Letras Obras Completas Vol. VIII
Part 7
El señor Calzado fué el amigo más íntimo de Castelar, y quien, sin alardes de humillante mecenismo, ayudó pecuniariamente al gran orador, en ocasiones en que éste necesitaba de su apoyo. Calzado, rico banquero muy conocido en París, y al propio tiempo persona de superior cultura, ha escogido, entre las muchas cartas que recibiera, las principales.
¿De qué manera--dice en el prólogo--he procedido al ordenar estas cartas? Desde luego he hecho poco uso de aquellas cortas circulares que me enviaba Castelar periódicamente, al mismo tiempo que a otros cuatro amigos, las cuales dictaba a su secretario para que sacase copias de ellas. Doy preferencia a las íntimas, porque reflejan idénticos pensamientos con mayor espontaneidad y abandono, bien que ofrezcan el peligro de hacerme parecer inmodesto, aceptando elogios inmerecidos y expansiones que el lector, con su buen criterio, achacará indudablemente a la parcialidad del amigo. Después he eliminado lo agresivo, lo que, dicho en la intimidad y con el calor y la vehemencia de la lucha, pudiera ofender a muchos que fueron amigos suyos y son sus primeros admiradores. Por el deleznable fin de sazonarle a la curiosidad pública manjares, con la sal y pimienta del escándalo, hubiera faltado a deberes elementales. Tampoco he querido suavizar aquellas frases de ingenio tan peculiares en él, verdaderos zarpazos de león, para convertirlos en vulgares arañazos de gato. Suprimiéndolas sencillamente, si no doy gusto a los aficionados al escándalo, dejo en pie la idea, el concepto, que por faltar un adjetivo o un donaire no pierden su razón y su virtualidad.»
El compilador, respecto a las necesidades de aquel grande hombre que cumplió con el deber estético de darse la mejor vida posible, agrega:
«No me he creído con derecho a suprimir lo relativo a sus apuros económicos, porque ponen en relieve su laboriosísima existencia, su trabajo diario de diez horas, y cómo el hombre que ocupó los primeros puestos en la nación murió tan pobre que cuatro amigos tuvieron que pagarle el entierro. ¡Y no fué un entierro nacional, si fueron nacionales el duelo y el quebranto!»
Al leer la correspondencia de Castelar se ve ante todo la facilidad de fuente que había en aquel surtidor de ideas y de cláusulas armoniosas. Castelar en sus cartas, como en sus novelas, como en sus artículos, es el Castelar de los discursos, es siempre el orador. Hace su frase, busca la cadencia y el efecto, redondea su hipérbaton. Así era también en su conversación. Y, a propósito, fué Castelar quien me presentó a su amigo Calzado, una vez que almorzamos en su casa de la calle de Serrano. Otra cosa que se advierte en seguida es la vehemencia meridional en todo, y una facultad de dar en todo, un soplo de lirismo.
Claro que lo que principalmente preocupa al escritor se ve que es la política, y de política tratan la mayor parte de las epístolas. Tanto como la política española dijérase que le interesa la francesa; y se sienten sus protestas, sus enojos, sus críticas, llenas de fogosidad. No queda muy bien Gambetta ante sus juicios. Y cuando Castelar se exalta, no se para en señalar hasta el defecto de ser tuerto.
También resalta el ingenuo y natural orgullo de quien sabía lo que era y lo que valía. Esa águila tiene mucho de pavo real. Y la verdad es que los oros y colores de su estilo brillan lindamente al sol. Hugo tenía también ese conocimiento de lo desmesurado de su genio, y asimismo mostraba su soberanía con sencillez, simplemente, como un león. Y hay que ver el cambio de cumplimientos olímpicos entre el gran francés y el gran español.
Y todo eso estaba perfectamente. Castelar no iba a dirigir sus pomposos elogios a M. Tartampion, ni Víctor Hugo sus inciensos pontificios a Juan de las Viñas.
Otra cosa que advertiréis es el trabajo formidable de aquel cerebro excepcional. Aunque la política le quitase mucho tiempo, él se arreglaba de modo que, mientras había libros suyos en prensa, iban sus larguísimas y profusas correspondencias a Buenos Aires, a Montevideo, a Venezuela, México, a Nueva York, fuera de su colaboración en diarios y revistas europeas. Ganaba mucho dinero, es verdad; puede decirse que nadie aquí ha sacado tanto oro de sus tinteros. Pero gastaba mucho; su vida de gran señor y de hombre de buen gusto le costaba un dineral, y ya habéis visto cómo Calzado cuenta que cuatro amigos tuvieron que pagar su entierro.
Hay en esas cartas opiniones sobre hechos y sobre gentes, sobre arte, vida pública; paisajes rápidos, soñaciones e intenciones de poeta. Escribe en una parte, desde Étretat:
«Tengo el valor de predicar a un poeta prusiano, muy amigo de Bismark, su agente en Roma, que Alemania debe reconciliarse con Francia, como se ha reconciliado con Italia, volviéndole Milán y Venecia. Por consiguiente, debe volver a Francia, Metz y Estraburgo.»
Una tablita:
«Querido Adolfo: Aquí me tienes en la soledad más completa. Frente de mis balcones se extiende el Mediterráneo, que me envía sus frescas y a veces tempestuosas brisas; en torno de la casa una multitud de colinas sombreadas por pinos de Italia, y en cuyas cañadas crecen las higueras, los naranjales y las palmas.»
Política europea:
«Estoy indignado con ese bárbaro zar moscovita. Después de haber echado los pobres servios al campo, todavía los insulta. Después de haber convertido el ejército servio en ejército ruso, todavía escupe por el colmillo. Ayer comí en casa de Layard con tres diputados conservadores del Parlamento inglés. Me dijeron que Alejandro ladra, pero no muerde.»
Un buen párrafo para Gambetta, en Noviembre del 76:
«La campaña de Gambetta me admira más cada día. Es el verdadero talento político que hay en la democracia francesa. Por él, y sólo por él, vivirá la República. Si hoy tengo tiempo te incluiré una carta en español para que se la traduzcas de viva voz al francés, felicitándole y felicitándome por sus triunfos, que son también triunfos de la democracia europea.»
Y en Agosto del 77, refiriéndose a un discurso pronunciado por Gambetta:
«Aunque he dicho a América que me había gustado el discurso de Lila, te digo a ti que no me ha gustado nada. Cada día encuentro a ese mozo más gárrulo y más vacío. Luego, a su altura, no se comprometen los hombres públicos en procesos de imprenta como cualquier pelafustán de baja talla.»
Después, aún hay cosas peores contra Gambetta. Un sabroso párrafo culinario:
«Las últimas chucherías salen de provincias y llegarán antes de dos días. Haced un almuerzo español. Freid las morcillas, asad las longanizas, hervid las batatas de Málaga, coced los blancos de Elda, desgranad las granadas; reunid a todo esto el turrón y luego preguntad dónde se quedan Chevet y Compañía.»
Pues Castelar amaba como pocos los placeres de la mesa. Y ya he hablado en uno de mis libros de ciertas perdices, regalo de la duquesa de Medinaceli, que me hizo saborear aquel hombre glorioso de alma infantil.
JEAN ORTH Y EUGENIO GARZÓN
Jean Orth es sabido que es el archiduque austriaco, de la imperial familia atrida, que, enamorado como un antiguo estudiante romántico, se embarcó un día con la mujer amada en un navío de ignorada suerte. Con rumbo a la buscada Felicidad, se esfumó en el Misterio. Y Eugenio Garzón es el Gaucho Dandy del _Fígaro_ de París, que llegado a Lutecia de su Uruguay nativo, tiró las boleadoras a la Fama, y la llevó de las alas a la _garçonnière_ de la rue de Courcelles, para lanzarla a todas partes, dando buenas nuevas propias y curiosas noticias del archiduque Juan de Habsburgo.
¿El archiduque naufragó? ¿El archiduque ha sido encontrado en el Río de la Plata? ¿El archiduque está en el Japón? Después de leer el buen libro de Garzón sobre Jean Orth, no tenemos la certeza de nada de eso. Quizás esto vale más, pues archiduque encontrado, leyenda acabada; y es siempre mejor que Barbarroja esté en su ignorada gruta, haciendo compañía probablemente a Enoch y a Elías. Y luego, yo creo que Garzón es tan artista que ha dejado escaparse al príncipe hacia su sueño de soledad--, quedándose con el pretexto, es natural, de escribir un bello volumen.
Este tuvo el consiguiente éxito cuando apareció en castellano. A pesar de estar escrito en nuestra lengua, tan poco leída en Europa, se habló bastante de él en Italia, en Alemania y en Austria. La versión francesa lo hará conocer mayormente. La crítica española le ha sido favorable, y sus colegas y amigos de América han tenido para el autor gentiles opiniones. Manuel Bueno proclama su «mérito indiscutible»; Emilio Mitre reconoce el interés y la agradable literatura del libro; Eduardo Wilde encuentra «páginas encantadoras»; Daniel Muñoz aplaude esta obra «variada en su unidad»; García Ladevese asegura que «son los libros escritos como _Jean Orth_ los que consuelan de la impotente literatura de decadencia»; y Gómez Carrillo cuenta que se ha «olvidado de almorzar» por leer _Jean Orth_. Esto que parece más bien un _prière d’insérer_, no es sino un ramillete de justicias. Al cual yo agrego, gustoso, mis cumplimientos.
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Hace algún tiempo, visitando la admirable mansión de Miramar que posee en la isla de Mallorca el archiduque Luis Salvador, vi en una capilla construída no lejos de la legendaria gruta de Raimundo Lulio, una estatua de mármol, simulacro de nuestra católica Virgen. En el zócalo una inscripción recuerda las dos visitas que a Miramar hiciera la emperatriz que tan bellas páginas inspiró a Maurice Barrès, y que el doctor Christomanos biografiara fervorosamente. Y en tal inscripción se ponía bajo el amparo y la protección de la Maris Stella, a la porfirogénita viajera que en Corfú descansa en su Achilleion, frente al monumento que consagrara a su admirado Heine, de sus errantes fatigas. La Estrella del Mar no pudo desviar, por ley de la superioridad divina, el arma del anarquista que, a las orillas del lago de Ginebra, hirió a la soberana y solitaria señora. Y al leer la inscripción votiva no pude menos que recordar a Jean Orth que, como el holandés errante, se perdió en lo incógnito del mar sobre su barco fantasma. Tiene Garzón una hermosa página en que los datos fatídicos se amontonan como puñales en el proceso histórico de esa familia predestinada. Quizá poseído del terror de su sangre, el príncipe perdido abandonó la existencia palatina de Viena y en compañía de la hembra elegida, vestido de su pseudónimo, se fué en busca de paz, de acción, de horas tranquilas y amorosas.
Su caso queda entre los enigmas de la historia. Su vida es una novela que justamente ha tentado la pluma de un escritor de fantasía y entusiasmo, que ha hecho juntarse en el camino de la leyenda el Río de la Plata y el bello Danubio azul. El hallazgo del príncipe hubiera sido una victoria periodística destructora de ilusiones; el triunfo literario en que me ocupo deja felizmente el campo libre a la suposición y a la imaginación.
El temperamento caballeresco de Garzón se aviene a maravilla con la aventura romántica del archiduque navegante, y su habilidad de escritor sale ufana del intento de demostrarnos la posibilidad de que actualmente existe en alguna parte el que casi todo el mundo ha creído muerto en el mar.
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Contraste curioso ofrece el autor, entre estas páginas laboradas con una firme preocupación y elegancia de estilo, y su diaria tarea de _Le Fígaro_, en donde con períodos erizados de guarismos y de manera concentrada y expositiva, hace la propaganda de las riquezas y de los progresos de la América nuestra, sobre todo de la maravillosa República Argentina. Gracias a esto, le perdonarán sus amigos de estancia y automóvil sus apasionados devaneos con las bellas letras que no son de cambio. El _Fígaro_ parisiense ha ganado mucho, es indudable, en nuestro continente y en nuestro mundo hispanoparlante, con el trabajo asiduo de su redactor platense. Y nuestras repúblicas, a su vez, han logrado por fin tener en Europa un expositor útil y fidedigno y serio, de su civilización y de sus elementos de riqueza y de cultura. Tanto más, que a la propaganda simplemente comercial e industrial de la hoja cotidiana, se agregará pronto la social y artística en _Le Figaro Illustré_.
Amigo de las elegancias y de las distinciones, alejado de los murmuradores charlatanes y de los folicularios de países latinos que abundan en las colonias de París, puede Garzón entretener sus vagares de mundano, escribiendo con pluma fina libros como su _Jean Orth_ y como _La entraña del bulevar_, que aparecerá en breve.
En el tiempo relativamente corto en que ha logrado ser el primer hispanoamericano que ha entrado a formar parte de la redacción activa de un gran diario, ha llegado a conocer la vida parisiense como muy pocos extranjeros la conocen. Conversar con él es un placer. Y así, entre anécdota y frase oportuna, os narrará cosas del mundo internacional de la Metrópoli, como traerá a cuento sus días de juventud y de lucha, en su amada tierra original. Trofeo forman, en su gabinete de trabajo, los ponchos costosos de los gauchos, las espuelas, la guitarra del payador, las boleadoras que han detenido carreras de avestruces y de potros en las vastas pampas. Y bajo esos trofeos suelen verse lindas sonrisas francesas, monóculos literarios; o tal o cual barba blanca de personaje.
Aunque ya ha nevado sobre él, guarda con bizarra actitud sus bríos de antaño, que recuerdan sus antiguos compañeros de periodismo en el Plata, hoy casi todos diplomáticos y hombres de estado. Y es soltero. Garzón para la _garçonnière_.
Este escritor y este periodista, ambos en el mejor sentido de la palabra, es, como lo he dicho en otra ocasión y en este nuestro querido _Fígaro_ habanero, un romántico modernizado. A pesar del continuo contacto con esta inquietante ultracivilización, conserva viejas virtudes castizas, que Dios le guarde siempre. Cree en la nobleza, en el carácter, en la amistad, en el honor, en la cortesía. Y aunque ya todo eso casi no está de moda, él lo sabe lucir de manera envidiable. Y es que este dandy, que hubiera sido amigo de Barbey d’Aurevilly, tiene también el dandismo «por dentro».
CATULLE MENDÈS
Cuando comencé a dar a mis ansias artísticas, hace ya cerca de veinticinco años, los nuevos rumbos que habían de traerme en América y en España tantos amigos y enemigos--«todo buena cosecha»,--uno de mis maestros, uno de mis guías intelectuales, después del gran Hugo--el pobre Verlaine vino después--fué el poeta que de modo tan horrible ha muerto, tras de vivir tan hermosamente: Catulle Mendès. Su influencia principal fué en la prosa de algunos cuentos de _Azul_; y en otros muchos artículos no coleccionados y que aparecieron en diarios y revistas de Centro América y de Chile, puede notarse la tendencia a la manera mendeciana, del Mendès cuentista de cuentos encantadores e innumerables, galante, finamente libertino, preciosamente erótico. Mi admiración se exteriorizó en un soneto:
Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura; Puede regir la lanza, la rienda del corcel; Sus músculos de atleta soportan la armadura... Pero él busca en las bocas rosadas leche y miel.
Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura, La carne femenina prefiere su pincel; Y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura Agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.
Canta de los oarystis el delicioso instante, Los besos y el delirio de la mujer amante, Y en sus palabras tiene perfume, alma, color.
Su ave es la venusina, la tímida paloma. Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma En todos los combates del arte o del amor.
Mi admiración fué siempre la misma, aun después de la nueva moda de revisar valores. Siempre le tuve por un admirable artífice de la palabra y por un espíritu alta y elegantemente romántico. Fué uno de los pajes predilectos del emperador de la Leyenda de los Siglos. Cuando la muerte de Gautier, cuya hija Judith fué la primera esposa de Mendès, Víctor Hugo escribió a éste:
«Hautevill-Housse, 23 Octobre 1872. 5 heures du soir.--C’était prévu et c’est affreux. Ce grand poète, ce grand artiste, cet admirable cœur, le voilà donc parti! Des hommes de 1830 il ne reste plus que moi. C’est maintenant mon tour. Cher poète, je vous serre dans mes bras. Mettez aux pieds de Mme. Judith Mendès mes tendres et douloureux respects.»
Alma muy 1830, queda hasta su último día la de Mendès. Yo no le traté personalmente, y vale más. Le ví muchas veces en París, y sobre todo en su café preferido, el Napolitain, donde, alrededor de una mesa, a la izquierda de la entrada, se reunen todas las tardes a conversar y tomar aperitivos unos cuantos hombres de letras y periodistas. Allí reinaba Mendès, teniendo a su lado a un gran amigo suyo, Courteline. Vi algunas ocasiones a Moreas, entre otros comediógrafos, poetas y cronistas. Una tarde vi también que llegó a buscar a su marido Madame Jane Catulle Mendès, bella, elegante, muy «parisiense.» Su marido, apartando un poco el guante, descubrió el rosado puño de su mujer y le dió gentilmente un beso. Ella, poco tiempo después, recuerdo que publicó un lindo tomo de poesías, en que en plausibles estrofas se manifestaba muy enamorada de él. Los versos eran exquisitos. No pasó mucho sin que ocurriese la separación de los cónyuges. Esto, en París, es muy sencillo.
Era ese poeta amable, de noble continente y gestos de hombre «nacido». Y era israelita. Nació dotado de gran belleza. Se cuenta que cuando llegó a París, muy joven, una noche, al presentarse en un palco, acompañado de su madre, llamó la atención su rostro de príncipe de cuento.
Fué un bizarro conquistador de amores. Hizo poética su vida. Hasta sus últimos años tenía, en un cuerpo ya cargado de edad, el alma fresca. Su muerte ¿un suicidio? Imposible. Anacreonte muere de otra cosa. Si la existencia no tuviese esos golpes violentos, debidos a una misteriosa lógica absurda, Mendès debió morir académico. Aunque más peligrosa a la blancura de los azahares, si su obra, allá en los primeros pasos, le llevó a la cárcel, como a Richepin, no tiene la brutalidad del Turiano. Y de seguro Mendès no hubiera escrito _Père et mère_... En cambio, Zo, Lo y Jo, sus antiguas figuritas predilectas, antecesoras de todas las Claudinas, hubieran concurrido a oir el discurso de recepción bajo la Cúpula.
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Era el poeta. Su crítica, sus cuentos, sus dramas, sus novelas, eran de poeta. A todo le daba valor armonioso. Puede decirse que no tenía creencias religiosas o que las tenía todas bajo el imperio de la poesía. Ese judío escribió páginas inefables, no sin el inseparable perfume venusino, en el _Evangelio de la Santísima Virgen_ y en _Santa Teresa_. Todas las teogonías tenían para él, como para todos los poetas, los prestigios del misterio, del símbolo, del mito. Su inspiración vuela por todas las latitudes. Ya comprende e interpreta, desde sus primeros poemas, el encanto nórdico, explorando las brumas y las nieves del país en donde suavemente y fantásticamente brilla el sol de media noche, y hace dialogar a Snorr y Snorra; ya su pasión wagneriana, tan sólo superada en él por su pasión hugueana, le hace escribir una exégesis poemática de la obra del Thor musical, y novelas como aquella en que narra a su manera la legendaria vida del Rey Virgen; ya con su _Hesperus_ flota en el mundo de Swedenborg, o con _Panteleia_ crea una música astral y deliciosa. Como su dios Hugo, él tenía toda la lira, aunque más pequeña, y también sabía agregar la cuerda de bronce.
Tenía un admirable don de asimilación, y, voluntariamente, o por sugestiones sucesivas, dejó en su obra numerosa algo que hubiera firmado Hugo, algo que se confundiría con lo de Gautier, con lo de Leconte de L’Isle, con lo de Banville, con lo de Heredia. Es cierto que él perteneció, y se glorió siempre de ello, a la familia parnasiana, que se desarrolló bajo el ramaje del patriarcal Roble romántico.
El fué bondadoso con los poetas que vinieron después de su generación. No careció de enemigos, ésto conforme con su mérito. Mas da a quien lo merece el justo elogio con sus crónicas, y en su voluminoso trabajo sobre la poesía francesa en el siglo XIX, que escribió por encargo oficial.
Lo que nunca pudo ver con buenos ojos ni oir con benévolas orejas fué el verso libre. Que no le hablasen del verso libre. Y eso, siendo como era un gran conocedor de secretos musicales, un wagnerista, y habiendo escrito en prosa rítmica y rimada los más encantadores «lieds de France». Es una joya ese librito, en el que a los lieds de Mendès viene unida la música de ya no recuerdo cuál joven autor parisiense.
De todas las artes es la música la que más se compadece con la mentalidad israelita, y este poeta tenía la facultad musical en el verbo, que en el pentágrama tuvieron y tienen muchos artistas de su raza.
Yo admiro el buen tino del padre de Mendès que supo comprender desde la niñez de su hijo la verdadera vocación. ¿Qué digo tino? Debo decir don de profecía, pues si le impulsó a las letras en lo fragante y primaveral de su ensoñadora juventud, vió desde la cuna el laurel verde y así le llamó con nombre de poeta. El padre de Chapelain fué menos avisado, y su cosecha fué, como dicen los franceses, _plutôt maigre_.
Era el poeta. Un poeta pagano, alerta siempre, que sabía amar con elegancia y lirismo las mujeres y el vino; por lo cual debe haberle encantado el consejo luterano que leyera inscrito en letras góticas en las cervecerías alemanas, cuando, en sus días de estudiante, cantara en Heidelberg el _Gaudiamus igitur_ después de los _salamander_, en los coros de escolares teutónicos. ¡Gentil epicúreo! Casi septuagenario, se regalaba con primicias ofrecidas por la Fama y por la Voluptuosidad. Su primera esposa era una musa; se separa de ella y se consuela con otra musa adoradora de Wagner como él; en seguida, su esposa es musa también; se separa de ella y se consuela con la amistad de una bella cortesana de letras.
Es muy de París, como hubiera sido muy de Atenas. Con sus corbatas de seda blanca y fina bajo su cuello doblado, con su _en bon point_, con sus cabellos entre plata y oro, su cara de Cristo satisfecho, con su indumentaria, si no de dandy nunca descuidada, me parecía más joven que todos los que a su rededor se congregaban, más joven que el mismo Moreas, tan lleno de juventud, y desde luego más joven que otros amigos jóvenes, pero de espíritu y corazón matusalénicos.
Luego se batía por cosas de arte y de poesía, defendía a sus maestros y daba la sangre por sus ideas estéticas. Un escritor y conferenciante, ya difunto, le agujereó el vientre en una de esas bizarras cyranadas.
Sabía latín bien; debe haber sabido griego, pues hizo muy buenas humanidades; el alemán debe haberle sido familiar, puesto que cursó en Alemania estudios universitarios. En cuanto a su español, si nos atenemos a las citas que alguna vez hiciera, y a los nombres estrafalarios de ciertos personajes de su _Santa Teresa_, debe haberlo conocido y hablado como un cisne francés...--No debe haber existido la tradición sefardita en su familia paterna--desde luego su madre era cristiana, según tengo entendido. Si no, ya hubiese parlado un sabroso castellano viejo, como el que habla el doctor Nordau; y si no, portugués.
Como crítico, siempre manifestaba para toda obra extranjera el _parti pris_, el modo de ver francés. Sus funciones de crítico teatral en el _Journal_ parisiense fueron arduas. El hijo del judío rico, en sus últimos años, que debían haber sido de rentas y reposo relativo, tenía que trabajar como un negro para llenar sus necesidades de gentleman y de mundano. Porque era poeta con renombre de bohemio, el amigo de Glatigny y su resurrector, y el cliente del Napolitaine lo era también de Ritz y comía--como comió la noche de su muerte--en casa del banquero Openheimer.
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