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Part 10

Chapter 104,378 wordsPublic domain

_Por mucho que se apresuró Amadís con los que le acompañaban, no pudo evitar, con gran desesperación suya, que la noche les sorprendiera lejos aún de Luvaina. Moderaron el paso y los fuegos del real del rey Arábigo, que descubrieron desde lejos, sirviéronles para no errar camino, tanto que descubrieron ante sí la villa como a una legua de distancia, cuando comenzaba a romper el alba._ Pues el día venido, el rey Arábigo y todos aquellos caballeros se aparejaron para el combate con muy gran esfuerzo e placer; e como armados fueron, llegaron todos al muro e a los portillos de la cerca; mas el rey Lisuarte con los suyos se los defendía muy bravamente; mas al cabo, como la gente era mucha y esforzada con la próspera fortuna, e los del Rey pocos, y los más dellos heridos y desmayados, non podieron tanto resistir ni defender que los contrarios no los entrasen por fuerza con muy grande alarido; así que el ruido era muy grande por las calles, por las cuales el Rey e los suyos se defendían reciamente, y desde las ventanas les ayudaban las mujeres e mozos, e otros que no eran para más afruenta de aquella. La revuelta de las cuchilladas e lanzadas y pedradas era tan grande y el sonido de las voces, que no había persona que lo viese que mucho no fuese espantada.

_Los de Lisuarte se defendían con la mayor bravura_, mas todo no valía nada: que tanta gente cargaba por todas partes sobre ellos y les tomaban las espaldas, que si Dios por su misericordia no socorriera con la venida de Amadís, no tardaran media hora de ser todos muertos y presos, según las feridas tenían e las armas todas fechas pedazos; mas a esta hora llegó Amadís e sus compañeros con aquella gente que ya oístes; que después que el día vino aguijó cuanto pudo, porque ante que se apercibiesen los podiesen tomar. E como llegó a la villa e vió la gente dentro, e otros algunos que andaban de fuera, dió luego e tornó al derredor, e firieron e mataron cuantos pudieron alcanzar, y él por una puerta e don Cuadragante por la otra entraron con la gente, diciendo a grandes voces:

--Gaula, Gaula; Irlanda, Irlanda.

E como fallaban las gentes desmandadas e sin recelo, mataron muchos, e otros se les encerraron en las casas.

Los delanteros que peleaban oyeron las voces y el gran roido que con los suyos andaban, e los apellidos; luego pensaron que el rey Lisuarte era socorrido, e desmayaron mucho, que no sabían qué facer, si pelear con los que tenían delante o ir socorrer los otros. El rey Lisuarte, como aquello oyó, e vió que sus contrarios aflojaban, cobró razón e comenzó a esforzar los suyos, e dieron en ellos tan bravamente, que los llevaron hasta dar en los que venían huyendo de Amadís e de los suyos, así que no tovieron otro medio sino poner espaldas con espaldas y defenderse. El rey Arábigo e Arcalaus, como vieron la cosa perdida, metiéronse en una casa; que no tovieron esfuerzo para morir en la calle, mas luego fueron tomados y presos. Amadís daba tan duros golpes, que ya no hallaba quien lo esperase, _y cuando vió que ya estaban deshechos los enemigos, pues tampoco don Cuadragante se había descuidado en su negocio_, dijo a Gandalín:

--Ve, di a don Cuadragante que yo me salgo de la villa, y que pues esto es despachado, que será bien que nos vamos sin ver al rey Lisuarte.

E luego fué por la calle hasta que llegó a la puerta de la villa por donde había entrado, e fizo cabalgar la gente que con él iba, e él cabalgó en su caballo. El rey Lisuarte, como tan presto vió el socorro de su vida e sus enemigos muertos e destrozados, estaba de tal manera que no sabía qué decir, e llamó a don Guilán, que cabe sí tenía, e díjole:

--Don Guilán, ¿qué será esto, o quién son éstos que tanto bien han hecho?

--Señor --dijo él--, ¿quién puede ser sino quien suele? No es otro sino Amadís de Gaula, que bien oístes cómo nombraban su apellido, e bien será, Señor, que le deis las gracias que merece.

Entonces el Rey dijo:

--Pues id vos adelante, e si él fuere, deteneldo, que por vos bien lo hará, e yo luego seré con vos.

Estonces fué por la calle, e cuando don Guilán llegó a la puerta de la villa, luego supo que era Amadís, e ya había cabalgado e se iba con su gente, que no quiso esperar a don Cuadragante porque lo no detoviese, e don Guilán le dió voces que tornase, que estaba allí el Rey.

Amadís, como lo oyó, hobo gran empacho, que conoció muy bien aquel que lo llamaba, a quien él preciaba mucho e lo amaba; e vió al Rey cabe él estar, e volvió, e cuando fué más cerca miró al Rey, e tenía todas las armas despedazadas y llenas de sangre de sus feridas, e hobo gran piedad de así lo ver; que aunque su discordia tan crecida fuese, siempre tenía en la memoria ser éste el más cuerdo, más honrado e más esforzado Rey que en el mundo hobiese: e como fué más cerca descabalgó del caballo, e fué para él, e fincó los hinojos e quísole besar las manos, mas él no las quiso dar, antes lo abrazó con muy buen talante e lo alzó suso, _lo_ tomó por la mano e díjole:

--Señor, bien será, si a vos ploguiere, que demos orden de descansar e folgar, que bien nos hace menester. Amadís le dijo:

[Ilustración]

--Señor, sea la vuestra merced de nos dar licencia porque nos podamos con tiempo tornar yo y estos caballeros al rey Perión, mi señor, que con toda la otra gente viene.

--Por cierto esa licencia no vos daré yo; que aunque en virtud ni esfuerzo ninguno os pueda vencer, en esto quiero que seáis de mí vencido, y que aquí esperemos al Rey vuestro padre; que no es razón que tan brevemente nos partamos sobre cosa tan señalada como agora pasó.

--Así se haga como lo mandáis --dijo Amadís.

Entonces mandaron a la gente que descabalgasen e pusiesen los caballos por aquel campo, e buscasen algo de comer.

_Poco después_ vieron venir las batallas de la gente que el rey Perión traía, que venían a más andar. El rey Lisuarte demandó un caballo e dijo al rey Cildadán que tomase otro y que irían a rescebir al rey Perión.

Amadís le dijo:

--Señor, por mejor habría, si por bien lo tovierdes, que descanséis y curen de vuestras feridas, que el Rey mi señor no dejará de venir su camino hasta vos ver.

El Rey le dijo que en todo caso quería ir. Entonces cabalgó en un caballo, y el rey Cildadán e Amadís en los suyos, e fueron contra donde el rey Perión venía. Amadís mandó a Durín que pasase adelante dellos e hiciese saber a su padre la ida del rey Lisuarte. Así fueron, como oídes, e muchos de aquellos caballeros con ellos, e Durín andovo más y llegó al Rey e díjole el mandado de Amadís; y él tomó consigo a _varios caballeros_ e llegó al rey Lisuarte, e como se vieron, salieron entrambos adelante el uno al otro, e abrazáronse con buen talante, e cuando el rey Perión le vió así llagado e mal parado, e las armas despedazadas, díjole:

--Paréceme, buen señor, que no partistes del real tan mal trecho como agora vos veo, aunque allá vuestras armas no estovieron en las fundas, ni vuestra persona a la sombra de las tiendas.

--Mi señor --dijo el rey Lisuarte--, así tove por bien que me viésedes, porque sepáis qué tal estaba a la hora que Amadís y estos caballeros me socorrieron.

Entonces le contó todo lo más de la gran afruenta en que había estado. El rey Perión hobo muy gran placer en saber lo que sus fijos habían fecho con la buena ventura e honra tan grande que dello se les seguía, e dijo:

--Muchas gracias doy a Dios porque así se paró el pleito, e porque vos, mi señor, seáis servido e ayudado de mis fijos y de mi linaje; que, ciertamente, como quiera que las cosas hayan pasado entre nosotros, siempre fué y es mi deseo que os acaten e obedezcan como a señor e a padre.

CAPÍTULO SEXTO

LAS BODAS

_En cuanto Lisuarte sanó de las heridas en aquella ocasión recibidas, reuniéronse en la Ínsola Firme las familias de todos aquellos reyes, con gran cortejo de damas y caballeros, para celebrar no sólo las bodas de Oriana y Amadís, sino las de don Galaor con la hermosa reina de Sobradisa, Briolanja; las del nuevo emperador de Roma con Leonoreta, hija segunda del rey Lisuarte; las de Agrajes, Melicia, Mabilia, y en general de gran número de caballeros y doncellas de los que habían vivido en torno a Oriana y Amadís, entre los cuales había repartido éste, poco antes de aquel día, los grandes estados ganados en la última guerra, sin reservar otra cosa para sí que el señorío de la Ínsola Firme, que, como bien sabemos, de antes poseía. También Urganda la Desconocida habíase presentado inopinadamente, en una sierpe de fuego, para ser testigo de las bodas de su caballero favorito._

Venido el día señalado, todos los novios se juntaron en la posada de Amadís, y se vistieron de tan ricos y preciados paños como su gran estado en tal auto demandaba, e asimesmo lo ficieron las novias; e los reyes e grandes señores los tomaron consigo, e cabalgando en sus palafrenes, muy ricamente guarnidos, se fueron a la huerta, donde fallaron las reinas e novias asimesmo en sus palafrenes; pues así salieron todos juntos a la iglesia, donde por el santo hombre Nasciano la misa aparejada estaba. Pasado el auto de los matrimonios e casamientos con las solemnidades que la santa Iglesia manda, Amadís se llegó al rey Lisuarte e díjole:

--Señor, quiero demandaros un don que os no será grave de lo dar.

--Yo lo otorgo --dijo el Rey.

--Pues, señor, mandad a Oriana que antes que sea hora de comer pruebe el Arco encantado de los Leales Amadores, e la Cámara Defendida, que hasta aquí, con su gran tristeza, nunca con ella acabar se pudo, por mucho que ha sido por nosotros suplicada y rogada; que yo fío tanto en su lealtad y en su gran beldad, que allí donde ha más de cien años que nunca mujer, por extremada que de las otras fuese, pudo entrar, entrará ella sin ningún detenimiento; porque yo vi a Grimanesa en tanta perfición como si viva fuese, donde está hecha por gran arte con su marido Apolidón; e su gran fermosura no iguala con la de Oriana; e en aquella cámara tan defendida a todas se hará fiesta de nuestras bodas.

Y el Rey le dijo:

--Buen hijo señor: liviano es a mí complir lo que pedís, mas he recelo que con ello pongamos alguna turbación en esta fiesta, porque muchas veces contece, e todas las más, la grande afición de la voluntad engañar los ojos, que juzgan lo contrario de lo que es; e así podría acaescer a vos con mi hija Oriana.

--No tengáis cuidado deso --dijo Amadís--, que mi corazón me dice que así como lo digo se complirá.

--Pues así os place, así sea --dijo el Rey.

Entonces se fué a su hija, que entre las reinas e las otras novias estaba, e díjole:

--Mi hija, vuestro marido me demandó un don, e no se puede complir sino por vos; quiero que mi palabra hagáis verdadera.

Ella fincó los hinojos delante dél y besóle las manos, e dijo:

--Señor, a Dios plega que por alguna manera venga causa con que os pueda servir, e mandad lo que os ploguiere, que así se fará si por mí complir se puede.

El Rey la levantó e la besó en el rostro, e dijo:

--Hija, pues conviene que antes de comer sea por vos probado el Arco de los Leales Amadores e la Cámara Defendida; que esto es lo que vuestro marido me pide.

Cuando esto fué oído de toda aquella gente, a muchas plogo de ver que la prueba se ficiese e a otras puso gran turbación. Pues así como estaban, salieron de la iglesia, e cabalgando, llegaron al marco donde allí adelante a ninguno ni a ninguna era dada licencia de entrar, si dinos para ello no fuesen. Pues allí llegados, Melicia e Olinda, _la mujer de Agrajes_, dijeron a sus esposos que también querían ellas probar aquella aventura, de lo cual gran alegría en los corazones dellos vino, por ver la gran lealtad en que se atrevían. Allí descabalgaron todos e acordaron que entrasen delante Melicia e Olinda; e así se fizo, que la una tras la otra pasaron el marco, e sin ningún entrévalo fueron so el arco y entraron en la casa donde Apolidón e Grimanesa estaban; e la trompa, que la imagen encima del arco tenía, tañió muy dulcemente; así que todos fueron muy consolados de tal són, que nunca otro tal vieran, sino aquellos que ya lo habían visto e probado. Oriana llegó al marco e volvió el rostro contra Amadís e paróse muy colorada; e tornó luego a entrar, y en llegando a la mitad del sitio, la imagen comenzó el dulce són; e como llegó so el arco, lanzó por la boca de la trompa tantas flores e rosas en tanta abundancia, que todo el campo fué cubierto dellas; y el són fué tan dulce e tan diferenciado del que por las otras se fizo, que todos sintieron en sí tan gran deleite, que en tanto que durara tovieron por bueno de no partirse de allí; mas como pasó el arco, cesó luego el són. Oriana falló a Olinda e a Melicia, que estaban mirando aquellas figuras e sus nombres, que en el jaspe hallaron escritos; e como la vieron, fueron con mucho placer contra ella, e tomáronla entre sí por las manos e volviéronse a las imágines; e Oriana miraba con gran afición a Grimanesa, e bien veía claramente que ninguna de aquéllas, ni de las que fuera estaban, no era tan fermosa como ella; e mucho dudó en la prueba de la Cámara, que para haber de entrar en ella la había de sobrar en fermosura; e por su voluntad dejárase de la probar, que de lo del Arco nunca en sí puso duda; que bien sabía el secreto enteramente de su corazón, cómo nunca fuera otorgado de amar sino a su amigo Amadís.

Así estovieron una pieza, y estovieran más, sino por ser el día tal que las esperaba; e acordaron de salirse así todas tres juntas como estaban, tan contentas e tan lozanas, que a los que las atendían e miraban les paresció que habían gran pieza acrecentado en sus hermosuras, e bien cuidaron que cualquiera de ellas era bastante para acabar la aventura de la Cámara. Sus tres maridos, Amadís e Agrajes e don Bruneo, que aquella aventura habían acabado, como ya el segundo libro desta historia vos lo ha contado, fueron contra ellas, lo cual ninguno de los que allí estaban podieran hacer; e como a ellas llegaron, la trompa comenzó el son e a echar las flores, que les daban sobre las cabezas, e abrazáronlas e besáronlas, e así todos seis se salieron. Esto hecho, acordaron de ir a la prueba de la Cámara, mas algunas había que gran recelo llevaban de lo no poder acabar. Pues llegando al sitio que en la sala del castillo estaba, _primero se acercó_ Olinda la mesurada, trayéndola Agrajes por la mano, que le daba gran esfuerzo, aunque no con mucha esperanza que en sí toviese, que el gran amor ni afición dél a ella no le quitaba el conocimiento de ver que no igualaba a la fermosura de Grimanesa; pero bien pensó que llegaría con las más delanteras; y llegando al sitio, dejóla de la mano, y ella entró e fuése derechamente al padrón de cobre, e de allí pasó al de mármol, que nada sintió; mas, como quiso pasar, la resistencia fué tan dura, que por mucho que porfió no pudo más de una pasada pasar más adelante, e luego fué echada fuera, tan desacordada, que no tenía sentido.

Melicia entró con gentil continencia e lozano corazón, que así era ella muy lozana e muy fermosa, e pasó por los padrones ambos, tanto, que cuidaron todos que entraría en la cámara; e Oriana, que así lo pensó, fué toda demudada de pesar; mas llegando un paso más que Olinda, luego fué tollida e sacada sin ninguna piedad, como la otra, tan desacordada como si muerta fuese, que así como más adelante entraban, mucho más la pena les era dada a cada una en su grado, e así se hacía a los caballeros antes que Amadís lo acabase. Las rabias que don Bruneo por ello hacía a muchos movían a piedad; mas a los que sabían el poco peligro que de allí redundaba, reíanse mucho de lo ver. Esto así fecho, llevó Amadís a Oriana, en quien toda la fermosura del mundo ayuntada era, y llegó al sitio con pasos muy sosegados y rostro muy honesto, e santiguóse e encomendóse a Dios, y entró adelante, e sin que nada sintiese pasó los padrones, e cuando a una pasada de la cámara llegó sintió muchas manos que la pujaban e tornaban atrás, tanto, que tres veces la volvieron hasta cerca del padrón de mármol; mas ella no hacía sino con las sus muy fermosas manos desviarlos a un cabo e a otro, e parecíale que tomaba brazos e manos; e así con mucha porfía e gran corazón, e sobre todo su gran fermosura, que muy más extremada era que la de Grimanesa, como dicho es, llegó a la puerta de la cámara muy cansada, e trabó de uno de los umbrales; entonces salió aquel brazo e mano que a Amadís tomó, e tomó a ella por la una mano, e oyó más de veinte voces que muy dulcemente cantando dijeron:

--Bien venga la noble señora, que por su gran beldad ha vencido la fermosura de Grimanesa, e hará compaña al caballero que, por ser más valiente y esforzado en armas que aquel Apolidón, que en su tiempo par no tuvo, ganó el señorío desta ínsola, y de su generación será señoreada grandes tiempos con otros grandes señoríos que desde ella ganarán.

Entonces el brazo e la mano tiró, y entró Oriana en la cámara, donde se halló tan alegre como si del mundo fuera señora, e no tanto por su fermosura como porque, seyendo su amigo Amadís señor de aquella ínsola, sin empacho alguno le podía facer compaña en aquella fermosa cámara, quitando la esperanza desde allí adelante de se venir a probar ninguna, por fermosa que fuese. Isanjo, el caballero gobernador de aquella ínsola, dijo entonces:

--Señores, los encantamentos desta ínsola a este punto son todos deshechos, sin ninguno quedar; que así fué establecido por aquel que aquí los dejó; que no quiso que más durasen de cuanto se hallase señor e señora que estas aventuras acabasen, como estos señores lo han fecho; e sin embargo alguno, pueden allí entrar todas las mujeres, así como lo facen los hombres después que por Amadís acabada fué.

Entonces entraron los reyes e reinas, e todos los otros caballeros, e dueñas e doncellas cuantas allí estaban, e vieron la más rica e más sabrosa morada que nunca fué vista, e todas abrazaron a Oriana, como si por luengo tiempo no la hobieran visto; era tanto el placer e alegría de todos, que no tenían memoria de comer, ni de otra alguna cosa, sino de mirar aquella cámara tan extraña. Amadís mandó que luego fuesen en aquella gran cámara traídas las mesas, e así se fizo; e finalmente, los novios e novias, e los reyes e los que allí cupieron, folgaron e comieron en la cámara, donde de muchos e diversos manjares, e frutas de muchas maneras, e vinos, fueron muy bien servidos.

Pasadas estas grandes fiestas de las bodas que en la Ínsola Firme se ficieron, el Emperador demandó licencia a Amadís, porque, si le ploguiese, quería con su mujer tornarse a su tierra; todos los otros reyes e señores aderezaron para se ir también, y quedó en la Ínsola Firme Amadís con su señora Oriana al mayor vicio e placer que nunca caballero estovo, de lo cual no quisiera él ser apartado porque del mundo le ficiesen señor.

A DIOS SEAN DADAS GRACIAS. ACÁBANSE AQUÍ LOS CUATRO LIBROS DEL ESFORZADO E MUY VIRTUOSO CABALLERO AMADÍS DE GAULA.

PALMERÍN DE INGLATERRA

[Ilustración: ¶ Libro del muy eſforçado Cauallero Palmerín de inglaterra hijo del rey dõ Duardos: y de ſus grandes proezas: y de Floriano del desierto ſu hermano: con algunas del príncipe Florendos hijo de Primaleon. Impreſſo Año.M.D.xlvij.]

[Ilustración]

CAPÍTULO PRIMERO

LA FLORESTA ENCANTADA

Saliendo un día don Duardos, _príncipe de Inglaterra_, a monte a la floresta _del Desierto_, llevando consigo a Flérida, _su joven esposa, hija del emperador de Grecia Palmerín_, mandó asentar sus tiendas en un verde prado, junto de una ribera que por allí corría, que con sus corrientes y claras aguas consolaba los corazones tristes.

No pasó mucho tiempo después que allí llegaron, que hacia la parte do la floresta se hacía mayor, comenzó a sonar la vocería de los monteros, e yendo don Duardos hacia aquella parte, vió un puerco grande, que, acosado de los perros, trasponía por un recuesto; mas él, fiándose en la ligereza de su caballo, le siguió de manera que en pequeño trecho le alcanzó de vista y los suyos le perdieron a él. Los que seguían a don Duardos fueron por el rastro en cuanto la claridad del día les duró; mas como les fué faltando, la escuridad les hizo desatinar de manera que perdieron el rastro.

Don Duardos, enlevado en el gusto de la caza y olvidado de cualquier peligro que de allí se pudiese suceder, siguió tanto tras el puerco, hasta tanto que el caballo de cansado no se podía menear; entonces se apeó dél, y quitándole el freno, le dejó pacer de la yerba para que tomase algún esfuerzo, y se acostó al pie de un árbol pensando dormir algún poco; mas viniéndole a la memoria con cuánta pena Flérida estaría por su tardanza, nunca pudo reposar, pasando en esto y en otras imaginaciones hasta la mañana.

_Al otro día_, caminó hacia aquella parte que a su parecer su gente quedara; mas su camino era tan apartado, que cuanto más caminaba, más se alongaba della, y desta manera anduvo hasta tanto que el sol se quería poner, que se halló en un campo verde, cubierto de deleitosos árboles, tan altos, que parecían tocar las nubes; por medio dellos pasaba un río de tanta agua, que en nenguna parte parecía haber vado, y tan clara, que quien por junto a la orilla caminaba podía contar las guijas blancas que en el suelo parecían; y como la tarde fuese serena, y los árboles con gracioso aire se meneasen, juntamente con el cantar de las aves de que los árboles estaban poblados, caminó por el río abajo tan transportado y desacordado de sí, que soltando las riendas al caballo, le guió para aquella parte para donde su fortuna le tenía ordenado, y así anduvo tanto, hasta que le puso al pie de una torre que en medio del río, encima de una gran puente estaba edificada, bien obrada y fuerte, y allende desto muy hermosa para mirar de fuera y mucho más para recelar los peligros de dentro; la entrada della, así de la una parte como de la otra, era por la puente, la cual era tan ancha, que se podían combatir en ella cuatro caballeros. Don Duardos, recordando de su desacuerdo, y viendo la novedad del castillo y fortaleza dél, llamó a unas aldabas de hierro que en la puerta estaban.

No tardó mucho que en las almenas se paró un hombre, que, por lo ver desarmado, le fué luego a abrir. Al cual preguntó cúyo era aquel castillo. El portero le respondió que subiese arriba, que allá se lo dirían, y como su corazón no temió los peligros antes que los viese, perdido todo temor, entró en el patio, y de ahí subió a una sala, donde fué recebido de una dueña, que en su presencia representaba ser persona de merecimiento. Don Duardos, después de hacelle la cortesía que le pareció necesaria, le dijo:

--Señora, estoy tan espantado de lo que aquí veo, que quería saber de vos quién sois y cúya es esta casa tan encubierta a todos y tanto para no encubrirse a nenguno.

La dueña le tomó por la mano, y le llevó a una ventana que sobre el río caía, diciendo:

--Señor don Duardos, la fortaleza y el dueño della está toda a vuestro servicio; reposá aquí esta noche, que por la mañana sabréis lo que deseáis.

No tardó mucho que llamaron a cenar, siendo tan bien servido como lo pudiera ser en casa del rey su padre; de ahí le llevaron a una cámara, donde había de dormir, en la cual estaba una cama tan bien obrada e rica, que parecía más para ver que para ocuparla en aquello para que fué hecha. Don Duardos se acostó, espantado de lo que vía; aunque pensar en Flérida no le dejase descansar, el trabajo pasado le hizo bien dormir. La señora del castillo, que no esperaba otra cosa, viéndole vencido y ocupado del sueño, mandó a una doncella, que en la cámara entró, tomar la su muy rica espada que traía siempre consigo, que la tenía a la cabecera, y después de tomada, sintiendo que su deseo podía venir a lo que siempre deseara, dijo a otra:

--Di a mi sobrino que venga, que con menos trabajo de lo que pensamos puede tomar venganza de la muerte de su padre, pues en nuestro poder está éste, que es nieto y yerno de aquel que le mató.

En esto bajó de lo más alto de la torre un gigante mancebo, acompañado de algunos hombres armados, y entró dentro en la cámara así acompañado, diciendo: