Chapter 8
Su bonita y agradable cara no refleja más que sentimientos amables y plácidos. Sin ser preciosa, no es fea, y hasta se parece bastante a un bombón pequeñito, rosado y apetitoso. Lo que le da sobre todo ese aspecto es la falta de expresión de su mirada. Sus ojos grises están invariablemente tranquilos y como fijos en el blanco lechoso que los rodea. Francisca, que tiene para cada cual su frase picante, exclamó un día dirigiéndose a Paulina:
--Lo que tú tienes no son ojos, sino linternas sordas...
La frase ha hecho fortuna y es corriente, cuando se habla de Paulina, el decir, para distinguirla de su prima del mismo nombre, «la de las linternas sordas.» Su madre lo sabe y es la primera en reírse.
--Linternas de 10.000 pesos--exclamó.--No está tan mal. ¡Cuántas cosas se pueden alumbrar con ellas!...
Se reanudó la conversación en cuanto se dieron noticias de la salud de todas, y se supo al fin que la de Courtin pesaba el pan a su doncella, le medía el vino y no dejaba a su disposición ni el más pequeño terrón de azúcar.
--Si esa muchacha se hubiera puesto mala en la noche, decía la Bonnetable en tono trágico, no hubiera tenido azúcar para hacerse una infusión...
Era lamentable, en efecto.
En resumen, después de diversas peripecias en las que el vino se mezclaba con el azúcar y el pan, la doncella se había despedido.
Debió hacerlo antes...
--¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?--preguntó la de Aimont queriendo llevar la conversación a su asunto favorito.
--Ni uno--respondió la Bonnetable en tono contundente.
--Sin embargo--insinuó la Sarcicourt,--¿no se habla del matrimonio de la señorita de Brenay con el capitán Bellortet?
--¡Qué disparate!--exclamó la Bonnetable.--La chica de Brenay no puede encontrar un marido serio...
--¡Víbora!--murmuró Francisca entre dientes.
--¡Oh!--protestó la abuela,--Petra es amiga de mi nieta y es encantadora.
--Y muy distinguida--confirmó la de Aimont.
--Enteramente como es debido--afirmó la de Dumais.--¡Ah! si Francisca se le pareciese...--terminó dando un suspiro.
--La señorita de Brenay puede ser encantadora, no digo que no--dijo categóricamente la Bonnetable,--pero es gastadora hasta el extremo... Y después, esa pretensión a millones cuando se tiene un dote modesto...
--No es tan modesto un dote de 20.000 pesos--exclamó la de Aimont pronta a indignarse.
--Es modesto para la señorita de Brenay que quiere hacer una vida de 10.000--afirmó la Bonnetable con bastante razón esta vez.--No se comprenden semejantes exigencias... Su cocinera dijo una vez a la mía...
--Si escucha usted los chismes de las criadas--dijo la abuela,--no oirá nada serio...
--No los escucho, los oigo--respondió la Bonnetable ofendida por la observación de la abuela, lo que no es lo mismo--afirmó con un tono de superioridad aplastante...--Esos chismes, como usted los llama, enseñan por lo menos a conocer a las personas de que se habla...
--Como no sirvan precisamente para lo contrario--rectificó la abuela descontenta.
--En todo caso--añadió la Bonnetable más y más ofendida por la oposición de la abuela,--la de Brenay es ridícula y su hija también...
--¡Oh!--protestaron las señoras en coro.
--Eso se llama ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio--dijo Francisca a media voz.
--Sí, son ridículas, lo mantengo--replicó la Bonnetable, dispuesta esta vez a dar la cabeza, si era preciso, para sostener su opinión.--Hase visto querer casarse con un hombre que tenga millones y un nombre histórico cuando se tiene 20.000 pesos y un nombre que no tiene nada de eso...
--Los Brenay son de buena familia--dijo la de Aimont.
--No digo que no en cuanto a la honradez--se dignó responder la Bonnetable.--Pero en cuanto a su partícula--acentuó con perfecto desprecio,--es una broma. Los Brenay son burgueses de partícula usurpada y no pertenecen en modo alguno a la aristocracia... Yo soy de tan buena familia como ellos, y jamás he tenido tales pretensiones... en los tiempos en que las tenía--añadió la amable vieja.
--Menos mal--dejó escapar Francisca por lo bajo.
--¿Usted ha tenido pretensiones?--preguntó alegremente la de Aimont tratando de evitar la tempestad que amenazaba.--Yo creí que estaba usted libre de tales debilidades...
--No...--dijo haciendo monadas la Bonnetable con voz que ella se esforzaba por hacer aflautada;--he pagado mi tributo a la juventud como todo el mundo... He sido muy solicitada.
--¡Qué guasa!--exclamó Francisca empujándome con el codo.
--Y muy adulada... Si no he hecho un brillante matrimonio ha sido porque no he querido.
--Embustera--dijo Francisca a la sordina, mientras yo me mordía los labios para no reír.
--¡Ah!--gimió la de Dumais,--nuestras pobres hijas no podrán decir otro tanto...
--Lo diremos de todos modos, mamá. A cuarenta años de distancia se dicen siempre esas cosas aunque sean inexactas--exclamó Francisca sin poder contener su maldita lengua.
El silencio, un terrible silencio de plomo se extendió como por encanto por el salón. La Bonnetable tomó la actitud de una persona gravemente ultrajada y la de Dumais, aplastada en su butaca, no tuvo siquiera el recurso de decir como de costumbre:
--¡Oh! Francisca...
--Sí--siguió diciendo la de Aimont, tratando de salvar la situación,--es indiscutible que el matrimonio es difícil para nuestras hijas. ¡Hay tan pocas buenas posiciones!... Es imposible casarlas con un empleadillo de 600 o 800 pesos de sueldo. ¿Verdad, Paulina?
--Sí, mamá.
--Sin embargo--se atrevió a decir la Sarcicourt con una apariencia de valor,--esos son los sueldos ordinarios de los jóvenes. Solamente más adelante...
--Queremos un marido que haya llegado. ¿Verdad, Paulina?
--Sí, mamá.
--En la industria y en el alto comercio se encuentran muy buenas posiciones--dijo la de Aimont, que no quería que se creyese la verdad, es decir, que dejaría a Paulina casarse con un vejestorio con tal de que hubiese llegado.
--El alto comercio y la industria--respondió victoriosamente la Bonnetable,--tienen otras pretensiones que las que usted puede atribuirles. ¿Qué son 10.000 pesos para un industrial o un comerciante tales como usted los concibe?... Una gota de agua.
--¿Y 2.000 pesos--preguntó Francisca con un candor inimitable,--qué serán entonces?... Serán la quinta parte de una gota... Una miseria.
--Sí, señorita--respondió la Bonnetable lanzando a la pobre Francisca unos ojos furibundos,--2.000 pesos de dote son la miseria... Por otra parte--siguió diciendo la dulce solterona,--haría falta una fortuna para corregir los desastres de la educación moderna. Las jóvenes actuales están muy mal educadas--terminó con una intención que no se ocultó a nadie.
--¿Están mucho peor educadas que las de otro tiempo?--preguntó Francisca en tono de exquisita urbanidad.
--¡Oh! Francisca...--murmuró la de Dumais pálida de espanto.
--Ciertamente--respondió la Bonnetable aniquilándola con la mirada.--En mis tiempos las jóvenes no preguntaban jamás a las personas mayores y esperaban modestamente que se les dirigiese la palabra.
--Debía de ser muy fastidioso--dijo Francisca con la modestia de una sólida convicción.
--En aquellos tiempos--siguió diciendo la Bonnetable más severa que nunca,--las jóvenes no pensaban más que en la corrección de su actitud.
--Qué mujeres tan distinguidas debían de ser...--suspiró Francisca con una expresión ingenua que velaba la impertinencia de sus palabras.
La de Dumais parecía literalmente sobre ascuas, la abuela fruncía la nariz y la de Aimont contenía una enorme gana de reír, mientras que la de Sarcicourt y Paulina echaban a su alrededor miradas de ciervas moribundas. Hacer frente a la intrépida señorita Bonnetable... Qué audacia...
Seguramente, ésta no es del tipo resignado... En su humor agresivo y autoritario, adivinaba yo una rabiosa recalcitrante. ¿Pero cómo cerciorarme?
Sin adivinar el precipicio que se abría ante mis pasos, me lancé inocentemente en la pelea preguntando a la Bonnetable si estaba satisfecha de haber permanecido soltera.
¡Dios mío, qué éxito!...
Fue aquello un estupor tan general en todo el salón, que comprendí instantáneamente que había metido los pies en el plato. Preciso era retirarlos...
La abuela vino por fortuna en mi socorro y reanudó la conversación como pudo para mantenerla en alturas inofensivas. Y sin la señorita Bonnetable, que respiraba con ruido como para tragar una píldora enorme, se hubiera creído que no había pasado nada extraordinario.
Al fin la situación se mejoró por completo en cuanto la inefable señorita Bonnetable se dignó levantarse para despedirse. Dio un adiós bastante seco a la abuela, nos volvió la espalda a Francisca y a mí y apenas estuvo política con las otras personas que allí estaban.
--¡Uf!--murmuró Francisca en cuanto se cerró la puerta después de dar salida a la dulce señorita Bonnetable.--¡Qué solterona!
Solamente entonces supe que la Bonnetable no se ha consolado todavía de su situación de solterona, debida a su carácter irascible y desagradable. «En los tiempos en que tenía pretensiones,» según su expresión, se dice que puso en fuga a cinco pretendientes; los cinco habían estado muy enamorados del dote, que era bueno, pero nunca pudieron resignarse a casarse con la mujer. Hasta se cuenta que uno de ellos ofreció a su futuro suegro tomar el dote sin la mujer. A lo que el señor Bonnetable contestó:
--¡Por vida del demonio! ¡Cómo le comprendo a usted, amigo mío!...
--¿Y yo?--respondió Francisca.--En lugar de ese pretendiente hubiera hecho duplicar el dote y tomado la mujer para ahogarla. Hubiera sido un servicio a la humanidad.
--¡Oh! Francisca...--protestó su madre angustiada.--No hables así...
La risa que se apoderó de todo el mundo acabó de restablecer el perfecto equilibrio de la conversación. Cuando todos se marcharon la abuela me regañó por mi indiscreta curiosidad y por las reflexiones de Francisca.
--Las faltas son personales--hice observar a la abuela.--Bastante tengo con mi tontería sin echar sobre mis hombros las de Francisca.
Pues, señor, he aquí un feliz estudio del natural...
A pocas torpezas de este género, estoy segura de ser despellejada viva antes de mucho tiempo... La abuela, que no quiere mi muerte, me ha impuesto que en adelante haga mis investigaciones con más discreción, y hasta ha añadido a modo de peroración:
--Ese género de torpezas, Magdalena, son señal de una educación detestable.
¡Qué humillación!...
7 de noviembre.
El gran día ha pasado...
Se acabó la entrevista y desapareció el miedo... _Deo gratias_.
En cuanto me desperté esta mañana me sentí la cabeza pesada, oprimido el corazón y contraído el estómago. Traté en vano de recobrar mi calma habitual... El pensamiento de pasar a mi vez por las exigencias de la feria del matrimonio me tenía un poco embobada.
--Señorita, he aquí un marido que le conviene a usted--zumbaba a mi oído no sé qué voz discordante del dominio de la pesadilla.--Véale usted... Examínele... este hombre es perfecto...
--Caballero...--me figuré que otras voces murmuraban en el mismo momento al señor Desmaroy,--acuda usted pronto a Aiglemont... En esa peña viven en buena armonía el dote y la mujer que le esperan... Tome usted a peso el primero y sea indulgente con la segunda... ¿Qué importa ésta si aquél le agrada?...
--Estos son--pensé,--los preliminares del matrimonio... del santo matrimonio cristiano... ¿Dónde está usted, monseñor Dupanloup?...
Resuelta, a pesar de estas terribles reflexiones, a afrontar las necesidades de mi no menos terrible situación de joven casadera, me presté de buen grado a los preliminares de ese comienzo de acuerdo entre dos almas... ¡Dos almas!... ¡Qué ironía!...
Un lindo cuerpo de seda azul pálido, moldeaba mi talle; y mi cabello, más cuidadosamente ondulado que de ordinario, realzaba mi modesta fisonomía. Una ojeada al espejo me dijo lo que yo sabía, es decir, que con menos de mis 28.600 pesos tendría aún alguna probabilidad de gustar a un pretendiente que no fuese ciego.
Concedido esto a la imparcialidad, me encontré sobre las armas a las dos menos cuarto. En seguida bajé al salón donde encontré a la abuela muy agitada.
--Y bien, Magdalena, ¿te late el corazón?--preguntó la abuela con emoción.
--No, querida abuela, mi corazón está muy tranquilo... El cerebro es otra cosa... Tengo un horrible dolor de cabeza.
--Muy tonta vas a estar, mi pobre Magdalena. Al diablo se le ocurre tener dolor de cabeza en un momento semejante...
--Poco importa, abuela, puesto que no soy ni coja, ni torcida, ni manca, ni muda, ni sorda, y tengo 28.600 pesos de dote... Con esta cifra supongo que no se exige tener ingenio. Por 28.600 pesos tiene una mujer todos los derechos posibles a la tontería.
--¡Siempre tus ideas!... ¡Qué extraña eres!... En fin, explica de una vez lo que quieres...
--¿Lo que quiero?... no hago más que repetirlo, abuela. Desearía, sencillamente, elegir yo misma mi marido... si debo casarme. Quisiera que se me permitiese ver seres masculinos de carne y hueso y aprender a conocerlos de otro modo que de oídas. Mi satisfacción sería completa si un día sintiese en el corazón el estremecimiento preludio del amor y pudiera decirte designándote al que lo hubiera provocado: ese es mi marido, con ese me casaré, no porque tiene el bigote rubio o los ojos de tal color, una fábrica o una fortuna, sino porque me gusta bastante para seguirle para siempre en el dolor como en la alegría...
--¡Qué demencia!--exclamó la abuela consternada.--Esas son ilusiones románticas... La vida no es una novela...
--¿Por qué no?... ¿Qué inconveniente verías en que la vida de dos en el matrimonio fuese una deliciosa novela?... Debe ser una de esas novelas cuya lectura puede permitir una madre a su hija... con tal de que esté bien escrita, entendámonos... Me gusta cuidar el estilo...
--Locuras--balbució la abuela.
Un campanillazo, un ademán de la abuela para asegurarse de que su peinado está como es debido, un dolor más fuerte en mi cabeza, y entró en el salón mi destino bajo la forma del señor Boulmet acompañado del señor Desmaroy.
Boulmet estaba radiante y, con una gracia antigua, solemnizada por cuarenta años de notariado, nos presentó al señor Desmaroy como un ferviente aficionado a antigüedades, lo que trajo a los labios de todos una leve sonrisa...
Desmaroy, muy en su papel, no parecía cortado para un hombre en su caso, y se resignó con visible buen humor a ver todas las antigüedades posibles, incluso mi persona.
Aproveché el interés que manifestaba el visitante, suspendido de los labios de la abuela, que le explicaba la procedencia de una consola, la historia de un cuadro o la leyenda de una miniatura, para observar en detalle a mi pretendiente.
Era visible que se esforzaba por conquistar a la abuela por una atención respetuosa y delicada a todas sus palabras. Un buen punto por esto...
Ni bajo ni alto, ni gordo ni delgado, Desmaroy tiene unas señas personales que corresponden a no pocos ciudadanos franceses... Es de los que se dice: frente regular, nariz regular, etc... Sólo su mirada autoritaria y su barbilla testaruda ofrecen algo bastante característico.
Desmaroy no es ciertamente un cualquiera y hasta estoy dispuesta a creer que posee cualidades eminentes. Los ojos y la sonrisa son francos, pero la voz, voluntariamente dulcificada, tiene a veces singulares inflexiones. Es cortante y punzante. Además, ese diablo de barbilla... esa mirada... huelo el dueño, el hombre seguro de su fuerza y que quiere imponérsela a todos... Es verdaderamente guapo; y, sin embargo, tengo la intuición de la antipatía de nuestros defectos, así como creo en la probable simpatía de nuestras cualidades. Su autoritarismo da miedo a mi independencia. Si me decido a tomar un marido, no quiero darme un dueño.
Poco a poco, el señor Desmaroy olvida su dulzura convencional. Su mirada es la de un comisario cuando inspecciona las cosas que le enseña Boulmet, el cual, correcto en extremo, se mata por presentar a su cliente todas las antigüedades de la abuela.
--Esto, señor mío, es del siglo XIII... Esto del XIV... Tal cosa data del reinado de Luis XIV... Tal otra es del más puro Enrique II...
Y el señor Desmaroy mira, toma a peso, aprecia y estima.
Ni una sola vez habla del valor artístico del objeto designado... No... vale tanto o cuánto. Su admiración no empieza hasta los 100 pesos; hasta esa cifra hace un gesto desdeñoso.
Es halagüeño para mí... Si soy pesada en la misma balanza, qué ideal...
Al llegar al inmenso tapiz de Beauvais, del comedor, el señor Desmaroy deja escapar un grito del corazón:
--Qué error dejar dormir tanto dinero... Cuánto dinero improductivo... Si este tapiz fuese mío, qué pronto le vendería...
La abuela disimula su asombro con una sonrisa que lo mismo significa adhesión que reprobación. De prisa va el caballero... «Si fuese mío...» ¡Oh! hablar de vender el tapiz de Beauvais...
La mirada del señor Desmaroy se cruza con la mía. Nuestras dos voluntades cruzan el hierro. La suya, un poco arrepentida de la reflexión que se le ha escapado; la mía bastante desdeñosa por la indiscreción cometida.
Evidentemente mi antipatía se precisa.
Desmaroy sostiene sus ideas y yo las mías, nos miramos otra vez, no como amigos sino como luchadores.
Leo en sus ojos:
--Esta muchacha es demasiado absoluta... Qué cabeza... Yo la meteré en cintura... Una mujer está hecha para obedecer.
Bajo los ojos y mis párpados ocultan una respuesta acerba e irritada...
--No, no me meterá usted en cintura, porque jamás seré su mujer...
Desde este momento mi cerebro se despeja, póngome alegre y sonriente, la preocupación desaparece y me encuentro libre... ¡Dichosa sensación!... Ya no hay pretendiente, ni estudio, ni cuidado, ni veo en el señor Desmaroy más que un aficionado a antigüedades...
Mi buena querida abuela está encantada viendo aquel cambio repentino y la visita se acaba con todas las apariencias de un acuerdo cordial. Adivino que el señor Desmaroy me encuentra muy a su gusto y salta a la vista que Boulmet está orgulloso de su cliente; la abuela se enorgullece ostensiblemente con una nieta tan linda.
--Estas tablas--le dice,--son modernas; están pintadas por mi nieta... Este almohadón bordado ha sido copiado por mi nieta de un modelo antiguo...
No faltó más sino que la abuela me hiciese ponerme al piano para tocar una pieza o cantar una romancita...
Por fin se termina la sesión. Todo el mundo está satisfecho y yo también... Decididamente, la feria del matrimonio tiene de bueno que enseña a estar contento de uno mismo y de los demás. Esto último es mucho más raro que lo primero. La abuela no cesa de elogiar al pretendiente.
--¿Y el tapiz, abuela?...
--¿Qué tapiz?... ¡Ah! sí, la venta... Razonamiento de hombre de negocios, hija mía... Piensa como un hombre serio.
Pido ocho días de reflexión. Es imposible decir hoy a la abuela:
--Los defectos de ese caballero son antipáticos a los míos; no le quiero.
La buena señora me creería loca y se pondría enferma de pena. En ocho días todo se arregla. El tiempo es un hábil auxiliar...
Mientras tanto respiro a mis anchas y me siento libre de un peso enorme... ¡Qué bien voy a dormir esta noche!...
15 de noviembre.
Hacía bien en contar con mi buena estrella para sacarme del mal paso. Todo se ha arreglado con una sencillez asombrosa.
Una aventura no muy lejana ocurrida al señor Desmaroy y descubierta por el padre Tomás, encargado por la abuela de comprobar los informes del notario, ha puesto fuego a la pólvora y apresurado el no final. La abuela ha suspirado un poco por la forma al pronunciarle categóricamente, pero su negativa ha sido espontánea porque no podía prescindir de la cosa... Boulmet se ha mostrado menos fácil.
--Pardiez--exclamó,--puesto que la novela en cuestión se terminó ocho días antes de las negociaciones, ¿qué más quieren ustedes?...
--Nada de novelas--repliqué.
--¡Nada de novelas!--repitió el señor Boulmet en el colmo de la estupefacción.--¿Dónde encontrará usted un hombre de treinta años que no haya tenido su novela?... ¿Su novela?... Sus novelas, su colección de novelas...
--De acuerdo--replicó la abuela, contrariada por encontrar una tacha en su pájaro raro.--Pero si desgraciadamente es imposible ignorar que existen esas novelas, se puede exigir al menos que la última no se haya terminado hace tan poco tiempo... y, sobre todo, que no haya lugar a temer que la última hoja de esa novela no se haya vuelto tan definitivamente como se quiere asegurar...
--Señora--respondió Boulmet,--el señor Desmaroy es un hombre de honor.
--¿Qué tiene que ver el honor de un hombre con esta especie de cosas?... ¿Ignora usted, acaso, que hay hombres que se jactan de pagar sus deudas y no temen faltar a sus juramentos? El honor humano es poca garantía cuando se trata de la fe conyugal.
--El señor Desmaroy tiene principios religiosos, de modo que...
--¿Le han protegido los principios religiosos?
--Acaso le han sostenido y preservado mucho tiempo... Y después, qué diablo--añadió nuestro notario falto de argumentos,--los principios religiosos salvan el edificio, pero no impiden las grietas... en ciertas naturalezas.
--Y bien--dijo la abuela,--nosotras no queremos grietas, está decidido.
He vuelto, pues, a ser una joven como las demás... ¡Qué suerte!
La de Ribert y Genoveva, a quienes había puesto al corriente de las peripecias de los últimos días, me aprobaron completamente cuando fui a contarles el desenlace de nuestros proyectos de matrimonio.
--Magdalena--me dijo la de Ribert con una melancolía que no es en ella habitual--desconfíe usted de las locuras pasadas en un futuro marido... Estas locuras vuelven a empezar muchas veces.
Es lo que yo pensaba. Me ha satisfecho, sin embargo, oírselo repetir a una mujer que ha tenido ciertamente algo de ese género que reprochar a su marido. Aunque se suponga lo contrario, la experiencia de los demás nos aprovecha siempre un poco.
Con la de Ribert he reanudado mis averiguaciones relativas a las solteronas. Le he contado nuestro pique con la Bonnetable y mi desencanto a propósito de las solteronas desde que las estudio al natural. En primer lugar, la maldad de algunas de ellas, mis dos malas lenguas de la Catedral; después el matiz grisáceo y desteñido de las pobres solteronas resignadas con su estado, en lugar de estar alegres; en fin, la omnipotencia notable de las recalcitrantes del celibato que dejan caer sobre todo el mundo, en general, y sobre cada cual, en particular, el peso de su descontento perpetuo.
--Hará usted mal de juzgar por el carácter de la excepción el carácter de la masa--me respondió la de Ribert.--¿Cree usted de buena fe que las solteronas tienen el monopolio de la maldad en la charla, y que sólo una de ellas puede presentar el carácter de la Bonnetable?...
--No--respondí convencida por el razonamiento.--Tiene usted razón. El amor a los chismes no es solamente un defecto de solterona, sino la pasión de todas las mujeres desocupadas y frívolas. En cuanto al carácter de la Bonnetable, debe ciertamente de encontrarse en mujeres casadas.
--Conozco algunas, por mi parte, que no dejan nada que desear en cuanto al órgano, al gesto y a la manía del mando. Esas hacen marchar su casa con la punta del dedo, y no están contentas más que de ellas mismas y de su progenitura. Todo lo que no toca inmediatamente al círculo reducido de su familia, es implacablemente criticado, denigrado y pisoteado...--dijo Genoveva.
--Eso no es raro--repuso la de Ribert, sonriendo.--Hasta hay mujeres que se dicen bien educadas que llegan a decir palabrotas... Pero no hablemos de esas monstruosas excepciones. El matrimonio es un gran sacramento, es verdad, pero sería pueril reconocerle la facultad de dar a las que le reciben inteligencia, dulzura y virtud. Existen las agriadas del matrimonio, como las agriadas del celibato. Y así como no se dice que todas las casadas son desagradables, porque lo son algunas, se debe tener la misma circunspección respecto de las solteras.