Letras Obras Completas Vol. VIII
Part 9
...A acompañar a Nogales si fuí. Yo no le vi nunca. No fuí amigo personal suyo. Mas aparte de que era un compañero en _La Nación_, tenía todas mis simpatías por lo noble de su espíritu, por lo caballeresco de su manera, por lo castizo, por lo elegante y lo sensitivo. Luego, en medio de la comedia literaria, era un sincero, decía con claridad y franqueza su sentir y su pensar, y daba a cada cual lo suyo. Por eso creo que a su entierro, si concurrieron algunos hombres de letras y hombres de gloria, faltaron tales o cuales rozados por las firmes verecundias de Nogales.
...La procesión iba triste y lentamente, precedida por el fúnebre carro modesto, sin una sola corona. Vi en la concurrencia a Moret, a Canalejas, a Galdós y a Blasco Ibáñez, a Moya y a Castrovido, a Querol y a Benlliure. Yo iba en compañía de Valle-Inclán y de Antonio Palomero. Y hablábamos de la triste vida de las letras, de la terrible vida del periodismo, del _vicio_ de la publicidad. Una vez que se ha probado de ella, ¡hasta el fin! Raros son los casos de liberación. He ahí un hombre que vivía relativamente feliz en provincia y quien, si le hubiese faltado un poco de talento, habría tenido algo más de existencia, exenta de luchas y de afanes. Según sé, poseía algunas tierras, y cultivaba las bellas letras en los periódicos de su región, gratamente. Pero ganó un día un premio en el concurso de cuentos promovido por un diario de la Corte, y a la Corte se vino lleno de ilusiones. ¿A qué? A afianzar su renombre literario, a hacer labor de periodista, sin dejar de ser lo que fué: un artista y un talento literario de primer orden. Esos artículos que aquí, a la francesa, llaman crónicas, y que son vistos aun por muchos que los escriben, como cosa de poca monta, como producción del instante y para el olvido, tuvieron en él un buen obrero que dejó mucho de valor antológico. Mas el cuento fué su trabajo preferido y aquel en que mayormente se hicieron notar su imaginación bizarra y su don de buen lenguaje y su culto de la tradición castiza. Su prosa era sana y fluida, quizá oliente todavía al terruño provincial y nativo; y si atavismos buscárais, habría que dar el gran salto hacia Grecia, de donde parecía traer su pasión de luz y de prosa marmórea el que pudiera ser considerado a través de tiempo y espacio un español homérida.
Dicen los que le trataron íntimamente que era de humor jovial y de carácter íntegro y generoso. Aún en las penas de la enfermedad parece que guardaba sus sonrisas. Y eso que, antes de la gravedad que le llevó al cementerio, padeció la pérdida de la vista, y para cumplir sus compromisos con los periódicos en donde trabajaba, se ponía a dictar miltonianamente, a una bella y joven hija suya, sus juicios y sus fabulaciones.
Si el sepulcro es la paz, paz tenga inacabable el compañero que ha partido.
MARIANO DE CÁVIA
El Ayuntamiento de Zaragoza, «la heroica», ha acordado rendir un homenaje de admiración a Mariano de Cávia, porque si no lo sabéis, sabedlo: Mariano de Cávia es aragonés como la virgen del Pilar y como la jota.
La noticia de ese homenaje ha tenido en toda España la mejor acogida y se ha aplaudido con todo entusiasmo. Mariano es muy admirado y muy querido. Se juntan en su caso las dos cosas del verso de Musset:
Être admiré n’est rien: l’affaire est d’être aimé.
Es el caso rarísimo de un hombre de talento sin enemigos. A través de la política, en su faena de periodista ha pasado sonriendo sin que le hayan rasgado las carnes los garfios salientes de los zarzales de los partidos. Siempre ha estado al alcance de su pensamiento una idea generosa que su pluma ha servido con buen humor y con gallardía. Su estilo ameno, ductil y elegante, es la transposición de su persona. Su cultura es varia y su don de oportunidad incomparable.
«Es único--dice _El Imparcial_--. Humanista y culto, a la manera de hombres insignes del siglo XVII y de muy contados de días posteriores, trajo al periodismo español, en pleno fragor de luchas políticas, una renovación de orientaciones y de ambiente. Su humorismo, castizamente español, burlón sin encono, ridiculizador sin acritudes, no tiene en el periodismo español más precedente ni semejante que el de _Fígaro_.»
Algunas veces se notará en su prosa cierta acidez, pero ella no es dañosa ni aun para aquellos a quienes va destinada. Es una acidez de manzana, de fruto sabroso. Tan castizos como él hay pocos, y, sin embargo, aparece libre de la hiperlogia española, de la elocuencia. Su discurrir es culto al propio tiempo que sencillo; en él va la alusión para los refinados, la reminiscencia para el erudito y la frase llana para el pueblo. Es el perfecto periodista.
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Ya he dicho en otra ocasión mi pensar respecto a eso del periodismo. Hoy y siempre, un periodista y un escritor se han de confundir. La mayor parte de los fragmentarios son periodistas. ¡Y tantos otros! Séneca es un periodista. Montaigne y de Maistre son periodistas, en un amplio sentido de la palabra. Todos los observadores y comentadores de la vida han sido periodistas. Ahora, si os referís simplemente a la parte mecánica del oficio moderno, quedaríamos en que tan sólo merecerían el nombre de periodistas los reporters comerciales, los de los sucesos diarios, y hasta éstos pueden ser muy bien escritores que hagan sobre un asunto árido una página interesante, con su gracia de estilo y su buen por qué de filosofía. Hay editoriales políticos escritos por hombres de reflexión y de vuelo, que son verdaderos capítulos de obras fundamentales--y eso pasa.
Hay crónicas, descripciones de fiestas o ceremoniales, escritas por reporters que son artistas, las cuales aisladamente tendrían cabida en libros antológicos, y eso pasa. El periodista que escribe con amor lo que escribe no es sino un escritor como otro cualquiera. Solamente merece la indiferencia y el olvido aquel que premeditadamente se propone escribir para el instante palabras sin lastre e ideas sin sangre. Muy hermosos y muy útiles y muy valiosos volúmenes podrían formarse con entresacar de las colecciones de los periódicos la producción escogida y selecta de muchos considerados como simples periodistas.
Cávia, de quien apenas si se ha publicado alguna que otra pequeña selección de artículos, ha tratado en los suyos de _omnia re scibilli_, de letras, de arte, de poesía, de ciencia y, sobre todo, de cosa pública, dando a cada cual lo suyo, haciendo siempre justicia, una justicia sonriente, un si es no es campechana, no sin mostrar cuando el caso lo ha requerido, que sus abejas productoras de muy sabrosa miel tienen un agudo y eficaz aguijón, que, como él diría, «hace pupa». Como clásicas han quedado sus famosas revistas de toros. Nadie como él para narrar las peripecias pintorescas de la lidia; nadie como él para conocer la calidad de un torero.
Por largo tiempo fué el Homero alerta, y con un buen par de ojos, del coso. Sin abusar del especial tecnicismo que convierte algunas páginas de esos artículos en jergas erizadas para el no ducho, sabía contarlo y calificarlo todo con insuperable gracejo; y en sus revistas aparecían siempre, sin arrastrarlos, sin forzarlos, el asunto de actualidad, la nota del día, el hecho culminante, en una aplicación que ni de intento. Dejó la literatura torera y se aplicó a esas sus impresiones del día, comento de sucedidos y magistrales improvisaciones. Aunque en él no haya nada improvisado, a pesar de las exigencias del periódico, porque bien nutrido como está, bien pertrechado en toda suerte de disciplinas, siempre encuentra para toda circunstancia la anécdota aplicable, la cita precisa, el recuerdo a propósito, el refrán irremplazable, el verso o la frase en castellano o en cualquier idioma vivo o muerto. El inglés, el francés, el italiano, el portugués, los conoce perfectamente. En cuanto al latín no sé si le conoce, pero sí que, como Sarmiento, si no sabe latín sabe latines.
¿Tiene una filosofía? Quizá la tenga guardada en alguna gaveta de su mesa de trabajo. Sólo sé que en él no han hecho mella ninguna de las importadas modas de pensar que han sido tan sonadas en estos últimos tiempos. ¿Tiene una religión? También lo ignoro; pero sí sé que está en excelentes relaciones con su paisana la Pilarica. Ateo, no es ni escéptico ni pesimista. Jamás se ha burlado de un culto ni se ha encarnizado contra ningún presbítero, ulema, pastor o rabino. Cree que todavía no es de mal gusto amar a la patria y sentir entusiasmo por sus glorias al soñar en su engrandecimiento. Es uno de los pocos que no dejan decaer las esperanzas de Juan Español. Es un fiel discípulo de nuestro Maestro Don Miguel de Cervantes y tiene afectos y ternuras para nuestro Señor Don Quijote de la Mancha.
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Por su don de comprensión es menester alabarle. Los limitados, los retraídos, aunque sean dotados de fortaleza, no gustan de los que en todo tienen la facultad de discernir. Mariano lleva su alegre discreción a todas partes y nada le es extraño, desde la teología hasta la gramática. Tiene sus caprichos. Un día, para indicar ciertas reformas urgentes, anuncia que el museo del Prado se ha quemado, y hasta después de irlo a ver la gente no se fija en el doble sentido de la ocurrencia. Otra ocasión, recientemente, se le antoja que debe rechazarse la palabra inglesa _foot-boll_, ser sustituída por una de su composición, «balompié». Y la gente, en su mayor parte, le hace caso a Mariano y comienza a decir y a escribir «balompié».
Ha escrito versos en francés, bien hechos; no sé si en latín, pero ciertamente en castellano como estos con que me obsequió en _El Imparcial_, cuando la aparición de mis _Cantos de Vida y Esperanza_, en tercetos monorrimos que compuso al modo litúrgico:
RAPSODIA
Ven, oh, musa de Rubén, Ven a refrescar mi sien, O a encenderla en llamas cien. Que así eres aura sutil O tienes con rayos mil, Visión fiera o flor de abril. Ya de vida y esperanza, Ya de erótica añoranza, Ya de plácida bonanza Son tus cantos. Mas también Haces plañir a Rubén Trenos de Jerusalén. Cuando presagia el fatal Fin del América austral Presa del Nemrod boreal. No por el Mañana llores Mientras el Hoy te da amores, Risas, brisas, flores loores. Cantando al Cisne de Leda Con rima grácil y leda Contenta tu ánima queda, Musa andante de Rubén, Que el americano Edén Truecas por el parisién. Otrora algo de tu sol Buscas en el arrebol Del horizonte español. Rezas ante Don Quijote, Para que dé nuevo brote De vida al Reino del Zote, Y ante el recuerdo de Goya, En vez del «Aquí fué Troya», Nos brindas fúlgida joya. Para lo bello y el Bien, ¡Vive, oh, Musa de Rubén, Por siempre jamás, amén!
No ha sido hostil como otros para los nuevos poetas; pero sí ha sido y es implacable para los poetas malos; nuevos y viejos. Una cualidad habrá que reconocerle entre todas, y es ella la distinción. Es algo de abolengo. Su estilo, aun cuando emplee términos del pueblo y trate de tópicos ultramodernos, siempre es de capa y espada. Quevedo en el bulevar, como antes le llamara. Como todo el mundo, claro que ha sufrido; pero con un supremo estoicismo: no ha mostrado nunca sus quebrantos; y, a la japonesa, ha opuesto siempre al duelo su sonrisa.
Mariano ha creado unas «marionetas» que le sirven de intérprete de sus opiniones y de sus críticas, de vez en cuando. Madame de la Pilongue, una francesa importada que vale por tres; el profesor Humbugman, de la Universidad de Pluncake; Don Vicente de la Recua, Barón de la Reata, suelen representar sus oportunos papeles en el pasar de los cotidianos acontecimientos. También ha resucitado por su influjo otro personaje, creación de uno de los que él considera como precursores y maestros, el perínclito don Patricio Buena Fe, que no deja de parecemos un poco fuera de su centro y otro poco _Falot_, en esta época de autos, aviación y demás cosas precursoras del Antecristo...
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Ahora se trata de cuál sea la forma más indicada para rendir el homenaje. Hay un nombre célebre, una vida generosa y treinta y tantos años de labor. Por de pronto, está muy bien la lápida en la casa donde nació. Ahora estará muy bien pensar en darle la casa donde muera. Mariano ha sido la cigarra del periodismo. Ha desdeñado la intriga y la cábala, no ha querido ser más que un hombre de pluma y de libertad y no ha solicitado los que para él hubieran sido fáciles honores y prebendas. Ha sido un trabajador formidable en su temperamento acerado y hoy está tan vigoroso de intelecto como antaño. Pero ¡qué diablos! Uno no es de granito, y un día llega en que el cerebro necesita reposo, en que de las batallas del espíritu se sale quebrantado, aunque uno las gane. Y para los soldados del pensamiento no hay cuartel de inválidos. Dígalo el Mariscal Zorrilla, cuya corona de platería anduvo, en la ancianidad del glorioso, en una casa de empeño...
Pide la Prensa que Cávia entre a la Academia. La honra es merecida; pero no es Mariano para ir a sentarse gravemente a su sillón en la terrible tarea de cocinar el diccionario. A menos que haga lo que Anatole France en la Academia Francesa: no ir nunca a las sesiones. No veo yo a Mariano discutiendo un vocablo con el señor Cotarelo, o con el padre Mir. Mas si ello ha de ser, preparémonos a saborear el que será exquisito discurso de recepción del Benjamín de los inmortales españoles. Aunque ha hecho y hace más por el idioma desde las columnas de su periódico que lo que hacer podría entre los conservadores oficiales.
Y todo eso estará muy bien; pero estamos en el tiempo de ser prácticos. Hay que ser como los ingleses. El esfuerzo y la gloria son un valor que se cotiza. No a todos ha de tocar el premio Nobel; y los homenajes positivos son los más preciados homenajes. Cierto es que _El Imparcial_ ha apoyado y apoya eficazmente a ese escritor que le ha dado lo mejor del jugo de su cerebro; mas no se trata de algo que deba hacer _El Imparcial_ solo, sino toda la prensa y los poderes que ella mueva.
Que se haga, pues, algo que valga la pena, algo fundamental y algo contante y sonante. Y que se haga pronto, ahora que Mariano está todavía joven. No pase como lo que cuentan de cierto militar español, que cuando, ya viejo, le llevaban su sueldo de Capitán General, exclamaba:
--¿Y ahora para qué? ¡Si me hubiesen dado esto cuando yo era teniente...!
MANUEL S. PICHARDO
Cuando se habla de la Isla de Cuba como país lírico, en Francia se recuerda al «conquistador» José María de Heredia, y en España a aquella exuberante y hermosa musa que se llamó Gertrudis Gómez de Avellaneda en el tiempo apasionado y sonoro del romanticismo.
En mi primaveral adolescencia era ya Cuba para mí una tierra de poesía. La «Perla de las Antillas» era en verdad una inmensa y maravillosa perla, llena de mansiones ilusorias y de paisajes de encanto, como los paisajes de las _Mil y una noches_ que el prestigioso verbo del Dr. Mardrus nos ha hecho conocer. Yo he tenido el amor de las islas, y entre todas Ceylán y Cuba me han atraído como dos soberbias mujeres; la una perfumada de las más finas canelas, la otra olorosa a rosas y jazmines. En pasados tiempos conocí a dos peregrinos que aumentaron mi entusiasmo. Era el uno un poeta rubio, bizarro y caballeresco, que recorría nuestro continente en una jira de leyenda, diciendo versos de amor y de patria, conquistando simpatías para la causa de la libertad cubana y damas para sus apetitos sentimentales y voluptuosos de don Juan errante. Se llamaba José Joaquín Palma. Era quien había escrito ciertos versos que, encontrados entre los papeles de Olegario Andrade, fueron publicados como del autor de la _Atlántida_, rectificándose luego la equivocación.
El otro era un fogoso y armonioso orador, que en los intermedios de sus bravas campañas patrióticas decía rimas de pasión y cuentos de ensueños en los salones donde era su palabra un atractivo y un hechizo. Se llamaba Antonio Zambrana. Ambos me hablaban de las dulzuras de su tierra, de sus mujeres incomparables y de sus nidos de amor. Me llegaba un aroma de bosques de la Isla de las Islas, un aroma de bosques entre ruidos de mar. Soñaba con las maravillas de un suelo lleno de vida bajo un cielo todo azul lleno de sol. Y era la visión de jardines deliciosamente criollos, exacervantes de olores, sonoros de arrullos de paloma, de cantos de pájaros, del revolar de las milanesianas cimarronzuelas de rojos pies... Y, como en Oriente, calcadas en el zafiro del celeste fondo, «las palmas ¡ay! las palmas deliciosas» que hicieron suspirar a Heredia el castellano, nostálgico de ellas junto a la catarata yanqui.
Soñaba yo con la Habana como con una capital de placer y de deleite. Una decoración extraña y pintorescas fortalezas sobre las olas, playas adornadas de árboles y flores del trópico; calesas en que iban marquesas blancas de grandes ojeras; criados negros, terribles y fieles; elegancias europeas en un ambiente tibio de pereza sensual, y, sobre todo, una cálida gracia que embargaría los sentidos y haría ensoñar de tal manera que se sentiría pasar la vida como una onda de miel y una caricia de seda. Y mi adolescencia se estremecía ante tantas imaginaciones.
Yo decía: Amar allá en Cuba debe ser amar. Decía: El gozo en Cuba debe ser un multiplicado gozo. Y sentía como el sabor de un beso de rara sulamita, con un algo de azúcares de níspero, de ámbar, y de la miel y de la leche que regocijaron el paladar del querido colega, del perfecto enamorado lírico que se llamaba Salomón.
Muchos años pasaron y pude por fin estar unas horas--las que el vapor me permitía--en tierra cubana. No tuve tiempo de verificar mi ensueño antiguo. Esas horas las pasé entre poetas y almas generosas que me manifestaron su confraternidad y su cariño en un banquete inolvidable. Entreví, sí, jardines, elegancias, ardientes poemas de carne, ojos milagrosos. Y con los poetas, entre tanta vida, la única visita que pude hacer fué a la Muerte. Ciertamente--el motivo no lo recuerdo--nos dirigimos al cementerio, en aquel día un tanto opaco, con otros amigos, Kostia el perspicuo, Hernández Miyares, cuya gentil arrogancia se arregla muy bien con su amabilidad cordial; Raoul Cay, aquel _charmant_ Raoul en cuya casa bebimos un té digno de Confucio y nos vestimos de mandarines chinos con espléndidos trajes auténticos, mientras en el salón el General Lachambre hacía la corte a la soberbia María, hoy su respetable viuda; Julián del Casal, atormentado y visionario como Nerval, todo hecho un panal de dolor, un acerico de penas, ya con algo de ultratumba en las extrañas pupilas, y que hoy reposa en la paz y en la gloria que merecieron su corazón de niño desventurado y sus versos de hondo y exquisito príncipe de melancolías; Pichardo, el que es hoy laureado poeta de la Isla, y yo.
Tengo presente que íbamos conversadores y que retornamos menos locuaces y con alguna vaga tristeza. ¿Es que comprendimos que la visita debía ser pronto pagada?... Poco tiempo después llegó la Misteriosa, en su carro negro, a casa de nuestro pobre Julián.
Y fué en esa tarde de la visita al cementerio, como en las horas del ágape amistoso, cuando por primera vez comuniqué con el alma poética de Manuel Serafín Pichardo--a quien su pueblo aclama entre los primeros--pudiendo apreciarle entre los vinos y las rosas, y junto a los cipreses. Desde esa época «ha pasado mucha agua bajo los puentes». El destino nos ha llevado a unos a un punto, o otros a otro. Con el poeta que acaba de ser moralmente coronado por su patria, nos hemos encontrado, al azar de la vida, una noche, en un teatro de Madrid, creo que en una representación de Réjane. Cambiamos unas palabras y no nos hemos vuelto a ver. Hoy le escribo estas para su libro de versos. Lo hago con sincero placer, a pesar de una preocupación que ya raya en mí en supersticiosa: casi todo pórtico que he levantado a la fábrica intelectual de un amigo, me ha caído encima...
Me encantan los versos de Pichardo, antes que todo, porque no veo en él a un fanático de escuelas, o maniático de maneras. No se propone enseñar, ni ponerse los hábitos apolillados de fray Luis de León, o los casacones de Quintana, ni entablar ningún flirt con mis pasadas princesas azules... Menos se propone componer el mundo; por lo cual le felicito de todo corazón, no viendo la necesidad absoluta de que todos nos dediquemos a la carrera de apóstol. Bellamente, noblemente, gallardamente, expresa el poeta sus pensares y sentires en ritmos varios, y en veces veréis en él reminiscencias clásicas, en veces, sobre el modo moderno, escucharéis muy sutiles melodías, rapsodias elegantes y tal cual sonata sentimental chopinizada a la luz de la bella luna de su patria.
A este noble poeta no le pueden acusar de no cantar las cosas de su tierra. Patriótico, familiar, o pintor de caracteres, almas y paisajes, ha escrito poesías que son productos cubanos genuínos, autóctonos. Yo no sé de versos más hermosamente gráficos que ese _Danzón_ que exterioriza todo el picante de la molicie lujuriosa, al mismo tiempo que transciende al perfume del corazón del terruño; relentes de Africa, atavismos voluptuosos, ecos de legendarios ingenios, noches de libertad jocunda, aguardiente fuerte y caña dulce y labios rojos.
El poeta va a España y allí sufre la tentación de todo artista. Allá ha de producir cincelados sonetos castellanos _à l’instar_ de las labradas orfebrerías de Gautier; ha de externar su espíritu de adorador de hermosas visiones en poemas que se demuestran sentidos y brotados espontáneamente, con el influjo de ese soplo arcano que ha producido en el mundo tantas maravillas y que antes se llamaba «inspiración». Si el calificativo se usase todavía, podría decirse de este autor que es un lírico verdaderamente inspirado.
Tiene en su rica colección una parte fúnebre que podríamos llamar la loggia de los duelos. Allí están los afectuosos cenotafios, los «mármoles negros», las urnas votivas, las lápidas recordatorias, los conceptos consagrados a seres admirados o amados que han desaparecido en la eternidad. No puedo menos que señalar los versos que dedica a Julián del Casal, al triste Julián del Casal, a quien yo también amé mucho, pagando así la más pura de las admiraciones y el más sincero de los afectos.
Hay en este volumen poemas de dolor, ecos de desgarraduras, crujidos de fibras y de entrañas, lamentos lanzados al choque de la vida. Tal lo que se contiene en «La copa amarga». Hay otros poemas de entusiasmo, de impresiones literarias--algunas no muy de mi predilección, como los afamados versos «A Rostand»--en que no dejan de manifestarse siempre la bizarría, el bello gesto del esparcidor de flores o del portapalma que se acerca a decorar el altar de su ídolo o el simulacro de su dios. En ocasiones es escultórico, y más de una vez sus composiciones hacen recordar la dignidad métrica de su semipaisano Heredia el francés.
La poesía doméstica que ha tentado a Pichardo es para mí cosa peregrina y extraña. No porque la considere ingenua, _arrierée_ y a la papá, sino porque juzgo poco a sus anchas a las nueve musas para danzar libremente ante los lares... Y eso que el portentoso Hugo las hizo hacer las más lindas evoluciones en _El Arte de ser abuelo_. Con todo, ¡los niños tienen tan frescas sonrisas y tan claras miradas! ¡Y Pichardo las ha interpretado tan hondamente!
Otra cosa es la canción galante que este poeta cultiva y prefiere y la cual vuela libre y atrevida como una abeja. Abeja que en este caso tiene mucho en donde revolar y en donde posarse en esa tierra de Cuba, florecida de beldades, y en donde hay tanto
Tipo oriental, nívea tez Y el endrino pelo en haz...