Chapter 9
--Es verdad--respondí.--Pero el mundo no hace esas distinciones y condena a las solteronas en conjunto. La abuela, de acuerdo con el mundo, no las quiere nada, aunque tenga una profunda amistad con algunas de ellas... La abuela estaría enteramente desolada si yo me quedase soltera.
--Comprendo que la buena señora desee establecer a usted, pero en fin, ¿qué reprocha al celibato? Confieso que no veo bien el por qué de su animosidad, aunque me dé cuenta del de su preferencia.
--Afirma que el celibato es una situación anormal, antinatural y... ¿qué se yo?
--Sí, la mujer debe casarse, tener hijos... eso es conocido... ¿Y qué más?
--Según ella, la mayor parte de las solteronas son egoístas.
--¿Y los premios Montyon?...--objetó Genoveva.--Esos premios son de solteras y no para las egoístas...
--La abuela dice también que las solteras tienen la devoción estrecha, meticulosa y hecha de menudas prácticas, más que de profunda piedad; que son charlatanas y envidiosas; que tienen ideas mezquinas y atrasadas, y, en fin, que poseen todos los defectillos imaginables, entendiendo por defectillos todo lo que achica un carácter, todo lo que apaga un alma...
--Sí, pero el conjunto de esos defectos constituye una tacha enteramente femenina y no es sólo aplicable a las solteronas... No creía yo que la señora de Sermet tenía respecto a ellas esa opinión tan poco fundada...
--Sí, señora--respondí,--y eso es lo que me ha hecho empezar mis investigaciones. Me sentía tan poca vocación por el matrimonio y tanta por el celibato, que he querido darme cuenta de lo que se podía reprochar a esas pobres criticadas.
--¿Y has encontrado algo?--preguntó Genoveva con interés.
--No mucho... Veo, sobre todo, muchos prejuicios e ideas hechas que pasan de generación en generación como un gabán viejo que cada cual adapta a su talla y a su gusto.
--Creo--dijo Genoveva,--que lo que más ha contribuido a dar un aspecto ridículo a la solterona, es la inconsecuencia de algunas de ellas--las recalcitrantes del celibato, como tú las llamas,--que tienen la mala costumbre de gritar sus penas al primero que se presenta, y de ir de puerta en puerta pidiendo un marido.
--¡De puerta en puerta!--murmuré sorprendida...
--Pregunta a mamá--interrumpió Genoveva.
--Genoveva tiene razón, Magdalena. Conozco personalmente solteras, contemporáneas mías, cuya juventud se ha pasado en repetir a todas sus relaciones: «Cáseme usted... Por Dios, encuéntreme usted un marido... No se olvide usted de mí.» Esto se repite al principio con compasión, después con un dejo de burla y luego con un desdén acentuado. Y se deduce ligeramente que todas las solteronas se encuentran en este caso ridículo y no forman en su conjunto más que una gran colección de «dejadas por cuenta.»
--Es injusto--exclamé con emoción.
--No, Magdalena--respondió sencillamente la de Ribert.--Supongamos que Francisca, Petra y Paulina no se casen. ¿Qué pensará usted?
--Que no han encontrado el pretendiente de sus sueños--respondí sin reflexionar.
--Ya lo ve usted... Usted misma, una amiga, participa de la opinión general. Si no encuentran el pretendiente de sus sueños, es evidentemente porque éste no es tal pretendiente... Convengamos en que hay aquí un «dejado por cuenta» evidente.
--Acaso mis amigas tienen pretensiones por encima de su situación de fortuna y...
--Sí, lo concedo, y de eso tiene la culpa la educación moderna; pero, en suma, sus amigas de usted serían «dejadas por cuenta» puesto que los pretendientes que ellas aceptarían no las quieren...
--Pero--entonces balbucí confundida,--las solteronas han hecho ellas mismas su reputación...
--En mucha parte, sí--afirmó la de Ribert.--Las solteras forzosas han gritado tanto sus desilusiones, que el mundo, generalmente poco benévolo, ha creído que todas las solteras estaban en el mismo caso.
--¡Vírgenes y mártires!--exclamó muy contrariada por esta nueva concepción.--¡Es completo!
La de Ribert y Genoveva se echaron a reír. Mi consternación les divertía.
--Y bien, ese maravilloso estado, ¿te tienta todavía?--preguntó Genoveva con los ojos brillantes de malicia.
--Sí--respondí con alguna vacilación.--Pero me fastidia, sin embargo, pensar que las solteronas tienen un lado un tanto ridículo... ¡Qué idea, reclamar un marido con tanta insistencia y tan poca discrección!... ¡Bah!--exclamé con más firmeza,--me siento, con todo, una aptitud sublime para esa vocación tan desacreditada... Sin embargo, por complacer a mi abuela, consiento en poner toda mi buena voluntad al servicio del matrimonio. Mi amor a las solteronas no me impedirá, probablemente, volver a empezar dentro de poco la ceremonia de los últimos días con otro caballero.
--¿No te ha curado el señor Desmaroy de esa buena voluntad?--preguntó Genoveva sonriendo.
--No, ese señor ha respondido simplemente a la pregunta que yo había hecho al señor Boulmet. «¿Tiene corazón?» Ha resultado que tenía más del necesario, y no ha habido más.
--Sí--dijo la de Ribert muy animada,--y además no le gustaba a usted...
--Absolutamente nada--exclamé con una seguridad inmutable.
La de Ribert y Genoveva me abrazaron con efusión, y las dejé para volver a mi casa.
Al entrar en la cocina para decir una cosa a la buena anciana, me la vi muy afanada delante de la mesa, con la pluma en la mano y la cara congestionada, por los esfuerzos que hacía para escribir una carta.
--Mi pobre Celestina--dije al pasar,--te vas a poner mala.
--No hay cuidado... La señorita no se casa ya, y siendo así... Sé lo que sé, y cumplo mi voto...
--¿Qué voto?
--Eso es cuenta mía... Asunto de conciencia...--respondió misteriosamente Celestina.--He hecho un voto, y puesto que no se casa usted, voy a cumplirlo... No hay más.
Veo que no sacaré nada de esta obstinada y tomo el sabio partido de dejarla cumplir su voto, que no puede ser más que alguna cosa edificante, pues Celestina piensa siempre en todo y por todo, en la edificación del prójimo... ¡Es hermoso!...
22 de noviembre.
Esta mañana nos hemos reído mucho la abuela y yo.
Tenía necesidad la abuela de ver al señor cura a propósito de unos pobres a quienes socorremos, y se fue a casa del padre Tomás. La abuela recibió de su pastor la acogida más alegre que se puede desear. De tan buena gana reía el señor cura, que ya empezaba la abuela a amoscarse ligeramente, cuando aquel sacó una carta de su escritorio y se la dio sin más explicaciones.
Copio textualmente esta obra maestra que la abuela me ha traído como dato para mis estudios sobre las solteronas; pues se trata de una carta de Celestina al cura, la carta que tanta curiosidad me había inspirado. Corrijo las faltas de ortografía, para facilitar su lectura.
Celestina Robert al señor cura de San Aprúnculo.
* * * * *
«Aiglemont 15 de noviembre de 1903.
»Señor cura:
»Ya no se casa nuestra señorita. Como tengo gran confianza en el buen San Pablo, había prometido al gran apóstol dar un paso cerca de usted en el caso de que nuestra señorita no se casara con el señor que ha venido con motivo de las antigüedades de la señora.
»Cumplo mi voto.
»Pienso, señor cura, que Santa Catalina no es una verdadera solterona, puesto que murió joven. Por esto no hay obligación de conservarla como nuestra patrona. Este honor corresponde, sin disputa, al apóstol San Pablo, que permitió a la gente de su tiempo y a la de los tiempos de después, no casar a sus hijas. Aunque se enfade mi pobre señora, que no es de esta opinión.
»El día de Santa Catalina está próximo, señor cura. Para cumplir mi voto pido al señor cura que no se celebre esta santa y que deje la fiesta de las señoritas para San Pablo.
»Su humilde servidora
»CELESTINA ROBERT.
»Miembro de la orden tercera de San Francisco, cofrade de la Propagación de la fe, de la Santa Infancia, de San José, del Sagrado Corazón, de las ánimas del Purgatorio, de San Antonio, etc., etc...»
* * * * *
Solté una sonora carcajada al leer esta epístola fantástica y también la abuela se rió de buena gana.
--Está decididamente en el aire la manía de escribir--dijo enjugándose los ojos que estaban llenos de lágrimas.--¡En qué siglo vivimos!... Y proponer a San Pablo...
--Es una broma de Francisca--dije a la abuela, en cuanto pude respirar.--La pobre Celestina ha sido sugestionada.
--¿Cómo es eso?--preguntó la abuela incrédula.
Le conté lo que había pasado con Francisca a propósito de San Pablo y el presentimiento que yo tuve de lo que podría hacer la vieja cocinera.
--¿Y qué ha dicho el señor cura?--pregunté.
--Estaba tan divertido por esta petición poco común, que no pensaba en decir su opinión. Mira la carta que me ha dado para Celestina. Léela; no está cerrada.
* * * * *
«AGUSTÍN LABERTAL,
»Cura arcipreste de la catedral de Aiglemont,»
»da las gracias a la señorita Celestina Robert por su interesante comunicación, que ha llegado tarde. Por este año no es posible ningún cambio en la reglamentación de las fiestas habituales. El señor Labertal aprovecha la ocasión para recomendaros a las buenas oraciones de la señorita Robert.»
* * * * *
--¡Calla!--dije estupefacta,--el señor cura parece que toma en serio esta comunicación...
--Tiene que usar ciertas consideraciones...
--¡Consideraciones!... ¿Por qué?
--Ofender a una solterona de la intransigencia de Celestina, sería peligroso...
--Sí, comprendo... El señor cura temería legítimas represalias...
--Ciertamente--dijo la abuela con convicción.
--Pobre señor cura, tiene miedo... Teme a los gendarmes de Dios, ¿verdad, abuela?
--¿Qué gendarmes, hija mía?
--Todas las devotas del género de Celestina, son los gendarmes de Dios... A ellas corresponde la vigilancia de la parroquia entera, desde el señor cura hasta el último niño del catecismo... Es seguramente un monopolio.
--Exageras, Magdalena.
--Bien sabe usted lo contrario, abuela... Si el señor cura llega tarde a misa, si se enreda en un _oremus_ si no estaba en el confesionario a la hora exacta, si la señora de Tal ha ido a buscarle a la sacristía, si la señorita Fulana ha tosido en misa, todo es materia de numerosas reflexiones... Pobre señor cura, buena falta le hace tener diplomacia...
--Sí--respondió la abuela contrariada por el sesgo que tomaba la conversación.--La diplomacia ha sido siempre una cosa tan hábil como inteligente.
--Es verdad--dije después de unos momentos de reflexión,--más vale rodear las dificultades que tomarlas por asalto... ¿Sabes, abuela, que no debe de ser agradable ocuparse de tantas fruslerías cuando parece que el alma no debiera ser atraída más que por las grandes cosas?...
--Ve a decir a Celestina que su proyecto no es de una importancia capital, y verás cómo te recibe.
--Pobre Celestina... ¿En qué consiste que el cerebro llega a estrecharse hasta ese punto?
--No creo que el de Celestina haya tenido nunca una amplitud notable...
--Lo admito, en cuanto a Celestina. Pero ¿crees que es una excepción?
--No, hija mía. Ese es uno de los escollos del celibato, pues, en mi concepto, hay más peligro de mezquindad en la mujer que vive sola que en la que tiene marido e hijos. Al contacto de las inteligencias que se mueven alrededor suyo, es más difícil que una mujer se disminuya, intelectualmente hablando: su cerebro, en vez de disminuir, tiene tendencia a ensancharse. Lejos de atrofiarse en la tristeza de la soledad, se expansiona en los goces de la familia... Realmente, habría mucho que hablar respecto de esto...
--¡Oh! abuela--protesté con vehemencia,--no se puede decir que una vida está truncada cuando se tiene la dicha de vivir sin un marido, sin un dueño, y libre de tantas vicisitudes...
--Admitamos que exagero en cuanto a algunas; pero me concederás que muchas solteronas participan de mi opinión. No todas tienen tus ideas y las hay que se resignan difícilmente al celibato.
--Las hay que no se resignan--exclamé riendo al recordar a la Bonnetable y su mal humor.
--Y bien, puesto que somos del mismo parecer, al menos en ciertos casos, es fácil que nos entendamos. Tomemos por ejemplo, si quieres, una soltera que lo es a pesar de sus deseos más sinceros. ¿Crees que será dichosa y apta para ensanchar su horizonte?...
--Qué sé yo...--dije con alguna vacilación.
--Fatalmente tendrá que encerrarse en su concha. En lugar de tener una piedad sincera e ilustrada, sus desilusiones la impulsan a los extremos de la exaltación religiosa. Será una fanática de las pequeñas devociones, de las pequeñas distracciones y de las ocupaciones pequeñas. Pisoteará sin escrúpulo la reputación del prójimo, y se creerá en el camino del infierno si falta a un rosario o a un sermón. Después, si no tiene el corazón bastante noble para entregarse por completo a todos, no pensará más que en sí misma, se replegará en su alma, en su cerebro y en su conciencia. A fuerza de investigar sus propios pensamientos y sus más ínfimos deseos, llegará a inspeccionar al prójimo de un modo igualmente meticuloso. Poco a poco pensará menos en sus defectos que en los de los demás. ¡Ah! Magdalena, una vida truncada es terrible para ella misma y para los otros. La malevolencia sistemática engendra tantas catástrofes...
--Sí--respondí un poco pensativa,--la solterona, tal como tú la pintas, vive en un martirio perpetuo. Todo el calor desocupado de su corazón se transforma y se pierde... Da en hiel lo que hubiera debido prodigar en miel... ¡Pobre solterona!...
--Sí, por lo mismo que compadezco con toda mi alma a esas víctimas de la vida, no querría, hija mía, verte tomar un camino semejante...
--Yo no soy de la madera de esas solteronas... Yo no deseo casarme, sé pensar y no estoy desocupada... No, tranquilízate; si permanezco soltera tendré siempre el alma igual y alegre y seré un ejemplo extraordinario de felicidad en el celibato.
--Quién sabe...--murmuró la abuela pasándose la mano por la frente.--Quién sabe... Dios te preserve de las tempestades del corazón, mi querida nieta... Pero--dijo de pronto para ahuyentar la melancolía,--nos hemos extraviado de Celestina... Cierra la esquela del cura para que yo pueda entregársela, y no hables de esto a la buena mujer. Si sospechase que estamos al corriente de su paso, guardaría rencor al señor cura por esta indiscreción, permitida sin embargo.
--¡Rencor de solterona!--exclamé fingiendo un escalofrío.--¡Qué cosa tan espantosa!...
Esperaba yo ver en Celestina los efectos de una cruel decepción, como vajilla rota, platos echados a perder, gruñidos, empujones... Pero no, Celestina estuvo de buen humor todo el día y hasta le oí cantar a voz en cuello un cántico a la Virgen.
La esperanza permanece en el fondo de su corazón, es cierto. Ha llegado tarde este año, pero el que viene... ¡Pobre Santa Catalina! Ya puede aprovechar lo poco que le queda... ¡Viva San Pablo!...
25 de noviembre.
Hoy gran fiesta para las solteras, jóvenes y viejas.
A primera hora, esta mañana, Celestina, de muy buen humor, se paseaba en su cocina con ardor febril.
--Pero, mujer, te estás cansando--le dije con conmiseración.
--No--exclamó alegremente...--Quiero que el té de la señora sea perfecto. Eso hará rabiar a Mariana, la cocinera de la señorita Bonnetable--añadió con la cara llena de satisfacción.
--¿Por qué ha de rabiar?
--La señorita sabe bien que en el último té de la señorita Bonnetable los pasteles de chocolate estaban quemados.
--¡Ah! y los tuyos...
--Los míos son siempre perfectos--respondió Celestina con vehemencia.--Además--dijo entre dientes,--he prometido dos centavos a San Antonio si sale bien la gran merienda.
Esa gran merienda de que habla Celestina con énfasis, es un simple té que todos los años, el 25 de noviembre, ofrece la abuela a sus amigas y a las mías solteras. De un año a otro Celestina piensa con ardor en la cantidad de novedades que podrá introducir en los pasteles y por toda recompensa no ambiciona más que cumplimientos, lo que, entre paréntesis, no le falta, pues todas conocen su flaco y la adulan.
A las dos y media empezó a oírse la campanilla. Genoveva, Petra, Paulina y Francisca llegaron de las primeras. Siguioles de cerca la señorita Sarcicourt. La Bonnetable, no habiendo podido digerir la «incalificable agresión» de que fue objeto de parte de Francisca y de la mía, se había excusado. Llegaron después la señorita Fontane, encantadora solterona por convicción; la señorita Melanval, presidenta de no sé cuántas asociaciones y ligas, y cuya única ocupación consiste en apuntar en una cartera los nombres de las nuevas adherentes a sus queridas obras; la señora Roubinet, de buena conversación, muy farsante y demasiado ocupada en procurar su efecto personal para pensar mucho en los demás, con lo que va ganando una sólida reputación de benevolencia que nadie piensa en discutir. Faltaron otras dos amigas de la abuela, que estaban resfriadas.
Por disposición de la abuela, que temía las ocurrencias de Francisca y, un poco, las mías, toda la juventud ocupaba el «rincón de las malas cabezas.» Las personas serias rodeaban a la abuela.
Como yo estaba un poco silenciosa, contra mi costumbre, Petra me interpeló de repente:
--Pero di algo, Magdalena; estás en las nubes. Parece que no oyes lo que se dice.
--En efecto--respondí,--estaba distraída mirando al grupo de la abuela.
--¡Ah!--exclamó Petra tan desdeñosa como si se tratara del pobre teniente Cotorrac.--¿Te interesan esas señoritas?
--Mucho. Estaba pensando precisamente que la señorita Fontane debe de ser una solterona por vocación...
--Pienso como tú--exclamó Genoveva.
--Sí, se ve la buena voluntad... Observad qué armoniosa es toda su persona. La mirada, la sonrisa, la voz, el gesto, todo respira el contento.
--¿Y la señorita Roubinet?--prosiguió Genoveva.--¿Creéis que no acusa una satisfacción perfecta?
--Sí--respondí,--pero no es lo mismo. La Roubinet finge la satisfacción de cabeza y la Fontane posee la de corazón.
--¿Y la Melanval, la encuentran ustedes bien armonizada?--preguntó Paulina, que habla poco y escucha mucho.
--Esa es el colmo de la satisfacción--respondió Francisca, absorta hasta entonces en algún pensamiento íntimo, y que pareció que se despertaba de repente.--¡Cómo! tener la presidencia de tantas cosas y poseer el honor de apuntar en su libro de memorias los nombres de tantas personas... es un goce que renace sin cesar... Se está a la cabeza de una sociedad con tan poderoso juego en las manos... Se acabó en Aiglemont el privilegio de la aristocracia--añadió echando a Petra una mirada maliciosa;--ahora es el reinado de la virtud... Por otra parte, sólo al ver el modo que tiene la Melanval de mover las plumas del sombrero, de colocar la cabeza y de hacer reverencias, se comprende su inefable dicha, al lado de la cual no es nada la felicidad paradisíaca...
--La Sarcicourt no participa de esa felicidad--hizo observar Genoveva.--Vean ustedes cómo contrastan sus aires modestos y su palidez con la amable animación de la Fontane y con la alegría de la Roubinet al buscar una frase o una cita.
--Veo que te vuelves burlona, Genoveva--le dije amenazándola con el dedo.
La única respuesta de Santa Genoveva como nosotras la llamamos, fue una fina sonrisa.
--¡Ay!--exclamó de pronto Francisca levantando al techo unos ojos desesperados;--qué fastidioso es pasar la vida con solteronas...
--Veo que sigues con tan poco gusto por ese glorioso estado--dijo Genoveva con compasión.
--Tengo tanto horror al celibato--respondió Francisca,--que me siento con malas disposiciones hacia las solteras... Soy capaz de todas las bajezas por atrapar un marido...
--Yo no--respondió Petra con un movimiento de protesta.--Si deseo casarme, al menos estoy segura de no ir hasta la bajeza. Los Brenay no han cometido jamás malas acciones...
--Tampoco los Dumais--replicó orgullosamente Francisca.--Pero--terminó con filosofía,--alguna vez han de empezar...
--Francisca exagera--se apresuró a decir Genoveva para evitar toda protesta nuestra.--Francisca exagera siempre...
--Nada de eso; no exagero--exclamó Francisca.--Quiero casarme y me casaré--añadió con un fruncimiento de cejas que envejeció de un modo extraño su cara, de ordinario tan animada.
--¿Y tú, Paulina?--pregunté para evitar otra declaración de principios de Francisca.
--Yo--dijo Paulina ligeramente sorprendida por la pregunta,--haré lo que quiera mamá.
--¡Dios mío! qué paloma...--murmuró Francisca con despecho.--Esto se llama un carácter fácil...
--¿Por qué no he de hacer lo que quiera mamá?--replicó Paulina asombrada.--Mamá no puede querer más que mi bien.
--Sí, sí--respondió Francisca muy nerviosa.--Déjate conducir y guiar... No pienses... No hables... No andes... Tu mamá hará todo eso por ti...
--¡Oh! Francisca...
--Y si necesitas sonarte, espera que tu madre te prepare el pañuelo, so mema...
--¡Oh! Francisca...--volvió a decir la pobre Paulina completamente enfadada esta vez.
--Ea, no hables tú ahora como mi madre--exclamó Francisca cada vez más exasperada.--Me fastidias y me irritas...
--¡Vamos, niñas!... ¿Qué pasa?--preguntó la abuela desde el extremo del salón.
--Pasa, señora, que estoy muy enfadada--respondió Francisca.
--Venid un poco con nosotras; nuestro juicio corregirá vuestra exuberancia.
--No, no, voy a decir tonterías... No me llamen ustedes a su lado.
--Sí--respondió mi querida abuela con indulgencia.--Estando prevenidas no nos asustaremos.
--Sí, sí, vengan ustedes, señoritas--insistió la Melanval, la presidenta de las presidentas...--Tengo justamente una nueva obra que presentarles...
--¡Ah!--exclamó Francisca precipitándose de un salto a la silla que le indicaba la abuela a su lado.--Si es una obra para casar a las muchachas en busca de marido, cuente usted conmigo.
Todas nos echamos a reír al instalarnos junto al grupo serio.
--¿Está usted tan descontenta de su suerte?--preguntó la Fontane con su amabilidad habitual.
--Murmurar o quejarse--dijo sentenciosamente la Roubinet,--es oponerse a las leyes universales...
--¿Es usted quien ha inventado eso, señorita?--preguntó Francisca con fingida dulzura volviéndose hacia la oradora.
--No Francisca--respondió la Roubinet con una modestia tan afectada como la dulzura de Francisca.--Esas palabras son de Federico el Grande.
--¡Un prusiano!... ¡Qué horror!... ¿Cómo puede usted citar frases de un enemigo de Francia?--objetó Francisca lo más seria que pudo.
--El genio no tiene patria--respondió la Roubinet convencida.
--Internacionalista y solterona... Es el colmo... ¡Ah!--añadió Francisca cada vez más nerviosa,--no quiero quedarme soltera...
--¿Sueña usted con el acuerdo de dos almas hermanas?--preguntó la Roubinet, que no pensaba en enfadarse por las ocurrencias de Francisca.--Lo comprendo... Encontrar en la vida una alma a nuestro diapasón... ¡Qué ideal!...
--La verdad es que me importa poco el diapasón--respondió Francisca.--Hasta consiento en dar el sí bemol cuando mi alma hermana dé el la natural... Pero, por amor de Dios que me encuentren un marido...
--Pero, Francisca, ¿qué tiene usted? Algo ha debido de ocurrirle, porque no la conozco...
--Sí--respondió francamente Francisca.--Me ha ocurrido, que se presentaba un pretendiente para mí, y mis 2.000 pesos de dote le han puesto en fuga... como de costumbre.
--¿No tenía fortuna?--preguntó la abuela.
--No, señora, ninguna. 500 pesos de sueldo por toda renta.
--Con los intereses de los 2.000 pesos--dijo la Sarcicourt,--pongamos 80 pesos, el total de 580. ¿Espera usted vivir con esa cifra?
--¿Por qué no?--respondió ingenuamente Francisca.
--Es posible vivir con 580 pesos--replicó la abuela,--pero con otra educación que la de usted.
--Eso es lo que ha dicho el pretendiente--confesó con franqueza Francisca.--¿Creerá, usted, señora--añadió,--que ese caballero llegó a querer convencer a papá de que cuando no se tienen más que 2.000 pesos de dote se impone otra educación que la mía?
--¿Si?--dijo la abuela interesada.--¿Y qué respondió el señor Dumais?