In a Yellow Wood

Chapter 2

Chapter 24,274 wordsPublic domain

Con estas ideas parto para Córdoba al instante. Pido al amigo á quien iba recomendado, que me haga ver al Sol de Sevilla: este me respondió que es imposible, porque despues de algunos dias que su marido habia partido para el campo, se habia encerrado en su casa, que no hacia ni recibia visitas, y que estaba entregada al dolo de su ausencia, porque lo amaba mucho. Que por otra parte no me aconsejaba que la viese, porque era una hermosura peligrosa, que conquistaba fácilmente un corazon; pero que era una conquista imposible la suya; y me repitió la cantinela de Sevilla sobre su juicio, virtud y molestia. No ostante, me añadió, si no quereis verla mas que para conocerla y admirarla, esto no es dificil, porque todas las mañanas va á misa á la Iglesia, y es la única salida que hace; si quereis puedo llevaros allí, y la podeis ver; pero no podréis mas que verla. Yo se lo pedí encarecidamente, y quedámos concertados en que me llevaria la mañana siguiente, como en efecto sucedió así.

Confieso que al verla me dejó sorprendido: yo no he visto en mi vida muger tan hermosa y agradable; sobre un aspecto celestial, la elegancia de su talle, las gracias de sus movimientos, me dejáron hechizado: yo hice cuanto pude para hacerme ver de ella, y confieso tambien, que me humilló; pues ni mi persona, ni las demostraciones que la hice consiguiéron que detuviese un instante los ojos sobre mí. No pudo dejar de repararme por la porfia con que yo me ponia por delante, y por la espresion con que mis ojos, y ademanes le procuráron esplicar la impresion que me producia; pero observé que desviaba los ojos á otra parte, y no se daba por entendida. No estrañé esta reserva á la primera vista: cuando acabó la misa salió acompañada de un viejo, criado suyo, se fué á su casa, y yo la seguí hasta que entró en ella.

Me vine á la mia, llamé á Julian, que es un criado mio, muy hábil, y el confidente de todos mis amores. Le digo lo que pasa, le doy las señas de la casa de Laura, le encargo que procure introducirse en ella, que se haga amigo de aquel criado que la acompañaba, ó de otra persona que pueda, y que por su mano haga pasar á la de Laura un papel que le escribí, y una rica joya de diamantes que llevaba conmigo: Julian se fué, y no le ví hasta la noche, que entónces me vuelve mi joya y mi papel, diciéndome, no se habia atrevido á dar ni uno ni otro al criado viejo, porque le pareció que era un hombre incapaz de nada. Que habia procurado tomar conocimiento con una criada de la Marquesa, llamada Eulalia, que le pareció muy hábil, y que creyó que esta era mejor medio para mis intentos. Que procuró ganarla, con la esperanza de amores y fortuna; pero que habiendo llegado el caso de querer entregarla el papel y la joya para que la llevase á su ama, no habia querido recibir uno ni otro, diciendo, que su ama era muy seria y muy virtuosa: que no se atrevia, porque léjos de admitirlos la echaria al instante de su casa; en fin, que no habia podido adelantar nada.

Yo le dije que este era el principio de todas las aventuras, y que no era menester desalentarse. Que procurase cultivar á Eulalia, que la cortejara, y que guardase el papel y la joya, por si podia persuadirla, que lo entregase á Laura. Le añadí que la diese en mi nombre algunas monedas, y que viese si me la podia traer la noche siguiente, para que hablase conmigo: todo esto pasó la noche del sábado, ayer hizo ocho dias. Al dia siguiente por la mañana vuelvo á la Iglesia, encuentro á la Marquesa, yo esfuerzo mis demostraciones, y ella me opone la misma fria y seria insensibilidad. Pero por la noche Julian me trae á Eulalia, y yo á pesar de su temor y resistencia, á fuerza de ruegos, regalos y promesas, la animé á que tomase la joya y el papel, y á que me prometiese que á todo riesgo lo entregaria á su señora. Yo continué mis visitas á la Iglesia, sin que jamas hubiera podido obtener de Laura la menor atencion á mi persona, hasta que el juéves en la noche vino Eulalia á decirme, que por fin se habia atrevido á hablarla á su ama; pero que esta se habia enfadado mucho, que la habia amenazado de echarla, y hacerla castigar si volvia á repetir esta osadía, y que le habia dado la joya y el papel sin abrirlo para que me lo volviera.

Yo ví en fin que habia encontrado una muger que habia resistido á mi persona y á mis dádivas, y estaba picado. Sentia mucho que las órdenes estrechasen tanto, y que no pudiese detenerme, porque me parecia que con el tiempo yo hubiera ablandado aquella peña. Pero debiendo partir ántes de ayer sábado, no quise pensar mas en esto, dejé suspendido en mi ánimo este asunto para mejor ocasion, y no me ocupé mas que en los preparativos de mi viage. Pero el viérnes por la mañana me avisan que una muger tapada quiere hablarme; la hago entrar, y me entrega un papel que me dice ser de la Marquesa del Alamo; abro el papel, y dice así:

«Eulalia me ha querido entregar un papel, y un regalo: yo no lo he querido tomar de su mano, no porque yo sea insensible á vuestro mérito, ni que vuestra persona y amor me sean indiferentes, sino porque no me fio de ella. Yo no tengo confianza sino de Ambrosia, que os entregará este papel. Si quereis verme, hablad con ella, que sabrá introduciros sin riesgo en mi cuarto, y cuidado que no lo sepa Eulalia. Yo quedé tan gustoso como sorprendido, y la primera idea que me vino fué decirme: ve aquí como son las rocas inespugnables de las mugeres; pero dejando estas, reflexiones para despues, entónces no me ocupé mas que en celebrar mi dicha, en dar gracias y dinero á Ambrosia, y en concertarme con ella. Me propuse ir aquella noche en punto de las doce. Voy, hago la seña convenida, me abre, me hace pasar y atravesar muchas salas; y por fin llegamos por un corredor estrecho á la alcoba de Laura, adonde ella estaba.

A estas palabras el Sevillano se levanta y dice: es imposible. El Estremeño le replica: esperad, que no lo he dicho todo. El Marques con el corazon destrozado por todas las furias, va á levantarse arrebatado de la cólera; pero oyéndole que aun tenia que decir, se contuvo, y aguardó que acabase. El insolente jóven continúa: en el discurso de la noche me quejé de mi suerte, que me concedia tanta dicha cuando no podia gozarla mas que poco tiempo. Que yo la prometia, luego que pudiera, volver á verla, y consagrarla mi vida; pero que era muy duro separarme tan presto; que la pedia que por última gracia me diese un retrato suyo, que me consolase en su ausencia. Ella me dijo, que en aquella hora era imposible, porque no podia ir á buscarlo sin esponerse á ser sentida; pero que si podia volver la noche siguiente me lo tendria prevenido: yo la respondi, que aunque mi viage era tan urgente, me detendria un dia mas solo por conseguir este favor, y pasar otra noche con ella. En efecto me tuve ayer sábado. Anoche mismo fue introducido á su alcoba del mismo modo que la noche anterior, me dió este retrato, y partí esta mañana: sino quereis creerme, ved el retrato con vuestros mismos ojos.

Diciendo esto se desabrocha el pecho, y enseña un retrato que tenia colgado al cuello: todos se levantan para verlo, y el Marques tambien: este echa una ojeada, y reconoce no solo que es de su muger, sino que es uno de los que él mismo había pintado con su propia mano. Entónces no pudiendo dudar ya de su afrenta, furioso y mas rápido que el rayo, le atraviesa con su daga dos ó tres veces el corazon, y le deja en un momento sin vida. Todos se alborotáron, y los mas decian: bien merecido, ve aquí lo que se debia á tanta desvergüenza. El Marques se salió, y monta con Martorel prontamente, porque sus caballos estaban ensillados, y en vez de ir al campo, retrocedió hacia Córdoba. Martorel estaba tan confuso del rumor que la muerte del Estremeño habia causado. Le vió tendido por tierra sin saber quien le habia muerto. Pero el Marques estaba tan alterado, que sospechó era el autor de ella. Apénas saliéron al campo, cuando le cuenta la historia, tanto como se lo podia permitir su dolor, y Martorel quedó consternado sin saber qué pensar.

El Marques bramaba por el camino: iba como un toro celoso, que mata todo lo que encuentra: unas veces daba gritos furiosos, como si hubiera perdido la razon: otras oprimido por sus angustias y sollozos se sentia sofocado. Cuando no podia ya soportar la fuerza de su cólera, se deshacia en llanto, y le decia con el acento mas doloroso: Martorel, ¿hubieras tú creido que Laura, que me parecia la imágen de la virtud, el modelo de la perfeccion, fuese capaz de prostituirse tan fácilmente, y en tan poco tiempo á un jóven presumido, que el primer cuidado que tiene ántes de que se acabe el dia es ir á contarlo en una posada á cuantos encuentra, y sin que conozca á ninguno? ¿A un jóven que no tiene otro mérito, que ser una buena persona, y tener algunas gracias? ¿Que reciba sus regalos? ¿Que sin siquiera hacerse el honor demostrar alguna resistencia, le escriba, lo reciba en su cuarto, y le ruegue ella misma que se detenga para contentar sus vicios otra noche?

No señor, ni tampoco lo creo ahora, le responde Martorel. Primero creeré yo que el cielo se junta con la tierra, que el que esa señora haya sido capaz de tanta infamia. Así lo pensaba yo, le replicó el Marques. ¡Pero ay! las pruebas son tan claras, que no hay verdad mas evidente. -Yo no sé, señor, le volvió á decir Martorel: pero eso me parece imposible: y el Marques anegado en sus lágrimas le repetia: la desgracia es que no puede dejar de ser cierto. El insolente me lo ha hecho ver tan claro, que no me ha dejado la menor duda; sino dime: ¿cómo supiera los nombres de las dos criadas? Eulalia y Ambrosia, ¿cómo un hombre que no ha estado nunca en Córdoba, y ménos en mi casa, ha podido dar señas tan puntuales de lo mas interior de ella? ¿Y cómo en fin, ha podido obtener un retrato que solo Laura guardaba en su poder? ¡Ay, yo le hacia con tanto amor para que la vil lo diese al primer galán que se le pidiera! Martorel vela que no habia que oponer á pruebas tan evidentes, y aunque era hombre rústico y duro tenia honor, y estaba indignado de una iniquidad tan sin ejemplo.

En esto llegaban á una casa de campo que tenia el Marques á dos leguas de Córdoba en las orillas de Guadalquivir. Y el Marques ántes de entrar en ella dice á Martorel: amigo, vete á la ciudad, dile á esa muger indigna que estoy aquí, que venga sola porque vengo de secreto, y no quiero que lo sepa nadie: traémela para que mi mano la destroce ese pérfido y vil corazon: Martorel se disponia á obedecer. Pero el Marques lo detiene, y le dice: no, aguarda, yo voy á confesarte mi flaqueza: yo no me siento con fuerzas para darla la muerte por mi mano: yo la he amado tanto, que á pesar de su infamia jamas podré recabar de mí consumar esta accion; una ojeada de esta infame me quitará el valor, una palabra suya al tiempo de dar el golpe suspenderá mi brazo. Este horrible oficio pertenece mejor á la amistad: anda tú, Martorel, traela á esta casa diciéndola que estoy aquí; pero yo me volveré, hazla tú entrar en ella, dala la muerte sin decirla una palabra, esconde su cadáver en la tierra; pero ántes córtala los cabellos, quítala sus vestidos, y ven con ellos á encontrarme en el campo.

Ya ves que el caso pasado, sucedido en una posada, y á la vista de tantos testigos, será muy presto divulgado, que mi deshonra va á ser pública, y que tambien debe precederla mi venganza. ¿Me lo prometes? Sí señor, respondió Martorel, y cada uno partió por su lado. El bárbaro asesino á quien la sangre no costaba nada, que acostumbrado á las leyes de la guerra, no conocia otra virtud que la obediencia, y que por otra parte se sentia lleno de furor de la conducta vil de la Marquesa, se apresuraba por llegar á Córdoba, y no discurria mas que en los medios de quitarle la vida. Habiendo llegado á la ciudad, y á la casa de sus amos, dice á Laura, que su marido la espera de secreto en su casa de campo: ella se sorprende alborozada, y tanto para hacerlo con mas celeridad, como para que ninguno lo supiera, encarga al mismo Martorel, que le vaya á ensillar un caballo de que se servia cuando iba á divertirse á aquella casa; tomó algun dinero, por si el Marques lo necesitaba, y sin decir á nadie nada monta á caballo sin mas compañía que la de Martorel.

En el camino queria informarse de la salud de su marido, y de los motivos de este viage; pero Martorel, que iba siempre á cierta distancia, no la respondia mas que con secos monosílabos. Al fin, la Marquesa llegó á la casa, saltó con ligereza del caballo, y se va á la habitacion donde esperaba encontrar á su marido; pero Martorel, que la seguia por detras, al entrar en una pieza cierra la puerta, y se queda solo con ella. Laura se sorprende de esta accion; pero se espanta mas cuando ve que saca su daga, y que acercándose á ella, la dice: preparaos, señora, porque la órden que tengo es de daros la muerte. -¿La muerte? ¿y porqué? -Vos lo sabéis mejor que nadie. -¿Y de quién es la órden? -De vuestro injuriado marido. -¿De mi marido, y vos decis, que está injuriado? ¿Quién lo ha injuriado? -¿Quién lo podia injuriar sino vos misma? -¿Qué decis, Martorel? Yo no te entiendo, y protesto al cielo que estoy inocente.

El Marques le habia mandado matarla sin decirla nada; pero él para hacerle mas dura la muerte dándole á conocer que su infame conducta estaba descubierta, y para que supiese que era víctima de tu impúdica fragilidad, la dijo con una risa colérica: ¡inocente! ¡una muger infame, que ha recibido regalos de un hombre que apénas conoce, que le ha dado su retrato, y que ha pasado con él en su alcoba las noches de ayer y ántes de ayer! Pero vamos, todo esto está demas, yo no os doy mas de un instante para pedir perdon á Dios de tan horribles pecados, y sino lo haceis presto, no me detendré mas en ejecutar la órden que se me ha dado, y esto la decia amenazándola con su daga.

La Marquesa se quedó atónita con este estraño discurso, en que no podia entender nada. Pero llamando á sí toda la fuerza de su carácter, le dice; yo veo por lo que me dices, que mi marido ha creido alguna calumnia horrible; pero tan falsa que ni siquiera puedo comprenderla. Si tú quisieras darme lugar, yo pudiera convencerte de su falsedad. No te apresures, Martorél, que el cielo es protector de la inocencia, y no tardará en descubrirse la verdad. Entónces el Marques se arrepentirá de la órden que te ha dado, y tú de haberla obedecido. Esto le dijo la Marquesa con una constancia tan serena, con una firmeza tan tranquila, que el bárbaro Martorel á pesar de su ferocidad empezó á titubear: le pareció que una conciencia delincuente no era capaz de hablar con valor tan sosegado y heróico. Pero acordándose del retrato y las demas pruebas del delito, trabajó por destruir la impresion que acababa de recibir, y volviéndose á ella con brutalidad, le vuelve á decir que se disponga, porque á él no le toca mas que obedecer á su amo.

Entónces la Marquesa con una voz llena de dignidad, y como si le intimara una órden, le dice: si mi vida es necesaria para sosiego del Marques, ó para reparo de su honor, no te detengas, quítamela al instante, y yo seré muy dichosa si puedo serle útil hasta el último instante de mi aliento. El cielo que sabe mi inocencia me recibirá en su seno, y yo me veré libre de pena tan amarga. Pero si tú quieres escusar al Marques, el irreparable dolor de haber dado un órden injusto, y á tí el voraz remordimiento de haberlo ejecutado, dame tiempo para poder desengañarlo. ¿Pero qué? ¿El Marqués ha podido creer una infamia de mí, y tú mismo, Martorel, tú que me conoces, tú que eres testigo de mi conducta y de mi vida, tú has podido creer que yo?... Diciendo estas palabras se le salian las dulces lágrimas, que corrian por sus bellas mejillas, y le decia: si lloro no es por el peligro en que me pones. Mi vida, á Dios gracias, ha sido bastante arreglada para no temer la muerte; pero lloro que un marido que adoro, me desconozca hasta el estremo de ordenarla: lloro su error, lloro haber perdido su estimacion y su amistad. Lloro, que hasta Martorel, que no pudiendo tener celos ni pasion, debia juzgarme mejor, pueda creer que yo sea una vil prostituida, que... y aquí redoblando su llanto se arroja sobre una silla como no pudiendo sostenerse mas en pie.

Martorel estaba ya confundido; por un lado aquellas lágrimas que salian de tan hermosos ojos, aquellas gracias, entónces mas vivas con el aprieto de las circunstancias, no pudiéron dejar de enternecerlo; por otro lado le pareció que, á pesar de tantas apariencias, podia haber algun engaño; se acordaba en efecto de su virtud, y porque le parecia que si hubiera sido capaz de tan ruin delito, no lo fuera de tanta dulzura y tanta calma. Ya empezaba á arrepentirse de haberse encargado de aquella funesta comision, y su semblante ántes lleno de fiereza y enojo, tambien empezó á aflojar algo de su áspera ferocidad. La Marquesa, que lo observó, y que le vió tambien perplejo, se incorpora, y dando á su melodiosa voz y á su dulce y persuasiva elocuencia, toda su energía natural, que el conflicto en que estaba hacia mas patética, le hizo ver con mucha claridad, que era imposible que la que habia vivido siempre con tanto amor de la virtud, y con tanta decencia, pasase de repente á un grado tan estremo de vileza y degradacion, y le dijo tales cosas, con tantos encantos, que al fin llegó á dudar del delito de Laura.

Entónces hubiera querido á cualquier precio librarla de la muerte, y se afligia de no encontrar camino, porque sabia que el Marques era hombre muy determinado, lo habia visto muy colérico, conocia su honor delicado, y no dudaba que le era preciso tomar venganza para satisfacer su afrenta. Estaba pues persuadido á que no sólo mataria á Laura, si él no la mataba, sino también á él mismo. Laura que advirtió en sus ojos esta lucha interior, le propuso que la llevase ante el Marques, asegurándole que al instante que le hablase la sabria convencer de su inocencia. Pero Martorel espantado de esta proposición la responde con sobresalto, ¿que yo os lleve á vuestro marido? Dios me guarde, ¡si lo hubiérais visto como estaba! Al instante que nos viera, sin oirnos una palabra, empezaria por daros la muerte, y acabara dándomela á mí.

Oyendo estas palabras, Laura vuelve á inundarse otra vez en su llanto, pero esforzando de nuevo la grandeza de su carácter, con voz tan tierna como magestuosa, dice á Martorel: si el Marques está tan irritado contra mí, si desea tanto mi muerte, si esta es ya necesaria para su honor y su reposo, y si tú corres peligro de tu vida, en caso de no quitarme la mia, mi conservacion no vale la pena de tantos sacrificios. Dame solo un momento para que yo me recomiende á la piedad del cielo, y ejecuta tu órden: diciendo esto se pone de rodillas. Este acto sublime acaba de enternecer el corazon del bárbaro, y brotando de su duro pecho dos raudales de lágrimas, que salian por sus ojos, se echa á sus pies, y la dice: ¿yo mataros? ¿Que yo sacrifique tantas virtudes y hermosura? ¡Ah! Que primero me destrocen á mí los Moros: y tomándola entre sus toscos brazos la levanta para ponerla otra vez en la silla.

Laura le agradece su compasion, le asegura que no se arrepentirá, pues debia estar seguro en que no tardaria el cielo en volver por su honor, y le pide otra vez que la lleve á su marido. Martorel insiste en que esto no puede ser, que él quisiera darla gusto, y se atreveria á todo sino se aventurara más que su propia vida; pero que ella seria la víctima primera. No señora, es menester esconderse, la decia, hasta que el tiempo y las circunstancias le hagan calmar. Lo peor es que yo tengo órden de llevarle vuestros cabellos y vestidos, y no sé como lo tengo de hacer. Laura se horrorizó escuchando este discurso, y volvió otra vez á derretirse en lágrimas. Pero Martorel con su rústico estilo la volvió á decir: á los grandes males, grandes remedios, y ved aquí lo que me parece.

Es preciso que tengais la paciencia de dejarme cortaros el pelo, y que me deis vuestros vestidos. Yo tengo aquí algunos de los mios, y os daré uno para cubriros: escondeos en alguna parte, y si es posible salid del reino: buscad una persona de confianza que os lleve á Portugal. Yo sé que teneis allí una tia, hermana de vuestra madre: id, y escondeos en su casa. Aquí teneis una buena jaca, idos en ella, y estad allí hasta que Dios disponga lo mejor: este partido era necesario tomar; Laura se ve precisada á consentir en él: Martorel la corta los cabellos, mata un pollo, y mancha con su sangre los vestidos de Laura, le pone uno de sus viejos trages, y procura disfrazarla.

A pesar de la mudanza, Laura no solo no era desconocida, sino que parecia un prodigio de belleza. Martorel se inquietaba, y la decia: pero ¡qué diablo! Cuanto mas hago, mas hermosa estais, y todo el mundo os conocerá. Entónces, hace un parche, y la tapa un ojo; va á la cocina, trae ollín, y la ennegrece el rostro, la cubre la cabeza con una montera, y viendo que nada bastaba para darla una apariencia grosera, la dice con impaciencia: no es posible haceros fea, y todo el mundo verá lo que sois: pero el cielo nos ayudará, vamos que es tiempo de que yo vuelva. Entónces la hace volver á montar á caballo, la saca al campo, la pone en el camino, y la enseña el que debe seguir; la encarga que no pase por Córdova, por Sevilla, ni por ciudad alguna, que no marche mas que de noche, y se despide de ella para seguir su viaje.

Laura acostumbrada á no andar sola, sobre todo en el campo, se confunde viéndose sin saber por dónde ir, y en la necesidad de no parar hasta un reino estrangero, se halló confusa, y á pesar de su mucho ánimo no sabia que hacer. Entónces volvió á llorar la muerte de su padre, que habia fallecido el año antecedente, pues en su asilo hubiera podido esconderse. No se atrevia á refugiarse en casa de ningun amigo, porque no podia estar segura ella misma, y seria faltar á la confianza que debia á Martorel, esponiéndolo á mucho riesgo. En esta confusion se acuerda de que cerca de su casa hay un cortijo adonde ella solia ir cuando salia á pasear, y que allí habia visto á un labrador llamado Andres, que le parecia hombre de bien, y á quien ella habia hecho algunos servicios. No reflexiona mas, y se dirige al cortijo; le encuentra, y sin esplicarle los motivos, le pide que la acompañe, y la conduzca á Portugal.

No me detendré en esplicar, ni el espanto del labrador, ni los trabajos que pasó la infeliz Laura, que no caminaba mas que de noche, y con el nombre de hijo de Andres; solo diré que por fin logró llegar á Lisboa, donde su tia, instruida de todo por ella, la recibió en su casa, y donde Laura se mantenia oculta sin mostrarse á nadie. Martorel llega al campo, encontró al Marques solo en su cuarto, apoyado el codo sobre una mesa, y sin decírle una palabra pone sobre ella los cabellos de Laura, y sus vestidos teñidos en sangre. El Marques se horroriza, se estremece, y cae sin sentido. Martorel quita de la vista aquellos tristes despojos, los oculta, y sale para buscar socorro. Sus criados hallándole fuera de sí, lo ponen en el lecho, y hacen venir al médico. Este lo encuentra con una tan ardiente fiebre, que desde luego lo declara en mucho peligro. Pasáron muchos dias sin que volviese en sí, ni diese la menor señal de vida.

Ya el suceso de la posada, y la muerte del Estremeño se habian publicado en el campo, y tal era la reputacion de Laura, que ninguno habia creido su historia, todos la tenian por impostura, y jactancia del jóven vanidoso, todos habia aprobado la conducta del Marques, y no dudando que un accidente tan fuerte era resulta de su pesar. Esta circunstancia añadia mucho al interes que producía por sí solo su mérito propio. No habia general, ni oficial de distincion, que no fuese todos los dias á verlo. Lara sobre todo, que lo estimaba más, venia muchas veces. La consternacion era general, y esta se aumentaba mucho, porque los dias pasaban sin que el médico pudiese dar la menor esperanza.