Letras Obras Completas Vol. VIII
Part 8
Sobre el movimiento literario contemporáneo francés tuvo ciertas expansiones, hace algún tiempo, con un escritor que fué a conversar con él a ese respecto. Creo que Mendès vivía en ese tiempo en la calle Boccador, frente a la Legación de Nicaragua. El visitante pinta su gabinete de trabajo, lleno de libros, y en el que resalta, dignamente enmarcado, un autógrafo de Hugo, «La siesta» de _El arte de ser abuelo_. Y habla del poeta, que se presenta sonriente y casi joven:
«M. Mendès ha visto morir el romanticismo, desenvolverse los destinos del Parnaso, nacer y morir el simbolismo; pero los años no le pasan, sobrevive a todos los naufragios alerta y alegre.»
Y Mendès da su opinión sobre la literatura francesa contemporánea. Para él no hay nada nuevo. Por otra parte, que se lea su «Rapport sur la Poesie». Con justicia se sulfura contra las escuelas. ¿Acaso había antes escuelas?, dice. «Hugo siempre negó haber fundado una escuela; en todos sus prefacios se acordó de protestar. El Parnaso no es tampoco una escuela. Era una agrupación de amigos que se estimaban y que trabajaban juntos; pero nuestras tendencias eran tan poco comunes, que nada se parece menos a la obra de Heredia que la de Coppée, a la de Sully-Prudhomme que la mía...»
Y luego:
«Cada poeta hace su obra como puede, como lo entiende, lo menos mal posible. Eso es todo. La escuela simbolista, la escuela romana, la escuela naturista, grupos sistemáticos y artificiales, ¡qué tontería! ¡Vedlos! Pasan su vida redactando proclamas y olvidan hacer obras.--No hay nada nuevo después de los prefacios de _Cronwell_ y de _Hernani_. Todavía viven de eso todos; los comentan, los discuten, los niegan; pero es alrededor de ellos que se baten.»
Y el poeta se expresa poco amable con las técnicas nuevas. Los poetas jóvenes creen encontrar a cada paso un nuevo camino; pero siempre siguiendo las huellas de sus antecesores.
«Hacen ahora tragedias clásicas. ¿Y por qué? Porque yo he hecho _Medea_. Así se grita: ¡renacimiento clásico! Pero si yo tenía derecho de hacer _Medea_ sin ver en ese asunto más que un motivo interesante de teatro. Entonces, porque he escrito _El hijo de la Estrella_ se deberá clamar: ¡renacimiento bíblico! No. Cada poeta es libre de ir a extraer su inspiración de donde bien le parezca, sin que se pueda interpretar ese esfuerzo particular como una tendencia general. Corneille ha hecho tragedias griegas y tragedias españolas. Todos los asuntos son buenos; sólo el talento del poeta les da valor.»
Y cuenta que un día un amigo de Alejandro Dumas lo invitó a comer, ofreciendo darle «un excelente asunto para una pieza». Dumas fué a la comida, y preguntó a su amigo, que quizá sería el mismo Mendès:--¿Y ese asunto?--Es éste: un joven y una joven quieren casarse; pero el padre no quiere. En efecto, afirma el poeta, con eso hacéis _El Cid_, sólo que depende del modo que esté tratado el asunto.
Tenía sus admiraciones especiales: Rostand, Madame de Noailles. Con todo y no creer en los nuevos poetas, siempre estaba pronto a dar buenos consejos y a alentar a los que a él se acercaban. M. Saint-George de Bouhelier le debe mucho de su renombre.
Y con buenos lustros encima, era un formidable laborioso, pues teniendo a su cargo la crítica teatral de un diario parisiense, y casi la dirección literaria del mismo, tenía tiempo para hacer vida social y escribir dramas, comedias, cuentos, novelas, todo lo imaginable. Su pegaso estaba enyugado, como el de la poesía de Schiller y el del dibujo de Retzsche. Pero, de pronto, quedaba libre, y de un solo lírico impulso se elevaba al azul.
* * * * *
Con motivo de su muerte se han repetido los ataques que la murmuración, con razón o sin ella, propagaban en su contra. Hemos quedado en que nadie es perfecto en la tierra. Los defectos que se le achacan, los pecados que se le critican, los tienen en el mundo infinitos fulanos, sólo que en él si existieron, como parece muy probable, resaltan más al brillo de su talento, al resplandor de su obra, que si no durará ha tenido su triunfo de belleza. Pero a veces la crítica aparta el prestigio de los dones singulares y se empeña en medirlo todo con igual rasero. Poco científico y poco justo. Cartouche no es Benvenuto Cellini, y Soleilland no es César Borgia.
ANTONIO DE ZAYAS
He aquí el poeta más español de todos los que escriben versos en España. De él decía hace algún tiempo: «Poeta diplomático. Es un señor. Continúa la tradición propia; es de la familia de los viejos poetas hidalgos; prendados de noblezas, de prestigios, de heroísmo, de ceremonia. Con todo, su vocabulario, su elegancia decorativa, los saltos libres de su pegaso, le ponen entre los innovadores. A veces, con pensamientos nuevos hace versos antiguos, y con pensamientos antiguos hace versos nuevos. El verso libre en España no ha llegado a la licencia de ciertos versolibristas franceses, con todo y haber escrito Manuel Machado versos libérrimos. Los de Antonio de Zayas son voluntariamente sujetos a un ritmo general que no desentona ni se rompe nunca. En _Paisajes_, los hay magistrales. Hay una oración por el alma de Felipe II, que en cualquier literatura honraría a un poeta; pero que en este caso concentra el alma española, la cristaliza en un diamante verbal sorprendente. Sus sonetos se resienten de heredianos algunos: los escritos en alejandrinos. Los otros siguen la influencia gallarda que nos viene de los grandes sonetistas del siglo de oro: Quevedo y el admirable Góngora.»
A esas afirmaciones, me complazco ahora en agregar otras.
Ese aristócrata--Antonio de Zayas pertenece a la nobleza--, ese hombre de protocolo y ese hombre de mundo, tiene un respeto y una pasión profunda por la dignidad del pensamiento y por la pureza del Arte. Sabe que el ciego Homero tuvo templos como los semidioses y que la lira es un instrumento sagrado aun en la época de los gramófonos y de las pianolas. Con su dignidad gentilicia trata a las musas, y ellas le corresponden con dones preciados y envidiables sonrisas. Tributario de la Diplomacia, peregrino de la Carrera, ha vivido en países extranjeros, en climas ásperos para el hijo de una tierra armoniosa y solar, y su noble pasión por las bellas letras le ha consolado, con la juventud y el amor, en sus horas frígidas y brumosas, pues, como Ovidio, ha podido escribir:
Solus ad egressus missus septempticis Istri Parrhasiae gelido Virginis axe premor.
De esas oficiales peregrinaciones ha habido felices consecuencias poéticas. Los paisajes distintos, las costumbres exóticas, las evocaciones históricas y los espectáculos pintorescos han inspirado a nuestro artista de la palabra preciosas preseas, entre las cuales rítmicos «joyeles bizantinos». Él estuvo en ese Oriente europeo que ha cambiado de pronto al influjo del tiempo nuevo; alcanzó a ver la vida de la Turquía misteriosa y un poco miliunanochesca que han europeizado esos niños y ancianos terribles que se llaman los Jóvenes Turcos. Su saber y su gusto de poeta le hicieron aprovechar del lado bello y peregrino de las cosas. Y en armoniosas y bien sonantes estrofas nos regaló con sus impresiones y sensaciones orientales.
Él lleva consigo su luz y su sol nativos. Así os explicaréis cómo, según nos ha narrado en cierta hermosa página, sus _Paisajes_, esos versos que se dirían impregnados de llama andaluza y de calor castellano, fueron acordados «en las inmediaciones del Círculo Polar Ártico, durante el rigor del invierno, cuando, rodeado de nieve por todas partes y perdida la mirada en los turbios cristales del Melar, contemplaba en lontananza como único límite del horizonte, inmóviles ejércitos de abetos, solemnes como obeliscos funerarios.»
De tal modo su espíritu hizo brotar ardientes rosas bajo toldos de brumas en instantes cimerianos. Sus _Retratos antiguos_, sus _Noches blancas_, su _Leyenda_, son la prueba del constante ingenio y la maestría elegante de un artífice que, consciente y vigoroso, ha adornado su juventud con frescos y bien ganados laureles. Su reciente traducción de la obra poética de Heredia ha aumentado sus prestigios.
Se le ha querido absurdamente afiliar a esta o aquella tendencia literaria; quiénes le hacen seguidor de los clásicos, quiénes le declaran parnasiano, quiénes le bautizan con el absurdo epíteto de modernista. Los primeros se fijan en algunas de sus poesías construídas según los cánones de la poética ortodoxa castellana; los otros en la voluntaria ausencia de todo subjetivismo emocional, en la impasibilidad escultural de tales sonetos; los otros en sus novedades de expresión, en su virtuosismo rítmico. Él es simplemente un poeta, un artista del verbo; sincero, de conciencia, y como tal capaz de contradicciones en el proceso de su evolución mental, y en lo que no ataña a las ideas primordiales. Es un admirable evocador de figuras y escenarios del pasado. Hay en él como la herencia de una visión ancestral. Su énfasis es atávico, así como su buen gusto y sus aptitudes de aristócrata. Y no es un refinado hasta el límite decadente como el francés Montesquiou-Fesenzac, sino el descendiente de los viejos poetas españoles que a un tiempo amaban la lira y las máscaras, el arcabuz y la espada de Toledo.
Viajero y políglota, ha procurado siempre alejarse de toda heterodoxia de lenguaje, de ser en todo y por todo de su tierra. Y su misma simpatía por Heredia, tiene de seguro por razón el abolengo intelectual y familiar del sonetista franco-cubano, que tuvo ascendientes conquistadores como el bizarro don Pedro, fundador de Cartagena de Indias.
No soy yo amigo de las traducciones en verso. Un poeta es intraducible. Si el traductor es otro poeta, hará obra propia. El canto del poeta extranjero no será comprendido sino por los que entienden su música original. Con todo, alabo la traducción que Antonio de Zayas ha hecho de la obra herediana, porque ha dado a España la poesía de un poeta que tenía mucho en su espíritu de español; porque ha realizado su labor con nobleza y mucho conocimiento, y porque parece en ocasiones que, al ser refundida y troquelada con la alianza del metal castellano, vibrase más sonora la medalla francesa.
Lleno de distinción, verboso--¡como que posee, signo de raza, el don oratorio!--amable y rebosante de hidalguía, joven, unido a una gentil dama de gran cultura que le ha acompañado en sus viajes y que es encanto de su casa; con títulos de nobleza y ejecutorias de talento; feliz, en lo relativo de este mundo; así vive su lozano vivir este mi buen amigo que acabará sus días, _Deo volente_, embajador y académico entre los hombres, y portalira glorioso premiado por los dioses.
EL CONDE DE LAS NAVAS
Bibliotecario Mayor de S. M. el rey don Alfonso XIII, es el Excelentísimo Señor don Juan Gualberto López Valdemoro y de Quesada, Conde de las Navas. Como otros caballeros de sangre azul, se dedicó a los deportes el conde de las Navas, sin desdeñar los ejercicios de la fuerza y elegancia, pues hasta está en la lista de los nobles que han toreado; se consagró principalmente a la bibliografía, a la erudición, a la literatura. A mí me parece extraño que, aunque relativamente joven, no tenga ya su sillón en la Real Academia de la Lengua. Ha producido ya buen número de libros que le hacen acreedor a tal merecimiento. Conoce su idioma como muy pocos, es un escritor castizo y de tradición. Y por su nombre, su papel social, su cultura y sus vinculaciones, debía estar ya entre los eminentes fabricantes del Diccionario.
Yo le conozco desde hace ya algunos años. Solía encontrarle en la célebre tertulia de D. Juan Valera y en casa de la condesa de Pardo Bazán. Su conversación es tan amena como sus escritos. Su cultura es sólida y su carácter no está agriado de pesimismos, a pesar de haberle coartado su actividad física una penosa dolencia que ha hecho aún más sedentaria su vida de religioso de los libros. Adora a su España, es andaluz y se encanta con la región asturiana, que le ha hecho producir páginas hermosas. «¡Ah! exclama, si yo no hubiese nacido bajo los verdes nopales de Gibralfaro, rezado la primera vez ante el altar de la Virgen de Araceli, y estudiado Derecho romano a la sombra de la torre de los Siete Suelos; si no debiera, en parte, mis pocas felices inspiraciones--si tuve alguna--al elixir del _Tío Pepe_, y si la Reina del Guadalquivir, con su Giralda, que, destacándose sobre el cielo, parece signo de admiración por tanta y tanta grandeza, no me hubiese prohijado más tarde, renegaría de mi tierra para hacerme asturiano y beber en el borde de la herrada el agua cristalina y fría en donde pesca la _lóndriga_ la riquísima trucha, y para dormir la siesta a la sombra «proyectada por el ancho alero del hórreo», siquiera me despertase alguna vez la _fuina_ persiguiendo a los pichones en el palomar cercano».
Mas es un purísimo hijo de Andalucía, y en su obra encontraréis alternados, como pasa en la existencia de esa tierra solar, la alegría y la tristeza andaluzas, ambas intensas y cordiales.
Yo no conozco todas las ya numerosas obras del conde de las Navas, pero algunas que he leído me han procurado momentos de amable solaz, me han conmovido o me han enseñado muchas cosas interesantes, raras, curiosas o divertidas. No ha llegado a mis manos _La docena del fraile_, que se publicó con un prólogo de Carlos Frontaura, jovial escritor cuyo nombre hoy dice poco y es por muchos ignorado, pero que tuvo en su época fama de ingenio fino y despierto. _¡Un infeliz!_ es una novela que se diría romántica si no fuese el estudio observado de la realidad, el trasunto de una vida, expuesta con procedimientos que poco se relacionan con lo moderno y menos con lo que hoy se llama modernista, con sutileza psicológica que nada tiene de bourgetiana, y con una gran penetración de sentimiento en lo que puede haber de más humano y al mismo tiempo de más español.
De más está decir que todavía, cuando publicó López Valdemoro ese libro, no había aparecido aún por estas tierras peninsulares la influencia del más loco y terrible de los filósofos anticristianos, y que, con todo y su cultura universal y variada, es y permanece fiel al espíritu tradicional de su patria y conserva su pensar absolutamente ortodoxo, a pesar de que se siente el estremecimiento de su alma ante el eterno misterio de la vida y de la muerte. _¡Un infeliz!_ el protagonista, es el que, en medio de los humanos lobos, cree en el bien, en la dignidad, en el honor, y, sobre todo, es capaz de amar de veras hasta el sacrificio, hasta el heroísmo, hasta la soñada eternidad. El tipo no es común, pero existe, y, sobre todo, ha existido, principalmente entre estos hidalgos españoles.
En una edición de doscientos cincuenta ejemplares, en papel de hilo, hoy agotada, publicó la primera serie, que no conozco, de sus interesantes _Cosas de España_, la cual primera serie fué escrita en colaboración con D. Manuel R. Zarco del Valle. Trátase en ese volumen, que se imprimió en Sevilla, de varios asuntos: Máscara de los artífices de la platería de México (1621); Entrevista de Carlos I y Francisco I (1538); La fuerza en España; La destreza en España; Don Josef Daza y su arte del Toreo; Los bufones en España y _El tropezón de la risa_. No han llegado a mi conocimiento tampoco su _Chavala_, historia disfrazada de novela; ni _La media docena_, cuentos y fábulas para niños, obra declarada de texto, ni algunas otras de sus producciones. En la segunda serie de _Cosas de España_, que poseo, hay monografías llenas de erudición sabrosa y entretenida.
La que trata del Tabaco, aunque no muy extensa, está escrita con verdadero _amore_ y será leída con agrado especial por los fumadores. (En América hemos tenido, entre otros, dos grandes fumadores delante del Eterno, ambos generales: en la del Norte, el general Grant, y en la del Sur, el general Mitre). Hay muchos datos peregrinos y citas bibliográficas sobre el origen del tabaco y el placer de fumar. Ignoro si mi eminente amigo conoce un librito, o más bien folleto, del cual encontré un ejemplar en uno de mis paseos por los puestos de libros de viejo de los «quais» de París; me refiero al _Traité-Théorique et practique-de-Culotage des pipes-œuvre posthume-de_ CULOT, _librepenseur-Philosophe éphectique-Professeur honoraire de pipe à la Société Œnofine-Membre-de plusieurs Sociétés buvantes-Avec les lumières de M. P. R. fumeur émerite.--Paris.--Etienne Sausset, Libraire Editeur.--Galeries de l’Odéon._ Si no ha leído el conde de las Navas ese opúsculo, y llega a leerlo, su buen humor tendrá un nuevo momento de expansión, pues el francés tiene el verbo ágil y picante y es un ferviente adorador de la «nicotiana tabacum».
Los otros trabajos de la segunda serie de las _Cosas de España_, se refieren a Juan de la Cosa y su Mapa-mundi; a la Noche Buena; a don Fernando Colón--a propósito de las muchas discusiones que ha habido sobre si ese hijo del Almirante fué natural o legítimo--; a las Estatuas; a los Juegos de pelota, y al Robinsón español. En todas esas páginas demuestra el escritor que van iguales su talento de expositor y sus condiciones de «chercheur» y de «curieux».
No han llegado a mi poder los _Cuentos y chascarrillos andaluces_; pero sí he admirado a _La niña Araceli_, y el escenario andaluz en que se mueve su gracia y todo ese vivir de la famosa tierra que aún aman los moros; como me satisfizo _El procurador Yerbabuena_, entre lo cómico y lo amoroso, y _Retama_, el rústico, víctima de lo duro de la suerte, de la universal fatalidad que no conoce lo bueno ni lo malo, lo justo ni lo injusto. _La pelusa_ es una novelita, o, como dicen los franceses, una «nouvelle», y, para seguir con ellos, una «tranche de vie». El argumento se desarrolla en la Corte. Hay en la narración la misma perspicacia y la misma desenvoltura ingeniosa con que el conde ha hecho vivir los personajes y tipos de sus novelas andaluzas.
Otros libros: _La decena_, cuentos y chascarrillos, inventados o recogidos de labios de amigos de buen humor. Literatura de buena digestión y de buena conciencia. _De allende el Pajares_, paisajes y cuentos trasladados e inspirados al amor del cielo y del suelo de Asturias. Yo he pasado algunos veranos en esa región amable y me explico el entusiasmo del autor por tierra tan llena de encantos y atractivos, tierra sonriente en medio de una como natural melancolía y un como flotante ensueño.
Mas una de las fases principales del espíritu del conde de las Navas, es su faz de bibliófilo en el verdadero sentido de la palabra. Él tiene el amor de los libros y frecuenta con asiduidad y cariño esas casas de las ideas. No podría encontrar el rey Alfonso XIII ni sacerdote más fervoroso, ni vigilante más celoso, a quien confiar el santuario intelectual riquísimo que es su Biblioteca. Sabida es la gran importancia de ella y las joyas bibliofílicas que contiene. El conde tiene también su biblioteca particular que, según tengo entendido, es muy digna de sus gustos y de su talento. El afecto a los libros demuestra un alma plácida y un fondo bondadoso. La buena erudición aleja los malos sentimientos. Erasmo, o M. Bergeret, tienen que sernos simpáticos. Además, tened por entendido que un bibliófilo no morirá nunca aplastado por un 40 HP, o despedido por un aeroplano. Pocos, poquísimos dice López Valdemoro en una parte de su tratado _De libros_, son los verdaderos bibliófilos que aman el libro en alma y cuerpo, por lo que dice, por su rareza en el mercado y por la buena ropa con que aparece vestido. Si a este propósito se preguntara a don Francisco Rodríguez Marín: «Después de las de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, ¿con qué gran pérdida nacional cree usted que se cerró la lista de nuestro inmenso despojo?», me atrevo a asegurar que el ilustre escritor sevillano respondería inmediatamente: «Con la venta de la magnífica biblioteca del marqués de Xerez de los Caballeros». Al poner el conde de las Navas tal respuesta en boca del señor Rodríguez Marín, deja ver que él habría contestado en igual caso la misma cosa. Él ha escrito sobre los amigos y enemigos del libro--hombres, mujeres e insectos...--; sobre las erratas, de las cuales cita celebérrimas; sobre el tamaño del libro; sobre los libros españoles de sastrería; sobre el plan de un libro que se propone escribir respecto al vino; sobre la venta de libros con dedicatorias autógrafas; sobre el arte de la encuadernación, y sobre otras semejantes disciplinas.
Y en todo lo suyo encontraréis claridad, elegancia, nobleza, gracia oportuna, documentado saber. Lo que él os diga, tened por sabido que no lo encontraréis en las fáciles y usuales enciclopedias. ¡Por Dios! Ha escrito sobre las gallinas, y para ello ha consultado ciento catorce obras impresas y nueve manuscritos.
Recientemente hizo un viaje a Lourdes y publicó sus _Impresiones de un incurable_. Esas impresiones son las de un cristiano sincero, las de un católico prudente. Él ha leído todo lo que a Lourdes se refiere, desde Lasserre hasta Zola, desde el abate Archelet hasta el doctor Baraduc, desde el P. Camboné hasta Huysmans, Gourmont y tantos otros, creyentes o ateos. Él cree en el poder de la fe y en la especialidad del milagro, y _sabía_ que él, en su peregrinación, no alcanzaría la curación como otros. Él no es fanático; mas escucha en veces a la ciencia misma, decir por boca de sabios como Ramón y Cajal: «A despecho de los inmensos progresos acumulados en el pasado siglo, la fisiología cerebral del entendimiento y de la voluntad, continúan siendo el enigma de los enigmas... por mucho que se descubra no se llegará a contemplar objetivamente el pensamiento, ni se averiguará por qué un movimiento en lo objetivo resulta una percepción en lo subjetivo».
Del conde de las Navas han dicho: Picón, «que tiene un estilo en que andan mezcladas por partes iguales la corrección, la sencillez y la gracia»; el finado P. Blanco García, «que Alarcón hubiera firmado sin escrúpulo algunos cuentos de _La docena del fraile_»; la condesa de Pardo Bazán, le hace notar «su gran riqueza de diccionario»; Le Quesnel, afirma que es «un artiste ciseleur, ou mieux un artiste joaillier qui ne cesse de sertir des perles»--; y de su obra sobre el espectáculo nacional, dicen unos cuantos inmortales que es magistral y merecedora de todo aplauso.
Pero entonces, vuelvo a asombrarme: ¿Por qué no ocupa el sillón que de derecho le corresponde en la Real Academia Española, el Excelentísimo señor don Juan Gualberto López Valdemoro, conde de las Navas y Bibliotecario Mayor del Rey don Alfonso XIII?
JOSÉ NOGALES
Vea usted qué tarde más triste, qué tarde más gris--me dice el pintor burgalés Santa María, tan gentil y talentoso;--el gris de las tumbas es el mismo del cielo.
Así era. Salíamos del cementerio de Nuestra Señora de la Almudena; acabábamos de dejar bajo la tierra al poeta y escritor José Nogales. Y había una tristeza muy grande en el ambiente, en todas las cosas. Nada más lleno de la ceniza del otoño y de la pena del otoño que esta tarde. Yo no voy casi nunca a entierros. Padezco la fobia de la muerte y desde mi niñez me emponzoñó el terror católico. Quizás en la antigua Grecia, habría acompañado con cantos alegres y con flores, los despojos de un amigo. Mas ya en mis primeros años me poseyó el espanto de la Desnarigada.
Recuerdo que en la ciudad nicaragüense de León, cuando un vecino estaba para expirar, tocaban en los campanarios de las viejas iglesias un son lento y doloroso que infundía pavor, el toque de agonía. Al oirlo, en todas las casas se rezaba, encomendando a Dios el alma del agonizante. Eso ha desaparecido, felizmente. Pero en mi espíritu quedó la huella de tanta temerosa impresión mediœval. Así siempre he procurado no escribir ciertas palabras, no ocuparme en ciertos asuntos y no ir a los entierros.