Letras Obras Completas Vol. VIII
Part 5
«El sentimiento que inspiraba a Pablo estas palabras para Virginia, no era más sincero que el mío.» En efecto, son dos almas que se aman de amor, excluyendo toda sombra de malicia o pecado. Ella se aplica hasta a tareas de lavandera, evocando para el caso a Nausica, Santa Catalina de Sena y a las princesas de la Biblia. A los veinte años, sin belleza, es, sin embargo, atrayente. Lamartine ha dejado de ella un agradable retrato en que hace notar «el contorno armonioso del rostro» y «el talle esbelto y flexible que hace resaltar las formas del cuerpo». Toda ella se consagra a la devoción y a las prácticas religiosas. A la devoción, a las prácticas religiosas y a su hermano. Escribe versos inocentemente románticos. Y cuando la tristeza la invade, tiene el remedio de la oración. Los tempranos desencantos de Mauricio la hacen sufrir, y no cesa de darle, por lo tanto, buenos consejos. Él, soñador, como todos los de su tiempo, está enfermo de lo que se llama en estos momentos «el mal del siglo». Ella desearía verle dedicado a la carrera religiosa, confesarse con él, como la madre de San Francisco de Sales se confesaba con su hijo. Y luego, él tiene que ir a París. ¡París! ¡El pecado, la corrupción, el campo del demonio! Y deja Mauricio el Cayla y parte a la gran ciudad a continuar sus estudios. Comienza a escribir en los periódicos, se une a su maestro Lamennais, y cuando Lamennais se insurge contra la autoridad papal, Mauricio comparte sus opiniones, cosa que desola a Eugenia. Esta, entretanto, escribe sus admirables cartas y su _Diario_. Este libro es tenido como uno de los más bellos producidos por un cerebro femenino. Es un breviario ideal para las ascensiones espirituales. «Jamás su prosa deja ver el esfuerzo, dice Colleville; escribe con una naturalidad y una facilidad maravillosa, canta como el pájaro, naturalmente, así su pensamiento, se impone victoriosamente, nos seduce y nos penetra de esa religión que lo vivifica.»
La publicación de esa obra excelente se debe a Barbey d’Aurevilly y a Tributien. «No sé por qué, dice ella, en mí el escribir es como en la fuente correr.» La vida de su hermano en París la inquieta. Sobre todo, sus decaimientos de fe. Comenzaba a aparecer en Mauricio el despertamiento pagano. Pan se le había revelado y su oído oía en la sonora tierra el galope del antiguo centauro. Piensa su hermana en casarlo. Él se enamora de Mlle. de Bayne, pero le rehusan la mano de tal señorita. Enfermo, retorna al Cayla, en donde se repone.
Vuelto a París, un nuevo amor le consuela, y logra casarse con una joven originaria de Batavia, que le adora. Pero la tisis ha hecho presa ya de él.
Así regresa al dominio paterno. Eugenia, estoicamente cristiana, viendo perdido el cuerpo, se dedica más que nunca a la cura del espíritu. Logra su objeto y muere Mauricio en la absoluta fe católica. Ella continuará hablando con el ausente, con quien espera juntarse por siempre en la inmortalidad. «Del Calvario al cielo el camino no es largo. La vida es corta, y ¿qué haríamos de la eternidad sobre la tierra?»
Su pensamiento no se separará nunca de su hermano. «Él y yo eramos los dos ojos de una misma frente.» No cesará de rezar por él, de encomendarlo a Dios. «Bueno es llorar, pero no sin la plegaria. La plegaria es el rocío del purgatorio.» Luego, continuará su misión de dulcificadora de almas, con Barbey d’Aurevilly, íntimo amigo de Mauricio. Del dandy byroniano y un tanto satánico que era entonces el Condestable, hizo ella el paladín católico, el caballero de la Iglesia. «Es, pues, dice Colleville, un hecho, que el novelista, el crítico, el pensador, ha sido después de su conversión el servidor más decidido y más convencido de la Iglesia romana, y que es ciertamente a Eugenia a quien se debe esa milagrosa conversión.»
El dolor que le causó la pérdida de su hermano hízola hasta pensar entrar en religión; mas su deber de hija le impidió realizar esos propósitos. Y así bien queda la frase del crítico inglés en que la llama la Antígona cristiana. «Sin mi padre yo iría tal vez a juntarme con las hermanas de San José a Argel. Al menos, mi vida sería útil. ¿Qué hacer ahora? Mi vida la había entregado a ti, mi pobre hermano. Tú me decías que no te dejara nunca. En efecto, he permanecido cerca de ti hasta verte morir. ¿Qué voy a buscar ahora en las criaturas? Reposar en un pecho humano, ¡ay! Yo he visto cómo nos lo quita la muerte. Mejor apoyarme, Jesús, sobre vuestra corona de espinas. ¡Cuántas veces he soñado ser hermana de caridad para encontrarme cerca de los moribundos que no tienen ni hermana ni familia! Hacer veces de todo lo que les falta de amoroso, cuidar sus sufrimientos y hacerlos volver el alma a Dios. ¡Oh, bella vocación de mujer, que a menudo he envidiado! Pero ni esa ni otra: todas están cortadas.»
Y en otra parte:
«No comprendo cómo las mujeres que no tienen piedad no mueren todas locas. ¿Qué llegar a ser bajo tantas impresiones destructoras? Todo nos es hierro y fuego, nos rasga o nos quema, pobres mujeres que somos.»
En verdad, es una santa. El _tota in utero_ se convierte toda en espíritu. Para ella no existieron los goces de la carne. A su hermano tocaron las tempestades de la duda, las negruras de la incertidumbre y la furia misteriosa de los sentidos, la savia pánica. «Yo he anudado mis brazos alrededor del busto del centauro y del cuerpo del héroe y del tronco de las encinas. Mis manos han tocado las rocas, las aguas, las plantas innumerables y las más sutiles impresiones del aire.» Sobre la floresta sonora en que Mauricio se compenetra con el monstruo divino, como la paloma blanca de las leyendas sagradas, el alma de Eugenia voló al cielo.
ARTHUR SYMONS «RETRATOS INGLESES»
Para el público nuestro habré de decir que Arthur Symons es un poeta y escritor inglés. Su obra es ya considerable. Comienza a ser conocido en Francia gracias a recientes traducciones, no obstante el haber sido desde los buenos tiempos del simbolismo amigo y propagador de Verlaine, de Mallarmé, de Verhaeren, de los iniciadores de aquel movimiento. Él hizo pasar el Canal de la Mancha al Pauvre Lelian, para dar conferencias que le valieron algunas libras. Verlaine no olvidó nunca a su amigo inglés, y, ya en sus últimos años, recuerdo que escribió un estudio sobre un volumen de poesías en que Symons rima cosas de Francia.
Para mí, Symons es atrayente desde que, hace años, me entusiasmaron sus esfuerzos por la Belleza en su inolvidable _Savoy_, el magazin intelectual tan refinado que él dirigía, acompañado por aquel prodigioso artista que se llevó la muerte demasiado temprano, y que tuvo por nombre Aubrey Beardsley. En esa publicación leí por primera vez prosas y versos de Symons, el cual llevó a colaborar en su revista a lo más brillante de la juventud literaria del momento. El mismo Aubrey Beardsley publicó allí los capítulos de su inconcluso y deleitosamente alucinante _Under the hill_; y sus dibujos allí aparecidos junto con los del _Yellow Book_, están entre los mejores de toda su producción. Esas revistas excepcionales, para un público restricto, no podían tener larga vida. Hoy se las disputan los coleccionistas.
La traducción que acaba de hacerse en francés de los _Portraits_ de Symons, pone de actualidad esa simpática figura de aristócrata del arte,--aunque estas dos palabras parezcan una redundancia, una vez que el arte es excelencia y por lo tanto aristocracia. ¿Se ha de llamar crítica a las opiniones y maneras de ver de un poeta? Pasa la palabra porque no hay otra para la comprensión de la generalidad. Los «Retratos Ingleses» están hechos con una intensidad que llama a la admiración, y que no recuerdan otras maneras e interpretaciones anteriores. Es que Symons, por la virtud de su genio poético, se compenetra con el alma de los modelos, y va a buscarles, él sabe en qué rincón de sus florestas mentales, cuervo, paloma, unicornio o león.
Fuera de los retratos, hay en el volumen algunas apreciaciones estéticas aparte, como las páginas en que trata «del hecho en literatura» y sobre «lo que es la poesía». No dejarán de sentirse contrariados por lo que posiblemente llamarían arranques paradógicos, los acostumbrados a los juicios ya hechos y a canónicos modos de ver. Paradoja se dirá cuando se lea por ejemplo: «La invención de la imprenta ha contribuído a la ruina de la literatura». O bien: «El diario es el flagelo, la peste negra del mundo moderno.» Mas mirad bien los desarrollos de las postulaciones. La paradoja ha sido en todos los tiempos propia de alados espíritus. Fijaos hoy mismo en España: dos, tres, cuatro, de sus principales hombres de letras diríase que no escriben sino paradojas. Mirad bien en Symons los desarrollos de las postulaciones: «La invención de la imprenta ha contribuído a la ruina de la literatura». ¿Por qué? los trabajos de los copistas y la memoria de los hombres, no fatigada todavía con un relleno excesivo, preservaron toda la literatura que lo merecía. Las obras que era preciso saber de memoria, o que eran copiadas por mano lenta y cuidadosa, no se prodigaban a las gentes que no las querían; quedaban en manos de los hombres de gusto. El primer libro abrió la vía al primer periódico, y un periódico es algo destinado al olvido y aun a la destrucción. Con la destrucción querida de la obra impresa, el respeto por la literatura se desvaneció, y se acabó por emplear un mismo término para designar un poema y las «noticias del día». Del mismo modo, lo que antes hubiera sido un arte para algunos, llega a ser un oficio para una multitud; y mientras que en la pintura, la escultura, la música, el simple hecho de producir significa generalmente un ensayo de producción artística, el empleo de las palabras impresas y escritas ha llegado necesariamente a no tener más importancia que lo que, según el decir de un poeta español, es «el cacareo del animal humano» (?). Tales razonamientos explican lo cortante de las afirmaciones, y dan a entender que se trata de un criterio que abomina la casilla y la peluca. Muy justamente ha dicho de Symons Andrés Ruyters que «tiene en el movimiento intelectual inglés un lugar considerable, menos a causa de la influencia que bien quiere ejercer, que porque posee en el más alto grado ese don de animación que hace de la crítica, no una fría policía literaria, sino una viva y ardiente interpretación». En efecto, no veo entre todos los críticos conocidos ninguno que más libremente se coloque en el ambiente del arte puro. Queda aparte la mecánica literaria y aun la contraposición de ideas que darían a entender un sectarismo cualquiera. A través de la arquitectura de la obra, va directamente a la psique productora, y define su tipo y la atmósfera mental en que se produce.
Los «portraits» no están recargados por el detalle documentario; la vitalidad interior de la figura es completa. He ahí que se presentará a Thomas de Quincey, conocido tan solamente en Europa después de la publicación de los _Paraísos artificiales_, de Baudelaire, y cuyas _Confesiones_, de lo más interesante que para el estudio de la anomalía cerebral puede encontrarse. Symons nos explica el motivo intelectual de su fatigoso procedimiento narrativo, y da el buen consejo de leerlo «con paciencia, raramente y por fragmentos». Para quien haya leído las páginas autobiográficas del famoso comedor de opio, no serán sino de un valor concentrativo incomparable las siguientes palabras del psicólogo-poeta: «Escribe ciertamente por el placer de escribir, y también para desembarazarse de todas las telarañas que obscurecen su cerebro. Su espíritu es fino, pero sin dirección; sus nervios vibran de sensaciones mórbidas y ellos hablan en todas sus obras. Es un hombre de ciencia fuera del mundo, un hombre que se interesa a su espíritu en sí mismo, y no porque es el suyo; tiene el ideal del sabio, de un estilo separado de lo que expresa. «Tal la personalidad pensante y escribiente de quien tenía como la única miseria sin descanso... «el fardo de lo incomunicable.»
Del yanqui Hawthorne expresa el sentido casuístico, y colócale de par con Tolstoï, como el único novelista del alma: «Obsedido por lo que es obscuro, peligroso, en los confines del bien y del mal, por lo que es realmente anormal, si debemos aceptar la humana naturaleza como una cosa establecida entre los límites de la responsabilidad y de la conciencia de las relaciones sociales.» No hay poco de parentesco íntimo con Poe en el autor de _Twice-Told Tales_, sin tener las alas arcangélicas y el profundo y transcendente sentido matemático. Mas Baudelaire, por el lado del pecado, habría simpatizado también con él. Así Barbey. De tal manera he pensado siempre en Hawthorne al ver, por ejemplo, aquella aguafuerte de Rops para _Las Diabólicas_, que hay en _Le bonheur dans le crime_. Evocación del vínculo que en la obra hawthorniana une a Miriam y Donatello, a Hester y a Arthur Dimmesdale.
Otro retrato es el de William Morris, el poeta y poetizador de la vida. «Era el tipo perfecto del artista, y no contento con trabajar en su propio oficio, la poesía, extendió los principios del arte a una muchedumbre de técnicas secundarias, la tapicería, la decoración de muros, la imprenta, que él aprendió, como los artistas del Renacimiento aprendieron todas las artes y todos los oficios.» Mas también, como aquellos artistas, llevó a la vida cotidiana las cosas del arte y de las artes, haciendo de tal guisa de la existencia una obra artística,--hasta los límites posibles. Tal su pasión social tan concentrada, no fué sino una caridad de aristócrata que por la belleza quería ayudar y levantar el espíritu de la muchedumbre de abajo. Feliz vivir el de aquel práctico lírico que vivía contento, como dice en uno de sus versos, de pasar sus días
...Haciendo bellas rimas viejas En loor de las muertas castellanas y de los amables caballeros.
Otro retrato es el de Wálter Pater, que también fué un prodigioso retratista de retratos imaginarios... En dos rasgos véis surgir aquel admirable y poderoso intelecto: «Wálter Pater era un hombre en el cual la fineza y la sutileza de emoción se unían a una exacta y profunda erudición; en el cual una personalidad singularmente llena de encanto encontraba para expresarse un estilo absolutamente propio y absolutamente nuevo, que era el más preciosamente y el más curiosamente bello de todos los estilos ingleses.» Entusiasta por toda la producción del maestro, mira y admira, no solamente al crítico, sino al autor de obras originales que cuentan entre lo más definitivo y valioso de toda la lectura victoriana. De la misma manera nos presenta a George Meredith, esa alta alma orgullosa de su ideación y de su singular poder verbal, que tantos puntos de contacto tiene con el francés Stéphane Mallarmé. Meredith, que escribe el inglés «como una lengua sabia», y que tanto en prosa como en verso llega a una casi perfección que se creería inaccesible. ¡Un decadente! Sea. La palabra decadente, dice Symons, ha sido en Francia y en Inglaterra--en todas partes, hay que decir--empequeñecida hasta no ser más que una estampilla para una escuela particular de recientísimos escritores. Lo que _decadencia_ significa en literatura realmente, es esa sabia corrupción de lenguaje por la cual el estilo deja de ser orgánico y llega a ser, persiguiendo tal medio de expresión, o tal belleza nueva, deliberadamente anormal. Esto ya más o menos lo había expresado en página memorable Théophile Gautier, a propósito de Baudelaire.
De Rober Lois Stevenson sabemos que era un artista desdeñoso, enamorado del estilo, y, para decirlo así, de una manera apasionada; y sin embargo, era popular. A propósito de él hace ver Symons el error de los críticos que suelen hacer elogios aun fuera de razón, sin dar a comprender a la muchedumbre leyente el verdadero valor de un escritor o de un poeta.
Otro retrato es el de John A. Symons, cuya autobiografía es una obra maestra, y que era un «carácter» intelectual; otro es el de Rober Buchanan, que escribió bellas prosas y bellos versos, y que sin embargo no era sino un combatiente, un irreductible polemista, especie de León Bloy, poeta, que se proclamara ante todo un hombre entre los hombres. Otro retrato es el de Wilde, hecho con comprensión y serenidad, escrito con nobleza. Y siguen otros como los de Hubert Crackantorpe, el artista tan personal e independiente; Rober Criages, el puro lírico; el «patético» Austin Dobson. Y es poeta y nada más que poeta; Stephen Phillips, que se me antoja el Rostand de Inglaterra; el pobre alcohólico y bohemio admirable de poesía que fué Ernest Dowson, que murió joven, gastado, por lo que no había nunca sido la vida para él, dejando algunos versos que tienen lo patético de las cosas demasiado jóvenes y demasiado frágiles aún para envejecer. Y todos esos retratos afirman la seguridad de la mano, la fina y potente mirada interior, la transparencia del juicio, la auténtica virtualidad incontaminada del ánimo, la obra de un maestro. Y no hay sino aplaudir a Arthur Herbert, que imprime a la inglesa tan bellos libros ingleses en lengua francesa.
SAINT-POL-ROUX
Porque hay una familia del Río de la Plata que ha venido a buscar aire fresco a tierra bretona, he oído en la mañana de cristal vidalitas junto a menhires. Gratamente habrían sorprendido al padre del poeta, que habita en el manoir del Boultous, pues recordarán sus oídos de viajero antiguas noches de Buenos Aires, tardes de las costas uruguayas.
A un lado del camino vemos de cuando en cuando cuadros pastoriles o agrícolas. La tierra es pobre de árboles. Sobre las colinas nos hacen pensar en nuestro Don Quijote los molinos de viento. Pegado a los filos de la tierra se ve el _ajonc_ con sus pompones de oro. En los cuadrados de hortalizas, la patata, modesta, pero dignamente, luce cerca de la madre col sus flores claras. Encontramos muchachas robustas, campesinos, soldados. De pronto, al acabar de subir una cuesta, se presenta a nuestra vista el panorama de Camaret. Las casitas grises pegadas a la costa, las barcas de pesca en la bahía, la espuela de roca que se interna en el mar y en cuya roseta se aloja la iglesita de Notre-Dame-de-Roch-Amadour y el famoso y vetusto castillo de Vauban. Al frente, sobre lo alto, se destaca el semáforo, y se miran como en un cuento de caballero las torres del _manoir_ en que sueña y piensa Saint-Pol-Roux, no lejos del chalet de Antoine, el histrión ilustre.
Bajo un árbol estamos, ya cerca de la puerta en donde nos reciben amables el perro gris y la criada rubia. En el salón hay panoplias de armas, el piano, los retratos de los hijos y las dos insignias pirográficas que Gauguin tenía en su casa de arte allá en Tahiti, donde pintó con sol extraño, metiendo su alma por los ojos entre almas primitivas y descubriendo las partes secretas de la Belleza. Y cuelgan, secas ya, las ramas rituales que vinieron de la iglesia donde se repartieron en el día del triunfo de Jesús.
Estamos luego en un saloncito blanco y oro.
Sobre el marco del espejo hay pintada una fantasía marina. En la mesa libros de poetas, en cuyas páginas dicen las sendas dedicatorias los más admirativos conceptos. Y he aquí al dueño de casa. Viste el traje en que recorre a pie todos estos contornos. Terciopelo castaño, polainas de cuero, zapatos sólidos. La melena de antaño está un tanto recortada. El rostro es dulce, la mirada del más bello oriente, el gesto acogedor, la voz con blandura e inflexiones de bondad. Ya ha hablado fraternalmente; ya no nos deja partir sin que almorcemos con él; ya habla de América como de un país de encanto, y aunque confunde a Buenos Aires con el Brasil, a pesar de los periplos paternales, no importa. Este gran despertador de valores del verbo es un sencillo. Este «raro» es un familiar. Suele inclinarse de tanto en tanto cuando habla, habituado como está a portar su carga de pensamiento. Una formidable conciencia de su valer le aisla indiferente a los vanos esfuerzos de los adoradores del momento.
Su espíritu ha descifrado lo hondo de la inscripción del Templo délfico. Y al oído le han repetido: Platón, lo Bello es el esplendor de lo Verdadero; Platino, lo Bello es la idea de lo Verdadero; Gœthe, hay diosas augustas que reinan en la soledad; alrededor de ellas no hay ni lugar ni tiempo; se turban cuando se habla de ellas. La Bruyère, aquel que no considera al escribir sino el gusto de su siglo, piensa más en su persona que en sus escritos; hay siempre que tender a la perfección, y entonces, esta justicia, que nos es a veces negada por nuestros contemporáneos, la posteridad sabe otorgárnosla.--Con tales ensalmos bien aprendidos se abren innumerables sésamos invisibles.
El meridional que ha cantado tan bellamente a la sonora Marsella, ha extraído de los silencios de Bretaña ricos diamantes de concentración. Asombra la joyería metafórica y el prodigio de combinaciones ideícas; es el dominio del iris y la sujeción de todas las gamas; y el volcar de la aladínica mina íntima un inacabable tesoro.
Emperador de las Imágenes, rey de las Analogías, es para mí un gran placer la comunicación fraternal con tal creador de nuevas existencias y conceptos, y mirar, por el don amistoso, como la del argentino Lugones, como la del griego Moreas, transparente su alma. Tales tratos inmunizan contra la mirada de los basiliscos y las ponzoñas de los escorpiones.
Être admiré n’est rien, l’affaire est d’être aimé,
dijo un lírico de sufrimiento. Saint-Pol-Roux ha logrado ambas cosas.
Se presentó, toda ella un bouquet de gracia, Mme. Saint-Pol-Roux. Es parisiense de París, y a pesar de sus largos años de Bretaña hay en su acento un grato acento montmartrés. Nos sentamos a la mesa. Y aparecen también Cœcilien, tan celebrado por su prosa gallarda como por buen nadador y mozo de corazón, y Loredán, en la flor de los catorce años, y Divine, la diminuta y gentil madrina de la antigua _chaumière_ de Roscanvel. Y así todo, desde el pescado hasta el champaña entablamos la más sabrosa de las charlas. Descubro a Ricardo Rojas, ojos de fauno, cuando al decir sus años aplaudimos tanta juventud. Y nos vamos luego, con un gran cariño y una admiración grande, frescos aun los labios de la espuma del montebello.
Y ya de vuelta, al descender las colinas en la tarde de ámbar, pienso en la obra vasta de ese solitario que ha huído de la ciudad dorada y martirizadora, y que va descendiendo su existencia apoyado en su bastón de cordura. El fué con los del alba simbolista, de los que comenzaron a practicar la libertad mental sin dejar por eso de amar a sus maestros «como a dioses», siendo los dos maestros, el uno un pobre profesor de inglés, el otro un bohemio desventurado, ebrio de alcoholes y de dolores. Es el poeta de sus _Anciennetés_, en que canta en «el tiempo abstracto de lo solo» el orgullo humano hecho una llama, a su manera, la arcilla ideal de Hugo, de la reina primitiva, de la «rosa maligna»; la vuelta de Odises; el chivo emisario en el mundo judío, la divina Magdalena,
La femme au cœur plus grand qu’un lever de soleil
Lázaro y el Gólgota, en versos que hubieran sido de un Leconte de L’Isle flexible y trascendente.
Aquellos pasados «reposorios» que aparecían en el primer _Mercure_, y hoy coleccionados en series que forman una sucesión de, como dice el poeta, «temas filosóficos, símbolos de alma, notaciones de estaciones, pinturas de horas, magias de fenómenos», constituyen una de las obras más hondas y más puramente artísticas de la última época intelectual. Son de esas criaturas cerebrales que suelen resucitar a través de los siglos.