Libro intitulado El cortesano. Libro de motes de damas y caballeros
Part 2
Paresció esta invincion y mote muy bien á todos y alabáronselo mucho, y don Diego dixo: Señores, todos pienso que me engañais, si no me desengaña la señora doña Hierónima, que del señor Joan Fernandez, su marido, desengañado estoy, que las más veces burla alabando el que va lisonjeando. Dixo la señora doña Hierónima: Señor don Diego, pues yo no soy lisonjera, dice mi marido que tengo mala condicion, yo tengo por mal acondicionado el corazon falsificado, que por eso se dice: vé con él y guarte dél. Lo que yo siento de invincion es, que á nosotras habeis hecho sierpes y á vos apoticario, que para que nos puedan comer, que no emponzoñemos, nos habeis hecho sacar á la señora, vuestra mujer, cortadas las cabezas y colas, mostrando que las mujeres tenemos la ponzoña en la cabeza y en los piés, de mal parleras y muy andariegas, y encobris esta malicia con el aviso que dais en el mote, diciendo: _En los extremos se pierden los que perdemos._ Vos y mi marido sois en esto médico y apoticario, que ordenais contra mujeres. Yo creo que tan poca paz tiene su mujer en casa como yo en la mia, pues no son portapaces los maridos que son desplaces. Dixo don Diego: Señora doña Hierónima, yo no pensé decir tanto, ni he dexado de tocar mucho, mas yo, de lo mucho que dixe, no he querido decir tanto de lo malo que vuestra merced ha sacado; y por esto se dice: no hay nada mal dicho si no es mal tomado, como ha hecho agora vuestra merced, que ha sospechado que para decir mal de mujeres hice sacar á mi mujer doña María las sierpes por invincion, y no ha sido sino por la semejanza que tiene la sierpe á lo que dice el mote, y es que así como tiene en el medio gran virtud, y en los estremos, que son la cabeza y cola, ponzoña, así se ve que en el medio está lo bueno, donde consiste la virtud para bien obrar, que en los extremos, que hacen perder, se pierden los que los siguen. Mi intincion no fué hacer sierpes á las damas, mas vuestra merced, para hacernos médico y apoticario, á vuestro marido y á mí, contra mujeres, habeis hecho esta glosa, y lo demas, dexo á Joan Fernandez, su marido, que lo dirá mejor que yo. Armóle á Juan Fernandez ir á la mano á la señora doña Hierónima, por vengarse de las que ella le habia dado y dixo: Señora mujer, quien tiene la cola de paja, del fuego se teme; como vos sois una sierpe para mí, habeis sospechado que el señor don Diego Ladron las hizo sacar para motejar á las mujeres, y cuando por esto lo hubiese hecho, no teneis que enojaros, pues se dice: sed prudentes como serpientes, esto tienen por quien las crió, que es la prudencia, y la ponzoña por la serpiente, que á la primera mujer engañó; ya veis qué mal os viene porque os hayan acomparado á serpientes, diciendo la mesma verdad que son de su naturaleza sábias, y cuando no lo quieren ser es por creer á Lucifer, que les dice que hagan lo que les vedan. Respondió la señora doña Hierónima y dixo: Señoras, preicador es mi marido y yo no lo sabía, sepamos dónde preica la cuaresma y vamos á oille, yo creo que será á casa de don Anton Vilaragut, que por lo que allí hace y dice le hizo don Luis Milan una obra, donde le hace en ella Adan y á doña Antona Vilaragut y de Heredia Eva; que no se cazaria mejor cosa en esta caza que don Luis Milan la hiciese correr por aquí como á liebre, á ruego de todas las damas, que yo creo que lo hará si una dama de las que han salido aquí se lo manda, que nadi puede mandar si no es bien mandado. Dixo Joan Fernandez: Señora mujer, si tales liebres levantais contra mí en esta caza, yo las haré correr á mis galgos. Respondió don Luis Milan: Señor Joan Fernandez, si la dama que la señora doña Hierónima, vuestra mujer, ha dicho, lo manda, mis coplas saldrán, y no serán vuestros galgos tan corredores que las corran, pues nunca las mias quedaron corridas de las vuestras.
Salió don Francisco Fenollet á esta caza, y la señora doña Francisca, su mujer, vestidos de monte, con ropas y monteras de terciopelo amarillo, aforradas de tela de plata, con muchas guchilladas y prendederos de oro, y el mote decia:
Sus ojos son prendederos Que los mios aprendaron; Amarillo me dexaron, ¿Cómo pude meresceros?
Dixo don Francisco: Bien habeis escaramuzado con la señora vuestra mujer, señor Joan Fernandez.
Caballero de frontera Sois en todo, mi señor, Siempre escaramuzador Por de dentro y por de fuera.
Respondióle Joan Fernandez:
Don Francisco, ballestero, Con virote habeis tirado, Que muy mal está encarado Quien hiere su compañero.
Don Diego Ladron, que vió escaramuzar á motes á don Francisco y á Joan Fernandez, entró en la escaramuza y dixo:
¿Jugais á pasa Gonzalo? Señores, decídnoslo, Que tambien jugaré yo, Si Joan es el Gonzalo.
Don Luis Milan atravesó como á valedor de Joan Fernandez, y, mostrando defendelle, le hirió sin sacar sangre y dixo:
Dexad vos ese mi Joan, Que no sufre papirote, Sino á quien le da en el mote Más del palo que del pan.
Joan Fernandez revolvió sobre don Diego y don Luis, y con una piedra mató estos dos páxaros y descalabró á don Francisco, diciendo:
Mirad qué Milan y Diego, Para competir conmigo; Don Francisco, nuestro amigo, Sedles vos mozo de ciego.
Vino á esta caza don Miguel Fernandez y la señora doña Ana, su mujer, con ropas de monte de terciopelo naranjado, llenas de muchos oidos broslados, que estaban entre unas obras, que hacian muy buen matiz, de cordoncillo de hilo de plata y seda verde; y los motes que en sus monteras traian, decia el del marido:
Todo estoy hecho oidos En sentiros, por oiros.
Y el de la señora doña Ana, su mujer, decia:
Toda estoy hecha oidos, Del que oigo de maridos.
Dixo don Miguel Fernandez: Señora mujer, vuestros oidos querria ser, por oir si os dice algunas mentiras contra mí vuestra Castellana Marinuevas, que por vuestra autoridad no la debríades escuchar, que mujer novicholera, nunca fué buena casera. Dijo la señora doña Ana: Señor marido, vos querríades ser mis oidos, yo querria ser los vuestros, por saber si es verdad lo que decis en vuestro letrero, que os volveis todo oidos en sentirme por oirme, que yo creo lo debeis decir por huirme, segun huis muchas veces de casa; que el marido mal casero canta en otro gallinero.
Salió á esta caza don Baltasar Mercader y la señora doña Isabel Ferrer, su mujer, vestidos de terciopelo verde, con muchas flores de jazmil, brosladas de hilo de plata, y el mote decia:
Como flor es de jazmil El amor de poca fe, Que entre manos secasé.
Dixo don Baltasar Mercader: Señora mujer, ¿cómo le paresce este nuestro letrero que hice para decir una gran verdad? Respondió la señora doña Isabel: Señor marido, mucho querria saber en quién ha probado vuestra merced esta verdad, que por mí no se puede entender. Dixo don Baltasar: Señora, muy poco há que se probó con la vida de mi hermano don Berenguer Mercader, que murió de amores por una dama que se le casó, pensando que estaba tan casada en la voluntad dél como no lo fué, pues pudo casar con otro y descasar á quien tan casado estaba de amor con ella; no digo que por ser mujer tuvo poca fe, sino porque no fué hombre en agradescer, que tan de véras es el amor que mata, como es de burlas el que no da vida; pues piensan que todo le es debido á la dama que matando pone en fama. Dixo la señora doña Isabel, su mujer: Señor, dicho me ha la señora doña Ana Mercader que le ha parescido muy bien todo lo que vuestra merced ha dicho, sino tacharnos á las mujeres de poca fe, y alabar á los hombres de agradescidos, que no quedan desculpados los que culpan á mujeres, si ellos quedan infamados; y lo más dirá la dama que he nombrado, pues lo siente mejor que yo. Respondió la señora doña Ana Mercader: Señora doña Isabel, no tengo parescer sino el de vuestra merced; aquí está don Luis Milan, que, yo creo, segun ha escuchado á vuesa merced, que guarda muy bien esta razon que ha dicho, y ella es tan avisada que descubrirá el parescer de algunos para mostrar lo que sienten, pues hay razones que no debrian hablar en ellas, sino el que puede entendellas. Entendamos por qué trae las víboras en el vestido que ha sacado, que bien viene invincionado, y dígalo, por vida de quien las sacó.
Dixo don Luis Milan: Señora doña Ana, lo que se debe callar no es de decir, y lo que se puede decir no es de callar. Las mejores invinciones son las que ellas mismas hablan sin letrero, y éstas apénas las hallan sino los bien invincionados cortesanos, como fué el Almirante de Castilla, que traia un corazon de piedrazufre, que nombrándole, dice la intincion del que le trae; y don Fernando de Torres, baile general de nuestra Valencia, que sacó la vela de la nave que nombran contramesana, que claro dice: contra mí es Ana; y nuestro caballero valenciano don Baltasar Romani, que traia un sino de libra, que es uno de los sinos del cielo, que esta invincion quiere decir: si, no, delibra; como es verdad que si ó no delibra al que espera. Y un otro que por Ana traia una partesana, que claro dice: parte es Ana, queriendo decir que Ana es parte para matar ó dar la vida; y ésta que yo he sacado, que son las víboras, que ellas mismas son el letrero, pues dicen por el que las trae, vivo horas, que bien se puede decir que en esta vida no se vive sino horas;
Que las horas del pesar Más son que las del reposo, Pues que se puede mudar Lo venturoso.
Y el que se acordáre desto no estará sin sintir,
Que las horas del pesar, Que es el morir, Más son que las del placer, Que es el vivir.
Salió don Berenguer Aguilar y la señora doña Leonor Gualvez, su mujer, con unos vestidos de terciopelo leonado; y el marido traia unos círculos redondos de plata, con un leon de oro dentro dellos, que tenian este letrero:
Leonor de oro es mi invincion, Como muestra este leon.
Y la mujer sacó unas águilas volando, brosladas de hilo de oro, y en una montera traia el mote que decia: _Tras águilas fué mi volar._
Dixo don Berenguer á la señora su mujer: Una dama me ha dicho que por haber casado con vuestra merced me pueden decir el marido de la gala y que no me faltaba sino que me dixesen Martin, pues ya tenía la gala. Dígame cómo se ha de entender esto, que yo no lo entiendo.
Respondió la señora doña Leonor: Señor, pregunte vuesa merced al señor Joan Fernandez, qué quiso decir esta dama, que no la entiendo, por qué queria que le dijesen á vuestra merced Martin, si ya no es ella por quien se dixo esta cancion,
¿Por qué no tramas tela, Di, Berenguela?
Respondió Joan Fernandez: Señora doña Leonor, pues vuestra merced lo manda, y el señor don Berenguer se lo rie, digo que esa dama quisiera ser Berenguera, y como no lo ha sido, se burla de lo que ella quisiera ser burlada, y quiere decir que pues el señor don Berenguer alcanzó renombre de marido de la gala, que si le dixesen Martin le dirian Martingala.
Don Berenguer se corrió de la risa que este apodo levantó, y dixo: Señor Joan Fernandez, ese nombre mejor sería para vuestra merced, pues un tiempo usó la martingala en las calzas, quando se iba de cámaras de baxas coplas, que contra don Luis Milan trobó, que pullas las llamo yo. Respondió Joan Fernandez: Si el Milan dice que son pullas, yo lo otorgaré, y de otra manera no. Dixo don Luis Milan: Pues el Sr. Joan Fernandez se fia de mí, yo no digo que son pullas, sino repullones, y dígalo su excelencia, si fueron coplones lo que respondió á mis coplas, y séanos juez.
Respondió el Duque: Si yo tengo de ser el juez, para bien juzgar he de oir las dos partes cuando yo daré audiencia, que será mejor despues de haber cazado, porque los monteros traen los sabuesos que no los pueden tener de sentir los puercos, que no deben estar léxos; y en esto levantaron un gran puerco, y maltrató los perros que le asieron, y el Duque demandó una porquera y mató al puerco, y presentóle á la Reina con este requiebro:
Un muerto presenta á otro; Que el amor Mata y hace matador.
La Reina respondió al requiebro del Duque con una risa, y dixo, á mí me dicen: _Je vus entendo ben._ Y el Duque respondió: Y á mí me nombran _Sans mal pensier_; y porque es así como digo, qualquier de la compañía que mate caza, preséntela á quien quisiere y no á mí, por quitar de sospecha á vuestra alteza que la tomo para presentalla á damas; pues no quiero hacer presente sino á quien no soy ausente, que es á la Reina, mi señora. Levantóse un otro puerco muy fiero, y matóle don Luis Vique, y presentóle á la señora doña Mencía su mujer, con este requiebro:
Presento de lo que dais, Muerto, pues que vos matais.
Dixo la señora doña Mencía: No sabía yo que fuese matadora, por esto el médico de nuestra casa no sabía decirme el otro dia qué mal era el de vuestra merced; agora veo que mejor están los amadores enfermos que estando buenos.
Dixo el Duque: Señora doña Mencía á esa razon no se le puede responder estando á las manos, sino á las lenguas en conversacion de damas, y no entre puercos. Yo me acordaré della á su tiempo, porque vuestra merced nos la haga de dárnosla á entender. Salió un puerco muy bravo que puso espanto á todas las damas, porque iba entre las mulas, y mató la de la señora doña Violante Mascó; y don Luis Margarite, su marido, saltó del caballo y púsose á las espaldas su mujer, y el puerco vino para ellos, y este galan le puso la espada por la boca hasta la empuñadura, y muerto el puerco, dixo este requiebro:
Cuando en vos me vi salvar De la muerte que moria, Nunca llegaré á pagar Con esta muerte la mia.
Dixo la señora doña Violante, su mujer: No me ganaréis á requiebros más de lo que ya me habeis ganado, y respondió con este otro:
Si de muerte os he librado, Fué porque vos me librastes; Con lo que vos me pagastes He pagado.
Don Pedro Mascó se fué con los monteros de ciervos, y no tardó mucho á venir con un ciervo que habia muerto, y trúxole con los cantores del Duque que delante dél venian cantando: _Sicut cervus ad fontes aquarum_, viene el ciervo del marido que su mujer le ha herido.
Dixo la señora doña Castellana, su mujer: Señor don Pedro, el que hizo ese cantar muy gran verdad ha dicho, porque así como el ciervo herido va á las fuentes de las aguas, con el mismo deseo viene el marido á su mujer, si della ha sido herido ántes de casar.
Dixo el Duque: Señora doña Castellana, guardemos esa razon, que hay mucho que decir, para la conversacion que se terná en la comida desta caza, que yo la sacaré por postre, pues á vuestro marido le dió tan buenas primerías.
Dixo la señora doña Hierónima, mujer de Joan Fernandez: Señor Duque, su servidor y mi marido he visto de aquí trabado con un puerco al pié de aquel montecico, y parésceme que su caballo está mal herido; mándeme dar un caballo y una lanza, que yo le quiero socorrer. Héle allá, agora le veo, y está á pié, muerto debe ser su caballo. Socorrieron el Duque y todos los caballeros, y hallaron á Joan Fernandez á caballo sobre el puerco, asido de las orejas con la mano izquierda, y con la derecha dándole de puñaladas, que ya le tenía casi muerto, caido entre sus piernas. Levantóse de tierra y vió venir con el socorro á su mujer, con un caballo y una lanza á la jineta; y como su marido Joan Fernandez la vió venir de tal manera, rióse v díxole: doña Hierónima, ¿á quién veníades á socorrer, á mí ó al puerco?
Y ella le respondió: Yo os respondo con lo que dixo el Duque de Ferrara en un socorro que hizo á los franceses contra los españoles en la batalla de Rávena, que viendo los dos campos muy trabados y perdidos, para acaballos del todo, mandó desparar su artillería á todos y dijo: _Tutti son inimici._
Rieron mucho y Joan Fernandez respondió: Señora mujer, pues decis que á los dos teneis por enemigos, á mí y al puerco, bien será que yo le presente á la primavera vuestra amiga, que nos terná por amigos, con este mote:
Recebid este presente Mi seniora primavera, Que mi mujer le comiera, Sino por un accidente.
Respondióle doña Hierónima: Sepamos por qué decis que yo comiera el puerco, sino por un acidente, que ninguno tengo para dejar de comelle, sino ser mal casada.
Dixo Joan Fernandez: Pues sabed, señora mujer, que, hablando de véras, el puerco es vuestro, que matándole me dixo: Yo me dexo á tu mujer, y así os le presento con este cantar:
Mal casada, no te enojes, Que me matan tus amores.
Y ella le respondió con este otro:
¡Ay, señoras, si se usase Que quien mal marido tiene Que lo dexase!
Y así se volvieron cantando y riendo, para alegrar á las señoras, que tristes estaban hasta que vieron á Joan Fernandez sin peligro.
No muy léjos deste placer donde estaban, se levantó un puerco muy fiero, y don Diego Ladron tomó una lanza y fué para él, y dióle una lanzada por los costados, que le pasó de parte á parte; y el puerco le rompió la lanza con los colmillos, y le hirió el caballo, y dixo estas palabras: Mahoma, no me faltes.
Joan Fernandez se rió, diciendo: A no decirse vuestro caballo Mahoma, pensáramos que sois moro.
Respondióle don Diego: Mas ántes yo lo soy despues que moro con vuestra amistad, aunque más lo parescistes vos el tiempo que trujistes la turca de grana, que enojastes en traella á dos veranos de caliente y á tres inviernos de frio, que don Luis Milan se acordó desto en una copla que os hizo haciéndoos turquesa quando sacastes una ropa larga, de paño azul, como la que traen los pregonamuertos de la cofradía de Santiago, que si don Luis Milan la quiere decir y vos no os correis, seréis mucho de palacio.
Dixo Joan Fernandez: Sólo por paresceros cortesano sufriré papirotes del Milan, cuanto más coplas.
Dixo don Luis Milan: Bien será decilla, y no os corrais, que de color os mudais.
No se vió mejor empresa, Ni azuleja más galana, Tan turco sois con la grana Como con lazul turquesa. Azulejo, mi señor. Turquesa contra caida; No tengais ningun temor, Que no caeréis de amor En vuestra vida.
Dixo Joan Fernandez: Pues habeis empezado la escaramuza de coplas, vos seréis como Moriana, bien servida y mal contenta de mis respuestas; y recebid ésta con perdon que os hace búfalo, por ser animal que aborresce la grana, y á toda cosa que con ella está. Pues mi ropa azul aborrecistes por vos haber sacado tras ella mi turca de grana que me quisistes matar á motes cuando la traia, así como el búfalo quiere quitar la vida á quien la trae; y la respuesta que doy á vuestra copla es ésta:
Nombrar mi ropa azuleja, De azulejo fué tomado, Paresce que habeis sacado Vestido de ropa vieja. Turco y turquesa me heciste, Corriste carrera vana, Búfalo me parecistes, Que lazul aborrecistes Por la grana.
Don Francisco Fenollet, como no es muy amigo de cazar puercos, siguió á los monteros de ciervos, y vino con un ciervo cariblanco, que tenía el pié derecho negro, y cuando fueron en vista y oida de la señora doña Francisca, su mujer, venía delante del ciervo cantando Olivarte, cantor del Duque, este romance:
Aquel ciervo cariblanco Que corre por aquel llano, Quien fuere mi caballero, Tráigamelo á la mano. Dias há que yo ensoñé Que mi mal no será sano Si no me traen un ciervo Cariblanco y rabicano. Con el pié derecho negro, Que no es de señal villano Por la propiedad que tiene, Que sabella no es en vano. Quien comiere deste ciervo De Cupido será hermano; No le matará el amor, Que no le dará de mano.
En acabar de cantar Olivarte, don Francisco le presentó á la señora, su mujer, y le dixo: Señora, con el romance que hice por servicio de vuesa merced, ántes de seros marido, os he presentado este ciervo cariblanco, que la ventura me ha hecho cazar, para que se cumpliese mi deseo de presentaros lo que yo represento.
Ciervo cazado del amor Para ser vuestro amador.
Dixo la señora doña Francisca: Señor, si las señales no mienten, vuesa merced las tiene de buen marido, que hasta agora no tengo de qué quejarme, sino que anda mucho en burlas con Gilot.
Que á las veces salen véras Las burlas que son terceras.
Dixo Gilot: Señora doña Francisca, totes les celoses son com á cigales, que en cantar una responen molges. La Reina ha comenzat lo cant, que de cels es un encant; y la señora doña Mencía fa lo contralt, que son marit ne stá malalt, y vosa merced es un tenor sospitos, que pijor es que la tos; y la seniora doña Hierónima lo contrabaix, puix son marit va tos temps baix en amors,
Que pijor es que dolor De mal frances, Baix amor en caballers.
Don Miguel Fernandez vió un ciervo no muy léjos de donde estaban, y dixo á la señora doña Ana, su mujer: Yo quiero ir á matalle como á servidor, y no como á marido, porque si lo presento á vuestra merced le tomará de mejor gana, pues yo le daré con mejor modo. Y tomó un arcabuz de un montero, y mató el ciervo y presentóselo con este requiebro:
Tenedme por recebido Ciervo, vuestro servidor, Y sabráos mucho mejor Que de marido.
Dixo la señora doña Ana, su mujer:
No le tomára Si como á marido le presentára, Y en presentalle como á servidor, Le tomo con más amor,
que, para conservarse la voluntad entre los casados, siempre ha de saber como á servidor el marido, porque no sea tenida en poco la mujer,
Pues en ser casada es olvidada, Lo que no debria ser, Que la guerra en la posada Peor mal no puede ser.
Dixo el Duque: Señora doña Ana, porque no le responda su marido á esta plática, que ha menester hora más desocupada, dejémosla para despues de la comida por lo que se dice:
Lo que á muchos toca, Con pocos no se platica.
Levantaron un puerco y vino hácia donde estaba don Baltasar Mercader, y tomó una lanza, y dixo á la señora doña Isabel, su mujer: En nombre vuestro le daré lanzada, porque no se me vaya; y mató el puerco, y dióselo con este requiebro:
Si con vos no le hiriera, No muriera.
Respondió la señora doña Isabel:
No es tan mortal Mi lanzada, Pues que no puedo matar Vuestro burlar.
Venía don Berenguer Aguilar corriendo tras un ciervo que habia herido al pié de un monte, á vista de todos, y vino á morir delante de la señora doña Leonor Gualvez, su mujer, y presentóselo con este requiebro:
Por vuestra vista murió El que os miró.
Dixo don Luis Milan: Basilisco ha hecho el señor don Berenguer á vuesa merced, que mata con la vista.
Díganos en qué está muerto, Que no lo entiendo por cierto; Que en la carne está engordando Y en su espíritu burlando. Creo que esta muerte debe ser Que murió de gran placer Por haber con vos casado, Y vióse resucitado, Más sabido Por habella conoscido.
Ya era mediodia, y el Duque mandó que cesase la caza, y dixo:
Buena caza habemos hecho, Como hacen en cazar Los que cazan para dar A su provecho. Hora será de comer, Que ya espero esta comida, Pues comer es para vida Gran placer.
Dixo don Francisco Fenollet: ¿Trovador es vuestra excellencia?
Respondió el Duque: No soy sino perdedor.
Dixo don Luis Milan: Nadi pierde por otro sino por sí.
Replicó Joan Fernandez: En el merescer está el tener.
Respondió don Diego Ladron: Nadi meresce sino á quien se le paresce.
Todos allegaron con gran regocijo á la comida, que fué en Liria, y sentados que fueron á la mesa, dieron muy buen tocino con vino blanco y azúcar, y dixo el Duque: Gilot, muy buenos principios son éstos, del tocino de Aragon deben ser, que tú lo debes conoscer.
Respondió Gilot: Señor, gran merces del mot quem habeu donat; juheu me habeu fet, mas no so cobart, á un canonge ne fas part, ques diu Ester, que sé que lin fas gran placer.
El Canónigo le tiró un bofeton, y erró á él, y dió al paje del mal recaudo, y los dos para vengarse trujeron dos halcones muertos de hambre, y soltáronlos al Canónigo, que sin bonete en la cabeza estaba delante el Duque, y asidos dél le picaron en la calva y él gritando, y Gilot y el paje teníanle, porque los halcones estuviesen como en barra asidos con las uñas dél; y quedó tan ensangrentado que si el Duque no le socorriera, muerto fuera, y el paje le apodó, y díxole:
Señor mosen Agron, ¿Cómo os fué con mi halcon?
Y él respondió:
Y á vos, patge del ganget, ¿Cóm vos va ab lo meu bufet?