Libro intitulado El cortesano. Libro de motes de damas y caballeros
Part 5
Callad y callemos, que sendas no tenemos, y Joan Fernandez pida á don Luis Milan que nos acabe á declarar su soneto.
Dixo Joan Fernandez: Señor don Luis, pues sois colmena de miel, acabad de darnos á comer della sin abejas, que hasta agora no la habemos gustado sin ellas; pues nos han picado vuestros motes, que todo lo tenemos por bien empleado porque acabeis el dulce panal de vuestro soneto.
Dixo don Luis Milan: Señor Joan Fernandez, y’os agradezco, pues no me habeis dicho colmenero, que vuestra lengua lo queria decir y vuestro seso no lo sufrió, por ser tan sabido como donoso; pues en vos se ve cuanto bien paresce este dicho:
Primero debe venir Al seso que no á la boca La palabra, pues nos toca Para dar muerte ó vivir.
Y pues me hicistes colmena, y’os haré della el colmenero, qué á la miel me supo el beso, y acabaré de dar á comer el panal de mi soneto, que, por ser á causa vuestra, será de miel; y pues sois traga-versos, empezad á comer estos dos, que dicen ansí:
Á fin de bien diré muchas verdades, Que muchos van por esto sospirando.
Quiero decir que yo diré las verdades á los penados amadores para que sepan guardarse de las mentiras que se dan á entender, confiándose mucho para seguir lo que les hace sospirar, como á Joan Fernandez cada dia le sigue, que se confia merescer en amores tanto, como desmerece en dexarse engañar de una tercera, que le da á entender ser verdades las mentiras que le dice para engañarle, y no la quiere creer de las verdades para desengañarle, como oiréis en este cuento que os diré: Una tercera de Joan Fernandez emprendió de metelle en casa, diciéndole que su señora lo sabía, y no era verdad, y encerrólo en un gallinero dándole á entender que era el más seguro lugar para no ser descubierto, y que cantase alguna vez haciendo el gallo, que su señora subiria á esta señal; y como él un dia cantase, la señora dixo: ¿De dónde nos ha venido este gallo que nos canta en casa? y la criada le respondió: No lo sé, suba vuestra merced arriba y vello ha; y como las dos subiesen y la señora viese á Joan Fernandez en el gallinero, díxole: ¿Quién sois vos que estais ahí? respondióle: Señora, soy el gallo de la pasion; y la señora se fué riendo y él se quedó hasta la noche, que la criada lo echó de allí, lleno de piojos de gallinas.
Dixo Joan Fernandez: Pues vos habeis dicho un cuento de mí, yo diré un otro de vos, y es éste: Sepan que don Luis Milan se halló en una huerta pasada media noche, y era en una casa fuera de la ciudad donde él hacia entradas y salidas siguiendo sus aventuras en amores, y, como quisiese salir, halló la puerta falsa cerrada, y el hortelano tan borracho que nunca le pudo despertar. Fuéle forzado aguardar hasta la mañana, y al gran ladrar que un perro de la huerta hacia, el señor de casa con dos criados salió á ver por qué ladraba el perro. Y don Luis Milan, que los vió venir en punto de guerra, subióse en una higuera por no ser conoscido, y con un arcabuz que traia, amenazábales de arriba, diciendo: Guarda el arcabuz, y ellos decian: ¿Quién sois, quién sois? y él díxoles: Higo soy, higo soy. Y ellos, finados de risa, abrieron la puerta y él salió corriendo y ellos dándole grita, al higo, al higo, y así se salvó por donoso, haciéndose higo, como yo en el gallinero gallo.
Dixo don Luis Milan: Señor Joan Fernandez, si quereis trocar, yo me comeré vuestro gallo y vos comeos mi higo con el cuarteto de miel que os daré, que son estos cuatro versos del soneto:
Mi fin será que vayan escuchando Para mostrar las fieras crueldades, Qu’el dios d’amor, por campos y ciudades, Á sombras va con sombras espantando.
Digo que mi fin es avisar que vayan escuchando los que están ó podrian estar enamorados, para saber las fieras crueldades que el dios de amor hace por campos y ciudades, desde el mayor hasta el menor, espantando con sombras que son todas sus cosas, á sombras que no son hombres, como le ha seguido á don Francisco, que sabiendo que’l dios de amor no tiene poder si no se lo da el amada para enamorar á su amador, ó el amador para enamorar á su amada, siendo tan sabido, no se ha podido guardar destas armas de Cupido, que sombras son para quien resistirle puede, y el que se deja vencer dél es más sombra que hombre; digámosle, pues, don Francisco sombra; aparéjese don Diego Ladron á comer la postre de mi soneto, que son estos seis versos, nombrados tercetos:
¿Sabeis quién es el dios d’amor nombrado? Tené por fe qu’es nuestro mal deseo, Por desear desvergonzadamente. Desnudo va quien es desvergonzado, No le creais, que no es Dios ni lo creo, Que lo qu’es Dios no reina malamente.
DECLARACION DE LOS DICHOS VERSOS.
Con gran curiosidad he sacado en limpio quién podia ser este Cupido, nombrado dios de amor de la mentira, y pintado, como le veis, de la verdad, y hallaréis que en los enamorados viciosos es nuestro deseo que, por desear desvergonzadamente, le pintan desnudo como á desvergonzado y ciego, pues lo son todas sus cosas, y con armas para hacer mal, pues siempre lo hace, que cuanto más da placer, no está sin dar pesar; nómbranle aquello que él no es, pues lo que es Dios no reina malamente, para que don Diego Ladron crea en lo que es Dios, y no en quien no lo puede ser, como de muy enamorado, le tomé un dia por el mismo dios de amor.
Dijo don Diego Ladron: Nunca he visto buena postre y mal provecho sino agora, habeisme convidado á tercetos y hanme sabido á motes, ni los unos ni los otros me han parescido mal por ser vos el convidador; pagar os quiero esta comida con este cuento que oiréis: El almirante de Castilla convidó á unos portugueses, y fueron servidos de truhanes á la mesa porque les diesen de motes, y dióles por comida no más de ruiseñores, que son aves de poca carne y mucho cantar; y como ellos estuviesen muertos de hambre y hartos de risa por haber comido poco y reido mucho, con los truhanes, dixeron: Señor Almirante, mais manjares é ménos donaires. Don Luis Milan, yo no he dicho esto sino porque nos deis más sonetos y ménos motes, aunque todo es tan bueno que por vos se puede decir: Cada cosa en su lugar, imposible es enojar.
Dixo don Luis Milan: Responder os quiero con otro cuento, y es éste: Un señor tenía un barbero en su casa, y era tan loco, que siempre queria hacer el donoso, y tan importuno, que jamas se apartaba de su señor quebrándole la cabeza de mucho hablar; tanto, que de sus locuras adolesció de dolores de cabeza que tenía muy á menudo, y para sanalle, untábale la cabeza en tomalle el dolor, y en lugar de sanar, más adolescia. Cayó en la cuenta su señor que su barbero le habia adolescido, y díxole: Véte de mi casa, que yo no sé que sepas hacer otra cosa sino quebrarme la cabeça y untarme los cascos; que ni sabios verbosos ni ignorantes graciosos.
Dixo don Francisco Fenollet: Don Luis Milan, pues don Diego Ladron os quebró la cabeza con su cuento, y vos os habeis bien pagado con el vuestro, untalde los cascos con otro soneto y quedarémos de las burlas en paz, con tan buenas véras como vos nos dais.
Respondió don Luis Milan: Soy contento si no salle algun cuento fuera de tiempo, que los cuentos, para nunca enojar, han de ser en su lugar.
Aseguralde y salir ha; y respondieron: Él se asegura tanto como está seguro de no parescer mal, y con esta seguridad, el soneto salió diciendo:
De mí dirán aquel refran muy cierto: Quien no’s á sí, ¿á quién podrá ser bueno? Escarmentad por bien en mal ajeno, Y no burleis de quien muchos ha muerto. No sea, pues, mi prédica en desierto, Que mal amor peor es que veneno, Pues deste mal á mí mismo condeno Por despertar á quien no va despierto. Ya veis que fué d’aquel tan gran maestro Del griego rey, Alexandre nombrado, Que fué d’amor de su mujer vencido. Della se vió con freno ir de diestro, Y respondió: Deste gran rey burlado, ¿Qué harás tú, si yo no me he valido?
Dixo Joan Fernandez: Don Luis Milan, lo que en vos sobra, en nosotros falta para alabaros; mucho debeis á Dios, merescimiento habréis de amprar á toda la letanía de los santos para pagar tan gran deuda, como debeis á quien os crió, porque vos avisais muy avisadamente en vuestro soneto á todos que escarmienten en mal ajeno mirando el vuestro, y no desperdicien lo bueno que vos aconsejais y el mal que Cupido puede hacer, trayendo por exemplo lo que le siguió al gran Aristotil con la mujer del rey Alexandre, su discípulo, que en este cuento oirán:
El príncipe de los filósofos, nombrado Aristotil, siendo maestro del rey Alexandre, se enamoró de la mujer de su discípulo, y de muy enamorado se desvergonzó á pedille lo que no debia, y ella, burlando dél, le otorgó lo que no debiera, diciéndole: Aristotil, yo soy contenta de hacer cuanto me pides, si tú te dejas enfrenar y ensillar de mi mano en secreto, sólo para que yo tenga contento de mí, que pudo mi hermosura vencer á tu gran saber; y teniéndole encerrado de la manera que habeis oido, como á bestia, hizo venir á su marido Alexandre para que viese á su maestro; y muy espantado de velle como estaba, le dixo: ¡Oh Aristotil! tú, que me avisabas con todo tu saber que me guardase de ser vencido y sojuzgado de mujer, ¿te has dexado vencer? Respondióle como á sabio, aunque estaba como bestia: ¡Oh Alexandre! agora te debes más guardar viendo que yo no me pude defender, ¿qué harás tú si no te guardas? que á mí me han traido en lo que estó.
Dixo don Luis Milan: Señor Joan Fernandez, gracias os hago, pues habeis declarado mejor que yo supiera declarar mi soneto; si vos me emprestais vuestra lengua, que tanto bien sabe alabar burlando, y’os emprestaré mis manos para que tañendo desenojeis lo que me habeis enojado burlando de mí con tanto alabarme cara á cara, que de corrido estoy para correr á pedir socorro á don Diego Ladron, que responda por mí y me vengue de vos, como hizo un portugues en este cuento que os contaré: Vino á Castilla un portugues, y dixo que era venido para vender donaires á castellanos, y viniendo un castellano á mercalle un donaire, el portugues le dixo: Castelau, ¿cuánto m’habeis de dar que heu vos faça donoso? y respondió el castellano: Pagaros he con un cuento muy bueno desto que se siguió en Lisboa, que oiréis: Fué un castellano á Portugal diciendo que los portugueses habian enviado á Castilla para que viniese algun castellano á mostralles ser donosos, que el Rey de Portugal lo pagaria muy bien, y que él venía allí para maestro de donaires; y parando escuela, tenía muchos criados del Rey que les avezaba á ser donosos desta manera: hacíales desnudar y metíales al sol en el verano quando más hervia, y dábales aire con unos fuelles por la boca, que abierta con un badajo tenian, y en ver á su discípulo bien hinchado, hacíale atapar la boca y el aire salia por detras con muchos truenos; convidaba á los vecinos para que viesen si sabian bien estos donaires. Y ellos decian: Castelau, fazey boca donosa que rabos donosos son. Y en oir esto el portugues que era venido á vender donaires á Castilla, fuése de corrido diciendo: Vo correndo á Portugal á trazer socorro de un muito donoso portugues que nos vengue de un frio castelau. Señor Joan Fernandez, esto he dicho por ir corriendo de corrido para que venga don Diego Ladron á vengarme de vos, que sois tal cortesano que alabais para burlar, pues sabe á burla alabar con palabras para hacer reir como vos hecistes, diciendo que yo debia tanto á Dios, que para pagalle habia menester amprar merescimientos á toda la letanía de los sanctos. Yo voy por don Diego Ladron que me venga á socorrer.
Dixo don Diego Ladron: No será menester, que muy bien he oido lo que habeis pasado con Joan Fernandez, y no le quedais deudor, que muy bien le habeis pagado; sino, dígalo don Francisco, que los dos estábamos escuchando de la cuadra de fuera mirando una pintura que yo saqué, y en oir la escaramuza de los dos, fué parte para que dejásemos de gozar con los ojos de la buena pintura que teníamos entre manos, para recrearnos con los oidos de oiros á los dos.
Dixo don Francisco: Señor don Diego, vos habeis movido una question diciendo que no le debe nada don Luis Milan á Joan Fernandez, que no la podrémos apaciguar sino con mostralles vuestra pintura; sacalda, que bien menester será; dádmela, que yo la quiero amostrar, porque si los dos vienen á reñir, yo me porné entre ellos, y en ver el retrato de su dama, todos se convertirán en ojos, que no ternán manos para desacatarse delante della, haciendo besar, como á portapaz, esta pintura, pues es el retrato de la dama que van servidores don Luis Milan y Joan Fernandez. Parésceme que acontecerá con esta tabla deste retrato, lo que aconteció en nuestra Valencia con un otra tablilla de un sancto que hacia reñir y hacer paz, como en este cuento diré: Iba un chocarrero por Valencia, vestido como fraile, pidiendo con un sancto que traia pintado en una tablilla, que por esto le decian el fraile de la posteta, y en hallar alguno que al seguro le podia hacer besar la tablilla, metíase tras el hombre y hacíasela besar por fuerza y pedíale caridad, y como alguno no se la queria dar con el modo que la pedia, díxole uno, que no merescia caridad paz que reñir hacia; y el fraile gritaba diciendo que no creian en el sancto, y ellos que sí, y él que no, venian á las manos alguna vez sobre esto, y diciéndole un departidor que hiciese paz con el hombre que habia reñido, díxole el fraile: No haré paz si no la paga al sancto, y siendo contento su contrario dixo: Yo doy caridad á un sancto por hacer paz con un diablo. Y tornando á nuestro propósito, hé aquí la tabla del retrato de vuestra dama, que fuerza tiene para paz lo que puede hacer reñir.
Dixo Joan Fernandez: Yo querria mucho saber cómo ha venido en manos de don Diego este retrato, porque á mí me la hurtaron por temor de mi mujer, que un dia reñimos por ella sobre esto que oiréis: Yo la tenía en mis manos solo encerrado en una cámara y decíale: Más te quiero yo pintada que á mi mujer viva, pues tú me desenojas en mirarte, y mi mujer me enoja en mirarme, ella de braveza me mata, y tú de benina me resucitas, y como ella me viese y oyese por la cerradura de la puerta, abrió y entró diciendo: Á mis manos habeis de morir, don traidor; yo díxele: Buena mujer, teneos allá, que no soy quien vos pensais, nombraisme don traidor y á mi vez me dicen don leal. Respondió: No sois sino don diablo; pues estais idolatrando en esa diablesa pintada, que más lo va ella de afeites que vos la teneis en esa tablilla. Respondíle: Á lo que me decis que soy diablo, agora me habeis acertado el nombre, que para ser uno galan ha de ir tras las almas como él va, aunque yo no lo soy para vos, que nunca iré tras vuestra alma siendo tan rabiosa; y á lo que decis que esta dama va de afeites más pintada que aquí está en la pintura, ¿n’os acordais que un dia os desconocí en una fiesta, muy pintada de afeites, y tomándoos por otra os decia de amores y vos me respondistes: Ciego, rézame una oracion; y conociéndo’s en el habla os dixe: Más os querria pintada y muda que despintada hablando?
Dixo don Luis Milan: Señor Joan Fernandez, vos pretendeis que el retrato de nuestra dama es vuestro, yo no otorgaré jamas sino qu’es mio, porque yo le hice pintar y hurtáronlo de casa del pintor, y creo que vos lo habeis hecho, pues estaba en vuestro poder; y porque se vea qu’es mio, hé allí aquella señal, que llorando de vella tan hermosa pintada como desapiadada viva, cayó una lágrima mia sobre su mano y hizo aquel agujero que veis, y de presto demandé tinta y papel, haciendo una glosa á este villancico que tan á mi propósito hecho está, que en el postrer verso le hallaréis de cada copla destas que yo os diré agora:
Tengo tanto sentimiento De lo que me haceis sentir, Que siento tanto el morir Cuanto mi vivir no siento. Deste mal saco este bien, Que estoy hecho un Hieremías, Que por vuestro gran desden, Lloran mi Hierusalen _Las tristes lágrimas mias_. Mi Hierusalen en mí, Es la triste de mi vida, Que la veo tan caida Cuanto yo de vos caí. No alcanzo un válaos Dios, De caida tan mortal, Que llorando para dos, De no hacer señal en vos, _En piedras hacen señal_. Son tan grandes mis enojos, Que sangre vengo á sudar, Y me siento distillar Agua amarga por los ojos. De mí tiene piedad Cualquïer fiero animal, Qu’en tan grande crueldad, En todos hay caridad, _Y en vos nunca, por mi mal_.
Señor Joan Fernandez, muy gran menoscabo de mi honra sería sufrir que aquella que está siempre en mi pensamiento, que yo hice pintar, la dexe estar en quien, ni viva ni pintada, la quiere tanto como yo.
Respondió Joan Fernandez: Don Luis Milan, ántes moriré que yo otorgue lo que decis, ni consienta lo que vos quereis, y pues nadie la puede querer más que yo, no está bien que esté sin mí quien no puede estar sin ella.
Dixo don Diego Ladron: Yo quiero responder á lo que el señor Joan Fernandez dixo quando vió el retrato de su dama en mi poder, que holgaria mucho de saber cómo habia venido á mis manos; y ha de saber que visitando un dia su mujer con una dama que á su casa habia traido, nos contó la question que tuvo por ella con el señor Joan Fernandez, que aquí nos ha contado, y llorando me rogó que le sacase una diablesa que pintada tenía en casa; yo díxele que la mostrase y sacóla, y en ver el retrato, conoscí quién era la dama y llevémela, y así ha venido á mi poder; que no querria causase enojo entre sus competidores la que da en miralla tanto placer á sus servidores; y para escusar que no viniésedes á las manos, querria veros á las lenguas, con lo que diré; que entreis en campo los dos á daros de motes, y serémos jueces don Francisco y yo, y el que mejor nos parecerá que lo ha hecho, se lleve el retrato: pareció tanto bien á todos, cuanto parece mal reñir los competidores, que el competir descubre quién sabe servir. Comenzó los motes don Luis Milan, y dixo:
Señor Joan: Si tan bueno fuésedes en casa como en calle, n’os hubiera puesto nombre vuestra mujer, Encasamalo.
Respondió Joan Fernandez: Señor don Luis, si tan bien acabásedes en los amores como empezais, n’os hubieran puesto por nombre las damas, Enmalacaba.
Dixo don Luis Milan: Señor Joan, dicho me han que sois en amores perrigalgo, que levantais liebres y otro las mata.
Respondió Joan Fernandez: Señor don Luis, no creais lo que os dicen de mí, que tambien me han dicho de vos que sois en amores perro mestizo, que levanta liebre y mata lagarto.
Dixo don Luis Milan: Señor Joan, apodo’s al muy frio caballero catalan, que le cantaban en Barcelona:
Del galan de don Dimas Nous ne cal tenir enveja.
Dixo Joan Fernandez: Don Luis Milan, apodo’s á Calisto, que siempre decia: Yo Melibeo só; y vos siempre decis: Yo Margarite só.
Dixo don Luis Milan: Señor Joan, camaleon me pareceis en amores, que mudais muchos festejos y colores; que por esto os hice esta copla á un vestido morado que sacastes de la color que iba vestida la mujer que servíades entónces, y la copla es ésta:
¿Es morada intincion, Ó intincion enamorada, Ó es condicion mudada, Vuelta en camaleon? Camaleon sois, mi señor, Esto cierto debe ser, Qu’en mudar de nuevo amor, Os vestis de la color Que se viste la mujer.
No más, no más, dixeron don Diego y don Francisco, que fueron jueces dellos, y dieron el retrato de su dama á don Luis Milan, que ganar en el campo muy gran verdad muestra, pues la señal que mostró de su lágrima era testigo de la verdad. Rogaron á don Luis Milan que sacase un otro soneto, y fué tan bueno para desenojar á Joan Fernandez, que no sin razon dixo: El soneto me cata.
Quiero pasar por todos estamentos, Dende el mayor hasta el menor convido Para comer con Vénus y Cupido, Y gustarán guisados descontentos. Pocos irán de su manjar contentos, Pues es comer muy tarde digirido, El nombre dél se nombra dolorido Por dar dolor de muchos sentimientos. Al que darán manjar de venturosos Muy buena pro terná de su comida, No morirá del mal de enamorado; Que d’este mal mueren presumptuosos, Que es condicion jamas no digirida, Que bien sufrir de todos es loado.
Dixo don Diego Ladron: Don Luis Milan, tales son vuestras cosas que á Joan Fernandez matais de envidia mala, y á don Francisco dais la vida de envidia buena, porque la mala quiere deshacer lo bueno de todo, y la buena no quiere gastar lo qu’es de alabar; al uno haceis hacer cara de perro cuando regaña de envidioso, y al otro cara de papagayo risueño.
Dixo Joan Fernandez: Don Diego, pues apodastes nuestras caras, yo’s apodo la vuestra á cara de truhan pedigüeño, que no se la pueden ver de zuño quando no le quieren dar lo que pide. Demandásteme unas espuelas, y si fuera freno n’os lo negára, pues lo habeis más menester.
Dixo don Francisco: Don Diego, vos habeis hallado lo que buscábades, que buscando lo que no conviene se halla lo que no cumple, como halló un truhan que iba buscando los cinco piés del carnero, y él no tiene sino cuatro, porque un médico le habia dicho que si le hallaba y comia dél sería muy donoso; y pensando dónde le podria hallar, díxole un otro truhan: Yo he comido dél, y por esto soy más donoso de lo que ántes era, tú le hallarás en su lugar donde yo le hallé, que fué en una cocina de frailes; y creyéndole, entróse por ella vestido como fraile á hora de comer, y reconocia las ollas si le hallaria, y viniendo los que servian y viendo que no era el cocinero del monesterio, lleváronlo delante del superior dellos, y sabido todo el caso por que era venido, mandóle desnudar y dar disciplina: y cuando le azotaban decíanle: ¿Que buscábades, don ladron? y él gritando decia: El cinquen pié del carnero; y respondian dándole: Ya le teneis, ya le teneis, id para donoso. Fuése desnudo huyendo, y topó con el médico que le habia aconsejado, y díxole riendo: ¡Oh, cómo estás donoso! tú debes haber comido del pié que te dixe; respondióle el truhan: Tal pase por tí; y contóle todo lo que le siguió; y el médico le dixo: Agora ternás que contar para hacer reir con el pié del carnero que te dieron á comer los frailes. Yo creo, don Diego, que, segun sois donoso, vos habeis comido dél, que muchas veces le vais á buscar.
Respondió don Diego Ladron: Don Francisco, mejor puedo yo deciros donoso que vos á mí, que dese pié que decis que voy buscando andais vos coxqueando, como acontesció á un caballero aragones en Barcelona, que en este cuento oiréis: Siendo visorey don Fadrique de Portugal, mandó que ningun cojo anduviese de noche por la ciudad, porque muchos lo hacian para engañar, y como una noche topase uno, mandóle llevar preso, y era el caballero aragones, que competia con él en amores, y díxole: Señor visorey, vení conmigo á la prision, pues estamos los dos en ella por amores, que del pié que yo coxqueo coxqueais vos tambien; dixo el Visorey: Soltalde,
Que harto preso está Quien d’amores cojo va.
Don Francisco, teneos por entendido que dos de un mal se conocen por señal; dejadme revolver con don Luis Milan sobre el postrer soneto que nos ha dicho, que no se ha de tratar poco de lo mucho ni mucho de lo poco. Oidme, don Luis Milan: Vos decis en vuestro soneto que del mayor hasta el menor convidais á todos, para comer con Vénus y Cupido, y gustarán guisados descontentos; comeos vos solo tal guisado si mal provecho ha de hacer; mesonero catalan debeis de ser en amores, que dais mal á comer y haceisos pagar á vuestro placer.
Dixo don Luis Milan: Yo he convidado de lo que Cupido da á comer á los que maltrata, que pocos irán de su manjar contentos, pues es muy tarde ó nunca digirido en el estómago desdichado; y si alguna vez, del mucho calor enamorado, lo viene á digirir, para estar contento ha de ser con grandes trabajos que muelan el ahito desdeñado, untándose con el ungüento que le nombran «el porfiado», compuesto por la receta que dice, porfía mata venado.