí se juntaba toda la valentía del mundo; en la cual anduvieron tanto, hasta que las armas quedaron tan deshechas y los caballos tan cansados que no se podían menear, y apeándose de los caballos se pusieron a pie, que fué causa de doblarse más la furia de su batalla, trabándose a brazos algunas veces, confiándose cada uno en sus fuerzas; y con todo lo que probaban nunca pudieron conocerse ventaja. _Entre tanto Platir y Florendos lograban echar de nuevo a los caballeros forasteros fuera del campo._ El emperador, que la batalla de Palmerín y del caballero del Salvaje veía, estaba tan ocupado en el espanto que le ponía que no miraba por otra cosa, tiniéndola por la mayor que nunca viera, y temiendo, según lo que vía, que entramos pudiesen allí morir, quiso escusar cosa tan mal empleada en tales dos caballeros, mandóles decir de su parte que pues el torneo era acabado, dejasen la batalla en que estaban; mas como cada uno deseasen saber lo que había de sí al otro no se pudo acabar con ellos, ni la infanta Polinarda se halló tan libre que dejase de sentir y recelar la afrenta en que su Palmerín estaba. En esta porfía duraron tanto, que la noche sobrevino, tan escura que les fué necesario apartarse, sin nenguno quedar con más que con muchas heridas y el deseo de la vitoria. El emperador mandó tocar las trompetas y recoger cada uno a su capitanía; los dos caballeros de las armas verdes se tornaron hacia la parte de donde vinieron. El emperador quiso que hubiese sarao, para pagar a los noveles el trabajo de aquel día danzando cada uno con su señora, y algunos hubo entrellos que por gozar de aquel contentamiento estuvieron engañando el dolor de sus heridas con aquella paga de su gusto. Palmerín, que no sabía con quién danzar por no atreverse a su señora, danzó con una camarera de la infanta Polinarda y mucho su privada; el príncipe Florendos con la infanta su hermana, que aquel día salió tan hermosa que podía tener su madre envidia y su agüela en el tiempo que florecieron; Platir con Floriana, nieta del rey Frisol; y así los otros cada uno con quien más tenía en su voluntad. Acabado el sarao, el emperador se recojó al aposento de la emperatriz, acompañado de Palmerín y sus nietos, todos envueltos en el placer de su vitoria, y él algún tanto triste por no saber quién fuese el caballero del Salvaje, a quien entonces hiciera muy grandes mercedes si lo pudiera haber para su servicio, porque sólo para sustentar la honra se han de desear los bienes de fortuna.
CAPÍTULO SEXTO
EL CABALLERO DE LA FORTUNA
_Entre tanto, sin que nadie pudiera saber cómo ni dónde, los más famosos caballeros del mundo, que lo recorrían en busca de don Duardos y Primaleón y de los otros desaparecidos, iban quedando presos en las redes de Dramusiando, de modo que, al cabo de los años, llegó a estar cautiva en su castillo toda la flor de la caballería. En tales circunstancias, parecióle al novel caballero Palmerín, aunque mucho le costaba apartarse de la vista de su amada Polinarda, que no era decoroso seguir por más tiempo gozando de la regalada vida de la corte imperial cuando tan falto de caballeros era el mundo, y así, luego de despedirse en secreto de Polinarda, con la más viva pena, sin ser visto de nadie, salió de Constantinopla con la sola compañía de Selvián su fiel escudero, llevando por nombre el de El Caballero de la Fortuna._
_Después de correr diversas aventuras en las que conquistó glorioso renombre, púsose en camino para la Gran Bretaña, con ánimo de probar aquella en que se habían perdido tan insignes caballeros._
_Eutropa, la tía de Dramusiando, sabiendo por sus artes el gran peligro que para ella y su sobrino se encerraba en aquel nuevo caballero, hizo de modo que cuando el de la Fortuna estaba llegando a Londres, se le presentara, toda deshecha en llanto, una dueña con la súplica de que la vengara de no sé qué ofensas que fingía haber recibido del Caballero del Salvaje. Desafiólo el de la Fortuna, que nada deseaba tanto en el mundo como volver a medir sus armas con su enemigo de Constantinopla, y lucharon ante el rey y la corte de Inglaterra con tanto brío y fortaleza que en todo el día ninguno de ellos pudo conseguir victoria sobre el otro y cuando se puso el sol ambos estaban llenos de terribles heridas y con las armas destrozadas --aunque en peor situación el del Salvaje-- pero tan enteros de ánimo que ni el propio rey los logró separar para que no acabaran de darse muerte uno a otro._
El rey, que ningún descanso ni reposo sufría en su corazón, fuese adonde estaba Flérida, diciendo:
--Señora hija, don Duardos es vivo y por mano de alguno ha de ser libre; no hay en el mundo en quien el hombre espere sino en el uno destos que tan cerca están de perder las vidas; pídoos que luego los vais apartar, que por mí no lo quisieron hacer, y si no, si ellos mueren, yo he por muerta la esperanza que tuve hasta aquí de algún bien.
Flérida, que hasta entonces nunca había salido de su aposento ni ninguno la viera, tuvo por muy grave lo que el rey le pedía, mas quiso hacer su voluntad, y así salió por la plaza llevándola el rey por la mano, acompañada de cuatro dueñas vestidas de negro y ella con un hábito de la misma color de paño grueso conforme a su cuidado, en su cabeza una beatilla de lino que le cubría los ojos, mas tan hermosa como en el tiempo de su alegría. En la plaza de palacio hubo muy gran alboroto viéndola venir, y el espanto y rebullicio de la gente tamaño, que los caballeros se tornaron apartar por ver lo que era; Flérida llegó a ellos, y tomando al de la Fortuna por la manga de la loriga, le dijo:
--Pídoos por merced, caballero, si en algún tiempo por alguna dueña tan mal tratada de la fortuna habéis de hacer alguna cosa, que sea dejar esta batalla, pues en ella no se gana sino el riesgo en que vuestra vida y de esotro caballero está.
El de la Fortuna puso los ojos en ella, y parecióle tanto a su señora Polinarda, que no supo si pensase que era ella, y puniendo las rodillas en tierra, le dijo:
--Señora, esta fué la batalla que más deseé acabar en mi vida, y agora la dejo si en ello recebís servicio, y la honra della sea dese caballero, pues tan bien la merece.
--Esa no quiero yo --dijo el del Salvaje-- sino cuando por mí la ganare, y si vos deseastes acaballa, también deseé lo mismo; mas pues hacéis lo que mi señora Flérida manda, mal podré yo hacer al contrario, que soy suyo y se lo debo de obligación.
Flérida se lo agradeció, y tornándose para su aposento, sin saber que no era aquella la primera vez que de su mano recibieran la vida.
_Una vez sano de sus heridas, el caballero del Salvaje acometió la aventura del Valle de la Perdición --que ya por los escuderos de los caballeros presos en el castillo de Dramusiando se sabía donde habían quedado sin libertad don Duardos, Primaleón y todos los otros--, y si no logró darle cima, estuvo más cerca de la victoria que nadie lo había estado, pues, después de haber vencido a don Duardos y todos los gigantes, si no triunfó de Dramusiando tampoco fué derrotado por éste, sino que, después de luchar horas y horas, cuando cerraba la noche cayeron ambos en tierra, más muertos que vivos, de la sangre que se escapaba de sus muchas heridas. Entonces, un encantador que protegía extremadamente a la familia del rey de Inglaterra, llamado Daliarte, envuelto en una negra niebla, llevóse del patio del castillo el cuerpo del caballero del Salvaje, sin saber nadie cómo, mientras Eutropa y las gentes del castillo trataban de reanimar a Dramusiando._
CAPÍTULO SÉPTIMO
LOS ENEMIGOS HERMANOS
_El caballero de la Fortuna, que no había querido aceptar la hospitalidad que para que se curara de sus heridas le había ofrecido el rey, cuando sintió que sus fuerzas eran recobradas, se armó de las nuevas armas que Selvián le había encargado y se puso en busca de la fortaleza de Dramusiando. Anduvo así_ muchos días sin hallar aventura que de contar sea, en fin de los cuales le tomó una noche en un valle donde vió estar una tienda armada, con lumbre de hachas dentro; y llegándose más cerca por ver lo que sería, no halló otra cosa si no fué un caballero muerto metido en unas andas, y otro que con palabras de mucho dolor mostraba sentir su muerte, y conociendo que aquel era Rosirán de la Brunda, sobrino del rey de Inglaterra, parecióle que el de las andas no sería persona de poco precio; apeándose del caballo entró así armado en la tienda, y comenzóle de consolar. Mas don Rosirán, que en viéndole conoció al de la Fortuna, se levantó en pie diciendo:
--Ya, señor caballero, seréis contento, pues es muerto el caballero a quien vos por mayor enemigo teníades; este es el caballero del Salvaje, de quien ya deseastes vitoria y no la podistes haber.
El de la Fortuna le vinieron las lágrimas a los ojos, que esto tienen los corazones piadosos, aun del mal de sus enemigos tener compasión, diciendo:
--Por cierto, nunca yo de nenguno más la deseé; _pero_ si en la vida fué la enemistad tan grande como vos sabéis, en la muerte quiero que veáis lo que en su venganza haré; por eso querría que dixésedes en qué parte le aconteció esta desventura, porque quiero también pasar por ella o vengar a él.
--Señor, yo llego aquí --dijo don Rosirán-- habrá media hora, y no sé más que lo hallé en este estado y un hombre que de aquí se fué me dijo que estas feridas recibió en la fortaleza del gigante Dramusiando, donde se cree que todos o los más excelentes caballeros del mundo son perdidos; y puesto que hiciera en armas cosas tan estremadas cuales de otro nunca se vieron, al fin quedó tal como veis, sin poder dar fin aquella tan peligrosa aventura.
El caballero de la Fortuna, que el dolor de tal acaecimiento sentía dentro en el alma, viendo que él no había acabado aquella aventura, túvola en más que hasta allí; tomando las armas en las manos para ver los golpes, las halló tan despedazadas, que no tan solamente tuvo en mucho la grandeza dellos, mas tuvo en mucho más ver a hombre en el mundo que con tamañas heridas se sostuviese algún espacio; llegándose más a él por ver si del todo era muerto, quitóle un paño de seda con que el rostro estaba cubierto; afirmando los ojos, le dió un sobresalto el corazón como si del todo le conociera, y porque la naturaleza en estos casos lo descubre todo, ella le trujo a la memoria la pérdida de su hermano, viéndole algunas señales en que sospechó ser aquél, y llamó a Selvián para que le viese, y tanto le estuvo mirando, que entramos conformaron en aquella sospecha; mas el de la Fortuna, que aún no estaba satisfecho, dijo contra don Rosirán:
--Pídoos por merced, señor caballero, que me digáis su nombre si lo sabéis, y cúyo hijo es, pues vos ni él perdéis en ello nada, y aun me quitáis de una duda en que estoy.
--Aventúrase ya tan poco en esto --dijo él--que no quiero negar lo que sé; su propio nombre es Desierto; padre ni yo ni otro le conoce, puesto que a mí como al mayor amigo que siempre tuvo confesó algunas veces que un salvaje le criara y a éste conocía por padre, llamándose siempre en su poder el mismo nombre de Desierto.
El caballero de la Fortuna, a quien estas palabras tocaron en el alma, viendo ser su hermano, cayó sobre las andas tan sin acuerdo como si su corazón no fuera para mayores afrentas; en esta hora entraron en la tienda cuatro hombres, y puniendo las andas en dos palafrenes que para eso trujeron, se partieron con aquel cuerpo muerto.
El de la Fortuna se quisiera ir tras él, mas no se lo consintieron, diciendo que creyese que si algún remedio de la vida tuviese, que sin él se le darían; entonces lo dejó llevar, por le parecer escusado seguillo; preguntó a don Rosirán qué quería hacer de sí, porque su determinación era acabar donde el otro caballero recibió sus heridas, o ver si las podía vengar.
--Yo --dijo don Rosirán-- tórnome a Londres con estas sus armas, y amostrallas al rey de cuya mano fué hecho caballero, que las mande guardar y tenellas en tanta veneración en la muerte como sus obras merecían en la vida.
--¿Sabríadesme decir --dijo el de la Fortuna--a qué parte está esta fortaleza donde todos acaban?
--No lo sé, ni creo que nenguno lo sabe --dijo él.
Luego se despidieron el uno del otro, siguiendo cada uno su viaje.
CAPÍTULO OCTAVO
LA LIBERTAD DE LOS CABALLEROS
Tanto que el caballero de la Fortuna se apartó de Rosirán, no anduvo mucho por el valle abajo que no se abajase del caballo, echándose al pie de un árbol con propósito de dormir lo que de la noche quedaba por pasar, mas no lo pudo hacer con el dolor que las heridas del caballero del Salvaje le hicieron, pasándole también por la memoria la tristeza en que vivía de no saber cuyos hijos fuesen; esto le hacía desear hacer obras con que todas esotras cosas se olvidasen, deseando ya verse en la torre de Dramusiando y esperimentar su fortuna o a hacer fin juntamente con los otros; tanto que la mañana esclareció, Selvián le llegó el caballo y en él empezó a caminar por aquella tierra, preguntando siempre por nuevas del castillo del gigante; todos lo sabían tan mal que nunca halló nuevas de lo que deseaba, y puesto que cada día pasase cerca de él, no quería Eutropa que entrase en el sitio defendido hasta que los gigantes y su sobrino estuviesen en disposición de hacer batalla; así que desta manera andó atravesando aquel reino por espacio de más de cuarenta días (_en uno de los cuales Daliarte, el encantador que protegía a su familia, hizo llegar a sus manos un escudo invulnerable_); al fin dellos, estando ya el gigante Dramusiando y su gente para sufrir cualquier trabajo, se halló dentro del valle de la Perdición, a riberas del río, de la parte de arriba; pareciéndole el sitio y tierra tan fresca, la juzgaba por la mejor cosa del mundo; yendo ocupando los ojos en la verdura del campo, la clareza y mansedumbre del agua y el cuidado en su señora Polinarda, comenzó hacer entre sí mil diferencias enamoradas que le llevaban tan sin acuerdo, que solamente para pensar en el peligro en que estaba no tenía memoria; acordó deste pensamiento a las voces que Selvián le daba hallándose junto de una torre y don Duardos en medio de la puente apercebido de justa.
[Ilustración]