Libro intitulado El cortesano. Libro de motes de damas y caballeros
Part 10
_Pelad._ Toma esa pedrada, porque se os acuerde de la mentira que decis, y del nombre que me habeis sacado.
_Paje._ ¡Ay! ¡ay! que me ha escalabrado la calabacilla de romero, que no hay media bebida en ella.
Salió don Diego y dixo: ¿Qué es esto? ¿qué es esto, paje de mal recaudo? ¿qué teneis vos que ver con mis criadas, que le sacais nombres?
Respondió el paje: Señor, ¿mas qué tienen ellas que ver conmigo, que me han sacado nombre gurrion pelado?
Dixo don Diego: Pues así es que los dos os habeis motejado, y estais al cabal, no se hable más en ello; que vos habeis picado como á gurrion pelado, y ella á vos como á peladilla. Decidme si sois venido con algun recaudo.
Respondió el paje: Señor, sí; que el Duque me envia á vuestra merced se le acuerde del sarau que está aplazado hoy en el Real, pues el suyo le hace valer á veinte y cuatro.
Dixo don Diego: Paje, diréis á su excelencia que luégo soy allá, que aquí aguardo á Joan Fernandez y á don Luis Milán, para ir, que me han enviado á decir que están armándose de motes para contra mí, porque yo haga lo mismo, que bien lo habrémos menester don Francisco y yo.
Partióse el paje para casa de don Francisco y dixo: Con temor voy á casa de don Francisco para que vaya, y, si no me engaño, yo soy de bodas, que Guzmana veo qu’es peor que perra parida, que, de celos de sus hijos, á cuantos entran en su casa muerde. ¡Ah, señora Guzmana! ¿por qué se entró de la ventana?
_Guzm._ Por el paje del mal recaudo, si lo conosceis.
_Paje._ Tan bien le conozco como á Guzmana de los afeites.
_Guzm._ Mirad el murciégano, traga-morcillas, con qué ojos me mira; él no tiene vista para ver los papirotes que le dan cara cara, y ve los afeites que yo no traigo.
_Paje._ No hablemos de mala vista, que el otro dia vi que os entrastes en casa de mosen Calamoja, por la grita que os dió un hombre, que topastes con él, haciéndole saltar la sangre de las narices, y él fué tras vos para ensangrentaros, y vos huyendo, os iba diciendo: A la lechuza, á la lechuza Guzmana de los afeites, encuentra-hombres, que no ve de dia.
Salió don Francisco y díxole: ¿Qué alboroto es éste, Guzmana, con el paje del mal recaudo? ¿entendeisos los dos?
Respondió Guzmana: El diablo le entienda á este pan perdido, mendrugo de casas, que, de bellaco, ratones no quieren comer dél; revesado de mesones, que yo me espanto cómo está en casa del Duque, si ya no es criado del secretario Sis.
Dixo don Francisco: Paz, paz, con que no la hagais de boca, que engendraréis como víboras, que mata la hembra su macho al engendrar: Que mi Guzmana y vos ponzoña sois los dos.
Vino don Luis Milan y dixo: ¡Ah señor don Francisco! hénos aquí ya con nuestras damas; la señora doña Mencía os está esperando al cabo de la escalera, que no se alcanza esto de damas. Mereceríades ser el ahorcado, y que os diese la vuelta, pues os haceis desear de quien sería mejor desealla.
Respondió don Francisco: Don Luis Milan, mucho mejor es hacerse desear, que no aborrecer.
Dixo don Luis Milan: Responda la señora doña Violante, pues es para responder por los dos.
Dixo la señora doña Violante: Cabalgue presto, y vamos á recoger la señora doña Mencía,
Que donde se puede perder, Quien se hace desear, Le vernán aborrecer.
Allegaron á casa de la señora doña Mencía, y díxole don Francisco: Señora, diera yo mil vidas por vella hecha leon de cabo de escalera, por morir á sus manos, pues se podria decir este mote que yo en una justa saqué:
Quien á vuestras manos muere, ¿Qué más quiere?
Respondió la señora doña Mencía: Señor don Francisco, bueno es hacer del enojado las damas, por oir un adobo de tal galan como vos sois; que de leona que estaba al cabo de la escalera, por vos tardar tanto os matára, sino que vemos por el letrero de las manos que nos habeis dicho que ya n’os queda vida para que se os pueda dar la muerte; sino, dígalo la señora doña Castellana, si es verdad.
Respondió la señora doña Castellana: Señora doña Mencía, nunca la he visto recibir engaño sino agora; y no es maravilla, que no son engañados sino los que no saben engañar. ¿No ve vuestra merced que don Francisco es el gato pajarero de nuestra vecina, que saltando tras pájaras por los tejados, aunque caya de muy alto, siempre cae de piés y queda sano? La señora doña Luisa se rie, díganos de qué.
Respondió la señora doña Luisa: Señoras, de lo que yo me rio es que pocos dias há me contaron este cuento de don Francisco; él iba haciendo el gato de noche, por encubrir el rumor que hacia en un tejado por donde pasaba á cazar pájaras, y resbalando cayó de muy alto sobre un gran monton de plumas de almohadas, que de ventura halló para acampar la vida; y dióse gran prisa de maullar, porque nadi se hubiese pensado que fuese gato; y como el ruido de la caida fué grande, subió la señora de casa para ver lo que era, y vió un hombre casi todo cubierto de las plumas, maullando, y díxole: ¿Quién sois vos, que maullais? y él conosciéndola respondióle: Vuestro gato soy, señora; y ella mandó secretamente que subiesen agua, diciendo: Echalde agua, porque no se me muera el gato, echalde agua; y quedó tan gato mojado, que nunca más ha maullado en amores.
El Duque vió venir las damas, y envióles el paje y dixo:
Su excellencia ha visto á vuestras mercedes de la ventana de su aposento, y mandóme que las guiase allá, donde las aguarda la Reina.
Dixo la Reina: Bien seais venidas, amigas mias; á esos caballeros que os han traido no digo nada, pues vienen á endechar, que el Duque mi señor quiere resuscitar hoy muertos, con una montería, que me han dicho que nos trae, de las damas y caballeros de Troya, don Luis Milan.
Dixo el Duque: Señora, no veo el hora cuando oirla, que Joan Fernandez me ha dicho que es muy buena; óyala vuestra alteza, y será poner gana á don Luis Milan para decirnos lo que sabe de los troyanos, y si de lástima vienen las damas á llorar, en oir la crueldad que los griegos tuvieron con las damas troyanas, quedarán piadosas, que no podrán reirse de los que matan de amores; y roguemos á don Luis Milan que lea, que ya está con la obra en las manos, esperando que vuestra alteza se lo mande.
Dixo la Reina: Don Luis Milan, por vida de don Pedro Milan, vuestro primo, que leais, que y’os prometo de oir de buena gana por ser la obra milana.
Respondió don Luis Milan: Con el favor de vuestra alteza será el obra del alteza que será, por oir quien la oirá.
Y dice así:
Damas salian de Troya, A una montería van, ¡Cuán hermosa y cuán galan Iba Elena! Presa va d’una cadena De oro fino, y de amor, Por la saya al derredor Bien labrada. Toda va invincionada, De rubís toda salió, Pues que Páris la robó A su grado. Saya del oro tirado, Pues d’amor tirada fué, Cuando con Páris se fué Para Troya. En sus pechos una joya Con un rico diamante, Por aquel hermoso amante, Amiga d’ella. Parecia una estrella De hermosura que guiaba, Mano á mano la llevaba Su amado. Todo su vestir broslado D’unas hachas que ardian, Y con letras que decian: Ardo yo. La madre que lo parió Ensoñó dél, que paria Una hacha que ardia A su ciudad. Invincion de crueldad, Pues que le costó la vida, D’él ni della no entendida, Mas gustada. Elena muy regocijada, Para más placer mostrar, Entonó este cantar Y cantó: Ojos que me veis en Troya, No seré más griega, no, Pues que Páris me robó. Fuerza tuvo de tirano, Pues que me pudo tirar, Gran cosario es en la mar Del amor este troyano. Ya no está más en mi mano Sino ser troyana yo, Pues que Páris me robó.
Aquí salen á la caza Trohilo y Policena:
Como un sol luégo salió Policena tan hermosa, Qu’es muy poco hacella diosa De hermosura. Su cuerpo, gesto y postura No se pueden alabar, Pues turbaban en mirar Toda vista. Tan graciosa sobre trista, Que fingia su alegría, Y en lo poco que reia Bien mostraba. Señalar lo que esperaba De su fin muy desastrada, Que por Pyrro degollada Se vió en Troya. ¡Oh resplandeciente joya! Tu hermosura te dejó, Pues á Pyrro no mató Tu hermosura. Caso fué de desventura Que se habia de seguir, Qu’el remedio del morir Es la muerte. Siguiendo su mala suerte, Sobre triste muy galan, Mano á mano los dos van, Trohilo y ella. Ella en todo ya una estrella, Y él un otro Héctor troyano, Despues de Héctor su hermano, En los troyanos. Ella y él que dos hermanos, Pues de bien invincionados, Los dos fueron muy nombrados Este dia. De un carmesí traia Una saya recamada De hilo plata, broslada, Toda estrellas. Y un sol eclipsado entr’ellas, Hecho de tan subtil arte, Que no parecia arte, Mas verdad. Vióse en él escuridad, Y d’estrellas resplandor; Invincion fué de dolor Y profecía. Las estrellas que de dia Todo eclipsi hace ver, Las más veces suele ser Muy gran mal. Harto fué mala señal De la muy triste jornada, De su Troya asolada Y todos ellos. Iba en rubios cabellos, Y tan claros rayos daban, Que los del sol se espantaban Y escondian. Enlazaban cuantos vian, Y ansí iban enlazados, Con muchos ojos colgados Della y dellos. Sino, dígalo de aquellos Achíles el fuerte griego, Si fueron rayos de fuego En que murió. Fué el vestido que sacó Trohilo muy señalado, De un carmesí broslado De leones. Ellos dicen quién él es, Que Trohilo fué un leon, Tal que puso en ocasion De perderse Á los griegos y volverse, Que mucho desconfiaban, Pues en Trohilo cobraban Los troyanos Las victoriosas manos De Héctor, que ya no vivia; Mas fortuna no queria Que así fuese, Porque Troya se perdiese, Como veis que se perdió; Policena se entonó, Muy suave, Á cantar como aquel ave Que la nombran ruiseñor: Aguas de la mar, Miedo he Que en vosotras moriré. Ondas turbias saladas, Al mejor de mi dormir, Ensueño que m’a de venir Por vosotras, malas hadas, Mil veces os he ensoñadas, Miedo he Que en vosotras moriré.
Aquí salen Héctor y Andrómaca:
Salió la mayor valor De hombre humano, Héctor era el troyano, Flor de la caballería, que con su gran valentía Estorbó Que griego no desembarcó Aquel dia que allegaron, Que ni tierra le ganaron Ni pudieran, Si los hados no quisieran; Pues aquel griego poder Todo se pensó perder En aquel dia. Mar de sangre parecia, El mar junto á la tierra, De la gran matanza y guerra Que Héctor hizo. Un griego le contrahizo Aquel dia en pelear, Ajaz Thalomon sin par, Por que vió, Desde el puerto Tenedo, Los griegos en perdicion, Y salió como un leon En sólo ver Que Héctor pudiera vencer Sólo á la griega armada, Fuese contra aquella espada Hectorea, Que tanto nombrada está Del gran Héctor invencible, Con denuedo muy terrible Y gran osar. Que al Héctor hizo hablar, De sus fuerzas espantado: ¡Oh caballero esforzado! Yo te ruego, Pues eres valiente griego, Que te conozca por nombre, Pues te conozco por hombre En tu persona. Hijo soy de Exiona, Yo soy Ajaz Thalomon. Esto fué la perdicion De troyanos, Que Héctor retiró sus manos, Este dia de los griegos, Que Ajaz Thalomon, á ruegos, Lo alcanzó. Por lo cual desembarcó El armada griega en paz, Por amor del fuerte Ajaz, Su primo hermano. Héctor, el valor troyano, De oro y verde ha salido Muy broslado su vestido De hazañas. D’él huyendo alimañas, Osos, tigres y leones Salvajes, sierpes, dragones, Que en miralle, No osaban esperalle, Que tan conoscido era, Por temor de una fiera Sin razon. Como del fuerte varon, Achíles dado por suerte, Para que diese la muerte Al desdichado De Héctor, muerto más por hado Que no por quien le mató, Porque nunca le esperó Cara cara, Tanto tiempo, que esperára Lo que suceder pudiera, Y buscó nueva manera Y ocasion. No sé si fué á traicion, Pues se puede presumir, No pudiéndolo sufrir En batalla. En razon y escrito se halla Que fué muerto á cautela, Porque muriese la vela Que velaba, Y á los griegos espantaba, Que si Héctor no muriera, Troya nunca se perdiera. Salió con él La joya de tal joyel, Con la saya de coronas Que la Reina de Amazonas Se la dió; Sólo porque meresció Hombre de tal merescer, Gloriosa tal mujer. ¡Oh qué dama! Más hermosa por la fama De mujer de tal ventura, Que la misma hermosura Como á dea, La reina Pantasilea, La miraba y la acató, Cuando la saya le dió Por el nombre De mujer de tan gran hombre. Las coronas que traia, Son por las que merescia, Y ganó De los reyes que mató Sobre Troya, su marido. Un sol era su vestido; Relucia De la grande pedrería, Finas, de muy gran valor, Por el muy fino valor D’él y della. Iba Andrómaca tan bella Como Héctor muy galan, Mano á mano los dos van, Y ella cantando: ¡Oh qué fresco y claro dia, Si no turban tristes hados La alegría! Rosas d’esta pradería, Cogidas y por coger, Bien nos va con el placer, Pues nos hace compañía; Buena va la montería, Si no turban tristes hados La alegría.
Aquí salen Corebbo y Casandra:
Tras éstas salió una dama Como radial cometa, Casandra, la gran profeta No creida. Con una invincion subida Y una ropa muy extraña, Y broslada una montaña Toda fuegos. Que si no estuvieran ciegos Los troyanos de valientes, Vieran estos accidentes Ser mortales. Proveyeran á los males Como Casandra decia, Que la ciega valentía Es peligrosa. Con su cara piadosa Entre dientes sospirando, Como quien rie llorando Descubria Que el placer no es alegría Con sospecha de pesar. Todo fué profetizar Su montaña, Porque viese cuanto daña No creer lo porvenir, Pues lo puede descubrir El alto cielo. Gran cordura es el recelo, Que Casandra lo mostró; La montaña que sacó Figuraba Troya, como se quemaba Rocafuerte su Illion, Quemada sin defension De aquel fuego De los griegos más que griegos, Pues sus llamas más quemaron, Cuanto más agua echaron En llorar, Damas tan de apiadar, Que aquel fuego se apiadára, Si sintiera y él gustára Lo que hacia. Su Corebbo la seguia Con tan acatado amor, Cuanto fué gran servidor De Casandra. Sacó d’una Salamandra Un vestir todo broslado, D’un raso fino encamado; Iba tal, Como aquel que va en su mal, Vivo en pena como el ciego, Pues viviendo en su gran fuego D’amador, Trasportado todo amor, Tal cual veis siempre se vió Salamandra, que vivió En la llama Desta tan hermosa dama, Como muestra su invincion. No salió con su intincion El desdichado, Porque no se vió casado Con Casandra, su señora, D’él en todo matadora, Pues murió, Cuando sólo acometió A los griegos que llevaban Su Casandra, que apartaban De Troyanos. Por decilles los humanos Casos que eran por venir, Corebbo paró en morir, De tal suerte, Que su vida está en su muerte, Siguiendo su suerte mala; Los dos van la mesma gala Este dia Lealtad y cortesía Eran sus guardadores, Pues fiaban sus amores Sólo dellos.
_Corebbo._ ¿Quién pudiese merecellos, Casandra, tus pensamientos?
_Casandra._ No ternias muy contentos Tus cuidados.
_Cor._ Ya los viese aposentados En la casa de los mios.
_Cas._ Nascerian desvaríos De dolor.
_Cor._ Hijos de mi grande amor, No podrian enojar, Que un muy buen desvariar No enoja.
_Cas._ Corebbo, vuelve la hoja.
_Cor._ Vuelta está, señora, ya, Si en mí leer querrá Tu mercé.
_Cas._ Que verdades que hallaré, No quiero decir mentiras.
_Cor._ Verdad dices que me tiras, Verdad es.
_Cas._ Corebbo, vuelve otra vez La hoja como se estaba, Porque no desvariaba Tanto aquélla.
_Cor._ Pues tu mano escribe en ella, No las aguas de carbon, Que letras de tu mano son.
_Cas._ ¡Ay, Corebbo, Cómo salle lindo el Febo Con sus rayos tan dorados!
_Cor._ Rayos son enamorados, Que han salido De mi sol tan relucido Por tu amor, Que inflamado de amador He dorado, Este sol que nos ha dado La mañana tan hermosa.
_Cas._ Háblese ya de otra cosa, Pues el cielo Habla lo que yo recelo Por sus cursos naturales.
_Cor._ Celos tienen d’esos males Venideros, Mis males tan verdaderos, Los mios son de llorar, Que ésos suélelos mudar La ventura. Prevenillos es cordura, Y no ser previsto d’ellos; Mas llorar ántes de vellos Es flaqueza. Casandra, tu fortaleza Debe ser que te ha dejado, Contra mí l’han empleado Tristes hados. No serán muy malhadados, Pues con tus fuerzas haré Lo que nunca emprenderé Con la mia. En mí está tu valentía, Pues á mí me conquistó, Otro Héctor seré yo De tí animado. Á tus dioses he jurado De servirte en esta guerra Hasta ver libre tu tierra Ó morir. Cuando me verás salir De Troya contra los griegos, No me olvides en tus ruegos, Con tus dioses. No descanses ni reposes De rogar siempre por mí, Porque tuyo vuelva á tí, Pues soy tuyo.
_Cas._ Ya se está eso de suyo, Que á mí tocará el rogar, Qu’el sentir y el sospirar Cerca están. Los dioses te defenderán Mientra yo libre seré, Lo demas yo callaré Para agora.
_Cor._ Baste, baste, mi señora, Ya no más tanta tristeza, ¿Por qué empleas la crueza Contra tí? Vamos como van aquí, No turbemos la alegría, Tal el gesto cual el dia Ha de ser. Y trabaja en contrahacer Alegría de alegrar, Pues tú sola me has de dar Alegría. Tal cual veis fué en este dia Esta dama tan penada, Cuanto fué disimulada Á la vista. Iba entre alegre y trista, Contrahaciendo al natural; Como quien saca d’un mal Un provecho, Sacó risa del despecho Por mostrar alegre cara, Que no hay quien la juzgára Ser fingida. Fué Casandra tan sabida, Como era sin igual, Venció el arte al natural Y cantó: Si ventura no se muda, Las señales Claro muestran nuestros males. Veo cursos inhumanos, Contra Troya muy irados, Cuanto veo descuidados De creerme los troyanos. Si no se vuelven humanos, Las señales Claro muestran nuestros males.
Aquí salen Enéas y Crehusa, su mujer:
Salió Crehusa, Tal que nadi la rehusa De hacelle acatamiento, Que real merescimiento Merescia. Como esmalte parecia La real sangre de Enéas, Que una dea entre estas deas Pareció. Y unos nublos que sacó Broslados sobre su manto; Á Casandra puso espanto Con razon. Pues esta triste invincion, Un sol que sacó nublaba, Y entre los nublos mostraba Algun claror. ¡Ay Crehusa, gran temor Estos nublos me han puesto! ¿Cómo saliste con esto, Qu’es agüero De algun caso venidero Que señala una traicion? ¡Oh Casandra,! mi intincion Ninguna fué, Sueño es esto que ensoñé, Desta linda montería, Y ensoñaba que traia Este manto; Parescióme bien, y tanto Cuanto temes ser verdad, Pues que no fué vanidad Mi soñar. Crehusa, quiero declarar Lo que tu invincion declara, Ese sol que no se aclara Es nuestro Rey, Que ni lealtad ni ley Dos troyanos le ternán, Su claror le nublarán A gran traicion. Venderánle su Illion, Qu’es su Troya tan nombrada, Y entrará la griega armada Con gran fuego. Que ni lágrimas ni ruego Este fuego amatará, Que en ser griego quemará Toda Troya. Basta ya, que no nos oya Tu Enéas y Antenor, Que han perdido la color De sus caras; Debe ser porque declaras, Casandra, esta perdicion, Muda de conversacion, Pon esperanza, Que tras fortuna hay bonanza, Pues se suele ella mudar. Por tal plática atajar, Dixo Enéas. ¡Oh Crehusa! nada creas Desto que Casandra dice, Pues fortuna contradice Y se muda. Casandra paróse muda, y Antenor jamas habló, y Corebbo atravesó Contra Enéas. Tú no hables cosas feas, Que no son de caballero, Mi amor muy verdadero Es tan leal, Que si te sufro hablar mal De Casandra, mi señora, Mi lengua será traidora Si yo callo. Enéas quiso vengallo, Que su gesto lo decia, Pero tuvo cortesía A las damas, Cuyas honras, cuyas famas, Han de ser muy acatadas, Servidas y muy amadas, Aunque son Crueles de condicion. De Corebbo paresció Que fué ley lo que él habló, Y él callar De Enéas quiso mostrar, Que en su caso el sufrimiento Es gran dón de entendimiento Y cordura. Fué vestido en su ventura, Enéas en este dia, Que de tornasol traia Un vestido. Naturalmente ha salido De colores variando, Que quien males va pensando Va alterado. Que la fuerza del cuidado De la mala inclinacion, Va alterando el corazon, Y la cara A veces blanca la para, Y á veces muy colorada, Y á ratos mortificada Muy cetrina; Segun l’ánimo se inclina, Tal el gesto se nos muestra, Porque en él está la muestra Como en paño. Que temor y amor y engaño, Ó vergüenza ó corrimiento, Ó traicion ó descontento Veis en él. La invincion fué muy cruel, Que lo más que se mostraban, Fuego y sangre señalaban Sus vislumbres. Qu’él vestir y las costumbres Muy conformes siempre van; Pues traia este galan Unas Y griegas. ¡Oh troyanas gentes ciegas! En los casos venideros Invinciones son agüeros A las veces. Veis por haces y en enveses, En vestidos y invinciones, Vuestras claras prediciones A la clara, Que Casandra las declara, Y no las quereis creer; Víspera está de perder La ceguedad. Cantad, señora, cantad, Dixo Casandra á Crehusa, Que Enéas no rehusa De oiros. Esto no quiero deciros De qué modo os huirá, Que la noche lo dirá Que yo sé. Crehusa no le dió fe, Porque Enéas se lo dixo, Que jamas le contradijo Por hacer El oficio de mujer, Y cantó con un cantar Que no siendo de alegrar Alegró: Contra ventura No se ha de buscar placer Que poco tura. Muy mal se puede alegrar Quien con el cielo está en guerra, Qu’el placer no está en la tierra, Pues que no suele turar. No sé reir, sino llorar Contra ventura, Que pesar es el placer Que poco tura.
Aquí salen el rey Priamo y la reina Hecuba, su mujer.