Letras Obras Completas Vol. VIII

Part 4

Chapter 43,823 wordsPublic domain

Cestero es un espíritu inquieto ante la vida, nacido para los esfuerzos y las bregas. Este lírico de la prosa, cuya cultura es completamente europea, ha tenido que desarrollar sus energías de carácter y de intelecto en un medio hostil a las dedicaciones al puro arte. Él sabe, por propia experiencia, lo que son revoluciones, pronunciamientos. Ha andado con su fusil, o su sable, por los montes patrios, entre fieras, víboras, guerreando por su caudillo o por su presidente. Conoce las excursiones por los bosques y los movimientos de las guerrillas. Alma gentil, escribe su «Jardín de los sueños», mas tiene un admirable y práctico sentido de la realidad. Si se le ocurre, escribirá lindamente a una mujer: «Bella, sé piadosa, y convierte tus ojos milagrosos al alma-océano de aguas muertas y profundas--del amante prosternado que arrancará a las entrañas de la tierra avara el oro virgen para el anillo de tus bodas». Y, si se le ocurre, mandará fusilar en las maniguas al coronel criollo sublevado. Soles y vientos de aquellas latitudes le han amacizado el cuerpo y el alma. Ello no es un inconveniente para que haya labrado finas páginas en libros suaves. El poema en prosa después de la acción, la lírica después de la estrategia, o antes. El bregador que existe en él ha publicado también páginas de campaña en que el estilo se revela apto también a ejercicios de músculo y a maneras de fortaleza. Yo le veo vagar por la montaña. Si encuentra flores, formará un ramo para la primera gallarda moza que le cautive. Si no, desgajará un árbol para encender fuego y hacer su barbacoa con el primer venado que alcance su carabina. Algo de Gastibelza, si gustáis, de un Gastibelza de tierra ardiente, a quien si su doña Sabina y el aire de la montaña le vuelven loco, le hacen decir bellos decires de amor y de combate.

Hace tiempo leí sus «Notas y escorzos», capítulos de crítica literaria; sus impresiones de viaje «Por el Cibao», de las que casi nada recuerdo. Su «Del Amor», es obra de despertamiento, de pasión exuberante, de juventud y de savia temprana. Mas su folleto político «Una campaña», publicado en 1903, llamó grandemente mi atención por el modo robusto de narrar, amena y bizarramente, sucesos que no han tenido en la América nuestra sino señaladas plumas de valor que los traten. Hemos sido célebres por nuestras revoluciones, y Europa no conoce aún el libro que bellamente e intensamente diga tanta cosa extraordinaria, terrible y pintoresca, porque ese libro no se ha escrito todavía.

En «El jardín de los sueños» este autor está seducido por el esteticismo, y muestra una viva preocupación del estilo. Hay sutileza, escritura «artista», prosa galante, paisajes al «claire de lune», relentes románticos e influencias simbolistas. Se advierte el amor de las gracias plásticas, de ritmo, de la concreción de la expresión noble. Sus lecturas son de la más reciente literatura; y cuando creéis encontrar una reminiscencia de Laforgue, pasa el soplo d’annunziano. Hay ideas, plasticidad y música «avant toute chose». Al madrigalizar, eleva los asuntos, poetiza el medio, se transporta a otras épocas más bellas, o dora, con el oro de la ilusión o de la fantasía, el tema inmediato. Veo sobre todo a un poeta, al parecer, en ocasiones, sentimental, y en ocasiones impasible en la labor de orfebrería que prefiere. Después viaja. Los viajes son bienhechores y precisos para los poetas. «Navegar es necesario; vivir no es necesario». Navega, pues, para venir a esta Europa que todos ansiamos conocer. La moderna literatura nuestra está llena de viajeros. Casi no hay poeta o escritor nuestro que no haya escrito, en prosa o verso, sus impresiones de peregrino o de turista. Se pasa, como Robert de Montesquiou, «del ensueño al recuerdo.» Como todo está dicho, en lo que se refiere a lo contenido en ciudades y museos, no queda sino la sensación personal, que siempre es nueva, con tal de apartar la obsesión de autores preferidos y la imposición de páginas magistrales que triunfan en la memoria. Es esto difícil, antes de que la tranquilidad de la vida reflexiva llegue. Cestero, en sus narraciones de viaje, se aparta dichosamente de los escollos del bedekerismo y de los peligros de la obra recordada. Esto no quita que no le acompañen el recuerdo de espíritus amados en sus periplos. Mas noto que los viajes en él, las frecuentaciones diplomáticas y los contactos de París, han marchitado un tanto la frescura franca de las floraciones de antaño. Parece que el entusiasmo, sal del arte, no está en él con la abundancia de los pasados días.

Yo no le pido una fe señalada, pero sí una fe. En verdad, el paulatino conocimiento de las asperezas del mundo crea los peores escepticismos; para librarse de esto sirve tan solamente la voluntad, la elevación de la conciencia, la virtud de un ideal. Si ha de poner Europa sobre esa amable psique el peso de un materialismo que le impida el vuelo, quédese el artista y el combatiente haciendo sabrosas prosas y nuevas revoluciones en el país dominicano. Y si ha de perder, Dios no lo quiera, su original nobleza de espíritu, su respeto y adoración por la sinceridad, su pasión por lo sagrado del arte, si ha de aprovechar los dones divinos en el daño y en la mentira, si ha de mirar el misterio demiúrgico de la palabra como arma de malhechor o como útil de saltimbanqui, si ha de abandonar lo que, privilegio singular, trajo desde el materno vientre por la volición suprema, la pureza y la dignidad mentales, la única razón moral de existir--que en la primera revuelta en que lo tome el general contrario, sin formación de causa, le fusile. Mas si no, suya será la gloria.

UN POETA PORTUGUÉS EN LA INDIA

Agradezco muy de veras a Alberto Osorio de Castro el envío de su volumen de poesías _A cinza dos Mirtos_, porque en el volumen hay lindos versos y porque esos versos vienen desde Nova Goa, en la India portuguesa. Me complace tener un lírico amigo y un comprendedor en aquellas tierras fabulosas. Ya en otra ocasión he dicho lo que un poeta gana, a mi entender, con emular a Simbad; y lo que, ante mi gusto, ganó, pongo por caso, el autor de _El alma japonesa_ con haber ido al Japón. Mas, yo iré mañana al Japón o a la India, si _La Nación_ me envía, o si deseos me vienen de entenderme con la agencia Cook. El asunto es vivir en uno de tantos países exóticos la vida de esos países, y penetrar en sus almas, y entender sus palabras y sus ritos, para luego contar o cantar cosas bizarras, extrañas, peregrinas, como Lafcadio Hearn, Paúl Claudel o Alberto Osorio de Castro.

Aunque este último ha amado y soñado en Portugal, en donde florecieron sus mirtos, y aunque en su vergel antiguo fué encendida la pasional hoguera, es en Oriente en donde clama a la mujer amada:

Volta a cinza que guarda outro fogo de amor.

Allá en las regiones lejanas en donde habita recordará las nieves de antaño. Recordará que «en Coimbra, en el Jardín, una dulce mañana de fin de invierno fino y claro, Ella y su Hermana, pasaban para la misa ideal de las Ursulinas.

Um arco iris desmaiava em Santa Clara, Um mais roseo perfume espargiam as rosas, Uma fonte cantava, as rôlas ja cantavam, E logo presenti que a primavera entrava Com as roseas Irmãs eguaes e harmoniosas, Rosas roseas a face, alvor de rosa as saias, A deixarem um rastro em flor no ar e o chão... Todo o sangue subiu aos ramos nas olaias. Todo meu sangue me floriu no coração.

Yo me imagino que en su existencia en los exóticos reinos de antiguas leyendas y teogonías, pasará el poeta horas prosaicas a causa de las invasiones civilizadoras. Las caravanas de las agencias turísticas le perturbarán en sus recogimientos, y quizá algún cargo administrativo aplane en cotidianas tareas idealizadas colinas de encantamiento. Mas todo esto, por la virtud voluntaria, puede ponerse como una subvida «a côté», dado que la única vida es aquella que nuestra voluntad declara y que nuestro espíritu reconoce, contra todas las dificultades de la circunstancia. Y en todo poeta hay un terrible o dulce filósofo.

Las citas y los epígrafes indican las lecturas y las predilecciones de Osorio de Castro. Es un «moderno» y un aristócrata. Considera con justeza que la facultad de pensar humanamente es el sumo poder del ser humano,--humanamente y divinamente; y que por algo el cerebro corona el edificio, bajo la redondez de su cúpula.

Mas penetremos en la hermosa colonia de poesía.

* * * * *

Al eco de la música d’annunziana--«Nel plenilunio di calendimaggio»--se comunica con el mundo de las hadas.

Mab, a Rainha Fada côr de jade, Dá beija-mão a sua côrte em festa. Veem Fadas dos Montes, da Floresta, Veem das Grutas de oiro e claridade.

Por los labios de Mab se expresan la Ilusión, el Amor, la Esperanza. Y la mujer surge en su gracia y omnipotencia carnal. Después exóticas figuras pasan, como la amorosa chiquinha cuya faz de encanto japonés se entrevé. Chiquinha, que tiene «la gracia de la mujer de nuestra sangre y la gracia de la exótica sangre». En las tristezas de la tarde es un desvanecimiento de íntimas «saudades». Se esfuma la ronda de las horas. Suena la canción del agua:

Aguas serenas e ligeiras Passae de leve para o mar. Aguas novinhas e palreiras Ponde-vos todas a cantar.

¿Hay en el rimador un creyente? ¿Su paganismo termina en un anhelo de mortalidad cristiana? Más bien se ve un lejano resplandor de fe en los comienzos de la juventud. «¡Viña de inmortalidad, dame tu vino de luz eterna! ¡Ah, que «saudade» de la dulce creencia en Jesús, en mi infancia de sueño! Era para mí el mundo misterioso jardín. Y no el abismo horrible que veo ante mí ahora. Viña de inmortalidad, dame el fruto de la verdad y el vino de la eterna aurora». Anatole France le seduce con su Thaïs de Alejandría. Uno como sentimiento barresiano, basado en un decir de la antología griega, le hace preguntar a los muertos el secreto de las agitaciones de la vida. En un sueño de delicias amorosas, momentos de pasión: «Claro día de aquella primavera extinta, y por siempre refloreciendo en el sueño de lo pasado... Aguamarina de sus ojos, lindo reir de luz que enamoraba y era un vino hechizado!» Hay una linda balada que tiene un perfume de jardines lejanos:

Pallidas rosas de Chimbel, Coitadas d’ellas, a murchar, Sem que a sua alma o aroma e o mel As abelhas vão procurar.

E’ uma agonia bem cruel Longe do sol desabrochar. Pallidas rosas de Chimbel, Coitadas d’ellas a murchar.

Lá fóra o sol sobre o vergel Põe toda em flor a terra e o ar E ellas a beira do marnel Estão ás grades a scismar Pallidas rosas de Chimbel.

Él ha frecuentado todos los vergeles de poesía que han deleitado al mundo. En todo el imperio de la mujer se define y provoca lo que antaño se llamaba la inspiración. Para la musicalización verbal de su sueño, o de sus fantasías, de sus idealizaciones o de sus ímpetus cordiales, el poeta emplea las clásicas maneras, o se deja seducir por las sabias libertades que han invadido las métricas de todas las lenguas. Hay composiciones absolutamente normales, las hay de un aire parnasiano, las hay modernísimas. Mas el tono general obedece sin duda alguna a las influencias del pasado movimiento simbolista. ¿Qué poeta de estos últimos tiempos no ha sentido en todas partes esas influencias?

La obra de Osorio de Castro, cuando se complica de exotismo, de ese exotismo vivido de quien como él habita ha largo tiempo aquel continente misterioso, adquiere singular personalidad.

Cantó Camoens sus endechas para una bárbara esclava, y aquí encontramos renovado aquel son de lira. Es en loor siempre de la hembra ardiente y amorosa que concentra en sí la llama de su sol y de su cielo, e íntimas y misteriosas llamas.

Rosto singular Olhos socegados, Preos e cansado Mas não de matar.

Tal dice el antiguo. El lírico actual nos habla de la misma encarnación que adquiere una fuerza simbólica:

O Sita, castisima Esposa Kali sangrenta e tenebrosa Irmã de tigre e capellos Energia da nossa Raça, Todas quebram a tua graça Teus manilhados tornozellos.

La atracción de las cosas, el enigma de la naturaleza ha de despertar ansias que se expresarán en rimadas armonías, o correspondencias que se exteriorizarán en trozos musicales. Y en medio del ambiente asiático os sorprenderá escuchar tal reminiscencia de Vigny, tal eco de arieta de Verlaine, o de melodía poemal. El amador canta a la mujer y a las mujeres. Estas pasan en un amable desfile. Yo veo las inglesas viajeras, amantes de la literatura y de excursiones; francesas de paso, buscadoras de las bellas aventuras de _là-bas_; portuguesas intelectuales, nobles y finas, amigas de la naturaleza y de los viajes aéreos en compañía de los poetas. Las inglesas suelen decirles lindas verdades que complacen el sentido shakespeareano. Por ejemplo, esta verdad gentil, expresada bajo el cielo de Aden: «It is better to have loved and lost than never to have loved at all». A esa hija de Albión que tales cosas emite, aplaudiría sin duda alguna nuestra Teresa de Jesús.

* * * * *

Ved rosas de sangre y de piedad. Deteneos en ese «beautiful Bombay»; escuchad, a la orilla del mar, cantares de melancólicas insinuaciones. Vuelve un eco de los pasados madrigales, de las primeras delicias juveniles, de los primeros despertamientos del deseo.

Con una gracia de virtuoso os narrará el portalira un idilio sajónico. Se celebrará el prestigio de antiguas proezas de familiares caballeros. Habrá una variada confusión de rememoraciones y de sensaciones, y junto a un paisaje de Goa se encenderá en su dulce fuego azul la bahía de Nápoles; y después de una evocación mortuoria, se tornará a la eterna tentación femenina. He ahí la sonatina de las hojas caídas y el cuento del rey de Brocelianda, de la más feliz y sonora elegancia. He ahí a Sisina:

Sisina, a Rosea e Flava, a graça do Velabro.

He ahí un cuento de monjas, a propósito de las cuales sabemos que, como reza en la Historia de la Fundación del convento de Santa Mónica de Goa, «las sutilezas con que el común adversario procura impedir las obras del servicio de Dios, son todas como suyas; mas cuando este Señor quiere que ellas aparezcan a la luz, importan poco sus sutilezas y sus ardides. Halla el poeta asuntos en bellos hechos pasados, y así recuerda las leyendas de la India, de Gaspar Correa, o la Historia trágico-marítima del naufragio del gran galeón San Juan en la costa del Natal, el año 1552. O canta el sitio de San Francisco de Goa, arcaicamente:

Gritos de morte, pragas de furor, E as labaredas tresdobrando o horror...

ó la dramática muerte de don Juan de Eça.

Mas nada es tan de mi placer como los cantos en que surge la poesía índica, con sus perfumes, sus notas, su extraña melancolía, y «surumba» y «oh Dunga»... Y como en el libro viene la notación musical, he hecho que lindos labios de Europa me den la ilusión de las voces de la tierra brahamánica.

_Sati_, es un poema que me deleita en su rareza de tema y de decoración; y bien me gustaría departir de tan mágicos asuntos, en aquellas regiones ensoñadas, con Osorio de Castro y su amigo «el fino Lírico de Guserathe», Ardeshir Framji Khabardar. «¿Cómo se puede ser persa?», dice la frase célebre francesa... Yo encuentro tan natural el ser hindú, o persa, o japonés!...

En verdad os digo que este poeta me ha hecho un precioso regalo. Por él he pasado instantes especiales en un reino de hechizo. Por él he escuchado el launim de la canción de la bayadera que ha compuesto Djaiégri Maneken Shirodcârine. Por él sé que «allá lejos» se llaman las bayaderas: Zaiu, Sazerên, Tará, Gangá, Priaga, Anahany, Calhiâne, Mogrên Vigei, Baigy, Surata, Nanum, Baghèn, Gultchábou, Camenên, Mâinâ, Nonan, Mothu, Sarassepâti, Manequên...

Y todo eso es, para mí, excelente.

EUGENIA DE GUÉRIN

Fervor, veneración casi religiosa, devoción que casi va a la plegaria; he ahí lo que profesa a la dulce hermana de Mauricio de Guérin el piadoso y patriota conde de Colleville. Para él, Eugenia es una santa que a la diestra de Dios está en el Paraíso entre los santos.

No sin razón asegura que en Inglaterra tiene aquella lilial mujer muchos admiradores; Mauricio espera que ha de canonizarse a Eugenia, pues es de aquellas que el Soberano Pontífice honra profundamente. ¿Se quieren milagros? ¿Qué milagros mayores que la conversión de su hermano Mauricio y la de Barbey d’Aurevilly? El conde católico está en su razón. Por lo que respecta al nombre, será lindo en el santoral: Santa Eugenia de Guérin, virgen. ¿Y por qué no mártir? ¿No sufrió lo inexpresable en su vida de penar, por sí, por su hermano, por los tristes y los pobres todos? La obra que le ha consagrado el conde de Colleville pudiera decirse que pertenece a la hagiografía. Con justicia Coppée cree percibir, por las flores recogidas en el jardín de la doncella, un olor de santidad. El personaje no puede ser para Coppée más simpático.

Ha tenido desde sus primeros años una hermana que le consagró su vida, que ha sido todo para él... «ce qui m’émeut plus que tout, ayant vécu auprè d’une excellente sœur qui ne me quitta jamais...» Pues el amor de Eugenia para Mauricio era todo el amor, ternuras de madre, suavidades de esposa, cuidados sacerdotales, todo en un ambiente de Leyenda Dorada, impregnado de perfume bíblico, y más que bíblico, cristiano. Eugenia era un espíritu. Creyérase que la fisiología no tenía que ver con ella. Nada manifiesta del niño enfermo y doce veces impuro... Tanto alejamiento de lo terreno explica la adoración que por ella sienten sus devotos. Sobre todo si se la compara con la alta dama de hoy, en quien las principales preocupaciones son principalmente mundanas y sportivas. M. de Colleville no deja de señalar a este respecto las respetables excepciones: Madame de Mac-Mahon, Mme. de Cureville, la baronesa de Puille, Mme. de Saint Laurent, Mme. de Brigde, Mme. de Boury, «todas las que batallan por Dios y por la patria». Eugenia, es verdad, tenía poco de combativa. Era una monja sin hábito. Dios la llamó. Con tanta más razón que no era bonita. Como no tuvo devaneos ni pasiones amorosas, toda su femenina facultad se concentró en su hermano, y ese ardor sororal fué al propio tiempo la delicia y la amargura de su existencia. Colleville la define: «el perfecto modelo de la _fille de race_, absolutamente virtuosa y cristiana, ella es a la vez de una distinción acabada, de una educación exquisita, habla una lengua divina, y esta artista maravillosa hace ella misma su cocina, hila en su rueca, socorre a los enfermos, visita a los moribundos. Es leyendo a Platón, Fenelón, Bossuet, Corneille, cuando ella descansa de las tareas del hogar, es enseñando el Catecismo a los pobrecitos, hablando de Dios a los vagabundos, cuando ella emplea la lengua más noble y más sencilla del siglo XVII».

Tal arcaismo de expresión da en efecto a los escritos de Eugenia de Guérin un aire _suranné_, que le sienta a maravilla y le da el aspecto de otra edad, de tiempos más puros o menos contaminados que el siglo XIX en que escribiera.

Los Guérin son de origen veneciano. Guarini. La suntuosa Venecia de la más bella de las épocas reaparecerá en el paganismo íntimo del autor del _Centauro_, que debe haber amado como artista la Anadiómena de las ciudades. Mauricio y Eugenia, bajo el amparo de Dios, formaron la pareja perfumada de virtud casi angélica, que con los soplos del diablo y en los antiguos existires venecianos se habría transformado en una de aquellas locas llamaradas de incestos patricios que enrojecen las crónicas del tiempo. La noble ascendencia llega hasta ella diluída en fe religiosa y en caridad columbina. He dicho que no era linda; mas sus biógrafos hacen resaltar su distinción innata y su sencillez de casta flor. Paréceme en su cultura discreta y exquisita, nutrida de vidas de santos y de filósofos dulces. Cuando tenía catorce años, al despertar de la juventud, momento crítico en las niñas, ella «era entonces primitiva y casi ignorante, pero dotada de una bondad suma, como Francisco de Asís; amaba las bestias y conversaba con los pájaros». Es muy otra que Jacqueline Pascal. No ha nacido para las humanidades. Creo que no sabe griego ni latín; mas podría conversar con su hermana la alondra y su hermano el ruiseñor. Su fina lengua sabe, como muy pocas, alabar a Dios. Diríase que en ella no existe sexo. Y la facultad maternal que pudo tener se deriva toda en la pasión de su hermano, a quien trata como a un hijo, como a un esposo, como a un amigo.

Encanta esa vida gentil. La jovencita aprende a leer en la _Imitación de Jesucristo_ y en San Francisco de Sales. Y ella enseña a su hermano menor, a su predilecto fraternal, a leer y a rezar, y a sentir la hermosura de la naturaleza, todo con una tendencia divina. Es matinal como las aves del bosque. Se complace en cultivar su inteligencia, pero se dedica asimismo a los trabajos de la casa. Dice sus oraciones, se pasea por el campo, visita a los enfermos.

En el dominio familiar del Cayla lleva una vida de «año cristiano». Un día escribirá a Mauricio estas palabras: «Sacarme de aquí es como sacar a Paula de su gruta; es preciso que sea por ti que yo pueda dejar mi desierto, por ti por quien Dios sabe que iría al extremo del mundo. ¡Adiós al claro de luna, al canto de los grillos, al glú glú del arroyo! Antes tenía también al ruiseñor; mas siempre algún encanto falta a nuestros encantos. Ahora nada, sino mi plegaria a Dios y el sueño.»

La prosa de la mujer amable y predestinada se desliza a modo de un agua de fuente. Es transparente, cristalina. Bajan a ella--se pensaría--a beber los corderos del amor divino, los corzos blancos de la caridad. Mauricio, que empieza la vida al claror de esa alba, no ha de olvidar nunca tanta candidez celestial, a pesar de las tempestades de París y de las tempestades de su propia alma de artista, en que palpitan violentos los jugos de la tierra.

Deseaba la hermana estar siempre al lado del hermano, y asistía a sus clases, hasta a la de latín; «cela m’aidera à comprendre mes offices», decía ella: ¡Cuan lejos del cotillón y del bridge! Por su parte, Mauricio, se manifestaba castamente enamorado de Eugenia.

Hélas! le monde entier sans toi N’a rien qui m’atache à la vie.