Laura o el sol de Sevilla

Part 3

Chapter 34,168 wordsPublic domain (Wikisource)

Al fin, con los remedios y el mucho cuidado fué volviendo en sí poco á poco, de modo, que fué menester largo tiempo para que volviese enteramente en su acuerdo. Martorel, que temia este momento, habia tenido la atencion de quitar de su cuarto las armas, y todos los instrumentos ofensivos, y este cuidado fué muy oportuno porque un criado observó que una noche, cuando ya se hallaba mejor, se levantó, aunque con mucho trabajo, que fué al lugar en que solian guardarse sus armas, que no pudo hallarlas, y que habiéndole preguntado el criado lo que queria, se hizo conducir á su lecho sin haber esplicado su intencion; su convalecencia fué tan larga, que en dos meses, despues de haberle dado el accidente, todavía no estaba en estado de poderse levantar.

Pero luego que fué dueño de su razon mandó que no se dejase entrar á nadie en su cuarto, y el médico tambien lo habia dicho, y que no se le permitiera conversacion de ninguna especie. Con esto nadie de fuera le veia, ni ninguno de casa le hablaba. Al Marques, triste víctima de su dolor, le devoraba solo la atrocidad de su pena, y esperaba morir de esta enfermedad, ó pensaba si volvia á su salud, aventurarse tanto en los peligros de la guerra, que no pudiese dejar de ser despojo de su furia. Este era su estado, cuando una mañana un eclesiástico, que era Cura de la Parroquia del Marques en Córdoba, se presenta en su alojamiento, y dice: que desea hablarle. Los criados lo conocian, y lo respetaban por su carácter y virtud; pero las órdenes del Marques, y del médico, eran tan estrechas, que le dijéron que era imposible. El Cura se afligió, pero no dejó de porfiar que necesitaba verle.

Entónces llegó Martorel, y el Cura le pide que diga á su amo que no quiere decirle mas que una palabra, que no se puede decir á otro, pero que le servirá de mucho consuelo. Aunque Martorel tenia mucha opinion del Cura, y creia que no podia porfiar tanto sin gran motivo, le respondió, que no se atrevia á decírselo á su amo. Por fortuna en este instante pasaba el médico que salia del cuarto del enfermo: el Cura se le acerca, y le dice en secreto que disponga que pueda hablar al Marques, porque tiene que decirle cosas que lo sanarán mas que todos sus remedios. Este discurso, dicho por un hombre tan serio, le hizo concebir la urgencia del motivo, y considerando que ya el Marques estaba en mejor estado, llamó á Martorel, y le dice: que puede avisar á su amo que el Señor Cura le quiere hablar, y se va.

Martorel se lo dijo al Marqués, pero su primer movimiento fué responderle que no puede ver á nadie; mas al instante le asalta una reflexion, que hasta entónces no habia pensado mas que en morir, sin reflexionar que para morir bien es menester disponerse. Esta circunstancia de ser su propio Cura el que le quiere hablar, le da la idea de que Dios se lo envia para que le acuerde de que debe ocuparse en la salvacion de su alma, y con este pensamiento responde que se le deje entrar. Martorel lo lleva donde está su amo; pero curioso por saber qué cosa de tanta importancia y tan agradable tenia que decirle el Cura, se queda escondido, de manera que pueda oir toda la conversacion.

El Cura entra, y le dice: yo vengo, señor, á traeros muchos consuelos. -Ya no los hay para mí señor Cura. -Yo vengo á hablaros de mi señora la Marquesa. -Si no venis á hablarme mas que de esa muger indigna, ya podeis iros. -¡Indigna, señor! Es la muger mas inocente y honrada. -Ved aquí como tenia engañados á todos, ¿pero si supiérais lo que ha hecho esa infame? -Todo lo sé, señor, sé mas que vos. -¿Sabeis que ha recibido regalos de un forastero? -No es verdad. -¿Sabeis que le ha escrito, y le ha dado su retrato? -No es cierto. -¿Sabeis que le ha dado entrada en su casa, y que ha pasado dos noches con él? -No ha sido ella. -¿Pues quién? -Vuestra criada Eulalia ¿Eulalia? -Si señor. -¿Qué artificio, señor Cura? ¿Cómo pensais que el forastero mismo haya podido tener á Eulalia por mi muger? -Señor, si quereis escucharme, yo os diré cosas que os espantarán, pero que os harán conocer la verdad. -Hablad pues, señor Cura, pero sabed que no soy yo hombre á quien se engaña fácilmente. No soy yo tan feliz que pueda morir consolado.

Entónces el Cura le dice: ayer me llamaron de priesa para confesar á vuestra criada Eulalia, que se moria. En efecto, la encontré luchando con las agonias de la muerte: lo primero que me dice, anegada en su llanto, es que ha cometido un gran delito contra el honor de su ama, y que se va á morir, que le parece castigo de Dios. Que ella ha oido hablar de una muerte que ha hecho su amo, y que por las señas piensa que es el mismo señor Estremeño que ella ha engañado. Que despues de algunos dias su ama no parece, sin que nadie sepa donde está, y que todo esto junto le hace temer que la culpa que ella ha cometido, sea la causa de muchas desgracias. Que viéndose muy cerca de ir á dar cuenta á Dios, me ha llamado, tanto para confesarse y pedirle perdon, como para instruirme de todo á fin de que yo pueda publicarlo, y reparar el honor de su ama, no ménos que para evitar las desdichas que pueden resultar.

Despues de este preámbulo, me dice: hace pocos dias que tomé conocimiento con el criado de un Señor Estremeño. Este me propuso que llevase á mi ama, en nombre del suyo, un papel, y una joya de diamantes; yo que conocia la virtud de mi ama, y que sabia que si me hubiera atrevido á hacerle la menor insinuacion me hubiera al instante echado de su casa, me negue á esta solicitud, y dije, que no me atrevia. El criado volvió á decirme que su amo queria hablarme, y aunque estaba determinada á no servirlo, me resolví á ir, con la esperanza de que me daria algun regalo. En efecto, me dio dinero, y yo por no disgustarle me encargue de la joya y el papel, contentándome con decirle, que veria si era posible presentárselo, pero bien segura de no atreverme nunca.

Debo confesar, que aquel señor me pareció tan hermoso y amable, que yo hubiera querido ser mi ama para contentar su pasion. Yo hice cuanto pude para agradarle, pero no conseguí nada: y entónces me vino al pensamiento, que con un poco de habilidad, yo podia, con el nombre de mi ama, no solo hacerme dueño del regalo, sino tambien de satisfacer mi inclinacion. Pero para lograr mi proyecto del modo con que lo habia concebido, me era necesaria una compañera que me ayudase, y me descubri con Ambrosia: esta tenia miedo, pero pude hacerla entender que no habia ningun peligro, sobre todo con un forastero que no conocia á nadie en Córdova, y que estaba para irse tan presto al campo: pues no conociendo nada de lo interior de la casa, y no habiendo hablado nunca con nuestra ama, podiamos llevarlo donde quisieramos, y hacerme yo pasar por mi ama, en la oscuridad, sin que él lo conociese; que esto era muy fácil, y que á ella la daria la mitad de los regalos.

Con esto se resolvio Ambrosia á hacer su papel, y yo quedé libre para hacer el mio. Volví á su casa á llevarle su papel y joya, diciendo que mi ama, léjos de querer admitirlo, se habia enfadado mucho. Pero al otro dia hice que Ambrosia, en nombre de mi ama, le llevase un papel, que yo escribi, en que le decia, que el no haber recibido su joya y su papel, no era porque fuera indiferente á sus finezas, sino porque no se fiaba de mí, que solo se fiaba de Ambrosia, y que por eso la enviaba para que se concertase con ella. El crédulo Estremeño se dejó conducir, y Ambrosia afectando la necesidad del misterio y de la oscuridad, lo lleva á mi cuarto, diciéndole: que era la alcoba de mi ama. Aquella noche me pidió un retrato; yo tanto para pasar otra noche con él, como esperando que me traeria otro regalo, le propuse que si queria detenerse un dia mas, á la noche siguiente se lo daria. El consintio, y yo tomé en el cuarto de mi señora uno de los mucho que mi amo habia sacado de ella, y se lo dí.

El forastero se fué, y yo partí con Ambrosia sus regalos. Despues corrió la noticia de que mi amo habia muerto á un Estremeño en una posada, y segun lo que decian, me pareció que podia ser el mismo. Tambien mi ama se desapareció, y esto dió mucho que hablar á las gentes. Todos decian mil cosas; sus amigos demostraban mucha inquietud, y yo no tenia ménos, porque temia ser la causa de todo. El disgusto y el desasosiego me alteráron la salud, y me pareció que Dios queria quitarme la vida para castigarme; y viéndome tan cerca de mi ultima hora, me he determinado á confesarlo para que se publique, y llegue á noticia de mi amo, á fin de que si por algun acaso sospecha de la virtud de su muger, sepa que está inocente, y que yo sola soy la que he urdido esta maligna trama. Yo procuré exortarla á pedir á Dios perdon de tan gran delito, ella lo hizo; pero poco despues murió. Al instante me puse en camino, y he venido sin parar para daros esta noticia.

Apénas acabo el Cura, cuando el Marques dando un profundo suspiro, esclama á gritos, ¿será verdad? ¿Será posible? Y se desata en un abundante y lastimero llanto. Despues con acentos interrumpidos, le dice: ¿qué me decís señor Cura? ¿Qué me decis? ¡Santo cielo! ¿Qué es lo que has hecho, verdugo? ¿Qué es lo que has hecho, monstruo horrible? No puedes hallar perdon ni en la tierra, ni en el cielo. Es justo que sea castigada tu loca precipitacion. Es justo que un suplicio infame sea la recompensa de tu crédula temeridad. El Cura queria sosegarlo; pero él le dijo: dejadme, señor, yo no soy digno de vuestras atenciones: yo soy el mas odioso de los tiranos, el mas precipitado de los monstruos: yo he hecho dar la muerte á esa muger adorable: yo he hecho arrancar la vida, con el título de infame prostituida, á la que era sumamente casta y honrada, á quien no mereció ningun hombre besar los pies. El Cura se quedó sorprendido, y el Marques proseguía con el tono mas dolorido. Si, idolatrada Laura: sí, muger, en lo humano sin igual, tu serás vengada. El monstruo que te sacrificó á las fuerzas de sus temerarios celos, y á la barbara saña de un falso pundonor, no se contentará con el atroz martirio de sus voraces remordimientos; y si el verdugo no espia su delito en una plaza pública, él mismo te vengará con su propia mano.

Martorel, que lo escuchaba todo, estuvo ya muchas veces por salir, y decirles que la Marquesa estaba viva; pero le detuvo una reflexion, y se dijo á sí mismo: si les doy esta noticia querrán saber donde está, y yo no lo puedo decir, porque no lo sé; es preciso que les descubra toda mi impostura, el engaño de la sangre, y hasta que la dejé sola y abandonada en medio de un campo. Es verdad que yo la aconsejé fuera á Portugal, ¿pero qué sé yo si habrá ido? ¿qué sé yo si habrá podido llegar? Y mientras dure la inquietud, ó si ha sucedido una desgracia, todo será contra mí. Lo mejor es asegurarme ántes de decir nada: si puedo hallarla, la traeré y esto será lo mejor, y lo mas breve; si no puedo hallarla callaré, y la buscaré siempre. Con este cálculo, y habiendo el Marques prorrumpido en otras muchas espresiones de dolor y arrepentimiento, le pareció que por este lado no habia que temer: se salió con sutileza del lugar en que estaba escondido, y se puso en camino.

El Cura se quedó con el Marques, procurando calmar la violencia de su dolor, y se valió para esto de todas las armas de la cordura y de la religion. Pero el Marques estaba frenético, y queria destrozarse con sus propias manos. El Cura, le decia: que pues á pesar de tantas apariencias, Dios habia hecho conocer tan presto su inocencia, él sabria dar remedio tambien á males que parecian tan desesperados. Pero el Marques le respondia con el acento del despecho, ¿qué remedio, señor, si ya está muerta? -Pues, señor, si lo está, su inocencia la ha conducido, sin duda, al destino de la virtud, tratad de acompañarla; y si queréis morir, haced, por lo ménos, de manera que Dios os perdone este delito, para esperar poneros á su lado. -¿Pues qué? ¿Hay todavía misericordia para mi? -Si, señor. Ella tiende los brazos desde el cielo; vuestra muger está implorando la piedad divina. -¡Qué! ¡mi ultrajada muger podrá perdonarme! -¿Cómo no ha de perdonaros, cuando Dios os perdona? Con estos y otros discursos iba el Cura sosteniendo al infeliz Marques, hasta que con el tiempo, y sus reflexiones, le hizo pensar en acogerse á la misericordia divina, y á los auxilios de la religion.

Entre tanto, la muerte del Estremeño, que como era hombre de calidad, sucedida en una posada pública, y con tanta violencia, habia hecho mucha sensacion. Todo el mundo contaba las fantasías del jóven indiscreto, y la rapidez con que habia sido muerto por mano de uno de los concurrentes. La justicia se puso en movimiento, y no tardo en averiguarse, que el Marques del Alamo era el matador. La reputacion de Laura estaba tan altamente establecida, que nadie podia persuadirse á que una muger de tantas prendas fuese capaz de tanta infamia, y como por otra parte se sabia que el Estremeño era un mozo imprudente y vano, acostumbrado á continuas jactancias de esta especie, nadie dio credito á sus discursos: todos creyéron que eran imposturas, y en algun modo, disculpaban al Marques de su violencia. Si la tragedia se hubiera terminado en la muerte de aquel temerario y disoluto jóven, quizá la justicia no se hubiera opuesto contra el Marques, porque le veia absuelto por la pública indignacion; pero al mismo tiempo que se supo la muerte del Estremeño, se empezo á derramar por todas partes un susurro triste y lastimoso de que Laura no parecia. Sus amigos, que la amaban con ternura, estaban inquietos y afligidos: el público, que la respetaba, no sabia qué pensar de una desaparicion tan estraña, y todos estaban pesarosos de lo que habia podido suceder á una muger tan digna, que era objeto de la estimacion general. Todos empezáron á sospechar que la violencia celosa de un marido irritado y crédulo, no tuviese mucha parte en una desgracia, que les parecia mas dolorosa, porque la creian menos merecida. La justicia hizo también secretas diligencias, y no la fué difícil comprobar, que el mismo dia de la muerte del Estremeño, Martorel habia venido á buscar á Laura; que esta habia salido con él á caballo, y que desde entónces no se habia vuelto á ver á ninguno de los dos. Se busca á Martorel, pero todas las solicitudes son vanas, ¿cómo era posible encontrar en aquellos parages al que corria tan acelerado á Portugal? Esta ausencia parece sospechosa, se atribuye á fuga, y confirma las sospechas de que fué á sacarla de su casa por órden de su amo, y que ellos solos puedan dar razon de su paradero.

Con sospechas tan vivas, y el deseo general de todos los corazones, de poner á Laura en salvo, y libertarla de la desgracia que temian, la justicia determina prender al Marques, y lo sorprende, cuando este ya entregado á la direccion de su Cura, no pensaba mas que en implorar la clemencia divina; pero no ostante, lo lleváron á la cárcel, y empezáron su interrogatorio. El Marques confiesa, desde luego, que ha dado la muerte al Estremeño, y esplica los motivos. Le preguntan por su muger, y responde sin vacilacion, que tambien la ha hecho quitar la vida. Con este motivo, refiere la órden que dió á un criado, y repite la historia que Martorel le habia fingido, y para comprobarla, reproduce los testigos que acreditan esta tragedia. Cita y señala al parage donde podrán encontrar los cabellos de Laura, y sus vestidos teñidos con su sangre, añade la nueva historia que le ha contado el Cura, y en que la pérfida y difunta Eulalia ha demostrado su propia iniquidad, y la inocencia de su digna muger; acusa de su precipitacion, condena la ligereza con que dió órden tan inhumana, dice que es un verdugo, un asesino, y tanto mas delincuente, porque nadie mejor que él debia, por su propia esperiencia, conocer la virtud de Laura. Que aunque las apariencias eran grandes, todas debian ceder al concepto que merecia un muger tan digna; se confiesa digno de muerte, y protesta que está pronto á recibirla. Solo suplica á la justicia que lo apresure, y le envie cuanto ántes al cadalso, donde únicamente puede recobrar el sosiego que ha perdido, y esterminar los atroces remordimientos que lo devoran.

Esta confesion tan ingenua, como dolorosa, y muy sentida, hizo saltar las lágrimas hasta de sus mismos jueces. Pero como en ella quedaban contestadas dos muertes, su inexorable y triste ministerio los forzaba á dar satisfaccion á la venganza pública; y despues de haber comprobado la verdad de la confesion del delincuente, con el hallazgo de los cabellos de Laura, de sus ensangrentadas vestiduras, y los otros elocuentes testigos de sus atentados, pronunciáron la sentencia que le condena á muerte. Se le intima: él la escucha con la serenidad de un hombre que la espera, y con el consuelo de un corazon que la desea. Se le pone, desde luego, en la capilla, y el infeliz, resignado á su suerte, solo pide que se le permita ver al Cura, para que lo auxilie en aquellos postreros momentos de su vida.

Miéntras en España pasaban estas cosas, Martorel con las alas de la impaciencia volaba á Portugal. Llegó á la casa de la tia de Laura, y pregunta por esta, y nadie le puede dar noticia, porque para ocultarse se habia mudado el nombre: ya se volvia con el mayor desconsuelo; pero al poner el pie sobre el umbral de la puerta ve que venian á él dos mugeres tapadas, y que una de ellas da un grito de sorpresa. Eran Laura y su tia que volvian de la Iglesia. Martorel las informa de todo. Laura fuera de sí quiere partir al instante, su tia quiere acompañarla: las dos se ponen en camino á toda priesa, y en breve tiempo llegan de noche al campo.

Pero ¡cuál es su consternacion cuando al llegar al alojamiento del Marques se les informa no solo de que está preso por la muerte verdadera del Estremeño, y la imaginada de Laura, sino de que ya está condenado al suplicio, y que al otro dia por la mañana se debe ejecutar la tragedia! Laura fuera de sí se arroja por el suelo inundada en su llanto, y grita al cielo con el acento del mas despechado dolor. Martorel con su tono rústico, pero intrépido y esforzado la levanta, y la dice: señora, no es hora tiempo de gritos inútiles sino de esfuerzos valerosos: vamos á ver al generoso Lara, amigo íntimo de vuestro esposo, y tomándola por el brazo la conduce á la tienda de aquel ilustre General, acompañándola su tia. Lara, que amaba verdaderamente al Marques, y estaba muy afligido de toda aquella tragedia lamentable, se sorprende viendo á deshoras de la noche una tan peregrina hermosura que le viene á buscar llorosa y consternada. Pero ¿cuánto crecen su sorpresa y su gozo cuando le dicen que esta hermosura peregrina es la esposa del Marques, la nombrada Laura, que se creia muerta, y que estaba llena de encantos y de vida? Al instante entrevée los útiles servicios que le puede hacer, salvando la inocencia de una muger tan estimable, y la vida de un infeliz amigo. Le asegura que se empleará por ella con todos sus esfuerzos, y lo que únicamente la pide, es que se tranquilice, porque espera que todo se ha de terminar en consuelos y felicidades.

Ya veis, la dijo: que esta hora no es oportuna para ir á ver al Rey; pero que no hay peligro, por la mañana muy temprano os llevaré á su presencia: estad segura de que su piedad se compadecerá de vuestras penas, y las pondrá un término que las conviertan en alegrías. Despues de una larga conversacion, en que Lara la hizo contar muchas veces toda la historia, pidió á las dos damas que se retirasen á la estancia que les habia hecho preparar, y suplicó á Laura que reposase, fiada en la proteccion del cielo, y la clemencia del Monarca. Las damas se retiráron. Pero ¡qué reposo podia encontrar el tímido y angustiado corazon de la amorosa Laura!

Apénas fué hora cuando la avisó, y ya la encuentra dispuesta á seguirlo; llegan al alojamiento del Rey, adonde Lara tenia abiertas todas las entradas, y acercándose á Fernando le cuenta la feliz aventura. Le añade, que la resucitada Laura esperaba en una de las piezas inmediatas, y venia ha echarse á sus pies, para implorar la gracia de su esposo. El Rey quedó tan sorprendido, como alegre, y mandó que la hiciesen entrar: Lara fué, la toma por la mano, y la conduce. No puede ver el Rey tanta belleza y tantas gracias sin un movimiento de admiracion, y se siente conmovido cuando la ve arrojarse á sus pies anegada en sus lágrimas, que hacian mas interesante su modesto dolor: su corazon se enternece, las lágrimas de la compasion se asoman á sus ojos, y levantándola entre sus brazos, la hace sentar á su lado. El Rey quiere que ella misma le cuente su triste historia, y Laura le obedece, añadiendo al interes de sus desdichas, tampoco merecidas, todo el atractivo de sus gracias, y la respetable dignidad de su virtud. El Rey la escuchaba con tan vivo interes, que muchas veces se mostró enternecido, y algunas la sostuvo con las espresiones de su lástima. Apénas acabó de hablar, cuando transportado de la admiracion y el respeto que le inspiraban su talento, su modestia y sus gracias, se puso en pie, y con ojos que pintaban todos sus sentimientos, la dijo: serénate Laura, ya tienes la gracia concedida de tu marido, yo te la doy, y no hay cosa que no hiciera porque fueras feliz. Que viva, que viva para tí. Que viva tambien para mí, porque nadie es mas interesado, ni debe desearlo mas que yo: tú gozarás de un esposo que te adora, pero yo tambien conservaré un guerrero brillante que me hace grandes servicios.

Laura transportada de gozo quiso otra vez echarse á sus pies; pero el Rey la sostuvo en sus brazos, y el generoso Lara, que á las bizarrías de valor añadia las sales del chiste, y las delicadezas del buen gusto, dijo al Rey: señor, para que la felicidad de todos sea mas completa, permitid que la misma Laura sea la que, con la noticia de su vida, lleve al Marques la alegría de vuestra gracia. El Rey consiente, y los dos fuéron presurosos á llevar tantos consuelos á la cárcel en que el Marques ya no esperaba mas que la muerte.

A la voz del ilustre Lara abriéron las puertas de la prision. Pregunta por el Marques, y le dicen que está con el Cura, que lo prepara al trance que le espera. Mandó que viniese el Cura, y este se asombra de ver á la Marquesa, y le enteráron en pocas palabras de todo, y la impaciente Laura porfia por pasar, sin detenerse, al cuarto de su esposo: el prudente Cura le hace presente que debia refrenar el ímpetu de sus deseos; porque tantas fortunas y tan inopinadas, podían con el placer y la sorpresa arrancarle la vida, y la pedia que le diese algun tiempo para prepararlo: pero viendo que su ardor no podia sufrir la menor demora, la propuso que le concediese pocos minutos para esta diligencia, y que entre tanto ella y Lara podian escucharlo todo escondidos detras de un biombo que podia cubrirlos. Así lo hiciéron; y el Cura empezó á hablar al Marques, y darle algunas esperanzas oscuras, diciéndole vagamente de las maravillas de la providencia. Despues le habló de ciertas noticias confusas de la vida de la Marquesa. Poco á poco le dijo, no solo que vivia, sino que la veria presto, y al fin le declara que está con Lara dentro de la cárcel, y con la gracia del Rey. El Marques agitado y fuera de sí, no sabia qué pensar. Decia al Cura que se queria burlar de sus desgracias, y que se las hacia más terribles; hasta que finalmente el Cura le respondió: señor, el hecho es cierto. Yo he querido prepararos primero, para que su vista no os conmueva demasiado; pero si me dais palabra de recibir con firmeza este esceso de felicidad, os la iré á traer en el instante.