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--¡Don Duardos, don Duardos! --en alta voz--: con menos reposo que eso habías de estar en esta casa.

Don Duardos recordó a sus voces; queriendo tomar su espada, no la halló. Entonces _el gigante_ le mandó prender, sin él poderse resestir, que sólo con el corazón, sin otras armas, le tomaron; de ahí le llevaron a una torre en lo más alto de la fortaleza, adonde, cargado de hierro, le dejaron con intención de nunca soltalle. Cuando don Duardos se vió solo y así tratado, con ira que de sí mesmo tenía, comenzó a decir palabras de tanto dolor y lástima, que nenguno lo pudiera oír que no la hubiera dél.

_¿Qué motivo había para que tan preclaro caballero fuera tratado de este modo? Dice la historia que en el tiempo en que Palmerín de Oliva, antes de ser emperador de Grecia y padre de Flérida, había estado en la corte del rey de Inglaterra, abuelo de don Duardos, como caballero andante, había libertado en brava pelea a la reina y su hija, que eran llevadas prisioneras por el temido gigante Franaque, el cual, por mano de Palmerín, había quedado muerto en el campo de batalla._

Este Franaque tenía una hermana, muy gran sabidora en las artes de encantamento, llamada Eutropa, que en su tiempo pasó a todas las personas que de aquel arte sabían. Y sabiendo la triste nueva de aqueste su hermano, tomando en sus brazos un pequeño hijo que le quedaba, que tenía por nombre Dramusiando, con grandes llantos lloraba la muerte de su padre, prometiendo que, con sus artes y con las fuerzas de aquel niño, tomaría tal venganza del que lo mató y de todos los que de su linaje pudiese haber, que quedase dello perpetua memoria. Pasados los días del ímpetu de su pasión, quísose proveer como sabía en aquello que vió que era menester para su guarda; y haciendo de nuevo aquel castillo en que don Duardos fué preso, se metió en él con toda su familia, fortificándole todo lo que más pudo; y no se confiando desto, encantó de tal suerte toda aquella floresta al derredor, que ninguna persona podía entrar dentro si no fuese por su voluntad. En este castillo crió su sobrino hasta edad de ser caballero, _el cual_, como tuviese edad y entendimiento, y tuviese el ánimo muy grande, supiendo la muerte de su padre, el esfuerzo de su ánima le provocaba a ir por el mundo a vengar su muerte; mas Eutropa se lo impidió siempre, diciendo que viviese contento, que ella le prometía de le traer a su poder en quién pudiese tomar muy cruel venganza.

CAPÍTULO SEGUNDO

LOS MELLIZOS DE FLÉRIDA

Estando Flérida en la Floresta del Desierto, que quedara con _sus_ damas junto con la ribera folgando y cogiendo de las flores de que el campo está cubierto, que esto era en el mes de mayo tiempo en el cual ellas tienen su gracia, esperó a don Duardos hasta las horas que le pareció que debía venir, y viendo que tardaba, comenzó de entristecerse, anunciándole el corazón el desastre. Allegada la noche, parecióle más escura a Flérida de lo que de su natural lo podía ser; ninguna consolación la podía alegrar; los monteros acudían y su don Duardos no venía; Flérida no durmió en toda la noche, porque siempre en estos casos el cuidado vence el sueño.

Ya que la mañana esclarescía, el duque _de Galez_ mandó a toda aquella gente que, repartidos, corriesen toda la floresta y mirasen si lo hallarían, y tornasen allí con el recaudo, porque Flérida tenía ordenado no hacer de allí mudanza hasta saber lo que dél era hecho. Pridos, hijo del duque, primo de don Duardos y muy grande amigo suyo, se metió por lo más espeso de la montaña, contra aquella parte do la mar batía, lo anduvo revolviendo todo, e ya desconfiando de le hallar, creyendo que de las alimañas bravas de que aquella montaña era poblada lo matarían por ir desarmado, tornóse tan triste que, desacordado de sí, con los ojos llenos de agua, las riendas sueltas sobre el cuello del caballo, haciendo muy grandes lástimas por aquellas muy grandes concavidades que la mar tenía hechas, y retumbando dentro el tono con que las decía, parecía que le ayudaban a sentir su pasión con aquellas mismas palabras que él mismo se quejaba.

No tardó mucho que por la ribera de aquella playa vió venir una doncella encima de su palafrén muy negro, vestida de la mesma color. Llegándose a Pridos, le tomó por la rienda, diciendo:

--Señor caballero, esforzad, que esa gran tristeza no puede guarecer a lo que buscáis. Sabed que don Duardos es vivo, puesto que no está en su libertad, ni saldrá tan presto de la prisión en que lo tienen; decid a Flérida que se consuele, y que tenga por muy cierto que esto todo vendrá a muy buen fin. Porque la soledad que agora comenzará a sentir se le tornará en mayor alegría.

Aun bien no acababa de decir estas palabras, cuando, dando del azote al palafrén, ella y él desaparecieron.

_Pridos tornó_ con esta nueva donde Flérida estaba, _la que_, puesto que con ella le certificaba don Duardos ser vivo, quedó más triste de lo que antes estaba.

[Ilustración]

Y como pocas veces una pasión venga sola, con este acidente le dieron dolores de parto, y porque también ya el tiempo era llegado, sin mucho trabajo parió dos hijos, tan crecidos y hermosos que en aquella primera hora parecía que daban testimonio de lo que después hicieron. _Las_ damas los tomaron, y envolviéndolos en ricos paños, se los presentaron delante, creyendo que con la vista dellos mitigaría la pena; Flérida los tomó en sus brazos con amor de madre; con palabras de mucha lástima decía:

--¡Oh hijos sin padre! ¡Cuánto más próspero pensé que vuestro nacimiento fuera! Mas en lugar de las fiestas que él para entonces aparejaba, yo moriré con este dolor y vosotros quedaréis sin él y sin mí y sin edad para sentir tan gran pérdida.

Luego un capellán, que allí estaba, los bautizó. Pusieron nombre al que nació primero Palmerín, que después se llamó de Inglaterra, y al segundo Floriano del Desierto, así por que la floresta en que naciera se llamara del Desierto, como por ser en tiempo que el campo estaba cubierto de flores. Acabado de bauptizar, les dió de mamar, así de la leche de sus pechos como de las lágrimas de sus ojos, porque las que ella vertía eran tantas, que, corriendo por sus mejillas, iban a parar a aquel lugar donde todo se juntaba.

Dice la historia que, estando en esto, llegó hacia aquella parte un salvaje que en aquella montaña vivía. Este se mantenía de la caza de las alimañas que mataba, vestíase de los pellejos dellas, y traía dos leones atados por una trabilla, con los cuales cazaba. Y viniendo aquel día allí, metido entre unas matas espesas, vió el nacimiento de aquellos infantes, y usando de lo que su inclinación brutal le inclinaba, determinó cebar sus leones en aquellas inocentes carnes, porque en todo el día no había cazado, y saliendo de súpito al campo, los que en él estaban, con el miedo, desmampararon a Flérida, escondiéronse entre las matas. El duque de Galez, que muy viejo era y estaba desarmado, no pudo defender que el salvaje no tomase a los niños debajo del brazo, y caminando contra la cueva, se fué sin hacer más daño. Flérida quedó tal, que perdido el sentido no se acordaba de cosa ninguna; perdida la calor natural, parecía más muerta que viva; mas tomando algún tanto en sí por las palabras que le decían, comenzó otro planto de nuevo, deseando mil veces la muerte, porque sólo en ella se halla reposo de todos los males.

CAPÍTULO TERCERO

DESIERTO Y PALMERÍN

Aqueste salvaje, después de haber tomado aquellos infantes, anduvo tanto hasta llegar adonde tenía la cueva, y hallando a la entrada della a su mujer, que le estaba esperando con un niño en los brazos, el cual era hijo de entrambos, que sería de edad de hasta un año; allí le dió la caza que traía, diciendo que en todo el día no había podido hallar otra, y que de aquella cenarían los leones; mas como las mujeres de su natural son inclinadas a piedad, túvola tamaña de aquellas vidas inocentes, que no quiso consentir lo que su marido traía ordenado; antes, tomando de otra carne, les dió de comer y a los chiquitos de mamar, con tan grande amor como a su hijo propio; y con esto los crió a la leche de sus pechos hasta que la edad los enseñó a sustentar de otro mantenimiento.

_Entre tanto, el rey de Inglaterra, Fadrique, padre de don Duardos, en el gran dolor de lo ocurrido a su hijo y nietos, envía un embajador a Constantinopla para hacerlo saber al anciano emperador de Grecia. Llega éste a la ciudad al tiempo en que se celebran grandes fiestas con motivo del nacimiento de Polinarda, nieta del emperador, hija de Primaleón el hermano de Flérida. Al momento son suspendidos los festejos, y el emperador Palmerín, muy alterado con tales nuevas, retírase a sus habitaciones. Mas el príncipe Primaleón, que grandes obligaciones debe a su cuñado don Duardos, dejando a su amada esposa Gridonia y a su recién nacida hija, toma sus armas y se pone secretamente en camino para lograr la libertad del prisionero. Lo mismo van haciendo los más famosos caballeros de la corte del emperador; y cuando la noticia de la pérdida de don Duardos se extiende por las de Francia, España, Alemania y otras tierras, no hay caballero que quiera ser el último en salir en su demanda._

Aquí deja la historia de hablar dello, y torna a los infantes, que la mujer del salvaje criaba con tanto amor como a sus propios hijos; así como iban creciendo se hacían tan hermosos y bien dispuestos, que parecían de mayor edad de lo que entonces eran: su ejercicio era cazar, siendo en ello tan diestros, que casi tenían despoblada la mayor parte de aquélla floresta de las alimañas que en ella había; y el que mayor montero y más gusto de cazar llevaba era Floriano del Desierto, en cuya compañía los leones siempre andaban; traía un arco con muchas flechas, y salió tan singular flechero, que el salvaje no le igualaba con mucha parte; en esta vida continuaron hasta edad de diez años, en el fin de los cuales, un domingo por la mañana, Floriano se salió solo con sus leones por la trabilla, como algunas veces lo acostumbraba, por ver si mataría alguna caza, y andando todo el día a una parte y a otra sin hallar ninguna, al tiempo que el sol se quería poner, vió en una mata estar un venado muy grande, y adonde le tiró, y le dió con tanta fuerza que lo atravesó de la otra parte; mas el ciervo, que se sintió herido, se levantó con tan gran priesa, que los leones, a quien Floriano soltó la trabilla, no le pudieron alcanzar, antes corriendo ellos tras el venado y él tras ellos se desviaran tanto de la cierva, que Floriano perdió el tino della y a los leones de vista, andando toda la noche dando voces por ver si acudirían; y caminó tanto hacia donde le pareció que la cierva estaba, que fué a parar al propio lugar adonde naciera, que era allí cerca, y asentóse al pie de una fuente que allí estaba; no tardó mucho que por el mesmo camino hacia la fuente vió un caballero encima de un caballo bayo, las riendas caídas sobre el cuello del caballo, y él tan triste de su cuidado que parecía que nenguna cosa sentía; tanto que llegó a la fuente, con el detenimiento que el caballo hizo en beber, tornó en sí, y viendo a Floriano, fué en él el sobresalto tan grande como si viera a don Duardos; porque éste se parecía mucho a él; preguntándole cúyo hijo era, Floriano le dió la cuenta de lo que sabía; el caballero le rogó que se fuese con él para Londres, y que le llevaría al rey, que le criaría y le haría mercedes.

Este caballero era el esforzado Pridos, que, cansado de correr todo el mundo en busca de don Duardos sin hallar ningunas nuevas, se tornaba para Londres, y tomando a Floriano consigo, le llevó a la corte, adonde del rey fué recebido como persona a quien mucho amaba, y le ofreció aquel doncel vestido de pieles de alimañas, con quien el rey fué tan alegre como si supiera ser aquél su nieto. Y tomándole por la mano, se fué adonde la reina y Flérida estaban, mostrando nuevo contentamiento, y puestos los ojos en Flérida, le dijo:

--Señora, vedes aquí el fruto que Pridos sacó de su tardanza; este doncel, tan parecido a mi hijo y a vuestro don Duardos, que me hace creer que puede tener algún deudo con él.

Flérida, a quien la naturaleza ayudase a conocelle, tomóle en los brazos con entero amor de madre, y pidiéndoselo al rey que se lo diese para su servicio, quiso que tuviese por nombre Desierto, sin saber que aquél era con el que naciera. Desta manera el infante Desierto se crió sirviendo a su mesma madre, sin ella ni él saber el mucho parentesco que entre ellos había.

Aquel día que el infante del Desierto salió a cazar, el salvaje esperó hasta la noche, y viendo que no venía él, ni los leones tampoco, comenzó de entristecerse, y gastando las horas del sueño en pensamientos que se le hacían perder, estuvo hasta otro día, que los leones llegaron ensangrentados de la sangre del venado que mataron; mas él que los vió sin su guardador, los mató, sin se le acordar la pérdida que en hacello recibía. Mas Palmerín se tornó tan triste que ninguna cosa le podía contentar, pasando el tiempo en irse a pasar su soledad riberas de la playa donde la mar batía. Tanto continuó esto, que una vez vió venir a la costa una galera, y llegando hacia aquella parte do Palmerín estaba, el capitán mandó poner la proa en tierra, hallando aquellos donceles, porque también Selvián, _el hijo del salvaje_, estaba en la compañía de Palmerín; espantado del parecer de entramos y de la manera de su traje, después de estar algún rato platicando, puso en su voluntad de llevarlos consigo por fuerza, si de otra manera no quisiesen; mas Palmerín no hubo menester muchas palabras, porque su naturaleza le inclinaba a no se contentar de aquella vida.

Entonces, entrando en la galera, el capitán hizo su camino como de antes llevaba; en esto continuaron tantos días, volviendo la costa de España y travesando la de Levante, tanto que un día en la tarde allegaron al gran puerto de Constantinopla, que en aquel tiempo era poblada de voluntades tan tristes como en otro tiempo lo era de invenciones alegres y días contentos.

El esforzado Polendos, rey de Tesalia, que era el capitán de la galera que venía de correr y atravesar todos los mares, así Océano como Mediterráneo, sin hallar ninguna nueva de Primaleón ni de don Duardos, dió cuenta _al emperador_ de las tierras que anduvo y de lo poco que en aquella demanda hiciera, de lo cual el emperador quedó muy descontento. Polendos le presentó el hermoso infante, con quien fué algún tanto consolado, pareciéndole que tan fermosa cosa había de traer consigo algo que diese contentamiento a quien le había menester, y llamando a un duque, lo mandó llevar a Gridonia, para que sirviese a su hija Polinarda, que ya en aquel tiempo comenzaba a ser tan hermosa que se creía que su madre y agüela no lo fueron tanto como ella en el tiempo que florecían.

La emperatriz y Gridonia lo recibieron con aquella voluntad que una persona inocente y cosa tan bella se había de recebir; y así comenzó a servir a Polinarda, hija de Primaleón y de Gridonia, con tan aparejado deseo, que le puso después en muchas afrentas, de las cuales nunca pensó salir.

No tardó mucho que por la puerta del palacio entró una doncella, la cual había venido en un palafrén blanco; traía vestida una ropa a la francesa, de invención nueva, bordada de trozos de oro, los cabellos echados a las espaldas, tomados con un muy rico prendedós, y allegando al estrado, sacó una carta del seno, y haciendo el acatamiento que a tan gran príncipe era necesario, se la metió en la mano. El emperador la mandó leer alto, en la cual decía: “A ti, el invictísimo e muy famoso Palmerín, emperador de Grecia: yo, la dueña señora del Lago de las Tres Hadas, te hago saber que el doncel que hoy te fué traído, de entrambas partes deciende de los más poderosos reyes cristianos que hay en el mundo; por tanto, tratalde como a gran príncipe, porque, en el tiempo que tu corona e imperial estado estuviere en el más bajo asiento de la fortuna, le tornará en la más alta grandeza que nunca fué, y por él serán restituídos en alegría los dos más afortunados príncipes que ahora están sin ella.”

El emperador se fué para la emperatriz, mostrándola la carta; haciendo venir delante de sí al hermoso doncel, platicando con él algunas cosas quiso que hobiese por nombre Palmerín, no sabiendo que allende de ponerle aquel nombre, le tenía dende su nacimiento. Mas la emperatriz y Gridonia tenían por tan gran pérdida no saber ninguna nueva de Primaleón, que ningún placer otro las podía hacer olvidar este cuidado.

CAPÍTULO CUARTO

PRIMALEÓN

El gigante Dramusiando, tanto que tuvo a don Duardos en su prisión, supo de su tía Eutropa que a su fortaleza vendría un caballero que le prendería o le mataría a él; y porque tenía sus cosas por ciertas vivía con tanto cuidado, que esto le hacía usar de mayores cautelas de lo que hasta allí hacía; y como entonces la fama de los temidos gigantes Daligán de la Escura Cueva y del temido Pandaro fuese tan sonada que sólo con los nombres hacían espanto, tuvo manera que con grandes promesas los trujo para fortalecer su castillo, ordenando que cada uno de los que allí viniesen a la entrada de la puerta justase primero con don Duardos, y a la salida della hobiesen batalla con el temido Pandaro y venciéndole se combatiesen con Daligán de la Escura Cueva; y siendo el caballero tal que todas estas afrentas pasase a su honra, que hobiese batalla con el mesmo Dramusiando, que era tal, que si no fuera por las palabras de su tía, bien creyera que ninguna ayuda le era necesaria para defender su castillo y ofender a cuantos a él viniesen.

Una tarde aportó en aquel valle el muy esforzado príncipe Primaleón, cansado de las muchas aventuras que por él pasaron y muy triste porque ninguna della fué tal que le diesen nuevas de don Duardos. Venía en un caballo morcillo, vestido de armas de verde y leonado, trayendo ocupados los ojos en la suavidad que aquellos árboles y corrientes de aguas hacían a quien a vista della caminaba; y así allegó a la puente al tiempo que don Duardos acababa de enlazar el yelmo y de tomar una gruesa lanza; estaba en un hermoso caballo alazán del gigante, armado de armas negras sembradas de fuegos, en el medio dellas unos corazones que ardían; en el escudo, en campo negro, la tristeza, puesta por tal arte, que ella misma enseñaba su nombre a quien no la conocía. Primaleón, que así le vió, le dijo:

--Señor caballero, ¿no daréis licencia a quien desea ver esa fortaleza que lo pueda hacer sin pasar por la furia de vuestras manos?

--La costumbre de la entrada os diré --_dijo don Duardos_--, y es que habéis de justar conmigo; y si me venciéredes, pasares por otros peligros dudosos, y entonces podréis ver lo que deseáis.

_Dicho esto_, apartándose lo necesario se encontraron con tanta fuerza, que las lanzas volaron en menudas piezas; y tomando otras dos lanzas muy más gruesas que las otras, pasaron la segunda y tercera y cuarta carrera sin ninguno llevar ventaja; mucho se espantaron de la fortaleza uno del otro, mas a la quinta se toparon de los cuerpos con tanta fuerza, que juntamente vinieron al suelo; mas como en entramos hobiese tanto ánimo, luego se levantaron. Primaleón, con gran coraje de se ver así caer, echó mano a su espada, y embrazando su escudo se vino para don Duardos. Mas don Duardos, como hobiese probado muchos caballeros y ninguno tanto le había durado en la silla como aquél y le había así derocado, púsole luego en muy gran sospecha lo que podría ser y oyéndole hablar conoció verdaderamente ser aquel que había pensado, y apartándose afuera, le dijo:

--Señor Primaleón, yerro sería pensar ninguno que en ninguna cosa se puede igualar con vos.

Primaleón le conoció en la habla, y dejando la espada le fué abrazar, mas en esto abrieron las puertas y Pandaro le llamó que se recogiese, que Dramusiando lo mandaba. Así que no tuvo tiempo para más que decille que se iba a su prisión. Primaleón se fué tras él, y a la entrada de la puerta el gigante le recibió armado de hojas de acero, de que todo venía cubierto; en la mano derecha traía una maza de hierro pesada y en la otra traía un escudo, cercado de arcos del mismo metal, diciendo:

--Agora quiero ver si esfuerzo o maña os salvan de mis manos.

--Mayor detenimiento --dijo Primaleón-- sería querer responderte lo que esas palabras locas merecen que quebrar la soberbia con que son dichas.

Mas Pandaro bajaba ya con un golpe tal, que el escudo de Primaleón, en que dió, fué hecho piezas, de que quedó muy poco contento por no tener con qué se cubrir en tiempo de tanta necesidad, y tornándole con otro, tomó al gigante en descubierto por una pierna, con tanta fuerza que, no le valiendo las armas, le cortó gran parte della, de que Pandaro quedó tan lisiado que casi no se podía tener en ella, y acudiéndole con otros tan a menudo que lo hacía desatinar, y con tanta desenvoltura que ninguno que el gigante diese aprovechaba, que todos se los hacía perder. Dramusiando, que los miraba a una ventana, juntamente con don Duardos, le preguntó quién era aquel caballero; él se lo dijo con asaz tristeza por ver el estado en que su amistad le había traído, de que Dramusiando en saberlo quedó del todo contento. Pues tornando a la batalla, el temido Pandaro echó el escudo a las espaldas, y tomando la maza con dos manos, se fué contra su enemigo, hiriéndole con tanta fuerza, que allí fuera el fin de sus días si tan bien no se guardara, dándole luego el pago con golpes más ciertos, de que la maza con cuatro dedos de la mano cayó en el suelo. Pandaro se quiso abajar por ella, mas él le dió de las manos tan recio que dió con él en el suelo casi sin acuerdo, e quiriéndole meter la espada por la visera del yelmo, vió sobre sí aquel espantoso Daligán de la Escura Cueva, que le dixo:

--A mí, a mí, caballero, que no a quien ya no se puede defender.

Primaleón, que vió tal contrario delante de sí, viendo que no tenía con qué resistiese sus fuertes golpes, se abrazó por el escudo de Pandaro, y cubriéndose con él, que muy pesado era, comenzaron entre sí otra batalla, tal que la primera, en comparación de ésta, parecía nada, porque como el gigante viniese holgado y fuese de los más fuertes del mundo, y como a Primaleón viniese a la memoria que en aquella fortaleza estaba don Duardos preso, peleaba tan animosamente que el patio por donde andaban estaba lleno de sangre que de entramos salía, puesto caso que el gigante andaba peor por la ligereza de Primaleón, que se le defendía trayéndole ya el escudo tan deshecho que no tenía con qué se amparar; y desta manera anduvieron en la batalla la mayor parte del día, trayendo cada uno tales heridas que el desfallecimiento de sangre que dellos salía hacía los golpes ser de menos fuerza; en este tiempo fué el gigante tan congojado y ahogado del trabajo de las armas que cayó como si fuera muerto. Primaleón, que así lo pensó, se sentó sobre un poyo, tan cansado de lo mucho que había hecho, que no podía menearse. Dramusiando, que vió el fin de la batalla, bajaba al patio al tiempo que Primaleón quería subir allá riba. Dramusiando le dijo:

--Caballero, si quisiésedes haber duelo de vos, bien sería que os rindiésedes a mí y curaran de vuestras heridas, ganadas con tanta honra y que os ponen la vida en tanto peligro.

_Negóse a ello Primaleón, y entonces el gigante_ arremetió a él con la espada alta, dándole tales golpes, que le hacía revolver a todas partes; Primaleón comenzóse a defender lo mejor que pudo, que para ofendello otro reposo le fuera necesario; la batalla fué entre ellos tal, que hacía olvidar las pasadas; mas los golpes del gigante eran tales, que adonde alcanzaban hacían tanto daño que las armas no lo podían resistir; y viendo la bondad de Primaleón, pesábale tanto velle morir, que, quitándose afuera, le dijo:

--Ce, caballero, agora conocerás que más con voluntad de favorecer tus heridas que con miedo de tus fuerzas te cometí que dejases la batalla; vee si lo quieres hacer, si no esta espada será castigo de tu locura, porque la vida no se ha de dejar a quien della no se contenta.