Letras Obras Completas Vol. VIII
Part 2
Las apariencias: Luis Bonafoux, hombre terrible... La realidad: Luis Bonafoux, hombre suave y cordial... Quien dice el hombre, dice el escritor. Porque convenceos de que la frase de Bouffon--que generalmente se cita mal,--se debe entender al revés: el hombre es el estilo. Por lo general, en lo físico, se observa que las personas robustas, los colosos, los hércules, los fuertes, son de carácter dulce y más propensos a la alegría que al humor agrio y melancólico. En lo moral sucede lo mismo: guardaos de las almas flacas, de las almas pálidas. Luis Bonafoux es un amante de la justicia, y su pasión lo ha llevado a veces hasta la crueldad. Y ese vociferador, ese combatiente, ese perseguidor, ese «maître aux injures» que aparecerá a veces como un espíritu tendente al odio y a las más ásperas venganzas, tiene en el fondo desmayos hacia la caridad, aflicciones de altruísmo, consagraciones de sacrificios, ímpetus de ternura que parecerían increíbles. Cuando le oigo en ocasiones, o cuando leo algunas de sus ácidas páginas que terminan generalmente en un suspiro, en una sonrisa o en una lágrima, recuerdo aquella admirable figura de abuelo gruñón y tan sensible que encarnó Hugo en el M. Guillenormand de _Los Miserables_. O, en lo contemporáneo y de carne y hueso, evoco la memoria de una Luisa Michel o el aspecto de un Rochefort, de un Malatesta, o de un León Bloy, plumas furiosas por exceso de amor, cada cual en su ambiente de ideas, o en su ráfaga de aspiraciones.
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La obra de Bonafoux demuestra lo vano de la diferencia que ha querido hacerse entre escritores y periodistas. No existe después de todo sino esto: hay periodistas que saben escribir y periodistas que no saben escribir; hay quienes tienen ideas y quienes no tienen ideas. Y, como decía una vez el sesudo y acre Paul Groussac, más o menos: hay quienes no escriben ni bien ni mal; ¡no escriben! Mas hay artículos de periodista que valen, por fondo y forma, lo que un buen libro. Desconfiad de la fecundidad, de la cantidad. De Magnard díjose que escribía sonetos políticos. Las crónicas de Bonafoux serían así sonetos, rondeles, letrillas, sin rimas: aladas, picantes, ligeras, _pesadas_, con su poco de miel, con su poco de amargura, tal como hubieran podido complacer a cierto ruiseñor alemán que anidó en la peluca de Voltaire según confesión propia, y a quien también se puede colocar entre los «periodistas». ¿No es un periodista ya aquel Séneca antiguo que nos ha dejado tan singulares «crónicas» _avant la lettre_?
Para buscar antecesores a Bonafoux no hay necesidad de ir a extranjeras tierras. Sus abuelos mentales están en España. Se ha hablado de Heine. Pero ¿no es Cervantes uno de los espíritus que más influencia tuvieron en el atormentado y maravilloso teutón? Estaba yo releyendo en estos días el «Centón epistolario» del bachiller Fernand Gómez de Cibdareal, cuando recibí la reciente obra «Bombos y Palos»; y leyendo el libro nuevo observé que a través de largos siglos, había más de una relación ancestral con el libro viejo. He allí otro periodista, aquel bachiller que escribía, antes de Barrionuevo, sus cuartillas a las personas, como hoy se escriben a los diarios. Mas la vida moderna y la lucha del vivir, y los años que dejan ver lo amargo de las cosas humanas, han puesto en mi amigo Bonafoux una acritud que no desea disimularse, y que aparece casi siempre en su producción.
¡Por Dios! Encontramos gentes que de todo sonríen, o ríen, satisfechos, y que todo lo encuentran excelente en el mejor de los mundos posibles. No está mal que ante la fácil «candidez» surjan de tanto en tanto los protestantes contra las inevitables miserias en las tragedias y sainetes de la hostil existencia cotidiana. Y luego, a desfacer entuertos. He allí la parte del eterno Quijote, en el defensor de los débiles, sin curarse de si una vez los galeotes libertados, no se volverán contra él y le lapidarán, como es muy de razón que así sea. ¡Y el amor de la verdad, el peligroso amor de la verdad! Decir la verdad, gritar la verdad, a riesgo de las naturales consecuencias, y prestar para ello su vocabulario al argot, a los clásicos, a Quevedo sobre todo, y, sin temor a lo escatológico, ¡al mismo general Cambronne! Y en seguida gemir por un niño mártir, por un dolor ajeno, por una tristeza que necesita consuelo... Bonafoux el Feroz se convierte en San Luís Bonafoux.
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Al recorrer este último libro, no puedo menos que pensar: ¡Si Bonafoux escribiese sus memorias! Pues hay aquí las más sabrosas páginas sobre españoles e hispanoamericanos en París. Artistas, escritores, diplomáticos, hombres de bien y pillos están tratados conforme con sus merecimientos. Y desenfadadamente, para unos maneja el sonoro instrumento en que por lo general se percute la piel de los asnos; para otros, también desenfadadamente, emplea un nudoso garrote. Sobre todo, no caben en él disimulo y engaño. _Mentiri nescio._ Mas, en medio de esas tareas, no descuida el ir una que otra vez a dar una vuelta por su jardín. Y allí están, cultivadas casi con pudor, casi a escondidas, bellas rosas de arte, frescos lirios de sentimiento, frías y pomposas hortensias de fantasía. Lo cual no obsta para que, en cuanto sale de nuevo a la diaria faena, no deje de gritar por ejemplo: ¡Vaya cardo! y lo dé por espuertas a los que de ello han menester.
En Asnières, lugar florido, lejos de los ruidos de París, tiene hace tiempo su casa de trabajo y de reposo, al amor de su familia, pues es varón de orden y de hogar. Cuando viene a París, casi siempre está acompañado. La persona que con él podéis ver, puede ser un príncipe destronado, un periodista, un hombre de negocios, un anarquista. Unos le buscan por asuntos de bombos y otros por asuntos de bombas... Tal su ministerio.
Tiene larga fama. Hay quienes en Río Janeiro, o en Tánger, leen tales o cuales diarios por el artículo de Bonafoux. Y lleva la carga de su talento, con talento. Y la cinta de la Legión de Honor, con honor.
EN EL PAÍS DE BOHEMIA
He visto varias veces el «Glatigny» de Catule Mendès. Es un bello espectáculo. Bello como el ensueño y triste como la vida. Glatigny, príncipe y fauno de un cuento improbable, es un personaje de ayer no más, de carne y hueso; poca carne, huesos largos, pálido y soñador, nefelíbato y lascivo, que murió tísico por una equivocación. Un bohemio. Muchos amigos suyos existen aun, entre ellos el mismo Mendès. Vive también un su hermano, en provincias. Y Camille Pelletan, el que fué ministro de Marina, también fué de sus compañeros y acaba de hacer de él este amable retrato: «Sí, dice, he conocido a Glatigny y su figura era de las que uno no olvida. Pocas he visto tan extrañas y tan potentes. Este pagano furioso parecía descender por cierto lado del Sátiro de Víctor Hugo, suelto en los bosques llenos de ninfas y de náyades, ebria el alma de las florestas; y es sin duda por un recuerdo de familia que ha escrito un día:
Et je danse dans l’herbe avec des pieds fourchus.
Pero por otro lado de su genealogía, la sangre que corría en sus venas era bien gala: descendía de Rabelais por Panurgo. Tenía de él la risa estallante, el don de las bromas enormes, la pasión de las aventuras y la alegre imprevisión. Debo agregar que no era todo lo que esa naturaleza valiente y leal había tomado al compañero bastante cobarde y bastante perverso de Pantagruel, de Epistemón y de frère Jean des Entommeures. Cómo, con ese doble origen, nació hijo de gendarme en su muy prosáico _cheflieu_ de cantón de l’Eure, es lo que sería difícil de explicar. Sabéis que, como el mundo contemporáneo no tiene lugar para los seres fantásticos de antes, él se encontró arrojado en la existencia azarosa de los personajes de la novela cómica de Scarron: cómico errante como Destin o La Rancune; yendo de escena de provincia a escena de provincia; tan detestable actor por otra parte (no lo ocultaba él mismo) como excelente poeta».
Hugólatra, discípulo de Banville, compañero de Baudelaire, de Mendès, de los jóvenes poetas que hoy peinan canas o duermen en la tumba, Glatigny vivió en un tiempo de entusiasmo que hoy nos parece tan lejano, y exprimió el jugo de sus «viñas locas» y lanzó, lleno de un fuego apolíneo, sus «flechas de oro». No pensó nunca en el mañana. Le persiguió naturalmente la miseria; le abrumó la vida de café; le engañaron los colegas, las mujeres, el éxito, las máscaras: la Gloria, ella no, no le olvidó.
Glatigny es uno de tantos Don Quijotes como vagan por el mundo. Solamente, en el drama funambulesco de Mendès muere sin recobrar la cordura. Su Dulcinea, sus visiones, hechas de fantasía y deseo, le acompañan en la agonía, y, seguramente, aunque sin confesión y sin buen sentido, se va a la mortal sombra misteriosa, más feliz. Se va para siempre en su postrer «salida».
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He aquí el drama: En un pequeño pueblo normando vive Glatigny, con su padre, un simple gendarme. El poeta, que como ya sabéis, si tiene en el alma una estrella, esa estrella está encerrada en el cuerpo de un sátiro, que danza sobre la hierba con sus pies hendidos, el poeta está en vagos amoríos con la empleada del correo, Emma, pobre mujer que está ciertamente enamorada del fantástico joven, y que, mayor que él, le quiere casi maternalmente. Una compañía de cómicos de la legua pasa por el pueblo. Están sin un cuarto y quieren irse sin pagar el hospedaje. Así, de noche, comienzan a poner en práctica la fuga. Entre ellos hay una guapa mocetona, Lizane, querida de uno de los cómicos, Fassin--pues hay allí tres de los que figuran en las Odas funambulescas de Banville: Neraut, Fassin y Grédelu. En momentos en que Lizane ha saltado por una ventana a la calle, medio vestida, Glatigny sale de casa de Emma; al ruido se esconde Lizane en un boscaje próximo. Glatigny la divisa y corre hacia ella. El sátiro y la ninfa. Palabras, audacias, versos lindos. Glatigny se enamora y, con anuencia de Lizane, que le ha contado la vida de los poetas de París que ella conoce, allá en el café--¡sueños de Glatigny!--se va con los de la farándula a la capital, no sin antes pagar, con dinero que le ha dado la misma Lizane, la cuenta del hotelero; y halagado por la canción que es como la Marsellesa de sus ensueños:
Avec nous l’on chante et l’on aime! Nous sommes frères des oiseaux. Croissez, grands lys! chantez, ruisseaux! Et vive la sainte Bohème!
Y en el pueblecito queda la triste Emma, que ha hecho todo lo posible con sus súplicas para que la voluptuosa cómica errante le deje a su amado.
En el acto segundo Glatigny está ya en París, y en casa de Émile de Girardin que está para ser nombrado ministro, y cuya secretaría va a solicitar el bohemio. Mal vestido, pero ya con cierta fama y con un tupé colosal, comienza en la antesala del periodista famoso y rico por comerse los bizcochos y beberse el oporto de los visitantes.
Entra en esto Mme. d’Elfe, una embajadora--la célebre princesa de Meternich, que aún vive en Viena--llena de elegancia y de gracias. Viene a politiquear, intrigante y buena amiga de Napoleón III, con Girardin. Diálogo lleno de curiosas cosas, entre poeta y embajadora. Ella queda sorprendida y contenta de las ocurrencias y galanterías del flaco y lírico tipo, que le confía su calidad de poeta y de actor y que incontinenti le hace unos versos, que escribe en un precioso carnet de la princesa. Ésta arranca la hoja escrita, y ofrece el carnet a Glatigny, que rehusa el regalo. El carnet está cubierto de piedras preciosas. En cambio pide la rosa roja que adorna el tocado de la alta dama; la cual accede, pero viendo que el galante hombre va a besar la flor, le dice orgullosamente:
...Pourtant quelque jour de peine plus étrange Et moins fière, s’il vous plaisait de faire l’echange, N’hésitez pas. N’importe quand, et n’importe où, Renvoyez moi la fleur, vous aurez le bijou. ...Je ne crois pas vous la rendre jamais!
exclama Glatigny. Y envuelve la rosa en un autógrafo de Banville que él guarda preciosamente. La conversación sigue hasta la llegada de Girardin, al cual pide la princesa que modifique un artículo que está ya en prensa. El diarista accede, manda suspender la tirada y busca a su secretario, que ha partido; la princesa le recomienda a Glatigny, que empieza al instante sus funciones... que abandonará pronto por voluntad propia. Sale Girardin. Y entra Lizane, que había quedado fuera esperando al poeta. Conversación agitada. Lizane manifiesta que, una vez más, quiere dejarle, e ir a probar fortuna en calidad de cocota.
--¿Ah? ríe Glatigny.
...Oui, j’ai fait emplette, D’un nom ducal, chez la marchande de toilettes Hermine de Bréda.
Está bien. Y se despiden. No sin que antes le aconseje Lizane al abandonado que se junte con la hija de un músico de cervecería, la adolescente Cigalón, no bonita, pero que está profundamente enamorada de él. El acto acaba con la salida de Glatigny de su famosa secretaría y con el horror de Girardin y la risa de los que llegan y acaban de leer el diario recién aparecido. ¡El loco había escrito en verso el artículo dictado!
Tercer acto. La cervecería des Martyrs, que M. Audebrand acaba de desenterrar en uno de sus últimos libros. Centro de la bohemia, lugar en que se encuentran todos los comedores de azur y bebedores de toda clase de cosas, pintores, músicos, poetas melenudos, batalladores, templo tumultuoso en que se lanzan las más raras paradojas, se ríe, se combate, se besa a las muchachas y se imaginan todas las filosofías y locuras. El icono de ese lugar es el de Mürger. Allí aparecen personajes como Olivier Metra y Courbet, tipos como el del fracasado Morvieux, que son de todos los tiempos, y el coro de buscadores, de seguidores, de acólitos, de bohemios. Glatigny está desesperado por la separación de Lizane, y no comprende o no hace caso de la pasión ingenua de la pobre hija del músico de Cigalón, que procura darle algún consuelo. Ella sabe por qué sufre el poeta y le dice sus más suaves palabras y le anuncia que la otra ha de volver, que no sufra, que pronto ha de verla. Y Lizane vuelve, porque su amante, el cómico Tassin, está preso, porque no solamente vive de ella sino que ha robado. Y engaña de nuevo a Glatigny, que cree ciertas sus promesas de amor, sus frases que le enloquecen. La desventurada Cigalón ve el gozo del que ama por el retorno de Lizane, y llena de pena, al verlos partir juntos, va a llevarse a su padre, al músico _raté_, comedor de haschis, que vive su miseria en paraísos artificiales; y cuando quiere levantarle de la mesa en que está inclinado, le encuentra muerto.
En el acto cuarto Glatigny está unido a Emma y ambos trabajan en la Alhambra, ella en su repertorio cantaridado, él como improvisador. El público ve, al mismo tiempo, el escenario de la Alhambra, el cuarto de vestirse de Lizane y el de las demás artistas. Lizane, en una escena se muestra triste y de mal talante; y como Glatigny la pregunta el motivo, ella le hace ver que necesita dinero, bastante dinero, para vivir sólo para él, una vida de amor... El desastrado soñador se desespera... y por fin promete a la pérfida el dinero. Tiene allí cabalmente la rosa ya seca de la princesa d’Elfe; y en una salida que hace Lizane a escena, él envía a la princesa, que casualmente está en un palco, la rosa. Y en seguida recibe el carnet, que pasa a manos de Lizane. A esto ha venido a buscarla Tassin, que ha cumplido el tiempo de su prisión, y ella se va con él, mientras Glatigny improvisa ante el público, acompañado por el violín de Cigalón... La desesperación de Glatigny es inmensa, y mayor la de Cigalón, que ha de echarse al Sena en breve.
El último acto. El poeta, el amante pródigo, ha vuelto a su pueblo natal, ya tísico; y vive unido a Emma, que le recibió con los brazos y el corazón abiertos. Él guarda el recuerdo de sus pasados días. En su gastado cuerpo no han muerto ni el soñador ni el sátiro. Pero la enfermedad ha ganado ya mucho terreno, todo el terreno. Y cuando llega la noche y Emma le acuesta, después de un acceso, él finge quedarse tranquilo, dormir. La buena mujer se va confiada a su reposo. Y el lunático, el Quijote de la rima y de la carne, se levanta, como en un delirio. Le ha vuelto más viva que nunca su locura; busca su maleta vieja, sus papeles viejos, y sale a proseguir sus aventuras, sale a la calle, y al campo, sobre la nieve... Y muere en su sueño, con el beso de la esperanza en los labios:
Bah! je leur reviendrai chargé d’or et de gloire!
Ahí le encuentran por la mañana, helado de muerte y de nieve.
--«Pauvre petit!»--suspira la pobre Emma.
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De uno de los pasados dramas en verso de Mendès decía Jules Lemaître que parecía escrito por Víctor Hugo. Este parece escrito por Rostand, siendo asimismo y por lo tanto huguesco, de un Hugo modernizado. Hay en Glatigny bastante de Cyrano. ¿No son ambos hermanos por la luna y por el quijotismo? Al uno le amortaja el otoño, al otro el invierno... A ambos hieren amor e imposible. Mendès ha hecho todo lo que ha querido, con su talento tan fuerte, tan bello y tan flexible. Ha hecho cosas como Hugo, como Leconte de Lisle, como Banville, como Baudelaire, como Verlaine, como los parnasianos, como los simbolistas, como los decadentes. Y además, como Mendès. Tiene una obra enorme y varia, y un espíritu siempre fresco y vivaz. Es, indudablemente, un gran virtuoso; pero es también, indudablemente, un grande y magnífico poeta.
EL MILAGRO DE LA VOLUNTAD
Al acabar de leer un reciente libro de León Daudet, _La lutte_, he sentido un gran bienestar. He pasado una colina para ir a ver el Océano. Venía sobre las olas un viento sano. El día estaba un tanto ardiente, mas soplaba frescor la inmensidad marina. Y pensé: la vida es hermosa; la naturaleza es la concreción de la vida. El hombre debe encontrar en la aflicción de su pensamiento su propia esperanza. Aprovechemos el lado sonriente del misterio. Seamos los perseguidores de la alegría. Más de la mitad de la alegría, si no toda la alegría, está en la salud. Seamos los perseguidores de la salud. Dediquémonos a ella hasta conseguirla lo más completa posible. Mantengamos los órganos de nuestro cuerpo lo mejor que podamos. Más hace por nuestras penas morales nuestro hígado que nuestras penas morales mismas.
El amor completo, el sabor de la gloria, el impulso generoso, la concepción luminosa, necesitan del buen estado de nuestras vísceras. La ciencia de las ciencias se llama Higiene.
Mientras nuestra alma permanece en su casa de carne, nuestra alma es fisiológica... Ordenémosle bien su casa. Con nuestro principal poder, con nuestra principal riqueza: la voluntad... De pronto observo: ¿este optimismo no será sospechoso? Arthur Symons ha escrito: «La mayor parte de los que han escrito de una manera seductora sobre el aire libre de lo que llamamos las cosas naturales y florecientes, han sido enfermos: Thoreau, Richard Jeffries, Stevenson. El hombre fuerte tiene tiempo de ocuparse en otra cosa, puede abandonarse a pensamientos abstractos sin tener un lanzamiento al cerebro, puede perseguir objetivamente las consecuencias morales de la acción, no está condenado a los solos elementos de la existencia. Y en su tranquila aceptación de los privilegios de la salud ordinaria, no encuentra ningún lugar para ese éxtasis lírico de las acciones de gracias que un día claro o una noche tranquila despierta en el enfermo.» ¿Y si para la exaltación del arte el hombre «sano» no existe, por lo menos en lo que toca al aparato nervioso? Tanto mayor razón entonces de fortalecernos y mantener en el mejor estado posible el mecanismo de la máquina animal. Y en tal caso, evitar ante todo cualquiera de las puertas señaladas con un peligroso signo mágico, por las cuales se entra en los paraísos artificiales. Epicuro, Anacreonte, se quedan a la entrada. Omar Kayam, Poe, Musset, Quincey, Verlaine, penetran, y cuando retornan vienen pálidos de haber visto el infierno de los infiernos.
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El personaje principal de la novela de León Daudet es un joven médico que en lo mejor del goce de su fresca juventud se siente presa de la tuberculosis. Para calmar sus males, o por el terror de su dolencia irremediable, se entrega a la morfina. Entre las más horribles agitaciones de su vicio, cuando el remedio ha resultado peor que la enfermedad, una resolución firme, ayudada por la constancia de buenos espíritus, por un noble amor, y a la verdad, por los medios que puede procurar una fortuna, triunfa de todo el daño. La voluntad ha vencido a la tuberculosis y a la morfinomanía. Esa es toda la novela. Los incidentes son variados y curiosos. El estilo es el que el autor ha hecho admirar por su vigor y concentración en obras anteriores.