Libro intitulado El cortesano. Libro de motes de damas y caballeros

Part 20

Chapter 203,892 wordsPublic domain

Este que agora viene es Ajaz Telamon, griego, hijo de Hesiona, hermana del rey Priamo, y la que Hércules Griego robó de Troya. Fué tan fortísimo en armas, que puso espanto á Héctor cuando los dos combatieron y se vinieron á conocer por primos hermanos; de quien Héctor, siguiendo el costumbre antiguo, tomó el Baltheo, que es el militar, y él le dió un cuchillo que Ajaz se mató con él, porque los griegos, demandando Ulíxes y él las armas de Achíles, despues de muerto, las dieron al tímido Ulíxes y las negaron al muy temido Ajaz. No sin gran propósito debe traer sobre las armas aquellos animales que la hembra mata al macho al engendrar, y los hijos matan la madre al nacer, que son víboras. Oya el letrero lo que dice: Víbora es mal parescer; lo que muere al engendrar, mata al nascer.

Diomedes, el muy valeroso y sabio griego, hijo de Thideo es este que ve, que despues de muerto Achíles y Ajaz era el más valiente y osado de los griegos. Mire qué ricas y bien invincionadas armas que trae, con muchos ojos cerrados por todas ellas. Y el mote que dice: A ojos cerrados se han de mirar cuidados.

Ya que todos fueron entrados, estando donde hablan de combatir, hecha que fué la señal, vinieron con muy gran saña uno para el otro, el rey Priamo, troyano, y el rey Agamenon, griego, y en haber rompido sus picas pusieron mano á las espadas, que gran espanto ponian los golpes que se daban, y el Duque mandó señalar al trompeta porque las damas habian perdido la color de sus caras de la ferocidad dellos, y cesaron de combatir.

Luégo tras éstos vino al palenque el invincible Héctor, troyano, con muy gran braveza contra el ferocísimo Achíles, griego, y diéronse tan grandes encuentros de picas, que la tierra que pisaban temblaba; y poniendo mano á sus espadas, salian tan grandes centellas de fuego de los espantosos golpes que se daban, que las damas, de temor de ser abrasadas, señalaron al Duque, y el trompeta señaló y cesaron de combatir.

Vino como un bravísimo toro agalochado al palenque el rey Menalao, griego, marido de Helena, contra el muy fuerte Páris, troyano, que lo esperó con más ferocidad que ira, por tenerle su mujer, que el agraviador debe ser defendedor. Rompió Menalao las tres picas, que bien mostró estar picado, y daba tan fuertes golpes, que Páris se desapiadó; y viniendo á las espadas, hicieron tales cosas, que si el uno mostró ser hermano de Héctor, el otro peleó como Achíles; pues la mayor parte de las lumbres se mataron del aire que movian los grandes golpes que se daban. Señaló el trompeta, y el combate dellos cesó.

Vinieron dos tan furiosos al palenque, que bien mostró la honra no tener respeto á parentesco, y era Trohilo, troyano, y Ajaz Telamon, griego; diéronse tan grandes golpes de pica, que Gilot, de gran miedo, se echó á los piés del Duque, y dixo: Señor, llansau diables de vostra casa, que axó no son homes. Y el canónigo Ester se puso en las espaldas de la señora doña Hierónima, y díxole: Señora, nos troba al cor sino aun lo te l’amor; y viniendo á las espadas, tan grandes fueron los golpes que se dieron, que Héctor dixo: No pelean como primos aunque son primos hermanos; y el trompeta señaló y dejaron de combatir.

Los postreros fueron Enéas, troyano, y Diómedes, griego, que del golpe de la primera pica dió con la rodilla en el suelo, y á la segunda que rompieron, Enéas perdió un paso de tierra, y á la tercera pensaron caer. Pusieron mano á las espadas, y los golpes fueron tales, que de temblar todo aquello, algunas gorras, que damas traian en las cabezas, cayeron. El Duque mandó señalar al trompeta y dejaron de combatir uno á uno, y arremetieron cinco á cinco, unos contra otros al palenque, y de la gran furia dieron con él en tierra, que temblando estaban las hojas de los árboles. El grande aire que levantaron del combatir, la mayor parte de las lumbres mataron; las damas se pusieron detras sus caballeros; el Real pensaron que cayera del terremoto que sintieron, que paresce que el mundo se hundia de la cruel batalla y grandes golpes que se daban, que jamas sintieron el trompeta que señalaba que cesasen; y estando en esto se pararon como encantados, porque entró Apolo tañendo con su cítara, que compuso para representar á la dulce armonía que los siete cielos de las planetas hacen. Este fué un gran sabio de Grecia, y el primero que halló el arte de la medicina; tuvo un hijo que se decia Astrolapio, que amplió mucho esta ciencia; murió herido de rayo celestial, y la gente bárbara quemó todos sus libros, y de allí adelante no quisieron más medicinarse, creyendo que Dios le habia muerto porque daba veneno mezclado con la medicina, y por esto no la usaron por tiempo de cien años, hasta que Athanases, rey de Persia, que fué docto en ella, la resucitó. Este Apolo fué aplicado al cuarto planeta, qu’es el sol, despues de muerto Entró en esta fiesta con la ninfa nombrada Syringa, que tan dulcemente cantaba, como él con la cítara tañia. Fué de tan gran suavidad esta música por lo que representaba y los efectos que hace, que hizo cesar la gran batalla de los troyanos y griegos. Representaron á Syringa y Apolo muy al natural dos grandes músicos, que cantaron los romances que oiréis, y el primero es del rey Priamo de Troya, que es este presente

ROMANCE.

¡Oh buen Priamo troyano, Rey de los fuertes troyanos, Héctor muestra y sus hermanos, Tales hijos de tal padre. Tu mujer, y d’ellos madre, Se volvió perra ladrando, La noche que vió quemando Troya con todo tu estado. Cuando te vió degollado De manos de Pirro el griego, Que bien era griego fuego, Pues con agua más ardia. Lágrimas todo lo vía De tus hijas y troyanas, ¡Oh entrañas inhumanas De Pirro, perro cruel! Llevarate en Grecia con él Para más honrado ser, Que no triunfa el vencer, Vencido de crueldad. Reinó tu prosperidad Cincuenta dos años vida, Hasta ser Troya perdida Con tu corona real. De dolor que das señal, Que no hay persona alguna, Que no llore tu fortuna, Y á tu Héctor sin igual.

Del gran Héctor, troyano, es este otro

ROMANCE.

Héctor, príncipe troyano, ¿Quién terná sabiduría, Que no falten las palabras Cantando tu valentía? La mujer del griego Ulixes A su marido escribia Que por Grecia el nombre de Héctor Muy gran espanto ponia. Y ella, cuando le nombraban, Su rostro el color perdia, Temiendo que su marido A sus manos moriria. Fué de griegos tan temido, Que nadi se le atrevia A esperalle uno á uno, Sino con gran compañía. Los griegos por temor dél Dejáran su guerrería, Sino que Eritrea dixo Que Troya se perderia. El más fuerte de los griegos A la fin desflaquecia, Que tu muy gran fortaleza A todos siempre vencia. Llegó el dia de tu muerte, Que fortuna lo queria, Achíles y la traicion Se juntaron aquel dia. No te vino cara á cara Porque mucho la temia, Que si por traicion no fuera Nadi matar te podia.

De Páris Alexandre, troyano, es este otro

ROMANCE.

Páris Alexandre hermoso, Hijo del buen rey de Troya, Caro te costó la joya De los griegos que llevastes. Al rey Menalao robastes Su linda mujer Helena, Cual la culpa tal la pena A tu Troya le fué dada. A traicion le fué robada Á Menalao su mujer, Y á traicion se vió perder Troya y su gran Illion. Tú mataste con razon Achíles que lo mereció, Que si á traicion Héctor mató, Con lo mismo te vengaste. A la fin tambien pagaste, Siguiendo tu mala suerte, Que Pirro te dió la muerte, Hijo de quien tú mataste.

Del fuerte Trohilo, troyano, es este otro

ROMANCE.

Trohilo, fuerte troyano, Si fortuna lo quisiera, Héctor nunca muerto fuera, Pues en tí vivo se vía. Tu muy grande valentía A los griegos espantaba, Que cualquier griego pensaba No volver más á su tierra. Tú dieras fin á la guerra Cuando vino el Amazona Á socorrer en persona Á tu Héctor, que halló muerto. Puso gran fuego en el puerto Y quemó la griega armada, Porque estaba confiada Vencer con tu corazon. Todos dirán con razon Achíles no te mató, Sino aquel que te crió, Que secretos de Dios son.

Del valeroso troyano Enéas es este otro

ROMANCE.

La noche que Troya ardia Partióse Enéas troyano, Navegando por las mares, Á Cartago es allegado, Ciudad de la reina Dido, Do fué bien aposentado, Él y todos sus troyanos Por su puerto s’han entrado. En llegar delante d’ella, A sus piés s’ha arrodillado; Apiádate, señora, D’este Enéas desdichado. Esta Reina piadosa Dixo: Bien seas llegado; Cuéntame, troyano Enéas, De Troya lo que ha pasado. Reina Dido, pues que mandas Renovar dolor llorado, Yo te contaré llorando Troya cómo ha quedado. Diez años tuvieron griegos Guerra sobre nuestro estado, Y á la fin de los diez años Su real fué levantado; Fingiendo volverse á Grecia, En sus naves s’han entrado, Dejaron un hombre en tierra, Que Sinon era nombrado. Dixo que en la griega armada Ya se habian embarcado, Yo huí la noche ántes Y escondíme en este prado, Porque me cupo la suerte Que fuese sacrificado, Por placar al dios Neptuno Y el mar no estuviese irado. Dejaron este caballo De manera bien labrado, Por el Paladion de Pallas Que de Troya os han hurtado. Creimos Sinon el griego, De sus griegos consejado, Para darnos á entender Todo lo por él contado. Yo les dixe que quemasen El caballo, que era engaño, Por su mal no me creyeron Y á la ciudad fué llevado. Haciendo fiestas de Baco, Los troyanos se han turbado, Y quedáronse durmiendo, Que el placer es descuidado. Y pasada media noche, Salieron los del caballo; Los griegos desembarcaron, Y por Troya s’han entrado. Dieron fuego á toda Troya, Nuestro Rey fué degollado, Y delante dél sus hijos, Sólo yo soy acampado. Entre tanto fuego y sangre, De Héctor fuí aconsejado, Que volvió del otro mundo, De los dioses enviado. Díxome, véte, Enéas, A buscar nuevo reinado; Lleva los dioses de Troya, Que por esto te han guardado. Lleva tu padre y tu hijo, Y entra en mar aconsolado, Que los dioses te dirán Que serás bien fortunado. Que si el cielo no quisiera Derribar á nuestro estado, A traicion no me matára Achíles falsificado, Por la muerte de Patroclo, Su amigo muy amado, Que maté delante Troya Con las armas d’él armado. Pensando que fuese Achíles, Derribéle del caballo, Y cortéle la cabeza Y enviéle muy honrado. Lo que yo no fuí de griegos, Que muerto fuí deshonrado, Fuera los muros de Troya Siete veces arrastrado. Abracémonos, Enéas, En lugar tan desdichado, Donde yo perdí mi reino, Y tú te vas desterrado.

Del rey Agamenon, griego, capitan de todos los griegos, es este otro

ROMANCE.

El griego Rey de Micena, Agamenon, puso mano, Para vengar su hermano De quien le robó su Helena. Como alma que va en pena Por la Grecia discurriendo, Arma, arma, va diciendo, Venguémonos de troyanos. Todos con armas en manos, Mil naves juntado han; Haciéndole capitan, De troyanos se vengaron. A su Troya les quemaron, No dexando rosa á vida; Mas si Troya fué perdida, Fué porque su Héctor murió. Agamenon se volvió Vencedor para su tierra, Y halló en su casa guerra, Pues que fué muerto de Egisto. Nunca tal guerra s’ha visto, Que los más d’ellos murieron; Vencidos y quien vencieron, Que mal fin en mal acaba.

De Menalao, griego, rey de Lacedemonia, es este otro

ROMANCE.

El rey de Lacedemonia, Menalao, de sí salió, Su real ropa rasgó Y echó su corona en tierra. Toda Grecia estaba en guerra Por el robo de su Helena, Lo que más le daba pena Verse menospreciado. Venir Páris tan osado A su tierra á ser traidor, De su padre embajador, Para robar su mujer. Juntóse muy gran poder Por la tierra y por la mar, Para Troya conquistar, Y en diez años la tomaron. Cien mil vidas les costaron, Y muy más ántes que ménos, Murieron tantos de buenos, Que gran valor se perdió. Si el rey Priamo murió, Con sus hijos tan nombrados, Muchos griegos señalados Sobre Troya se quedaron. Las manos de Héctor mataron Tantos, que si él no muriera, Menalao nunca se viera Cobrar más su reina Helena.

Del fuerte Ajaz Thelamon es este otro

ROMANCE.

Aquel fuerte caballero De sangre, griego y troyano, Del gran Héctor primo hermano, Ajaz Thelamon nombrado, A Héctor tuvo espantado Cuando los dos pelearon, Y á la fin se abrazaron Despues que se conoscieron. Dos presentes se hicieron, Héctor dél quiso tomar, El Baltheo militar, Y un cuchillo á él le dió. Ajaz con él se mató Por la ingratitud que hicieron Los griegos, que no le dieron Lo que mucho merescia. Las armas de Achíles pedia, Y á Ulíses fueron dadas, Por sentencia juzgadas Con pasion y ceguedad. Danlas á la flojedad, y al valor se las quitaron, Que jueces que tal juzgaron Dejan gran enemistad.

Del fuerte Achíles, griego, es este otro

ROMANCE.

Achíles el fuerte griego Á Héctor ha amenazado, Porque le mató á Patroclo, Su amigo muy amado. A buscarle fué por Troya, Y en un templo le ha hallado, Con la reina Helena hablando, Que Páris habia robado. En mirarse el uno al otro Los dos se han demudado, Achíles con grande enojo D’esta suerte le ha hablado. Ya no veo el hora, Héctor, Las treguas hayan pasado, Para mostrarte en el campo Cuánto estoy de tí enojado. Yo espero vengar la muerte Que á Patroclo le has dado, Malamente le mataste, Tú serás dello pagado. Héctor le dixo, Achíles, Falsamente has hablado, Que yo no maté á Patroclo Como hombre acobardado. Que jamas temí las armas, Como tú lo has mostrado, Cuando te halló Ulíses Como mujer disfrazado. Del rey Peleo, tu padre, Y de tí fué ordenado, Por no verte en esta guerra, Que te habia amedrentado. Mas si tú tanto deseas Ver tu Patroclo vengado, Combatámonos los dos Mañana en campo aplazado. Y será con un concierto Por nuestros campos jurado, Que si tú vences á mí, Harémos vuestro mandado. Y si yo te venzo á tí, Todos esteis á mi grado. Pláceme dixo Achíles, Y su guante le ha dado. Los griegos no lo quisieron, Por haberse ya probado Héctor más fuerte que Achíles, Aunque no más esforzado.

Del muy sabio y esforzado Diomedes, griego, es este otro

ROMANCE.

Diomedes el buen griego, Tan fuerte como avisado, Muertos Achíles y Ajaz, A los griegos ha emparado. Él hizo venir á Pirro, Hijo de Achíles, nombrado Porque vengase la muerte Que á su padre habian dado. Diómedes le traia En batallas á su lado, Que con al les parescia Achíles haber cobrado. Esforzó al griego poder Que estaba desanimado, Que Diómedes tomó Troya, De muy sabio y esforzado. No volvió más á su casa, Porque se vió mal casado, De Troya se fué por mar, Y en Pulla fué bien llegado. Parte del reino de Dauno, De fortuna le fué dado, Cerca del monte Gargano Ciudades ha edificado. Los suyos edificaron Nápoles por su mandado, Y en la isla Diomedea Otros suyos han poblado. De su nombre la nombraron Por ser nombre tan nombrado, Donde está su cuerpo hoy dia, Honradamente enterrado.

En ser acabados los romances se fueron tras Apolo y la ninfa los del torneo, y movióse una conversacion que turó hasta el dia, con mucha diversidad de pláticas graves y jocosas. Y por excusar prolixidad, donde veréis C. hablará caballero, y con la D. dama. Comenzó el Duque y dixo: Platiquemos de condiciones, que son menester muchos pareceres para dejarse bien entender, y pues yo he movido esta plática, haré las preguntas para sacar respuestas de tales cortesanos, que no serán menester réplicas. Díganme, pues, ¿de qué viene una condicion que no se deja acabar de entender?

_C._ Señor, yo diria que de sabio ó de loco le viene á quien tal condicion tiene, que muy gran locura es no dejarse entender para bien hacer; y gran saber es no descubrir la intincion que sea para perdicion, como se sigue entre enemigos, que saben proveer contra quien se deja comprender; no lo digo por las mujeres, aunque algunas dellas tienen esta condicion, que en habelle entendido se rien de su marido; y éstas son las que no quieren bien á sí ni á otri, y no sé de qué viene, querríalo saber para aprender.

_D._ A las que sabes mueras, aunque no tengo que responder por mí, sino por vos, que modorra me paresce que teneis en esto que hablado habeis.

_C._ Señora, no es modorra, sino modo razonable, que bien es que no sepa la mujer, si no es leal su marido, que encubrir esto es de sabido.

_D._ A otro perro con ese hueso.

_C._ Por mi mujer lo debe decir, que perra y perro es en roer, que nada le puedo esconder, que más sabe que el diablo, pues entiende lo que callo y cuanto hablo.

_D._ Diable so pera entendreu, perque us llanci la diablesa pintada, quem portas á casa plena de afeyts.

_C._ Señora doña Hierónima: Non in die festo.

_D._ Don Luis Milá, feu del resto, que com aguant lom adobau, que no put á mal marit, quant los dos vos coblejau.

_C._ Señora mujer, el latin que don Luis Milan os ha dicho, se nombra adoba lenguas; una tiene adobada de ternera, ¡ojalá la vuestra fuera!

_D._ Si tan malos fuesen los lenguados como son los deslenguados, no los nombrarian los franceses perdigones de mar.

Dixo el Duque: Buenas lanzas se han corrido, que bocas bien enfrenadas no hacen embarreradas, y volvamos la hoja. Decíme de que viene la muy mala condicion de celosos.

_C._ Los celos, señor, son hijos del amor, los buenos son legítimos, que son los avisados, y los malos son bastardos, que son los necios; los locos son alborotadores, como los de Gilot; los necios son rebuznadores como los del canónigo Ster; los sabios son falsirisueños, como los de don Luis Milan, que los tiene risueños sobre tristes, mostrando con una falsa risa que siente lo que de palabra no se debe dar á sentir.

Dixo el Duque: Por mejor tengo no mostrar celoso sino receloso secreto, apartando todo lo que puede mal hacer con sabio modo, que, aunque sea poco el fuego, descuido lo enciende todo.

_D._ Si justicia se hiciese de celos, cuántos hombres veriamos á la casa de locos.

_C._ No quedarian las mujeres en la posada, que un casado poco há envió á su perrochia para que tocasen la campana, diciendo que tenía fuego en su casa, y los que fueron á socorrelle dixéronle: ¿A dó está el fuego, que no le vemos? y él respondió: En los celos de mi mujer lo hallaréis, que peor son que fuego celos de mujer, que no se puede socorrer.

Dixo el Duque: Tan buenas son estas lanzas como las pasadas, pasemos adelante. Mucho querria saber qué os paresce de una condicion demasiadamente dulce.

_D._ Señor, la bona condicion ha de ser agredolsa com á magrana de Xativa, que lo dols de les mullers fa bon agre en los marits, y esta es bona mixtura pera conservar la honra deis casats.

Dixo el Canónigo: Veritat es, sino que á voltes si mescla algun gasta honres.

Respondió Gilot: Almenys no les gastará un tartugot gasta pa tal com vos, espanta pardals, aborrit de cuants hostals es anat per festejador orat.

_D._ Gil, may te vist tan grasiós com ab lo meu servidor mosen Coster, que may entra en lo terrer mosen Ster.

_C._ Paso, señora doña Hierónima, que el Canónigo no’s quien quiera, que hijo es de una panadera, y quedó pan lisiado al enhornar.

Dixo Gilot: Be dieu señor Joan, que al enfornar se fan los pans geperuts.

Dixo el Duque: ¿Pues tan gran mar ha levantado el gasta honras del canónigo Ster? sepamos qué cosa es honra, y dígalo mastre Zapater, que lo sabrá mejor; y rogado de todos, dixo: Yo diria, no apartándome de la ley de Dios, que la honra es el valor de cualquier persona, mas ha de ser la que á Dios place, y no la que Lucifer quiere; y así es mucho de notar que con sola su palabra, diciendo fiat, fueron hechas todas las criaturas, y pudiendo con lo mismo echar á Lucifer del cielo, no quiso su Majestad que fuese echado, sino resistiendo á modo de batalla sus ministros los buenos ángeles, mostrando que justamente se puede resistir y pelear por la verdadera honra, que es conservar justicia y verdad, como ellos hicieron á voluntad de Dios, resistiendo y peleando contra la injusticia y la mentira, que es el diablo; por donde nos debemos mirar siempre en Cristo, nuestro señor inmaculado, espejo de cristal, siguiendo aquellas letras que dicen en torno d’él: _Omnis vita Christi actio nostra est_. Diciendo que toda la vida de Cristo debemos imitar, peleando por la justa honra, conservando lo que Dios nos da; y es de entender por su ley, como mandó á los judíos, que siempre fueron vencedores peleando por la honra de Dios, y así no osó Alexandre conquistarlos, porque le dixo un filósofo que si estaban en gracia de su Dios, no lo emprendiese, que se perderia. Tambien es lícito pelear por el natural rey con justa guerra, y por el bien comun, y asimismo defendiendo cada uno su vivienda cuando con injusticia se la quieren quitar, y ésta es la verdadera honra; la falsa es la que Lucifer ha introducido en el mundo usando las armas contra caridad y justicia, siguiendo la voluntad, y no la razon, en perjuicio del prójimo para perdicion de quien tal hiciese.

_C._ Señor Duque, yo hallo á mi cuenta, tratando de la honra, que los más injuriados los unos lo son á culpa suya, y otros por falta de buenos juzgadores. Los hombres, para vivir honradamente, debrian guardarse mucho de todas las ocasiones por donde les puede venir deshonra, y si no dan ocasion y se ven en ella, nunca debrian satisfacer á las injurias con obras donde se puede con palabras, que es falta de razon ó gran soberbia que las más veces hace perder. Otros hay que son tenidos por deshonrados sin culpa, de quien no saben juzgar de honras, que debrian, para ser buenos jueces, saber los casos que obligan á satisfaccion, y hallarán que son muy pocos; y para muy bien gobernarse, débese tomar consejo de quien tiene calidades para darle bueno, y son éstas: Que sea experimentado y no apasionado, ni interesado, ni sospechoso, y sabido en lo que aconseja, que los más consejos están lisiados por falta de buenos consejeros, por quien se siguen grandes deshonras y pérdidas; y en deshonra venida por mujeres, no obliga sino aquella que por descuido ó consentimiento del deshonrado le viene, como es descuidarse no proveyendo á las deshonras que seguir se pueden, ó consintiendo á las que ven venir ó tienen en su casa; y si á quien toca ha proveido en todo lo que debe, no puede tener deshonra por la de otro quien por sí no la tiene.

Dixo el Duque: Muy bien se ha tratado de la honra, y mal se trata d’ella cuanto más va, y en cosa que tanto importa calzar se debrian con este zapatero y armarse de tal caballero, pues se puede decir por ellos: Quien las sabe las tañe, y no como algunos, que primero las tañen que las saben. Decidme, pues, qué os parece de una condicion descuidada.