Part 1
En tiempo de los Reyes Católicos vivia en Sevilla Don Alvaro de Guzman, sugeto muy distinguido por su calidad, pero de fortuna moderada. A pesar de ella, su talento y economía, lo hacian vivir con mucha decencia. Se habia casado con Doña Ana de Mendoza, señora principal, de mérito sobresaliente, y habia vivido con ella en la mas dulce union. Pero la muerte le arrebató en medio de su carrera, dejándole á Laura, su hija, de edad de ocho años, que era el único fruto de su matrimonio. Don Alvaro quedó inconsolable de esta pérdida, y no pudo aliviarla de otra suerte que reconcentrando en Laura todas sus aficiones, sin pensar mas que en darla una educación distinguida.
Don Alvaro era hombre muy instruido, y dotado de una grande estension de facultades morales. Laura habia heredado estas felices disposiciones: su padre, que las reconoció desde luego, que la idolatraba, y que no tenia otra ocupacion que pudiera distraerlo, se dedicó á cultivar esta joven planta con tanto cuidado, que este era el único objeto de su vida. Cada dia ponia mas empeño, porque cada dia veia los prodigiosos progresos de la niña. No solo aprendia con facilidad cuanto se le enseñaba, sino que mostraba el corazon mas noble y mas sensible, un gusto natural de todo lo bueno, y un particular instinto para sentir y abrazar todo lo que era honrado y honesto. El padre estaba tan hechizado de las prendas de su hija, que cada dia la admiraba mas, y no sabia separarse de ella.
Al mismo tiempo el cielo la habia dotado de una rara belleza, que empezó á aparecer desde su edad mas tierna, y que se fué perfeccionando con los años. Sevilla, por la dulzura de su clima, ha sido siempre fecunda en hermosuras; y aunque entónces hubiese muchas, cuando Laura llegó á la edad de diez y siete años, pasaba por la mas distinguida entre todas. En efecto, era tan peregrina, que pocas la podian igualar en la tierra. Al talle mas fino y elegante se juntaban perfecciones tan dulces, y contornos tan bien proporcionados, que no podia hacer un movimiento sin verter muchas gracias. En su persona todo era perfecto, y ademas habia en ella una fisonomia tan viva y espresiva, que una leve sonrisa, una dulce espresion de agrado, ó la menor insinuacion de cortesía, cautivaba las almas. En sus ojos brillaba un fuego, que descubría su talento, y al mismo tiempo abrasaba los corazones; pero ella sabia templarlo con tanta dulzura, y encubrirlo con tanta modestia, que tambien forzaba á la sumision y al respeto. Nadie ignoraba su instruccion, y la esmerada crianza que la habia dado su padre; pero esto no se sabia mas que por tradición, ó como por fe, porque ella escondia sus luces con su moderacion, y las contenia en los límites de su sexo. No decia palabra que no fuera sensata y bien sentida. Todos sus discursos eran simples, de asuntos ordinarios, y propios de las personas con quien hablaba. Era muy afable y cortes, y aunque muy superior á los mas, parecia que ella lo ignoraba, y que solo tenia el arte de hacerse amar de todos.
Añadid á tantas perfecciones naturales un aire siempre decente y decoroso, una religion profunda, pero esclarecida, una observancia continua pero sólida y seria; y al fin, una conducta, que no solo escluia el baldon, sino aun la sospecha. Es fácil concebir, que Laura era la maravilla de su siglo. La opinion general la habia ya condecorado, pues habia alcanzado del público el renombre del Sol de Sevilla, y por este título era conocida en todas partes. Tantos dones y tantas gracias no pudieron dejar de escitar muchos deseos. Los que no podian aspirar á su mano, se contentaban con admirarla y bendecirla. Pero los que por su nacimiento y su fortuna podian esperar tanta dicha, pensaban en adquirir á todo precio este tesoro. No solo los primeros caballeros de la ciudad y sus contornos se la habian ya pedido á Don Alvaro, sino muchos de tierras mas lejanas viniéron á Sevilla con la misma solicitud.
Ya habia tiempo que Don Alvaro indicaba á Laura las personas que la pedian, esplicandola los títulos, la calidad, las rentas, y hasta el juicio que formaba de las prendas personales de cada uno; pero no la hacia mas que una simple relacion de los hechos, sin inclinarla ni desviarla de ningun partido. Laura siempre que venia á hablarla de esto, le decia: yo no tengo ni debo tener voluntad; mi padre es quien debe escoger por mí, y yo no debo mas que obedecer. Don Alvaro la decia que él no era el que se casaba, sino ella, y que pues en su boda se trataba de su suerte, era ella la que se debia decidir: que si él estuviera seguro de acertar su felicidad futura, no teniendo ni otro deseo, ni otro objeto, la inclinaria á la persona de quien no pudiera dudar que la haria feliz; pero que el casamiento era una cosa tan oscura, que muchas veces, á pesar de las mejores apariencias, se solia errar y que en este riesgo inevitable mas valia que decidiese la razon y el gusto de cada uno, que no el consejo ageno.
¿Cómo, padre? le respondia Laura, ¿quereis que yo me encargue de mi propio destino, y que quede responsable de las contingencias de él? Esta es la única cosa en que veo que sois cruel conmigo. Mirad, señor: casándome con el hombre que querais, y uniendo mi suerte con la suya, por obedeceros; si soy feliz con él, tendré ese nuevo motivo de daros gracias, y me será mas dulce, porque me viene de vuestra mano, y si acaso soy desdichada, ¿qué consuelo será para mí saber que no he merecido esta desgracia, y que es voluntad del cielo? Porque en fin obedecí á Dios obedeciendo á mi padre, que me lo representa, y nada podrá abatirme entónces, como que estaré segura de haber hecho lo que debia, y de haber cumplido con la ley que me imponia la virtud: obedeciendo á un padre, no podré culparme nada á mí misma: conoceré que este es mi destino; me someteré con paciencia á mis desgracias, y la idea de haber hecho mi deber me sostendrá en ella.
En vez de que si me casara con un hombre por mi antojo, y por dar satisfaccion á mi gusto, ó si yo tuviera la temeridad de escoger por mi juicio, sin seguir los consejos y las órdenes de un padre, á quien Dios ha dado mas luces y esperiencia que á mí; de un padre, en quien debo tener tanta confianza, y que fuera mas infeliz que yo misma; ¿cuánto seria mi sentimiento de haber errado la eleccion? ¿Cuál seria mi consuelo en la tierra, ni en el cielo? ¿Cómo pudiera escusarme ni con Dios ni con los hombres? Y pues vos mismo decis que esta es una cosa oscura y arriesgada, ¿no es mas natural que la decida quien con el mayor deseo de acertar, tiene mas conocimiento del mundo y de los hombres, que una jóven, á quien faltan luces y esperiencia? No, padre: yo me casaré con el hombre que reciba de vuestra mano, ó no me casaré nunca. ¿Y qué? ¿Un padre tan tierno pudiera estar indiferente en cosa tan importante, y abandonarme á mi ignorancia en el punto mas decisivo de mi vida?
Don Alvaro conocia la verdad de estos principios; pero sabia que no eran aplicables á Laura, que por su virtud y capacidad era muy superior al comun de las mugeres por casar, y estaba en estado de elegir bien. Así la respondió: mira, hija, si yo no tuviera en tí la confianza que tengo, quizá procurara inclinarte al partido que me pareciera mejor: si te viera preocupada de una pasion, de un capricho, ó de una fantasía, que te arrastrara á una mala eleccion, entónces alumbraria tu error con mis consejos, y si estos no bastaran, también te lo embarazaria con mi autoridad, que á esto llega mi poder.
Pero yo estoy cierto que tú no escogerás sino bien, que no tendrán influjo en tu espíritu mas que los principios de la razon y la virtud. Entre tus pretendientes hay muchos de méritos, y circunstancias tan iguales, que yo mismo no supiera determinarme. Pero entre ellos habrá algunos, que siendo iguales á la razon de un padre, no lo sean á los ojos de su hija, porque unos pueden gustarle mas que otros, y en este caso su gusto debe ser preferido. Empieza pues á escoger, y lo que yo te prometo es, que si á mi parecer escoges mal (lo que no espero), te lo diré con franqueza, esponiéndote mis motivos.
Laura no gustaba de estas razones; ella hubiera querido un órden absoluto, y no poner mas que una ciega obediencia; y cuando veia que no podia reducirlo, solia acabar diciendo: ¿pero porqué quereis casarme tan presto? Yo soy todavía demasiado jóven, ¿y ya quereis echarme de vuestra casa? Yo me hallo muy dichosa con vos, y no quiero separarme tan presto de vuestra compañía: dejadme pues gozar todavía un poco de mi libertad: y al oir esto su padre la abrazaba, y las cosas quedaban suspensas.
Pero un dia vino á hablarla, y la dijo con un tono mas serio: hija, tus amantes no me dejan sosegar: yo no puedo sacudirme de ellos, ni sé cómo librarme de su importunidad. Laura mia, ya es preciso que salgamos de esto; ya tienes diez y nueve años, ya tienes bastante razon, y has tenido sobrado tiempo para determinarte. ¿Porqué hemos de entretener tantos hombres de bien, que te solicitan? Vamos, acaba de sacarnos á todos de esta pena. Ella volvió á sus dificultades. El padre quiso usar de una estratagema para ver si podia conocer en su semblante cuál era el que le gustaba mas: se puso á hablarla de todos, y empezó por aquellos que le pareciéron podian agradarle ménos. En efecto, cuando los nombraba, le pareció verla un ceño, que era señal de su desaprobacion. Le espuso despues otros, en que se mantenia tibia; pero cuando le nombró al Marques del Alamo, le pareció ver en sus ojos una cierta vivacidad, que le hizo creer que este era el preferido.
Era precisamente el que Don Alvaro hubiera escogido él mismo, y el que por todos títulos parecia el mejor engaste para aquella perla. Porque fuera de que era de las primeras familias de Córdoba, y poseedor de una casa muy rica, era un jóven de una presencia muy gallarda, de gran talento, y tenia la reputacion de ser muy honrado y generoso. En efecto, el corazon de Laura le habia dado una secreta preferencia. Pero obstinada en sus principios de no querer casarse sino al gusto, y por el órden de su padre, habia querido esconder su inclinacion para combatirla, si la eleccion de su padre no era conforme á su deseo. En fin, despues de una larga conferencia, en que Don Alvaro quedó convencido de que el Marques se llevaba la palma, quedó tratado entre ellos, que se aceptaria su partido.
El Marques, que con mucho mérito propio habia sabido sentir mejor el de Laura, estaba muy enamorado de ella. Así se transportó de gozo cuando Don Alvaro le dijo, que venia á conducirlo á su hija, para presentárselo con título de esposo; corre presuroso á echarse á los pies de Laura, y esta lo recibe con aquel dulce agrado con que hechizaba todos los corazones: el Marques penetrado de su dicha, le jura una constancia eterna, y ella la acepta, y le asegura de la suya: le dice que su padre le ha permitido escoger, y que ella ha escogido lo que le pareció mejor. Se publica el ajustado casamiento, y todos celebraban la eleccion de un hombre tan digno: muchos envidiaban su felicidad: pero las gentes de la ciudad se quejaban diciendo, que pues su Sol se ausentaba, Sevilla iba á quedar anochecida. En fin, la boda se celebra, y despues de muchas fiestas y regocijos, el Marques se llevó á Córdoba á su adorada esposa.
Córdoba es una ciudad deliciosa, bañada por las aguas del Guadalquivir: una continua primavera que la hace madre fecunda de flores y de frutos. En sus tierras feraces, con el influjo de su templado clima, nacen y se crian los placeres. Y entre los dulces corazones de sus felices habitantes se anidan la alegría y la jovialidad.
Pero la venida de Laura turbó la tranquilidad de los corazones: los jóvenes galanes corrian asombrados á admirar tan peregrinas perfecciones, y las tiernas hermosuras temian perder la posesion de sus afectos. Pero viéndola mas de cerca, los primeros advirtiéron que si Laura escitaba sentimientos de amor, tambien sujetaba al respeto; y las segundas, viendo su decencia y su conducta, se desengañáron de que en aquel corazon puro no cabia otro culto que el que debia á su himeneo.
Todos pues se sosegáron, confesando como los de Sevilla, que si era la mas hermosa de todas las mugeres, tambien era la mas virtuosa y la mas ejemplar: su reputacion adquirió el mismo derecho á la estimacion publica de que habia gozado en su patria, y el Marques gozó sin zozobra de su legítimo tesoro.
El Marques pues se creia el mas feliz de los hombres, y lo era, porque ninguno conocia mejor el precio de lo que gozaba: cada dia le descubria nuevas gracias, nuevos talentos, y mayores virtudes. Embelesado con tan dulces encantos habia olvidado la corte, los placeres y el mundo: solo vivia con Laura y para Laura, imaginando perdidos los momentos que pasaba sin ella. Laura tambien conociendo mas de cerca su mérito, y agradecida al mismo amor que le inspiraba cada dia, lo amaba mas, y uno y otro habian llegado al punto en que no sabian separarse, porque lo demas de la tierra les era indiferente. El Marques entre otros talentos tenia el de pintar en miniatura, y su única ocupación era sacar retratos de Laura. Esto era lo único que le divertia, porque su ejercicio, léjos de alejarlo de ella, lo acercaba mas, estaba á su vista, estudiaba sus perfecciones, bebia continuamente con sus ojos los nuevos ardores con que se inflamaba: así acababa una copia y empezaba otra, con el pretesto de hacerlo mejor, y nunca la encontraba bien.
En esta embriaguez amorosa habian pasado tres años, que no parecian mas que un instante á su mutuo y estático embeleso, cuando se publicó que el Rey Católico y su esposa la Reina se habian unido para conquistar á Granada, y limpiar á España del último resto de los moros. Desde luego esta noticia asusta á los amantes esposos: poco despues llegáron las órdenes con que convidaban los Reyes cada uno á su nobleza para que fuesen á asistirlos, trayendo cada cual el número de gentes con armas, que correspondia á sus feudos. El Marques, como gran feudatario, debia ir con las suyas: se aflige con este contratiempo, que iba á turbar su felicidad. Laura se consterna, derrama un torrente de llanto. Ella quisiera esconderse con él en un desierto en la mas miserable cabaña, por no separarse de un objeto necesario á su vida.
Estos primeros dias no fuéron mas que lamentos; pero al fin el honor y la gloria es tan irresistible en los honrados corazones, que hacen oir al Marques su imperiosa voz. Empieza á juntar sus gentes, y aprontar sus armas. Cuando todo estuvo prevenido despacha á sus vasallos armados, bajo la conducta de un oficial de su confianza; y diciendo que él llegaría cuando ellos, porque yendo solo iria mas de priesa, se quedó dos días mas para pasarlos con Laura, y aprovecharse hasta del postrer instante; pero presto se pasáron estos dos dias. No obstante, procura consolarla; deja criados destinados á que vayan y vengan, para que todos los dias la traigan noticias suyas: la asegura que no tardará en volver á verla: que estando el campo tan cerca no faltarán ocasiones en que pueda sin rubor pedir licencia de venir á pasar con ella algunas horas. En fin, llegó el momento fatal de la inevitable separacion, y el Marques se separa de sus brazos, dejándola anegada en llanto.
Llega al campo, y la suerte le destina á servir bajo las órdenes del ilustre Lara, aquel capitan afamado, que siendo ya tan glorioso por sus muchas hazañas, acabó de adquirir allí tanta reputacion. Este grande hombre de guerra no pudo ver la juventud, la agilidad y los talentos del Marques, sin darle su confianza: lo acercó á su persona, y lo empleaba en todas las ocasiones importantes: ya el Marques habia salido muchas veces contra los moros de la plaza, y los habia rechazado mostrando una conducta inteligente, y un supremo valor. Esto le habia adquirido una estimacion general, y añadido mucho al concepto de su gefe. En fin, el Marques habia pasado mas de un mes sobrellevando sus penas, con las distracciones de la gloria, y consolándose todos los dias con las noticias que recibia de Laura.
Pero impacientes los generales de que no acababan de llegar las tropas que eran necesarias para estrechar el sitio, destinan á varios oficiales que vayan á apresurar su marcha, y Lara encarga al Marques que vaya a apresurar los tercios que se esperaban de Castilla. El Marques salió á desempeñar su comision presuroso, y ya encuentra el camino lleno de tropas y oficiales, que se encaminaban á Granada: no llevaba consigo mas que á Martorel, criado antiguo, y que habia preferido, porque era hombre de valor, hecho á la guerra, duro de carácter, y que en cualquier lance lo hubiera socorrido. Despues de haber dado las órdenes que llevaba, se volvió solo con Martorel al campo; pero habiendo pasado toda la noche sin dormir, estando todavía muy léjos, y viendo que amenazaba una grande tempestad, resolviéron entrar en una venta, que halláron por fortuna, con la idea de descansar un rato. Allí encontráron cinco ó seis oficiales, que parecian de distincion, que no conocian al Marques, y este tampoco los conocia; pero lo recibiéron con cortesia, y empezáron entre todos á hablar de la guerra.
A poco tiempo uno de ellos se asoma á la ventana, y vuelve riendo á decir á otro que parecia amigo suyo, aquí viene el Estremeño: me alegrara que se detuviera aquí, porque tuviéramos un buen rato. Los demas le preguntan ¿porqué? y él les dice: es un caballero rico de Estremadura, famoso por sus aventuras galantes: es mozo muy gallardo, y de la mas linda presencia, que ciertamente le habrá valido en buenas ocasiones: pero es tan presumido, y de una vanidad tan loca, que dice que hasta ahora no se le ha escapado ninguna de las que ha querido. Habla de todas las mugeres con desprecio, dice que no hay fortaleza inespugnable, que las unas por amor, y las otras por dinero, todas se rinden. En fin, la noche de ayer la hemos pasado en una posada juntos, y su jactancia y vanidad empezaban á irritarme; pero consideré que un mozo tan ligero de cabeza, y quizá mentiroso, no merecia mas que el desprecio: yo tomé pues el partido de divertirme con él, le dí rienda para que desbocara, y él no cesó de contarme toda la noche sus insignes proezas, que la mayor parte serian mentira.
Estando diciendo esto entra el Estremeño con un aire muy satisfecho y atrevido: á todos pareció de una fisonomía agradable; y ciertamente se presentó con mucha gracia: todos le hiciéron cortesía, y él dijo, que ya habia enviado al campo sus vasallos; pero que él, teniendo tiempo, se habia detenido por ver algunas de las bellas ciudades de Andalucia. Que habia pasado quince dias en Sevilla y ocho en Córdoba: que se hubiera detenido mas en la última ciudad, porque le habia acontecido una aventura muy agradable; pero que le habia sido preciso partir, porque las órdenes apresuraban la marcha. Tambien se habló alguna cosa de la guerra, y despues el mismo oficial, que habia hecho su retrato, empezó á ponerlo en el asunto de su vanidad, para que todos se divirtiesen con sus jactancias. Le dijo: ¿y que os han parecido las hermosuras andaluzas? El respondió, muy bien: yo he visto muchas tan amables como las estremeñas, y me parecen todavía mas amantes y tiernas: un Sevillano que estaba allí le replicó: vos habeis estado poco tiempo para conocerlas, y él con aire de satisfaccion, le volvió á decir: los burros necesitan de mucho para andar su camino; pero un galgo corre mucha tierra en poco tiempo.
Todos se rieron de la insensata ligereza de aquel jóven; y el primero le da mas cuerda para hacerle hablar; pero el Sevillano con aire de no poder creer las cosas que decia, y defender las andaluzas, afectaba no creerlo, y le ponia dificultades para obligarlo á desbocarse, y el incauto mozo cada vez se precipitaba de nuevo, y sacudia sin el menor reparo su fácil lengua. Decia que jamas habia encontrado ninguna invencible en ningun pais: que al que con ciertas gracias sabia manejar ó la lengua ó el oro, nada se le resistia: que las mugeres eran mugeres en todas partes, y que no era menester mas que saberlas gobernar. Nombró á muchas estimadas en Sevilla, como si se hubieran enamorado de él, y decia: no me ha faltado mas que tiempo para cortejarlas á todas; pero yo he escogido las que me gustaban mas, y las demas tendrán paciencia hasta mi vuelta. El Sevillano, que no creia nada, se lo decia francamente, y los otros reian. Pero el Estremeño hacia juramentos terribles, y cuando se le nombraba alguna dama, ó con una falsa risa daba á entender que habia sido despojo de su mérito, ó decia que no habia dependido mas que de su voluntad.
Pasa despues á Córdoba, y dice, que allí no ha tenido mas que una aventura, pero que ha sido buena: el Sevillano le dice: pues allí está una muger de mi pais, y ciertamente no habrá sido con ella; porque si es la mas bella de toda España, es tambien la mas virtuosa, y jamas se ha sospechado de ella el menor desliz. ¿Hablais del Sol de Sevilla? le pregunta el Estremeño. De la misma, le responde; y aunque me lo dijeras en cruz, no creyera que esa respetable señora, casada con un hombre de mérito, y que es un ejemplo de virtud, sea capaz de la menor flaqueza, y ménos en tan poco tiempo, con un hombre que va de paso. El Estremeño da una carcajada de risa, y le dice: me parece que yo la conozco mejor, y que pudiera daros noticias mas seguras: desengañaos, no hay muger que no lo sea: las peras son las mismas en todas partes, y cuando se les dan golpes todas se pudren.
El Marques embargado en sus asuntos, y lleno de la memoria de Laura, escuchaba esta frívola conversacion con fria indiferencia, y con un íntimo desprecio de aquel mozo; pero al nombre del Sol de Sevilla, se despierta su atencion, y abre el oido. El Sevillano indignado de tan ridícula jactancia, vuelve á decirle, que no creerá nada, y hace un magnífico elogio de la instruccion y la virtud de la Marquesa del Alamo. El Estremeño se reia siempre, y al fin le dijo: todos me decian lo mismo, y hubo un momento en que yo lo creí. Pero el destino quiere que yo no pueda encontrar una muger inflexible; bien que debo confesar, que esta me ha costado mas que otra alguna. Bueno, le dice el Sevillano, ¿os ha costado mucha pena, y no habeis estado mas de ocho dias? A esto respondió el Estremeño: la aventura es curiosa, y la voy á contar por entero, porque me parece que teneis dificultad de creer lo que digo; pero verémos si podeis resistir á las pruebas que voy á daros.
Cuando yo llegué á Sevilla no oia hablar en todas partes mas que de su Sol, que se habia ido á Córdoba: de su hermosura y de sus gracias: la juventud que me acompaña me decia, que todo lo que habia quedado y yo veia, no era nada comparado con Laura de Guzman: que eran carbones á la vista del sol; pero tambien me añadian, que era muy instruida, muy virtuosa y modesta, y que ciertamente todo mi mérito no bastaria para ella, porque era una roca inespugnable. Yo no sabia qué pensar de esto, y me pesaba que no estuviera allí, para probar mis fuerzas con ella. Pero como debia muy presto pasar á Córdoba, me propuse verla allí para juzgar por mí de tantas alabanzas, y con el ánimo de rendirla, si me era posible, por añadir este trofeo á mis victorias, y poderles decir á mi vuelta á los panegiristas entusiastas de su virtud, que esa roca tan inespugnable habia sido despojo de mi mérito.